Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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1. Julio Hetzel, nacido en 1814, había desempeñado importantes responsabilidades políticas durante la Segunda República. A raíz del golpe de estado bonapartista de 1851 se exilia y retorna a Francia en 1859, al promulgarse la amnistía. Hombre de talante liberal, escritor y editor, Hetzel se había hecho a sí mismo. A pesar de su origen humilde (su padre fue guarnicionero en Chartres y su madre, la hija de un jefe de Correos), estudia en el colegio Estanislao e inicia la carrera de derecho en Estrasburgo, que tuvo que interrumpir por considerar que era una carga para su familia. Trabaja en la casa del editor y librero Paulin, en la calle del Sena, introduciéndose en el Nacional, órgano del partido republicano, llegando a ser un miembro destacado. En 1843 funda su propia editorial y compra un importante fondo religioso. Amigo íntimo de Musset, Balzac, Nodier, Sand, Janin, etc., inicia la publicación de una nueva fórmula, a caballo entre el libro y el folletín: las denominadas hoy novelas «por entregas», que obtuvieron un gran éxito. (N. de J. J. Benítez.)

Mirada escrutadora... Mutua e incomprensible corriente de simpatía... Seriedad... Tapices en las paredes...

Más o menos, sí.

Jules Hetzel me dejó hablar, desnudándome con sus ojos de halcón. Se me antojó un hombre noble, no sé si de estirpe o de sentimientos. Cuando ambos van unidos, el noble deja de serlo, para transformarse en "hombre". Luego supe que pertenecía a la nobleza de sentimientos, a los que piensan sin doblez.

Incomprensible, cómo no, la corriente de afecto. Jamás le había visto antes. Sin embargo, un hilo mágico e invisible, como de "plata", apareció ante mi cansado y receloso corazón. No me equivoqué. La intuición no yerra. Y tal y como recomendara Cicerón, Hetzel, mi nuevo amigo, cumplió la primera ley de la amistad: pedir y hacer con honestidad. Tomó el manuscrito con veneración, lo ojeó con curiosidad y habló con sensatez: "Deme quince días para leerlo."

Seriedad. Echó atrás la poblada y negra cabellera y, sin mover un músculo de su pálido, vertical y romántico rostro, dio por concluida la entrevista. Ni conciliadoras recomendaciones, ni adulación, ni falsas promesas. Seriedad...

Y tapices. Diosas, verdes paisajes y mitología en telas llegadas de Flandes y de Venecia. Los tapices, la obsesión de Hetzel, lo cubrían todo: puertas, paredes, suelos... Su corazón era un tapiz, trenzado con la más escasa de las virtudes: la lealtad. Y ese corazón colgaba de uno de los muros de la exigua habitación, para quien pudiera o deseara reconocerlo, en forma de sentencia; la de Domenichi: "Hay tres cosas inanimadas que son más firmes que todas las demás en su modo de presentarse: la sospecha, el viento y la lealtad. La primera, nunca entra en un lugar donde pueda salir; el segundo, jamás penetra sin ver la salida; la tercera, cuando sale de un sitio nunca retorna."
estrellitas
"Deme quince días para leerlo."

¿Quince días o quince siglos? No supe medir aquel tiempo. Y comprendí mejor la frase de Flaubert... "El futuro nos atormenta..." El futuro de mi libro me atormentó con el peor de los suplicios: la duda. "El pasado nos retiene..." Mi pasado, en tales días de angustiosa ansiedad, se precipitó sobre un Julio Verne novel, pendiente de un hombre, de una decisión... Todo mi pasado, apostado a una sola carta, la de Cinco semanas en globo. ¡Terrorífico!

"Y he aquí —concluye el autor de Madame Bovary— por qué el presente se nos escapa." En aquellos quince días no fue mi presente lo que escapó; fue mi vida entera, mis treinta y cuatro años.

Honorine, práctica y desconfiada, trató de evitar un nuevo desengaño. "No confíes... No construyas donde sólo hay aire.... ¡Olvida tu libro!"

¿Olvidar mi libro? ¿Cómo? Aquel manuscrito no eran simples papeles garrapateados. ¡Llevaba mi sangre! ¡Portaba mi espíritu y las ilusiones de diez años! Ahora, treinta y seis años más tarde, me estremezco. ¿Qué habría sido de Verne si Hetzel no entra en escena?

