Durante mas del noventa y nueve por ciento del transcurso transcurso de la historia humana, el mundo fue rico en significados pues el ser humano se considero a si mismo como parte integral del orden espacio-temporal natural






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Mito y realidad en la implantación de la arquitectura moderna en Cali. Ensayo.

Harold Martínez Espinal

Universidad del Valle

Cali, Colombia, octubre 1992

DURANTE MAS DEL NOVENTA Y NUEVE POR CIENTO DEL TRANSCURSO TRANSCURSO DE LA HISTORIA HUMANA, EL MUNDO FUE RICO EN SIGNIFICADOS PUES EL SER HUMANO SE CONSIDERO A SI MISMO COMO PARTE INTEGRAL DEL ORDEN ESPACIO-TEMPORAL NATURAL.
EL COMPLEJO REVERSO DE ESTA PERCEPCION EN APENAS CUATROCIENTOS AÑOS APROXIMADAMENTE, HA DESTRUIDO TANTO LA CONTINUIDAD DE ESTA EXPERIENCIA HUMANA, COMO LA INTEGRIDAD DE SU PSIQUIS, CONSIGUIENDO, AL MISMO TIEMPO, ARRUINAR CASI POR COMPLETO AL PLANETA.
A TODO ESTE PROCESO DE DESIDENTIFICACION DEL SER HUMANO CON EL ORDEN ESPACIAL NATURAL Y A LA CONSECUENTE OBJETIVACION RACIONA- LISTA Y UTILITARISTA DEL MISMO SE LE HA LLAMADO MODERNIZACION.
EL PRESENTE CASO TESTIMONIA UNA DE SUS MULTIPLES CONSECUENCIAS.
INTRODUCCION
La vida, por su mera presencia, crea y mantiene las condiciones necesarias para su propia supervivencia. Para vivir toda especie requiere de las siguientes condiciones; a).debe consumir y almacenar energía a partir del espacio circundante, b) el consumo y almacenamiento de energía debe ser ordenado, sin derroches ni despropósitos. La necesidad de consumir energía se traduce en obtención de alimentos y la necesidad de conservarla, en la obtención de un ambiente óptimo, tanto química como físicamente. Ambas necesidades implican una acción de transformación del espacio.
La vida se caracteriza entonces por su inmensa capacidad de transformar el espacio. La diversidad cambiante de formas, texturas, colores, temperaturas, aromas, sonidos, etc. existentes en la superficie terrestre es debido a la presencia de incalculable número de especies, cada una transformando de manera especializada (según sus atributos biológicos) el espacio. La presencia simultánea de tantas transformaciones especializadas exige incalculable complejidad y diversidad de interacciones de energía y servicios entre las especies vivientes.
Tan infinito número de interacciones supone un orden en la Naturaleza. De otra manera, el resultado sería el más devastador caos. En la superficie terrestre, todos y cada uno de los organismos están enlazados, por tenuemente que sea, con todos los demás. Los microbios, las plantas, los animales oceánicos y terrícolas están todos inmersos en ese gran ciclo de energía, de los nutrientes procedentes del sol, la tierra, el agua y el aire. Este sistema de intercambio global circula por varios mecanismos de transporte, desde las corrientes oceánicas hasta los patrones climáticos y de vientos; desde las migraciones de los animales hasta los procesos de alimentación, desarrollo y descomposición.
La naturaleza terrestre es entonces la expresión física, visible de la coexistencia interactuante y armónicamente organizada, de millones de seres vivientes incluyendo los humanos. La existencia de una organización y un orden en la Naturaleza posibilita que Ella sea un campo informativo para todas las especies. La información sobre ese orden y organización fluye a través de Ella, pues la reproducción transfiere el almacén de la codificación genética a las nuevas generaciones y crea nuevos experimentos. En todos los organismos se dan los fenómenos de aprendizaje y comunicación y en todo el orden espacial natural, el cambio y la diversidad, la especialización y las complejas dependencias hacen su aparición en todos los niveles. Para conservar y preservar la vida cada especie debe leer, de manera selectiva y acertada, el orden espacial natural para poder transformarlo de acuerdo a sus particulares necesidades de consumo y almacenamiento de energía. Sin embargo, en esa lectura, la noción de espacio viene articulado a la noción de tiempo, pues el orden de la Naturaleza es un orden espacio-temporal.
