Colección La Siringa






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"Oponer los principios a la espada"



He aquí una zoncera que remacha las anteriores.

En el momento decisivo en que la espada del vencedor de Ayacucho, conforme a lo convenido hubiera significado la victoria total sobre el Brasil y la reintegración de la Banda Oriental y las Misiones Orientales, Rivadavia, que como hemos visto ha cedido el Alto Perú para buscar tal alianza, la rechaza. La zoncera es de Mitre —una de las tantas "frases históricas" de Mitre—, y fue pronunciada en el discurso de éste en la Plaza de la Victoria conmemorando el nacimiento de Rivada­via el 20 de mayo de 1880. (Ya veremos que este discurso es un nidal de zonceras que Mitre incubaba como el avestruz macho).

Conviene transcribirla:

"El Libertador de Colombia y redentor de tres repúblicas se había trazado su itinerario político y militar desde las bocas del Orinoco y las costas del Pacífico hasta el estuario del Plata y sus ríos superiores en el Atlántico, meditando subordinar a su poderío las Provincias Unidas, conquistar el Paraguay y derribar el único trono levantado en América —el trono que aflige al republicano Mitre es el de los Braganzas, con el que estábamos en guerra en la ocasión—, remontando de regreso la corriente del Amazonas en su marcha triunfal a través del Continente subyugado por su genio".

Por miedo al hipotético e imposible periplo de Bolívar, regresando con su ejército por el Amazonas, como en aquella aventura antigua de los marañones con Aguirre, o como la tentativa fracasada del Coronel Fawcet ciento y pico de años después de Bolívar, los principios exigen perder la otra banda del Plata y el Uruguay.

¿Qué principios?

Uno solo: El mal que aqueja a la Argentina es la exten­sión. También Mitre se aflige por el Paraguay a cuya destruc­ción irá después aliado con los Braganzas. Aquí también po­demos comprender el por qué de la hostilización a San Mar­tín.

¿Hubiera tolerado el héroe misionero, vencedor en la úl­tima batalla de la Independencia, los planes rivadavianos entre los que se incluía la pérdida de las Misiones Orientales, es decir hasta la disgregación de su propia provincia natal? ¿Y hubiera valido para el mismo el pretexto principista —los prin­cipios contra la espada— que se hizo valer contra Bolívar?

Pero sin el aporte de Bolívar, por obra de los orientales —que en el Congreso de la Florida han ratificado la política de Artigas como integrantes de las Provincias Unidas— y del ejército argentino que cruza el Uruguay y de la escuadra, la guerra nos ha dado sus cartas de triunfo. ¿Pero de qué valen las batallas si la diplomacia juega en contra? García, Ministro de Rivadavia, conviene con el Emperador del Brasil la entrega de la Banda Oriental.

Rivadavia se ve obligado a desautorizarlo, pero no puede esconder su responsabilidad y cae: pero su caída es tardía. Ahora aparece la mano escondida de Inglaterra que ha ganado a Lavalleja para su plan. Este es que la Banda Oriental no sea ni argentina ni brasileña1.

Por ahora lo dicho basta para documentar que por el Norte y por el naciente, hubo una política continuada, que no fue de alto-peruanos ni de orientales, sino de los unitarios porteños. Es la política de que "el mal que aqueja a la Argen­tina es la extensión", hija del prejuicio de "civilización y bar­barie" que se complementa con la idea de crear en Buenos Aires una ciudad hanseática, como lo era Montevideo ya. Una cabeza de puente con un destino europeo en América.

Así queda bien claro que la disgregación del virreinato fue producto de la suerte adversa de las armas, ni de la vo­luntad de los pueblos que se disgregaban, sino el producto de una mentalidad ideológica de dirigentes que sustituían los elementales principios que hacen a la grandeza de las nacio­nes, por las perspectivas que ofrecían los mitos económicos y culturales del siglo XIX, que adoptaban como pajueranos deslumbrados por las luces de la ciudad, e inevitablemente condenados a que se les vendieran el buzón y el tranvía.2-3


Zoncera N° 6

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