Gustavo Adolfo Vaca Narvaja






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El Santo Padre


Gustavo Adolfo Vaca Narvaja

Novela 2008

Dulce Persona: —¿Qué va a suceder pronto en la novela?

Quizá genio: —Te lo diré... cuando yo sea el autor.

Macedonio Fernández

La historia que relato es tan cierta como prudente. Transita en una época de milagros y misterios con protagonistas cargados de vida. Aquello que es una verdad termina en mentira. Y la mentira se hace verdad. La mujer, esclava del amor, es capaz de todo; aun de volar. El hombre, incapaz de volar, peregrina; aunque nunca sabrá hasta dónde llegue su destino, porque siempre será un misterio.

G. V. N

I
Conos y Bastones

Sentencia:
Rudecinda Belamate Castaño murió por accidente. No caben dudas. A esa edad una joven mujer tiene pocas enfermedades acumulas en su haber, y son más los secretos postergados los que dañan, que una patología imprevista. Sana era Rudecinda. Fuerte. Linda mujer. Deseada, envidiada. Ese día contemplaba la naturaleza desde una gigantesca colina que custodiaba Piedra Linda, su pueblo natal.


Custodio y Bendita
Un pueblo, cuyo fundador Custodio Castaño bautizó así porque en el centro de ese valle imponente, permanece impávida, una piedra gigante, brillante, solitaria, rodeada por un intenso verde. Su primera exclamación fue: ¡Ah... Linda piedra! Sus acompañantes –que saben las contradicciones de su jefe— decidieron invertir las palabras para conformar un definitivo nombre fundacional: Piedra Linda. “¡Sííí!... me gusta ese nombre”, dijo Custodio eufórico aprobando la propuesta.

Custodio es un hombre que va a contramano de la realidad. Si el día se presenta frío, él usa ropa de verano; si hace calor, aun en exceso, los abrigos no alcanzan para cubrir su humanidad. Si tiene hambre, no come; si tiene sed, evita líquidos. Se podría decir que es un hombre absolutamente previsible; goza con destacarse así. Contradecirlo, significa la pérdida del trabajo temporal y condena a quedar desocupado. Debe considerarse entonces a Custodio como el fundador de Piedra Linda, simplemente por esa interjección espontánea. Custodio en su larga trayectoria de invasor, usurpador de tierras ajenas, no tiene rivales. A pesar de su edad y su deterioro físico, mantiene una férrea política de apropiación por la fuerza de bienes ajenos. Independientemente de su fortuna mal habida, Custodio es un déspota, autoritario y a veces, un hombre caracterizado por actos de crueldad inimaginable.

El descubrimiento de Piedra Linda encendió su ambición y calculó desde el inicio, el tiempo que tendría para adueñarse rápidamente de esas tierras fértiles. Su banda, insaciable de violencia, arrasó con todos los pequeños propietarios y con suma crueldad sometió a los campesinos. En pocos meses, extendió sus alambres que delimitaron el ochenta por ciento de la tierra fértil, desarmó la guardia civil local de veinte hombres semiarmados, arrasó con las viviendas precarias de campesinos y confiscó, por propia ley, viviendas de terratenientes que no aceptaron su protección: disentían de su metodología. Dio rienda suelta a la apropiación de mujeres solteras y casadas para su irregular tropa civil, e implantó su propia bandera: su rostro incrustado en el centro del paño amarillo. Los pocos habitantes que huyeron del lugar, no alcanzaron a salir de la frontera de alambrado; porque fueron ultimados sin más trámites por el equipo de caza veloz que tenía preparado para estos avatares. Los pobladores tributarían, de ahí en más, a su propia organización que se posesionó del lugar y de su riqueza. Hombre temido, no cabe duda, y también, de frondosos antecedentes. Determinó que el agua de regadío y agua potable pasara a su administración y solo pudiera ser utilizada o bebida con su anuencia, de acuerdo a una previa certificación de comportamiento del solicitante. Estableció así un sistema de contralor cívico absolutamente arbitrario: mandó colocar carteles donde confirmaba que el único derecho de los habitantes de Piedra Linda sería el que él determinase. Sin embargo, este hombre tenía también debilidades. Nunca permitió que sus más cercanos ayudantes lograran liderar su tropa de forajidos. Cuando esto ocurría, o él presumía que esto se daba en otros niveles, enviaba a su tercero a matar al segundo. Durante años, esto había sido no sólo efectivo, sino también provechoso. Lo mantuvo vigente, porque estableció definitivamente la pena a un juego de traiciones para escalar posiciones entre sus subalternos.

