Tormenta en los corazones




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Tormenta en los corazones

Kim Lawrence

Argumento:

Las revistas del corazón llamaban a Neve McLeod "La viuda alegre", pero en realidad, el suyo había sido un matrimonio de conveniencia. Seguía siendo virgen, pero eso era algo que nadie creería nunca.

Hasta que se encontró perdida y atrapada bajo una tormenta de nieve con el imponente magnate Severo Constanza, un salvador inesperado.

Cuando su magnífico italiano acudió a rescatarla, no sabía de su pasado, solo que Neve, era la mujer más seductora que había conocido nunca.

Capítulo 1

Levantando las tazas sobre su cabeza para evitar una colisión, Neve sonrió con gesto de disculpa a la mujer con la que había estado a punto de chocar y miró alrededor buscando a Hannah, que no estaba donde la había dejado.

El error había sido decirle: «no te muevas» antes de ponerse a

Neve suspiró. ¿Cuándo iba a aprender?

Cualquier orden, por inocua que fuera, y Hannah haría exactamente lo contrario. Las posibilidades de que pasar juntas la Semana Blanca sirviera para unirlas un poco más habían sido poco realistas, pero en aquel momento le parecían risibles.

Neve miró entre la gente que llenaba el refugio de montaña, gente como ella que había allí para escapar de la tormenta. Y cuando miró por ventana emplomada sintió un escalofrío; la tormenta de nieve que había dejado en ridículo a los meteorólogos y detenido la mitad del país seguía golpeando con la misma fuerza que antes.

Metió la tripa para hacerle sitio a una persona que intentaba pasar a su lado y, por el rabillo del ojo, vio algo azul. Las mechas azules eran de su hijastra, que se había sentado en un banco de madera cerca de la ventana.

Neve respiró mientras se abría paso entre la gente y consiguió llegar al banco sin quemar a nadie con el chocolate caliente.

–Creí que te había perdido –Neve intentó sonreír mientras dejaba las tazas en el alféizar de la ventana y se quitaba el gorro, sacudiendo sus rizos pelirrojos.

La chimenea estaba encendida y se estaba bien allí, pensó, quitándose el chaquetón.

–He pensado que una taza de chocolate caliente nos animaría un poco. Y lleva nata.

Incluso ella se daba cuenta de que sus intentos por forjar cierta camaradería sonaban falsos y ligeramente desesperados.

Hannah parecía pensar lo mismo porque la miró con ese gesto de desprecio tan típico de los adolescentes antes de encogerse de hombros.

–¿Tú sabes cuántas calorías tiene una taza de chocolate? Deberías estar gorda como una vaca.

Muy bien, no había cese de hostilidades.

Neve se preguntó si engordar veinte kilos haría que su hijastra la odiase menos. Probablemente no. Además, sería muy difícil porque comiera lo que comiera no engordaba nunca. Habría cambiado su figura adolescente por unas curvas femeninas en un segundo, pero eso no iba a pasar.

Hannah se apartó un poco, como para evitar cualquier contacto con ella y Neve sacudió la cabeza.

–No te preocupes, seguro que tarde o temprano dejará de nevar.

Aunque no parecía que eso fuese a ocurrir pronto y hasta entonces estaban atrapadas allí. Pero había cosas peores, pensó. Podían haberse quedado atrapadas en el coche o en el monte Devon.

Hannah giró la cabeza. Los mechones azules responsables de que Neve hubiera sido llamada al colegio Devon bailaron a su alrededor.

Neve había acudido a la llamada de la directora y se había sentado en su despacho, con las manos elegantemente colocadas sobre el regazo, escuchando más como una alumna que como una adulta mientras la directora le hablaba de su preocupación por Hannah. Una preocupación que ella compartía.

–No es sólo el pelo, señora Macleod, o los cigarrillos. Yo creo que esta situación requiere atención inmediata.

Preguntándose si notaría lo inadecuada que se sentía, Neve asintió con la cabeza, demasiado preocupada como para enfadarse por el tono condescendiente. Necesitaba toda la ayuda posible.

