Hacia la aventura en el Pacífico Sur




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Jack London
El crucero del Snack

Hacia la aventura en el Pacífico Sur




ÍNDICE
Capitulo Primero PRELIMINARES

Capítulo II LO INCONCEBIBLE Y MONSTRUOSO

Capítulo III AVENTURA

Capítulo IV EN BUSCA DE NUESTRO PROPIO RUMBO

Capítulo V LA PRIMERA ESCALA

Capítulo VI UN DEPORTE DE REYES

Capítulo VII LOS LEPROSOS DE MOLOKAI

Capítulo VIII LA CASA DEL SOL

Capítulo IX LA TRAVESÍA DEL PACÍFICO

Capítulo X TYPEE

Capítulo XI EL HOMBRE DE LA NATURALEZA

Capítulo XII EL TRONO DE LA ABUNDANCIA

Capítulo XIII LA PESCA CON PIEDRAS DE BORA BORA

Capítulo XIV EL NAVEGANTE AFICIONADO

Capítulo XV NAVEGANDO POR LAS ISLAS SALOMÓN

Capítulo XVI INGLÉS BÉCHE DE MER

Capítulo XVII EL APRENDIZ DE MÉDICO

Epílogo

PARA CHARMIAN

PATRÓN DEL SNARK, QUE LO GOBERNÓ

DE DÍA Y DE NOCHE, ENTRANDO O SALIENDO DE LOS PUERTOS,

SORTEANDO ESCOLLOS Y EN CUALQUIER EMERGENCIA,

Y QUE TANTO LAMENTÓ QUE INTERRUMPIÉSEMOS EL VIAJE

TRAS DOS AÑOS DE NAVEGACIÓN.
Tú has oído el latido de los vientos oceánicos,

Y las vibraciones de la lluvia en alta mar;

Tú has oído el canto, ¡hace tanto tiempo, hace tanto tiempo!

¡Vuelve a ponerte en camino!


CAPÍTULO PRIMERO
PRELIMINARES
Todo empezó en la piscina de Glen Ellen. Entre nuestros chapuzo­nes nos gustaba tumbarnos en la arena y dejar que nuestra piel res­pirase el aire cálido y se tostase al sol. Roscoe era un navegante. Yo no sabía demasiado acerca del mar pero era inevitable que ha­blásemos de barcos. Hablábamos de barcos pequeños y de la gran navegabilidad de estas embarcaciones. Solíamos comentar el viaje de tres años alrededor del mundo realizado por Joshua Slocum a bordo del Spray.

Estábamos seguros de que nos atreveríamos a efectuar la vuel­ta al mundo en una embarcación pequeña, digamos de unos trece metros de eslora. También estábamos seguros de que disfrutaría mos mucho haciéndolo. Finalmente llegamos a la conclusión de que nada en este mundo nos haría más ilusión que intentar llevar­lo a cabo.

Bromeábamos diciendo: «Hagámoslo».

Un día le pregunté discretamente a Charmian si ella estaría realmente dispuesta a hacerlo, y me contestó que le parecía dema­siado maravilloso para ser cierto.

En la siguiente ocasión en que coincidí con Roscoe junto a la piscina le dije: «Vamos a hacerlo».

Notó que yo hablaba en serio, por lo que se limitó a contestar­me: «¿Cuándo partimos?».

El caso es que en mi rancho quería construir una casa, plantar un huerto y una viña, colocar setos, y tenía también muchísimas otras cosas que hacer. Calculábamos que podríamos zarpar en cuestión de cuatro o cinco años. Pero la fiebre de la aventura em­pezó a afectarnos. ¿Por qué no irnos ya? Ninguno de nosotros sería nunca más joven que ahora. El huerto, los viñedos y los setos podrían crecer solos mientras nosotros estuviésemos fuera. A nues­tro regreso ya disfrutaríamos de ellos, y podríamos vivir en el gra­nero mientras construyésemos la casa.

Por lo tanto, decidimos llevar a cabo el viaje y se inició la cons­trucción del Snark. Le pusimos el nombre de Snark porque no se nos ocurrió ningún otro -lo digo en beneficio de todos aquellos que de otra manera podrían creer que hay algo oculto en este nombre.

