Colección La Siringa






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títuloColección La Siringa
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fecha de publicación04.02.2016
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Nota de nota: Manuel José Cortés en su Ensayo sobre la Historia de Bolivia nos dice: “No hay en el Alto Perú, ciudad aldea, bosque, ni montaña en que la sangre americana no haya corrido mezclada con la sangre española. De más de cien caudillos que se levantaron, sólo dos tomaron partido por los españoles, y sólo nueve sobrevivieron a la guerra de la Independencia: todos los demás perecieron, unos en el patíbulo y otros en el campo de batalla. Se los ha borrado de nuestra historia como si pertenecieran a una historia ajena en la maliciosa política histórica que a más de justificar la disgregación quiere que se olvide el hecho que señalo: que la guerra más dura de la Independencia fue esa que ya no es de nuestra historia”.


1 La insubordinación de Cochrane suele explicarse por la inconduc­ta del Almirante, que por otra parte habría entrado al servicio de Chile, después de ser "radiado" de la marina británica por motivos de digni­dad. La explicación, agraviante para Cochrane, es un pretexto para ocul­tar la política de Gran Bretaña con la inconducta del Almirante.

Las fotografías que se acompañan (ver imagen), prueban que el Almirante Cochrane está sepultado en Londres en la Catedral de Westminster, donde sólo van Ias grandes figuras del Imperio, y en lugar importante y destacado. Podéis ver la lápida cuya inscripción tenéis delante de los ojos y veréis que no es la que corresponde —como el lugar—a la versión corriente, sino la que conviene para un personaje históricamente reverenciado. Lo curioso es que no se den noticias de este hecho ni a través de las historias, ni las informaciones periodísticas, ni de los diplomáticos. Ni siquiera de los turistas que han pasado por esa Catedral. Es evidente que este silencio —que como se ve no lo hacen los ingleses—, va unido a todos los silencios destinados a ocultar la decisiva intervención imperial en nuestra política, y en este caso, de los factores determinantes del "Misterio de Guayaquil".

2-3 Es curioso que Alberdi le haga un cargo a San Martín en este particular. Es cuando hace la crítica a Mitre historiador. El cargo con­siste en decir que San Martín "empezó la campaña y la dejó al empezar. Digo empezar porque no sólo faltaba todavía libertar el Sur del Perú, sino el Norte del Plata, que debía ser el norte y el objeto principal de la campaña cuando se retiró del ejército". Alberdi ataca a Mitre pero en­cubre a Rivadavia, que es el autor de ese retiro, seguramente en fun­ción del pasado común en que ambos, Mitre y Alberdi, han sido conti­nuadores de aquél en la política del achicamiento, que el segundo cul­tivó hasta la guerra del Paraguay.

3 Esta es la situación de San Martín: "El ejército combinado de chilenos y argentinos se desmoralizó en aquella tierra lo bastante para que no se pudiera esperar de él cosa de provecho..." (Antonio José Irisarri, Historia crítica del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho. Ed. Casa de las Américas. La Habana). Jorge Abelardo Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana, ed. Peña Lillo, 1968, que trae la cita, nos dice que el mote puesto a San Martín era el de Rey José; su ministro Bernardo Monteagudo era acusado de "mulato", "sibarita", "ladrón" por la infatuada canalla del marquesado criollo. Sumad esto a la negativa de Rivadavia de todo apoyo en el Norte del Plata y la sublevación de Cochrane y comprenderéis que San Martín no puede ser más que un mero auxiliar de Bolívar en plena marcha triunfal y con un ejército po­deroso y disciplinado.

1 El cónsul norteamericano en Buenos Aires, John Murray Forbes escribía a Adams, secretario de Estado: "Esta ciudad recibió loca de alegría la más importante noticia del Perú que jamás haya conmovido el corazón de este pueblo... Salvas de artillería en el puerto, fuegos de artificios por todos lados y acordes musicales por todas las bandas, acompañados por aplausos y cantos patrióticos de centenares de ciuda­danos, por todos los ámbitos de la ciudad". Pero agregaba: "Hay per­sonas de alto rango que han recibido la gloriosa noticia con reacciones equívocas, consternados por el anuncio de los patriotas de una próxima visita del gran regenerador...". Poco tiempo antes los rivadavianos habían logrado que San Martín abandonara el país. El Deán Funes escri­be: "El General San Martín se halla aquí: es muy menguada la acogi­da que se le ha hecho. Parece que el 15 de este se embarca para Lon­dres llevando consigo a su hija".

Ante el estado de la opinión no hubo más remedio que acompa­ñar a los 33 de Lavalleja en su victorioso levantamiento y aceptar la in­corporación resuelta por los orientales en el Congreso de La Florida. Esto llevó a la guerra y la guerra a Ituzaingó.

1 En la siguiente zoncera se hablará con más extensión de la inter­vención inglesa de Lord Ponsomby y el plan británico de que la Banda Oriental no fuese ni argentina ni brasileña sino el apostadero comercial y naval previsto en la política del Imperio durante el siglo XIX: domi­nar los territorios mediterráneos por el dominio de sus bocas marítimas de salida del mercado mundial. El Emperador se resistía y también Dorrego, que no era sobornable. Luis Alberto de Herrera cita lo que Ponsomby escribió a la corte de Saint James: "Es necesario que yo proce­da sin un instante de demora y obligue a Dorrego a despecho de sí mismo a obrar en abierta contradicción con sus compromisos secretos con los conspiradores y que concierta en hacer la paz con el Emperador..." Encontró el modo de obligarle con el control británico del Banco Nacio­nal y los escasos directores argentinos del banco que eran unitarios; se desechaban todos los pedidos de fondos del gobernador Dorrego, según las Memorias del General Iriarte, tomo II, citas que transcribo de Jorge A. Ramos (op. cit.), que confirma el mismo Ponsomby más adelante: "Yo creo que ahora el Coronel Dorrego y su gobierno están obrando sinceramente a favor de la paz, bastaría una sola razón para justificar mi opinión: que a eso están forzados... por la negativa de la Junta (del banco) de facilitarle recursos, salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas".

