A nefferth Valencia y a su ángel guardián




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GERMÁN ESPINOSA
LA TEJEDORA DE CORONAS
Primera reimpresión

Alfaguara, Colombia,

Marzo, 2003

A Nefferth Valencia y a su ángel guardián.
I
Al entrarse la noche, los relámpagos comenzaron a zigzaguear sobre el mar, las gentes devotas se persignaron ante el rebramido bronco del trueno, una ráfaga de agua salada, levantada por el viento, obligó a cerrar las ventanas que daban hacia occidente, quienes vivían cerca de la playa vieron el negro horizonte desgarrarse en globos de fuego, en culebrinas o en hilos de luz que eran como súbitas y siniestras grietas en una superficie de bruñido azabache, así que, de juro, mar adentro había tormenta y pensé que, para tomar el baño aquella noche, el quinto o sexto del día, sería mejor llevar camisola al meterme en la bañadera, pues ir desnuda era un reto al Señor y un rayo podía muy bien partir en dos la casa, pero tendría que volver al cuarto, en el otro extremo del pasillo, para sacarla del ropero, y Dios sabía lo molondra que era, de suerte que me arriesgué y desceñí las vestiduras, un tanto complicadas según la usanza de aquellos años, y quedé desnuda frente al espejo de marco dorado que reflejó mi cuerpo y mi turbación, un espejo alto, biselado, ante cuyo inverso universo no pude evitar la contemplación lenta de mi desnudo, mi joven desnudo aún floreciente, del cual ahora, sin embargo, no conseguía enorgullecerme como antes, cuando pensaba que la belleza era garantía de felicidad, aunque los mayores se inclinaran a considerarla un peligro, no conseguía enorgullecerme porque lo sabía, no ya manchado, sino invadido por una costra, costra larvada en mi piel, que en los muslos y en el vientre se hacía llaga infamante, para purificarme de la cual sería necesario que me bañara muchas, muchas veces todos los días, tantas que no sabía si iba a alcanzarme la vida, costra inferida por la profanación de tantos desconocidos, tantos que había perdido la cuenta, durante aquella pesadilla de acicalados corsarios y piratas desarrapados que, transcurridos todos aquellos meses, con el horror medio empozado en los corazones y la peste estragando todavía la ciudad, aún dominaba mis pensamientos, apartándolos del que debía ser el único recuerdo por el resto de mi vida, el de Federico, el muchacho ingenuo y soñador que creía haber descubierto un nuevo planeta en el firmamento, el adorable adolescente que me había hecho comprender el sentido de esos encantos ahora nuevamente resaltados por el espejo, el orden y la prescripción del fino dibujo de mis labios, el parentesco de mi ancha pelvis con la del arborícola cuadrúpedo, la función nada maternológica ni mucho menos lactante de mis eréctiles pezones y, en fin, el muchacho cuya memoranza me hacía bajar de tristeza los ojos, sólo para repasar con ellos el delicado nudo de los tobillos, bajo los cuales se cimentaba la espléndida arquitectura, para torcer el gesto ante las rodillas firmes y antiguas, como moldeadas al torno, para ascender voluptuosamente por la vía láctea de los muslos hasta detenerlos en el meandro divino, en el delta codiciado por el que medievales caballeros cruzaron sus espadas en justas de honor, perfecto intercolumnio cuyos soportes cilíndricos habían de rostrar, no los espolones de las naves fenicias, sino las suaves garras del amor, y tras escalar con un estremecimiento el declive ligero de la pelvis y el vientre, dirigirlos hacia el ombligo egipcio y diminuto, para pensar en lo bella que una cicatriz puede llegar a ser si se le sujeta bien un cabezal y se la deja secar, como había visto hacer con los recién nacidos, e imaginar a Federico otra vez desnudo frente a mí y preguntarme si era bello también el ombligo de Federico, su masculino ombligo irrecordable, si era bello su pecho como el mío que ahora hacía más retador amparando con las manos la parte inferior de los senos y fijando la vista en los pezones rosados y ya erectos, como ágatas incrustadas en el centro de un escudo, cuando sólo restaba ir paseando los ojos sobre el reflejo del cuello marmóreo pero estrangulable, hasta la barbilla en