Los nervios, el insomnio, la inapetencia, el ir y venir de los más alocados pensamientos y, sobre todo, la sangrante duda fueron mis fieles compañeros. Imagino que a todo escritor novel le sucederá lo mismo. Aquel Verne palideció y se tornó adusto, ausente e impresentable.

Pero el tiempo es justiciero y pone todas las cosas en su sitio. ¡Gracias, Voltaire!

Y mi hora llegó con los primeros días de setiembre. Hetzel, al observar mis ojeras, sonrió maliciosamente. Abrió el manuscrito y, arrellanándose en el sillón, recuperó su habitual gravedad, escrutando mi semblante, mis gestos, mi nervioso parpadeo... El breve pero espeso silencio me descompuso por completo. Debo confesarlo. Mis tripas gruñeron inoportunamente, alertándome sobre la urgente necesidad de correr al excusado. ¡Tenía gracia! Toda una eternidad aguardando aquel momento y...

—Joven —murmuró el editor, sin reparar en mi comprometida situación—, no está mal...

—Perdóneme —le interrumpí, al borde del cataclismo escatológico—, sí estoy mal...

Hetzel, lógicamente confundido, balbuceó: —¿Que está qué? —¡Mal, señor...! ¡Disculpe...!

Atónito, me vio desaparecer de su vista, agarrotado como una parturienta. Minutos después, resuelto el inaplazable "negocio", retorné a su presencia, deshaciéndome en reverencias y pretextos. Pasados los años, Hetzel y yo hemos recordado en la intimidad y con sonoras carcajadas cómo el gran Julio Verne "tuvo que bajarse los pantalones" ante su editor... "desde el primer momento". La situación fue tan ridicula, prosaica e "increíble" que ni él ni yo nos atrevimos a contarla jamás. Pero a lo que iba...

— Le decía —continuó el comprensivo Hetzel— que su manuscrito no está mal..., pero, en mi modesta opinión, no se trata de una auténtica novela... aún.

Del rubor inicial pasé a la palidez. En un segundo me precipité a los más negros abismos. ¡Un nuevo fracaso! Mas, incomprensiblemente, una fuerza superior me retuvo en el asiento.

—...Joven, no es problema de fondo, sino de forma. Le falta dramatismo. Vigile la unidad del relato, introduzca nuevos elementos y, sobre todo, acción. Hágame de esto una verdadera novela y le firmaré un contrato...

Pero ¿entonces...? Y un Julio Verne dócil, deseoso de colaborar, ¡qué digo colaborar, de... aprender!, reconoció al punto que aquel hombre podía llevar toda la razón. Cinco semanas en globo había partido de las fuentes del periodismo; ahora debía convertirse en novela.

Digo yo que el editor no esperaba una reacción tan impropia de un autor novel, la mayoría, ensoberbecida en su orgulloso pedestal. Y en justa correspondencia, inaugurando una sonrisa, exclamó:

— ¿Sabe usted, joven, que tiene talento?

Pues sí, una de cal y otra de arena. Hetzel fue honrado. Sin aquella decisiva advertencia. Cinco semanas en globo, de haberse publicado tal cual, sólo hubiera sido una "bagatela" más...
estrellitas
Eufórico, me recluí de nuevo en mi guarida, corrigiendo, suprimiendo y añadiendo hasta caer rendido. Honorine, incrédula, se mostró paciente y resignada ante aquella jungla de mapas, libros y papeles que, por espacio de quince días, invadió la casa. Julio Verne demostró su fuerza y de lo que era capaz. Fue todo un anuncio. Un presagio. Es posible que sea tachado de vanidoso; lo fui hasta los límites del cielo. También de pésimo padre y peor marido. Cierto. Igualmente, aquellos que me han conocido, no son muchos, saben de mi infelicidad, de mi soledad y de mi falta de valor. Pero nadie podrá reprocharme falta de coraje y de tenacidad, entre divina y diabólica, a la hora de trabajar. Aquellos quince días, perfeccionando el globo, son sagrados en mi memoria. Fueron los cimientos y el horizonte. La vida de este viejo oso podría resumirse en aquellos quince apasionados y apasionantes días. Allí se desbordó la luz, la fuerza y la inteligencia de un hombre llamado Verne. Nunca fui tan grande y tan auténtico. Hoy, aquel titán es sólo un reflejo que se apaga...
estrellitas
El manuscrito retornó a Hetzel y el 23 de octubre de 1862, jueves, la habitación de los tapices y Julio Verne se reunieron por tercera vez. En esta ocasión no hubo "descomposición"... Jules Hetzel —¡Dios le bendiga!— no disimuló su entusiasmo. ¡Publicaría Cinco semanas en globo\ ¿Cómo expresar aquel momento? Sencillamente, había llegado mi hora...

