Resumen Este trabajo propone rastrear la formación de la categoría Belén como categoría de análisis para la reconstrucción del pasado prehispánico regional.






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fecha de publicación23.10.2015
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Belén: Debates en torno a la construcción de un objeto de estudio

Laura Quiroga

Resumen

Este trabajo propone rastrear la formación de la categoría Belén como categoría de análisis para la reconstrucción del pasado prehispánico regional. Se establece una relación estrecha entre las clasificaciones estilísticas elaboradas a principios de siglo con el fin de ordenar las colecciones de materiales arqueológicos y la investigación sobre el pasado prehispánico. En este sentido, se postula una tensión cuando las categorías surgidas de la clasificación estilística y museográfica se resignifican como reflejo de unidades sociales reales del pasado.
Palabras clave

Belén-clasificaciones museográficas-etnía-señorío-resignificación.
Introducción

Hacia fines del siglo XIX los museos tuvieron un rol protagónico en la conformación de la antropología como disciplina científica. La tarea de obtener, ordenar y exhibir las colecciones museográficas, supone una resignificación de los objetos en un contexto socio-cultural distinto de aquel en el que fueron inicialmente concebidos (Pearce 1994: 1). Por este motivo, los criterios de catalogación y exhibición pusieron en juego debates teóricos de la antropología como una interpretación del pasado, la variabilidad cultural, el progreso y la evolución a través del ordenamiento de los objetos colectados (Stocking, G. 1985: 4).

En el caso del noroeste argentino, los primeros ensayos de clasificación y categorización de la diversidad cerámica - planteada por autores como Lafone Quevedo, Outes y Bregante - las urnas y sus diferencias estilísticas sentaron las bases para una diferenciación que habría de adquirir un significado no sólo estético sino también antropológico, es decir, una interpretación histórica y cultural de la diversidad observada y, con ello, una interpretación particular del pasado prehispánico.

El objeto del trabajo consiste entonces, en rastrear los debates teóricos establecidos en torno a la definición de Belén como categoría de análisis para la reconstrucción del pasado prehispánico en las primeras etapas de la arqueología argentina. En este sentido, se busca plantear la estrecha relación observada entre la actividad de clasificación y exposición de objetos en museos y la creación de categorías para la investigación e interpretación del pasado.

1. El debate por los criterios de clasificación de objetos arqueológicos

Las urnas de Belén


Desde los trabajos iniciales de Lafone Quevedo (1904) y Outes (1907) se reconocieron diferencias estilísticas entre las urnas provenientes de los valles de Santa María y Belén, en la provincia de Catamarca. Así, la distribución geográfica de los hallazgos, sumado a atributos morfológicos y decorativos diferenciados, sirvieron como base para crear los límites y diferencias entre ambas categorías. El entonces director del Museo de La Plata, profesor Samuel Lafone Quevedo encargó a Outes la publicación y descripción de las alfarerías del noroeste argentino según “... un orden más o menos lógico y en armonía con la posible evolución de la forma y de la ornamentación” (Outes 1907: 1). Sin embargo, la preocupación por la evolución de la forma y el diseño, se veía obstaculizada por la forma azarosa en que las piezas eran obtenidas. Era necesario contar con información proveniente de “estudios de arqueología sistemática” como las experiencias de excavación científica, es decir con criterio estratigráfico, que Uhle estaba llevando a cabo en el Perú y que Outes insistentemente reclamaba para el noroeste argentino (1907: 12).

En pocos casos se tenía información precisa de los contextos de procedencia de los objetos clasificados, de tal forma que el término urna funeraria fue utilizado ampliamente para caracterizar -por analogía con algunos ejemplos publicados por Bruch (1911)- a todos aquellos ejemplares que pudieran ser categorizados como urnas, sobre la base de atributos morfológicos similares.

