Criada por una madre medio loca interesada en la magia, Morwenna Phelps crece en Gales entre los espíritus que han convertido su ciudad en una ruina industrial




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Criada por una madre medio loca interesada en la magia, Morwenna Phelps crece en Gales entre los espíritus que han convertido su ciudad en una ruina industrial y solo consigue liberarse de su cruda realidad a través de las novelas de ciencia ficción. Sin embargo, cuando su madre intenta invocar a los espíritus oscuros Mori se ve forzada a enfrentarse a ella en una batalla mágica que la deja lisiada de una pierna y provoca la muerte de su hermana gemela.

Tras irse a vivir con su padre, al que apenas conoce, acaba en un internado, donde se siente sola y aislada. Sometida a las burlas de sus compañeras y al desprecio de los maestros, sólo encuentra refugio en los libros y en un intento desesperado por conseguir amigos a través de la magia, experiencia que la pondrá en contacto con su madre y con espíritus que era mejor no invocar.

Jo Walton

Entre extraños

ePUB v1.0

Darkinmysoul 06.11.13

Título original: Among others.

Jo Walton, 2012.

Traducción: Francisco García Lorenzana.

Editor original: Darkinmysoul (v1.0)

ePub base v2.1

Para todas las bibliotecas del mundo,

y para los bibliotecarios que las atienden día tras día,

prestando libros a la gente.

«Er' perrehnne».

URSULA K. LE GUIN, La rueda celeste

-¿Qué consejo le daría a su yo más joven, y a qué edad?

-En cualquier momento entre los diez y los veinticinco: «Va a mejorar. En serio. Realmente ahí fuera hay gente que te gustará y a la que gustarás».

FARAH MENDLESOHN, Livejournal, 23 de mayo de 2008

Jueves, 1 de mayo de 1975

La factoría de fornacita de Abercwmboi mató todos los árboles a tres kilómetros a la redonda. Lo medimos con el cuentakilómetros. Parecía como si algo surgido de las profundidades del infierno, negro y amenazador, con chimeneas de fuego, se reflejase en un estanque negro que acababa con todos los pájaros o animales que bebían en él. El hedor era indescriptible. Siempre subíamos los cristales de las ventanillas del coche cuando teníamos que pasar cerca e intentábamos contener la respiración, pero el abuelo decía que nadie puede contener la respiración durante tanto tiempo, y tenía razón. El olor era una mezcla de azufre, que como todo el mundo sabe es un producto del infierno y, aún peor, metales calientes y de nombre impronunciable y huevos podridos.

Mi hermana y yo lo llamábamos Mordor y nunca habíamos estado aquí solas. Teníamos diez años. Aun así, por muy mayores que fuéramos, al bajar del autobús y empezar a mirarlo nos cogimos de las manos.

Estaba anocheciendo y al acercarnos a la factoría, esta se alzó más negra y más terrible que nunca. Tenía seis de las chimeneas encendidas; cuatro expulsaban humos nocivos.

-Seguramente es un artilugio del Enemigo -murmuré.

Mor no quería jugar.

-¿De verdad crees que va a funcionar?

-Las hadas estaban seguras -respondí lo más convincente que pude.

-Lo sé, pero a veces no sé hasta qué punto comprenden el mundo real.

-Su mundo es real -protesté-. Aunque de un modo diferente. Un ángulo diferente.

-Sí. -Ella seguía mirando la fornacita, que crecía y resultaba cada vez más terrorífica a medida que nos acercábamos-. Pero no sé hasta qué punto comprenden el ángulo del mundo cotidiano. Y esto se encuentra desde luego en este mundo. Los árboles están muertos. No hay un hada en kilómetros a la redonda.

-Por eso estamos aquí -repliqué.

Llegamos a la alambrada: tres filamentos desvencijados, solo el de arriba con púas. Una señal decía: «Solo personal autorizado. Cuidado con los perros». La puerta se encontraba al otro lado, muy lejos, fuera de la vista.

-¿Hay perros? -preguntó Mor.

Ella tenía miedo de los perros, y los perros lo sabían. Algunos perros muy cariñosos que jugaban conmigo se enfurecían con Mor. Mi madre decía que era un método que podía utilizar la gente para rechazarnos. Podría haber funcionado, pero como solía ser habitual en ella, era terroríficamente malvado, un poco alocado y nada práctico.