acto permanente de agresión, los labios desdeñosos y la nariz un tanto respingada, para hallar a esos mismos ojos en una suerte de súplica muda, ya avergonzados del recorrido escalofriante, ordenándome retirarme de allí, eludir esa luna biselada donde mi cuerpo dejaba de serlo para convertirse en un pecado, en un pecado ajeno, del cual era necesario desviar la mirada, que no obstante permanecía allí con denuedo, erguida toda yo como una elocuente estatua griega, los ojos fijos en la comba del vientre, absorta en mi cuerpo como en el oficio de una mística milenaria, negándome a creer pero creyendo casi exacerbadamente en el milagro de mí misma, en la hendidura que parecía temblar de placer bajo la maleza rojiza del vello, cuya contemplación me hacía sentir un escalofrío eléctrico, como de ámbares frotados, una especie de zigzagueante relámpago como esos que alborotaban el mar, recorrerme las piernas, que apretaba entonces como los niños cuando no pueden retener la orina, y el efecto era igual que si me hubiesen masajeado los muslos, como una esclava hizo alguna vez para curarme un calambre, así que pensaba en mi buen confesor, muerto por los piratas, y en sus advertencias piadosas sobre los desvíos compulsivos que Satanás nos alienta, e imaginaba un cabezal apropiado para cauterizar la cisura de aquella enervante sangría, para restañarme la herida del sexo como si fuera la del cordón umbilical, y sentí entonces la necesidad de algo que lo taponara profundamente hasta cortar o estancar aquel flujo magnético que me hacía apretar los muslos y evocar con furor el cuerpo amado de Federico, su viril pero aún casi tierna complexión, a punto de poseerme aquel mediodía tan reciente y tan remoto en que, aprovechando un descuido de mi padre, subí las escaleras hasta el mirador de la casa de Goltar y lo hallé escudriñando el oeste con su famoso catalejo, el oeste donde el mar desenvolvía todavía, bajo la leve tramontana, las crespas furias que irían decreciendo a medida que abril aplanara sus láminas recalcitrantes y sollamara sus vahos estuosos, porque le gustaba seguir con la vista a los pescadores, que tendían los chinchorros o sumergían los palangres según pescaran en la orilla o mar afuera, utilizando botes de remo y depositando en el vientre cóncavo las coleteantes mojarras y los sábalos de aletas listadas de azul, abundantes en ese sitio frente a los terraplenes realzados en la muralla a espaldas del convento de Santa Clara, pues Federico amaba el mar y, en varias ocasiones, había ido con aquellos hombres de tez curtida y se había sentido muy excitado con la pesca de la tintorera, grande y saltarina como un látigo arqueado en el aire, peligrosa y de basto empaque, con dentadura afilada como sierra a flor de la boca despectiva de media luna, rebelde al arponeo de la fisga de tres dientes, debatiéndose y haciendo saltar el agua en violentas florituras de espuma ante la vista de ese muchacho tan amado cuyo amor por el mar era hereditario, ya que por algo era hijo de marinero y las profundidades marinas lo atraían con igual poder que la esfera celeste sembrada de parpadeantes hachoncillos, con igual poder porque había en ambas una misma dimensión de misterio, una análoga posibilidad de aventura y no sólo de aquélla a riesgo de daño físico, sino esa otra, la de la imaginación, donde nada era imposible y los antiguos monstruos quiméricos iban adquiriendo una fisonomía familiar, racional, ajena a supercherías de marineros, más ajena a esas fábulas inocentes en la medida en que el hombre, según Federico no cesaba de proclamar, interrogar a sus heladas honduras donde bullía la vida, donde pululaban los escurridizos nadadores bordados de escamas como de caprichosas lentejuelas o las pequeñas fieras que se arrastraban o formaban sus nichos en las rocas subacuáticas ocultas bajo la malla fina y gelatinosa de las algas marinas, las interrogara como, ciertamente, poco lo había hecho hasta el momento, al menos en comparación con lo que Federico, embebido en lecturas solitarias y casi heroicas en aquella ciudad de mercachifles, ningún otro con antiguas proezas náuticas como su padre, podía desesperadamente