Índice




descargar 1.06 Mb.
títuloÍndice
página1/20
fecha de publicación22.12.2015
tamaño1.06 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Finanzas > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20
Susan Mallery

Buchanan, 2

BESOS IRRESISTIBLES

ÍNDICE


Capítulo 1 Error: Reference source not found

Capítulo 2 Error: Reference source not found

Capítulo 3 Error: Reference source not found

Capítulo 4 Error: Reference source not found

Capítulo 5 Error: Reference source not found

Capítulo 6 Error: Reference source not found

Capítulo 7 Error: Reference source not found

Capítulo 8 Error: Reference source not found

Capítulo 9 Error: Reference source not found

Capítulo 10 Error: Reference source not found

Capítulo 11 Error: Reference source not found

Capítulo 12 Error: Reference source not found

Capítulo 13 Error: Reference source not found

Capítulo 14 Error: Reference source not found

Capítulo 15 Error: Reference source not found

Capítulo 16 Error: Reference source not found

Capítulo 17 Error: Reference source not found

Capítulo 18 Error: Reference source not found

Capítulo 19 Error: Reference source not found

Capítulo 20 Error: Reference source not found

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA Error: Reference source not found

Capítulo 1


Una gran y desagradable verdad es que hay momentos en los que una mujer necesita a un hombre… o al menos, la fuerza muscular de un torso bien desarrollado. Por desgracia para Elissa Towers, se encontraba ante uno de esos momentos.

—Algo me dice que no te impresionará la larga lista de cosas que tengo que hacer, o que Zoe tenga una fiesta de cumpleaños a mediodía. Las fiestas de cumpleaños son muy importantes para los niños de cinco años. No quiero que se pierda ésta —masculló Elissa apoyando todo su peso en la llave de tubo.

Solía lamentarse de los cinco kilos de más que arrastraba desde hacía tres años. Cualquiera habría pensado que en ese momento le servirían, por ejemplo, para hacer palanca. Pero se habría equivocado.

— ¡Muévete! —le gritó a la tuerca de la muy desinflada rueda. Nada. Ni siquiera un mínimo giro.

Dejó caer la llave de tubo en el suelo mojado y maldijo.

Era culpa suya, desde luego. La última vez que había notado que la rueda iba baja, había ido a Frenos y Ruedas Randy, y Randy mismo había parcheado el agujero del clavo. Ella había esperado en la sala de espera leyendo revistas del corazón, un lujo que no solía poder permitirse, sin pensar siquiera en que él utilizaría una máquina para apretar las tuercas. Siempre le pedía que las apretase a mano, para poder desmontar ella misma la rueda en caso de necesidad.

—¿Necesita ayuda?

La pregunta pareció surgir de la nada y ella se sobresaltó tanto que perdió el equilibrio y se sentó en un charco. Notó cómo la humedad empapaba sus vaqueros y bragas. Fantástico. Cuando se pusiera en pie parecería que se había orinado. ¿Por qué no podía haber empezado su sábado con una imprevista devolución de Hacienda y la entrega de una caja de bombones anónima?

Miró de reojo al hombre que estaba junto a ella. No lo había oído acercarse, pero cuando echó la cabeza atrás para mirarlo, reconoció a su nuevo vecino de arriba. Tenía algunos años más que ella, era moreno, guapo y, a primera vista, físicamente perfecto. No cuadraba con el tipo de gente que solía alquilar un apartamento en ese destartalado vecindario.

Se puso en pie y se sacudió el trasero. Gruñó al tocar la mancha húmeda.

—Hola —dijo. Sonrió y dio un paso hacia atrás—. Es, ejem...

Maldición. La señora Ford, su otra vecina, le había dicho el nombre del tipo. Y también que había dejado el ejército hacía poco, era reservado y no parecía tener trabajo. No era una combinación que hiciera que Elissa se sintiera cómoda.

—Walker Buchanan. Vivo arriba.

