Colección Sincretismo






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BEETHOVEN, TEÓSOFO

UN CAPÍTULO DE LA OBRA
El Drama lírico de Wagner y los Misterios de la Antigüedad

MARIO ROSO DE LUNA
Presidente honorario del Grupo MARCO AURELIO

de Estudios Teosóficos

A LA MEMORIA DE

BEETHOVEN

A Manera de Prólogo
Este estudio sobre Beethoven, es una muestra más del amplísimo conocimiento y enorme bagaje cultural del gran teósofo MARIO ROSO DE LUNA. ( - 1931).

Desde una perspectiva teosófica, Roso de Luna va entretejiendo de una manera audaz y amena la obra del insigne músico, con aquellos puntos en común de la filosofía tradicional y del esoterismo.

Es así como Roso de Luna va descubriendo y sacando a la luz las claves ocultas que subyacen en toda la música de Beethoven. Basta recorrer escasas páginas de este libro para cerciorarse y comprender el profundo mensaje espiritual que emana de él.

Sírvanos este texto para adentrarnos en el mundo mágico del gran músico de la mano, no menos mágica, de MARIO ROSO DE LUNA.
Editorial Eyras

Colección Sincretismo

Beethoven, Teósofo
Decir que Luis Van Beethoven fue teósofo, no quiere decir que fuese un partidario de las doctrinas dadas al mundo occidental por la abnegada e incomprendida H. P. Blavatsky, (aseguro, bajo mi honrada palabra de hombre de estudio, que, por grandes que sean los conocimientos adquiridos por el mundo occidental, no creeré jamás en nuestra pomposa cultura, mientras no vea que se hace a esta mujer, figura la más grande del siglo XIX, la debida justicia. Tras las calumnias de que ella y su obra fueron víctimas por parte de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres, me consideraría feliz, si lograse algún día reivindicar, como merece, a esta mártir del libre pensamiento), un convencido, por ejemplo, de las doctrinas del Karma, la reencarnación, etcétera, sencillamente por la diferencia de los tiempos. El coloso de Bonn, en efecto, falleció en 1827, cuatro años antes de nacer la fundadora de la Sociedad Teosófica y mal podía admitir en toda su integridad espléndida unas ideas que, aunque tan antiguas como el mundo, no han sido divulgadas como cuerpo de doctrina hasta 1875 en que se escribió la primera obra de Blavatsky, titulada Isis sin Velo, o hasta 1888 en que se dio al público la obra más grande de ésta, bajo el nombre de La Doctrina Secreta.

Llamamos, pues, teósofo a Beethoven de la misma manera que historiadores tan reaccionarios como César Cantú llaman teósofos a Paracelso, Bacon, Alberto Magno, Espinosa o Swedemborg, por considerarlos como creyentes en el gran principio de la unidad substancial de la especie humana, sin distinción de razas, credo, sexo, casta o color; como partidarios de una idealidad trascendente y abstracta, un criterio teleológico y panteísta, por encima de todos los credos positivos; como místicos e iluminados verdad, que sienten lo divino más o menos evolucionado, en todos los seres, bajo las múltiples envolturas transitorias o formas en la naturaleza; como intuitivos profundísimos, en fin, que en el mundo de lo superliminal, «en el más allá de las cosas», advierten la palpitación, oculta para el vulgo ignaro, de la Única Realidad cósmica efectiva, o sea de la Divinidad sin nombre ni culto, de la Divinidad abstracta, impersonalizada e incognoscible, por encima, como diría Schopenhauer, de todas las limitaciones de la mente misma.

El genio aspira al ideal: hacia él eleva, lleno de unción artística, religiosa o científica, el frágil cáliz de su organismo psicofísico; y el Ideal, lo Divino, que a todos nos cobija, el «Cristo en el hombre», que diría San Pablo, desciende hasta el genio, como desciende a la cumbre el agua o el rayo de la nube. El fuego de la inspiración, baja así de los cielos abstractos; es así consagrado el cáliz, y aquel Prometeo, que osado le elevase, consigue, a costa casi siempre de su felicidad y aún de su vida, robar un poco del celeste Fuego para dárselo a sus hermanos menores, o sea a nosotros los del «valle hondo y obscuro con soledad y llanto», del vate salmantino.