Años más tarde, la tesis doctoral de Bregante editada en 1926 planteó una sistematización de las colecciones pertenecientes al Museo Etnográfico de Buenos Aires y su comparación con los ejemplares conocidos a través de las publicaciones científicas. La clasificación de Bregante -basada en la forma y el diseño- abandonó algunos criterios presentes en los trabajos anteriores, como la funcionalidad y una posible secuencia tipológica. Por otra parte, las referencias geográficas que hasta ese momento se habían presentado sólo como vagas procedencias de hallazgos, se convirtieron en categorías clasificatorias. Así, cristalizó la variabilidad estilística bajo nombres regionales específicos tales como Belén, Santamariano, San José, etc.

Como señala Bregante: “Con el nombre de Belén se bautizó a estas urnas, por ser ése el lugar donde se encontraron con más profusión” (1906: 43). De este modo, se delimitaba una nueva categoría al otorgar un nombre específico con el cual serán conocidas en adelante, las “urnas pintadas de rojo y negro” que Outes había catalogado y que a su vez, habían sido “adquiridas” por Lafone Quevedo en la villa de Belén.

Ordenando el pasado


Los trabajos de clasificación cerámica del noroeste argentino, planteados en las primeras décadas del siglo XX (Lafone Quevedo 1904, Outes 1907, Torres 1906 y Bregante 1926) responden a esta necesidad de “ordenar” y sistematizar la variabilidad que tempranamente se había percibido. También en nuestro país la tarea de clasificación se llevó adelante, en relación con las necesidades y criterios de catalogación y exhibición museográfica, poniendo en evidencia, los criterios de ordenamiento de las colecciones, así como el proceso de institucionalización de la práctica científica en Argentina (Podgorny 1999).

La tarea de “ordenar y clasificar” las colecciones museográficas, fue al mismo tiempo, la interpretación del pasado desde un campo académico en formación que relacionaba estrechamente las actividades de exhibición con la investigación realizada en museos universitarios (Haber, A. y Delfino, D. 1995/1996: 41). Para 1906 el encargado de la Sección Arqueología del Museo de La Plata, Luis María Torres publica un trabajo referido al problema de los criterios de clasificación y exposición de las colecciones arqueológicas “... buscando así por esas diversas y sucesivas operaciones, la verdadera interpretación sintética de la evolución histórica de América en sus primeros tiempos” (Torres 1906: 380).

A pesar de tener como objetivo la evolución histórica la falta de excavaciones estratigráficas - y por lo tanto de referencias cronológicas más precisas-, la referencia geográfica de los materiales parecía ser el único criterio seguro sobre el cual fundar la catalogación.

Este hecho motivó que el Museo de La Plata publicara una traducción en castellano de la obra de Holmes -curador del Museo Nacional de Estados Unidos- quien consideraba que “... la cultura, tan es el producto de la región que sus artefactos son suceptibles de ser reunidos en áreasgeográficas...”.
Así los museos podían organizar sus exposiciones siguiendo dos criterios alternativos: la serie basada en la exhibición de rasgos culturales según su distribución geográfica o la serie de historia cultural donde el progreso humano podía hacerse evidente a través de los testimonios materiales de la evolución tecnológica (Stocking 1985).

Con esto se evidencia la disyuntiva que marcó la tarea de organizar los restos materiales en los museos: construir esquemas clasificatorios basados en tipologías de carácter evolutivo o definir culturas regionales tomando la distribución geográfica de la cultura material como manifestación de unidades étnicas. El criterio europeo de las tres edades de la prehistoria –basado evidentemente en una secuencia evolutiva- era rechazado por su inconsistencia científica1, así como por su inadecuación a la secuencia tecnológica americana que, a diferencia del Viejo Mundo, carecía de una edad de los metales del bronce y el hierro (Torres 1906: 383). Si bien finalmente se impuso el criterio denominado geo-étnico (Podgorny 1999), los autores de este período -Lafone Quevedo, Outes y Torres- escribieron sus trabajos basados en ambos criterios, según las características de sus lectores y el objeto de sus publicaciones.