Solo. No recibía visitas y apenas salía. Todo eso inspiraba cualquier cosa menos confianza, pero Elissa había sido educada para ser cortes, así que sonrió.

—Hola. Soy Elissa Towers.

En cualquier otra circunstancia, habría encontrado otra forma de solucionar su dilema, pero no podía aflojar las tuercas sola y no podía pasarse la mañana allí sentada, rezando al dios de las ruedas.

—Si pudieras hacer de forzudo un segundo —señaló la rueda—, sería fabuloso.

— ¿Forzudo? —su boca se torció hacia arriba.

—Eres un hombre, esto es cosa de hombres. Es lo más natural.

— ¿Y dónde quedaron las mujeres y su deseo de independencia e igualdad en el mundo? —cruzó los impresionantes brazos sobre un pecho también impresionante.

Por lo visto, había un cerebro y un posible sentido del humor tras esos ojos oscuros. Eso era bueno. Los vecinos de los asesinos en serie siempre decían que el tipo era muy agradable. Elissa no estaba segura de que Walker pudiera definirse como agradable y en cierto retorcido sentido, eso le aliviaba.

—Antes de eso deberíamos desarrollar fuerza de cintura para arriba. Además, te has ofrecido.

—Sí, lo he hecho.

Agarró la llave, se acuclilló y con un rápido movimiento aflojó la primera tuerca, provocando en ella una sensación de incompetencia y amargura. Tardó igual de poco en aflojar las otras tres.

—Gracias —sonrió ella—. Puedo seguir yo.

—Ya que he empezado, puedo poner la rueda de repuesto en un par de segundos.

Eso creía él.

—Sí, bueno, estaría bien —dijo ella—. Pero no tengo rueda de repuesto. Es muy grande y pesa demasiado en el coche.

—Necesitas una rueda de repuesto —él se enderezó.

—Gracias por el consejo —replicó ella, irritada por la obviedad de su comentario—, pero como no la tengo, no sirve de mucho.

— ¿Y qué vas a hacer ahora?

—Darte las gracias —miró con fijeza las escaleras que llevaban al apartamento de él—. No quiero retenerte —añadió, al ver que él no se movía.

Él miró la bolsa de nylon con ruedas que había en el suelo. Apretó los labios con desaprobación.

—De ninguna manera vas a cargar con esa rueda tú sola — afirmó. Ella decidió que no era agradable.

—No la cargo, la arrastro. Lo he hecho antes. El taller al que voy está a un kilómetro de aquí. Voy andando, Randy la arregla y vuelvo con ella. Es fácil y un buen ejercicio. Así que gracias por tu ayuda, que tengas un buen día.

Se inclinó hacia la rueda. Él se interpuso.

—Yo la llevaré —le dijo.

—No, gracias. No hace falta.

Él le sacaba al menos veinte centímetros de altura y unos treinta kilos de peso... todos de músculo. Cuando frunció los ojos y la miró fijamente, tuvo la impresión de que intentaba intimidarla. Y lo estaba consiguiendo, pero no iba a dejárselo ver. Era dura. Era determinada. Era...

—¿Mami, puedo tomar una tostada?

Se volvió hacia su hija, que estaba en la puerta de su apartamento.

—Claro, Zoe, pero yo te ayudaré. Iré enseguida.

—Vale, mami —Zoe sonrió y cerró la puerta mosquitera.

Elissa miró de nuevo a Walker y descubrió que había aprovechado el momento de descuido para llevar la rueda hacia su todoterreno, un coche carísimo y fuera de lugar en ese vecindario.

—No puedes llevarte la rueda —exclamó, corriendo tras él—. Es mía.

—No la estoy robando —dijo él con tono aburrido—. Voy a llevarla a que la arreglen. ¿Dónde sueles ir?

—No te lo diré —soltó ella. Eso lo pararía.

—Bien, la llevaré donde me parezca —echó la rueda en el vehículo y cerró la puerta trasera.