Tal es el caso de Beethoven, quién, por la vía de la armonía musical, arrancó páginas enteras de verdad y de luz al Misterio que nos cerca. Por eso, y no por razones menudas, calificamos a Beethoven de teósofo.
*

* *
«Filósofo de las armónicas sonoridades, fervoroso cultivador de las tradiciones arcaicas, espíritu totalmente posesionado del idealismo platónico, Beethoven se nos presenta, dice J. F. Carbonell, (Natura, revista de Montevideo, Mayo de 1912) como un revelador práctico de las divinas teorías de Pitágoras. Su vida y la misión que en ella desempeñó, fue un incomparable sacerdocio. Por eso, añade este escritor, cuando tengáis el alma profundamente agitada, debéis oír a Beethoven. Él serenará vuestra tempestad. Vuestro dolor, turbación, duda o desconsuelo: vuestros sentimientos obscuros, confusos, sombríos..., harán resaltar doblemente todos los tesoros de majestuosa pureza que se encierran en la sobrehumana música de Beethoven..... Después, al recordar que lo que acabáis de oír es la inspiración recibida por uno de vuestros semejantes, olvidaréis todos los crímenes y errores de la humanidad, aun aquellos de que hayáis sido víctimas directas; vuestro corazón se henchirá de una piedad inmensa y os sentiréis orgullosos de ser hombres».

Por eso Friedrich Kerst, en su obra «Beethoven: el hombre y el artista revelado por sus propias palabras» (Traducción inglesa del alemán, por Henry Edward Krehbiel. Un tomo en 4°. Gay and Bird, London, 1906) dice: «La música de Beethoven no era tan sólo una manifestación de lo bello; un arte; sino toda una religión de la que él mismo se sentía sacerdote y profeta. Toda la misantropía engendrada en él por sus desdichadas relaciones con la humanidad, no fueron capaces de apagar en su corazón su devoción constante hacia este ideal, que se esforzó siempre en traducir con la más refinada expresión artística, y nutrir y acrecentar mediante la meditación y la introspección filosófica».

«Beethoven, añade el gran crítico ruso W. de Lenz, (“Beethoven et ses trois styles, édition nouvelle avec un avant-propos, etc., par M. D. Calvocoressi. París. Legounix. 1909. Es una de las más admirables y sabias escritas acerca del coloso y de su obra. Se la considera como clásica.) no es meramente un hombre, sino la personificación de todos los hombres, un hombre representativo que Carlyle diría - con sus defectos, sus méritos, sus infortunios, sus dichas y, sobre todo, sus esperanzas. De Beethoven la última palabra no se ha dicho ni se dirá jamás. Él no habita en este bajo mundo: siempre nos eleva a regiones superiores, haciéndonos saborear sus delicias celestes... Su típica personalidad cifra por entero en el cruel dualismo - dualismo de titanes - entre las ardientes aspiraciones del hombre de mérito y la suerte miserable que con frecuencia place a Dios el otorgarle en este bajo mundo... Beethoven es apasionado: Beethoven exige: hay mucho de Laocoonte en Beethoven, de aquel humano símbolo de la lucha homérica del hombre rodeado su

