Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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fecha de publicación05.04.2016
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anoten) (señalar o apuntar): «... (en) VERANO DÍA MÁGICO SEÑALA (APUNTA) (la) SEPULTURA HACIA (el) OESTE (o POR EL CAMINO) (del) OESTEEsta doble alternativa (hacia el oeste o por el camino del oeste) cambiaba sustancialmente el posible sentido de la frase. ¿El 21 de junio marcaba o señalaba la sepultura «hacia» el oeste o siguiendo el «camino» del oeste?

La sustitución de «nacer» y «señalar» por «noircir» (oscurecer, poner negro o ennegrecer) me pareció una de las más atractivas, al menos desde el punto de vista críptico: «... (en) VERANO, (el) DÍA MÁGICO OSCURECE (la) SEPULTURA HACIA (el) OESTE (o) POR EL CAMINO (del) OESTE.»

¿Qué podía estar insinuando Verne? ¿Quizá que el 21 de junio la sepultura —por alguna razón concreta— se oscurecía? Pero ¿cómo encajar el término oeste? ¿Se ennegrecía «por el camino» del oeste? ¿A causa del sol? ¿Se «ponía negra» «hacia» el oeste?

El criptograma encerraba «algo» muy concreto. Esto era evidente. Y persuadido de que debía insistir, sobre todo, en la búsqueda de Jas dos primeras letras, me aventuré de nuevo en los diccionarios, rastreando las numerosas palabras francesas que empiezan por «A» y «D». La tarea, demoledora, terminaría por destrozarme. Muchas de las palabras seleccionadas encajaban en el contexto general de la frase, aunque, dependiendo de sus diferentes acepciones, variaban sustancialmente el hipotético significado del criptograma. De aquella larga lista recuerdo ahora, con especial emoción, construcciones como las siguientes:

«Au (al) DÉBUT (principio) (del) VERANO, (el) DÍA MÁGICO...»

«Au (al) DÉBOUCHER (abrir) (el) VERANO...»

«Au (al) DECOUVERTE (descubrimiento) (del) VERANO...»

«Au (al) DÉGAGER (abrirse paso) (el) VERANO...»

Cualquiera de estos juegos de palabras ofrecía un mínimo de lógica. La expresión «AL PRINCIPIO» o «AL ABRIRSE PASO EL VERANO» alertaba sobre una época, especificando la fecha concreta a renglón seguido: «... (el) DÍA MÁGICO.» Como es bien sabido, el verano comienza o «se abre paso» justamente el 21 de junio; es decir, con el solsticio o «día mágico».

Aceptando esta tesis, la frase completa admitía las siguientes y posibles variaciones:

«AL ABRIRSE PASO (el) VERANO, (el) DÍA MÁGICO SEÑALA O APUNTA (la) SEPULTURA HACIA (el) OESTE O POR EL CAMINO (del) OESTE.»

«AL ABRIRSE PASO (el) VERANO, (el) DÍA MÁGICO OSCURECE O ENNEGRECE (la) SEPULTURA HACIA (el) OESTE O POR EL CAMINO (del) OESTE.»

Aquéllas, por supuesto, no eran las únicas alternativas. Una, en especial, «descubierta», en uno de los innumerables cambios del segundo de los vocablos, variaba sensiblemente el sentido del arranque del criptograma, proporcionándole un nuevo atractivo. Decía así:

«Au (al) DARDER (irradiar los rayos solares) (en) VERANO, (el) DÍA MÁGICO SEÑALA O ENNEGRECE (la) SEPULTURA HACIA (el) OESTE O POR EL CAMINO (del) OESTE.»

Estaba claro que la definitiva solución del enigma dependía, de una u otra forma, de la sepultura ubicada en Amiens. De haber continuado en España, entre diccionarios y cuadernos de notas, el problema, tarde o temprano, habría entrado en una vía muerta. Y de acuerdo con lo programado congelé las pesquisas, trasladando mi cuartel general a París.

