Las raíces del olivo courtney Miller Santo Traducción de María Altana




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LAS RAÍCES DEL OLIVO


Courtney Miller Santo

Traducción de María Altana



Título original: The Roots of the Olive Tree

Traducción: María Altana

1.ª edición: abril 2013

© 2012 by Courtney Miller Santo

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito legal: B. 34.677-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-423-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido


Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

Esquema

Primera parte: ANNA EN OTOÑO

Segunda parte: ERIN EN INVIERNO

Tercera Parte: DEBORAH EN PRIMAVERA

Cuarta parte: CALLIOPE EN VERANO

Quinta parte: BETS AL FINAL DE TEMPORADA

Agradecimientos


Para Winnie y Sofia
que son el principio y el final
de las cinco generaciones
de mi familia


En el olivar has de ser sabio con los pies y necio con la cabeza.

Proverbio italiano



PRIMERA PARTE
ANNA EN OTOÑO



1
La llegada


Anna Davison Keller quería ser la persona más vieja del mundo. Creía que merecía esta distinción, pues siempre había tenido un cuidado muy especial con el recipiente que Dios le había dado. Por las mañanas, por si Dios la estuviese mirando, hacía ostentación de piedad al salir de la cama y se hincaba de rodillas para rezar sus oraciones. Le hablaba a Dios en su idioma: le pedía que añadiera muchos días a los 112 años que ya había vivido y le rogaba que infundiera salud en su ombligo y tuétano en sus huesos. No le decía abiertamente a Dios que debía fulminar a ese chino viejísimo que le estaba quitando el título, pero, después de tantos años, estaba segura de que Dios veía en su corazón.

En 2006 el verano abusó de su hospitalidad otorgándole al valle ese aspecto que adquieren las flores silvestres cuando se las deja demasiado tiempo en el florero. Aunque todavía faltaba una hora para que amaneciera, el aire aquella mañana de comienzos de noviembre era caliente y pesado. Anna se vistió a oscuras mientras su terrier, Bobo, le mordisqueaba los tobillos, impaciente por que le abriera la puerta. Levantarse antes que el sol le permitía disfrutar de la privacidad indispensable para luego poder ser agradable con su hija y su nieta, quienes compartían con ella aquella casa limpia y ordenada. La gente las confundía a menudo y las tomaban por hermanas. Chorradas, pensaba Anna, lo decían porque eran más jóvenes; los menores de treinta siempre reían de que los mayores de sesenta parecían todos de la misma edad.

No le apetecía la tostada con mermelada que había en el plato; prepararla formaba parte de su rutina, pero empezaba a darse cuenta de que eran demasiados los minutos de sus días que se evaporaban por culpa de ciertos hábitos incontrolados. Se forzó a comer un bocado, le echó el resto a Bobo y salió al porche trasero. Los últimos días había estado preocupada por la inminente llegada de un médico, un genetista que iba a estudiar a Anna y su progenie. Le habían explicado que aquel hombre esperaba descubrir los secretos de la longevidad ocultos en los genes de algunas personas, los superlongevos, como los llamaban los científicos. Anna pensaba que todo aquello era como ir en busca del Santo Grial, aunque intuía que sería estúpido de su parte decirlo en voz alta.

Gracias a Dios el médico llegaba ese día, pero tanta expectación le había impedido descansar con normalidad. La noche anterior la habían acosado sueños plagados de imágenes a medias de cordones umbilicales y el rostro de una mujer que no reconoció. Y su apetito. Eso también. Cada vez que trataba de comer tenía la sensación de tener el estómago lleno de sus propios ácidos. Anna necesitaba distraerse y, ahora que la recolección por fin se había terminado, las aceitunas la estarían esperando.

En la oscuridad la larga pendiente de césped aparecía gris y cubierta de rocío. Se quedó junto a la barandilla del porche observando a Bobo, que bajó a la carrera los peldaños y cruzó el césped hasta donde terminaba la hierba y comenzaba el olivar de la familia. No había luz suficiente para ver los olivos, pero podía oír el murmullo de las hojas agitadas por el viento frío del norte que soplaba en todo el valle. Apretó los labios. Dentro de ella, una voz ansiosa y rezongona se abría camino a la superficie: «Quedan frutos por recoger.» Las olivas se habían hinchado tanto que al menor contacto les reventaría la piel. Montones de drupas caían al suelo cada vez que se movían las ramas. «Están ahí, pudriéndose, un festín para las plagas.»