cuerpo de serpientes, cuando intenta por centésima vez esfuerzos libertadores»…

Por ser Beethoven un verdadero teósofo, pudo decir de él Kerst que «era un hombre profundamente religioso en el más genuino sentido de la palabra, pero no un hombre creyente en ninguna religión positiva. Nacido bajo la fe católica, alcanzó desde muy temprano un criterio independiente acerca de los problemas religiosos. Tuvo de joven su período de racionalismo y de libre pensamiento, pero, en sus últimos tiempos, cuando compuso su gran «Misa en re» en honor de su protector el archiduque Rodolfo, y cuando se sumergió en el estudio más profundo de los viejos infolios del canto religioso, trató, aunque en vano, de obtener el puesto de maestro de capilla, al ser nombrado su protector Arzobispo de Olmütz, y por cierto que la forma y las dimensiones de su misa se salían completamente de los moldes del ritual. La libertad, agrega aquel autor, fue siempre el principio fundamental de su vida, y su libro favorito era el de Sturm «Dios en la Naturaleza», (Betrachtungen über die Werke Gottes in der Natur), que él recomendó a los párrocos para ser repartido al pueblo. Veía Beethoven la mano de la Divinidad – Karma - en los más insignificantes fenómenos naturales - rasgo, añadiremos nosotros, de un verdadero teósofo -. Dios era para el gran músico el Principio Supremo informador del Cosmos, a quien entonase un himno en la parte coral de la Novena Sinfonía bajo las palabras de Schiller «¡Miríadas de seres, yo os abrazo!, ¡Un inmenso abrazo para el mundo entero!, ¡Hermanos, sobre la bóveda celeste debe morar un Padre amante!». Las relaciones de Beethoven con la Divinidad, eran las de un niño con su padre confiándole sus penas y sus alegrías. Se dice que cierta vez escapó apenas a la excomunión eclesiástica por haber dicho qué Jesús no era sino el más puro de los hombres, y un judío. Haydn, ingenuamente piadoso, le calificaba siempre de ateo... Las últimas palabras, en fin, del coloso, palabras dirigidas a sus amigos, después de haber recibido la extremaunción, fueron las clásicas de Plaudite, amici, comoedia finita est, frases que se reputan más como sarcásticamente alusivas al hecho, que como mero recuerdo socrático, aunque el gran filósofo griego fuese uno de sus autores predilectos. (Mateo M. Barroso “La IX Sinfonía de Bee-

Troven”).

Modelo de místico lirismo teosófico son las páginas de su testamento, a cuyo final dice a sus hermanos: «Enseñad a vuestros hijos a cultivar la virtud. Ella, y no el dinero, es la que da la verdadera dicha. Os hablo por experiencia, porque la virtud es lo único que me ha dado alivio en mis miserias. El amor a la virtud, como el amor a mi arte, me han salvado contra la tentación de poner fin a mis días».

«Beethoven, dice Mateo M. Barroso en su meritísima obra, no es solamente el músico más grande que ha existido y el más puro artista; es el generoso corazón, herido, de todos los infortunios, que se hace más fuerte que ellos y consagra su vida a las generaciones futuras: «a la pobre humanidad». Héroe entre los héroes, más grande que su tiempo y que sus dolores, eleva sus brazos de gigante para abrazar a los tiempos y a los hombres que han de venir... Abordar el conocimiento de este hombre sublime, es asociarse a un vasto mundo con sus insondables paisajes estelares, las faunas y floras maravillosas, las tinieblas, los fulgores y las pasiones de sus seres. Su vida es el cimiento de donde surge la obra; su grandeza como hombre, es el origen de su grandeza como artista. ¡Sublime modelo!. Porque no vivió para él, sino para los demás hombres, y ésta renuncia de sí mismo - renuncia, diremos, verdaderamente teosófica - fue el deber que se impuso y realizó. Su obra colosal, inagotable para el análisis, produce el estupor del infinito; animada de soplo divino, lleva en sí vida y juventud inmarcesible; es la idea en su forma universal: háblanos de la verdad eterna... La música de Beethoven no es motivo de estudio exclusivamente para los técnicos; en ella encuentra el filósofo, el pensador y el artista, inmenso campo de exploración, porque no es músico de forma, sino de idea; nada huelga en ella; cada nota tiene un significado, cada silencio una emoción. Beethoven mismo decía que «la música es una revelación más sublime que toda sabiduría y toda filosofía». Ella es la única introducción incorpórea al mundo superior del saber; ese mundo que rodea al hombre y cuyo significado interior no se percibe en conceptos reales; la parte formal de aquella es simplemente el necesario vehículo que revela, por medio de nuestros sentidos, la vida espiritual».

No se eximió Beethoven de la triste ley de todos los genios como larvas que son estos de verdaderos Iniciados: la de que toda su gloria no fuese en este bajo mundo sino un concatenado dolor rodeado del falso nimbo de la dicha artística,
Corona de espinas con apariencia de diadema áurea,
que ha dicho de todos los mártires del ocultismo la incomparable Blavatsky.