Así los poderes financieros constituidos por Rivadavia y los suyos y manejados por los ingleses obligaron a Dorrego a firmar la paz. Después los mismos rivadavianos lo hicieron fusilar invocando la falta a que ellos lo habían obligado ante la imposibilidad financiera de sacar los frutos de la victoria militar.

2-3 2 En la misma arenga, refiriéndose Mitre al enfrentamiento de Rivadavia con Bolívar —los principios con la espada—, pondera también a Rivadavia porque se ha negado a concurrir al Congreso Hispano-Americano de Panamá propiciado por Bolívar, es decir, lo pondera porque se aísla de América. Esta política será continuada en el orden diplomáti­co por la oligarquía liberal y sus adversarios de las otras ideologías.

Cuando en ocasión de la primera Guerra Mundial —1914-1918— Yrigoyen afirmó la neutralidad argentina y quiso apoyarse en una polí­tica conjunta hispanoamericana promoviendo lo que se llamó "Congre­so de Neutrales" para que "en los próximos tratados de paz no se de­cida de nosotros como de los puertos africanos", también la pretensión fue ridiculizada por la "intelligentzia" por su retorno al principio ameri­canista de San Martín y Bolívar.

Partía del mismo concepto Argentina-Europa, y la negación de Ar­gentina-América. La permanente actitud de la diplomacia argentina con respecto al panamericanismo de cuño yanqui, con una reticencia que lo trabó siempre, era simplemente la proyección de la política inglesa. Esto explica que en la medida que el poder de Inglaterra es sustituido por el de los EE. UU., la oligarquía opte por una política panamericanista de EE. UU. para llegar a la O. E. A. ya toda la secuela de instituciones que relajan nuestra soberanía. No juega en este cambio una postura americana, sino una transferencia de poder que se opera del dominador anti­guo al nuevo, que poco tiene que ver con el destino de nuestra Améri­ca, o mejor dicho mucho que ver con su no destino.

3 Cuénteme entre los zonzos. "Anche ío sonno pittore". Para esa época de la guerra (1914-1918) yo comulgaba con todas estas zonceras pues era un mocito pretencioso imbuido de las mismas. Lógicamente estaba en contra de la neutralidad de Yrigoyen y, por supuesto, contra su Congreso de Neutrales de "South América". ¿Quiénes éramos nosotros para saber lo que nos convenía frente a los dictados de los países recto­ras de la civilización?

Porque entonces la civilización los incluía a todos —hasta a los ru­sos, que eran zaristas—, coincidencia que tal vez pronto veremos de nue­vo —la coexistencia mediante—. Los que estaban marginados ocasional­mente eran los alemanes con su Kultur que parece que no pertenecía a Occidente. Pero esa es otra historia que ya veremos. Para esas fechas yo era un pichón de intelectual. Después me vine abajo y ya llevo 40 años cayendo en la barbarie. ¡Y todo por haber descubierto las zonceras que llevaba adentro!


1 Esta zoncera fue publicada en Montevideo en la revista "Repór­ter" y posteriormente en el diario "Democracia" de Buenos Aires.

El historiador británico M. S. Ferns (Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. Ed. Solar Hachette, 1966), nos dice:

"Canning eligió para primer Ministro Británico en las Provincias Unidas del Río de la Plata a Lord Ponsomby, Vizconde Ponsomby de la nobleza de Irlanda. Se consideraba a Ponsomby el hombre más her­moso de los tres Reinos, y lo cierto es que había atraído la atención de Lady Conyngham, la favorita de Jorge IV... Canning decidió mostrar que Buenos Aires tenía una utilidad que bien podía apreciar su real amo". Y aprovechó los celos para dar destino en el Río de la Plata al buen mozo que, por cierto, no le quedó nada agradecido. Opinaba: "Es el lugar más horrible que haya visto y por cierto que me ahorcaría si encontrara un árbol lo bastante alto para sostenerme".

Sigue Ferns diciéndonos que, a pesar de ser una especie de Brummel y playboy, Ponsomby amaba apasionadamente algo más que a las mujeres: a la política. Y a falta de ladys de calidad metió el acele­rador a fondo en ésta.

Ya se ve que la nariz de Cleopatra también interviene en nuestra historia. Pero cuando la nariz de Cleopatra olfatea para el lado del viento.

Es lo que nuestro Juan Bautista Alberdi nos va a decir:

"Pero una tercera entidad más importante que los dos beligerantes se interpuso en la lucha y reclamó Montevideo como necesaria también a la integridad de los dominios. Esa entidad era la civilización. Ella también tuvo necesidad de que Montevideo fuera libre e independiente para campear en sus nobles dominios, que se extienden en todo el fon­do de América. Habló naturalmente por sus órganos naturales, la Ingla­terra y la Francia".

Alberto Methol Ferré (Geopolítica de la cuenta del Plata, A. Peña Lillo, editor, 1973, Bs. As ) comenta esta cita.

"No olvidemos que en el siglo pasado la civilización era el nombre del imperialismo. El Uruguay no es hijo de la frontera, sino del mar, y el mar era inglés. Éste necesitaba una ciudad hanseática: Montevideo y sus territorios".

Este mismo escritor uruguayo señala la correspondencia entre el en­foque británico y la intelligentzia local. Lord Canning dirá: "Los hechos están ejecutados, la cuña está impelida. Hispanoamérica es libre y, si nosotros sentamos rectamente nuestros negocios, ella será inglesa".

Lo corrobora Sarmiento: "La América está en vísperas de alzarse en medio del globo como el rico almacén en que todas las naciones industriales vendrán a proveerse de cuantas materias primas necesiten sus fábricas" (Editorial de Sarmiento en "El Progreso" de Santiago de Chile. 25 de noviembre de 1841. Ver Ricardo Font Ezcurra, La Unidad Nacional, Ed. Theoría, Buenos Aires, 1961).