El dinero lo obnubilaba. Satisfecho de conseguirlo por medio de acciones violentas, amaba la violencia, de otra manera, no disfrutaba. Llevaba en sí mismo el estigma de la violencia y la perversidad, incrementadas por los años. Piedra Linda se transformó en leyenda temida y despreciada. Y sin embargo, nunca nadie osó enfrentarlo.

Custodio se jactaba de no tener sentimientos; pero en Piedra Linda, encontró su primera derrota. Avanzado en edad y soltero por motivos que nadie se atrevía a investigar, desposó a una lugareña solitaria y prudente, nacida y criada en Piedra Linda; llamada Bendita Celeste Belamate, una joven mujer que nunca había perdido la esperanza de ser pedida en matrimonio. Los treinta y cinco años menor que Custodio no fueron impedimento para que este histórico hecho se concretase. Bendita dio rápidamente el “¡Sí!” entusiasmada ante la propuesta de matrimonio, encandilada por la audacia del forastero y, fundamentalmente, por su dinero. El matrimonio se celebró con todas las pompas y festejos populares. La ceremonia en el atrio de la iglesia rodeada de hermosas y exuberantes flores daba un marco imponente, con invitados que no respiraron cuando el cura preguntó a Custodio en voz alta si tomaba por esposa a Bendita. El anciano logró extraer una emotiva voz de trueno desde su interior, con un sí categórico y orgulloso; mientras que el sí de Bendita fue tibio, temeroso y débil. Así, aunadas sus almas y bendecido el amor por sentencia bíblica “Amarás a tu esposa hasta que la muerte los separe”, la Iglesia cumplió el objetivo de fijar la temporalidad del matrimonio, desmintiendo que el amor es eterno. También cubrió con un manto de sospecha esas sobrevidas; porque nada dijo el cura de si esa muerte tenía que ser espontánea, provocada o natural. Por primera vez, Custodio sintió miedo a la vida y, también, de quienes envidiaban su matrimonio.

La senilidad de Custodio quedó encandilada por la juventud y belleza de esa joven mujer. Custodio calificó esa etapa de vida en una carta a su madre inválida y lejana —anexada al testamento como mensaje a sus descendientes—: “¡Madre, vivo el éxtasis de una primavera!”; ella contestó —coherente con su depresión crónica—: “Hijo, cuídate del otoño”. Paralelamente, Bendita escribió a su padre que vivía a algunos kilómetros del pueblo: “¡Papi... estoy en un infierno!”. Su padre, no muy afecto a retrocesos contestó: “El infierno no existe... y si existe, tú me sacaste de él con ese casamiento.” Sin embargo, ese matrimonio que se mostraba feliz en fiestas y homenajes patrios, llegó a su término por obra del Señor, que no necesitó mensajes escritos. Bendita no imaginó que ese hombre, casi anciano, podía cambiar toda su vida. Es comprensible que ella al conocerlo se diera cuenta de que era buen partido, como se dice en esos lugares, pero los celos enfermizos y la manía de perseguirla día y noche para saciar sus instintos animales en su cuerpo lograron transformarla, en poco tiempo, en una mujer cansada, ojerosa e insomne. Su deber marital la consumía y la bestialidad de su marido parecía nutrirse de su vitalidad cada vez más extinguida.

Pero los primeros síntomas que devolvieron a la vida a Bendita se manifestaron cuando, en una madrugada de feroz relación sexual, el hombre bestia perdió por primera vez el conocimiento por breves minutos y ella, asustada, lo apantalló con un cartón al que echó mano y refrescó su rostro con agua fría. Custodio regresó a su conciencia, pero notó que su mano derecha y la pierna del mismo lado obedecían con poca fuerza a su mecánica orden de moverse. Nada dijo ella de esa observación, así como tampoco Custodio comentó su disminución física. Se levantó tratando de disimular tomándose de los bordes de muebles cercanos. Esa noche Bendita durmió profundamente porque el anciano, luego de caminar unos pasos para demostrar que estaba aún vital, se desmoronó diciendo que estaba cansado y que tenía que dormir. Ella se acurrucó en su lado, mientras él roncaba profusamente con la boca abierta, dejando caer por las comisuras una saliva teñida de rojo. En la mañana, ambos despertaron sometidos a un movimiento en sus brazos realizados por terceros, que entraron en la habitación presumiendo lo peor: la muerte de los esposos, pues nadie respondía a los pedidos verbales de “Sr. Custodio, ¿se puede?”; ni tampoco a los golpes en la puerta. Custodio cambió a partir de ese episodio. Se volvió huraño, dejó de perseguir a Bendita por unas semanas. En las siestas, se dedicó a rehabilitar su brazo y su pierna con ejercicios y ayuda de una quinesióloga cargada en años y experiencia. Ese procedimiento, realizado en la penumbra de su habitación por espacio de dos horas, se prolongaba. Nadie debía molestarlo. Bendita tampoco podía entrar y menos aún, preguntar. Ella observó que su esposo durante el día quedaba ausente por escasos segundos, con la mirada quieta, alejada del lugar, para recobrar su actitud hostil en pocos segundos.

