Preámbulo






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Preámbulo



El tema de este seminario es la filosofía química, no la alquimia, porque el término alquimia (que posiblemente sería el correcto) suscita un inmediato equívoco, derivado de una imagen tópica relacionada con la praxis de laboratorio, sin embargo, a lo largo de estas conferencias descubriremos y examinaremos los principios filosóficos sobre los que depende aquella práctica. En este sentido nuestra primera declaración, taxativa, consiste en afirmar que puede existir una filosofía química exenta de práctica, pero que jamás existió ni puede existir una alquimia sin unos presupuestos filosóficos, y estos presupuestos es lo que elucidaremos someramente en estas cuatro conferencias.
Cuando consultamos el diccionario a la búsqueda de una definición convencional para alquimia leemos allí que la alquimia es “el arte que buscaba la piedra filosofal y la panacea universal”, definición que, tratándose de un diccionario, nos parece cuanto menos arriesgada, en primer lugar porque afirma que es un arte, no una doctrina, ciencia o filosofía, y después porque habla en pasado, dando a entender que el tal arte pertenece a una época pretérita y no ha llegado hasta nosotros, lo cual es, a todas luces, no ya inexacto sino francamente falso. En cuanto a la causa última de la búsqueda, ésto es, la piedra filosofal y la panacea universal, podríamos afirmar que son finalidades, grosso modo y granum salis, correctas.
Sin embargo, un diccionario es una herramienta laica que solo pretende ofrecer una definición epidérmica, una aproximación a un determinado tema y por esta razón hemos de disculpar a sus redactores: no podemos exigir que en media línea quede definida con exactitud una cuestión compleja, entre otras razones porque si a cada alquimista, del pasado o del presente, se solicitara una definición de su doctrina, con dificultad hallaríamos dos definiciones iguales y aunque en todos hubiera, obviamente, un cierto acuerdo de fondo, un espectador al margen se llevaría la impresión de que todos están definiendo cosas distintas.
Este debate a la búsqueda de una definición exacta no es cosa de hoy: una lectura desapasionada de los textos más antiguos pone de manifiesto que en todos ellos existe una preocupación definitoria y un esfuerzo por aclarar qué cosa es y qué cosa no es alquimia y, como es natural en estos casos, todos ajustan su propio discurso al modelo que consideran más verdadero, generalmente, el suyo. De este modo y conforme a la pluralidad de modelos (quizás tantos como escritores) la biblioteca alquímica y la doctrina considerada en sí misma resulta ser de una extraordinaria heterogeneidad.
Esta pléyade de diversas concepciones, algunas contradictorias entre sí y otras francamente antitéticas no pasó desapercibida por los viejos autores que invitan al neófito a tener precaución, recomendándole una serie de cuestiones propedéuticas que necesariamente deberá tener en cuenta si pretende llevar su navegación alquímica a buen puerto y no perderse en un dédalo inextricable de opiniones dispares.
A pesar de esta multiplicidad de pareceres y antes de ofrecer la opinión nuestra, que quedará de manifiesto a lo largo de estas sesiones, no es aventurado decir lo que, ciertamente y sin ningún género de dudas, no es ni jamás ha sido la alquimia, pues hoy como ayer, las palabras pueden ser y son secuestradas de su sentido, lo cual es, sin duda una de las desdichas más grandes de este siglo.

Alquimia como manual de mística



Podemos afirmar categóricamente que la alquimia no es ni ha sido jamás una especie de yoga occidental, en expresión de Guy Beatrice, o una fórmula ofrecida como alternativa a la religión para que sus prácticos trasciendan espiritualmente, a partir de la vivenciación íntima de una serie de símbolos que el operador emplea como medio para superarse a sí mismo.
Esta lectura, sin duda bien intencionada, es relativamente moderna y tiene su origen en la interpretación sesgada de ciertos textos Rosacruces y Teosofistas de los siglos XVI-XVIII pero alcanza carta de naturaleza a partir de la relectura de fuentes tradicionales que se dió en Europa a principios de este siglo, principalmente en el seno de círculos esotéricos cuyas líneas doctrinales postulaban la autorrealización, idea esta importada de la soteriología oriental por la sociedad teosófica, y completamente ajena al pensamiento tradicional de Occidente, por cuanto el propio término “tradición” (y no olvidemos que la Alquimia es tradición) implica contenidos doctrinales que se reciben ancestralmente y que no pueden ser obviados en aras a la opinión propia: para la Tradición occidental nadie se salva a sí mismo por esfuerzo propio (en este sentido, la afirmación teológica por la cual “fuera de la Iglesia no hay salvación” es cabalmente tradicional).
Esta noción contemporánea de la alquimia, de corte espiritualista, que descansa sobre el presupuesto de que el hombre es una materia primera que ha de ser transformada en piedra filosofal (realización) por efecto de una serie de técnicas y pasos (nigredo, albedo, etc.) es completamente espuria y nada hay en los textos que nos permita sustentar y defender esta afirmación. Esta función la cumplen en occidente la ascesis y la mística. Nótese, por otra parte, que una gran cantidad de maestros químicos ejercieron su búsqueda filosófica dentro de los cauces de su religión natal ocupando incluso muchos de ellos, responsabilidades dentro de la jerarquía eclesiástica: Basilio Valentín, Ramón Llull, Roger Bacon, Rupescissa, Alberto Magno, Arnau de Vilanova, Tomás de Aquino, entre otros. Nada nos autoriza a pensar que estos autores hicieron de la alquimia una criptorreligión o una mística, e incluso no recordamos ningún caso en que algún autor fuera juzgado y sometido al Santo Tribunal a estrictas resultas de su vocación alquímica, cosa que sin duda hubiera sucedido si en algún momento hubiese cundido la sospecha de consistir la alquimia en una pararreligión. Por tanto, toda consideración hecha en el sentido de entender la alquimia como una disciplina interna orientada a la autorrealización, es estrictamente moderna y ajena al puro espíritu alquímico.
Obviamente, y como iremos viendo, son exigidos al alquimista una serie de requisitos de tipo ético, moral, social e incluso espiritual, pero pertenecen más al ámbito de lo que llamaríamos deontología profesional que una inexcusable exigencia del arte y, de hecho, muchos notabilísimos autores, seglares por supuesto, hicieron caso omiso de estas pautas (por más que las predicaran a terceros) y llevaron una vida personal llena de desórdenes de todo tipo: las crónicas biográficas nos ofrecen en este sentido un divertido y amplio espectro de borrachos, vividores, mujeriegos, truhanes y cantamañanas mil. Y sin embargo la sabiduría evidente en su legado escrito, ofrece unas honduras y claridades filosóficas que si malamente casan con la vida disipada que portaron, menos casa con la interpretación que aquí hemos puesto a debate

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