soñar al enterarse, como una vez me lo confió mientras compartíamos uno de esos rarísimos momentos de soledad en el almacén de abarrotes, de que cierto agustino, fray Andrés de Urdaneta, había sido el único en intuir, más de un siglo atrás, la necesidad de cartografiar a ras y hondura el viejo océano vomitador de cadáveres, ese mito trémulo y vivo, ese leviatán multiforme, antro de soledades insospechadas, porque aquel fraile, cuyo primer contacto como joven veterano de las guerras alemanas e italianas con el temible Mare Erythreum de los antiguos, con el padre de todos los seres de las turbadoras cosmogonías de Oriente, ocurrió con ocasión de la expedición de García Jofre de Loaysa, salida de La Coruña con la esperanza de hallar la ruta occidental hacia las Islas de la Especiería, aquel fraile trazó el itinerario de las Molucas y, tras hacerse agustino en la devastada Tenochtitlán, formó por mandato del rey parte de una segunda expedición, esta vez a las Islas Filipinas, sobre cuyos resultados, en su convento novohispalense, dejó escritas relaciones y memorias donde quedaban establecidas las analogías entre la circulación oceánica del Pacífico y la del Atlántico, bien poca cosa todavía, según mi pobre Federico, pues habría que acometer alguna vez una historia física del mar, definir las formas vagas que se agitaban bajo su superficie, sondear acaso sus abismos para enfrentar a ese gigantesco pulpo, el Kraken, cuya leyenda crispaba de terror a los navegantes, o a ese diablo de mar, de forma de vampiro, sumergido en los precipicios de los golfos boreales, o a ese pez-mujer al que Ulises identificó con las sirenas, o a ese sátiro marino de cabeza y cuernos de morueco, tronco humano y cola de pez, o a ese obispo de mar tiarado y escamado, vicario divino de las aguas abisales, o a tantas otras criaturas sumergidas en ese reino sin mesura, para cuyo conocimiento no bastaría desafiar sus trombas y huracanes a bordo de galeones impulsados por el viento, sino que habría que sumergirse en sus míticos dominios para sacar a flote la verdad, esa misma que para Federico montaba por encima de todo, pues su único sueño era hacerse hombre de ciencia a cualquier costa, ambición casi imposible en esta ciudad iletrada pero jactanciosa, donde su padre había tenido que hacerse comerciante y donde la Inquisición campeaba como una inmensa sombra y donde el diablo parecía retozar en cada rincón, a juzgar por los muchos pecados de la grey, por las muchas artes mágicas que caían bajo las zarpas de los dominicos, por la mucha astrología judiciaria, por los muchos judíos disfrazados, por los muchos frailes solicitantes, por los muchos sortilegios, augurios y maleficios de que hablaban las viejas y, desde luego, por el esfuerzo que me costó una vez en la bañadera, aquella noche de tempestad, desprenderme de los ojos la imagen obsesiva del espejo, en momentos en que ya el agua resbalaba por mis carnes, las penetraba como una reconfortante cura oclusiva que me inspiraba otro género de voluptuosidad, cosquilleante voluptuosidad que me compelía a compenetrarme con el elemento multiforme que me rodeaba, que me acariciaba, que me poseía en un abrazo resbaladizo listo siempre a reproducir, de una manera lujuriosa y yo diría que pérfida, el contorno de mi cuerpo súbitamente laxo y placentero, apto ahora para sólo pensar en él, para expulsar de mi mente el recuerdo de las pelucas empolvadas de los franceses y de los rostros rencorosos de los filibusteros de la Tortuga y sólo pensar en él, en Federico, fijar la memoria en aquella noche, la noche anterior a ese mediodía en que lo sorprendí en el mirador espiando a los pescadores, la noche en que dijo a Cipriano, de sopetón, bajo la luz oleosa de aquella luna de abril, que había descubierto un planeta, sólo para que Cipriano le preguntara si estaba loco y él insistiera en haber descubierto un planeta, mientras incrustaba de tal modo, en la cuenca del ojo derecho, el anteojo de Galileo, que hubiera bastado un ligero golpe para dejárselo en compota, en tanto el otro muchacho, quiero decir mi hermano, lo observaba con bobalicona mezcla de incredulidad y recelo, como si temiera