Sentía la misma culpa cada año después de la recolección. Los recolectores no eran capaces de levantar más que nueve de cada diez aceitunas que daba el olivar. Anna nunca había podido tolerar el derroche. Culpaba de su frugalidad a sus padres y a la herencia que le habían dejado. ¿Cómo solían decir? «Si le muestras la Torre Eiffel a un estadounidense de origen irlandés, te preguntará quién ha sido el cretino que ha derrochado tanto acero.» Se puso las galochas sucias de barro que estaban siempre en el porche y vació la cesta de la leña chica. Si ella no cogía las aceitunas, nadie más lo haría. Estaba segura de que algún año conseguiría despojar a un árbol de todos sus frutos.

Bobo fue a su encuentro cuando bajaba por la cuesta. Anna se agachó para acariciarle las orejas antes de que el perro se volviera trotando a la casa. Cuando levantó la vista, se sorprendió al descubrir que su mente no estaba en esa mañana de noviembre, sino en un recuerdo que se remontaba a más de cien años atrás. El tiempo, para Anna, siempre encontraba la forma de plegarse sobre sí mismo. Había temporadas en las que le volvían a la memoria recuerdos de su padre y de su madre, ambos fallecidos en los albores de los años treinta, tan vívidos como el primer día. Sabía que su cerebro había registrado cada uno de los segundos en los que había respirado y de vez en cuando se sorprendía de que se acordara de tal o cual momento.

El olor a franela húmeda le hizo cosquillas en la nariz y oyó un eco de risas. Era un recuerdo muy viejo, no debía de tener más de diez años. Ella y su hermano, Wealthy, estaban juntando las olivas que se habían caído de los cuadrados de lana gris extendidos en el suelo cubierto de rocío. Las aceitunas perfectas se ponían en uno, y las abiertas y arrugadas, en otro. Eran niños muy aplicados, pero solo por un rato, porque enseguida se sentaban con las piernas cruzadas y se ponían a jugar a darse golpes con las palmas. Ella era mucho más lenta que su hermano mayor y tenía las palmas de las manos rojas de tantos golpes que había recibido. Mantenía las manos suspendidas justo por encima de las de Wealthy. Observaba fijamente sus ojos a la espera del primer signo de un movimiento. Ansiaba ganar, tener la oportunidad de golpear las manos de su hermano. Ninguno de los dos se percató de la presencia de su padre oculto detrás de un olivo, que los observaba muy enfadado.

Era un hombre alto. Anna se imaginaba que si a su padre le quitaran la piel, como se pela una corteza, debajo encontrarían madera verde. Sus golpes siempre dolían como si les pegara con una vara. Rebotaban. Le pegó a Wealthy en las orejas con las palmas abiertas y los riñó a ambos porque estaban perdiendo el tiempo. Al ver su oportunidad, Anna golpeó en la parte superior de las manos de su hermano y escapó a todo correr. Recordaba haberse vuelto y visto a su padre y a su hermano con la boca abierta, ya no enfadados, sino muertos de risa, y justo en ese momento tropezó.

Un pequeño tajo, nada más, de esos que sanan sin dejar cicatriz. Pero sangraba como si se le hubiera abierto una arteria. «Las heridas en el cuero cabelludo siempre son feas», dijo su padre observando el pequeño corte encima de la ceja izquierda. Enjugó la sangre con su pañuelo y mandó a Wealthy a juntar todas las telarañas que pudiera encontrar. Cuando el niño regresó, sujetaba con fuerza en su puño unos hilos pegajosos comprimidos en una forma alargada gris. Entre los dos sacaron trozos de aquel ovillo y los introdujeron en el tajo hasta que dejó de sangrar.

Justo antes de llegar al final de la pendiente con césped, Anna se detuvo y profirió una maldición. La luz del alba no era suficiente como para internarse en el olivar. La forma en que los árboles absorbían y difundían los rayos del sol hacía que incluso a mediodía estuviera oscuro. Tenía que haberse acordado de la cuestión de la luz. «Maldición». Detestaba sentirse como una tonta, especialmente por algo que ella misma había hecho. Ese fallo la volvió precavida y se tocó la ceja. Apartó las arrugas y se pasó el dedo por los pocos pelos que le quedaban. Nada. Ni un leve bulto o irregularidad en la piel que probara la autenticidad de su recuerdo. Y sin embargo ella sabía que era cierto.

