Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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lapsus sólo podía obedecer a un plan o a una consigna minuciosamente trazados. El equívoco era otro de los juegos favoritos de Verne. ¿Y qué mayor paradoja que ésta? La historia incluye su epitafio; la tumba, en cambio, lo ignora. ¿Fue ésta la intención de Verne? Con ello, por supuesto, habría arrojado oscuridad sobre la oscuridad, calcinando la pista clave del enigma. ¿Quién hubiera tomado como plataforma de una investigación, en torno al hipotético «testamento espiritual», un epitafio... que nunca fue tal?

En mi opinión, la maniobra era perfecta.

«Al irradiar los rayos solares en verano, el día mágico ennegrece la sepultura por el camino del oeste»... «Al abrirse paso el verano, el día mágico señala la sepultura hacia el oeste o por el camino del oeste.»

Estas posibles interpretaciones del enigma —nacidas del epitafio— cobraron entonces un nuevo brío. Todas hacían alusión a la tumba. Era allí donde debía buscar. La intuición (?) me dictaba que la sentencia definitiva —la que fuera— tenía que ser una especie de llave maestra. «Causalmente», si los cálculos no eran erróneos, el «día mágico» (21 de junio) estaba al caer. Quizá me encontraba a las puertas de algún singular hallazgo...

Estaba decidido. Me concedería una tregua. Retornaría a Amiens y trataría de hallar el eslabón perdido. A decir verdad, apenas si había explorado la sepultura; en especial, desde el ángulo de la simbología y del ocultismo. Ya lo mencioné: Roze, como Verne, fue un iniciado y la tumba, por lo que recordaba, hacía honor a esos ocultos conocimientos esotéricos.

Y al alba, notablemente reconfortado, caí en la cuenta de otro asunto que me erizó el alma: ¿qué habría sucedido si, en lugar de seguir este «verniano» proceso, me hubiera presentado directamente en La Madeleine? ¿Cómo habría reaccionado ante una sepultura sin epitafio? ¿Hubiera tenido la intuición de investigar alrededor de la famosa frase? ¿O me habría limitado a recoger información sobre la vida de Verne, escribiendo después una biografía más, repetición de las ya existentes?

En el fondo debo estar agradecido al «causal» error de los biógrafos. La providencia evidentemente sabe lo que hace...

Aquel sábado, 18 de junio, fue crucial. Pero, como es habitual en mí, lo descubriría con retraso...

A primera hora de la mañana, los puntuales ferrocarriles franceses me trasladaban de nuevo a la localidad de Amiens. Mi objetivo, la tumba. Sin embargo, dejándome arrastrar por un súbito impulso, alteré momentáneamente los planes, encaminándome a la calle de Charles Dubois. En el número dos tiene su sede el Centro de Documentación Jules Verne. Una placa sobre la fachada de ladrillo rojo recuerda que, en esta sólida casa de dos plantas, el escritor concibió y materializó varios de sus célebres viajes extraordinarios. Absorto en el criptograma, llegué a olvidar que, días antes, mi buena amiga Isabel Gracia había anunciado al referido Centro de Documentación la inminente visita de este investigador español. A decir verdad, la presencia en Amiens de aquel aprendiz de escritor carecía de importancia. Aun así, la hospitalidad de los responsables de la casa-museo fue exquisita. (Buena parte de mis viejas y, supongo, absurdas ideas en torno a la antipatía y al agrio carácter francés se desmoronaron.)

La señora Compère, alma del centro, puso a mi disposición cuantos datos, volúmenes, fotografías y documentación precisé. Fue una mañana fructífera y repleta de emociones.

Al consultar la bibliografía sobre Verne no pude resistir la tentación y señalé el error detectado en relación al epitafio. Madame Compère se unió a mi lamento, añadiendo que aquél no era el lapsus más grave. «La vida de Jules Verne, estimado amigo —sentenció con sobrada razón—, como la de casi todo el mundo, es un pozo oscuro, apenas explorado. Muchos de estos eruditos se han limitado a copiar a los anteriores y las barbaridades sobre su vida y obra se heredan de libro en libro y de estudio en estudio, como una mala peste...»

No repliqué. ¿Quién, en su sano juicio, puede pretender desnudar la verdad de una existencia? Sólo el interesado —en este caso, Verne— estaría cualificado para hacerlo. De ahí la enorme trascendencia del hipotético «testamento espiritual».