—¡Espera! Para —ella se preguntó cuándo había perdido el control de la situación.

—¿De verdad te preocupa que vaya a desaparecer con tu rueda?

—No. Claro que no. Es sólo... yo no...

Él esperó pacientemente.

—No te conozco —soltó ella—. Me ocupo de mis asuntos. No quiero deberte nada.

—Eso puedo comprenderlo —aceptó él, sorprendiéndola—. ¿Adónde quieres que lleve la rueda?

—A «Frenos y Ruedas Randy» —comprendiendo que no iba a rendirse, le indicó cómo llegar—. Pero tienes que esperar un momento. Necesito que lleves unos pendientes.

—¿Para Randy? —él alzó una ceja.

—Para su hermana. Es su cumpleaños —tomó aire, odiando tener que dar explicaciones —. Es cómo le pago por su trabajo.

Esperó a que él la juzgara o, al menos, hiciera un comentario irónico. Walker se encogió de hombros.

—Ve por ellos.

Tardó unos tres minutos en llegar a Frenos y Ruedas Randy. Cuando aparcó, un hombre bajo, maduro y de estómago abultado lo esperaba.

Walker adivinó que era Randy en persona.

— ¿Trae la rueda de Elissa? —preguntó el hombre.

—Está atrás.

Randy echó un vistazo al BMW X5 de Walker.

—Apuesto a que ese lo lleva al taller oficial.

—No he tenido que hacerlo aún, pero lo haré.

—Bonito vehículo —Randy fue hacia la parte de atrás y abrió la puerta. Gruñó al ver la rueda.

—Pobre Elissa. Están de obras enfrente de donde trabaja. Juro que cualquier clavo que cae en la carretera, la busca. Y siempre es esta rueda. Tiene más parches que goma.

—Debería cambiarla —dijo Walker.

—¿Eso crees? —Randy lo miró—. Lo malo es que no se puede sacar de donde no hay. Los tiempos están difíciles para todos. ¿Tienes mis pendientes?

Walker sacó un pequeño sobre del bolsillo de la camisa y se lo entregó. Randy miró dentro y silbó.

—Muy bonitos. A Janice le encantarán. Bien, dame diez minutos y tendré la rueda arreglada.

Walker no había pretendido ayudar a su vecina. Había alquilado el apartamento temporalmente, para darse tiempo para decidir qué quería hacer con el resto de su vida, en paz y soledad. No conocía a nadie del barrio y no quería que nadie lo conociera a él.

Exceptuando un breve pero efectivo interrogatorio de la anciana que vivía debajo, había mantenido su reserva durante casi seis semanas. Hasta que vio a Elissa luchando con las tuercas.

Había deseado ignorarla. Ése había sido su plan. Pero no había podido; un fallo de carácter que tenía que corregir. Y en ese momento, mirando una rueda arruinada, que podría explotar en cuanto llegara a ochenta por hora, se sintió incapaz de aceptarlo.

—Deme una nueva —masculló.

—¿Va a comprarle una rueda a Elissa? —Randy alzó sus espesas cejas.

Walker asintió. Lo suyo habría sido sustituir las dos ruedas traseras. Pero sólo tenía una allí.

—¿De qué conoce a Elissa y a Zoe? —preguntó el hombre, hinchando el pecho.

¿Zoe? Walker se quedó en blanco un segundo, después recordó a la niña. La hija de Elissa. No le debía a ese tipo ninguna explicación. Aun así, contestó.

—Vivo encima.

—Elissa es amiga mía —Randy estrechó los ojos—. Más le vale no meterse con ella.

Walker sabía que incluso después de pasar toda la noche de juerga, podría derrumbar a ese hombre, y le sobraría fuerza para correr kilómetro y medio en cuatro minutos. La actitud de Randy le habría hecho gracia, pero era sincera. Le importaba Elissa.

—Sólo le estoy haciendo un favor —repuso Walker con calma—. Somos vecinos, nada más.