-No -respondí.

-¿Cómo lo sabes?

-Si nos vamos ahora, todo habrá sido inútil, después de pasar por todo esto y llegar tan lejos. Además, es una misión y no puedes abandonar una misión porque les tengas miedo a los perros. No sé qué dirían las hadas. Piensa en todas las cosas que tiene que superar la gente cuando realiza una misión. -Sabía que no iba a funcionar. Seguí avanzando mientras hablaba y la oscuridad crecía a nuestro alrededor. Su mano apretó con más fuerza la mía-. Además, los perros son animales. Incluso unos perros guardianes bien entrenados hubiesen bebido el agua y habrían muerto. Si realmente hubiera perros, habría al menos un par de cuerpos de perro junto a la laguna, y yo no veo ninguno. Es un farol.

Pasamos arrastrándonos por debajo de la alambrada, aguantándola en alto por turnos. La laguna calmada era como un peltre antiguo sin pulir y reflejaba las llamas de las chimeneas como rayas sinuosas y engañosas. Por debajo de ellas había luces, unas luces que iluminaban el trabajo del turno de noche.

Aquí no había ninguna vegetación, ni siquiera árboles muertos. Las cenizas crujían bajo nuestros pies, y la porquería y los escombros amenazaban con hacer que nos torciéramos los tobillos. Parecía que fuéramos los únicos seres vivos que hubiese por allí. Los puntitos como estrellas de las ventanas que había en la colina que teníamos delante parecían ridículamente fuera de nuestro alcance. Teníamos una compañera de escuela que vivía allí. Una vez habíamos asistido a una fiesta y pudimos percibir el olor incluso dentro de la casa. Su padre trabajaba en la planta. Me pregunté si ahora estaría dentro.

Nos detuvimos junto a la orilla de la laguna. Estaba completamente quieta; no se percibía ni el más leve movimiento en el agua. Busqué la flor mágica en mi bolsillo.

-¿Tienes la tuya?

-Está un poco aplastada -respondió Mor, al tiempo que la sacaba.

Las miré. La mía también estaba un poco aplastada. Nunca lo que estábamos haciendo me pareció tan infantil y estúpido como allí, de pie en el centro de aquella desolación, junto a una laguna muerta, sosteniendo un par de pimpinelas aplastadas que las hadas nos habían dicho que matarían la factoría.

No se me ocurrió nada apropiado que decir.

-Bueno, ¡una, dos, tres! -recité, y con el «tres», como siempre, tiramos las flores a la laguna sombría, donde se desvanecieron sin provocar ni siquiera una onda.

No sucedió nada. Entonces, un perro ladró a lo lejos y Mor se dio la vuelta y echó a correr; yo también me di la vuelta y corrí tras ella.

-No ha ocurrido nada -comentó, cuando ya habíamos llegado de nuevo a las calles, después de cubrir la distancia de vuelta en menos de la cuarta parte del tiempo que habíamos tardado en recorrer el camino de ida.

-¿Qué esperabas? -pregunté.

-Que la fornacita se derrumbase y se convirtiera en un lugar vacío -respondió en el tono más serio imaginable-. Bueno, eso o los ucornos.

No había pensado en los ucornos y lo lamenté.

-Creía que las flores se disolverían y que se producirían unas ondas que se expandirían, y entonces se derrumbaría, y los árboles y la hiedra la cubrirían mientras estábamos mirando, y la laguna se transformaría en agua de verdad, y vendría un pájaro y bebería, y entonces aparecerían las hadas, nos lo agradecerían y lo ocuparían todo como si fuera un palacio.

-Pero no ha ocurrido nada en absoluto -repitió, y suspiró-. Mañana les tendremos que decir que no ha funcionado. Vamos; ¿volvemos a casa andando o esperamos el autobús?

Pero había funcionado. Al día siguiente, el titular del Leader de Aberdare era: «Cierra la planta de fornacita: pérdida de miles de empleos».

Explico primero esta parte porque es corta y concisa, y tiene sentido, mientras que buena parte de lo que sigue no es tan sencillo.