2 El 15 de marzo de 1852, Sir Woodbine Parish —que ha actuado en todos los trámites de la política rioplatense— le escribe al primer Mi­nistro Addington preocupado por recordar los fines británicos persegui­dos al establecerse la independencia del Uruguay. Lo mueve a ello la noticia que tiene sobre la caída de Rosas y la "parte decidida que los brasileños han tomado en la ocurrencia de este evento". Porque la po­lítica inglesa consistió en crear la ciudad hanseática en su territorio, tanto en perjuicio de la Confederación del Plata como del Brasil, es decir para su propio beneficio. Le dice:

"No conozco qué seguridades puede haber recibido el gobierno de S. M. de parte de ellos (los brasileños) respecto de sus miras ulterio­res; pero como estuve a cargo de negociar la paz de 1832 concluida por Lord Ponsomby en Río de Janeiro, creo de mi deber llamar la atención de Lord Malbesmury sobre los objetivos que el gobierno de S. M. tuvo en vista en aquel arreglo"... "Mediante la creación de un Estado independiente en el territorio tan largamente disputado, nos proponíamos la separación de las partes con un territorio neutral inter­medio para prevenir la posibilidad de que entrasen en colisión; para asegurar esto mayormente, existía una estipulación de cualquier intención de renovar las hostilidades. En violación o desprecio de estas estipulaciones, como me parece, el Brasil ha puesto en marcha su ejército en la Banda Oriental, prevaliéndose de la visión de los partidos y la postración del país, y de resultas ha celebrado algunos tratados con ciertos par­tidos que parece le dan virtualmente un entero control sobre aquellos territorios, ciertamente contrario a todas las miras que tuvimos cuando hicimos la paz con Buenos Aires." (Diego Luis Molinari, Prolegómenos de Caseros. Ed. Devenir, 1962).

Pero Lord Addington no necesitaba la advertencia. Todo se hacía con su conocimiento.

1 A) Florencio Varela en su viaje a Inglaterra en 1843 llevó las instrucciones de la Comisión Argentina (los emigrados unitarios), para negociar con aquella potencia. Decía la clausula 6ª: "Uno de los puntos que más deben llamar la atención de Inglaterra es la libre navega­ción de los ríos afluentes al Plata. El señor Varela debe tener por guía en ese particular que las ideas del gobierno (a formarse) son por la absoluta libertad de aquella navegación...".

B) En el Tratado con el Brasil del 9 de mayo de 1851, firmado por Urquiza al aliarse con aquél, se dice (Art. 18): "... la navegación fluvial se declara libre".

C) Conforme al convenio así firmado, después de Caseros se dicta el Decreto del 3 de octubre de 1852: "La navegación de los ríos Pa­raná y Uruguay será permitida a todo buque mercante, cualquiera sea su nacionalidad, procedencia o tonelaje... lo mismo que la entrada inofensiva de los buques de guerra extranjeros... " Y así hasta la legis­lación vigente que impuso "la libre navegación..., etcétera".

D) Tratado de Paz Paraguayo-Brasileño de (Arts. 7º y 8º): "El Paraguay concede la libre navegación de las aguas de su jurisdicción a todos los buques del mundo sin limitación en el tiempo. Se excluye expresamente de estas reglas la navegación de los ríos brasileños y su comercio de cabotaje". Se impone al Paraguay, por la victoria de la Triple Alianza, lo que se ha impuesto al país por la "victoria" de Caseros.

E) Comparad todo esto con los resultados que obtuvo Juan Manuel de Rosas en la heroica defensa de nuestros ríos. En la Convención Arana-Southern, entre Gran Bretaña y la Confederación Argentina firmada en Buenos Aires el 24 de noviembre de 1849 y en la Convención Arana-Lepradour, entre Francia y la Confederación Argentina firmada en Bue­nos Aires el 31 de agosto de 1850, se reconoce: "Ser la navegación del río Paraná una navegación interior de la Confederación Argentina, suje­ta solamente a sus reglas y reglamentos; lo mismo que la del río Uru­guay, en común con el Estado Oriental". (Arts. 4º de la primera y 6º de la segunda). Jaime Gálvez, Rosas y la libre navegación de nuestros ríos.

Con la lógica de las zonceras el resultado obtenido por Rosas fue una derrota: el obtenido por los vencedores de Caseros, una victoria. Así se enseña.

2 La carta de Sir Woodbine Parish a Addington citada en nota a la zoncera Un algodón entre dos cristales, dice también refiriéndose a la intervención del ejército brasileño en la caída de Rosas.

"Su objeto es, evidentemente, la vieja historia —causa fructífera de tantas guerras en aquella parte del mundo— de obtener acceso a las aguas del Paraná, y abrir la navegación de aquel río, que a primera vista aparece también favorecido a las potencias extranjeras —y como tal se ofrece ad captandum—". Lo que Parish ignora es que ya el gobierno de S. M. Británica se ha garantido y esta también "captandum". Se está curando en salud cuando agrega:

"Creo poder probar fácilmente que es mucho mejor para nosotros que todo quede como está en el presente estado de esos países, y que tenemos tanto derecho para desearlo como el que poseemos para abrir el Mississipi o el Missouri en Norteamérica. Por alguna conversación que adopta las mismas miras en la cuestión...". Pero Ponsomby y Parish ha intervenido en 1828 y ahora se está en 1852 y Gran Bretaña cree conveniente embarcarse en la libre navegación de los ríos, razón por la cual no interviene. Después de la guerra del Paraguay, con la ayuda de brasileños, argentinos y uruguayos, ésta se impondrá en todo el Paraná. Evidentemente, no se trata del Mississipi ni el Missouri, pues allí no se hace política de zoncera.


1 La frase en su origen fue un recurso ocasional y no tiene nada que ver con el uso que se ha hecho de ella. Fue el Ministro Varela quien la pronunció cuando al terminar la Guerra del Paraguay en la presidencia de Sarmiento, el Brasil, que sacó la parte del león, intenta­ba sacar la parte de varios leones sobre el territorio paraguayo.

Entonces Varela dijo:

"... el gobierno argentino ha sostenido en discusiones con el repre­sentante del Brasil que la victoria no da derechos a las naciones aliadas para declarar por sí límites suyos a los que el Tratado señala". Es una interpretación y no un principio general, que se refiere concretamente al Tratado de la Triple Alianza, que según Varela necesitaba para la fijación de los límites tener previsto la ratificación del gobierno defini­tivo que se estableciese en el Paraguay. Condicionaba, pues, la disposi­ción del Tratado a un hecho posterior al mismo y se enunciaba como regla de interpretación, no como principio.