Nuestras amistades no podían comprender qué nos impulsaba a este viaje. No hacían más que proferir quejas y lamentos. Nada podía hacerles entender que lo que hacíamos era dejarnos llevar por la inercia; que para nosotros era más fácil sucumbir a la atrac­ción del mar y surcarlo en una pequeña embarcación que quedar­nos en tierra firme, de la misma forma que para ellos era más sen­cillo quedarse en tierra que lanzarse a la mar. Es un estado mental provocado por un excesivo egocentrismo. No pueden salir de sí mismos. No pueden alejarse lo suficientemente de sí mismos como para darse cuenta de que su fluir quizá sea diferente al de los de­más. Creen que sus deseos y preferencias forman un conjunto con el que han de medirse los deseos y preferencias del resto de los se­res. Esto es injusto. Y yo así se lo digo. Pero no pueden apartarse lo suficiente de sus propios miserables egos como para llegar a oírme. Creen que estoy loco. Por lo tanto, les soy simpático. Es una situación que ya me es familiar. Todos tendemos a creer que algo debe fallar en la mente de aquellos que no están de acuerdo con nosotros.

La expresión definitiva es «ME GUSTA». Es la base de la filoso­fía y está íntimamente relacionada con el núcleo de la vida. Cuan­do la filosofía ha ido madurando durante un mes para indicarle al individuo cuál es el camino a seguir, de repente el individuo dice «ME GUSTA» y la filosofía se va a paseo. Es este ME GUSTA lo que hace que el borracho beba y que el aspirante a mártir lleve un cili­cio; lo que convierte a un hombre en juerguista y a otro en anaco­reta; lo que hace que unos busquen la fama, otros oro, otros amor y otros a Dios. Muchas veces la filosofía no es más que la forma en que el hombre expresa su propio ME GUSTA.

Pero volvamos al Snark y a por qué quería dar la vuelta al mundo con él. Para mí mis deseos e ilusiones son lo más impor­tante. Y lo que más me gusta es sentirme personalmente realiza do -alcanzar, no los logros que provocan el aplauso general, sino los que me satisfacen íntimamente-. Es la sensación de «¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho con mis propias manos!». Mas, para mí, los logros personales han de ser algo concreto. Prefiero ganar una carrera en la piscina, o permanecer montado en un caballo empeñado en lanzarme por los aires, an­tes que escribir la gran novela americana. Cada uno tiene sus prioridades. Otros muchos preferirían escribir una gran novela antes que ganar una carrera en la piscina o conseguir domar un caballo.

Probablemente el logro del que me siento más orgulloso, mi vivencia más intensa, ocurrió cuando tenía diecisiete años. Esta­ba a bordo de una goleta de tres palos frente a las costas de Ja pón. Y en medio de un tifón. Toda la tripulación había estado en cubierta durante la mayor parte de la noche. A las siete de la ma­ñana me hicieron salir de la litera para que me hiciera cargo del timón. No llevábamos izado ni un palmo de trapo. Navegábamos a palo seco, pero seguíamos avanzando a buena velocidad. La distancia entre olas debía de ser de aproximadamente un octavo de milla, pero el viento batía con fuerza sus crestas llenando el aire con tales rociones que era imposible poder ver más de dos olas a la vez. La goleta era prácticamente ingobernable, escoraba constantemente a estribor y a babor, viraba y cabeceaba hacia cualquier rumbo entre el sudeste y el sudoeste, y crujía cuando las olas la levantaban bruscamente amenazando con volcarla. Si hubiese llegado a volcar se habría perdido irremediablemente junto con las vidas de todos los que íbamos a bordo.

Me puse a la caña. El contramaestre me observó durante un rato. Dudaba de mí por mi juventud: creía que quizá no tuviese la fuerza ni los nervios necesarios; pero cuando me vio gobernar la goleta entre unas cuantas olas se dio por satisfecho y bajó a de­sayunar. De repente, todos estaban abajo desayunando. Si hubié­semos volcado, ninguno de ellos habría podido llegar jamás a cu­bierta. Durante cuarenta minutos estuve a solas con la rueda del timón, dominando la salvaje navegación de la goleta y con las vi­das de veintidós hombres en mis manos. En una ocasión me entró una gran ola por popa. La vi venir a tiempo y, medio ahogado por las toneladas de agua que me caían encima, logré mantener el rum­bo y enfilar correctamente la proa. Al cabo de una hora, empapa­do y extenuado, me relevaron. Pero ¡lo había conseguido! Con mis propias manos había conseguido dominar el timón y conducir cien toneladas de madera y acero a través del viento y de millones de toneladas de agua.

