Colección La Siringa






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fecha de publicación04.02.2016
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VI) Mercado tradicional. Comprar a quien nos compra



Ningún argentino, "ni ebrio ni dormido" permitirá que se compare nuestro "bifacho" con cualquier otro.

El turista regresa dispuesto a apabullarnos con compara­ciones disminuyentes para el país, que se van haciendo más ácidas a medida que pesan las cuotas del crédito habilitador del viaje, que amargan con su persistencia el regusto del paseo.

Le han mostrado y ha visto solamente aquello en que la comparación nos deprime. Si se trata de relojes la compa­ración se hace con Suiza, si de literatura con Francia, si de pintura con Italia, si de técnica con Estados Unidos. Nun­ca es con los gansters de Chicago o con el problema negro, ni con los sórdidos campesinos franceses o con la miseria del Sur de Italia, ni con el humor de Franz y Fritz o los campos de concentración o con el East End de Londres, porque sólo ha visto el West End. El cotejo está siempre referido a aquello en que nos superan, nunca a aquello en que nosotros supera­mos. Siempre es entre las luces y las sombras que ha visto, o, tal vez mejor, que no ha visto. Desde el snob al tilingo es siem­pre la misma la actitud. Pero hay una cosa en que justamente les sale el guarango a todos: es el "bifacho"

—"¡No; bifes como los nuestros no hay! ¡Pobres de ellos con sus vitelos, sus terneras, su roast-beef! ¡Bueno! Este último no es tan malo porque seguramente es argentino".

Y lo que dice el turista se repite en el diario, en el libro, en todos los medios de comunicación de masas, como ahora dicen.

— ¡Sí!, viejo... no veía la hora de comer un bifacho al uso nostro! —dice el castizo porteño, mientras se le afirma a la parrillada.

También lo cantaron los poetas. Así Lugones:
"Cantemos la excelencia de las razas

que aquella sangre indígena mejora

con el marmóreo Durham de los premios,

con el Hereford rústico que asocia

a la belleza de su manto rojo

en blancura total cabeza y cola.

Con la negra nobleza que propala

el Polled-Angus de cabeza mocha.

.....................................................................

Los lustrosos novillos de la ceba

que aumentarán la exportación cuantiosa."
El poeta madrugó un poco. Por eso se le escaparon el Shorthorn y el Aberdeen-Angus que vinieron después.

Tampoco imaginó, en su ingenuo nacionalismo, que con­tribuiría a poner un eslabón más en esta cadena del mercado tradicional.

Organizada nuestra ganadería en función de un solo mer­cado de exportación, la cabaña propagó las razas que ese mer­cado, y sólo ese mercado exigía. A su vez la producción se adaptó a ese mercado que exigía no sólo raza sino un tipo, un peso, un estado de preparación que sólo podrían lograrse a través de los campos de invernada.

De aquí resultó la actual estructura de nuestra ganadería: la cabaña que hace las razas para el consumo del mercado tradicional y el criador que las multiplica y vende los terneros al tercer término que es el invernador, que los prepara para el frigorífico, que exporta al mercado tradicional.

Cualquier cambio de mercado importa modificar esta es­tructura, cosa que debe impedir el cabañero y el invernador porque están organizados solamente para el mercado tradicio­nal.

A su vez el criador, que constituye el grueso de la gana­dería, siendo el más importante productor rural está obligado a producir para un solo mercado, que es su mercado tradicio­nal como consecuencia del otro mercado tradicional: el inver­nador. Este aparece entonces como el más alto escalón de la producción cuando en realidad es el más bajo de la comercia­lización: una prolongación del frigorífico en el campo, es de­cir de Smithfield, a quien tradicionalmente éste provee. Por­que el invernador es sólo productor en cuanto a los kilos de aumento; pero esencialmente es un comerciante que compra terneros y esa es la base de su actividad ganadera que es una intermediación necesaria entre cría y exportación: la prepara­ción del novillo.

Con esto solamente quiero, por ahora, señalar que el mer­cado tradicional ha originado formas tradicionales de produc­ción en cuanto a las razas y en cuanto al novillo destinado a exportación, con lo que se ha construido un circuito cerrado: los invernadores necesitan del mercado tradicional, y también los cabañeros porque sus cabañas están hechas para servir a éste. Salir de él altera todo su sistema de producción.

