Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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Equivalencia: ésta fue la fórmula. Una increíble «caja de herramientas», a juzgar por los resultados.

Casi como un juego, tal y como lo hubiera enfocado el desconcertante bretón, reconvertí JULES VERNE en dígitos. Los números asignados fueron: JULES = 1.3.3.5.1 y VERNE = 4.5.9.5.5. La suma total (13 + 28) fue 41 = «5».

En principio, aquel «5» no me dijo nada. Y repetí la operación con los nombres y apellidos completos: JULES GABRIEL VERNE ALLOTTE. El dígito final —«9»— tampoco presentaba mayor interés.

1.Estos valores son los siguientes:

1 2 3 4 5 6 7 8 9

A B C D E F G H I

J K L M N O P Q R

S T U V W X Y Z

Envenenado, proseguí la aparentemente absurda búsqueda. Porque, en realidad, ¿qué demonios buscaba?

Uno a uno reduje a valores numéricos cada nombre y apellidos. El sencillo método de conversión me proporcionó el siguiente cuadro:
JULES = «4». GABRIEL = «9».

VERNE = «1». ALLOTTE = «4».

JULES VERNE = «5».

J. VERNE = «2». J. G. VERNE = «9».

J. VERNE ALLOTTE = «6»

JULES GABRIEL VERNE ALLOTTE = «9».

JULES GABRIEL VERNE = «5».

La secuencia era inagotable. Bastaba con seguir «jugando» con las iniciales, con las sílabas o con las casi infinitas combinaciones entre letras. La intuición y el sentido común me dictaban que, de existir algo en semejante rompecabezas, tenía que ser mucho más simple y cristalino. Lo sencillo, ya se sabe, es siempre lo más difícil. Pero ¿dónde profundizar? ¿Qué era lo «sencillo»? Sobre todo, ¿qué era lo «sencillo» para Verne? ¿Cómo se hubiera comportado ante una situación como aquélla?

Sin darme cuenta, yo sólo me estaba enredando. Lo lógico era investigar en torno a las dos palabras por las que el escritor es mundíalmente conocido: JULES VERNE.

Ese sexto sentido (?) no me engañó...

JULES VERNE, dicho está, equivale al número «5». Por su parte, JULES = «4» y VERNE = «1». La suma de los tres me devolvía al «1».

Los cinco primeros días del mes de junio los empeñé en un nuevo y tenso rastreo, esperando detectar algún tipo de vinculación entre el «6», el epitafio y los condenados dígitos. Fue igualmente inútil. Las mil cábalas y combinaciones se estrellaron en la nada. Lo más desesperante es que ni siquiera sabía lo que buscaba...

Derrotado, abandoné las pesquisas. «Seguramente —me dije—, no hay nada que buscar. Todo es fruto de mi alocada mente.» Y por espacio de una semana me distancié del supuesto criptograma, reanudando los estudios sobre la vida de Verne. Sin embargo, los guarismos, sólidamente instalados en mi cerebro, siguieron burlándose de este infeliz. Los «veía» en todas partes. Me asaltaban en las comidas y terminaba por dibujarlos hasta en las facturas. Al mismo tiempo, esa «fuerza» que jamás me abandona no dejó de empujarme hacia la inconclusa investigación. Era preciso lanzar un nuevo ataque. Aquella pesadilla tenía que concluir.

Caí sobre las obras de Verne, releyendo los capítulos en los que maneja enigmas y prestando una cuidadosa atención a la presencia de los números. No tardé en comprender. Mis anteriores indagaciones se habían divorciado nuevamente del «estilo verniano». En líneas generales, el críptico Verne —una vez desarrollada la exposición de un criptograma— gustaba «volver sobre sus pasos», resolviendo el enigma mediante una mecánica inversa a la seguida hasta ese momento. La sencilla técnica me dio una idea.

Los tres dígitos —«1», «4» y «5»— eran equivalentes a nueve letras del mencionado alfabeto internacional. Y «volviendo sobre mis pasos» comprobé que el «1» era igual a la «A», a la «J» y a la «S». El siguiente número, el «4», tenía asignadas la «D», la «M» y la «V». Por último, el «5», practicando este método de conversión, pero a la inversa, correspondía a las letras «E», «N» y «W».

¿Y qué podían significar? El hecho de que los tres guarismos sumaran «1» (1+4 + 5 = 10 =1 + 0=1) reforzó la sospecha de que debía empezar por las letras «A», «J» y «S».