–Ha habido varios incidentes y, como usted sabe, no todos tan pequeños. Hemos tenido suerte de que los propietarios de la furgoneta de reparto no hayan presentado una denuncia. Imagino que sabrá que, de no ser por las tristes circunstancias de Hannah, eso habría significado la expulsión automática del colegio.

–Y le estamos muy agradecidas –Neve no le dijo que la «gratitud» de Hannah consistía en no abrir la boca y fulminarla con la mirada cada vez que volvía a casa.

–La actitud de Hannah es lo que más nos preocupa. Es muy agresiva con las demás niñas.

«Dígamelo a mí».

–Imagino que es algo temporal.

–Y sus notas han empeorado.

–Lo está pasando mal, quería mucho a su padre –dijo Neve.

–Sí, lo sé. Es muy triste perder a un padre e imagino que tiene que haber sido muy duro para las dos.

Neve se quedó horrorizada cuando empezaron a temblarle los labios. Y ella esperando dar una imagen serena y madura...

La simpatía en el tono de la directora había roto el escudo protector que los rumores y las cámaras de los paparazis no habían conseguido romper.

Neve sacó un pañuelo del bolso y se sonó la nariz.

–Gracias.

Simpatía no era algo a lo que ella estuviera acostumbrada desde que las revistas empezaron a describirla como una buscavidas fría y avariciosa que se había casado con un moribundo por su dinero. Y la habían apodado «la viuda alegre».

Podría haber sido peor, solía bromear su hermano Charlie, podrían haberla llamado «la viuda negra».

En principio, algunas personas parecían dispuestas a concederle el beneficio de la duda, pero cuando un periodista descubrió que Charlie había estafado dinero a la empresa de James, esas personas desaparecieron.

Neve no había intentado defenderse. ¿Cómo iba a hacerlo? La verdad era que se había casado con un moribundo y que Charlie había estafado una pequeña fortuna.

Nadie quería creer que ella no había tocado el dinero o que había aceptado la proposición de James como agradecimiento por lo bien que s e había portado siempre con Charlie y con ella.

–Y hemos hecho todo lo posible por Hannah –seguía diciendo la directora–. Pero hay un límite. Los niños necesitan límites, señora Macleod.

Neve aceptó la poco sutil reprimenda pensando que los límites sólo servían de algo si el niño en cuestión estaba dispuesto a escuchar. Y si ella tuviera la autoridad que tenía la directora del colegio, no habría ningún problema.

–Tengo la impresión de que Hannah ve esta expulsión temporal como una broma. ¿Puedo hacer una sugerencia?

–Sí, por supuesto.

–¿Va a pasar la Semana Blanca esquiando con la familia Palmer?

Neve asintió con la cabeza, pero tenía la impresión de que su vida iba a complicarse en un segundo.

Y así fue. La respuesta de su hijastra a la noticia de que iba a pasar las vacaciones en casa con ella y no esquiando con su amiga fue la que Neve había temido: gritos, insultos y, por fin, silencio total.

Se había convertido en el enemigo número uno. Bueno, en eso no había ningún cambio. Ella era para Hannah la causa de todos los males que en el mundo eran, de todos los problemas que había tenido en su vida. La responsable de todo, incluido el mal tiempo.

Debía de estar haciendo algo mal, pensó.

¿Que había dicho James?

«A los veintitrés años, tú no has olvidado lo que es ser una adolescente».

N o , pero ella nunca había sido una adolescente como Hannah.

«No te estoy pidiendo que seas su madre, Neve, pero sí su amiga. Mi hija necesita una buena amiga».

Ella no compartía el optimismo de James. Pero, aunque no había esperado que Hannah la viese como una amiga, tampoco había anticipado que la odiase a muerte.

Era agotador y muy deprimente.

Tal vez la relación era tan difícil por culpa del dinero que James le había dejado en su testamento. Ella había tenido que aceptarlo, pero eso se volvió en su contra incluso antes de que la prensa se hiciera eco de la noticia.

