Colección La Siringa






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fecha de publicación04.02.2016
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LA INFERIORIDAD DEL NATIVO



El viejo Manzione se había establecido con obraje, a prin­cipios de siglo, en Añatuya. El ritmo pausado de los hacheros santiagueños con su lentitud nativa, le agitaba la sangre de indignación. Un día, cansado del ritmo monocorde y lento de las hachas santiagueñas sobre el tronco de los quebrachos, se fue a Buenos Aires y reclutó una cuadrilla de italianos recién llegados, en el Hotel de Inmigrantes.

Todo cambió. La música de las hachas aceleró su ritmo y el quebrachal se estremeció ante el empuje avasallador de Europa, que multiplicaba el golpe y llenaba de redobles el eco de la selva...

Pero a los pocos días la cuadrilla se había disuelto y unas cuantas verdulerías más, multiplicaban el comercio minorista de Añatuya, hasta entonces dominio exclusivo de los siriolibaneses.

Volvió la selva a la música hachera de los santiagueños, que lenta pero seguramente, la iban aboliendo, para que los rieles importados estiraran su sueño de distancia sobre el sue­ño de quebracho de los durmientes. (Se me ocurre un símbolo de cómo debió ser y no fue: asentar lo nuevo sobre lo viejo y fuerte).

Los piamonteses y napolitanos del Hotel de Inmigrantes aprendieron pronto lo que los "turcos" de Santiago habían aprendido antes y se dedicaron al comercio, al menudeo para conciliar clima con sus técnicas, hasta que paulatinamente fueron adquiriendo las costumbres y modos santiagueños, y terminaron por serlo, y más sus hijos, y más sus nietos. Como había ocurrido con los conquistadores españoles, que también lo aprendieron.

Vaya usted y vea las cuadrillas de santiagueños en la junta de maíz, en el más benigno clima del Litoral, y ni piamonteses, ni napolitanos, ni siquiera los mismos criollos del Litoral, se les acercan en el número de bolsas a los venidos del Norte. Vaya usted ahora a la siderurgia de San Nicolás y pregunte si hay mejores trabajadores que los correntinos, san­tiagueños y tucumanos que constituyen el grueso de la pobla­ción obrera. O vaya usted y póngaseles a la par, hacha contra hacha, en la picada del quebrachal. Permítame, después, una sonrisa.

Pero el "culto" seguirá creyendo que es una cuestión de raza o de herencia cultural, confundiendo cultura con alfabeto y no con el producto de la vida en determinado medio geográfico e histórico.

Casi estaría por decir a esos "cultos", que las técnicas más difíciles son las primitivas. Yo puedo largar un "cabecita negra" en Londres y se va a "defender". Me gustaría ver có­mo se comporta el intelectual en un rincón de la selva virgen. Eso sí, le puedo decir que con un peón se puede hacer un trac­torista, pero con un tractorista no se puede hacer un peón ga­nadero.

Así son los hechos y de nada sirven los libros sin el cono­cimiento práctico de los mismos; o peor, sirven para confun­dir. ¿Pero esto me da derecho a mí para pensar que el santiagueño es superior al milanés o al napolitano? De ninguna ma­nera. Incurriría en la misma zoncera de mi interlocutor. Son las condiciones del medio y las del sujeto en su formación his­tórica, las que permitirán decidir de su aptitud o no. Pero es­to le resulta muy difícil de entender a nuestros antirracistas de exportación.

En El medio pelo en la sociedad argentina bajo el subtí­tulo, "La inmigración en el medio rural" me he referido al con­traste tan traído y llevado a la supuesta superioridad del "gringo" sobre el nativo como trabajador, cuando en realidad se trata de la aptitud técnica correspondiente a los distintos estadios sociales a que nativos e inmigrantes pertenecen en un momento de transición.

He tomado allí como punto de partida aquel verso magis­tral de Martín Fierro cuando relata con inusitada ternura la dramática situación del gringuito cautivo. Creo necesario aquí reiterar en otros términos lo que allí se dijo:

"Había un gringuito cautivo

que siempre hablaba del barco

y lo augaron en un charco

por causante de la peste:

tenía los ojos celestes

como potrillito zarco."
He aquí al gaucho matrero refugiado en los toldos, víc­tima de todas las miserias, constreñidos al último rincón de su infelicidad, revuelto "entre perros, indios y lanzas". Sin embargo se compara con el gringuito cautivo de los ojos celestes y lo protege con la comprensión de su debilidad: "Tenía los ojos celestes / como potrillito zarco", y "siempre hablaba del bar­co", es decir de su mundo del que había arrancado para esta otra vida americana, brutal y para la que no estaba preparado.

Antes de ese momento el gringuito era el fuerte; el gau­cho el débil.

Traslademos ahora la acción de este verso a un escenario más amplio.

El gringo, con la técnica y el estilo de vida de su país de origen, se incorpora a la sociedad de la pampa.

¿Es superior o inferior?