Mientras el mercado tradicional estuvo en su apogeo la consecuencia bajista de tener un solo mercado de exportación se trasladaba exclusivamente a los criadores, y al país en ge­neral en cuanto sufrimos la influencia de las imposiciones del comprador único. Las bajas de precio, los invernadores las transferían a los criadores y a los demás participantes de la producción ganadera; y también al resto del país, aprovechan­do su preeminencia política para completar lo del mercado

tradicional con lo de comprar a quien nos compra, círculo ce­rrado que excluye la posibilidad de abrir nuevos mercados y aún la de desarrollar nuestro mercado interno desde que éste, en sus consumos, era mercado de quien nos compra.

Así la zoncera mercado tradicional y su complemento, comprar a quien nos compra, en lugar de contener la solución de nuestros problemas económicos es la que impide su solución, porque los sectores dirigentes de la ganadería —que hasta ahora han sido casi siempre los sectores dirigentes del país—, no actúan en función de una política nacional sino en función de la política que les dicta el mercado tradicional. Y esto sig­nifica la división internacional del trabajo llevada a su extre­mo más perfecto: la estructura dependiente de la granja —que había querido Cobden— manejada con un solo renglón que permitía el manejo de la clase dirigente de la Argentina.

En cabañeros e invernadores esta política antinacional pudo parecer congruente con sus intereses particulares, pero como todas las zonceras ha terminado por volverse ahora con­tra sus sostenedores, que sufren las consecuencias de una es­tructura de producción exclusivamente para un mercado. Es que éste ahora se retrae de sus compras al exterior para des­arrollar su abastecimiento doméstico.

Esto lo pudieron advertir en la Sociedad Rural cuando los tratados de Ottawa. Desde ese momento el precio dejó de re­gir el comercio internacional en el Imperio Británico, pues de hecho éste pasó a la economía mercantil. Era el momento de que los intereses ganaderos comprendiesen su comunidad con los demás intereses nacionales, pero prefirieron que se los ads­cribiese con una cuota al mercado tradicional para continuar en este circuito cerrado cada vez más restringido. Este fue el sentido real de la frase pronunciada por el Vicepresidente de la República, Julio A. Roca, en Londres, al firmar el tratado Roca-Runciman cuando dijo que "la Argentina formaba parte virtualmente del Imperio Británico",

Los abastecedores del mercado tradicional —cabañeros e invernadores— o mejor dicho sus grupos dirigentes y toda la prensa cipaya, contentos con un tratamiento de Dominio, fue­ron incapaces de percibir que al fijarse una cuota se excluía el libre juego de los precios, y la posibilidad de aumentar la producción para el mercado tradicional porque un aumento en la oferta inevitablemente producía efectos bajistas en un mercado restringido por la cuota1. Y no sólo no lo compren­dieron sino que apoyaron todas las creaciones antiprogresistas que constituyen el "Estatuto Legal del Coloniaje", sancio­nado como complemento del Tratado Roca-Runciman. Así la coordinación de transportes urbanos y rurales, la creación del Banco Central organizado por Sir Otto Niemeyer para sacarle al Estado el manejo del crédito y la moneda y las Juntas Re­guladoras destinadas a detener la expansión del mercado in­terno. La política de estancamiento del país que todo esto significaba importaba costos más bajos por la nobleza interna y el mantenimiento de una estructura exclusivamente agro­pecuaria. ¿Hasta cuándo?

Hasta que la política iniciada en Ottawa se fuera amplian­do con el estímulo a la producción doméstica de carnes —no necesariamente vacunas—, lo que permitiría reducir la cuota. Y por último hasta la incorporación al Mercado Común Euro­peo que asegure en el mercado continental una participación de la industria británica a cambio de la de los aportes de car­nes que complementen la producción doméstica.

Sin embargo, es explicable que esta zoncera haya prospe­rado durante un largo tiempo. Alberto Methol Ferré (Geo­política de la Cuenca del Plata, Bs. As., 1973) nos va a ex­plicar cuál es la razón del momento transitorio en que nace la zoncera mercado tradicional. Es lo que llama "la paradoja rioplatense de nivel de vida desarrollado y estructura económica subdesarrollada" que corresponde a una época de nuestra ga­nadería.