Las obras de divulgación escritas por Outes y Bruch (1910) y Luis María Torres (1917) destinadas a un público escolar, siguieron claramente el criterio geoétnico, pero también apelaron a otros criterios cuando se dirigían a un público científico. Por ejemplo, Outes planteó una tipología evolutiva para la cerámica del noroeste argentino comparable a la evolución tecnológica en lugares tan distantes como Grecia y Norteamérica (Outes 1907).

Torres por su parte, consideraba que la distribución geográfica podía combinarse con un criterio evolutivo. De esta forma sugería que la distribución de las salas y los materiales allí expuestos, guiaran la circulación del público a través de la evolución cultural, tal como era concebida por los antropólogos (Torres 1906: 402).
El debate por la antigüedad

La relevancia de esta discusión se evidencia cuando el Museo de La Plata edita en 1907 los trabajos de Flinders Petrie, dedicados a la metodología de excavaciones estratigráficas que permitirían la elaboración de cronologías relativas basada en la técnica de seriación tal como había sido elaborada para Grecia y Egipto.

Los trabajos de Max Uhle tuvieron como resultado el planteamiento de una secuencia andina que incluía el noroeste argentino (1912). Boman cuestionaba este esquema, en particular la pretendida relación entre Tiahuanaco y la cerámica de los Barreales planteada por Uhle (1912) y Debenedetti (1923). Aún así consideraba que la región había sido sometida al dominio incaico y que había perdurado hasta después de la conquista española, según lo demostraban los entierros de Caspinchango y Tilcara en Santa María (Catamarca) y Quebrada de Humahuaca (Jujuy) respectivamente.

En definitiva Boman consideraba que “El estilo santamariano y el draconiano son manifestaciones artísticas regionales de diferentes partes de la región diaguita, pero contemporáneos y ambos de origen diaguita, no pudiendo por consiguiente la alfarería de uno y otro estilo servir para caracterizar épocas o culturas distintas” (Boman 1923: 27). En esta interpretación las urnas Belén eran una variedad del estilo santamariano, consideradas como eslabón (sic) con el estilo draconiano (Boman 1923: 20). Años más tarde, en la misma línea de Boman, Márquez Miranda incorporó la clasificación cerámica de Bregante, considerando la alfarería Santamariana, Belén y San José, como “tipos” de la región diaguita, aunque no presenta argumentos que intenten explicar el motivo de esta variabilidad.


Los Diaguitas: arqueología, lingüística e historia


El consenso obtenido por el criterio geoétnico dió lugar a una metodología que tenía como objetivo la reconstrucción de la cultura aborigen regional y nacional. En efecto, los límites territoriales del estado argentino moderno fijaron también, los límites observados por los investigadores para explicar la dinámica interétnica en el pasado. Así lo evidencian las obras de Torres (1917) Outes y Bruch (1910), Canals Frau (1953) y el volúmen I de la Historia de la Nación Argentina, publicada por la Academia Nacional de la Historia en 1936.

Los trabajos de Casanova (1936), Márquez Miranda (1936, 1946), Vignati (1931) y Canals Frau (1940) entre otros, muestran la consolidación de una modalidad de investigación ya prefigurada en los trabajos de los primeros investigadores. En efecto, la suma de diversas líneas de evidencia -provenientes de disciplinas tales como la lingüística, etnografía, historia y arqueología-, permitía elaborar un cuadro descriptivo de la cultura aborigen, organizada sobre la base de variaciones regionales. El criterio geoétnico esbozado en los primeros tiempos de la actividad museográfica, finalmente se convirtió en un principio general y un criterio no cuestionado de la investigación antropológica dejando en segundo plano, aspectos evolutivos y, en particular, cronológicos considerados en los inicios.

En este período, las urnas Belén fueron interpretadas como la cultura material prehispánica de los diaguitas mencionados en las fuentes de los siglos XVI y XVII. Por esto, la suma y distribución geográfica de rasgos culturales definió territorios a los que la investigación histórica permitía denominar con los términos que provenían de las fuentes coloniales.