Bendita acudió por segunda vez a su padre, a quién envió una carta explicando el hecho y solicitando absoluta confidencialidad. Su padre contestó a las dos semanas, recomendándole a Bendita más interés en su señor, más atención y que le diera hijos: muchos y sanos. Culpó a Bendita del estado de Custodio, diciendo que un hombre se aburre en el matrimonio cuando la mujer mata sus fantasías. “Si notas que él se queda ausente por segundos, es porque lo aburres” y recomendaba esmerarse en nuevos entretenimientos para que el esposo recobrara la confianza en ella. Bendita lloró durante horas, a escondidas, con sus pañuelos mojados de lágrimas saladas. Su padre tenía razón: ella era culpable. Trató de enmendarlo. En el final de la carta —en la posdata— advertía: “Bendita, si eres una buena hija, debes serlo ahora más que nunca. Ni que se te pase por tu mente separarte de ese hombre que nos ha brindado el dinero y tranquilidad suficiente… Si tienes que sufrir… ¡sufre!, porque tu padre está sumamente contento”. Bendita le dio la razón, modificó su vida. Trató de seguir los consejos de su padre, pero algo no estaba bien. Ella era una mujer joven, llena de impulsos y deseos. Su esposo estaba transformado en un ser casi indiferente. Bendita llegó a extrañar a la bestia; y él, la juventud de su esposa. Bendita duró sólo dos años en ese tormento, aunque no la pasó mal en los últimos doce meses; porque Custodio adquirió una enfermedad diagnosticada como narcolepsia. Las veces que se quedaba dormido en distintas posiciones, ella aprovechaba para desahogar sus instintos exacerbados con jóvenes amantes, siempre cercanos al sueño del patrón. Ella se ocupaba de mantenerlos muy cerca con alguna tarea rural, como excusa. El pueblo sabía de esta tan pícara como digna situación y contribuía a la felicidad de Bendita acercándole sus hijos más dotados. Se puede afirmar, entonces, que ese matrimonio estuvo definitivamente arraigado en ese terruño y contó, además, con la absoluta solidaridad de sus habitantes.

Bendita heredó una fortuna después de que el médico de cabecera, traicionando ese título, tironeó los pies de Custodio para lograr desmontarlo de esa habitual posición encima de su esposa —se puede decir que era su vicio—, pero esta vez muerto por infarto orgásmico en su última noche de amor. Lo encontraron rígido, aferrado vergonzosamente a las caderas de su esposa, con dos manos incrustadas en los generosos glúteos de Bendita, simulando dos tenazas ante la desesperada paciencia de su esposa que llevaba algunas horas soportando el peso de la historia. Pero lo más curioso para la policía y el médico fue la posición de la cabeza de Custodio: levantada, mirando fijamente la pared, el pelo desordenado, mejillas rubicundas, orejas ardidas y ojos abiertos con exageración; mientras su rostro denotaba un gesto de inocente sorpresa, como tienen los héroes cuando mueren después de grandes batallas, preguntándose antes de sucumbir: “¿Y esto?”. Nadie pudo responderle porque ese cuerpo estaba vacío. El exceso de placer lo mató. El vicio cobró otra vida y Custodio pereció como una víctima más del desenfreno. Un héroe, silencioso ahora, del fogoso juego amoroso. Ese gesto ausente y de gran interrogación de su rostro habita como una constante en los grandes hombres públicos y, también, en las historias de grandes batallas; porque esos señores han sido siempre sorprendidos por la muerte absurda y temprana, como si se les quisiera quitar, en forma definitiva, el éxito de sus misiones temporales. Bendita quedó marcada en ese pueblo como la mujer araña, por remedar la historia amorosa de ese insecto, que mata al macho después de la mecánica cópula. Y por cierto —debe agregarse— también temida por un sinnúmero de potenciales candidatos a su amor.