"Dentro del mercado mundial uniconcéntrico las zonas ganaderas constituyen un sector privilegiado. Su destino ha sido distinto al clásico de las explotaciones coloniales: Aus­tralia, Nueva Zelanda, Argentina, Uruguay. Se erigen como testigos de un aparente mentís a las ideas de un imperialismo industrial expoliador. Son zonas agropecuarias en que el pro­greso ha sido indudable"... "La razón del éxito es sencilla: por su propia índole la explotación ganadera —provista de campos fecundos y baratos—, exigiendo la inversión mínima po­sible de trabajo social, y hasta de inteligencia social, engen­draba zafra a zafra la más alta producción de excedentes con una demanda europea creciente por el ascenso del nivel de vida en que confluían la industrialización, el saqueo colonial y el poder de los sindicatos."

"No se trató de arrancar una plusvalía al trabajo, de acuer­do a la altura técnica de una sociedad dada, sino de apropiar­se del factor espontaneidad (la naturaleza, la phisiocracia). Se ha sostenido que somos hijos de un gigantesco rendimiento del trabajo rural. Pero lo cierto es que el rendimiento estaba más del lado de la naturaleza que del hombre. La ganadería fue en el Río de la Plata una especie extraordinaria de auto­mación biológica, una maravillosa cibernética natural. Por eso, con las necesidades en alza del mercado consumidor europeo y el transporte a vapor y frigorífico, Argentina y Uruguay se beneficiaron de una enorme renta diferencial a su favor. El Río de la Plata generó así, sin mayor esfuerzo ni sacrificio so­cial, la más alta renta agraria. Esto le permitió disponer, sin necesidad de una revolución industrial propia, de un enorme sistema de servicios y un nivel de vida que sólo aparecía po­sible en los grandes centros industriales. Una sociedad fundamentalmente agropecuaria, exportadora de materia prima, con consumo y hábitos de sociedad industrial. Su subdesarrollo no impedía adquirir un nivel desarrollado."

A pesar del derroche de esa renta diferencial y su no reinversión en otras actividades porque no convenía a la po­lítica del mercado tradicional, y de gran parte de esa renta diferencial se apropió el aparato de transporte y la colonización extranjera, cosa que refiero en El medio pelo en la sociedad argentina, el producto era barato para el consumidor inglés en relación al costo doméstico con lo que resultaba una sub­vención al asalariado industrial. Por otra parte, los países en plena revolución industrial necesitaban la mano de obra rural en las ciudades, y así la pequeña Inglaterra adorada por Chesterton con sus alquerías, granjas y aldeas, vio convertirse su campo en cotos de caza, canchas de golf y parque de casti­llos, porque su campo estaba en el Río de la Plata o en Nueva Zelanda. Pero la incorporación de la electricidad a la in­dustria, la producción en serie, la automación y la cibernética ya no reclaman tanta mano de obra asalariada y tienden a re­clamarla cada vez menos. Parte de ella pasa a constituir cla­ses medias en actividades comerciales, administrativas, servi­cios, publicidad, técnicas, etc., que la nueva estructura econó­mica origina, pero el más bajo nivel comienza a ser excedente urbano. Además, la hipótesis de guerra ya no permite subor­dinar la alimentación a los recursos ultramarinos; todo concu­rre para que las metrópolis procedan a acelerar el desarrollo de su economía doméstica de alimentos, los subvencionen y los protejan de la competencia importada. Tal vez empezó a enterarse de esto el general Onganía cuando a seis meses de haber dicho que había que consumir menos para exportar más, dijo que "se acabó el país de las vacas y del trigo". (Esto del trigo no es completamente cierto si por trigo se entienden los granos. Porque en las metrópolis no se dan aquellas extraor­dinarias condiciones de producción del Río de la Plata, y el aumento de la producción doméstica de animales de carne reclamará importar más raciones para éstos. Hay aquí una perspectiva favorable a las futuras exportaciones agrícolas, con lo que se tiene que producir este fenómeno: la ganadería de la pampa húmeda debe irle cediendo lugar a la agricultura, a la que desplazó antes en gran parte, y correrse hacia el Norte y el Oeste, donde es posible una ganadería para paladares me­nos exigentes que los tradicionales, con la ayuda de los sor­gos como reserva de invierno, en las zonas de lluvia sólo de verano).

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