Sin mayores justificaciones Marquez Miranda atribuía a las descripciones etnográficas coloniales, una especial sagacidad para reconocer la variedad cultural de las “naciones” indígenas del Tucumán. Por esto evidencias tan disímiles como la unidad lingüística o la distribución geográfica de la cerámica - las urnas en particular- podían tener un rol protagónico a la hora de definir el territorio étnico diaguita.

En este esquema, etnicidad y cultura material constituían aspectos de una misma realidad, operando uno como espejo del otro. De este modo, se definieron unidades sociales internamente homogéneas que, se suponía, expresaron sus diferencias identitarias a través de diversos ítems de cultura material. Así, la etnicidad fue el eje de la investigación antropológica y se erigió en criterio suficiente para dar cuenta del pasado prehispánico.

Una nueva síntesis sobre los indígenas de la argentina, escrita por Palavecino en 1948 muestra algunas reservas con respecto a la metodología vigente. La analogía entre el relato histórico y los restos materiales que otros autores aceptaban como supuesto básico, fue cuestionado por este autor que organizó su trabajo con otro criterio:

“...he separado las referencia etnográficas, ya sean etnográficas o actuales, de las arqueológicas obviamente no porque crea que en sustancia se trata de cosas distintas, sino porque la atribución de determinados restos a los grupos históricos es, a menudo, aleatoria y está siempre sujeta a rectificaciones. A lo sumo creo que podemos destacar la coincidencia cultural de los hallazgos arqueológicos con los datos etnográficos en líneas muy generales que no comprometen en modo alguno opinión definitiva. La mera coincidencia espacial del grupo histórico con el hallazgo arqueológico no constituye por si evidencia de vinculación salvo un análisis detenido para el cual los datos son, frecuentemente escasos” (Palavecino 1948: 3).
Por esto Palavecino se distanciaba de la perspectiva geo-étnica cuando sugería “... un estudio analítico de los estilos decorativos (...) para inferir etapas cronológicas, supliendo de este modo la deficiencia de la estratigrafia...” (1948: 57). Aún así no hacía más que volver sobre opiniones que habían sido vertidas cuarenta años antes, Lafone Quevedo decía que “... la base de clasificación para los objetos arqueológicos en la región diaguito-calchaquí es principalmente geográfica y por la sencilla razón que es la única más segura y por la que alguna vez, acaso, alcancemos a llegar a la cronológica” (1904: 297).


Tanto desde la historia como desde la evidencia arqueológica, la antigüedad del pasado quedó sin resolver. El criterio geoétnico siguió siendo dominante, y tal vez excluyente, aún cuando diversos investigadores planteaban la necesidad de una interpretación cronológica de la variabilidad. Aún así, nunca fue cuestionado el principio de etnicidad y cultura para estructurar el relato antropológico sobre el pasado.

La práctica científica se desarrolló en el ámbito de los museos y el trabajo de campo estaba orientado hacia la formación de colecciones museográficas que alimentaban con más ejemplares, las clasificaciones ya existentes. Por otra parte, las citas documentales con las que los investigadores sustentaban sus apreciaciones, no provenían -como es de esperar- del trabajo de archivo constante y renovado. Por el contrario, autores como Márquez Miranda o Serrano entre otros, apelaron durante muchos años a las mismas fuentes de información, las transcripciones del Archivo de Indias publicadas por Levillier o los escritos de los jesuitas Techo y Lozano, entre otros.

La asfixia caracterizó el ámbito académico argentino de aquellos tiempos, evidenciada en la ausencia de un debate fluido sobre la cronología de la variabilidad cerámica, aún cuando las técnicas de cronología relativa basadas en la seriación y la estratigrafía, estaban disponibles desde hacía mucho tiempo y algunos autores planteaban la diacronía de los estilos cerámicos locales2. A su vez, creo que el uso de fuentes históricas no fue en sí mismo el motivo de esta falta de discusión, a pesar de las críticas que esta metodología pueda generar por su eventual esquema tautológico (Beaudry 1988). Por el contrario, el problema reside en la modalidad de la práctica de la investigación arqueológica que no sólo eludió la confrontación de datos históricos con restos materiales sino que tampoco sometió las fuentes coloniales a un análisis crítico, proceso elemental en cualquier trabajo historiográfico. En el ámbito local el debate parecía cerrado y la práctica científica carecía de un trabajo de campo que generara nuevas preguntas. Bajo estas condiciones no es sorprendente que el cambio finalmente, proviniera del exterior.