ser objeto de una especie de bromazo astronómico, y la ventana enrejada del mirador se abría hacia un cielo nocturno y despejado, cuyas parpadeantes incandescencias les llegaban cernidas por un harnero de ébano, con uno que otro parche de nubes en la superficie lustrosa y, en la profundidad de la negrura perforada y cintilante, una espesa selva de mundos haciendo guiños con esa ironía particularmente evasiva de las cosas intemporales, milenarias, casi crueles, ante las cuales el hombre se disminuye y queda perplejo, mundos ajenos y lontanos, mundos que se mofan como si observaran nuestras miserias a través del microscopio de Leeuwenhoek, mundos ante cuya visión es anonadante el sentido de nuestra insignificancia, allá Sirio del Can Mayor, el más irónico, acullá Cápela del Cochero, de pestañeo sarcástico, hacia el horizonte Alpha Centauri, muy próximo a las cuatro aspas de la Cruz del Sur, y en intranquilo enjambre Achernar de Erídano, Agena del Centauro, Vega de la Lira, Arturo de Boyero, Cánopo del Navío, Fomalhaut del Pez Austral y toda la cegadora muchedumbre de los orbes calcinados y viejos, nuestras viejas, ignotas y queridas estrellas que acaso compelían a Cipriano a arrebatarle el telescopio, pero lo hacían arrepentirse con un estremecimiento de pavura y preguntarle, más bien, como quien sigue la corriente a un lunático, de qué manera había pensado bautizar al nuevo planeta, a lo que Federico, con evidente excitación, como mi hermano con fruición malévola me lo relató aquella misma noche, respondería que no era broma, que podía verlo a simple vista allí, en la dirección de su dedo, casi en la órbita del sol, con un color que tiraba a verde, a lo cual replicaría Cipriano que eran tonterías, que no podía ser más que una estrella grande, y el muchacho de pelo castaño que mantenía el anteojo parapetado en un travesaño de madera por entre los barrotes de la ventana, insistiría en que las estrellas titilan y éste, en cambio, brillaba con luz quieta, sólo para que el otro se obstinara en que, entonces, debía tratarse de un cometa, mientras una fresca y pestilente vaharada de miasmas de mar venía con la ventolina que, a ratos, cobraba fuerza suficiente como para amenazar a la bujía colocada sobre una especie de mesita de cartografía, en el cómodo mirador techado, de cuya adosadura se levantaba, clavada a la pared, cierta lámina entresacada de la Harmonía Microcósmica de Cellarius que representaba al sistema solar según la concepción de Copérnico, pues aquel altillo era, en realidad, algo así como la cueva de un astrónomo o geógrafo, lleno de mapas, cosmogramas e instrumentos de medición, esferas armilares, barómetros, brújulas y las representaciones más en boga de los hemisferios terrestres, todo un marco apropiado para las extravagantes actividades del muchacho que ahora apartaba el ojo del reflector y cavilaba un momento, antes de decidirse por la razón o la fantasía, para opinar por último que tampoco podía tratarse de un cometa, porque los cometas tienen cola y éste era un cuerpo redondo, aserción que no podía satisfacer al adolescente de pelo negro, cuyos ojos brillaban entre burlona y maliciosamente, en tanto el pliegue de la comisura iniciaba una sonrisa, que no se decidía por la condescendencia o el sarcasmo, en el momento de preguntar, qué remedio, si no era posible que tuviesen cola los cuerpos redondos, a lo cual secamente respondió Federico que éste no la tenía, un hecho así de simple, y Cipriano indagaría muy antipático si iba a bautizarlo el planeta Goltar, pero no, que lo llamara como quisiera, la cuestión era que eso que veía allí no era cometa ni estrella, sino planeta, planeta, planeta, el planeta Goltar, según la insistente chirigota de Cipriano, claro, el planeta Goltar, séptimo en la necesaria revisión que debería hacerse de la astronomía, porque, diablos, exactos dos siglos y cinco años después del descubrimiento de las Indias por Colón, el genial Federico Goltar daba en la flor de descubrir un bonito planeta verde, y no hubo más remedio que reír, reían ambos, podía muy bien representarme la escena cuando me la relataron, en el momento en que la puerta crujió para