Al margen del juicio que nos merezca esa guerra y ese Tratado, este es el hecho: no se trata de un principio de derecho internacional como enfáticamente se nos señala ni de la doctrina argentina —que sería idiota, desde luego, si los demás países no la comparten—. Fue un re­curso de circunstancias.

Pero como doctrina, como principio sagrado se ha inculcado en nuestra educación y se reitera constantemente.

El historiador mexicano Carlos Pereyra, comenta respecto de la opor­tunidad en que fue hecha la frase:

"La victoria siempre da derechos y el vencedor quiere que los dé. Sí el gobierno de Buenos Aires quería que no los diera, fue porque la victoria era del Brasil, y los derechos de la victoria del Brasil no podían obtenerse sino a expensas de la República Argentina. Ganada la guerra, se vio que quien la había ganado era el Brasil y que la Argentina se había prestado a enseñorear un amo dentro de su propio territorio, en el lecho de sus ríos y en la boca de su estuario. Preciso era evitar las consecuencias de la falta. De allí la frase: La victoria no da derechos. La victoria no da derechos cuando no los hemos de aprovechar".

Así es. Varela hizo la frase para enmendar en algo el crimen de la Guerra del Paraguay que también fue crimen para la Argentina, y haberla pronunciado en esa oportunidad fue un recurso de circunstan­cias para que los Braganza, no se alzaran con todo. Haberla hecho doctrina e insertarla en el pensamiento de los argentinos, no obedece a la buena política en que ella se pronunció como enmienda, sino a la mala, que obligó a enmendar y que sigue prevaleciendo gracias a la di­fusión de la zoncera.


2 "La Nación" del domingo 3 de marzo de 1968 trae en su sec­ción literaria, un artículo firmado por un señor Ignacio Wirisky —que según mis noticias es profesor de la Facultad de Derecho y debutante en esas columnas, según me parece— que impugna la zoncera.

Confieso que me sorprendió de entrada y casi me hace trastabillar que uno de los periódicos más difusores de las zonceras permitiese que un colaborador discutiese una de ellas: ¿"La Nación" está dispuesta a servir a la nación?, hipótesis peregrina. O ¿"La Nación" abre sin columnas y permite que colaboren en ella en función de la libertad de prensa, a los que no se someten a su disciplina ideológica?

Lo que pasa es que el Sr. Wirisky conoce los bueyes con que ara y se respalda en el General Mitre para abrir la puerta, porque ésta es una ganzúa infalible para salir "encima" de "La Nación".

Trae la cita correspondiente: "He dicho que desgraciadamente se renunció por nuestra parte al derecho que da la victoria, no porque no crea que debiésemos ser generosos con el vencido, sino porque al elevar esta generosidad a principios absolutos declarando que la victoria no daba en ningún caso derechos, a la vez que nos hacía perder ventajas adquiridas a costa de grandes esfuerzos, condenaba la guerra misma que habíamos hecho por el hecho de declarar que se había derramado la sangre y los tesoros del pueblo argentino, para restablecer las cosas al statu quo ante bellum, quitándonos hasta el mérito de la generosi­dad...", etc.

"La victoria obtenida por las armas da derechos, y derechos más legítimos y sagrados que los que se obtienen por la debilidad o la co­rrupción. Sostener que la victoria no da los derechos de la victoria es lo mismo que sostener que la derrota es la que da derechos preferentes". (Ed. de "La Nación". 5/12/1880).

Como se ve, lo que dijo el General Mitre como editorialista se parece bastante a lo que yo digo, o mejor dicho por razones cronológi­cas —y de jerarquía, agregará el otro—, lo que yo digo a lo que dijo Mitre.

Pero la posición de Mitre sólo tiende a defender su obra. Se trata de la Guerra del Paraguay y de los frutos que debía recoger Brasil se­gún la política de las Braganza, que Mitre ejecutaba en el Plata. Así es como lo que dijo Mitre en este caso fue solo un recurso cuando la Presidencia Sarmiento por medio de Varela trató de disminuir las conse­cuencias favorables a los Braganza.

El General estuvo en contra de la zoncera pero sólo en cuanto la zoncera afectaba su política, o sea la del Brasil.

De todos modos, los argentinos no podemos menos que agradecerle al Sr. Ignacio Wirisky que haya puesto los puntos sobre las íes revelando la naturaleza de zoncera del principio.

Pero al final se le ven las patas a la sota. Por que el artículo no está dirigido a finalidades políticas nacionales nuestras. Se trata de otras. Wirisky se adelanta —lo dice expresamente— a que en la próxima Asam­blea de las Naciones Unidas se invoque la zoncera que llama "fórmula latinoamericana", cuando se trate la cuestión de Medio Oriente y se pretendan discutir los derechos del Estado de Israel nacidos de su re­ciente victoria sobre los Estados Árabes. ¡No sea que los árabes invo­quen esta zoncera frente a la victoria de Dayan!

Ya me parecía muy raro que "La Nación" permitiese impugnar una zoncera —aún con el respaldo de su General— tratándose de una cuestión argentina! Pero se trata de "los derechos que da la victo­ria"... de Israel. Y entonces sí: "la victoria da derechos".


1 En realidad el texto de Emerson está simplificado por Sarmiento. Lo que aquél dijo fue: "La civilización más elevada nunca ha tenido cariño por las zonas calientes. En los lugares en que cae la nieve allí es donde suele haber libertad civil. Donde se dan los plátanos, el siste­ma animal está abotarado e indolente a costa de las cualidades supe­riores, y el hombre es sensual y cruel".