Amiens. Viernes, 17 de junio de 1988. 14 horas y 10 minutos.

El taxi se detuvo a las puertas del cementerio de La Madeleine.

(Quizá sea éste el momento indicado para dejar constancia de «algo» íntimamente relacionado con esta singular historia. Desde que conozco a Karmen Goizueta, la certera astróloga, he incorporado a mi ya extensa colección de pequeñas extravagancias una nueva manía: la de anotar la hora y los minutos exactos en que se registran aquellos sucesos que, según mi corto conocimiento, guardan un notable interés en mi vida personal y profesional. Pues bien, aquel 17 de junio de 1988, tal y como me fue dado verificar a mi regreso de Francia, no fue una jornada cualquiera. Pero, siguiendo otra de mis costumbres, prefiero no desvelar el porqué. Entiendo que los libros (al menos los míos) deben ser participativos; en otras palabras: que inviten y permitan al lector, si así lo desea, a jugar con el autor, a redondear aquello que, intencionadamente, como en este caso, pueda quedar en suspenso. Quienes gocen de un mínimo de conocimientos sobre la noble ciencia-arte de la astrología lo comprenderán. Bastará con que se asomen, en la mencionada fecha, a las «cartas astrales» de Julio Verne y de un servidor, respectivamente. Quien tenga oídos, que oiga.)

14 horas y 10 minutos.

El taxista debió de notar mi nerviosismo. Los francos temblaron en mis manos, contagiados por una emoción que, ahora, frente al más importante camposanto de Amiens, empezaba a desbocarse. En realidad, ese agudo sentimiento —mezcla de curiosidad, admiración e incontenible ansiedad— latía semidormido desde mucho tiempo atrás. Y fue prosperando en silencio, subterránea e inexorablemente, conforme mis vivencias sobre Julio Verne se tornaron más íntimas y completas. Creo haberlo dicho: aquellas investigaciones trascendieron pronto el árido terreno de lo impersonal, para alzarse en un desafío.

14 horas y 15 minutos.

Al cruzar el gran portalón hago una pausa. El inmenso parque-cementerio, con sus 18 hectáreas, duerme plácidamente bajo un cielo celeste y respetuoso. El sol ha puesto proa al poniente. Todo aparece desierto. Y mi corazón sigue acelerando. Presiento «algo»...

¿En qué lugar reposan los restos de Verne? El camposanto de La Madeleine, más grande que los de Montparnasse y Montmartre, es un laberinto de estrechos y cuidados senderos asfaltados, que remontan suaves colinas, serpenteando entre bosquecillos de pinos, abetos, tilos, plátanos y praderas sembradas de flores y cruces.

Camino sin rumbo. En el fondo, a pesar de mi impaciencia, es mejor así. Estos minutos son mágicos. Lo exploro todo. Es curioso: apenas veo cipreses. Y en cada recodo, un sobresalto. En mi memoria se avivan las escasas y poco nítidas imágenes que, sobre la sepultura de Verne, he logrado reunir en los estudios y consultas precedentes. 14 horas y 30 minutos.

Ni rastro de la tumba. Todo mi ser sigue alerta. Me detengo una y otra vez, escrutando los nombres y fechas de las lápidas y panteones que me salen al paso. La respiración se agita al descubrir cualquier inscripción o epitafio de principios de siglo.

A lo lejos, encorvado sobre el césped, un empleado manipula unos ramos de flores rojas. Dudo. Pero no... Es preferible atar en corto la impaciencia. Interrogarle hubiera sido lo fácil. Este mi primer «encuentro» con el gran maestro es «cosa mía».

¿Por qué tiemblo? ¿Por qué esta desazón? A decir verdad, sólo se trata de una tumba. 14 horas y 45 minutos.

Mi proverbial despiste empieza a preocuparme. ¿Y si hubiera desfilado ante el sepulcro sin enterarme? No, eso no es posible.