Existe así una comunicación vital y selectiva entre cada especie y el orden espacio-temporal natural que debe transformar. Esta comunicación induce una noción de apropiación del espacio transformado o a transformar, como si fuera una proyección de su propio organismo. Esa noción que posibilita su vida y además, da noción de existencia, le permite al individuo de cada especie diferenciarse y afirmarse con respecto de los demás.
En cada organismo viviente la noción de ser va entonces más allá de los límites de sus atributos biológicos extendiéndose hacia aquel sector de orden espacial natural que reconoce como gerente de su vida; por lo tanto, la noción de espacio transformado da origen a su vez a la noción de identidad. Esa noción de identidad entre ser y su orden espacial es el soporte esencial para la supervivencia. La noción de espacio y de tiempo es particular en cada especie
Aunque muchas especies vivientes habiten un mismo orden espacial natural, en realidad viven mundos diferentes, pues toda especie transforma el espacio a partir de su estructura genética y de sus atributos biológicos. En las especies más complejas depende además de la capacidad cerebral. Como las demás especies, la humana debe transformar también el espacio para poder vivir. Sin embargo, ella se diferencia de las demás especies por su mayor y poderosa capacidad de adquirir y almacenar información gracias a las características neurofisiológicas de su cuerpo y cerebro. Sólo en esta especie se produce el razonamiento deductivo que le permite organizar y memorizar su experiencia transformadora del espacio en ideas estructuradas en forma densa y global, llamadas conceptos.
En la especie humana, el cerebro como receptor final de la información sobre el orden espacio-temporal, actúa más como creador que como fotógrafo. El cerebro reelabora lo real, en cierta medida lo crea. El orden espacial natural no le es dado desde el exterior, no lo encuentra como podría pensarse desde un rígido materialismo, sino que ella le construye intelectualmente a partir de la percepción que tiene de él. Esa percepción está dirigida y delimitada por suposiciones consideradas válidas acerca del orden espacio-temporal natural.
Como no sucede en otras especies, la humana incrementa considerablemente sus posibilidades de existencia cuando socialmente organizada conceptualiza sus nociones espacio-temporal y a través de esos conceptos transforma el espacio. Esta transformación concretada en caminos, cultivos, represas, regadíos, pueblos, plazas, calles, edificios y enseres, no sólo significa la organización visible de la vida humana, sino la realización de todos sus conceptos que sobre la esencial relación entre vida y orden espacial, vienen enriquecidas y adornadas de sueños, esperanzas, contradicciones, frustraciones y realizaciones. Ese espacio transformado viene a ser como un libro abierto en el que se pueden leer las conceptualizaciones que una sociedad tiene sobre sí misma, en relación con el orden espacial natural para la conservación y disfrute de la vida.
En su vital necesidad de preservarse a sí mismo y a su especie, el ser humano selecciona, estructura y acumula socialmente la información que considera necesaria sobre la experiencia de percibir, representar y transformar el orden espacio-temporal natural. En la percepción y representación intervienen los sentidos en interacción con el cerebro. Como el ser humano se identifica con el orden espacio-temporal, natural y transformado, en lo representado se estructuran las partes con el todo, buscando siempre alcanzar una imagen unitaria y totalizadora. De esta manera, a lo largo del tiempo, la sociedad humana ha ido creando una estructura vital de pensamiento o cosmovisión, mediante unos modelos de percepción y representación adecuados.
Sin embargo, esos modelos no son unitarios en la especie humana, por la sencilla razón de que la superficie terrestre no es geográficamente homogénea, sino diversa y a su vez, esa diversidad está poblada y transformada diferencialmente por distintos conjuntos de especies. Cada espacio geográfico claramente delimitado y reconocido como diferente, lo llamamos región. Hay tantos modelos de percepción y representación del orden espacial, como regiones geográfica existen. A su vez, la diversidad geográfica y las particularidades del desarrollo social, han implicado también nociones del tiempo diferentes.