Pero Emerson recuerda que es norteamericano y la variedad de climas de su país. Supongo que por eso agrega lo que sigue: "Pero esta escala no es invariable. Puede haber alto grado de sentimiento moral que tenga a raya las influencias desfavorables del clima y algu­nos de nuestros más excelsos ejemplos de hombres y razas provienen de las regiones ecuatoriales". (Obras completas, tomo VII, págs. 25 y 26, según la cita de Antonello Gerbi en La disputa del Nuevo Mundo). Gerbi entre sus comentarios agrega que: "En cuanto a su América en particular, el patriota Emerson encontraba que poseía una afortunada mezcla de ventajas, inclusive los ardores estivales del ecuador, propicios al genio y a los pepinos (sic), aunque más tarde se lamentara de que no se supiesen reparar los estragos del clima por el vino como en In­glaterra, y por el whisky como en Escocia, o por la cerveza como en Alemania. Gerbi comenta jocosamente: "La libertad, fiel amante del nevoso septentrión, a duras penas se acomodará a vivir en los trópicos. No le gustan los plátanos, ni los pepinos. En el Norte, al menos, cuando se sentía débil se tonificaba con alguna buena copita".

De estas puerilidades repetidas a lo loro está constituida esa pe­dantería infusa que nuestra "intelligentzia" llama la cultura. Pero en Emerson, norteamericano, y en los europeos, esas puerilidades consti­tuían acicates para la creación en la misma medida en que acá servían para deprimir sobre las propias posibilidades dejando una sola, la de ser una prolongación dependiente. Porque tomado Emerson en conjunto y no en la aislada cita, éste actúa como profeta del destino de su país.

Su "trascendentalismo" es el que le hace dirigir a su compatrio­ta un discurso a la manera del de Fitchte a la Nación Alemana que ha sido considerado por los norteamericanos "our intellectual declaration of independence" aunque en realidad se trate, como dice Gerbi, visto hoy e imparcialmente, de una "emulsión de oratoria mesiánica, de aca­démico pedagogismo y de fe en una predestinación natural".

Emerson en su extraña mezcla de idealismo germánico, mitos orien­tales, etc., es radicalmente antihistórico, como Sarmiento con su supues­to racionalismo, profesado proféticamente, a la manera de Emerson. Pero el signo de los dos es completamente opuesto. Así se lamenta Emerson de que "todos los americanos educados, tarde o temprano, van a Europa. ¿No podremos extraer nunca esa tenia de Europa del cerebro de nues­tros compatriotas". Opone a Inglaterra abrumada de tradiciones feudales la frescura de la civilización norteamericana. Los libros mismos, símbolo y encarnación de la doctrina heredada, son instrumentos peligrosos para Emerson, señala Gerbi citándolo: "Preferiré no ver nunca un libro que sentirme desviado por su atracción fuera de mi órbita personal convir­tiéndome de sistema en satélite".

Creyendo imitar a Emerson, Sarmiento y los suyos operan a la inversa. El modelo previene contra Europa y se apoya en la fe crea­dora llevando al terreno intelectual la pragmática afirmación del "des­tino manifiesto" y lo ve sólo posible afirmándose sobre sí mismo y cuidándose de la seducción europea.

Sarmiento hace lo contrario. Y los sarmientistas son los que cons­tantemente nos repiten: "¡Garrá lo libro que no muerden!" y tratan de encerrarnos en las bibliotecas para que construyamos el mundo que Europa quiere, a la medida de sus intereses, por desconocimiento de las propias posibilidades creadoras.

Así, entre dos extremos tan opuestos del disparate —el del modelo y el del imitador que no entiende al modelo— aquél es positivo para su país y este otro negativo para el suyo. Emerson cree que los libros muerden. ¡Y vaya si muerden!

De saberlo viene su ya citado: "Preferiré no ver nunca un libro que sentirme desviado por su atracción fuera de mi órbita personal, convirtiéndome de sistema en satélite".

¡Anótenme ese tanto los que dicen que soy defensor del analfabe­tismo! ¡Ahora resulta que soy emersoniano, como Sarmiento!

¡Qué los recontra...!, como dijo el gallego.


2 Pero estas opiniones, la de Rivadavia y la de Rosas no son sólo un discenso criteriológico, como diría mi amigo Bustos Fierro. En 1879 cuando Sarmiento escribe en "El Nacional" el párrafo que se cita, han transcurrido 46 años desde la expedición al desierto cuyas perspectivas ignora el que ha pasado a la historia como un civilizador. En 1863 una columna, la comandada por el mayor Leandro Ibáñez, se desprendió hacia el sur desde el campamento de Médano Redondo, pero la historia que se enseña no habla para nada de ello. Para algunos autores llegó hasta el Estrecho de Magallanes. El ingeniero Pronsato en un trabajo al que me refiero más adelante, si bien cree que no llegó hasta el estre­cho ha comprobado personalmente que avanzó muy hacia el sur. Trans­cribo: "al realizar una excursión al nacimiento del arroyo Maquinchao, en las estribaciones de la mesa de Somuncurá —abril de 1916— pude informarme por intermedio de baqueanos que en la zona existían tolde­rías de indios descendientes de aquellos que en 1833 conocieron al ma­yor Leandro Ibáñez, jefe de la columna sur del ejército comandado por el general Rosas". Agrega que según el diario de Garreton esa columna conquistó los bajos de Valcheta hasta Maquinchao, y luego como punta de lanza proyectó su acción ofensiva cruzando Somuncurá, sierras de Telsen y las altas mesetas de la margen izquierda del Río Chubut". Más adelante dice: "en una de las tolderías se podía ver, colgada de los cueros endurecidos de la vivienda, una lanza tacuara con banderola punzó. Según el baquiano que nos acompañaba, era común en otras tolderías esta lanza con banderola punzó, y hasta algunas efigies del general Rosas". Recuerda aquí que "uno de los pactos de Rosas con el cacique Casimiro, jefe de los Tehuelches, fue el compromiso de éstos para vigilar la costa del litoral atlántico y los boquetes andinos del sur".

Lo que no impedirá que siguiendo la técnica de las zonceras Rosas tenga la culpa del retraso de la Patagonia y no Sarmiento el civilizador que la imaginó sin destino y la pensó chilena.


1 El lector que quiera informarse detenidamente de los increíbles disparates respaldados por el prestigio de los más calificados intelectua­les del siglo XVIII y XIX encontrará en el libro de Antonello Gerbi La disputa del Nuevo Mundo: historia de una polémica, 1750-1900, F.C.E., México, 1960, la más detallada y humorística documentación. Verá allí a Buffon mezclarse con Hegel; a Montesquieu con Voltaire; a Reynal con Tomás Moro en sus afirmaciones eurocéntricas disminuyentes para la calidad y la posibilidad del hombre americano.