Me temo que estoy perdido. Esto es inmenso. Quizá necesite horas para localizar el túmulo. Sin embargo, esa misteriosa «fuerza» que siempre me escolta me dice que «no estoy perdido». Es una sensación familiar, placentera y casi divertida. Me ha ocurrido en otras ocasiones. Es como si «alguien» invisible cubriera mis espaldas, guiándome y protegiéndome... ¡Absurdo! —me recrimino—. La emoción te hace desvariar. Verne está enterrado ahí, en algún lugar, y tarde o temprano darás con él. Como siempre, exageras... El camino me conduce hasta una recogida hondonada. El silencio es tal que puedo escuchar el alocado bombeo de mi corazón. A mi izquierda, a un tiro de piedra, una súbita e impertinente brisa hace susurrar a un verde pelotón de abetos. Observo el sol con inquietud. Apenas si restan cuatro horas de luz. Debo darme prisa. ¡Hay tanto por investigar!

14 horas y 50 minutos.

Enésima parada. Esta vez, ante una nueva encrucijada. El equipo fotográfico pesa como una traición.

Sin mover un músculo exploro el ramal que se aventura hacia la derecha. Entre la floresta asoman vetustos mausoleos y un puñado de cruces, acorralados por el olvido. La piedra, humillada por el paso del tiempo, se ha rendido al musgo y a la enredadera. El lugar está pintado por la desolación. Y esa desolación me arrastra como un garfio.

Uno, dos..., tres pasos. De pronto, el instinto (?) me amarra al suelo. ¿Qué ocurre con el ramal de la izquierda? Ni siquiera le he prestado atención. Giro sobre los talones y repito la exploración visual. A cosa de treinta metros se alza el añoso y susurrante grupo de abetos. Y al pie de la senda, otro cortejo de austeros panteones, la mayoría semiderruida e injustamente atacada por la indiferencia.

La penumbra es densa bajo el pelotón de abetos. Obedeciendo a un sexto sentido la perforo con la vista. En décimas de segundo, una ola de fuego rompe sobre mi vientre, aturdiéndome. Y una mano blanca, abierta a los cielos, detiene mi respiración. Más rápido que la razón, el corazón intuye y la ola de fuego y de sangre se levanta por la espalda, erizando mis cabellos. Al pie de los abetos hay un «hombre» de mármol blanco. Un “hombre» desnudo que, a pesar de su inmovilidad de piedra, batalla por escapar de su tumba. Y desde su brazo derecho, disparado al sol, parece gritarme.

¡Es él! ¡Es Verne! ¡Es el gran maestro!...

¿Dónde están las fuerzas? Estoy petrificado. Todo mi ser se ha hecho mármol. Estoy ante su tumba, pero no sé dónde estoy. De pronto, el cementerio ha desaparecido. Sólo veo y siento una mano de piedra abierta como una señal. Como si Roze la hubiera trabajado y dispuesto para mí y para este íntimo instante.

Ahora me pregunto, y sin asomo de pudor, si alguien, desde 1905, ha experimentado ante su tumba una tan honda y sincera emoción. La muerte difícilmente me conmueve. Sé lo que me aguarda «al otro lado» y esa seguridad suicida —pienso yo— me transforma en un ser aparentemente frío. Sin embargo, en este caso fue diferente. Quizá porque no me hallaba ante la muerte. Como se verá más adelante, aquél es un templo a la vida...

Dejé rodar los minutos. ¿Qué había sido de las prisas? Y durante un tiempo sin tiempo, nada de lo que me había hecho volar hacia Francia fue tangible e importante. Sólo contaba su mágica presencia, intacta en cada ángulo, en cada piedra y en cada luz de aquel majestuoso y solitario rincón de La Madeleine. ¿Solitario? No, el término justo era «abandonado». ¿Por qué imaginé una tumba rebosante de flores y de rendidos admiradores? ¿Por qué me había dejado arrastrar por la «loca de la casa»? ¡Qué dolorosa decepción! La sepultura del escritor francés más traducido de todos los tiempos era un desierto. Ni la más humilde de las flores honraba la memoria del hombre que ha hecho soñar a millones de humanos.

