Colección La Siringa






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C) OTRAS ZONCERAS DE LA MISMA LAYA




Sólo agregaré dos, son también zonceras de autoridad, y el cazador de zonceras tiene aquí un ancho campo para lle­nar su morral. Como se verá en ella las zonceras de autoridad no se logra sólo con crearla; también con destruirla, es decir en convertir la autoridad en entidad negativa. Por ejemplo: fulano estuvo bien muerto porque lo mandó matar Mitre. Caso del General Costa. Zutano estuvo mal muerto porque lo mandó matar López Jordán. Caso del general Urquiza.

Es indiferente que sea Mitre o López Jordán el que man­dó matar. Lo importante es que se repita constantemente y sea herejía negarlo. Y que se termine también como conse­cuencia con que Mitre y Urquiza no mandaron matar nunca sin tener razón, cosa imposible en aquellos tiempos y en aque­llas condiciones, se trate de Mitre, de López Jordán, de Costa o de Urquiza.

Lo que importa es tapar el hecho con el cuerpo de la autoridad y esto es lo que lleva a agrandar unos y achicar otros. O silenciarlos.
Zoncera N° 23
I) "Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas".
José Mármol escribió Amalia y Amalia es una zoncera de punta a punta, lo que explica su inclusión destacada en la his­toria de la literatura argentina. Sin embargo, es útil como do­cumento, al igual que un hueso de plesiosaurio en un museo. En este sentido Amalia —una de las tantas contribuciones de las partes actuantes al conocimiento de un momento de nues­tro pasado— permite conocer la verdadera índole y pensamien­to de los expatriados de la "Primera Tiranía". Y explica por qué figura como literatura argentina, cosa tan marginal a la misma.

Esta manera de entrar en la literatura se intentó después de la revolución de 1955, es decir de la "Segunda Tiranía". En­tonces aparecieron las consiguientes "Amalias".

Sólo una de ellas, a la que me he referido incidentalmente en El medio pelo en la sociedad argentina, tuvo éxito de circu­lación con la particularidad de que su autor o autora —no lo tenemos bien presente—, no fue nunca expatriado, y más bien convivió y participó en la misma al lado de su padre que fue interventor en la Universidad del Litoral. En este caso la ten­tativa de escribir la Amalia correspondiente puede atribuirse a la necesidad de quemar la "cola de paja" ofreciendo a los vencedores como "chivos emisarios", la reputación de sus ex-­correligionarios, cosa comprensible para quien busca promo­ciones donde la promoción está en manos de los que administran la historia presente y pasada, y pretenden administrar la futura. Es una actitud lógica y se corresponde en lo literario a la actitud en lo social del "medio pelo".

Otro "Amalista" es el escritor Manuel Peyrou, que además es reincidente, tal vez porque el éxito no batió las alas sobre su espalda agobiada por la "persecución". El señor Peyrou su­frió mucho con la Segunda Tiranía, pues fue una de las vícti­mas de la nacionalización de los ferrocarriles, donde cumplía funciones de gacetillero, trasladándose a Montevideo cada vez que venía un personaje del Directorio de Londres, para pre­pararle los discursos. No se trata del sueldo —porque los ingleses no eran muy amplios con los nativos—, pero se perdió esos viajecitos que le daban durante unos días un mediopelesco status británico compartiendo inhabituales desayunos insu­lares que lo libraban del monótono café con leche indígena.

Pero estos Mármoles de segunda mano, como los de cuarto de baño que se llevan a las chimeneas, no han podido incor­porarse a la historia de la literatura, a pesar de que su calidad no es en definitiva inferior a la del modelo, pues los gustos y las ideas se han modificado, salvo entre las "señoras gordas". Sin embargo, no dejarán de ser útiles, también como piezas de museo.

Además les faltó a estos Mármoles el prestigio que dan "las cárceles y cadenas" con palidez de proscripto y todo. El poeta les lleva la ventaja de ser nuestro Silvio Pellico, aquel italiano de Miei prisioni.