2 En el número del 9 de julio de 1968 de la revista "Azul y Blan­co", publica Manuel Abal Medina la notita que se transcribe: "A fines del siglo XVIII y durante buena parte del XIX cobró difusión una anto­jadiza teoría acerca de los efectos que la geografía, el clima y los de­más elementos naturales sudamericanos tienen sobre los seres vivos. Se­gún la tesis, las plantas, los animales y hasta los hombres sufren en estas tierras un proceso de involución que los convierte en especies menores, en versiones degeneradas de los originales.

Treinta días atrás llegó a Buenos Aires John Walter Pearson, un famoso cazador norteamericano, ganador de numerosos trofeos y consi­derado como uno de los mejores tiradores de su país. Traía consigo una decena de rifles las mejores marcas europeas que mostró, orgulloso, a los periodistas de un diario uruguayo que lo reportearon en su hotel. «Vengo más en plan de turismo que para cazar —les dijo— porque no hay en estos países más que especies menores, casi inofensivas». Interro­gado acerca de qué zonas recorrería dijo que pensaba visitar el nor­oeste argentino y, si le quedaba tiempo, cazaría unos «gatos». «Por su­puesto —agregó— que no se necesitan estas armas para cazarlos. Con ésta, que es mi preferida —dijo empuñando un rifle de grandes dimen­siones y complicado mecanismo de mira—, he matado más de veinte leones en el África».

Partió hacia el norte poco después. En Salta contrató dos baquea­nos para que lo acompañaran a cazar unos pumas. Dos días más tar­de regresaron sus dos acompañantes y contaron lo sucedido. Pearson, desoyendo sus consejos, se había internado en el monte por la noche; quería encontrar un puma. A la mañana siguiente salieron a buscarlo; encontraron su cuerpo destrozado a zarpazos a pocos metros. Apretaba todavía en una mano su rifle preferido, no había alcanzado a disparar ni un tiro.

Moraleja: ¡Cuidado con las «especies menores»".


1 J. J. Hernández Arregui —La formación de la conciencia nacio­nal, Ed. Hachea, Bs. As., 1960— dice a este propósito: "El inmigran­te divinizado fue parte de la negación de este país verdadero por la clase terrateniente, la postrera injuria a la resistencia nacional que los moradores criollos habían simbolizado con sus lanzas. Sarmiento lo confesó con esa franqueza brusca que permite, a veces, penetrar a través de sus juicios más honrados en los designios de la oligarquía. Esa política había permitido «ahogar la chusma criolla, inepta, incivil y ruda que nos sale al paso a cada instante»".

Más adelante agrega: "Sarmiento viejo —que es el único que inte­resa para conocer la verdad— reconocerá finalmente que la conciencia nacional no penetraba en Buenos Aires. En Buenos Aires no está la Nación porque es una provincia extranjera". "Las mejores páginas con­tra la inmigración —otro hecho ignorado— se deben a su pluma. Y lo mismo Alberdi, que de joven había considerado el idioma español in­compatible con la civilización y recomendaba la lengua inglesa". Pero "ya ambos habían dado su contribución a EE.UU. e Inglaterra y a la miseria argentina. Sarmiento fue gradualmente aniquilando sus pro­pias fábulas. La ilusión de Europa empezó a caer cuando la conoció: “Vengo de recorrer Europa y de admirar sus monumentos, de postrarme ante su ciencia, asombrado todavía de los prodigios de sus artes, pero he visto sus millones de campesinos proletarios y artesanos viles, degradados, indignos de ser contados entre los hombres; la costra de mugre que cubre sus cuerpos, los harapos y andrajos que visten no revelan bastante las tinieblas de sus espíritus; y en materia política, or­ganización social, aquellas tinieblas alcanzan a oscurecer las mentes de los sabios, de los banqueros y los nobles”.


1 Cuando Darwin quiere expresar la incapacidad del gaucho re­cuerda aquel paisano que encontró sobre el Colorado y que no tenía caballo. Por no tenerlo no servía de nada. ¿Y para qué podría servir Darwin mismo, con toda su sabiduría, a pie en el desierto? Es decir, Darwin hizo un análisis subjetivo del hecho objetivo que le mostraba el gaucho porque su invalidez era cierta en cuanto hombre a pie. A caballo poseía todas las técnicas necesarias para el desierto y a pie ninguna.

La cultura es eso: la aptitud por el manejo de los medios para di­rigir la naturaleza hacia los fines del hombre. Por eso la anécdota se reitera en la de Felipe Varela: En Chile y a pie.

Esto me recuerda una ocasión en que viajaba por la ruta 40 en dirección a Malargüe, al pie de la cordillera. Me acompañaba el Comi­sario de El Sosneado y su hijo de 8 años de edad. Lejos, apenas un punto, un hombre a pie venía hacia nosotros. La criatura dijo:

—"Allá viene un chileno"

Lo miré al chico y me quedé callado. Al pasar el hombre saludó:

—"Buenos días, caballeros".

No había duda, era chileno.

Entonces le pregunté al chico:

Y el chico me contestó:

—“Porque venía a pie...”
De esto no se hubiera dado cuenta Darwin porque para eso había que saber que los chilenos que andan por la zona son mineros que cruzan a pie la cordillera para venir y para irse y son por consecuen­cia los únicos "andarines" por aquellos desiertos. Se me ocurre pensar las científicas reflexionas de que nos habrían llenado en este caso los Keyserling, Frank y Ortega si los culteranos huéspedes los hubieran llevado por aquellos andurriales.

A pie de El Sosneado hay una casa de ramos generales que pro­porciona la provista a los mineros, en su mayoría chilenos que tra­bajan en los meses del deshielo en el Cerro Overo, la mina de azufre.