Caminé al fin hacia los abetos que le rinden fidelidad, encarándome con el «hombre» de mármol blanco.

¡Verne!... Aquel «resucitado» es el inmortal y eternamente joven J. G. Verne Allotte. El rostro y la palma de la mano derecha se proyectan hacia el infinito, a la búsqueda de quién sabe qué nueva luz. Quizá al encuentro de la «luz» que no supo o que no pudo alcanzar en vida. Y un torso y unos hombros musculosos e intencionadamente renacentistas soportan el peso de la losa sepulcral, recién abierta. La mano izquierda, a su vez, firmemente apuntalada en tierra, es el símbolo de la fuerza de un genio. Era justo reconocerlo: a la genialidad de Verne se había unido la de Albert Roze, el escultor.

La emoción fue tal que, a pesar de tenerlo ante los ojos, no lo vi. Anclado frente al panteón, absorto en el “resucitado» de mármol, apenas reparé en la leyenda grabada en la hornacina dispuesta en el alto muro que cierra la tumba por su cara posterior. Como dije, durante un tiempo que no sabría precisar, el inconcluso criptograma fue borrado de mi mente. Si alguien me hubiera interrogado sobre la razón de mi presencia en el cementerio de La Madeleine, sinceramente, no habría obtenido una respuesta satisfactoria.

Pero, al atardecer, un haz de luz golpeó la mano abierta del marmóreo Verne, sacándome de mis tempestuosas cavilaciones. Sólo entonces, deslumhrado por el «destello», descendí a tierra, afanándome en lo que, en verdad, era el objetivo básico de mi visita a Amiens: el epitafio.

Mi primera reacción fue de desconcierto. Retrocedí incrédulo: «Seguramente —pensé—, la emoción me ha descompuesto.»

Repasé la leyenda expuesta en la hornacina, dando por hecho que cometía algún error.
JULES VERNE.

NÉ A NANTES

LE 8 FEVRIER 1828.

DÉCEDÉ A AMIENS

LE 24 MARS 1905.

Es decir: «JULIO VERNE. NACIDO EN NANTES EL 8 DE FEBRERO DE 1828. FALLECIDO EN AMIENS EL 24 DE MARZO DE 1905.»

No había tal error. Y de la incredulidad fui cayendo en la decepción. No me di por vencido y, trepando por la losa que soporta el «hombre» de mármol, inspeccioné hasta el último centímetro cuadrado del alto muro sepulcral. Lo único que encontré, a unos cuarenta centímetros por debajo de la leyenda de la hornacina, fue el nombre, semiborrado, de Honorine, la esposa de Verne, fallecida en 1910 y sepultada en el mismo lugar.

El resto de la exploración de la tumba, tan meticulosa como la anterior, arrojó idénticos resultados. Junto a la mano izquierda de Verne, prácticamente perdida en una de las esquinas de la base de la escultura, podía leerse la firma de Albert Roze y la fecha de ejecución de la tumba: 1907. Esto era todo.

Me costó aceptar la cruda realidad. ¿Cómo era posible? ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había sido del epitafio? La base de todos mis trabajos e investigaciones —la célebre sentencia «HACIA LA INMORTALIDAD Y LA ETERNA JUVENTUD»— ¡no existía! Pero entonces...

Me dejé caer al pie del «hombre» de mármol, absolutamente derrotado. El destino, una vez más, se había burlado de este pobre infeliz...

Y allí mismo, con las primeras sombras del ocaso, sin ánimos para pensar, creí llegado el final de mi febril «locura verniana». Todo había sido inútil.