Custodio fue velado según su voluntad previamente escrita y resguardada celosamente en la sacristía de la iglesia, el mismo día del casamiento: el velorio se realizó en el dormitorio. Él permanecía inmóvil —como corresponde a un finado— con su pijama de invierno a rayas que alguna vez perteneció a su abuelo y unas medias de invierno rojas —contra la envidia—. En la pared de la cabecera, colocaron tres cuadros con su figura inmensa, pintados al óleo. Desde ese privilegiado lugar, miraba fijamente a los visitantes, ofreciéndoles una sonrisa irónica y triunfal. Abajo de su almohada floreada —siempre por indicación previa y escrita—, la ropa interior que usara por última vez sin lavar, las fotos de sus parientes más queridos y de sí mismo, cuando gozaba de radiante salud. Debemos sumarle un trozo de cola de perro, que guardó celosamente desde su infancia, cuando el maldito —para él— rayo, mató a su caniche al orinar debajo de un árbol. El rayo subió o bajó —nadie puede afirmarlo— aprovechando esa columna líquida de la orina; lo cierto es que el caniche explotó en luces fosforescentes. Custodio estaba naturalmente extendido en su propia cama, ubicado en el centro de la misma, para que los concurrentes a su despedida, supieran que, aun él muerto, ese lugar y esa cama no cambiarían de dueño y menos todavía, se apropiarían de su esposa. Desfilaron amigos y enemigos para dar un último adiós, o el último insulto. Acudieron traidores al velorio de aquél a quien traicionaron, simulando llantos de dolor, bajando su cabeza como si llevaran entre sus manos el recuerdo de quien admiraran en vida. Venían seguramente acompañados de otros aduladores que ya no tenían más enemigo que su propia historia e hicieron que surgieran de sus ojos enrojecidos lágrimas que no eran cristalinas ni puras; solo lágrimas, producto del esfuerzo de mostrarse al resto, como dolientes arrepentidos del abandono; lágrimas de olvido. Buscaron palabras para justificar cada acto, cada traición, que envolvió una permanente conspiración subterránea desde el comienzo hasta el evidente final. Fueron también capaces de llevar a sus familiares de la mano, al entierro y sin que lo vieran muchos de los presentes, dejaron escapar alguna palabra piadosa para el que fue en su momento su ejemplo. Todo esto, mientras en sus ámbitos y penumbras festejaban con bailes movidos, el fin de su enemigo. El final de una lucha para ellos. El objetivo deseado. Sentado seguramente estaría el sucesor, aunque no lo supiera; pero asustado, porque las conspiraciones que supieron gestar, ahora parecían revivir entre medio de sombras contra ellos.

Custodio era un lector nocturno de Nietzche, quien habla por Zarathustra. Llevaba en su bolsillo definiciones escritas como si fuesen una oración para la memoria, donde el escritor hunde el puñal en el corazón cristiano y desafía tormentas de venganza divina, porque su coraza, ante los problemas graves, los sintetiza en un ejemplo simple “Yo hago de los problemas profundos lo que con baño frío: entrar y salir en seguida”. Y lo que más divertía a Custodio era la curiosa postura ante la mujer y las comparaciones con el mundo zoológico cuando sostenía que: "La mujer aún no es capaz de amistad; gatas, he ahí lo que son las mujeres. Gatas y pájaros... y cuando las cosas no marchan bien: vacas...”. "El hombre tema a la mujer, cuando esta odia, porque en el fondo, el hombre no es más que perverso; pero la mujer, mala”. "La felicidad del hombre es: ‘Yo quiero’; la felicidad de la mujer: ‘Él quiere’”. Custodio gozaba con la lectura lenta del Zarathustra y registraba en su papel estas máximas que él consideraba conveniente llevar consigo. Y así, entre tantas frases irónicas, a veces agresivas, desempolvaba una frustración, que no acompañaba el brillo de su inteligencia; pero en ese lugar todo era válido. En el cementerio, fue recordado con las últimas oraciones del cura, que lo despidió con emotivas y falsas palabras, antes que la pala de tierra cubriera el foso.