El pequeño o gran hallazgo (según se mire) tuvo lugar, al fin, en la mañana del 15 de junio, miércoles. Al dibujar las referidas letras se hizo la luz. A decir verdad, hasta un niño lo habría visto...

¡Era increíble! La «A» me recordó al punto la inicial de ALBERT: ¡el nombre del escultor de la tumba de Verne! La «J», a su vez, me llevó hasta JULES y la «S», en el colmo de los colmos, ¡a las palabras francesas «sépulcre» (sepulcro) o «sépultare» (sepultura)!

La «conducción» hasta dichas palabras había sido tan natural y aparentemente fácil que no podía creerlo. Pero el destino, burlón, me reservaba otras sorpresas.

La segunda tanda («D», «M» y «V»), asociadas al «4», podía interpretarse como las iniciales de DÉCEDER O DÉCEDÉ (fallecer o fallecido), MORT (muerte o muerto) y VERNE, respectivamente. En el caso de esta tercera letra (la «V»), también cabía contemplar otras alternativas: VIE (vida), VIVRE (vivir), VÉRITÉ (verdad), etc. Pero, necesitando concentrar todas las fuerzas en una sola dirección, me incliné por aquellos vocablos que hacen referencia a la muerte y, en definitiva, a la tumba. La vieja idea de que epitafio, Verne y Albert Roze guardaban una estrecha relación se vio fortalecida por estos primeros descubrimientos. Y el «juego» continuó.

El siguiente y no menos curioso hallazgo llegaría también de la mano de los números y de sus equivalencias. Si Jules Verne y Albert Roze —me dije— habían tramado la totalidad o parte de este enigma, quizá sus nombres guardasen alguna vinculación. Verne habría reforzado así las pistas hacia su gran criptograma final. La idea se me antojó absurda y altamente improbable. Pero, procurando no perder de vista el laberíntico estilo verniano, puse manos a la obra.

Mi desconcierto fue total. Siguiendo el mencionado método de conversión de letras a dígitos, los nombres de ALBERT y JULES resultaban «hermanados» por un mismo guarismo: el «4».

ALBERT = «4» = JULES.

No podía creerlo. Pero las sucesivas sumas arrojaron siempre el mismo número. ¿Azar? Yo sólo me contradecía. ¿Desde cuándo creía en la casualidad?

Tembloroso, me dirigí al primer apellido: VERNE y ROZE.

Aquello era de locos.

VERNE sumaba «1»... ¡Y ROZE sumaba «1»!

VERNE = «1» = ROZE.

Ya no eran sólo los nombres (Albert y Jules) los que aparecían ligados. También los apellidos. En consecuencia, JULES VERNE equivalía a ALBERT ROZE, desde el prisma de los números.

JULES VERNE = «5» = ALBERT ROZE.

Como digo, este encadenamiento de «causa-lidades», frías y constatables, fortaleció mi primitiva intuición. El epitafio era mucho más que una simple y poética sentencia. Verne, casi con seguridad, planeó con Roze su último criptograma o, cuando menos, se sirvió de él. Todo «aquello» no podía ser atribuible a una singular y aparatosa casualidad... Y es más: el epitafio quizá sólo fuera el primer peldaño de una monstruosa construcción críptica. Algo muy típico en Verne...

Entusiasmado por lo que estimé como una sólida y saludable pista, me entregué en cuerpo y alma al resto del criptograma. Pero la suerte —yo lo sabía— estaba echada. En el fondo, la primera de las claves se había consumado. Y yo, providencialmente, había dado con ella. Procurando «leer» en los pensamientos de Verne, 1898 y el epitafio tal vez no encerraban otro misterio que el de «advertir», «poner sobre aviso» y «conducir» a los presuntos curiosos... a otro «lugar». Y la intuición (?) me dibujó ese «lugar»: la tumba de Amiens. Era menester visitarla e indagar sobre ella. Esta sola idea me hacía temblar. ¿De qué había sido capaz el complejo y singular Verne? ¡Qué excitante desafío!

En mi opinión, esta fase inicial de la investigación —aunque perfectamente clara— debía ser redondeada. Uno de los dígitos, el «5», seguía descolgado e inédito. La correspondiente conversión a letras («E», «N» y «W») me traía loco. Barajé decenas de posibilidades. La mayoría, carente de sentido. Sólo una, mal que bien, parecía encajar en el conjunto formado por el epitafio, Verne-Roze, la tumba y la propia ciudad de Amiens.