2. Areas y períodos


Secuencia y área cultural

Basado en un minucioso trabajo bibliográfico, Wendell Bennett publicó en 1948 un replanteo general de la arqueología del noroeste argentino. Su trabajo se organizó sobre criterios diferentes respecto de las líneas de investigación que se desarrollaban en el ámbito local dado que organizó la información arqueológica disponible en términos de patrones regionales de distribución (Bennett 1953: 212). Así marcó distancia con aquellos investigadores que limitaron sus esfuerzos a correlacionar los restos arqueológicos con los aborígenes históricos del área (Bennett 1948: 44).

Por eso, dejando de lado la reconstrucción histórica de la etnicidad, planteó un pasado prehispánico estructurado en función de una secuencia estilística cerámica de alcance regional y subregional. La clasificación de Bennett tenía como objetivo último, la determinación de áreas definidas por la combinación de factores ambientales y elementos culturales, con el fin de reconstruir la historia cultural de la región (Bennett 1953).

En primer lugar retomó la clasificación alfarera de Bregante –clasificación a la que consideraba básica- y definió estilos cerámicos según la asociación de forma, diseño y color. En segundo término, se presentaba una síntesis de la distribución y asociación del estilo, luego definía un sitio tipo y finalmente, sugería la definición de culturas tentativas y su ordenamiento en una secuencia regional y en esto radica precisamente su ruptura.

Con el esquema de Bennett, la etnicidad - reconstruida a través de la historia- dejó su lugar al concepto de cultura como eje estructurador del relato antropológico. Si bien no apeló a denominaciones étnicas sino geográficas, Bennett consideraba que el área cultural -como patrón de distribución geográfica de restos materiales- podía ser interpretada también como una unidad cultural válida del pasado (Bennett 1948: 46).

En esta instancia Belén se convierte en una entidad cultural definida por una suma de elementos materiales, al vincularse un estilo cerámico con un sitio y a su vez, con una distribución en el espacio y un lugar en una secuencia cronológica. Belén como entidad cultural, identificada en virtud de las urnas homónimas, correspondía al período medio y principios del tardío, sin entrar en contacto con el período inca (1948: 119). De esta forma, la creación de entidades culturales representaba la definición de actores sociales que si bien no eran interpretados como entidades étnicas históricas, operaban como tales en la interpretación antropológica, es decir que las reconstrucciones del arqueólogo eran asumidas como entidades reales del pasado (Shennan 1989: 6).

Si bien la secuencia de Bennet enriqueció el debate arqueológico local, su estructuración y más aún su perspectiva teórica, no permitía superar la instancia descriptiva de la suma de elementos culturales. En este marco, el cambio cultural podía ser identificado pero no explicado más que en virtud de migraciones o de la difusión de elementos culturales de un área hacia otra (Bennet 1948: 222).

La reinterpretación del pasado prehispánico había sido elaborada por Bennett, en virtud de una profunda revisión bibliográfica de los trabajos arqueológicos sobre el NOA, sin embargo, la construcción de secuencias regionales basadas en la técnica de seriación, requerían de excavaciones orientadas según criterios estratigráficos.

Con ese objetivo González comenzó los trabajos de campo, con el fin de obtener una secuencia regional que diera sentido evolutivo a la variabilidad registrada3. Así la dimensión espacial de la evolución cultural se basó en la definición de áreas determinadas por condiciones ambientales diferenciadas que al mismo tiempo, representarían variaciones culturales en términos similares a las áreas culturales sobre las que se basó el trabajo de Bennett al que hicimos referencia.