Me llamó la atención ver en lo alto de la estantería de las más lu­josas valijas de cuero de calidad tal que sólo se ven aquí en Mattaldi, Rossi y Caruso, y en algunos comercios de Florida o del centro bancario. No sé en qué imaginaciones de turismo de lujo me habría metido si el mozo del mostrador no me lo hubiese explicado. Era el tiempo en que la vida era mucho más barata de este lado de la cordillera; ahora lo es también, pero no tanto. Los mineros chilenos al pararse la mina con las primeras nevazones, y antes de que se cerrasen los pasos, compraban provisiones con los ahorros del trabajo y cada uno com­praba también dos valijas de la más excelente calidad en que metían azúcar, arroz, yerba, queso, tocino, etc., para vender su contenido del otro lado... y después vender la valija. Como se ve, los chilenos que también son un pueblo inferior, particularmente los gauchos mineros, tienen tanto ingenio como nuestros turistas que de retorno a Ezeiza dan examen de capacidad ante los aduaneros. ¿O se creen las señoras gordas que ellas solas son capaces para el contrabando, gracias a su ascendencia inmigratoria y próspera, o al abuelo oligárquico, que las salva de la incapacidad del nativo?

2 La hostilidad del gaucho hacia el italiano o el español, nace pre­cisamente de la frecuente condición de comerciante de éstos, de su su­perior cultura, monetaria y comercial, que coloca en la transacción en inferioridad de condiciones al nativo, casi como víctima, cuando a su vez éste se siente superior en todas las artes que hasta ese momento han dado la medida de la actitud humana.

Es un hecho curioso que esa actitud del gaucho no haya alcan­zado ni al irlandés ni al vasco. Pero es fácil de explicar.

El mayor número de vascos e irlandeses vinieron en la época en que la pampa húmeda fue ocupada por la oveja con preferencia al va­cuno, y estas dos inmigraciones correspondían a pueblos pastores. Hoy mismo el grueso de los vascos emigra a Montana en Estados Unidos, estado que según Gunther tiene más población eúskara que una pro­vincia vasca, y esto es porque allí se trabaja la oveja llevándola en arreos a la montaña en verano y a la llanura en invierno, es decir con pastores.

Vascos e irlandeses recibían el "piño" al tercio de las crías y las lanas, de manera que a los tres años, el inmigrante tenía su propia majada como su parte de las pariciones y su capitalito como parte de las esquilas, lo que le permitió comprar campo en la zona mejor situa­da de la provincia de Buenos Aires, cuando aún los precios no habían subido bajo la presión de la agricultura, el frigorífico y la especula­ción. Y el Banco Hipotecario (pero esta es otra historia).

Vascos e irlandeses no fueron comerciantes sino por excepción. No hubo pues antagonismo, y además realizaron en la ganadería tareas como las de la oveja, que el gaucho subestimaba dentro de su propia especialidad ganadera. Además se enriquecieron pronto, comprando tierras antes de su valorización, con su parte, de lanas, antes de la gran ola inmigratoria que encontró a los hijos y nietos de vascos e irlandeses camino del doctorado; así la sociedad moderna, la argentina post-inmigratoria, los encontró socialmente jerarquizados, particularmente a los irlandeses al hacerse urbanos, porque aquí los ingleses abandona­ron la actitud despectiva que tenían para los mismos para considerar­los como ingleses por razones idiomáticas. Esto también explica el que haya tanto irlandés anglicanizado.

3 Cuando nos enseñan esto de la incapacidad para el confort nos cuentan enseguida lo de la cigarra y la hormiga. Otros más sabihondos recurren a la explicación del protestantismo, etc., olvidando que el clima es el que determina la habitación y su uso. La tendencia a la vida "at home" de los pueblos de los climas fríos no está determinada por razones congénitas o culturales, sino simplemente porque hace frío y sería tan absurdo que un escandinavo quisiese vivir en su país en una cabaña hecha con hojas de palma como que un hijo del trópico cons­truya su vivienda como para vivir en Escandinavia. Sin embargo esto segundo ocurre por obra de la mentalidad imitativa y autodenigratoria.

Es lógico que el que tiene que vivir bajo techo más de la mitad del tiempo se preocupe de la vida en el interior de la casa y trate de hacerla confortable, preocupación que no exista para el que puede vivir al aire libre y se siente prisionero dentro de las paredes de una habitación que le aleja del mismo. Esto es también no comprender que la condición práctica, el afán de botín en los negocios se desarrolla mas fácilmente entre aquellos a quienes la naturaleza les rehuye los bie­nes o se los da en un reducido espacio del año, lo que nos obliga a atesorar. Todo esto no tiene nada que ver con la calidad superior o inferior de un hombre sobre otro, no es congénito, ni racial. Son condiciones culturales que deben crearse siempre en relación al medio y no a contrapelo del mismo. No es cuestión de imitar o de reproducir sino de realizar la técnica adecuándola a la realidad.

En El Sosneado, lugar al pie de la cordillera del que he hablado, hay un centro cívico constituido por la policía, el juzgado de paz, el registro civil, la escuela, la sala de primeros auxilios, etc. Allí corren normalmente vientos de 50 a 60 kilómetros en los días calmos, que pueden ser de 100 ó 150. Las casas tradicionales de la zona adoptan la forma de una U dejando un patio abierto al Norte al que dan las aberturas de todas las habitaciones. Así la casa da la espalda a la intemperie y hace posible alguna plantita en el patio, un lugar cómodo para ensillar, o para cargar nafta, para que jueguen los chicos y las mujeres realicen sus labores domésticas. Pero los arquitectos que cons­truyeron el centro cívico no trataron de reproducir las casas hechas conforme a las exigencias de la naturaleza y se "mandaron", 6 ó 7 cha­lets como para Vicente López u Olivos con aberturas a todos los vien­tos y sin patio central. Todo muy bonito pero estúpido pues los habitantes han tenido que clavar las ventanas que dan a tres de los rum­bos y además rellenar los huecos con papel de diario, bolsas y fraza­das.


1 No pretendo deteriorar la imagen de nuestro niño modelo; sólo trato de reducirlo a proporciones humanas. Que Sarmiento haya idea­lizado su figura ayudado por la "polilla" heredada, es completamente lógico y forma parte de su dimensión humana. Lo estoy defendiendo de los sarmientistas, que en lugar de proponernos el personaje como era, nos proponen una imagen de altar, tan luego con Sarmiento, per­sonaje esencialmente vital en sus errores y en sus aciertos.