Piensa en esto como en unas memorias. Piensa en esto como en una de esas memorias que quedan después desacreditadas para horror de todo el mundo porque el autor mintió, y resulta ser todo de un color, un género, un tipo y un credo diferentes de los que había hecho creer a todo el mundo que eran. Yo tengo el problema contrario. He de luchar para evitar que suene demasiado normal. La ficción está bien. La ficción te permite seleccionar y simplificar. Esta no es una historia agradable ni una historia fácil. Pero se trata de una historia sobre hadas, así que tienes la libertad de pensar en ella como en una historia de hadas. De todas formas, no te la vas a creer.

Muy privado

¡Este no es un libro de vocabulario!

«Et haec, olim, meminisse iuvabit!».

VIRGILIO, Eneida

Miércoles, 5 de septiembre de 1979

-Para ti será estupendo estar en el campo -me dijeron-. Después de venir... bueno, de un sitio tan industrializado. La escuela está en medio del campo, y hay vacas, hierba y aire saludable.

Querían deshacerse de mí. Enviarme a un internado era perfecto, pues así podían pretender que yo no existía en absoluto. Nunca me miraban directamente. Miraban a través de mí, o lo hacían de reojo. Yo no era el tipo de pariente que habrían elegido si les hubieran dado la posibilidad de escoger. Él tal vez me podría haber mirado; no lo sé, yo no lo puedo mirar directamente. Le sigo dirigiendo miraditas de reojo, para familiarizarme con él, con su barba, con el color de su cabello. ¿Se parece a mí? No lo sabría decir.

Eran tres: sus hermanas mayores. Había visto una fotografía de las tres, mucho más jóvenes pero exactamente con las mismas caras, vestidas de damas de honor y con mi tía Teg a su lado con un aspecto tan marrón como una baya. Mi madre también estaba en la foto, con su horrible vestido de novia de color rosa -rosa porque era diciembre y nosotras nacimos el junio siguiente, y ella debía de sentir un poco de vergüenza-, pero él no estaba. Ella lo había arrancado. Lo había arrancado, cortado o quemado de todas las fotografías de la boda después de que saliera corriendo. Nunca había visto una imagen de él, ni una siquiera. En Jane de Lantern Hill, de L. M. Montgomery, una chica cuyos padres están divorciados identifica a su padre en una foto del diario a pesar de que no lo conoce. Después de leer esto, miramos algunas fotos, pero nunca tuvieron ningún efecto sobre nosotras. Para ser honesta, la mayor parte del tiempo no pensábamos demasiado en él.

Incluso estando en su casa, me sentía casi sorprendida de que fuera real, él y sus tres hermanastras mandonas que me exigían que las llamara tía.

-Tita no -recalcaban-. Tita es vulgar.

Por eso las llamaba tía. Se llamaban Anthea, Dorothy y Frederica, lo sé como sé un montón de cosas, aunque algunas de ellas son mentira. No puedo confiar en nada de lo que me dijo mi madre, al menos hasta comprobarlo. Sin embargo, algunas cosas no se pueden comprobar en los libros. En cualquier caso, conocer sus nombres no me sirve de nada, porque no las puedo diferenciar, así que no las llamo tía algo, sino solo tía. Ellas me llaman Morwenna, de un modo muy formal.

-Arlinghurst es una de las mejores escuelas femeninas del país -comentó una de ellas.

-Nosotras también fuimos allí -metió baza otra.

-Fue una época muy feliz -sentenció la tercera. Así extendían lo que estaban diciendo, lo que parecía ser una de sus costumbres.

Yo me quedé de pie frente a la chimenea apagada, mirando hacia arriba bajo el flequillo y apoyada en el bastón. Eso era otra cosa que tampoco querían ver. Detecté lástima en una de las caras cuando bajé del coche. Odio que ocurra eso. Me habría gustado sentarme, pero no lo iba a pedir. Ahora aguanto mejor de pie. Mejoraré, digan lo que digan los médicos. Ansío tanto correr que a veces mi cuerpo me duele más de deseo que por el dolor de la pierna.

Me di la vuelta para distraerme y me quedé mirando la chimenea. Era de mármol, muy elaborada, y estaba decorada con ramas con hojas de abedul de cobre. Todo estaba muy limpio, pero no era demasiado práctico.

-Así que te vamos a comprar los uniformes en Shrewsbury, hoy mismo, y te llevaremos mañana -concluyeron.