—Vale, entonces. Porque Elissa ha pasado por mucho y no se merece que nadie la moleste.

—Estoy de acuerdo.

Walker no tenía ni idea de qué estaban hablando, pero le daba igual. Randy agarró la rueda pinchada y la llevó hacia el garaje.

—Tengo un par de buenas ruedas que serán mucho más seguras que ésta. Como es para Elissa, te haré un buen precio.

—Lo agradezco.

—Incluso la mancharé un poco, y tal vez no se dé cuenta del cambio — sugirió Randy, mirándolo.

—Seguramente es buena idea —contestó Walker, recordando que ella se había puesto a la defensiva cuando admitió no tener rueda de repuesto.

—Estás golpeando, cielo —dijo la señora Ford con calma, sorbiendo su café—. No es bueno para la masa.

Elissa golpeó la masa con el rodillo otra vez, consciente de que su vecina tenía razón.

—No puedo evitarlo. Estoy molesta. ¿Cree que soy tan estúpida que no iba a darme cuenta de que cambió mi vieja rueda por una nueva? ¿Es algo machista? ¿Es que los hombres creen que las mujeres en general somos estúpidas con respecto a las ruedas? ¿O él cree, específicamente, que yo lo soy?

—Estoy segura de que pensó que estaba ayudando.

—¿Quién es él para ayudarme? No lo conozco. Ha vivido aquí un mes o más, ¿no? Nunca hemos hablado. Y ahora, de repente, me compra ruedas. No me gusta.

—A mí me parece romántico.

Elissa intentó no poner los ojos en blanco. Adoraba a la señora Ford pero, caramba, la anciana habría pensado que ver la hierba crecer era romántico.

—Asumió el control. Tomó decisiones sin consultarme. Sólo Dios sabe qué espera a cambio — Elissa se dijo que, fuera lo que fuera, no iba a conseguirlo.

—No es así, Elissa —la señora Ford movió la cabeza—. Walker es un hombre muy agradable. Un ex marine. Vio que estabas necesitada y te ayudó.

Eso era lo que más molestaba a Elissa. Lo de «estar necesitada». Por una vez, le gustaría tener algún ahorro para una mala racha o para cambiar una rueda.

—No me gusta deberle nada.

—Ni a nadie. Eres muy independiente. Pero es un hombre, cariño. A los hombres les gusta hacer cosas por las mujeres.

La señora Ford tenía más de noventa años, era diminuta y de esas mujeres que aún utilizaban pañuelos de encaje. Había nacido en una época en la que el hombre proveía y la tarea de la mujer era cocinar bien y estar bonita mientras lo hacía. El que vivir así condujera a muchas mujeres a la bebida o a la locura era sólo una consecuencia desafortunada que no se comentaba en círculos educados.

—Llamé a Randy —dijo Elissa, colocando la masa en el molde y ajustándola—. Me dijo que la rueda había costado cuarenta dólares, pero me mentiría sin pensarlo si creyera que con eso me estaba protegiendo, así que supongo que debió de rondar los cincuenta.

Tenía exactamente sesenta y dos dólares en la cartera, y necesitaba la mayoría para hacer la compra esa tarde. Su cuenta bancaria estaba a cero, pero cobraría dentro de dos días, así que podía apañarse.

—Si pudiera permitirme una rueda nueva, la habría comprado yo —farfulló.

—Es más práctico que un ramo de flores —la consoló la señora Ford—. O bombones.

—Créeme, Walker no me está cortejando.

—Eso no lo sabes.

Elissa estaba bastante segura. La había ayudado porque... Porque... Arrugó la frente. No lo sabía. Seguramente porque le había parecido patética mientras luchaba con las tuercas de la rueda.

Empezó a aplanar el segundo lote de masa. Los arándanos habían estado muy baratos en la frutería Yakima; había pasado por allí después de dejar a Zoe en su fiesta. Tenía el tiempo justo de hornear las bases para tres tartas antes de volver a por su hija.