Mi satisfacción radicaba en que yo lo había hecho, no en que veintidós hombres supiesen que yo lo había hecho. Un año más tarde, la mitad de aquellos hombres habían muerto, pero mi satis­facción por lo conseguido no se redujo a la mitad. No obstante, debo confesar que me gusta contar con una pequeña audiencia. Pero tiene que ser una audiencia muy limitada y compuesta única­mente por personas que me quieran y a las que yo quiera. Cuando consigo algún logro personal siento que de alguna manera justifico su amor hacia mí. Pero esto es algo que ya se aparta de la satisfac­ción del logro por sí mismo. Es una satisfacción personal, mía, y que no depende de testigos. Cuando consigo algo así, me emocio­no. Resplandezco. Me siento orgulloso de mí mismo, y este orgu­llo es mío y solamente mío. Es algo orgánico. Cada una de mis fibras se excita. Es algo muy natural. Es algo así como la satis­facción de adaptarse al entorno. Es el éxito.

Una vida vivida es una vida con éxito, y el éxito es lo que nos permite respirar. Superar una dificultad importante significa adaptarse a un entorno muy exigente. Cuanto más nos cueste alcanzar la meta, mayor será la satisfacción que sentiremos al lo­grarlo. Esto es lo que le sucede al hombre que salta a la piscina desde el trampolín, efectúa una pirueta en el aire y entra de ca­beza al agua. En el momento en que se separa del trampolín pe­netra en un entorno hostil, y si cae plano sobre el agua pagará muy caro su error. Naturalmente, nada le obligaba a correr ese riesgo. Podría haberse quedado plácidamente tendido sobre la arena gozando de la brisa veraniega, el sol y la comodidad. Sólo que no ha sido concebido para esto. En el momento en que efec­tuaba su pirueta en el aire vivía algo que jamás habría experi­mentado dormitando sobre la arena.

Por lo que a mí respecta, preferiría ser ese hombre que se arriesga que uno de los que le observan desde el borde de la pis­cina. Por este motivo estoy construyendo el Snark. Estoy hecho así. Sencillamente, quiero hacerlo. La singladura de vuelta al mundo implica vivencias muy intensas. Quédate junto a mí du­rante un momento y fíjate. Aquí estoy, un pequeño animal llama­do hombre: una pequeña cantidad de materia viva, sesenta y siete kilos de carne y sangre, nervios, tendones, huesos y cerebro: todo ello muy blando y delicado, fácil de estropear, falible y frágil. Si le doy un ligero bofetón a un caballo más tozudo de la cuenta, me rompo los huesos de la mano. Si sumerjo la cabeza en el agua du­rante más de cinco minutos, me ahogo. Si me caigo desde seis me­tros de altura, me descalabro. Soy un ser muy sensible a la tem­peratura. Unos pocos grados para abajo y mis dedos y orejas no tardarán en ponerse oscuros y acabarán cayéndose. Algunos gra­dos para arriba, y mi piel se cubrirá de ampollas y llagas que me dejarán en carne viva. Unos grados más en cualquiera de los dos sentidos, y la luz y la vida se alejarán de mi cuerpo. Si una ser­piente venenosa inyecta en mi cuerpo una gota de veneno, dejaré de moverme -dejaré de moverme para siempre-. Una brizna de plomo que salga de un rifle para penetrar en mi cabeza, y me veré envuelto en una oscuridad eterna.

Falible y frágil, una porción de vida gelatinosa y pulsante, eso es lo que soy. A mi alrededor existen poderosas fuerzas naturales: colosales amenazas, titanes de la destrucción, monstruos carentes de toda sensibilidad que se preocuparán menos por mí de lo que yo me cuido de los granos de arena que crujen bajo mis pies. No les importaré lo más mínimo, no me conocen, carecen de conciencia, de piedad y de moral. Son los ciclones y tornados, rayos y nieblas, mareas y maremotos, corrientes y trombas de agua, vórtices y re­molinos, terremotos y erupciones volcánicas, olas que atruenan al estrellarse contra los acantilados y mares capaces de triturar a los navíos más poderosos convirtiendo en papilla a sus tripulaciones o lanzándolas a las aguas hacia una muerte segura. Y todos estos monstruos no saben nada acerca de este pequeño ser, todo nervios y debilidad, al que los humanos conocen como Jack London y que se considera a sí mismo como totalmente normal pero quizás algo superior a los demás.