En lo que ya no hubo concurrencia de pareceres fue en la posible naturaleza esotérica del monumento funerario. Tanto la presidenta del centro como el resto de los empleados rechazaron con sorna la propuesta de un Roze ocultista y de una sepultura con una «lectura» iniciática. No insistí. Aquélla era una batalla perdida. Resultaba paradójico: las personas que velan y se desviven por la memoria de Julio Verne, el gran iniciado, no han comprendido aún cuál fue su secreto y una de sus más ardientes pasiones. Ante el rechazo unánime, cambié de tercio. Y la triste contrariedad se disipó al punto, derrotada por una cálida emoción. En la planta baja de la casa-museo de Charles Dubois, los amantes seguidores de Verne han reconstruido lo que un día fue su gabinete de trabajo. La austeridad —norma de oro en el Julio Verne literato— reina en el oscuro y angosto salón. Al pie de una espigada ventana pude contemplar y acariciar la ennegrecida y rústica mesa de 1,60 metros, sembrada de papeles, plumas de ave, pipas y tabaco. ¡Qué extraña y familiar sensación! Y a la derecha, como un símbolo de su atormentada soledad, un camastro tan espartano como el resto de la estancia. Y sobre el lecho, suelo y mesa —meticulosamente ordenadas—, un sinfín de revistas de la época. Publicaciones todas de índole científica. Sentado frente a la mesa, con una pluma entre los dedos de la mano derecha, un maniquí usurpa con escaso éxito al insustituible Verne. Junto a él, un bastón: otra referencia al infortunio que le acosó en sus últimos años. Y a espaldas de Verne, la vieja chimenea que dulcificó sus amarguras y el versallesco reloj que le esclavizó, hoy condenado a la tortura de la inmovilidad. ¡Qué extraña y familiar sensación al descubrir, a derecha e izquierda de la chimenea, las vitrinas que sostienen las caracolas marinas! Amiens está lejos de la mar —el gran amor de Verne—, pero él supo llenar su ausencia, aunque sólo fuera con sueños fosilizados...

El resto de la visita a la mansión, al margen de las decenas de fotografías que me fue permitido efectuar, no revistió mayor interés. Mejor dicho, sí hubo algo que me alarmó. En el fondo no tenía nada de extraordinario. Y precisamente por ello me inquietó. La casa-museo, habitada por Verne en dos ocasiones —la última en octubre de 1882—, ha sufrido las lógicas e innumerables modificaciones que imponen el paso del tiempo y los sucesivos inquilinos. De la primitiva vivienda que conoció y disfrutó Julio Verne, apenas si quedan los muros y poco más. Esta irremediable circunstancia me obligó a meditar sobre un aspecto que no había contemplado y que podía alterar las investigaciones. Alarmado, pregunté una y otra vez sobre lo mismo, obteniendo idénticas y arrasadoras respuestas: el número dos de la calle de Charles Dubois se halla hoy irreconocible. ¿Qué ha sido de su no muy lejana suntuosidad? El inmueble, un antiguo hotel de la familia Ricard, fue alquilado a Verne en 1882. Marc Soriano, uno de los biógrafos de mayor fiabilidad, describe así la vivienda: «... en la planta baja, una galería cubierta que conduce a un gran vestíbulo de entrada. A la izquierda, las puertas de servicio y la gran escalera de la torre que domina la casa. A la derecha, una sala de billar, un fumadero y un despacho. Al frente, las puertas se abren al comedor, el gran salón y el pequeño salón de ángulo que dan a un jardín interior.

»En el primer piso, las habitaciones. En el segundo, la habitación-despacho del artista, de una sencillez espartana, según el escritor italiano De Amicis, que la visita en 1895. Da a la gran biblioteca, con sus dos ventanas en la fachada. Allí está su guarida...

«Mobiliario según el gusto de la época, macizo y muy esculpido, decoraciones románticas "a la catedral", pequeños muebles Napoleón III, palazones, alacenas y escabeles góticos. El gran salón de Víctor Hugo en Guernesey, revisado y corregido por un capitán Nemo que, al pasar los años, sería irresistiblemente tentado por el estilo nouille.»