El nacimiento del titán en Bonn, el 17 de Diciembre de 1770, de padres pobres, le ungió ya con el óleo santo de la pobreza y del sacrificio que le acompañaran hasta el sepulcro. Como el divino Mozart, tuvo también un padre y un abuelo músicos, y su primera desgracia fue la de no hallar en sus padres, al nacer, aquellos tiernos afectos que siembran de rosas de ilusión la primera senda de abrojos de la vida. Nos hallamos, en efecto, en presencia de un muchacho naturalmente testarudo y rebelde a toda dirección, defectos agravados por los tratamientos de un padre brutal y dado a la embriaguez, cuyos castigos, en la forma tan habitual de los tirones de orejas, acaso fuesen la génesis de su ulterior sordera. «Siempre es brusco», había dicho de él Cherubini, su ídolo.

«La fisonomía de Beethoven era severa e imponente, aún desde la niñez (1). Beethoven, como todos los redentores, los Christos, no tuvo niñez ni juventud. El terrible estigma del trabajo y del dolor se grabó sobre él casi desde los primeros balbuceos: los puros placeres del hogar le fueron negados, puede decirse, desde la cuna hasta el sepulcro, y las lágrimas vienen involuntariamente a los ojos cuando uno lee en sus biógrafos aquellos pasajes en los que el niño infeliz, dormidito en las crudas noches del invierno alemán, era arrancado al calor de su cama por la violencia de un padre y de un maestro borrachos, para que diese a altas horas de la noche la lección musical que la intemperancia de aquellos dos compadres no había tenido a bien dar durante el día... Como esas piadosas imágenes que a veces se ven en los altares católicos, el tierno infante traía ya, pues, sobre sus hombros el pesado madero redentor de su cruz, que era su música, una música ¡ay! que estuvo condenado a hacer y a no oír desde los treinta años hasta el día de su muerte.... Beethoven sordo, y dándonos sin embargo sus paisajes divinos, como Homero y como Milton ciegos y dándonos sus epopeyas, son algo súperhumanamente trágico que nos muestra con bárbara elocuencia, cómo hay dos hombres en nosotros: el físico, juguete casi siempre de una Naturaleza impía, madrastra más que madre para los grandes, y el astral-mental; el hombre de pensamiento y de imaginación; el hombre, en fin, llamado a sobrevivir a su cuerpo físico y capaz de crear infinitos mundos hiperfísicos, con otro sol, al que sus ojos materiales no ven; con otras notas que las que sus oídos materiales perciben; esas insondables tinieblas - tinieblas por ultra-luminosas, más arriba de nuestra gamma perceptiva - esos insonoros sonidos de que nos habla «La Voz del Silencio», con los que la vida cósmica palpita, y que son producidos sin cesar por los astros al rodar por el éter sin límites.....

No vamos a hacer una biografía minuciosa del Maestro, máxime cuando sobre él existen verdaderas bibliotecas escritas en todos los idiomas del mundo (2). Solo queremos recordar algunos puntos salientes de su vida abnegada y laboriosa de verdadero virtuoso, en el más teosófico y evangélico sentido de la palabra, no en el frívolo-musical al uso.

El primer maestro verdad de Beethoven fue Pfeiffer, director de orquesta. Van der Eden le enseñó el clavecín y Neefe le inició sin vacilar, directamente en las obras de Bach y de Haendel, que tantos resortes teosóficos religiosos atesoran, y le hizo nombrar, cuando apenas contaba 13 años, su auxiliar de capilla. Dos años antes, ya había comenzado a escribir sonatas, y Artaría acababa de publicarle tres ensayos de cuartetos. El Conde de Waldstein, luego inmortalizado por la célebre sonata que lleva su nombre (op. 53) y Maximiano Federico, archiduque de Austria y hermano de la infeliz María Antonieta, eran grandes protectores de las Bellas artes, como todos los príncipes alemanes de entonces (3) y se interesaron por el joven músico, concediéndole ayudas. El segundo le había nombrado su maestro de capilla, y el primero le envió a Viena donde fue presentado a Mozart, entonces en el apogeo de su gloria. El autor del
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