En sus trabajos iniciales González utilizó la clasificación regional de Bennet denominada "área central del norte", en reemplazo de "la mal llamada área diaguita" con el fin de distanciarse del criterio geo-étnico dominante (González 1955). El área valliserrana, tal como fue definida en los trabajos publicados en 1963,1979 y 1982, comprende los valles de la vertiente andina oriental, ubicados entre los 1200 y 3000m de altura, donde las condiciones ambientales permiten los mayores rendimientos agrícolas y productivos permitiendo de esta forma, el sustento de mayores densidades poblacionales.

El Valle de Hualfín –ubicado en el área valliserrana y considerada la de mayor relevancia por la envergadura de sus restos- fue seleccionado por tratarse de una unidad geográfica delimitada, pero en particular, porque se contaba con las excavaciones de las expediciones Muniz Barreto4, cuya envergadura y condiciones precisas de registro, permitiría elaborar una secuencia basada en la técnica de seriación5.

El resultado de este tipo de trabajo se expresó frecuentemente, a través de cuadros de doble entrada en el que la determinación de unidades culturales se ordenaba según el criterio de sucesión y distribución geográfica. La seriación planteada para el noroeste argentino estableció una sucesión de etapas y culturas a las que organizó bajo el orden de período Temprano, Medio y Tardío. Más tarde la posibilidad de obtener cronologías absolutas a través del método radiocarbónico, permitió la creación de períodos y etapas culturales de límites cronológicos precisos produciendo algunas modificaciones en el ordenamiento original del período temprano.

Para González el Valle de Hualfin y el de Calchaquí presentan estilos cerámicos comunes durante el período temprano pero a partir del Tardío, la presencia de cerámica santamariana en tumbas de Belén y los hallazgos en habitaciones de Hualfín de fragmentos cerámicos de ambos tipos, fueron interpretados como evidencia de contemporaneidad con cerámica santamariana, con esto se observa una diferenciación estilística que evidenciaría un proceso de regionalización cultural.
Los señoríos valliserranos

Desde los comienzos de sus investigaciones en Hualfín –iniciadas en los años 1951-1952- González planteaba la construcción de una tipología evolutiva de la vivienda prehispánica, como evidencia de evolución cultural (González 1954). La “probable secuencia” que allí se elaboró para la cultura Belén, correlacionaba la variabilidad arquitectónica con la estilística que presentaban los restos cerámicos. Las variaciones evidenciadas en las plantas arquitectónicas y estilos cerámicos regionales, fueron interpretados como la expresión material de cambios culturales y de organización social.

De tal forma que las fases establecidas en la secuencia de la entidad Belén, expresaban -según el autor- cambios sociales internos que van desde los grupos familiares que vivían en casas-pozo comunales (fase I) hacia la conformación de núcleos poblacionales de mayor envergadura que requerían la organización del trabajo comunitario en función de autoridades locales (fase II). Finalmente, la expansión incaica representaría la incorporación de la población local en la estructura política y productiva del Estado, evidenciada en la construcción de centros administrativos regionales (fase III) (González 1954).

Un recorrido por los trabajos arqueológicos referidos al área valliserrana desde entonces hasta la actualidad, muestra que la categoría Belén involucra, al mismo tiempo, diversos aspectos que son, a su vez, construcciones conceptuales con las que los investigadores se enfrentaron a su objeto de estudio: desde un estilo cerámico, un área cultural, un período (Desarrollos regionales) y un patrón de asentamiento hasta una estructura política compleja clasificada como Señorío (Raffino 1973, Sempé 1980, 1999)6. En efecto, Raffino y Cigliano identificaron los asentamientos de Hualfin y La Alumbrera con “... un sitio de avanzada, ubicado dentro de un ambiente ecológico, u oasis de la Puna, de una cultura Belén, cuyo hábitat natural pertenece a otro ambiente ecológico, el de Valle”(Raffino y Cigliano 1973: 250). Sempé por su parte, define un señorío Belén en función de una estructuración jerarquizada de asentamientos a partir de un centro nuclear ubicado en el Valle de Hualfín y periferias enlazadas como ámbitos productivos como los valles de Abaucan, Londres y Asampay (Sempé 1980, 1990).