El cielo púrpura se tornó azul. Se fue andando por el borde del olivar, pisando donde había suficiente luz y recogiendo las aceitunas caídas. De vez en cuando estiraba una mano para alcanzar las ramas que sobresalían y probaba las drupas al tacto. Toda una vida de dedicación significaba que ella conocía por el tacto, por la forma y por el peso de cada fruto si era apto para prensarlo. Esa palabra, «drupa», la había desconcertado durante años. Cuando su madre le decía que los pensamientos en las macetas se estaban poniendo mustios y había que regarlos, Anna corría a la ventana preguntándose qué clase de fruta maravillosa darían aquellas flores rojas y amarillas.

Aquella era una vieja historia, pero el milagro de las telarañas era un cuento que acababa de recordar, uno que tenía que contarles a su hija, a su nieta y a cualquiera que quisiera escucharla. A Anna le preocupaba la cantidad de cosas que no sabían las generaciones más jóvenes. Deseaba encontrar a alguien que la escuchara. Que realmente la escuchara. El mundo odiaba a los viejos. Hasta sus propios familiares pensaban que Anna ya les había enseñado todo lo que necesitaban saber. Ya nadie la consultaba; no podía empezar a contar una historia sin que su hija o su nieta la interrumpieran para contarla en su lugar. Carecían de perspectiva, de comprensión de lo mucho que había que preservar. Haría falta una vida entera para transmitirles sus secretos y Anna ya había vivido dos vidas.

La luz llegaba ahora a los lindes del valle y Anna se movió para entrar en el olivar.

—¡Mamá! —llamó su hija.

—¡Abu! —la secundó su nieta, con voz débil y aguda.

Acto seguido, sus voces adquirieron ese tono que dicta la necesidad y la inquietud.

Anna suspiró y se volvió hacia la casa. Estaba bien que la precisaran. El rocío se evaporaba de las hojas de los olivos como humo. Al salir del olivar y remontar la colina dio gracias en silencio porque las primogénitas se hubieran quedado cerca de ella, atadas a los olivos, a la tierra rojiza, a la casa de adobe, a Anna.

—¡Aquí estás! —exclamó Elizabeth. No, Bets; ya nadie llamaba a su hija por su nombre completo.

—¿Cómo se te ocurre salir a deambular en medio de la oscuridad? —preguntó Calliope.

—El perro ha estado conmigo un rato —explicó.

Siempre la desconcertaba ver a su hija y a su nieta con tantos años encima.

—Eso es lo que me preocupa —respondió Bets.

Su hija era una mujer fornida, más oscura que el resto de la familia, salvo Anna. Tenía cejas espesas y ojos hundidos. Cumpliría los noventa el año siguiente, pero tenía los genes de los Keller, lo cual quería decir que sus capacidades no disminuirían con la edad. El pelo se le había puesto gris diez años atrás, pero en los últimos años se había tornado tan luminoso que a la luz de la mañana resplandecía como la plata.

—Somos dos las preocupadas —dijo Callie a través de la puerta mosquitera.

Anna se quitó las botas llenas de barro y se sentó en una de las mecedoras que había en el porche. «Callie debería dejarse las canas», pensó. Ese mes el pelo de su nieta era de un rubio ordinario, con ricitos en las puntas. Además se negaba a aceptar la tabla sin forma en que se convierte el busto de las mujeres cuando envejecen. Casi con sesenta y cinco años Callie seguía usando aquellos corpiños y sujetadores que ya nadie llevaba y que modelaban sus senos suaves en afiladas puntas. Su manera de andar, sin embargo, era el único aspecto de su apariencia por el que Anna discutía con ella. Después del accidente le había quedado una notoria cojera que había transformado en un contoneo provocador. Callie pretendía fingir que caminaba como siempre, pero Anna estaba segura de que esos contoneos habían aparecido después de que la pierna de su nieta se hubiera partido en mil pedazos.

—¿Abu? ¿Me oyes? —preguntó Callie a través de la puerta mosquitera—. ¿Tú qué piensas?

—¿Sobre qué?

Bets abrió la puerta con un crujido.

—Sobre darle de comer al médico —dijo.

—Dile a la abuela que ponga esas botas en la hierba; les quitaré el barro más tarde —comentó Callie, y empezó a enumerar el contenido de la nevera y a preguntarse en voz alta si había tiempo para descongelar un rosbif.

—No es más que un almuerzo —dijo Anna.