—Acabaré las tartas cuando vuelva de hacer la compra —dijo Elissa, más para sí que para su vecina— . Quizá si le llevo una...

—Una idea excelente —sonrió la señora Ford—. Imagina lo que pensará cuando pruebe tu cocina.

—¿Intentas hacer de casamentera? —gruñó Elissa.

—¿Qué hace una mujer de tu edad sola? Es antinatural.

—Me gusta estar sola. Hace que mantenga los pies firmes en la tierra.

La señora Ford movió la cabeza y se acabó el café. Dejó la taza en la mesa y se levantó despacio.

—Tengo que irme. En la televisión hay un programa especial de ofertas de cosméticos de la marca Beauty by Tova. Me estoy quedando sin perfume.

—Vete, vete —la animó Elissa.

—¿Te he dejado mi lista verdad? —preguntó la señora Ford, ya en la puerta que comunicaba los dos apartamentos.

—Sí, la tengo en el bolso —asintió Elissa—. Te lo llevaré todo cuando vuelva.

—Eres una buena chica, Elissa —sonrió la anciana— . Estaría perdida sin ti.

—Lo mismo pienso yo de ti.

La señora Ford entró en su cocina y cerró la puerta a su espalda.

Cuando Elissa se instaló allí, le desconcertó descubrir que el piso de ella y el de su vecina se comunicaban por la cocina, pero pronto se alegró de ello. La señora Ford podía ser mayor y anticuada, pero era aguda, cariñosa y adoraba a Zoe. Las tres se habían hecho amigas muy pronto, y Elissa y la señora Ford habían llegado a un trato que las beneficiaba a ambas.

Por la mañana, la señora Ford preparaba a Zoe para el colegio y le daba el desayuno. Elissa se ocupaba de la compra de su vecina, la llevaba a sus citas médicas y comprobaba su estado con regularidad. Aunque la señora Ford no pasaba mucho tiempo en casa. Era un miembro muy activo del centro para la tercera edad, y sus múltiples amistades solían ir a buscarla para jugar a las cartas o hacer una visita al casino.

—Quiero ser como ella cuando sea mayor —se dijo Elissa, llevando las tres bases de tarta al horno.

Pero hasta que llegara ese momento, tenía que dilucidar de dónde sacaría el dinero para pagar la rueda nueva y qué decirle a su vecino para que entendiera que nunca jamás, bajo ninguna circunstancia, se interesaría por él.

Ni por una apuesta. Ni aunque apareciera desnudo. Pero admitió que, en ese caso, seguramente miraría, porque hacía años que no veía a un hombre desnudo. Y él era más espectacular que la mayoría.

—No necesito un hombre —murmuró Elissa, iniciando el temporizador—. Estoy bien. Tengo fuerza. Sólo faltan trece años para que Zoe esté en la universidad. Entonces podré volver a practicar el sexo. Entretanto, tendré pensamientos puros y seré una buena madre.

Y, posiblemente, pensaría en su nuevo vecino desnudo. Porque si sentía alguna tentación, no le importaría que se encargara él de solucionarla.

Zoe se acostó a las ocho, y media hora después estaba dormida. Elissa, cargada con una de sus tartas de arándanos y sus últimos cinco dólares, subió las escaleras hacia el apartamento de Walker.

A pesar del silencio, su coche estaba aparcado ante la casa, así que debía de estar. No había visto que llegara nadie a recogerlo. Aunque tampoco había estado vigilando. ¡Claro que no! Había observado las idas y venidas del vecindario para estar alerta ante cualquier problema y ser una buena ciudadana. Su confianza en que Walker estaba solo no era más que un efecto secundario de su altruista actividad cívica.

No le importaba que saliera con alguien, desde luego. Pero ya era bastante incómodo aparecer en su casa con una tarta y cinco dólares como para tener que enfrentarse a una persona adicional. Aunque ninguna mujer que saliera con Walker la consideraría una amenaza. Elissa sabía exactamente qué imagen daba: la chica saludable de la puerta de al lado. No le importaba. Su apariencia hacía que sus clientes se sintieran protectores hacia ella, en vez de intentar seducirla, y eso facilitaba mucho su vida.