Aquella noche, en París, fue caótica. El mazazo pulverizó mi escasa inteligencia. Ya no volvería a fiarme de los sesudos biógrafos que, parapetándose en un supuesto rigor, confunden a propios y extraños. Resulta indignante que haya individuos que se autoproclaman especialistas en Verne y ni siquiera han pisado Francia.

Aún no sé cómo ocurrió. Pero, obviamente, en los planes del destino no se contemplaba abandono ni rendición algunos.

Creo recordar que todo fue gradual. Con el discurrir de las horas, del desencanto fui pasando a una más que justa indignación. Indignación conmigo mismo, claro está. Indignación por mi torpeza y credulidad. ¿Qué podía y, sobre todo, qué debía hacer? En lo que a mí respecta, el proyecto «Memoria de la Historia» había muerto al pie mismo del «hombre» de mármol. Mi editor no supo nunca lo cerca que estuve de sepultar este trabajo... (¡Iluso! Una vez más olvidaba al gran protagonista: el destino.)

Pero el río de cólera —así es la vida— puso las cosas en su sitio. Es justo reconocer que la derrota, aun admitiéndola como un atributo más de la naturaleza humana, difícilmente se instala en mi corazón. La he visto llegar en contadas ocasiones. Y, cuando así ha sido, otro no menos afilado sentimiento —la rabia— ha dado buena cuenta de ella. Más o menos, éste fue el proceso experimentado en aquella mi particular «noche triste» del 17 de junio de 1988.

Así que, furioso, me lancé de nuevo sobre los cuadernos de notas, desnudando el criptograma desde su origen.

¡Imposible! Aquel entramado nada tenía que ver con el azar. Allí palpitaba algo físico y constatable. Los números y las equivalencias no son fantasmas.

Entonces, si el enigma (o supuesto enigma) presentaba un mínimo de sentido y de coherencia... ¿Es que el retorcido Verne...?

No, eso era demasiado. El rechazo de semejante idea sólo fue temporal. Al poco, con una pertinaz insistencia, la loca hipótesis fue segando la lógica bajo mis pies. En realidad, ¿qué perdía si la situaba en el punto de mira de las investigaciones? Me sentía tan defraudado que hubiera considerado la más absurda de las insinuaciones.

Aquella endemoniada tesis se sustentaba, cuando menos, en tres puntos fiables y objetivos:

Primero: el epitafio no era un invento. Los biógrafos, a pesar del lamentable error, lo citan una y otra vez.

Segundo: existe constancia histórica de que, incluso, fue expuesto en 1907 junto a la maqueta de yeso de la actual sepultura.

Tercero: «Hacia la inmortalidad y la eterna juventud» es, en sí mismo, parte de un criptograma. Los números y las equivalencias no mienten.

Pues bien, tales parámetros me hicieron concebir la siguiente y aparentemente absurda idea: ¿y si este embrollo fuera una estratagema de Verne? ¿Qué mejor y más eficaz protección para su secreto final que construir un criptograma sobre un epitafio nunca consumado?

Poco a poco fui convenciéndome de lo que ya sabía: el escritor, consciente de lo que llevaba entre manos, aireó el epitafio. Muy probablemente, como ya insinué, sus parientes y amigos supieron de la célebre frase. Y con la inestimable colaboración de su íntimo Albert Roze, «Hacia la inmortalidad y la eterna juventud» recibió el bautismo público en la Exposición de Artistas Franceses, dos años después de su muerte. De esta forma, la sentencia formó parte de la historia. Sin embargo, cuando ese mismo año de 1907 se procedió a la inauguración del actual momumento funerario, Roze, inexplicablemente, «olvidó» el epitafio. Al lado de la magnificencia del «hombre» de mármol, estas cinco palabras no podían presentar mayores dificultades técnicas para el escultor. El sepulcro reúne piedra y espacio suficientes como para grabar uno y diez epitafios. Si Albert Roze no lo incluyó, no fue por descuido, por falta de dinero o por problemas técnicos. El aparatoso
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