Pero las sorpresas no concluyeron ahí. Sagaz, con el fino instinto que distingue a los grandes editores, quiso saber quién era Verne y, en especial, qué llevaba dentro. Me dejó hablar durante una hora. Fue mi segunda oportunidad. La "novela de la ciencia", diez años encarcelada en mi corazón, recuperó la libertad. Expuse mis proyectos, volé hasta el infinito, imaginando expediciones árticas, aventuras científicas, viajes a lo largo y ancho del planeta, con la ciencia como brújula. "Se trata, señor, de aproximar el mundo, la naturaleza y la gloria del hombre al propio hombre... Todo un paseo completo por el cosmos..."

Hetzel apenas replicó. Guardó silencio y, extrayendo unos documentos del cajón de su mesa, me lanzó la siguiente propuesta: "Joven, deseo que escriba para mí. Tres libros al año durante veinte años. Por cada volumen recibirá mil novecientos veinticinco francos. Si está de acuerdo, firme aquí."

¡Dos mil francos por libro!... ¡Veinte años...! ¡Eso hacía un total de sesenta obras y ciento veinte mil francos!

Poco faltó para que saltara sobre Hetzel y le besara. Poco faltó para que Julio Verne cayera desmayado... ¡Mi sueño, al fin...!

La salida de la apestosa callejuela de Jacob fue triunfal. Salté, corrí y abracé a los atónitos transeúntes. En esos momentos de euforia, de incredulidad, de íntima satisfacción, ni siquiera pensé en Honorine. Penetré en la Bolsa como un ciclón, derribando sombreros y confundiendo a los contertulios de la columnata.

— ¿Qué dice este loco?

—¡Sí, señores —repetí a voz en grito—, me caso!... Al fin he encontrado en mi camino el más rico de los partidos... ¡Me caso con el señor Hetzel!

El melodioso "sonido" de aquel número —ciento veinte mil francos— amansó la hostilidad de mi esposa. Honorine se transformó. Sus ácidas réplicas y menosprecios se esfumaron. Y Verne tuvo y disfrutó un relativo período de paz. Todo me parecía distinto, incluso el constante llanto de Michel y las travesuras de las niñas.

Mis visitas a la calle de Jacob se hicieron frecuentes. Allí conocí los excitantes proyectos de Hetzel. Uno de ellos, en particular, me entusiasmó: la creación de un periódico de alta calidad, ameno, ilustrado y educativo que, al mismo tiempo, sirviera de ensayo para las futuras colecciones de libros, dirigidas a las diferentes edades, más que a los estamentos sociales. Julio Verne tendría un puesto en esa revista...

¿Qué más podía desear? Por supuesto, la aparición de mi primera gran novela.

Y un sábado, 31 de enero de 1863, Cinco semanas en globo vio la luz pública. Fue mi gran día. Había nacido el verdadero Julio Verne. Fue el mejor regalo de cumpleaños. Siete días más tarde, el 8 de febrero, al festejar mi trigésimo quinto aniversario y el sexto de matrimonio, mi casa fue una fiesta. Quemamos lo que teníamos y lo que no teníamos. Mis amigos tuvieron que prestarnos dinero para hacer frente a las deudas... Jamás uno solo de mis libros sería recibido con tanta pompa y felicidad. Al menos en lo que a mí respecta...

¿Tuve suerte? Es posible. Godin ha escrito: "El necio que alcanzó el éxito suele decir: 'Es mérito mío'; y el sabio: 'He tenido suerte.'"