Obligó a su cerebro a volver a la realidad. Estaba en la parte superior de la escalera, a centímetros de la puerta de Walker. Si había oído que subía, estaría observándola, preguntándose por qué no llamaba.

Así que llamó y esperó a que abriera.

Tenía buen aspecto. La camiseta se tensaba sobre sus anchos hombros y musculoso pecho. Sin duda esos músculos eran la razón de que hubiera aflojado las tuercas sin derramar ni una gota de sudor. Llevaba unos pantalones vaqueros sueltos, gastados y descoloridos. Sus ojos oscuros parecían inexpresivos pero no daban miedo, sugerían que mantenía al mundo a distancia.

—Hola —dijo ella—. He hecho tarta —se la ofreció—. Es de arándanos —añadió.

—¿Me has hecho una tarta? —preguntó él, con voz grave. El tono de su voz parecía sugerir que pensaba que estaba loca; y eso le molestó. No era ella quien había roto las reglas.

—Sí, una tarta —se la puso en la mano y después le ofreció el gastado billete de cinco dólares.

—¿Vas a pagarme para que me coma tu tarta?

—Claro que no. Te pago para... —hizo una pausa y tomó aire. Había pasado de agradecida a enojada en dos segundos—. Me compraste una rueda. ¿Creías que no iba a darme cuenta de lo nueva que está la goma? ¿Es algo que piensas de mí en concreto o de las mujeres en general? Sé que se trata de algo masculino. No lo habrías hecho si yo fuera un hombre.

—No habrías necesitado mi ayuda si fueras un hombre.

—Puede —era muy probable, pero no se trataba de eso—. Pusiste la rueda cuando no estaba mirando. Incluso la frotaste con tierra para que no pareciera tan nueva. La verdad, me parece muy extraño.

Él casi sonrió. Una sonrisa leve, sin llegar a mostrar los dientes, pero pareció más asequible y abierto.

—Eso fue idea de Randy.

—Suena típico de él.

—¿Quieres entrar y hablar de esto o prefieres seguir en el porche? —él dio un paso atrás.

—El porche está bien. No es una visita social.

—Elissa, lo entiendo —la sonrisa desapareció—. No te gusta que te haya comprado una rueda. Pero tenía tantos parches que era peligrosa. No voy a pedirte disculpas. No tenía ninguna intención ulterior. No quiero nada —alzó la tarta—. Excepto esto. Huele bien.

A ella le gustó que no utilizara la rueda en contra suya. Esas cosas no le ocurrían con frecuencia.

—Sé que pensabas que estabas haciendo algo bueno —dijo lentamente—. Pero no tienes derecho a interferir en mi vida. Llamé a Randy para preguntarle cuánto costó. Creo que me engañó en unos diez dólares, así que te devolveré cincuenta. Tardaré algún tiempo. Pero la tarta es para demostrarte que lo que digo de verdad, y éste es el primer pago.

—No quiero tu dinero —dijo él, mirando el arrugado billete.

—Yo no quiero deberte nada —no tenía mucho dinero, pero pagaba sus facturas a tiempo y nunca utilizaba tarjetas de crédito excepto para emergencias.

—Eres testaruda.

—Gracias. Me ha costado mucho llegar a serlo.

—¿Y si te dijera que el dinero no significa nada para mí?

Ella se preguntó si eso significaba que tenía de sobra. Suspiró al pensarlo. En su próxima vida iba a ser rica, sin duda. Estaba en lo más alto de su lista de deseos. Pero en la actual...

—Para mí sí —le dijo.

—Bien. Pero no tienes que pagarme con dinero. Podríamos hacer un trueque.