¡Dios mío! ¿Qué ha sido de todo aquello? ¿Cómo es posible que la municipalidad de Amiens, el Estado francés o la familia del escritor no hayan conservado la casa tal y como la dejó su preclaro inquilino? Mis argumentos y suposiciones acerca del gran «tesoro” de Verne —su «testamento espiritual»— descansaban precisamente sobre la premisa de una mansión o de un lugar de su confianza que no hubieran sufrido alteraciones y en los que habría sepultado sus papeles íntimos. Pero a la vista de tan dramática realidad, ¿dónde buscar? Terco como una mula, hice caso omiso del sentido común, obstinándome en lo que, obviamente, no ofrecía demasiada seguridad. «Además —me dije, en un torpe intento de silenciar a la hermana lógica—, si Verne escondió su "testamento", esa operación sólo pudo tener lugar a partir de 1898, fecha del supuesto simulacro de la quema o destrucción de sus cuadernos... Pues bien, en dicha época el escritor residía en el número 44 del bulevar de Longueville, a escasa distancia de la calle de Charles Dubois y rebautizada en 1906 con el nombre de bulevar de Jules Verne. Quizá los manuscritos que perseguía se hallaban en algún secreto rincón de esta su postrera vivienda. Seguramente los ocultó bajo tierra o quién sabe si en el interior de alguno de los muros... La clave sólo podía estar en la tumba.»

Por encima de esta tozudez —creo que no debo esquivarlo—, una premonición apareció en lontananza. Muy a pesar mío, el destino seguía su rumbo. Pero no adelantemos los acontecimientos.

Una vez finalizada la visita al Centro de Documentación y a la casa-museo de Charles Dubois, lo lógico hubiera sido emprender el camino del cementerio de La Madeleine. Pero ¿qué es lo «lógico» para un individuo como yo? Ardía en deseos de enfrentarme nuevamente a la sepultura y arrebatarle su enigma. Y al mismo tiempo, ese segundo «encuentro» con Verne me atemorizaba. ¿Y si todo aquello sólo fuera consecuencia de mi fantasía? A pesar de mi aparente seguridad, soy un hombre en permanente duda.

Y el descubrimiento de una mansión que poco o nada tenía que ver con la que conociera Verne había empezado a corroerme.

No podía aplazarlo. La duda se hacía insoportable. Además, la inspección del inmueble ubicado en el 44 del bulevar de Longueville formaba parte del programa general. Allí, como ya anuncié, murió Julio Verne.

Y antes de abandonar a la solícita madame Compère, me permití un pequeño capricho. Un gesto, en suma, cargado de sentimentalismo. Mediante el pago de cincuenta francos tuve el honor y la satisfacción de hacerme socio del mencionado Centro de Documentación Jules Verne. Semanas después recibía en España la correspondiente acreditación, con el número 128. En honor a la verdad, al igual que me sucedió en las sucesivas visitas a la desierta y olvidada tumba del escritor, aquel sencillo carnet verde me defraudó. A pesar de las multitudinarias ediciones de los libros de Verne y de las decenas de idiomas a los que han sido traducidos, tan sólo ciento veintiocho personas en todo el mundo se han sentido lo suficientemente atraídas por su vida y obra como para desear enrolarse en el centro que lleva su nombre, contribuyendo así, aunque sólo sea mínimamente, a un mejor florecimiento de su memoria.

Vencida ya la mañana, me situé finalmente frente al 44 del actual bulevar de Jules Verne. El excelente estado de la fachada me tranquilizó. Quizá estaba juzgando con precipitación. Quizá los franceses habían sabido conservar y respetar la última morada de su indiscutible gloria nacional. Quizá el interior de aquella casa de tres pisos presentase el mismo y saludable aspecto del exterior. Y los ánimos volvieron a mí.

Otra pequeña placa de mármol negro, expuesta entre los dos altos ventanales de la planta baja, recuerda al transeúnte que, justamente allí, tras el consumido muro de ladrillo ocre, Julio Verne vivió sus últimos catorce años.

