Colección La Siringa






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títuloColección La Siringa
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fecha de publicación04.02.2016
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PALABRAS FINALES




Hasta aquí llegó mi amor. Vamos a dejarle ahora la pa­labra a otro. Bernard Shaw dice en el prefacio de la Vuelta a Matusalén, Ed. Sudamericana, 1958, pág. 13, "¿Hay alguna enseñanza en la educación?".

“La respuesta habitual es que debemos educar a nuestros maestros, esto es, que debemos educarnos a nosotros mismos. Debemos enseñar ciudadanía y ciencia política en la escuela. Pero, ¿debemos enseñarla? No hay debemos que valga, pues la dura realidad es que no debemos enseñar ciencia política o ciudadanía en la escuela. El maestro que intentara enseñar­la se vería pronto en la calle sin dinero y sin alumnos, si no en el banquillo de los acusados y defendiéndose contra una acusación, pomposamente redactada, de sedición contra los explotadores”.
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"Así, el hombre educado es un fastidio mucho mayor que el ineducado: en realidad, es la ineficiencia y la falsía del as­pecto educativo de nuestras escuelas... la que nos salva de estrellarnos contra las rocas de la falsa doctrina en vez de ir a la deriva en la comente de la mera ignorancia. A través del maestro no hay salida."

Como se ve, el mal no es exclusivamente nuestro. No com­parto el pesimismo de Shaw, aunque más de una vez he seña­lado la ventaja en eso de "ir a la deriva en la corriente de la mera ignorancia". Pero eso es sólo aquello de que "para se­mejante candil más vale estar a oscuras". Porque aquí, entre nosotros, no se trata de la mera ineficiencia de la educación, sino del deliberado propósito de que sea eficiente para los fi­nes perseguidos por la "colonización pedagógica" al difundir las zonceras como premisas inevitables de todo razonamiento referente al interés de la comunidad. Confiemos —y la expe­riencia nos es favorable según es hoy el sentir de la mayoría de los argentinos— que es ineficiente en ese aspecto y lo será mucho más a medida que vayamos identificando las zonceras que se ven de premisas a todos los razonamientos que el apa­rato de la superestructura cultural maneja, mucho más influ­yentes hoy que con la escuela, con los progresos técnicos de los medios de comunicación.

La vacuna es fácil. Consiste en identificar la zoncera, se haga o no el concurso que me promete mi editor.

Para que anote sus primeras piezas de colección siguen unas páginas en blanco y lavadas.

Métale, lector, pues queda para usted la tarea de conti­nuar...

Le recuerdo que este "Manual" es un simple muestreo.


1 Con este propósito, "fablar en roman paladino", se vinculan mis frecuentes redundancias, que han motivado la crítica de algunos lecto­res, tal vez demasiado "aligerados", y que no piensan en que hay otros más lerdos. Las exige el difícil arte de escribir fácil, como ya lo he dicho en otra ocasión. No pretendo ejercer magisterio, pero no puedo olvidar, como la maestra de grado, que se debe tener en cuenta el nivel medio y no el superior, así que pido a los "más adelantados" que sean indulgentes y más bien que ayuden a los otros en esta tarea en que estoy. Además, redundar es necesario, porque el que escribe a "contra corriente" de las zonceras no debe olvidar que lo que se publica o se dice está destinado a ocultar o deformar su naturaleza de tales. Así, al rato nomás de leer lo que aquí se dice, el mismo lector será abrumado por la reiteración de los que las utilizan como verdades inconclusas.

También es intencionado el paso frecuente de la primera persona del singular a la primera del plural. Aspiro a no ser más que un instru­mento de una conciencia colectiva que se hace punta en la pluma del que escribe y que la transición se produzca espontáneamente, según me diluyo, al escribir, en la multitud. El escritor, como el poeta —según dijo Bergamin hablando de Machado, si la memoria no me engaña— no habla para el pueblo sino por el pueblo. Se logra, si, diciendo de sí dice de nosotros, y entonces la cuestión se reduce a saber si hay algo más que un cambio de pronombres en este caso.

Además, debe permitírseme esa licencia. En esta lucha larga y no motorizada venimos de un viejo galope... y con caballo de tiro. Cuan­do me apeo del yo, hago la remuda en el nosotros. Y los dos están sudados.

1 Julio Mafud dice al respecto:

"Fue un error irreparable para los primeros pensadores no aceptar, de principio, que la realidad americana no era inferior, sino distinta.. .". "Llama barbarie a todo lo que era americano", "no era una actitud de definición sino de rechazo."

