Colección La Siringa






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"UN ALGODÓN ENTRE DOS CRISTALES"



La República Oriental del Uruguay fue inventada donde antes existía la Banda Oriental del Río de la Plata. Esta era una provincia, como Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires, o como Río Grande, según los gustos. Era menos letrada que el Uruguay, como se verá si se compara Artigas con los Batle. También si se compara el sistema político del caudillo con el Ejecutivo Colegiado, que no será práctico, pero es de lo más jurídico y adelantado. Por esto mismo del adelanto, los orien­tales se llamaban Gervasio, Nepomuceno, Aparicio, etc., y los uruguayos Washington, Nelson y así.

Había en aquella época (antes de la invención), dos cla­ses de orientales: los provincianos de una de las Provincias Unidas del Río de la Plata (que eran ellos de las demás pro­vincias y las demás provincias de ellos, y no de los porteños, como querían los unitarios, que fue origen de todo) y los cisplatinos, que eran provincianos del Brasil.

Los orientales, que eran peones, estancieros, soldados, chacareros, caudillos y artesanos, creían que el Río de la Plata servía para unir. Los cisplatinos, que eran comerciantes del puerto y doctores de Montevideo, creían que servía para se­parar.

En el Brasil se consideraba brasileños a los cisplatinos, unánimemente, porque en el Brasil no había unitarios, lo que daba unidad nacional. En Buenos Aires había quienes consideraban cisplatinos a los orientales. Eran los unitarios, porque los unitarios, como su nombre lo indica, son partidarios de la unión, como las viudas, que les dicen a los hijitos después del entierro: "Ahora que somos menos vamos a estar más unidos". Y enseguida se ponen a buscarles un padrastro.

Los unitarios tenían, además de las razones inglesas, las propias para desear que los orientales fueran extranjeros: más que razones propias, razones de casa propia, como se vio después con las dos "tiranías sangrientas".

El autor de la zoncera que comento fue Lord Ponsomby.

La dijo después que inventó la República Oriental del Uruguay. Después que los brasileños hubieron peleado conve­nientemente con las Provincias Unidas de los dos lados del Río de la Plata; es decir, cuando los dos equipos no daban más, se puso de referee, y dio fallo salomónico. Que ninguno de los dos era local, como pretendían ambos, y que la Banda Oriental era cancha neutral. Es ésta una explicación perfecta­mente comprensible en un ambiente olímpico.

Tal vez esto de inventar una nación resulte molesto para los inventados y provoque la protesta de las tías viejas y sol­teronas.

Nos han enseñado que lo hacían Alejandro y los Roma­nos. Que Carlomagno lo hizo por testamento, y todos los reyes por razones dinásticas. Y después las repúblicas por razones republicanas. Que lo hicieron después de la Primera última guerra en Versalles, y que lo hicieron después de la Segunda última guerra en Yalta. Y la comprendemos hasta en el Congo, por más negro que se vea todo.

Pero en el Río de la Plata ¡no!!! Aquí nos hemos dego­llado entre unitarios y federales, entre colorados y blancos, radicales y conservadores, peronistas y anti-peronistas, como podemos hacerlo mañana por colegialistas y anticolegialistas, de puro vicio, porque en el Río de la Plata no hay cuestiones sociales, ni económicas propias que lo expliquen. Y los intereses extranjeros no intervienen porque el Río de la Plata está en la estratósfera, y nadie se mete de afuera, como no sea para hacer de referee. Esto está en contradicción con toda la histo­ria extranjera que nos enseñan, pero de acuerdo con las his­torias nacionales que nos escriben. Porque si estudiáramos las historias nacionales como estudiamos las extranjeras, conoceríamos nuestra historia. Y nuestros problemas. Y lo importante es que los ignoremos para que sigamos creyendo en el conflic­to entre "civilización y barbarie".

Pero volvamos a lo del algodón entre los dos cristales, es decir entre Brasil y la Argentina.

No sé si ustedes habrán visto la "mosqueta", una timba fácil de instalar (y de levantar si viene la policía).

El "gentleman" tiene tres cáscaras de nuez y un porotito y pone, o aparenta poner éste debajo de una de las cáscaras. Los "puntos", que creen saber dónde está el porotito, se jue­gan enteros a su cáscara respectiva, y cuando el "gentleman" la levanta resulta que está debajo de una de las que no juga­ron. Si el banquero es realmente un "gentleman" les regala las cáscaras y el porotito a los perdidosos. Sólo se queda con las apuestas.