El genetista había sido la gran idea de Callie. Su nieta idealizaba la familia. Siempre había querido diferenciarse del mundo que la rodeaba, incluso ya de niña ponía toda su energía en ser única. Anna culpaba de ello al padre de la chica. Él había insistido con ese nombre tan extravagante que le habían puesto. «Calliope.» «Una palabra bonita pero un nombre espantoso», pensó. Acostumbraba abreviarlo para no tener que pronunciarlo.

—¿Te encuentras bien, abu? —preguntó Callie del otro lado de la mosquitera.

Anna le aseguró a su nieta que se encontraba muy bien y le pidió que le alcanzara una taza de agua caliente con una gota de aceite de oliva y una rodaja de limón. Luego se sentó en una de las mecedoras y se puso a separar las aceitunas arrojando las malas a los petirrojos gordos que estaban picoteando en el jardín en busca de gusanos.

—¿Es tu secreto? —le preguntó Callie al darle la taza. Se sentó en la otra mecedora. No podía permanecer mucho tiempo en pie a causa de su pierna—. ¿Hemos de decirle a Amrit que no hace falta hacer un análisis de sangre, que el secreto de la longevidad es ácido cítrico, aceite de oliva y H2O?

—¿Amrit? Yo creía que se decía Hashmi. Doctor Hashmi —dijo Anna.

Las personas que no la conocían no entendían que ella gozaba de sus plenas facultades. Daban por sentado que, por su edad y su cara, que parecía lino arrugado, no entendía lo que sucedía a su alrededor. Hacía varias semanas que practicaba el apellido del genetista, e incluso había leído sus trabajos de investigación, de manera que cuando se encontraran le quedara bien claro que ella era vieja pero no decrépita.

Callie se sonrojó.

—No, no. Tienes razón, debemos llamarlo doctor Hashmi. Sabes, ocurre que he conversado tantas veces con él que es como si ya fuéramos amigos.

—¿Conversado sobre qué? —preguntó la abuela.

—Sobre nosotras, sobre ti. Todo esto. —Apartó los ojos de Anna y miró hacia el olivar. Sacó del bolsillo una pastillita blanca y la tragó—. No es tu edad lo único que le interesa. Está fascinado por las generaciones, las primogénitas. Supongo que en la India las hijas son consideradas un lastre.

Incapaz de contenerse, Anna respondió con un proverbio irlandés que había escuchado de labios de su madre en innumerables ocasiones:

—«Un hijo es un hijo hasta que tiene esposa; una hija es una hija toda su vida.»

Todos los hijos varones de Anna habían muerto. El último cinco años atrás, pero la línea de las hijas seguía intacta: cinco generaciones de primogénitas. Se hamacó en su silla y murmuró su íntima letanía: Anna engendró a Elizabeth, Elizabeth engendró a Calliope, Callie engendró a Deborah y Deb engendró a Erin.

—Siempre hay lugar para hijos varones —dijo Bets saliendo al porche.

Anna sabía que su hija estaba orgullosa de sus muchachos, aunque los cuatro se hubieran marchado a California y se hubieran afincado en las ciudades de sus esposas.

—Callie me estaba diciendo que allá de donde viene este médico las hijas son una carga —le explicó Anna.

—Todo el mundo siempre quiere tener varones. Pero hoy no es como antes. Ahora son ellos quienes se marchan, necesitan salir al mundo y explorar —dijo Bets—. No veo a mis hijos desde hace dos o tres navidades, aunque Matthew intentó que volara a Boston el año pasado.

—En la India es diferente —comentó Callie—. Si tienes hijas, tienes que pagar para poder casarlas, con dinero.

A Anna se le ocurrió que tal vez Callie tuviera algún interés romántico en el genetista, a pesar de que era viuda desde hacía décadas. Pero su nieta era una tonta para las cosas del amor.

—Pensad en todo el dinero que habría podido tener. Cinco hijos fuertes hubieran producido dinero suficiente como para dejar Kidron y retornar a Australia —dijo Anna.

—Habrán sido fuertes, pero ciertamente no se destacaron por su inteligencia —apuntó Bets, que no podía dejar de meterse con sus hermanos, aunque estuvieran muertos.

—Pienso que es romántico —comentó Callie.

Anna observó a su nieta. Se había puesto el maquillaje de los domingos pese a que era sábado, y llevaba un tejano de cien dólares que había comprado en Nordstrom porque la vendedora había insistido en que con ellos aparentaba cincuenta años en vez de los sesenta y cinco que en realidad tenía. Anna pensaba que los tejanos eran ridículos, no importaba quien los llevara. Alisó la tela de su falda y arrancó un hilo que se desprendía de la costura.