Custodio debería sentirse orgulloso de ese final cuando el representante de la Iglesia sentenció: “Era un hombre de vitalidad increíble, pero fue abandonado por su ángel —no sabemos por qué— en momentos del deber marital consumado con hidalguía”. El cura, acostumbrado a despedir, recitó esas palabras compungido y hasta se puede decir envidioso. Lo enterraron en una ceremonia donde se destacó que aún en esa notable y llamativa posición su honor permanecía intacto. Mientras la viuda Bendita lloraba su desconsuelo, él ,como no podía ser de otra manera, la ignoró.

El desconsuelo se mantiene fugazmente, hasta primaveras de solitarias tardes. Pocos meses después —como es natural por su belleza y edad— se cruzó en su vida lánguida un joven recién llegado al pueblo de quien se enamoró perdidamente. El joven, artesano alto, delgado, robusto; absolutamente bruto e inútil, especializado en copias de joyas naturales, deslumbró a la viuda cuando le obsequió una pequeña imagen hecha de plata de una pareja fornicando —su última imagen consciente—. El luto duró lo que una tormenta en el Caribe y la joven mujer, vestida de negro ceniza, no tardó en quitarse ese legado sombrío con agilidad desmesurada y floreció como una primavera anticipada. A pesar de no encontrar en él un solo destello de inteligencia, amó a ese muchacho vacío de mente y se casó con él para retenerlo a su lado; porque quedó grabado en su mente la sentencia de la Iglesia, “… hasta que la muerte los separe”, que reiteró el cura cuando legalizó su segundo matrimonio. Pero tuvo mala suerte Bendita: Poco tiempo más tarde, no fue la muerte quien los separó, sino la huida del artesano con su fortuna. Demostró el mozalbete que era un bruto, experto caza fortunas. La dejó en la miseria, pero le obsequió una hija y le exigió que le impusiera el nombre de Rudecinda en honor a su abuela fallecida en época de la peste. Su abuela había sido muy bella, hasta que decenas de bubones florecieron en su cara y su cuerpo, transformándola en una masa de pus. Su pestilencia la marginó de la sociedad, que además se encargó de declararla ausente y olvidada. Ese joven había jurado reparar ese castigo injusto. Una sed de venganza se incorporó a su vida y en sus años de conquistas y vagancia, fue dejando víctimas en distintos lugares de esas lejanas tierras. Fue entonces que la sombra de Custodio la rodeó para siempre, castigándola con rápido olvido y Bendita no tuvo más alegrías que criar a su hija nacida en decadencia. Sin embargo, no protestó nunca, porque se sabía nuevamente culpable e hizo de Custodio el escudo perfecto a su tierno corazón herido y anulado para siempre.

Bendita trabajó en los lugares más inverosímiles para sostenerse y comprar indulgencias —hectáreas— ofertadas en el cielo intermediada por la Iglesia, hasta llenar sus arcones de madera con títulos celestiales a modo de reparar su pecado. El pueblo asistió a la transformación de las mujeres que pueden hacer de su dolor, una ceguera. Así, Bendita dedicó sus energías a la asistencia perfecta a misas santas, regresando al negro luto que la convirtió en una mujer oscura. El finado y la imagen forense de Custodio fornicando fueron tomados de ejemplo en el pueblo; ese rostro absorto por su final violento con un interrogante sin repuesta se reprodujo fielmente en estampitas y cuadros, bendecidos por el cura del responso que logró sumar ingresos extras a su pequeña iglesia empobrecida y algún dinerillo en sus bolsillos. Custodio pasó a ser venerado como el “Santo del amor” y también como ejemplo del orgullo varonil, que siempre corona la muerte en el campo de batalla. Nadie se acordó de sus crueles actos y tampoco de los robos de bienes y tierras. Pudo más la imagen de víctima sexual, que la de ladrón serial. El mozalbete desapareció de su vida, pero no de la vida ajena en otros lugares. Dedicado al ocio y la vagancia, vivió engatusando cuanta mujer ingenua encontraba y luego de vivirla la destrozaba con una nueva huida. Caído en desgracia y sin nadie que pudiera sostenerlo ni alimentarlo fue internándose en un desierto de arena, caminando sin rumbo y sin agua, hasta que su imagen desapareció de la vista del último poblador que dio ese testimonio. Caminando, sentenciado (En cuanto el hombre se aleja del hombre/ viene el viento/ que ya le dice otras cosas/ abriéndole los oídos y los ojos/ a otras cosas –afirma Alberti—), dicen que se desintegró en arenas del desierto.

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