Aquí explica el autor el contraste que hay en Sarmiento. Como li­terato "pinta al gaucho en Facundo con humanidad y simpatía". Así la descripción enamorada del baqueano, del cantor, del rastreador. Aún del mismo Facundo: "Ve en ellas al hombre grande, al hombre de genio a su pesar, sin saberlo él, el César, el Tamerlán, el Mahoma". Pero pro­pone su exterminio cuando "el gaucho no se ajusta a sus esquemas polí­ticos y militares". Así: "No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos", dice también Sarmiento.

Lo mismo pasa con la religión, con los hábitos, con la geografía, con todo. Es el conflicto entre el país como es y el país como tiene que ser según la ideología. Lo explica también Mafud: "Hay un elemento que es necesario aislar, para comprender los modus mentales de esos hombres que se constituyeron a través de la cultura europea: ésta estaba basada y sustantivada sobre abstracciones". Y agrega Mafud: "Lo único que era específicamente europeo, sin antecedentes en América, era la idea del progreso y ésta sólo podía tener vigencia en América si se negaba el pasado y el presente. El futuro era Europa: progresar era salir de América para entrar en Europa. De aquí la insistencia de la negación americana y la ansiedad por ser europeos. Esta pauta histórica provocó un método que luego se hizo norma. Se sustituyó la realidad por la abstracción". Es decir, se violentaron las leyes naturales. Trae aquí Mafud una curiosa cita de Martínez Estrada que no puede ser más certera: "Todos nuestros dictadores son, en verdad, restauradores de las leyes naturales."

Esta frase es una prueba más de la canallería intelectual de Martí­nez Estrada, pues revela como toda su obra la fuga de la realidad y su necesario análisis histórico, buscando otras explicaciones a lo que tiene bien en claro en lo íntimo de su inteligencia: así su horror por los dictadores es un simple acomodamiento a la dictadura intelectual de la “intelligentzia” para asegurarse los provechos de la fama, los premios y “ainda mais”, como tantos otros.


1 Es interesante constar la opuesta actitud del periodismo de la Argentina y el de los países vecinos. Cualquier actitud afirmativa de nuestra soberanía provoca inmediatas imputaciones imperialistas en el periodismo de los vecinos, que no hayan su réplica en el nuestro. Fuera de que todo esto comprueba la existencia de una política anti-argentina dirigida desde el exterior, y unificada por encima de los limítrofes, este silencio del periodismo local, por lo menos para contestar las imputaciones de sus colegas, revela además de que está bajo la misma dirección, la actitud correspondiente a la zoncera que comentamos. Así, por ejemplo, desde 1955 cualquier movimiento de la flota o la gendarmería dentro de nuestras aguas o territorio es una actitud imperialista de los “gorilas". De 1945 a 1955 las mismas cosas eran actitudes imperialistas del peronismo. También interesa señalar frente a estas dos posiciones de la prensa chilena, que mientras los "gorilas" en épocas del peronismo, se hacían eco de esos disparates hostiles al país, los reproducían y hasta difundían los libros de los profesionales agentes de la inculpación, como un tal Magnet, ampliamente conocido y financiado, aquí los peronistas nunca han utilizado esos ataques del país como pretextos.

Una de dos: o los peronistas tienen mejor conciencia nacional por­que han superado la zoncera, o los otros utilizan la zoncera con malicia. Yo creo que es lo primero por la evidente superioridad intelectual del Común sobre lo que se llama "intelligentzia".


2 Y este Roca era hijo del otro, que salvó la Patagonia. Pero éste fue "más educado". ¿Por eso?...

3 Sarmiento en "Crónica", 11 de noviembre de 1849, Santiago de Chile, dice:

"Es preciso reconcentrar sus fuerzas en poco espacio para tener poder, es preciso aumentar la población para ser fuerte y entonces imponerle la ley a los vencidos". La consecuencia es que había que dejarse vencer para poder ser vencedores después, principio que no se concilia muy bien con la zoncera de que la victoria no da derechos, pero que sirvió para achicar el país y ofrecerle la Patagonia a Chile.

¿Y esta imagen de Sarmiento imponiendo la ley a los vencidos —a los países cuya separación promoviera— cómo se concilia con el Sar­miento que nos han vendido?

Esta cita la trae Rojas en El Profeta de la Pampa, mostrándolo como contrafigura de Rosas, quien hubiera dicho, siempre según Rojas:

"Es preciso conquistar Tarija, Magallanes, Montevideo y Paraguay."

Pero en el caso de Rosas se trató de no perderlos; en el de Sar­miento, de conquistarlos después de haberlos perdido deliberadamente, pues se trata de una estrategia: retroceder para avanzar después. ¿Cuán­do, cómo y por qué?