Del ordenamiento cronológico de los contextos se pasó -a través de las mismas categorías- a una interpretación del cambio cultural basada en modelos teóricos de la antropología o la etnohistoria. La incorporación de los modelos andinos de control vertical (Murra 1972) y movilidad giratoria (Núñez y Dillehay 1979) sumado al concepto antropológico de jefatura (Service 1964), marcaron los ejes de interpretación arqueológica sobre el tardío desde los años 70 a la actualidad.

Tanto el modelo de control vertical como la conformación de señoríos regionales y redes de tráfico interregional –modelos interpretativos para este período- descansan sobre la identificación de los atributos estilísticos de los restos materiales -cerámica en particular- como diagnóstico para la identificación de unidades socio-políticas marcando en este aspecto, una continuidad con las interpretaciones previas (Cigliano, Raffino y Cigliano 1973, Núñez Regueiro 1974, Sempé 1990).
Consideraciones finales

Recientemente Tarragó ha considerado el pukara y la chacra como metáforas materiales de las sociedades del período de Desarrollos Regionales (Tarragó 2000). Tal vez para los arqueólogos de los años 30 y 40, este papel hubiera correspondido a las urnas, protagonistas indiscutidas de la narración sobre el pasado prehispánico en aquellos tiempos, convertidas luego, en metáfora de una identidad étnica, un lugar geográfico y hasta una estructura política.

De modo que la categoría Belén constituye en su origen una categoría estilística y de clasificación museográfica a la cual se fueron sumando nuevos significados en función de los debates antropológicos predominantes en cada período, a medida que la investigación arqueológica incorporaba nuevos problemas y líneas de evidencia. Por este motivo, desmenuzar el alcance conceptual de categorías que gozan de plena vigencia no resulta un mero ejercicio de recopilación bibliográfica sino una instancia imprescindible en la investigación que permite establecer una relación crítica con el objeto de estudio.

En este sentido, la revisión de herramientas conceptuales hasta aquí expuesta, sugiere una tensión constante entre categorías originadas en la actividad museográfica -producto de la formación de colecciones- con su resignificación como unidades cronológicas y culturales reflejo de las sociedades del pasado.

Efectivamente, la tensión generada entre las categorías museográficas y la elaboración de unidades operativas para el estudio del pasado radica en que la incorproración de objetos destinados a la formación de colecciones implica, sin duda, una recontextualización de los mismos (Pearce 1994: 19). De modo que existe una contradicción insalvable si esperamos que las clasificaciones generadas por la actividad museográfica -como resignificación de los objetos en estudio- constituyan efectivamente, un reflejo directo del pasado que se busca reconstruir. Por esto sostengo que la categoría Belén no constituye por sí misma un concepto unívoco y homogéneo sino una suma compleja y contradictoria de significados adquiridos a lo largo de décadas de investigación.
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 Cátedra de Historia de América I. Departamento de Historia. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires. Argentina.

1 Para una explicación detallada de los trabajos de Thomsen y su carácter científico ver: Trigger (1992: 77-82).

2 Me refiero al debate entre Uhle y Boman o Debenedetti y Márquez Miranda sobre la antigüedad de la cerámica de Los Barreales.

3 Sobre la formación académica de González en Estados Unidos ver: Boido, G, Pérez Gollán, J, Tenner, G. 1990.

4 Sobre la colección Muniz Barreto ver: Johansson (1996), Scattolin (1999), Torres (1934).

5 La seriación original -elaborada con métodos manuales de fichado y asociación de los ajuares funerarios-, fue confrontada con la seriación obtenida mediante el uso de computadoras en la Universidad de La Plata y la Universidad de Harvard. A su vez, se confrontaron con los fechados radicarbónicos obtenidos en los trabajos de campo de los años 60. Ver: Gonzalez, A. R. y Cowgill, G.1975.

6 Para una revisión crítica del concepto de señorío en arqueología ver Nielsen (1995).

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