Curiosamente fue una de las primeras ideas que me «vino» (?) a la mente. Pero, una vez más, su extremada sencillez me despistó, relegándola a un segundo plano. La «E» podía ser la inicial de la palabra ESTE. La «N», la de NORTE, y la «W», continuando en esta misma línea, la de WEST (oeste en el lenguaje cartográfico y marinero). ¿Se trataba de unas coordenadas? ¿Qué había querido insinuar el bueno de Verne?

«ESTE-NORTE-OESTE

Dado que la sepultura se encuentra en Amiens, uno de mis primeros movimientos se orientó a la búsqueda de las coordenadas de la mencionada ciudad.

49° N 54' y 2° E 18'.

Curioso. Las palabras NORTE y ESTE encajaban a la perfección. Pero ¿qué pasaba con la «W»? ¿Qué podía significar el término OESTE? Algo estaba claro como la luz. Si aquel galimatías era obra de Julio Verne, la palabra en cuestión no era consecuencia de un capricho. Pero, honestamente, no supe descifrar su posible y oculto significado.

Por pura inercia sumé los guarismos de las coordenadas de Amiens y el resultado me descompuso: «6». Si Verne había jugado con los números (era evidente), quizá se percató de esta «causal» circunstancia. El problema era: ¿introdujo el dato en el criptograma?

A primera vista, el fatal o providencial «seis» (?) jugaba un decisivo papel en todo aquello. El epitafio sumaba «6». Y este dígito, esotéricamente hablando, simboliza el «hombre». Y es considerado también como una especie de «guardián». ¿El «guardián» del epitafio? El «6» retrata a Verne... Seis era la suma de las coordenadas del lugar donde vivió y murió. Para colmo y para enredar más las cosas, la fecha de su muerte (24-3-1905) ¡suma «6»!

Me negué a continuar por semejante camino. Podía enloquecer. Pero tuve que reconocer que el «6», al menos para mí, había sido vital. Aquel número no estaba allí de forma gratuita.

En semejante trance, con el «6» como protagonista, consideré también la remota posibilidad de que, si las letras «E» y «N» marcaban las coordenadas de Amiens, quizá el «seis» tuviera algo que ver con la tercera posible inicial: la «W». ¿Seis oeste? ¿6° oeste? ¿Seis grados hacia el oeste? ¿Tenía que buscar en esa dirección? Naturalmente, el «6» también podía ser interpretado como el sexto mes del año: junio. ¿Junio-oeste? ¿Qué diablos era aquello?

Impotente, me retiré del enloquecedor empeño. No debía precipitarme. Tenía que amarrar cada posible pista. Quizá la solución definitiva estaba en la sepultura. Y el ansiado viaje a Francia fue programado para el 17 de junio. ¡Qué extraño! En aquellas fechas, mis investigaciones se desarrollaban en pleno junio; es decir, en el «sexto» mes...

Las últimas horas, amén de preparar los equipos, las consumí en un postrer intento por ordenar las palabras que —teóricamente— aparecían asociadas a las mencionadas letras «AJS-DMV-ENW».

Las combinaciones, siempre en la lengua de Verne, eran múltiples. Sin embargo, una o dos en especial presentaban cierta coherencia, reafirmando lo que ya sabía o intuía.

Respetando el orden natural de los dígitos (1, 4, 5), la frase, mensaje, telegrama o pista rezaba literalmente:

«ALBERT-JULES-SEPULTURA-FALLECIDO-MUERTE-VERNE-ESTE-NORTE-OESTE

Por supuesto, las letras eran susceptibles de otras interpretaciones, no menos interesantes. La «D», por ejemplo, podía significar DÉCIDER (decidir). Y otro tanto ocurría con la «V», reemplazable por VIE (vida), VIVRE (vivir), VÉRITÉ (verdad) o VINGT (veinte), por señalar algunos casos.

Admitiendo este segundo supuesto, la frase resultante alcanzaba un mayor sentido:

«ALBERT-JULES-DECIDEN-SEPULTURA. MUERTO-VERNE-ESTE-NORTE-OESTE.»