Lo que sigue se refiere a la zoncera de Mármol que sirve de título ahora.

Hernán Maschwits, en Mármol y Rosas ("No ha de cre­erse en los poetas...") refiere lo que sigue en la "Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas" (n° 9, abril/mayo, 1942):

"Durante los viajes que realicé a La Plata más de una vez, me tocó hacerlo con el Dr. José Bianco... En cierto momento se habló de no sé qué opinión y se citó a alguien que era poeta. El Dr. Bianco dijo: “No ha de creerse en poetas, como dijo don Bernardo de Irigoyen”.

Picado por la curiosidad... le preguntó el por qué de esa frase... y me hizo el siguiente relato: “... Oí esta frase a don Bernardo y le pregunté lo mismo que hoy usted a mí. Me contó...

Era en los tiempos en que gobernaba el General Rosas... Mi padre me encargó que fuera a interesarme ante el Jefe de Policía, Victorica, por la suerte del poeta don José Mármol que había sido detenido...

Concurrí a entrevistarme con el Jefe... se me dijo que estaba muy ocupado... Me hicieron entrar a su despacho con la orden de esperar y no molestar... Cuál no sería mi sorpre­sa cuando vi que la ocupación era una partida de ajedrez que el Jefe sostenía con José Mármol.

Me limité a esperar... Terminado el juego, Victorica se dirigió a mí: —Buenas tardes, amigo, ¿qué lo trae por aquí?

Interesarme por el señor Mármol en nombre de mi pa­dre, pero ahora no lo creo necesario.

Victorica y Mármol rieron. El jefe me dijo amablemente: —Vaya, amigo, y dígale a don Fermín (mi padre) que Mármol está conmigo de calavera, pues se ha metido en amo­ríos con una dama y los parientes lo buscan con malas inten­ciones. En la primera oportunidad saldrá para el extranjero, a Río de Janeiro, donde está el General Guido...

Esto me contó don Bernardo de Irigoyen, y como me lo narró, se lo cuento..., terminó por decir el doctor José Blan­co". 1

Es muy posible que Mármol fuera antirrosista y enemigo de la "Primera Tiranía" como toda la juventud más o menos literata de la época, tan fubista como la de la "Segunda Tira­nía". Pero lo cierto es que nunca se ha dado otra explicación de cuándo, cómo y por qué fueron esas "cárcel y cadenas" de José Mármol y cómo pudo salir de ellas para expatriarse.

Usted se preguntará por qué razón Mármol recibía del "Primer Tirano Sangriento" y sus más destacados amigos un tratamiento tan preferencial. No es frecuente que el Jefe de Policía juegue al ajedrez con el preso, que se preocupe de sal­varlo de los frates de la seducida, ni prepararle el viaje nada menos que a Río de Janeiro.

Pero si usted me sigue, encontrará la explicación de esta aparente incongruencia.

Efectivamente, José Mármol partió de Buenos Aires para Río de Janeiro junto al general Guido, que era el Embajador de Rosas en aquella capital, tal como había prometido Victorica. En el Archivo del General Guido, además, está la carta que le dirige Belaústegui —cuñado y confidente de Arana, Mi­nistro de Relaciones Exteriores de Rosas— en la que le ad­vierte que hay allí personas de confianza del Embajador que hacen llegar documentos reservados, a poder de Itamaraty. Es­to motivó que el General Guido alejara de su proximidad a José Mármol y lo enviara a Montevideo, donde pasó a dirigir el periódico "La Semana", de oposición a Rosas.

En 1851, un brasileño nos dará la clave de las extrañas características de la "cárcel y cadenas".