Desde épocas inmemorables, la especie humana ha desarrollado una rica diversidad de modelos de percepción y representación espacio-temporales, de la realidad de acuerdo a la experiencia que cada sociedad ha ido adquiriendo en la transformación del orden espacial existente en la región dentro de la cual surgió. En la región y a lo largo de muchos miles de años, esa cosmovisión de la realidad mediante modelos de percepción y representación del orden espacio-temporal natural, ha tenido como objetivo la protección, conservación, disfrute y florecimiento de la vida. Si a ese modelo y a su noble objetivo la definimos como cultura, podremos también definir a la región como la cuna de toda cultura.
En la mayor parte de la historia humana el ser y el orden espacio-natural han formado una sola identidad dentro de la gran diversidad cultural, existiendo sobre la variada geografía terrestre. Ser parte de ese orden ha sido la razón de existir y vivir. Por lo tanto, dentro de cada cultura, la conciencia ética y moral acerca del orden espacio-temporal, ha sido muy fuerte tanto en su percepción como en representación.
Sin embargo, en algunas de sus culturas que se fueron desarrollando alrededor del mar Mediterráneo, y más tarde conformarían la Civilización Occidental, el ser humano fue adquiriendo una noción diferente del existir. Hacia el siglo XV D.C., ya iba madurando la muy ancestral idea del origen greco. judeo-cristiana, de que tal existencia debía tener un objetivo distinto al de las demás especies, pues al fin y al cabo, la especie humana era notoriamente diferente de aquellas, por tener uso de razón, por haber nacido Cristo dentro de ella y además, la especie humana tenía como misión bíblica el hacer de la tierra su cierva.
A partir de entonces, esta idea diferenciadora fue consolidándose cada vez más hasta llegar a desidentificar al ser humano del orden espacio-temporal natural. Conocer ese orden era posible solamente a partir del acto de distanciarse de él. Una vez objetivada la Naturaleza, le fue fácil al ser humano europeo interesarse en su orden espacial solamente como posibilidad de posesión y explotación. En el siglo XVI, Europa descubrió o más bien decidió que el asunto es hacer y no ser.
Desde el siglo XVIII, la razón que ya venía desalojando a los sentidos en el modelo de percepción y representación, fue definitivamente entronizada. El ser humano occidental creyó dejar de ser parte de la naturaleza, pasando así a ser sujeto y el orden espacio-temporal natural, un objeto tratado como gran problema matemático, en el cual sólo lo medible es verdad. La percepción fue reducida solamente a lo visual y la cosmovisión totalizadora fue reemplazada por una instrumentalización racional, fragmentada y espacializada de la realidad. Todo ello posibilitó convertir a la Naturaleza en objeto de acción y posesión desmesurada. Desde entonces fue normal identificar la verdad con la utilidad, la cognición con la tecnología y el tiempo con el dinero.
La concepción extractiva de la Modernidad ilustrada acerca del orden espacio-temporal natural , ha traído como consecuencia en el siglo XX, un hiper-desarrollo técnico y un lamentable subdesarrollo moral que amenazan ya la vida terrestre. Con todo, dentro de esta situación, el diseño ha avanzado extraordinariamente con el soporte tecno-científico, abriendo posibilidades inimaginables; pero, el subdesarrollo moral ha impedido la realización del vislumbrado potencial. Las técnica ha sido la apariencia, la representación que encubre el vacío moral. Así las cosas, el fenómeno de la moderna humanidad es ser totalmente apariencia. No se hace visible en lo que representa, sino más bien se oculta tras esa representación..
Esa Modernidad ilustrada, favorecida por el eurocentrismo, ha sido llevada hasta los confines del planeta mediante la expansión universalizante del capitalismo. Sin embargo, ese objetivo universalizante no ha sido plenamente logrado. Su historia en el siglo XX es también la historia de las sobrevivencias premodernas, estratégicamente alcanzadas mediante hibridaciones culturales.
En la diversidad de regiones y culturas del planeta, la identidad entre ser y orden espacio-temporal, resiste a este proceso modernizante. Es el caso de América Latina, donde persisten modelos premodernos de percepción y representación del orden espacio-temporal. Dentro de esta situación podemos también ubicar y explicar históricamente a la implantación de la Arquitectura Moderna dentro de las culturas regionales latinoamericanas. En la modernización ilustrada de su espacio, el sentimiento lucha contra la razón, el pertenecer a la Naturaleza forcejea con el hacer en contra de Ella; el protagonismo de los sentidos en el acto creativo permite los asombros intensos, las expresividades desbordantes por encima de la racionalidad fría y calculadora. En su territorio, inmensas extensiones cubiertas por bosques tropicales húmedos testimonia todavía el esplendor ordenado y armónico de la biodiversidad.