En ocasiones, el elemental acto de golpear una puerta puede acelerar un corazón, transportándole a uno a otra época. ¿Cuántas veces cruzaría Verne ese mismo umbral? Una mujer de rasgos árabes y mediana edad entreabrió la pesada hoja, observándome con desconfianza. Escuchó mi petición con desgana y, tras unos segundos de vacilación, me franqueó el paso, anunciando lo último que hubiera deseado oír: aquélla no era ya la casa del difunto señor Verne. En realidad hacía muchos años que había dejado de serlo. Ahora pertenecía al padre de su esposo. Antes fue propiedad de otra familia que, a su vez, la compró a un tercero... Me negué a seguir escuchando. La decepción fue más sangrante, si cabe, que la experiencia en la casa-museo de Charles Dubois. Todo, prácticamente todo, se halla modificado. De lo que un día fuera hogar de Julio Verne sólo queda en pie una chimenea, adosada a una de las paredes del gran salón de la planta baja, una hermosa vidriera y un recogido jardín, tan desaliñado como el resto del inmueble. Mis sueños y previsiones se vinieron abajo con estrépito. Aquel lugar, como el anterior, no recuerda, ni remotamente, el paso por este mundo del genial escritor. Y lo peor es que, ochenta y tres años después de su fallecimiento, la desidia oficial y privada es tal que dudo mucho pueda corregirse tan lamentable estado de cosas.

En cuanto a mi problema personal, ¿qué podía hacer? ¿Dónde y cómo investigar en un edificio desguazado y, para colmo, de propiedad privada? El acceso incluso resultaba comprometido.

Camino del cementerio traté de serenarme. No debía rendirme. El criptograma continuaba inédito. Además, ¿por qué me aferraba a la idea de un «testamento espiritual» oculto bajo tierra o entre los ladrillos de un muro? ¿No estaría menospreciando la inteligencia de Verne? Si yo hubiera estado en su lugar, ¿dónde lo habría escondido? ¿En una casa, inexorablemente sujeta a mil contingencias? Evidentemente, no. Julio Verne no era tan infantil. Por muy acorazados que estuvieran, esos documentos no podían quedar expuestos a posibles incendios, demoliciones, cambios de propiedad o cualquier otro imprevisto. Necesariamente, la clave tenía que ser otra. Y el único medio para intentar averiguarlo seguía siendo la sepultura. Era menester, por tanto, que me enfrentara al enigma con una mente abierta y alejada de ideas preconcebidas.

Todo tiene sus compensaciones. En este segundo «encuentro» con los restos mortales de Verne, la espesa soledad de la tumba se convirtió en mi aliada. Eran muchos los cálculos y observaciones que debía practicar y, al menos en mi caso, la ausencia de curiosos es siempre bien recibida.

¿Por dónde empezar? Aturdido ante lo oscuro y complejo de la labor consumí los primeros minutos en una minuciosa limpieza de la hojarasca que cubría buena parte de la sepultura. Me sentí feliz al adecentar las grises y erosionadas losas. Era lo menos que podía hacer por él...

Y durante casi una hora deambulé alrededor del monumento funerario, en un afán por familiarizarme con cada piedra y con cada símbolo. Y en mi cuaderno de campo empezaron a surgir las primeras anotaciones. Ni un solo detalle, por muy absurdo o insignificante que pudiera parecer, podía caer en el olvido. Las frases nacidas del epitafio seguían vivas en mi memoria. Sin embargo procuré aparcarlas, en beneficio de una investigación lo más objetiva posible.

Tal y como venía sospechando, el sepulcro es todo un canto a la simbología esotérica. El lector que haya tenido la fortuna de penetrar en el mundo de la iniciación y del ocultismo no precisará de excesivas explicaciones para reconocerlo. Las imágenes que se ofrecen en el presente libro son elocuentes. En consecuencia, me limitaré a levantar acta de aquellos símbolos que, en mi opinión, hablan por. sí solos, componiendo un sugestivo y fascinante «mensaje». Un «mensaje» perfecta y meticulosamente dibujado por otros dos iniciados: Verne y Roze.

«Causal-mente», y para empezar, la cara este de la tumba se encuentra cerrada y protegida por «siete» altos abetos, que forman un semicírculo perfecto. Siete árboles —«los siete días del trabajo del hombre»—, plantados justamente en 1907... Siete abetos orientados hacia la salida del sol y que, al igual que los rosetones de las catedrales, «hablan» del principio del sendero de la iniciación y del conocimiento. Y ese «hombre» —Verne—, en posesión de la sabiduría y de la iluminación, “resucita» a la «inmortalidad y la eterna juventud». Su mano izquierda en tierra y la derecha alzada (el «Mago» del Tarot), la cabeza semicubierta por el sudario de una muerte vencida y la piedra sepulcral («causalmente» pentagonal: símbolo del hombre cósmico) descansando sobre las espaldas constituyen algo más que un poético recuerdo funerario. Y en el colmo de la precisión esotérica, el rostro y la palma de la mano derecha directamente orientados al oeste: hacia el sol poniente, hacia el rojo alquímico, hacia la quintaesencia o perfección final...