Ya sabemos lo que ha dicho nuestra "intelligentzia".

Desde luego no es superior allí en la toldería. Tampoco es superior en el fortín, como el "napolitano" contratado de que también habla Fierro. No es superior en ninguna de las artes que corresponden a la sociedad en que el gaucho se for­mó y a la que pertenece. No sabe hacer un corral de palo a pique, ni quinchar un rancho, ni hacer "chorizo" para sus pa­redes, ni domar un potro, ni entablar una tropilla, ni arrear una tropa, ni orientarse por las estrellas o por los pastos, ni seguir un rastro.

El gringo es un inútil y desde su superioridad técnica el gaucho lo ha de mirar entre despectivo y compasivo, según la ocasión. Esta del verso ha sido la de compadecer; la del napolitano en el fortín la de despreciar, o la del organillo.

La sociedad que se asienta en la ganadería ha creado sus técnicas que prolongan la mano en el lazo y en el cuchi­llo y permite dominar la naturaleza desde el caballo; su co­nocimiento es la sabiduría de la pampa.

Cuando aparece el trabajo agrícola la situación es otra. El gaucho de la pampa ignora la agricultura, y digo el de la pampa porque no ocurre eso en el de las zonas de regadío. La técnica de la agricultura ha sido imposible antes del alam­brado, en un país poblado de innúmeros yeguarizos y vacu­nos donde el cultivo no se puede proteger contra su invasión. El gringo en cambio domina esa técnica que aprendió en el país de origen y esa es toda la superioridad agrícola del grin­go sobre el gaucho, que es la misma superioridad del gaucho sobre el gringo, cuando se trata de la ganadería vacuna. Ni el hombre gringo ni el hombre gaucho carecen de aptitudes; só­lo que cada uno posee aquellas en que fue formado, las jerar­quiza como superiores y tiene un concepto despectivo en lo que no figura en sus tablas de valores.

Sólo la ejercitación en la nueva técnica podrá decir quién es inferior y eso se verá mucho más adelante cuando la vida arroje al gaucho a la necesidad del trabajo agrícola que lógi­camente subestima como sobreestima lo que sabe, es decir el trabajo ganadero. Entonces el croto, el criollo, peón de aradas y cosechas, aprenderá y reemplazará al gringo linyera o golondrina en el trabajo estacional de la agricultura. Y también se hará chacarero. Más tarde será el "cabecita negra" y entra­rá al conocimiento de las altas técnicas de la mecánica, la elec­tricidad, la construcción, la siderurgia, etc. Esto ni lo podían presumir los que habían partido del supuesto básico de la inferioridad y no del análisis de las condiciones objetivas propi­cias o adversas del desarrollo de las aptitudes.

Aún más: tampoco resultará inferior el gringo débil o su hijo tal como lo ve Martín Fierro en la estrofa citada, cuando haya aprendido las técnicas de la ganadería.

Mi padre fue matrero en la Revolución del 80. Muy jovencito —quince años— se alzó en su pueblo del oeste con el resto de la mozada huyéndole a Arias que hacía la leva para traer defensores a Buenos Aires. (Pepe Rosa me ha dicho que el combate de Olivera se da en nuestra historia como una de­rrota de Arias, cuando fue en realidad una hábil maniobra por que la fuerza derrotada era un pequeño contingente que tenía una función diversionista que cumplir mientras, a reta­guardia de la misma y sobre el flanco el grueso de la leva se­guía hacia Buenos Aires, donde Arias entró con 3.000 reclu­tas incorporados a la defensa).

En una ocasión, ya anochecido, los matreros fueron aler­tados de la presencia de un piquete de tropa. Allí fue el apu­ro por "agarrar caballo". Y mi padre comentaba siempre, rién­dose: —"Los vieran a los gringos cómo lloraban lo que no sa­bían cómo agarrar caballo a oscuras". Esto era para él, hijo de gringo, un signo evidente de inferioridad, y cuando yo le objetaba que me encontraría en el mismo apuro atinaba a de­cir que también yo era un agringado.

La anécdota prueba una vez más la relatividad de los conceptos: mi padre, hijo de inmigrantes, había adoptado el punto de vista del gaucho desde que había adquirido la técni­ca del mismo y también sus tablas de valores. Lo cierto es que no se hizo rico, como no se hacía el gaucho, y debía necesariamente hacerse el gringo o su hijo, conforme a su superio­ridad sobre el nativo.

Pero aquí tocamos otra cosa que ya no se refiere al domi­nio técnico de la naturaleza: la inferioridad del gaucho para el comercio.