Ella sintió un destello de ira. Ahí estaba la verdad. Tras ese rostro guapo había un desagradable y malvado cerdo sin corazón. Igual que la mayoría del resto de los hombres del planeta.

«Por supuesto». Ni siquiera sabía por qué se sorprendía. Había sentido una atracción momentánea hacia Walker y, según su historial, eso implicaba que tenía que tener algo malo. Había esperado algún fallo terrible. Pero no en algo así.

—Ni aunque fueras el último hombre vivo tras una bomba atómica —dijo, apretando los dientes—. No puedo creer que hayas sugerido que sería capaz de... —deseó abofetearlo—. Es una rueda. No es como si me hubieras donado un riñón.

—¿Te acostarías conmigo si te donara un riñón? —él tuvo la desvergüenza de sonreír.

—Ya me entiendes. Me voy. Te enviaré el resto del dinero por correo —se dio la vuelta para marcharse, pero él se interpuso entre ella y la escalera. No sabía cómo había podido moverse tan rápido.

La miraba con rostro sombrío, sin rastro de humor.

—Cenas —dijo en voz baja—. Hablaba de unas cuantas comidas. Guisas todas las noches y me llega el olor. He estado viviendo de platos congelados y de gorronearle comidas a mi cuñada. Cuando dije trueque me refería a eso. Es cuanto quería decir.

No la estaba tocando, sin embargo sentía su proximidad. Era mucho más grande que ella y debería haber sentido miedo. Estaba nerviosa, nada más.

Cenas. Eso tenía sentido. Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía. Porque, la verdad, ¿quién esperaría sexo a cambio de una rueda barata?

—Perdona — dijo, bajando la vista—. Pensé que...

—Lo sé. No era así. No haría eso.

¿Qué no haría? ¿Buscar sexo con ella? No era que ella lo practicara últimamente ni fuera a practicarlo en mucho tiempo, pero ¿por qué la descartaba así? Parecía hogareña y saludable, pero era bonita. Y lista. Ser lista también importaba, ¿o no?

Tal vez tuviera novia. Quizá estuviera comprometido. O fuera gay. Esa última idea la hizo sonreír. No tenía la impresión de que Walker fuera gay.

—Volvamos a empezar —dijo él—. Compré la rueda porque no creí que la tuya pudiera soportar otro parche. Randy me cobró cuarenta y cinco dólares. Aceptaré la tarta y dinero. Puedes pagarme tan despacio como quieras. Olvida lo que dije de las cenas, ¿vale? El dinero está bien.

Él estaba haciendo lo correcto pero, sin embargo, ella tenía ganas de discutir.

—Me parece bien —aceptó.

—Entonces, trato hecho —se pasó la tarta a la mano izquierda y le ofreció la derecha para sellar el pacto.

—De acuerdo —asintió ella. Al sentir sus dedos cálidos y fuertes, notó un cosquilleo en el vientre. La inesperada reacción la llevó a dar un paso atrás.

El peligro tenía muchas formas. Y ése en concreto era grande, poderoso y demasiado sexy para su paz mental. Tenía trece años de celibato por delante y ver a Walker no iba a facilitarle las cosas.

—Tengo que irme —murmuró, rodeándolo y empezando a bajar—. Disfruta de la tarta.

—Lo haré. Gracias, Elissa.

Ella corrió a su casa, cerró la puerta y se apoyó hasta que su pulso recuperó la normalidad. Entonces se dio cuenta de que seguía teniendo el billete en la mano. Pero no iba a volver a subir esa noche. Lo pondría en su buzón de correo, o algo así.

Era obvio que debía evitar a Walker a toda costa. Por agradable que pareciera, su premisa seguía siendo verdad. Si la atraía, tenía un problema grave. Y no podía permitirse otro desastre de hombre en su vida. Aún estaba pagando por el desastre del último.

Literalmente.


  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20

similar:

Índice iconÍndice Índice 1 Introducción 2 Desarrollo 3 Conclusiones 4

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice

Índice iconIndice

Índice iconÍndice


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com