Rosas era el "imperialista" argentino, como lo será después otro, simplemente porque se opone a otros imperios. No acepta la disgrega­ción como hecho definitivo, pero sólo lucha para que no se ahonde y consolide y espera de la voluntad de los pueblos la unificación en el interés común. Sarmiento es el que habla de vencerlos después de haber contribuido a crearlos a expensas del conjunto. Es que su sistema no es “sistema americano” de don Juan Manuel, sino el europeo de los conquistadores. En última instancia achica para hacer Europa; después de hecho Europa en América habrá que hacer como Europa, conquistar que es el criterio que aplicó Mitre en la guerra del Paraguay, pero con­quistando para los Braganzas.

4 En Ejército y Política, la Patria Grande y la Patria Chica, hago un paralelo destinado a cotejar las dos distintas políticas territoriales y de población que han presidido la conducta del Brasil y la Argentina, y digo:

"En 1907 Euclydes Da Cuuha contempla el espectáculo de la Ar­gentina agrícolo-ganadera moviéndose en su progreso a un ritmo acele­rado pero no le asusta el ritmo más lento del Brasil, y dice: Léase la historia de la Confederación Argentina después de la fase tumultuaria de la Independencia y resultará, en nítido relieve, este contraste con la nuestra: nosotros tuvimos que formar en un largo esfuerzo de selección telúrica el hombre para vencer la tierra; ella tuvo que transformar y vi­talizar la tierra para vencer al hombre."

Agrego que nosotros no decidimos por la urgencia achicando el espacio y sustituyendo al hombre, ellos se dedicaron a agrandar su espacio y a adecuar su hombre. Dos políticas opuestas, una de corto pla­zo y otra de dimensiones históricas. Nosotros nos dedicamos a hacer la civilización contra la barbarie. Ellos se dedicaron a hacer el Brasil con civilización y con barbarie sobre la propia realidad. Ellos se movieron en medidas concretas nacionales; nosotros en medidas conceptuales abs­tractas y municipales concretas.


5- Vamos a comprobar cómo aún ahora, actúa subconscientemente el hábito de pensar según esta zoncera.

Está usted en su propio confesionario y sólo ante usted mismo. Pregúntese cómo reaccionó cuando un grupo de muchachones, el "Co­mando Cóndor", hizo su incursión a las Islas Malvinas o cuando voló hasta ella Miguel L. Fitzgerald: ¿se sintió solidario con la aventura o sólo simuló sentirlo de dientes para afuera? ¿O en realidad consideró molesto el hecho?

Pero vamos a objetivizar el test utilizando a un tercero.

El Almirante Guzmán, que ostenta con el título de Gobernador de la Tierra del Fuego, el de las Islas Malvinas, viajaba como pasajero del avión al que el "Comando Cóndor" obligó a desviar el rumbo.

¿Conoce la anécdota?

María Cristina Verrier, integrante del "comando", le preguntó al Almirante Guzmán:

—"Señor Gobernador de las Islas Malvinas, ¿le gustaría pisar en las mismas?"

—"Sería mi sueño" —contesta el Almirante.

—"Le advierto que dentro de poco usted podrá hacerlo, pues en este momento el avión pone rumbo a las Islas".

El Gobernador sonrió galantemente, pero dejó de hacerlo cuando pudo comprobar que el avión se internaba mar adentro. Entonces se puso serio... muy serio.

Según la información periodística, el Gobernador se desprendió del cargo y lo pasó al Comandante de la Nave. Lo positivo es que en nin­gún momento intentó un acto de posesión y jurisdicción; por el contra­rio, y sin ninguna protesta formal, ni acto de afirmación de su "imperium", desembarcó en el territorio de su gobierno y tomó relación con las autoridades británicas, como si hubiera descendido en la Luna o en Trapalandia.

No pretendo dictar normas, pero se me ocurre que pudo tomar el mando del grupo y hacer la afirmación que "los Cóndores" pretendían, o cualquier otra cosa, pero de ninguna manera ratificar con su posición pasiva la dominación británica. Y mucho menos quedar después en el cargo de Gobernador de las Islas Malvinas que había resignado de he­cho al aceptar sin protesta los actos de poder del Gobernador británico.

Es cierto que de hacerlo hubiera comprometido su posición oficial y tal vez su situación en la carrera. Tal vez también hubiera tenido que compartir la cárcel con "los muchachones" del "Comando Cóndor". Pero la vida es así, y los hombres, muchas veces, sin comerla ni beberla, se encuentran frente a la responsabilidad de la historia. El Gobernador Guzmán era además Almirante y estaba obligado a jugarse en ella. Prefirió salvar su gobernación y su retiro. Allá él. Además, ningún colega le pi­dió el "famoso tribunal de honor".

Pero olvidemos la gobernación y el grado, circunstancia calificante. Considerémoslo como si se tratara de un simple ciudadano argentino.