Es asombroso. Todo en este sepulcro expresa «resurrección». En la hornacina, una misteriosa estrella de seis puntas flota sobre una rama de palmera. Y ésta, a su vez, cubre el nombre de Jules Verne. ¿Y cuál es el significado críptico de la estrella de David? Entre otros, el de un antiguo y familiar «conocido»: el número “6». El seis que, al mismo tiempo, simboliza al «hombre». Tenemos, pues, a un hombre —Jules Verne— bajo la rama de palmera: ¡la vida eterna!

Curiosamente, de las diez letras que integran JULES VERNE, la primera (J), tercera (L), sexta (V), octava (R) y última (E) resaltan sobre el conjunto con un dorado especial. Pues bien, de acuerdo con la Cábala, los valores numéricos de tales letras (10 + 30 + 6 + 200 + 5) quedan simplificados y reducidos al «8», nuevo símbolo de la «resurrección». (La «lectura» cabalística de estas letras no concluye ahí. Quienes dominen un poco esta antiquísima ciencia podrán desvelar otros profundos y «causales» mensajes, situados ahí, en la tumba de Verne, con toda intención.)

Y por encima de la estrella, en el frontispicio del muro funerario, otras «señales» aguardan al iniciado: una cruz con una rosa en el centro, encerrada en un círculo, una rama de olivo, dos lámparas de aceite (la esculpida a la izquierda de la «rosa-cruz» sin cubrir) y los pilares del rigor (a la izquierda) y de la misericordia (a la derecha)...

El viejo proverbio tiene razón: «No hay peor ciego que el que no quiere ver.» Y uno, después de esta somera enumeración de los símbolos contenidos en la sepultura, sigue preguntándose por qué los «vernólogos» no prestan atención a tan elocuente «libro abierto». Pero no es mi intención criticar a los especialistas. Cada cual —así debe ser— cumple su papel.

En cuanto al escultor e íntimo de Verne, Albert Roze, el examen de su luminoso monumento vino a confirmar lo que ya intuía..., y algo más. El epitafio, en efecto, no fue grabado a la manera convencional. Sin embargo, conforme a la más pura tradición iniciática, «Hacia la inmortalidad y la eterna juventud» yace oculto en la piedra, para quien quiera y pueda «leerlo» con los ojos del conocimiento. No me extenderé, pues, en el capítulo de la simbología del sepulcro. El camino está abierto. A partir de ahora, otros, más versados que yo, pueden rematar esta inédita Pagina de la vida-muerte del esotérico Verne.

Y aunque la confirmación de mis iniciales sospechas acerca de la mágica naturaleza de la tumba me llenó de optimismo y satisfacción, la verdad es que la sutil «exposición» de ideas en piedra y mármol no parecía desembocar en nada concreto. Yo buscaba y precisaba una clave, una fórmula, un signo tangible y objetivo que me abriera las puertas del hipotético «tesoro» de Verne. Así que, sacando fuerzas de un espíritu semiagotado, me lancé a la más esperpéntica de las aventuras: medir y chequear la sepultura, a la espera de un «milagro»... Y brújula y cinta métrica en ristre, fui emborronando las páginas de un cuaderno de campo, más cargado de sueños que de realidades.

Durante horas procedí a una exhaustiva medición y análisis de cada centímetro cuadrado. Torso, brazos, dedos, rostro y la piedra sepulcral que descansa sobre el «hombre» de mármol fueron examinados, medidos, comparados, dibujados y fotografiados, con la secreta esperanza de hallar alguna correlación, algún vestigio. Descalzo y encaramado en lo alto de la losa pentagonal vi discurrir con impaciencia buena parte de aquella intensa y singular tarde. Las cuarenta y siete letras y once números que forman la leyenda de la hornacina me tenían fascinado. Allí había «algo». La intuición jamás se equivoca. Pero ¿qué era ese «algo» invisible y misterioso? ¿Obedecía al azar la distribución de las cinco frases? La suma de letras (4 + 7 = 11) y de números (11) me recordó otra no menos cabalística cifra: «22». En cuanto al dígito final —«4»—, guardaba relación con las medidas del rectángulo de piedra que cierra y limita la sepultura: 2,83 metros en su cara este por 3,46 en el sur, por 2,83 en el extremo oeste por 3,46 metros en el lado norte. Extraña y «causal-mente», como digo, tanto 2,83 como 3,46 suman «4». (Los amantes de la Numerología y de la Cábala tienen en la tumba de Verne otro fascinante mundo, repleto de «vida».) Aquellas coincidencias me animaron a continuar por el camino del juego matemático, combinando —hasta el agotamiento— los dígitos resultantes de las múltiples y sucesivas mediciones.