dar paso a Lupercio Goltar, cuya obesidad debió verse a gatas para zafarse del último peldaño de la escalera y aposentarse en definitiva sobre el suelo de piedra del mirador, pues lo agitaban las subidas y se advertía jadeante, a pesar de sus ojos risueños e inteligentes, cuando les preguntó de qué reían, reparando en el anteojo parapetado entre la reja de la ventana y, al imaginar que podían haber encontrado algo gracioso, porque él lo halló alguna vez, en la faz milenaria de la luna, les dijo que él, a fuer de viejo jardinero, podía asegurarles que esa luna de abril era roja como una cereza y tenía influencia perniciosa sobre los cultivos, y que a ellos, si seguían embebidos en su contemplación, les haría salir un lunar en el bozo, lo cual era indicio de que Lupercio Goltar venía de buen humor o de que, en realidad, como Cipriano lo suponía, el padre de Federico estaba siempre de buen humor, razón de más para no temer el sacarlo de su engaño y encararlo a la simple y a la vez inquietante verdad, cosa que hizo sin titubear, convencido como estaba de que el sesudo comerciante se pondría de parte del buen juicio, anunciándole un poco pomposamente que no se trataba de la luna, que de lo que ciertamente se trataba era de que su hijo creía haber descubierto un planeta nuevo en el firmamento, frase que no produjo respuesta inmediata, salvo una ligera sombra en los ojos del buen señor, que alzó una lámina de la mesita y se puso a estudiarla en silencio o, mejor, en una suspensión que no cuadraba con la expectación ansiosa de su hijo, que bien sabía que aquella lámina no podía despertar mayor interés en él, pues se limitaba a reproducir algo que se conocía de sobra, las doce casas del cielo astrológico, que sin embargo su padre parecía saborear evocando aquella caprichosa y analógica descripción que le hizo alguna vez, cuando le dijo que la de la vida poseía la forma aproximada de una ípsilon griega, la de la riqueza la testa vacuna del primer jeroglífico sinaítico, la de los hermanos las dos íes del par latino, la de los padres por infanda sugerencia un perfecto sesenta y nueve, la de los hijos una landa griega jorobada, la de la salud una eme y un travesaño similar al de la erre de los recetarios, la del matrimonio una especie de clave de do horizontal, la de la muerte una perfecta eme gótica, la de la religión un ancla atravesada, la de las dignidades una extraña te semiuncial de cabo retorcido, la de los amigos unas líneas ondulantes paralelas, y la de los enemigos una suerte de angosta hache merovingia, todo ello proclivemente insinuante en el sentir del obeso caballero, que alzó la vista cuando oyó la voz de Federico explicarle que era en serio, papá, que si quería podía verlo por el anteojo, a lo cual sólo podía contestar, sin tratar siquiera de aproximarse a la ventana, que no lo dudaba, pero que si era un cometa no quería verlo, porque sería anuncio de ruina, para volver a extender su sonrisa, franca, allanadora, sobre los muchachos, como para desbaratar cualquier sospecha de seriedad o superstición, mas tener que oír a Federico advirtiéndole que no era un cometa, papá, los cometas tenían cola y éste no, de modo que sin duda era un planeta, argumento que impulsó a Lupercio Goltar a avanzar hacia el enrejado y, llevándose al ojo derecho el telescopio, irlo ajustando con sus dedos rechonchos, entre los cuales el aparato cobraba una apariencia primorosa y frágil, preguntando dónde estaba, oyendo a su hijo anunciarle que allá, cerca de la eclíptica, en la dirección de su dedo, con voz que pregonaba la trascendencia que confería a su descubrimiento, e indicarle que era precisamente aquél que poseía una coloración verdosa, valido de lo cual el comerciante arrugó la cara para escrutar concienzudamente, ocupación en la que tenía cierta práctica, ya que había sido marino y no jardinero, de modo que aquella selva de orbes locos desperdigados por el vacío le era, hasta cierto punto, familiar, lo cual no debió obstar para que, por un instante, creyera sentir el vértigo del infinito, como si de repente el mirador, la casa, la ciudad hubiesen desaparecido y él se hallara flotando en el éter