—Esto es ciencia, no romance —aseveró.

Quería advertir a Callie, evitar que se hiciera ilusiones. Ya había sucedido antes. Uno de los proveedores de su tienda entabló una relación telefónica con Callie y ella creyó que había encontrado el verdadero amor.

—Ya lo sabe —afirmó Bets. No le agradaban las discrepancias. A Anna no le sorprendió que cambiara de tema—: ¿Cuánto falta para que llegue ese médico?

—Llegará antes de la hora de comer —contestó Callie. Se cerró el cuello de la camisa hasta cubrirse todo el pecho.

—Entonces, ayúdame con estas aceitunas —dijo Anna—. Si las ponemos ahora en la prensa tendremos aceite nuevo para el almuerzo.

—Los recolectores hicieron un buen trabajo este año. Los Lindsey dicen que su personal levantó una tonelada por acre y nosotras obtuvimos eso como mínimo —dijo Bets.

Anna no estaba de acuerdo.

—Quedan montones por recoger.

Bets suspiró y aprovechó para decirle:

—¿No lo han dejado lo suficientemente limpio para ti? Ya sé que Benny contrató a ese capataz nuevo, pero es el hijo de Diego y tú sabes que va con su padre a los olivares de Lindsey desde que sabe caminar.

Anna miró el embudo de la pequeña prensa manual que tenían en el porche. Necesitaba otra cesta de aceitunas para llenarla.

—Los recolectores no lo han hecho peor que otros años. Y con seguridad no lo han hecho mejor que el año en que todos nuestros hombres se marcharon a la guerra y de la recolección se ocuparon las mujeres y los niños.

—Papá siempre decía que los mejores recolectores eran las mujeres. ¿Cómo era aquel proverbio antiguo?

Anna se echó a reír antes de decir:

—«En el olivar has de ser sabio con los pies y necio con la cabeza.»

Sonrió al pensar en su propio padre, que había pensado siempre que las mujeres eran las únicas almas lo bastante necias como para dejar un árbol limpio. No lo decía como un halago, pero Anna así lo entendía.

Callie movió la cabeza.

—Nunca lo he entendido. Creo que debes permitir que los recolectores utilicen esas máquinas. Probablemente conseguiríamos una tonelada y cuarto por acre.

Con aquella afirmación su nieta daba comienzo a una vieja discusión, y Anna comprendió que lo decía sobre todo por seguir con la conversación.

—El ruido me mataría y el martilleo probablemente mate los árboles —dijo sonriendo.

Sabía que su nieta buscaba guerra porque Bets las había interrumpido cuando estaban hablando del médico. Así era mejor. A Callie le gustaba contar que el día que su abuela no estuviera indignada, empezarían a pensar en el funeral. Hacía reír a la gente con eso, especialmente a los jóvenes, quienes no se podían imaginar que Anna no hubiera planeado su sepelio más de una vez.

Permanecieron en el porche ventilando viejas quejas hasta que el viento seco de noviembre las obligó a entrar. Cuando Anna se dispuso a coger la cesta con la intención de ir al olivar por segunda vez, oyó el crujido de las gomas de un coche que entraba por el camino de grava de la casa.

—Llega temprano —dijo Callie incorporándose y dirigiéndose a la puerta apresuradamente, con su particular modo de andar. El perro, demasiado viejo para oír el ruido del motor, fue trotando detrás de Callie después de que ella lo golpeara al pasar.

Bets sostuvo la puerta para dejar pasar a Anna y luego echó un vistazo al reloj de bronce dorado que estaba sobre el piano en una esquina del salón.

—No comprendo cómo ha podido llegar tan rápido desde el aeropuerto. No es fácil circular con el tránsito de Oakland.

Tres escalones de cemento bajaban a la entrada de grava con forma de semicírculo que hacía las veces de porche. Anna permaneció de pie en el peldaño superior protegiéndose los ojos del sol mientras un sedán azul oscuro se acercaba por el camino.

—¿Por qué va tan despacio? —preguntó Callie.

—Probablemente no ha contratado el seguro al alquilar el coche —dijo Bets—. Te vuelven loco por cualquier tontería.

Anna entornó los ojos y vio que había una mujer al volante. Bobo las sorprendió a todas cuando se alzó sobre sus patas traseras dando pataditas en el aire y luego se revolcó en el suelo. No lo había hecho en años. Anna se dio cuenta de que no era la persona a la que estaban esperando cuando el coche se detuvo y vieron bajar a su tataranieta, Erin.
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