Creo comprobar que es una leyenda su veracidad, su compañe­rismo infantil y su asistencia perfecta a clase, es acercarle a las simpa­tías de los escolares. Todos hemos tenido un primito modelo que nos refregaban por las narices amargándonos la infancia, y Sarmiento, el niñito Domingo Faustino Sarmiento, es algo así como el primito odio­so de todos los niños argentinos. Destruir su imagen como tal es con­tribuir a que no se “agravien” más las incontables imágenes que son inevitables en todos los rincones del país, escuelas, bibliotecas, centros recreativos, plazas y parques.

¡Tranquilos, niños argentinos! Para llegar a ser un Sarmiento no hace falta una puntualidad absoluta, ni ser extraordinario compañerito, ni tener una veracidad inquebrantable. Lo que hace falta es tener, co­mo Sarmiento, talento, voluntad y curiosidad. Y teniéndolos se puede ser aún mucho mejor si se posee un poco más de sentido común, no se toman los libros al pie de la letra (especialmente las "Selecciones del Reader Digest", y, sobre todo, si se cuidan mucho de los sarmientistas). La verdad es que Sarmiento fue el autodidacta por excelencia en un tiempo de autodidactas, y lo fue con todas las ventajas e incon­venientes que esto apareja. Se hizo solo, a tropezones, pechando y re­cogiendo a la orilla del camino el heterogéneo y difuso caudal de sus conocimientos. Nada más ajeno al niño modelo que la formación de Sarmiento, su vida desde que empezó hasta el último día, fuera de reglamento, de normas, de asistencias perfectas y de mesura; porque Sarmiento fue desmesurado en todo y especialmente en la injuria, los modales, las afirmaciones y las negaciones. Ya se sabe que el niño mo­delo es mesurado (art. 5o, ídem, ídem).

Leído todo lo cual mi sobrinito decide faltar a clase, jugarle su­cio a los compañeros y ser autodidacta, con lo que queda demostrada la inutilidad de proponer niños modelos. Porque ahora mi sobrinito hace el niño modelo al revés: es decir como era Sarmiento, pero con pésimo resultado. Esto me obliga a aclarar que tampoco me he propuesto defender a los niños, de Sarmiento. Es de los sarmientistas que hay que defen­derlos —y también a Sarmiento— como se ha dicho.

1 Rivadavia fundó el departamento de ingenieros. Pero eso fue sólo un decreto como tantos. Rosas, en cambio, que era el retardata­rio, lo puso en marcha y aún subsiste con el nombre de Dirección de Geodesia de la Provincia de Buenos Aires, en cuyos archivos hay abun­dante documentación como ésta, referida por el ingeniero y pintor Do­mingo Pronsato en un trabajo aún inédito sobre la Patagonia, próximo a aparecer. Dice, hablando de la expedición al desierto de 1833: “Ro­sas había llevado consigo 16 hombres de ciencia...". "Eran ingenie­ros, astrónomos, hidrógrafos, meteorólogos, médicos, agrónomos, vete­rinarios y economistas. Así el coronel ingeniero Feliciano Chiclana (h.), el astrónomo italiano Nicolás Descalzi, el teniente coronel agrimensor Ildefonso de Arenales, los hidrógrafos Juan B. Thorne y Guillermo Bathuist, el doctor González, el coronel Juan Antonio Garretón, autor del Diario de Marcha de la expedición. Ellos realizaron el relevamiento completo, topográfico e hidrográfico, del Río Negro hasta la Con­fluencia y del Colorado hasta el codo Chiclana. Efectuaron observacio­nes astronómicas y climatológicas que sirvieron para el primer estudio de una colonización patagónica que inició después don Pedro Luro, es­pañol contratado por Rosas. De esta expedición surge, aconsejada por Rosas, la cría del merino lanar, como la especie más apropiada por suelo y clima para poblar las tierras patagónicas".

Ya ve usted, lector, que esta imagen de Rosas como positivo cons­tructor del futuro argentino se la esconde mientras le administran con manguera canales Rivadavianos y otras zonceras.


1 Rivadavia no fue el único que se adelantó a su tiempo.

El viejo Cantaluppi, chacarero de mis pagos, la pegó en una co­secha, allá por los años 20. En esa época los almacenes de ramos ge­nerales eran los que bancaban a los chacareros a cambio de reservarse el acopio de la producción, con lo que saldaban sus créditos contra éstos. Cuando quedaba algún margen para la chacra, se apuraban a encajarle "novedades" para que empezase endeudado el nuevo año.

Así fue como le vendieron a Cantaluppi la primera heladera eléc­trica que llegó al pueblo.

Contando con ella, el viejo Cantaluppi retardó hasta principios del verano la matanza de sus dos chanchos anuales, pues contaba con la refrigeración para mantener frescas las morcillas —famosas morcillas a la vasca, a la piamontesa, etc., dulces, saladas, picantes, con arroz, con pasas, etc., y demás variantes—.

Invitó a sus amigos del pueblo para la tradicional morcilleada y aquí vino el drama pues al abrir la heladera se descubrió que todo estaba podrido.

Tampoco Cantalunpi había leído su Tocqueville, es decir, el pros­pecto en inglés que acompañaba a la heladera, que era importada. Así, ignoraba que la heladera eléctrica funciona con electricidad, cosa que lógicamente faltaba en la chacra.

La heladera y las morcillas podridas de Cantaluppi dieron tema para todo el año. Los chiquilines, cuando el viejo entraba al pueblo con su Ford de bigotes, le gritaban: — "¿Está calda la heladera, Can­taluppi?". Lo "cargaban" en todas partes, y más en la casa de ramos generales que le había vendido el aparato, hasta que un día el viejo metió la heladera en el de "bigotes", la bajó en la puerta del almacén y la hizo chatarra con el martillo pilón de la herrería de al lado.

Pero nadie dijo en el pueblo que Cantaluppi era el hombre que se adelantó a su tiempo.

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