Lord Ponsomby era un "gentleman".

Y regaló una zoncera. Esta del algodón.

Y "tutti contenti".

Todas estas cosas las han dicho varios. Y el más impor­tante, un oriental llamado Luis Alberto de Herrera, que es­cribió un libro sobre la "Misión Ponsomby"; ahora lo acaba de decir el profesor Street de la Universidad de Cambridge, que ha editado un libro sobre la "invención" de la República Oriental del Uruguay.

El inglés trae documentación inglesa, o sea mercadería im­portada, que es la buena, como dijo la señora "gorda" que no cree en la de Herrera porque es industria nacional. Hay, pues, para elegir, como en los cigarrillos. Yo en esto, como en el tabaco, fumo del país, y aseguro que el enfisema es el mismo, pero más barato,

Me enteré de la existencia del libro por una nota biblio­gráfica publicada en un diario de la tarde, de Buenos Aires. De la síntesis publicada resultaba que la mercadería importada confirmaba los datos de la mercadería oriental, y para conse­guir el libro y también admirar al periodista que se había permitido decirlo, lo fui a visitar. Este me dijo que lo del oriental era impublicable, pero no lo del inglés, y que tampoco había leído el libro, pues se había limitado a traducir la nota bibliográfica que sobre el mismo publicaba el "New York Herald". En esas condiciones, se trataba de un documento des­contable, que no podía cuestionar la gerencia: con dos firmas, una inglesa y otra norteamericana.

Entonces lo publicó en ejercicio de la libertad de prensa.

Esto no es una invitación a leer el libro, que además ya está traducido lo cual no es obstáculo para la gente importan­te del Uruguay, pues habla inglés. La dificultad es para los adversarios de éstos, que hablan lenguas orientales. Pero ahora están aprendiendo el cubano, idioma que se parece al nuestro, como el de la televisión. Sólo que el de la televisión se piensa en norteamericano, y el de los orientales, orientales de occi­dente, se piensa en ruso o chino.

(Esto de hablar un idioma y pensar en otro es muy fácil de entender para los lectores de Martínez Estrada, que tiene que estar en Cuba para entender Buenos Aires, y en Buenos Aires para entender Cuba, cosa muy típica de nuestros "inte­ligentes". La naturaleza le ha dado al calamar la tinta para que no lo vean, pero cuando el calamar usa la tinta de impren­ta, el que no ve es él, y privado de la vista, sólo sabe de lo que pasa en sus aguas por el ruido que hacen otros calamares que están en otras aguas. Esto lo explicó mejor Macedonio Fer­nández pues nos dejó un libro titulado No todo es vigilia la de los ojos abiertos, que tampoco he leído, pero basta con el títu­lo, y conocer a los calamares).

Me faltaba agregar que cuando la República Oriental del Uruguay se inventó, como no había más que orientales y cisplatinos, hubo que inventar los uruguayos. Y éstos fueron fran­ceses, italianos, hasta ingleses (pero de esos pocos, para disi­mular, porque no hacían falta habiendo unitarios, que era lo mismo pero menos visible). Ahora hay uruguayos nativos, porque los orientales terminaron por serlo, y la República Oriental del Uruguay es cosa definitiva, y este comentario es una cosa nostálgica, como Allá lejos y hace tiempo, que es un libro nostálgico y romántico que escribió un inglés. La nostal­gia sólo debe servirnos para que de aquí en adelante no ten­gamos que ser nostálgicos.

Brasil, el Uruguay y la Argentina están definitivamente formados. Brasil no necesita de los grandes ríos para acceder a su interior, y una elemental concepción geopolítica debe unirnos en el Cono Sur, primer paso de vuelta a la gran estra­tegia de cuando éramos otra cosa, y nos sentíamos todos lati­noamericanos. Ya no nos pueden contar que hace falta el al­godón entre los dos cristales, para que no se rompan las vi­drieras. Ahora, se trata de que cuidemos la vidriera común, porque también el Uruguay es de vidrio, o de cristal, si les gusta más.

No nos perjudicarán si entendemos lo de aquí y ahora, como lo de "allá y hace tiempo".

Y utilizaremos la tinta para lo que fue dada al calamar: para su propia defensa y no para facilitar a los pescadores de calamares 1y 2.

Zoncera N° 7
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