Hannah siempre la había considerado una buscavidas y el dinero había confirmado sus sospechas.

Neve se sentía fatal, pero la verdad era que no estaba cualificada para cuidar de una adolescente. No sabía por qué había aceptado casarse con James.

–No estoy preocupada, estoy aburrida. De ti –le espetó en esos momentos Hannah, en caso de que no hubiera entendido el mensaje.

–Tengo algunas cosas interesantes planeadas para las vacaciones. Podríamos ir de compras y tal vez, si te apetece…

–Gracias pero yo no voy a tiendas de segunda mano –la interrumpió su hijastra–.

Por cierto, el rosa no pega nada con ese pelo de color zanahoria –añadió, señalando el jersey y los rizos de Neve.

Neve, que era la propietaria de una tienda de ropa vintage, se negó a sentirse ofendida. Además, la crítica era, hasta cierto punto, válida. Antes de su matrimonio, ella compraba en tiendas de segunda mano y tenía lo que los amigos más amables llamaban un estilo «especial» y los menos amables «raro».

Aunque su estilo no había cambiado después de su matrimonio. James había insistido en darle tarjetas de crédito y una generosa pensión mensual, pero a ella le incomodaba aceptar el dinero. Al fin y al cabo, el suyo sólo era su matrimonio de nombre.

–La ropa vintage se lleva mucho, ¿no lo sabías?

Era cierto, su negocio iba viento en popa.

–Eso no se ha llevado nunca –replicó Hannah, señalando su jersey.

–¿Ah, no? Bueno, a lo mejor podrías ayudarme a elegir lo que debo ponerme.

–Mira, aquí no hay nadie para quien tengas que hacerte la santa, así que déjalo. Todo el mundo sabe por qué te casaste con mi padre.

–Yo apreciaba mucho a tu padre, Hannah.

–Apreciabas su dinero. ¿O vas a decirme que te casaste con él por amor?

–Tu padre era una persona estupenda.

–¡Y tú eres una aprovechada que sólo busca dinero!

Lo había dicho tan alto, que la gente de la mesa de al lado se volvió para mirarlas. Y, mientras Hannah se levantaba del banco,

Neve sólo deseó que se la tragase la tierra.

Cuando quedó claro que sólo un milagro haría que llegase a tiempo a la reunión, Severo se lo tomó con filosofía. La posibilidad de tener que pasar la noche en el cuatro por cuatro no era agradable pero, en su opinión, era un inconveniente más que un desastre.

Estaba tomando una curva en ese momento y masculló una palabrota cuando tuvo que pisar el freno a toda prisa para no chocar con un coche que estaba en medio de la carretera.

Suspirando, bajó del cuatro por cuatro y, agachando la cabeza para evitar el viento y la nieve, se acercó al coche abandonado. Estaba cerrado, de modo que los ocupantes debían haber buscado refugio en algún sitio.

Seguir viajando en esas condiciones era un riesgo innecesario. Según el último boletín meteorológico, la mitad del país estaba cubierta de nieve, y la policía rogaba a los automovilistas que se quedaran en casa.

Pero para quedarse en casa uno tenía que llegar a casa antes, pensó.

Diez minutos después, vio un refugio de montaña. Y, a juzgar por la cantidad de coches que había en el aparcamiento, él no era el único que había decidido parar allí.

Iba a salir del coche cuando sonó su móvil y, al ver el número de su madrastra en la pantalla, Severo estuvo a punto de no contestar. La última vez que se puso en contacto con él fue para decirle que la habían detenido por robar en unos grandes almacenes.

Y en una ocasión que no contestó al teléfono, su madrastra consiguió el dinero que iba a pedirle a él vendiendo una joya familiar que no era suya.

Livia era agotadora, pero ignorarla era muy peligroso.

Cuando él era un crío y Livia disfrutaba enfrentando a padre e hijo, Severo se había consolado a sí mismo con pensamientos vengativos.