A simple vista, el enigmático mensaje (suponiendo que lo fuera) parecía estar construido en dos partes:

«ALBERT (Roze) y JULES (Verne) DECIDEN los detalles, la estructura o los pormenores de la SEPULTURA

La segunda mitad, en cambio, era todo confusión. El doble vocablo MUERTO VERNE no ofrecía complicaciones. Pero ¿qué pensar de las tres últimas palabras? El ESTE y el norte podían marcar las coordenadas, el punto geográfico, donde, presumiblemente, se hallaba enterrado el autor del criptograma: Amiens. ¿Y el OESTE? Esotéricamente hablando, la muerte y el oeste se encuentran estrechamente asociados. El sol, muriendo por el oeste, es anuncio y señal de «renacimiento»...

Una de aquellas primeras y apresuradas “traducciones» del criptograma decía así:

«ALBERT (y) JULES DECIDEN (la) SEPULTURA. MUERTO VERNE (en 49° 54') NORTE (2o 18') ESTE. («6» = junio) OESTE.»

Aquello no tenía mucho sentido. Pero continué batallando. El método de las equivalencias me había llevado hasta allí, y esa misma fórmula —estaba seguro— me sacaría del atolladero. El secreto estaba en no desfallecer, en armarse de paciencia y en «jugar» sin apartarse del «estilo verniano».

Pero las sucesivas combinaciones, siempre en base a estas primitivas interpretaciones del criptograma, sólo me condujeron a un punto muerto. Sin explorar la tumba, todo aquello se me antojó inútil. Era como dar palos de ciego. A pesar de ello, continué en la brecha. Cuanto mayor y más precisa información pudiera reunir antes del viaje a Francia, tanto mejor.

Y en uno de aquellos repasos a las nueve letras, el destino quiso que, en mitad del laberinto, me formulara varias preguntas clave:

«¿No estaba infravalorando el talento de Verne? ¿Por qué me aferraba a estas primeras interpretaciones? Al escritor le fascinaban los juegos de palabras... ¿Por qué no ampliar el horizonte de esas nueve letras, supuestas iniciales de otras tantas palabras?»

Dicho y hecho. Algo aturdido ante la magnitud del trabajo, fui asomándome a las decenas de posibles nuevas interpretaciones. Me rodeé de diccionarios y, durante un día y una noche, fui construyendo toda suerte de frases, utilizando aquellas palabras francesas que empezasen por las referidas nueve letras. Así, como un juego absurdo, procurando no distanciarme de las formas vernianas, fueron apareciendo las más extrañas combinaciones.

De la primitiva «ALBERT-JULES DECIDEN SEPULTURA...» no tardé en pasar a «ALBERT-JULES DECIDEN (mon) (MI) SEPULTURA...». Y a su vez, «causalmente», la inicial «M» me arrastraría a los vocablos «magie» (magia) y «magique» (mágico). El «mágico» Verne parecía planear sobre mi corazón y, de esta forma, la frase se convirtió en «ALBERT DECIDE MÁGICA SEPULTURA...». Desde este nuevo prisma, la no menos supuesta segunda mitad del criptograma también fue adquiriendo varios, novísimos y sugerentes significados :

«... VERS (hacia) (el) OESTE...»

«ALBERT DECIDE MÁGICA SEPULTURA HACIA (el) OESTE. JULES ESTE-NORTE (coordenadas de Amiens).»

«... ÉTÉ (verano) VING (veinte) JOUR (día)...»

«ALBERT DECIDE MÁGICA SEPULTURA (en) VERANO-DÍA VEINTE. NORTE-OESTE

La espiral de los sinónimos se hizo vertiginosa, dando lugar a construcciones cada vez más diabólicas y no por ello menos «vernianas»...

«ALBERT DECIDE (en) VERANO DÍA MÁGICO...»

«ALBERT DECIDE JORNADA MÁGICA (en) VERANO...»

«ALBERT DECIDE (en) VERANO JUNIO MÁGICO...»

«ALBERT DECIDE (en) VERANO JULIO MÁGICo...» Por su parte, las letras «N» y «V» abrieron igualmente nuevos senderos, enredándome en una mortal tela de araña. Si todo aquello era obra de Julio Verne, no tenía más remedio que descubrirme: el enigma se hallaba sólidamente acorazado.