Suerte fue que la crítica se mostrara unánimemente positiva. El mejor y más acertado elogio partió de la revista Dos Mundos, que calificó mi libro "como una obra destinada a causar sensación y a convertirse en un clásico en su género". Lástima que, con el paso de los años, estos mismos críticos literarios olvidaran lo que habían escrito en 1863...

Suerte fue que Cinco semanas en globo apareciera en el mercado justamente en plena revolución de la aerostática. La guerra entre los partidarios de "lo más pesado" y "lo más ligero" que el aire alcanzó su punto álgido cuando, llevado por su inagotable romanticismo, Nadar anunció una suscripción pública para la construcción de su "sueño": el Géant, un globo tan alto como Notre Dame, con una barquilla de casi siete metros de altura. Los periódicos y revistas alimentaron el fuego de la polémica y, de paso, me hicieron una estimable publicidad... gratuita.

Y suerte fue que, a los cinco meses de la presentación de mi libro, Gabriel de la Landelle y Ponton d'Amécourt, fabricantes de juguetes científicos, tales como las espiralíferas,1 propusieran a Nadar la creación de un centro de estudio y experimentación con el fin de evaluar las ventajas e inconvenientes de ambos sistemas: lo más ligero o lo más pesado que el aire. El centro fue bautizado con el nombre de Sociedad de Fomento para la Locomoción Aérea por medio de Aparatos más Pesados que el Aire.2 El 31 de julio, La Prensa hace público el manifiesto de dicha sociedad, originando nuevas oleadas de interés hacia los globos y hacia el Victoria en particular. Y las ventas siguieron creciendo.

Suerte fue que el Géant, con el intrépido Nadar al frente, efectuara su primer vuelo el 4 de octubre de ese año de gracia de 1863, a los nueve meses de la publicación de Cinco semanas en globo. Nadar, exultante, se elevó sobre el Campo de Marte, ante doscientos mil atónitos espectadores. Doscientos mil potenciales compradores de mi libro...3

Y suerte fue que Nadar repitiera su gloriosa aventura catorce días después. Suerte para Verne y su novela y perra suerte para mi amigo y compañero del alma. Porque, en este segundo vuelo, ante la orgullosa mirada de Napoleón III y la fascinación del rey de Grecia, el Géant fue arrastrado por un violentísimo viento y cayó a seiscientos kilómetros de París, en Hanovre. El aterrizaje fue penoso. Barquilla y globo se arrastraron por el campo y Nadar sufrió la fractura de ambas piernas. Su mujer y los nueve pasajeros que le acompañaban resultaron igualmente heridos de consideración. El suceso dividió a las masas, haciendo correr nuevos ríos de tinta en los periódicos y revistas. Hasta Víctor Hugo se lanzó a las páginas de la prensa en defensa de Nadar. Yo mismo alimenté la polémica, publicando en el Museo de las Familias un fogoso artículo —«A propósito del Géant»— a favor de Nadar y anunciando el no muy lejano triunfo del helicóptero. La victoria, en realidad, sería para el Victoria de Cinco semanas en globo...

La formidable campaña de prensa, estimulada por unos y otros, fue el mejor soporte publicitario para mi obra. Hetzel, amigo de Nadar y hombre despierto, supo intuirlo. Y como reza el adagio japonés, "existe una puerta por la que puede entrar la buena o mala suerte; pero somos nosotros quienes tenemos la llave".

Hetzel tenía la "llave", mi globo, y abrió las puertas de par en par. En pocas semanas, todo París se hizo lenguas de aquella increíble novela de un joven nantés, muy prometedor, llamado Julio Verne.

El "círculo sagrado" —Poe, Nadar, Hetzel, Verne— se había cerrado.»

1. Las denominadas «espiralíferas» eran unos avanzados juguetes, parecidos a los actuales helicópteros. Provistos de un muelle, podían saltar hasta tres metros. (N. de J. J. Benítez.)

2. Esta sociedad tuvo su sede en la casa de Nadar. La junta directiva se hallaba integrada por J. A. Barral, como presidente, Gabriel de la Landelle y Gandillot, como vicepresidentes, Ariel Salives y Julio Verne, como críticos. (N. de J. J. Benítez.)
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