Honorio Hermeto Carneiro Leao, enviado del Emperador del Brasil en Montevideo, encarga unos artículos contra Rosas en "La Semana", de Mármol. Informado el Ministerio de Negocios Extranjeros brasileños, Paulino Soares de Souza le ad­vierte que Mármol es hijo de Guido, Honorio Hermeto se asom­bra y contesta: "¿Mármol filho de Guido? ¡Quién lo hubiese dicho!". (Missao Carneiro Leao, Archivo de Itamaraty, Río de Janeiro, F. I., secc. 06, vol. I, según investigación cuyos datos me da José María Rosa).

Que Mármol era hijo natural del General Guido, era co­sa que tenía estado público en Buenos Aires de esa época, y que evidentemente no se disimulaba por parte ni del hijo ni del padre. Así se explica que un amigo de Guido, el padre de don Bernardo, se interesara por el joven Mármol, y que otro amigo de Guido, Victorica, lo refugie en prisión —"cárcel y cadenas"— para ponerlo a recaudo de los efectos de su don­juanismo, pero en su despacho y jugando al ajedrez, y aún que se preocupe de su embarque al extranjero, a donde estaba su padre; y que luego su padre —Embajador de Rosas ante la corte imperial—, después de tenerlo consigo en la Embajada se deshaga de él por motivos que se deducen fácilmente y lo envíe a Montevideo. Y que de todo esto se entere por vía oficial el agente brasileño en Montevideo, después de haberlo contratado para atacar a Rosas.

Puede agregarse que mucho después la relación entre Már­mol y los Guido —los hijos legítimos del General y en par­ticular el poeta Carlos Guido Spano— fue habitual y nunca se disimuló la naturaleza del vínculo. Más aún. En los últimos años de su vida Mármol vuelve a aproximarse a la línea his­tórica, ya completamente derrotada, de sus familiares, tal vez ya curado o avergonzado de sus devaneos fubistas.

Ratificando que Mármol era hijo del General Guido, recibí después de la 1ª edición de este libro la carta que sigue:
Buenos Aires, 4 de diciembre de 1970.
Señor doctor ARTURO JAURETCHE.
Distinguido doctor:
Aún cuando no tengo el gusto de conocerlo, sino a través de sus publicaciones y de las referencias de amigos comunes, le dirijo estas líneas que supongo han de interesarle.

He sabido que a raíz de no se qué trabajo sobre José Mármol, usted ha afirmado su casi completa seguridad de que aquel era hijo natural del general Guido, circunstancia a la que debió su viaje a Brasil y la suavidad de sus invocadas "cárcel y cadenas".

Puedo decir algo sobre el particular. Hace ya cerca de cuarenta años escuché a mi abuelo materno, Máximo Gervasio del Mármol, la misma cosa. A una pregunta mía sobre el grado de parentesco que nos unía con José Mármol, me con­testó que ninguno; que era hijo natural del general Guido y que éste así lo reconocía privadamente y que el apellido lo había adoptado por haberse criado en la casa de Miguel del Mármol e Ibarrola —abuelo de mi abuelo— quien era muy amigo de Guido.

Por supuesto que lo que antecede sólo tiene valor de tradición oral de mi familia. Repito lo que oí directamente de boca de quien, evidentemente, repetía a su vez lo que le deben haber contestado cuando hizo la misma pregunta.

Espero poder conocerlo personalmente y saborear su con­versación. Hasta entonces, distinguido doctor, reciba las ex­presiones de mi más alta consideración.2
PEDRO MARIO GIRALDI.
Es historia vieja que podría ser actual. Pueden cambiarse los personajes por otros que anclan por estas calles de Dios, por hijos legítimos y naturales —del punto de vista patriótico contra naturaleza— que han jugado también al pálido proscripto y también arrastran cadenas —éstas más bien sobre el ab­domen que en los tobillos.

Para que se incorporen sus zonceras respectivas a la his­toria oficial haría falta tiempo y pedagogía. Esta la hay, pero no hay tiempo ni audiencia para semejantes paparruchas.

Por ahora, basta conocer el origen de esta zoncera.
Zoncera N° 24

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