Y los cuadernos de trabajo siguieron “echando humo», reuniendo la más loca colección de frases... Pero sólo algunas se mantenían en pie:

«ALBERT DECIDE (en) VERANO. DÍA MÁGICO «NAÎTRE» (NACE) (en) SEPULTURA HACIA (el) OESTE

«ALBERT DECIDE (en) VERANO. DÍA (JORNADA) MÁGICO "NOTER" (SEÑALA-APUNTA) SEPULTURA (¿por?) (el) OESTE.»

«ALBERT DECIDE (en) VERANO. DÍA MÁGICO "NOIRCIER" (ENNEGRECER) SEPULTURA "VOIE" (¿por el CAMINO?) (del) OESTE

Creo recordar que fue a altas horas de la madrugada, cuando, buceando en estas últimas construcciones, reparé en un pequeño-gran detalle que me llenó de asombro. Estas posibles interpretaciones del criptograma guardaban una cadencia matemática. ¿Cómo no se me había ocurrido? Era más que probable que Verne, además de jugar con las palabras, las hubiera dispuesto en un orden...

Curiosamente, las cuatro o cinco últimas frases —sin yo proponérmelo— habían sido confeccionadas siguiendo el esquema «ADE-JMN-SVW». (Recordemos que el orden natural establecido era: «1» = A. J. S. «4» = D. M. V. y “5» = E. N. W.) Es decir, la secuencia matemática resultante era equivalente a: «1-4-7, 2-5-8 y 3-6-9».

Si tomamos cualquiera de las frases «aparecidas hasta esos momentos, la explicación resultará mucho más fácil. Veamos un ejemplo:
«ALBERT DECIDE (en) VERANO. DÍA MÁGICO SEÑALA SEPULTURA HACIA (el) OESTE.»
A (1) D (4) E (7)

«1» = J (2) «4» = M (5) «5» = N (8)

S (3) V (6) W (9)
Es decir:
«ALBERT (1) DECIDE (4) ÉTÉ (7),

JOUR (2) MAGIQUE (5) NOTE (8),

SEPULTURE (3) VERS (6) WEST (OUEST) (9).»

Este «causal» hallazgo me infundió nuevos ánimos. Y toda mi atención fue concentrada en la secuencia presumiblemente establecida por Verne. Esta cadencia, en definitiva, constituía una esperanzadora pista; todo un «carril» que, con seguridad, debería conducirme a la clave final.

Pero antes de reanudar el apasionante «viaje al centro de Verne», recapitulé. ¿Qué había descubierto hasta ese momento? ¿Qué podía deducir de aquel selvático maremágnum de letras y palabras?

En primer lugar (suponiendo que los vocablos elegidos fueran los correctos), que «Albert Roze, el escultor, había tomado algún tipo de decisión». ¿Quizá una fecha? ¿Quizá las «mágicas» características de la sepultura de su amigo Verne? ¿Era esa fecha el verano? ¿Había decidido Albert el «día mágico del verano»?

«Algo» interno y sutil me decía que no, que aquella hipótesis no era la apropiada. Roze, naturalmente, pudo tomar decisiones. Pero, como ya insinué, dada la trascendencia de este gran criptograma final, dudo mucho que Julio Verne lo compartiera con nadie. A lo sumo, aprovecharía las ideas de Roze respecto a la tumba, utilizándolas o sometiéndolas al servicio y en beneficio de su secreto. No, esta clase de decisiones —directamente relacionadas con el criptograma— sólo podía entenderse como potestad exclusiva del escritor. En este caso, quizá las palabras «ALBERT DECIDE» se hallaban equivocadas...

En cuanto a la expresión «VERANO DÍA MÁGICO», la solución no parecía difícil. Para un iniciado como Verne, esa jornada sólo podía ser la del solsticio; es decir, en el caso del verano, una fecha mágica y sagrada desde la más remota antigüedad. El día más largo, que simboliza el triunfo del sol. Tratándose, por tanto, de la época estival, ese «DÍA MÁGICO» sólo podía señalar el 21 de junio.

La última secuencia de la frase seguía confusa. Si admitía la palabra «nacen», la composición se complicaba en extremo: «... (en) VERANO DÍA MÁGICO NACE (en) SEPULTURA HACIA (el) OESTE¿Cómo entender que el «DÍA MÁGICO» (quizá el 21 de junio) pudiera “nacer» en el sepulcro de Verne y, para enredarlo más, «HACIA EL OESTE»?

Una segunda posibilidad —algo más precisa— consistía en sustituir el vocablo «nacer» por
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