Entonces la única explicación que surge de su conducta es esa des­aprensión inculcada en el argentino de que nuestra reivindicación de las Malvinas es sólo cosa formal, de dientes para afuera, porque se trata de un territorio más en un país al que le sobra territorio, tanto que su extensión es un mal.

¿Pesó la zoncera en su conducta?

Es la única explicación.

¿Quiere usted hacer un test?

Propóngale a esta gente de la "intelligentzia" de izquierda a dere­cha, la hipótesis de una guerra por un motivo territorial, o cualquier otro de soberanía. La rechazará indignado, cuando no se reirá frente al despropósito.

Y sin embargo este sujeto, pacifista hasta la médula, es el mismo tipo que en las dos grandes guerras del siglo ha exigido que abandonásemos nuestra neutralidad e interviniéramos en las mismas, y aún hoy está dispuesto a ver con complacencia el envío de fuerzas nacionales al exterior para la defensa de la "civilización occidental". O se opondrá, pero en este último caso por razones ideológicas, tampoco nacionales. Simplemente porque simpatiza con los otros.

Esa es la mentalidad de Civilización y barbarie, que excluye todo motivo nacional porque lo nacional para él es lo ideológico, lo institu­cional, pero referido siempre a su modelo. El país suyo, su patria o la razón de motivos formales ajenos a su ser geográfico, humano y su des­tino propio. Lo estamos viendo con relación al espacio; en el capítulo II lo veremos con relación al hombre.

6 Conviene tener presente que al momento de la Independencia, el grueso de la población estaba radicado de Córdoba al Norte y mirando a Potosí, que era su centro económico. No sólo era más numerosa la población, sino que más fuertes los elementos culturales españoles, indí­genas y mestizos correspondientes a la barbarie. Esto explica la idea de Belgrano de construir una monarquía incaica, porque atendía a la rea­lidad del momento, y a la necesidad de atraer las masas más nume­rosas y que además eran las que libraban —de Tucumán hasta la fron­tera con el Perú— la guerra más dura y encarnizada, que ahora se ha borrado de nuestra historia conforme a los fines de la falsificación 1. La idea de Belgrano era discutible, pero no pueril, como nos dicen ahora para complementar la imagen de don Manuel como un "buenazo" con todas las implicancias de zonzo que ello apareja, y que es la que nos dan desde la escuela.

Al falsificar la historia se falsifica la geografía haciéndonos confundir la actual, que es lo que se salvó de Civilización y barbarie, con la de ese momento. Su límite Norte no estaba en la Quebrada de Humahuaca ni en el valle de Orán, sino en el lago Titicaca. El país de en­tonces bajaba de Potosí a Córdoba, recostándose hacia la cordillera en Catamarca, La Rioja y Cuyo y abriéndose apenas unas leguas al Este de Santiago del Estero. Córdoba era la cintura donde se apretaba en un ancho de pocas leguas entre la frontera del indio —que fluctuaba de Río Cuarto a Melincué y la frontera también india que desbordaba el Salado del Norte— para subir por Santa Fe y enlazar con el país del li­toral en la Mesopotamia, la Banda Oriental y gran parte del Río Gran­de y caer hacia el Sur hasta las costas del Salado bonaerense.

Las nuevas condiciones, con la incorporación de las pampas al mer­cado mundial van a determinar un nuevo equilibrio en que el Litoral pasará a primer plano, y esto está en la inercia de los acontecimientos. Pero la civilización quiere ganar tiempo al tiempo, lo que es legítimo si la urgencia no es contra natura. Otra cosa es cuando se la quiere crear artificialmente y se sacrifica el equilibrio para romperlo a favor de una construcción ideológica, que es lo que se hace.

Se pierde espacio para ganar tiempo, pero en el tiempo corto. En el tiempo largo lo así construido y que ha contrariado la geopolítica que creó el Virreynato termina por hacer sentir los efectos de la destruc­ción, no sólo de las posibilidades del gran país de todos sino de los que resultaron de la disgregación. Porque así Bolivia en realidad son dos países —el del trópico, bajo y vegetal, y el de la alta montaña mi­neral con sus poblaciones distintas e incomunicadas que se articulaban antes por la Quebrada de Humahuaca y Orán—, en la economía gene­ral de un país grande con todos los recursos. Igual ocurrió con la Ban­da Oriental que, desprendida y aislada de la unidad donde se integraba, resultó lo que estamos viendo: un país en que, pasado el interés de quien promovió su formación, se encuentra con las vías naturales de su expansión cerradas y con la responsabilidad dramática de ser, como di­ce Methol Ferré, la piedra clave de la bóveda con que la política bri­tánica armó lo heterogéneo sobre la destruida homogeneidad platense.
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