Yo tendré que buscar mi camino entre la confusión y el caos producidos por los conflictos de estos potentes y sedientos titanes. Esa pequeña porción de materia viva que soy yo tendrá que triun­far sobre ellos. Esta pequeña porción de materia viva se conside­rará divina si logra domarlos y ponerlos a su servicio. Es bueno vencer una tempestad y considerarse divino. Estoy seguro de que cuando una porción finita de materia viva gelatinosa y pulsante se siente divina, experimenta una sensación infinitamente más glo­riosa que la de un dios sintiéndose divino.

Aquí está el mar, el viento y la ola. Aquí están los mares, los vientos y las olas de todo el mundo. Aquí está un entorno real­mente feroz, y es muy difícil llegar a adaptarse a él; pero conseguirlo es algo que colmará mi pequeña vanidad. Me gusta. Yo es­toy hecho así. Es mi forma personal de vanidad, eso es todo.

Pero el viaje del Snark también tiene otra finalidad. Dado que estoy vivo, quiero ver, y este mundo es mucho más vasto que una pequeña ciudad o que un valle. No hemos concretado mucho el itinerario a seguir. Al partir solamente sabemos algo con certeza: que nuestra primera escala será en Honolulú. Aparte de algunas ideas muy generales, no sabemos a ciencia cierta qué rumbo pon­dremos al zarpar de Hawai. Iremos abriendo nuestras mentes a medida que nos vayamos aproximando. A grandes trazos sabemos que vagaremos por los Mares del Sur haciendo escalas en Samoa, Nueva Zelanda, Tasmania, Australia, Nueva Guinea, Borneo y Sumatra, para luego dirigirnos hacia Filipinas y Japón. Más tarde llegaremos a Corea, China, India, el Mar Rojo y el Mediterráneo. A partir de ahí nuestro proyecto de viaje ya se vuelve demasiado difuso como para poder describirlo, pero hay algunas cosas que es muy probable que llevemos a cabo, y espero pasar uno o varios meses en cada país de Europa.

El Snark navegará a vela. Llevaremos también un motor de gasolina, pero solamente para emplearlo en casos de emergen­cia, como cuando haya que sortear arrecifes con mal tiempo o cuando el viento entre en calma en zonas de fuertes corrientes que pudiesen desplazarnos mucho de nuestro rumbo. El aparejo del Snark es lo que conocemos como queche. El aparejo de que­che es un término medio entre el yol y la goleta. En los últimos años se ha comprobado que el aparejo de yol es el mejor para la navegación de crucero. El queche conserva las características de crucero del yol y le añade algunas de las virtudes marineras de la goleta. Pero todo esto no hay que tomarlo al pie de la le­tra. Son simples teorías que bullen en mi cabeza. Nunca he na­vegado en un queche, ni siquiera he visto nunca ninguno. Todo son teorías mías. Esperad a que me haga a la mar y entonces podré hablar más acerca de la navegabilidad del queche y de su capa­cidad de maniobra.

Originalmente estaba planeado que el Snark iba a tener una eslora de trece metros cuarenta centímetros en la línea de flota­ción. Pero pronto descubrimos que así no habría espacio para el cuarto de baño, por lo que decidimos incrementar su eslora has­ta los catorce metros setenta centímetros. Su manga máxima será de cinco metros. Carecerá de superestructuras y barandillas. En la cámara gozaremos de una altura de dos metros y la cubierta será lisa y solamente se verá interrumpida por dos entradas a cá­mara y una escotilla a proa. El hecho de que el barco carezca de caseta que pueda comprometer la solidez de la cubierta hace que podamos sentirnos más seguros en su interior cuando la violen­cia de los mares descargue toneladas de agua sobre nosotros. Una amplia y cómoda bañera, situada en un plano inferior al de la cu­bierta, con autodrenaje y protegida por un antepecho elevado, hará que nuestras guardias sean algo más confortables durante los días y noches con mal tiempo.

No habrá tripulación. Mejor dicho, Charmian, Roscoe y yo se­remos los únicos tripulantes. Lo haremos todo con nuestras pro­pias manos. Con nuestras propias manos efectuaremos la circunnavegación del globo. Navegar hacia allí o naufragar hacia allá, todo estará en nuestras manos. Naturalmente, habrá un cocinero y servicio de camarotes. ¿Por qué tendríamos que guisar, lavar los platos y poner la mesa? Si quisiéramos hacer estas cosas podría­mos quedarnos en tierra. En vez de eso estaremos siempre alerta y trabajaremos en el barco. Además, yo tendría que continuar con mi profesión de escritor para poder alimentarnos, para comprar velas nuevas y para mantener al
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