Quizás, por todas estas razones, en América Latina la posición más comprometida con la historia moderna, es la de ser antimoderna. Sólo así es posible encontrar el camino hacia una Modernidad Latinoamericana.
I.- EL MARCO HISTORICO GENERAL.
1.- LA IMPOSICION DE MODELOS DE LA CONQUISTA MEDITERRANEA A LA MODERNIZACION EUROCENTRISTA.
"Hacer un nuevo mundo parece a muchos más difícil, -y difícil es vivir- que revivir fórmulas caducas que mantienen el brillo de los productos europeos. Los fondos de quinientos años parecen, y son, recónditos, abismales, inconmensurables, insondables, profundos, desafiantes. Sólo hay algo definitivo: Que América no es España, ni Portugal, ni Inglaterra, ni Francia, ni latina, ni africana, ni india, ni criolla. Es otra cosa y punto"
Germán Arciniegas.
La época moderna es aquella donde se producen los más grandes y audaces intentos de imposición universalizante de modelos de percepción y representación de la realidad de unos pueblos sobre otros. Así, por ejemplo, a partir de 1492, el mundo Mediterráneo fue impuesto en América. La gran empresa de la conquista fue un forcejeo entre la fantasía hispano-mora y la realidad del Nuevo Mundo. El modelo de percepción y representación del conquistador estuvo caracterizado por una ficción mitificadora (el Reino de los Omaguas, el País del Meta, el Tesoro Escondido del Inca, la Casa del Sol, el Dorado, etc.) que posibilitó la reducción, subvaloración, deformación y encubrimiento del orden espacial natural americano. La crisis de este modelo era inevitable y su consecuente fracaso se produjo a todo lo largo del continente y del siglo XVI.
A partir de ese siglo, desde el fracaso mismo expresado en la impotencia y derrota total del español frente a la Naturaleza, surge la intuición de la presencia de algo que no se ha querido ver. Poco a poco, dentro de la enorme diversidad geográfica de las regiones del Nuevo Mundo, va produciéndose, por vez primera, el desenmascaramiento de las realidades ocultas bajo el modelo de percepción y representación mediterráneo y a su vez se va motivando el acercamiento positivo hacia el orden espacio-temporal natural de cada región. El reduccionismo y la subvaloración, propios de las mentes enajenadas por la obsesión del oro y el botín, va cediendo su lugar al reconocimiento, aprecio y hasta poetización de lo diferente a su mundo mediterráneo, como ocurre en la obra literaria de Alonso de Ercilla. Por vez primera emerge una conciencia hispanoamericana.
El orden espacial construido por el español va incorporando la experiencia nueva de este acercamiento a la realidad americana. La arquitectura mediterránea inicial, va siendo enriquecida en los siglos XVII y XVIII por incorporaciones y reelaboraciones propias del orden espacio-temporal natural existente en cada región.
Uno de estos casos ocurre en el valle del río Cauca, remota y casi olvidada región del imperio español, donde tanto el alejamiento geográfico y cultural con España, como el mestizaje etno-cultural con lo africano y lo indígena, han permitido una lenta reelaboración del modelo mediterráneo de percepción y representación de la realidad, Tal reelaboración llega hasta el punto de abandonar, en sl siglo XVIII, la tres veces milenaria organización de la arquitectura en torno a un patio enclaustrado, reemplazándola por una arquitectura de amplios corredores periféricos, protegidos por grandes y sombreados aleros. Se abandona un orden espacial introvertido, propio de las geografías áridas o semiáridas del mediterráneo, por uno nuevo, extrovertido y sensible a las delicias ambientales y estéticas del orden espacial natural vallecaucano.