Ahora podría vengarse, pero sus prioridades habían cambiado. Su padre estaba en un sitio donde la buscavidas de su mujer ya no podía hacerle daño y lo único que podía hacerle a él era avergonzarlo. Bueno, a él no, a su familia.

A él ya no lo avergonzaba nada. Y en cuanto a la honra del apellido, Severo pensaba que con menos orgullo, menos romanticismos sobre triunfos pasados y menos miedo de ensuciarse las aristocráticas manos trabajando, los cofres de la familia Constanza seguirían intactos.

La verdad era que había perdido el deseo de vengarse. No porque la hubiese perdonado o porque le diese pena. Aunque Livia, que una vez había sido una de las mujeres más elegantes de Londres, se había convertido en objeto de pena para muchos.

¿Para qué malgastar energía cuando ella misma estaba destrozando su vida sin ayuda de nadie? Lo único que quería era alejarse de Livia todo lo posible, que se quedara en una de esas clínicas de rehabilitación que visitaba tan frecuentemente.

–Dime, Livia.

Severo apartó el móvil de su oreja, haciendo una mueca al escuchar la chillona voz de su madrastra, que lo acusaba de no tener sentimientos.

–¿Cómo voy a vivir con la miseria de pensión que me pasas? ¡Tú tienes más dinero del que necesitas! –se quejó amargamente–. Todo lo que tocas se convierte en oro.

Severo se pasó una mano por la cara y siguió fingiendo escuchar mientras pensaba en otra cosa. Era la charla de siempre y una que no cambiaba le diese el dinero que le diese. ¿Pero cuál era la alternativa?

–Sólo sería un préstamo.

Él suspiró. Había habido muchos préstamos y no tenía la menor duda de que habría muchos más.

–Te lo devolveré, con intereses. Sé que eso es lo que tu padre hubiera querido y… –la comunicación se cortó y Severo guardó el móvil en el bolsillo.

Volvería a llamar, no tenía la menor duda.

Estaba llegando a la entrada del refugio cuando una mujer salió a toda velocidad, tropezando con él. No llevaba abrigo ni gorro, como si no notase el frío polar que llegaba de las montañas. Sólo unos vaqueros y un jersey de color rosa con margaritas.

–¿La ha visto?

–¿Perdón?

Tenía el pelo rojo y los ojos enormes, azules, tan azules que, por un momento, se quedó como hipnotizado.

La joven lanzó un grito al ver que un coche salía del aparcamiento.

–¡Oh, no, Dios mío!

Aunque Severo no era un hombre dado a ayudar a damiselas en apuros, casi sin darse cuenta se volvió para preguntar si podía ayudarla.

Pero no pudo hacerlo porque la pelirroja subió a un coche y arrancó a toda velocidad. Y él tardó unos segundos en darse cuenta de que los faros que se alejaban eran los de su cuatro por cuatro.

¡Había dejado las llaves puestas!

Y dentro del coche había un ordenador que contenía información financiera de carácter privado. Se había quedado mirando como un tonto mientras alguien le robaba el coche, hechizado por un par de ojos azules…

Severo cerró los suyos mientras se llamaba de todo, pero como eso no servía de nada, decidió entrar en el refugio.

Capítulo 2

Las conversaciones y las risas cesaron cuando Severo entró en el refugio, inclinando la cabeza para no golpearse con el quicio de la puerta.

La mayoría de los que estaban allí iban en vaqueros o con ropa informal, pero él parecía un modelo de una revista para ejecutivos… siempre que esos ejecutivos tuvieran el perfil de un dios griego y el cuerpo de un remero olímpico.

La única señal de que acababa de atravesar una tormenta era la nieve que llevaba en el pelo y en el cuello del abrigo de cachemira. Sus ojos oscuros, rodeados de largas pestañas, recorrieron la estancia antes de dirigirse a la barra.

Y las conversaciones se reanudaron mientras la gente se apartaba automáticamente a su paso.
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