Por encima del gaucho se ha conformado una sociedad comercialista y capitalista; el gringo proviene de ella y cono­ce perfectamente la transacción y el valor acumulativo del di­nero. El gaucho ignora hasta la propiedad de la tierra. Se ha formado en donde ésta es "res nullius", o por lo menos desier­to, y su economía es una economía primaria de autosatisfacción fundada en la parquedad de sus necesidades y en la pro­visión por la naturaleza y por sus aptitudes ganaderas, de las cosas esenciales. El dinero es necesario a lo sumo para los vi­cios y elementales urgencias; no tiene valor acumulativo por­que no tiene destino, y sólo puede proporcionarle los lujos del apero y la tropilla. La plata y el oro, aún amonedados, son el adorno de su cuchillo o de su tirador. No concibe lo comer­cial y el comercio no forma parte de su vida; es un incidente con vistas a procurarse cosas de consumo o de uso, nada más.

Lógicamente, mostrador por delante, el gringo lo vence siempre y lo vencerá en todo lo que se vincule con sus apti­tudes para la sociedad capitalista. ¿Puede, de aquí, deducirse una inferioridad? Sí, para determinado tipo de sociedad; pero puede ser superioridad para otro.

Pero aún dentro de la sociedad capitalista su inferioridad no es congénita ni determinada por el medio geográfico, sino por la realidad de su formación económica y social.

Lógicamente instaurada una sociedad de tipo capitalista y comercialista, como ocurre, el gringo le ha de llevar ventaja, porque el país que se construye ha tenido en cuenta al gringo y no al nativo. Lo mismo pasa en la colonización, como trató de demostrarlo Hernández en sus trabajos cuando ella fue posible en la pampa, es decir, cuando el alambrado hizo posible salir de la propiedad latifundista que es un producto en gran parte de las condiciones de producción anteriores al cerco, cuando sólo la distancia y las aguadas hacían posible el aquerenciamiento de las haciendas y los apartes1.

De la supuesta inferioridad criolla2 también nace para nuestra "intelligentzia" las precarias condiciones de habilita­ción de los establecimientos ganaderos. Hudson ha sido en Allá lejos y hace tiempo quien ha explicado las condiciones objetivas que determinan esta particularidad del viejo campo argentino y sus pobladores, ajenas por completo al subjetivis­mo que importa suponer al criollo incapaz para el confort.

Dice Hudson que le llamó la atención ver que las estan­cias del siglo XVIII presentaban rastros de haber tenido bue­na casa, monte frutal y huerta, en tanto que las del siglo XIX carecían de todo esto, limitándose a unos pocos corrales y unos malos ranchos. La explicación que encuentra es la que sigue y que demuestra que el primitivismo puede ser una exigencia del medio.

Los primeros pobladores de estancias, procedentes de An­dalucía, Extremadura, etc., trataron de reproducir en las pam­pas las características de las fincas de su lugar de origen, pe­ro la experiencia fue enseñando poco a poco que el confort que retenía en la casa y el zapallo o el duraznero a cuidar robaban un tiempo necesario para el cuidado de las hacien­das, que en espacios ilimitados y con aguadas variables y di­seminadas, exigían estar a caballo permanentemente, porque una docena de duraznos o dos caballos podían costar la pérdi­da de 200 ó 300 cabezas de vacunos. Era la naturaleza de la explotación la que generaba los hábitos y no a la inversa, co­mo creen nuestros doctorcitos y muchos agronomitos3.

Igual pasa con los hábitos de vida.

Si usted va a pasar hoy unos días al campo y hace noche en una estancia lo despertarán a las cinco de la mañana al gri­to de "¡porteño dormilón!".

Después se sorprenderá por el hecho de que los que lo despertaron están hasta las nueve de la mañana tomando ma­te. Es que las rutinas de una técnica, aquí como en Europa, perduran durante mucho tiempo, después que ésta ha sido reemplazada. Antes del alambrado y del apotreramiento en cuadros chicos había que salir antes del sol para llegar al fon­do del campo con la fresca. Por lo demás, los pastos eran du­ros, y éstos se han reemplazado por los pastos blandos que se quiebran si se mueve la hacienda antes de que levante el ro­cío. No hace falta, ni conviene, pues, "mover el campo" tem­prano. En realidad el madrugón es una rutina a la que ayuda el acostarse en cuanto oscurece y el descanso de la siesta que superan la capacidad de sueño. Con la radio, y la televisión mediante, y también con la mayor lectura, ya no será necesa­rio madrugar tanto cuando el sueño se cabecee horas más tar­de.

Se podría ejemplificar de manera inacabable.

Baste lo dicho para mostrar lo que se dijo en la parte ge­neral de las zonceras de autodenigración, que refuerzan con el prestigio de "las ciencias", los discípulos de Adam Smith, de Bentham, Stuart Mill y otros de la pacotilla del primero en economía y de los ya citados detractores de lo americano o los excursionistas que los actualizan descubriendo taras lo­cales.

Todos de consuno se han empeñado en ignorar las condi­ciones objetivas del medio para imputar el atraso a condicio­nes subjetivas de manera tal que necesariamente nuestro pro­ceso de construcción moderna pareciera sólo posible por la exclusión masiva del criollo en razón de la supuesta inferiori­dad.
Zoncera N° 15

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