Tan importante acontecimiento se produce en el diseño y construcción de las haciendas de trapiche de esa región azucarera, cuya forma y contenido se prolongan hasta comienzos del siglo XIX. Cuando se produce la independencia de España, se genera un rechazo a "lo anterior", a "lo viejo", "lo mediterráneo", en momentos precisamente vacíos de condiciones culturales, como para elaborar una propuesta nueva de transformación del espacio. Este es el caso de las mencionadas haciendas, las cuales fueron perdiendo su originalidad en ese siglo, incorporando cada vez más influencias europeas, tales como la simetría, el retorno al patio, etc. Finalmente, después de muchas décadas de difícil situación económica, tratando de abrirse paso en el nuevo orden económico mundial regido por el librecambismo, el joven Estado colombiano decide, finalizando el siglo XIX, transformar este mundo colonial del pasado, en una realidad nueva y con esa intención utiliza, por vez primera, la palabra modernización.
Esta modernización no es otra cosa que el intento de aplicar en la naciente sociedad colombiana, la modernidad ilustrada que tan exitosamente han encarnado Inglaterra, Francia y los Estados Unidos.
Semejante decisión no se da a partir de un proceso endógeno de redefinición, reelaboración y actualización de su joven historia, de cimentación en la diversidad cultural regional reconocida especialmente en el proceso independista, sino de un intento de suplantación con ese modelo normativo, absoluto del ser moderno europeo, ese bloque conceptual cerrado pero con pretensión de validez universal y solamente interpretable y traducible por quienes lo construyeron por dentro.
Sin embargo, tal modelo no es realmente aplicado en su verdadera magnitud. Dentro del período histórico conocido como la Regeneración (1886-1930) se hace una modernización amañada, una aplicación formal, no de contenido. No se producen las grandes transformaciones sociales y económicas que han permitido a Europa imponer la pujante creatividad de la nueva burguesía industrial en los sitios de poder, destruyendo y sepultando definitivamente los privilegios de la nobleza terrateniente y del clero. No ha ocurrido el proceso de formación histórica de una burguesía industrial que plantee e imponga una nueva concepción del ser humano, mediante los derechos del hombre y del ciudadano.
La organización social permanece con sus injustos privilegios y desequilibrios, pero en cambio modifican algunos aspectos de su orden espacial, en un territorio de latifundios, habitado por campesinos analfabetas; se construyen carreteras y ferrocarriles, conectando las zonas de producción de materias primas con los puertos de embarque hacia los países industriales, pero en cambio las regiones interiores siguen aisladas entre sí. El diseño de esta modernización se reduce inicialmente a maquilar los desnudos paramentos urbanos coloniales con toda la parafernalia de ornamentos eclécticos, que hacen marco a la "belle époque"; pero el orden espacial funcional heredado de la colonia, sigue siendo el mismo. Más adelante, el Estado construye edificios de servicios para la comunidad, con un ropaje formal ecléctico europeo, incomprensible en cuanto a sus significados originales, pero creando, eso sí, una escenografía modernizante. Se trata de una modernización a base de enmascaramientos de la realidad. Es el comienzo de la inautenticidad y la mentira que va a caracterizar el pensamiento y la acción del sector dirigente nacional a todo lo largo del siglo XX.
El amanecer del siglo XX reviste caracteres poéticos; se pretende ser lo que históricamente no es ni ha sido. Después de un siglo XVIII, en el cual la creatividad arquitectónica comenzaba a aflorar promisoriamente, a partir de la valoración de ese orden espacial natural, se vuelve a caer, como a comienzos del siglo XVI, en un nuevo modelo de percepción y representación de la realidad, basado en una ficción mitificadora: la Modernización y el Progreso Ilustrados.
El objetivo de implantar esta nueva fición mitificadora, va a contemplar dos nuevos intentos a lo largo del siglo XX. El primero se dará hacia la década del 30, con la llamada "Revolución en Marcha", y se prolongará con el desarrollismo de las décadas siguientes. El segundo, apenas está comenzando bajo la llamada Apertura Económica. En todos estos intentos, el aumento de la injusticia social y sus secuelas de miseria y corrupción, han opacado la presencia de los relucientes edificios y construcciones modernizantes, y ha desenmascarado el mito y la ficción.
En todo caso, la implantación de este modelo de ficción mitificadora, va a ser realizada dentro de una situación cultural que no es homogénea, sino por el contrario, diversa en las distintas regiones y sectores de la población colombiana. Esta diferenciación va a permitir explicarnos los aconteceres posteriores de la introducción de la Arquitectura Moderna, en la ciudad de Cali.
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