Mañana. Desde luego, no pueden esperar a librarse de mí, con mi feo acento inglés, mi cojera y, lo peor de todo, mi existencia inconveniente. Yo tampoco me quiero quedar. El problema es que no tengo ningún sitio a donde ir. No te dejan vivir sola hasta los dieciséis; eso lo descubrí en el Hogar. Y él es mi padre, aunque no lo haya visto nunca. En cierto sentido, estas mujeres son realmente mis tías. Eso hace que me sienta más sola y mucho más lejos de casa que en cualquier otro momento anterior. Echo de menos a mi verdadera familia, la que me ha abandonado.

El resto del día lo dedicamos a las compras, con las tres tías, pero sin él. No sé si eso me alegraba o me apenaba. El uniforme de Arlinghurst se tenía que comprar en una tienda especial, como mi uniforme del instituto. Estábamos tan orgullosas cuando aprobamos el examen de reválida al finalizar la educación primaria... Decían que éramos la flor y nata de los valles. Ahora todo eso pertenece al pasado, y en su lugar me obligan a asistir a ese internado de lujo con sus extrañas normas. Una de las tías tenía una lista y compramos todo lo que figuraba en ella. Desde luego, no dudan en gastar dinero. Nunca nadie se había gastado tanto en mí. La lástima es terrible. Buena parte de lo que compramos eran equipos deportivos. No les dije que no los iba a usar en un futuro próximo, ni quizá nunca. Intenté evitar esa idea. Me he pasado toda la infancia corriendo. He ganado muchas carreras. La mayoría de las carreras escolares se habían decidido entre las dos, dejando muy atrás a todos los demás. El abuelo había hablado alguna vez de las Olimpiadas, fantaseando, pero las había mencionado. Decía que nunca habían participado unas gemelas en los Juegos Olímpicos.

Cuando llegamos al tema de los zapatos surgió el problema. Dejé que me compraran zapatos de hockey, zapatos para correr y zapatillas de lona para hacer gimnasia, porque los podía usar o no. Pero cuando se trató de los zapatos del uniforme, los de diario, las tuve que parar.

-Uso un zapato especial-las informé, sin mirarlas-. Tiene una suela especial. Lo tienen que fabricar en una ortopedia. No me podéis comprar zapatos así como así.

La dependienta confirmó que no podíamos comprar los zapatos del modelo de la escuela. Nos enseñó un zapato escolar. Era feo y no se diferenciaba demasiado de los zapatos macizos que llevaba yo.

-¿No puedes andar con estos? -preguntó una de las tías.

Sostuve el zapato escolar en las manos y lo miré.

-No -respondí, dándole la vuelta-. Tienen tacón, mira. -Era indiscutible, aunque probablemente la escuela pensaba que era el tacón mínimo que debía llevar una chica adolescente que se preciara.

No tenían intención de humillarme por completo cuando se pusieron a discutir sobre los zapatos, sobre mí y sobre mi suela especial. Me tuve que convencer de ello mientras seguía allí como una roca, con una media sonrisa dolorosa en la cara. Vi que querían preguntar cuál era el problema que tenía en la pierna, pero las miré desafiante y no se atrevieron. Que ocurriera esto, y presenciarlo, me animó un poco. Se rindieron con los zapatos y dijeron que la escuela lo tendría que comprender.

-No se trata de que mis zapatos sean rojos y glamurosos -comenté.

Eso fue un error, porque entonces las tres se fijaron en los que llevaba. Son zapatos de lisiada. Me dieron a elegir entre zapatos de señora para lisiadas negros o marrones, y elegí los negros. Mi bastón es de madera. Era del abuelo, que sigue vivo, pero está en el hospital, intentando recuperarse. Si mejora, es posible que pueda volver a casa. No es probable, siendo realista, pero es la única esperanza que me queda. Tengo mi anillo de madera colgado de la cremallera de la rebeca. Se trata de un trozo de árbol, con corteza, procedente de Pembrokeshire. Lo tengo desde hace mucho tiempo. Lo toqué, para acariciar la madera, y vi que me estaban mirando. Vi en sus caras qué era lo que veían ellas: una adolescente pequeña, extraña, con el cabello de punta y lisiada, con un trozo de madera desgastada. Pero lo que deberían haber visto eran dos niñas que irradiaban confianza. Yo sabía lo que había pasado; ellas, no, y nunca lo habrían comprendido.
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