misterioso definido por los filósofos antiguos como el alma del mundo, pero claro, su gordura era lo bastante contundente como para sacarlo al rompe de ese engaño y permitirle declarar, bajando el telescopio, que no, que nada veía que antes no estuviese allí, afirmación que satisfizo malignamente a Cipriano, quien se apresuró a deplorarlo hipócritamente, porque Goltar hubiera sido lindo nombre para un planeta, antes de oír empeñarse a Federico en que nadie había hablado de algo que antes no estuviera allí, lo que él afirmaba era que no se trataba de una estrella sino de un planeta, deducción palmaria en el hecho de no titilar, de ser su luz quieta y fría, palabras articuladas con un comienzo irracional de desesperación que su padre advirtió, pero que no le impidió recordar cómo eran seis los planetas y de qué forma, pues por algo había sido marino, sabía él desde mucho tiempo atrás dónde se encontraban, argumento tan sumiso que motivó en Federico un gesto desolado, pues su juventud le vedaba comprender el poco interés que el hallazgo inspiraba a su padre, antes de aducir la posibilidad de que, por todo este tiempo, hubiésemos tomado por estrella algo que en realidad era planeta, porque humano es errar, ¿no?, pero Lupercio Goltar alzó y examinó, casi acariciándolo, el astrolabio depositado sobre la mesita, junto a la bujía, para opinar que astrónomos había en Europa que no sabían equivocarse y que no recordaba ocasión alguna en que la naturaleza dijera sí y la sabiduría no, coronando otra vez la frase con su condescendiente, colaboradora sonrisa, la cual iría desapareciendo a medida que su hijo redarguyera que él sí que lo recordaba, pues todavía no habían pasado setenta años desde cuando el Santo Oficio condenó a Galileo Galilei a recitar todas las semanas los salmos penitenciales por el solo pecado de divulgar el sistema de Copérnico y, bien lo sabían ellos, entonces se concebía a la Tierra como el ombligo del universo, a cuyo alrededor giraban el sol, la luna y las estrellas, así que lo repetía, no habían pasado setenta años desde entonces, y hoy, aunque la mayoría de las gentes siguiera dando crédito a aquellas supercherías, hoy se podía afirmar que todo era muy distinto, hoy conocíamos la mecánica de Newton, referencia que debió hacer sentir al comerciante como si un escalofrío le trepanara el espinazo, ya que, por muy en la póstuma gloria que Galileo Galilei se encontrara, el Santo Oficio seguía siendo el Santo Oficio y el sabio pisano un teórico proscrito, certidumbre que acaso lo forzó a pensar, con un poco de horror, en el invitado que tenían a cenar aquella noche, la noche de aquel Martes Santo de 1697, antes de razonar que nada de aquello demostraba que lo visto por el anteojo fuera un planeta y no una estrella, porque cuál necesidad tenían ellos, en este mirador, en aquel preciso momento, y lo inquirió desesperadamente, como si sus viejas aventuras, su antiguo amor por esos objetos que lo circuían, todo hubiese sido humo de pajas, qué necesidad tenían de que aquel malhadado punto de luz fuese un planeta y no una estrella, y para cancelar con ello la cuestión, abrió la puerta y se aprontó a bajar, consciente de que Federico seguía confuso, de que no creía reconocer a su padre, al hombre que le enseñó el manejo de esos instrumentos, las maravillas de ese cielo asperjado de mundos, en el caballero forrado de convencionalismos que se disponía a retirarse sin ver que él trataba de balbucear alguna cosa, algo referente a la necesidad de hacer brillar la verdad, expresión que no podía arrancar al viejo sino una furtiva sonrisa, en tanto les recordaba que tenían invitados a cenar, que constara que se había tomado el trabajo de subir a refrescarles la memoria, había que estar listos y puntuales y recordar, por si nunca lo habían oído, que en lo que él llevaba de vida no había visto jamás que decir la verdad rindiera provecho a nadie, con lo que dio por concluido el asunto y abordó, con su habitual torpeza, las escaleras, mientras Federico tomaba rápidamente el anteojo y volvía a dirigirlo hacia el punto, próximo a la eclíptica, en que
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