JULES VERNE, por ejemplo, presentaba una longitud de 64,5 centímetros. El guarismo final (suma de 6, 4 y 5) daba «6». (De nuevo el mágico «seis»...)

NÉ A NANTES, con sus 35 centímetros, sumaba «8». En cuanto a la tercera frase de la leyenda funeraria —LE 8 FEVRIER 1828—, su longitud total (36,3 centímetros) equivalía a «3».

DÉCEDÉ A AMIENS, con 42 centímetros, repetía el «6».

LE 24 MARS 1905, por último, con 36,5 centímetros, arrojaba una suma de «5».

Para colmo de males, esta secuencia fue mezclada con las mediciones verticales, provocando un pandemónium. Y en plena fiebre criptográfica penetré en el laberinto de las combinaciones de letras y palabras, acelerando el caos. Y el destino, implacable, me dejó hacer..., justo hasta poco antes de las siete de la tarde.

A esa hora, la súbita aparición de un gendarme me devolvió a este mundo. El buen hombre me observó perplejo desde su bicicleta. Y llevaba toda la razón. ¿Qué demonios hacía aquel individuo en lo alto de la sepultura de Julio Verne, descalzo, eso sí, con una cinta métrica entre los dientes y la mirada extraviada, a medio metro de la leyenda funeraria? Supongo que era la primera vez —en ochenta y tres años— que alguien (no muy cuerdo, obviamente) se dedicaba al extraño «deporte» de trepar a un monumento sepulcral, armado con un bloc de notas, un metro y una brújula de aceite...

Ignoro si el policía dio por buenas mis atropelladas excusas. El caso es que, benévolo y condescendiente, me autorizó a reanudar la labor, prestándose incluso a fotografiar a semejante «loco» extranjero sobre las espaldas de una gloria nacional.

Es curioso. La «causal» presencia del gendarme iba a provocar una doble y beneficiosa circunstancia. En primer lugar lograría sacarme del estéril «manicomio» en que me debatía, haciéndome olvidar, de momento, el jeroglífico de la hornacina. Además, con el sol apuntando ya el final del día, ¿qué mejor y más sabia decisión que suspender las Pesquisas? Así que, con una áspera sensación de fracaso, recogí los equipos, situándome fuera del rectángulo sepulcral, de cara al irreductible y marmóreo Verne. Aquél fue otro momento difícil. No estaba dispuesto a rendirme, pero, en lo más íntimo de mi ser, yo sabía que aquella «locura» tocaba a su fin. Verne, a su manera, me había vencido. Y, respetuosamente, caí de rodillas, musitando una oración. En el fondo le estaba agradecido. Aquellos meses de electrizante búsqueda hubieran colmado a cualquier investigador.

Pero, de pronto, «algo» vino a removerme. Ahora me estremezco sólo de pensar que aquel padrenuestro pudiera haber sido recitado con mayor celeridad o, sencillamente, no haber sido formulado... De haber abandonado el luga) cinco minutos antes, quizá este libro sólo habría formado parte de mis sueños.

Como decía, mi pequeño homenaje a Verne se vio súbitamente interrumpido por un providencial destello. En la jornada anterior había sido testigo de este singular fenómeno luminoso. Sin embargo no le presté mayor atención. Ahora, en cambio, de rodillas, lo que en principio en algo natural, me dejó tan pálido como la escultura que se levantaba ante mí. Los rayos solares, justo en el ocaso; iluminaron la blanca y abierta mano de mármol, «causal-mente» orientada al oeste. Y la sombra oscureció parte de.; la leyenda funeraria situada inmediatamente detrás.

A pesar del susto, un escalofrío me recordó que seguía vivo. Incliné la cabeza a izquierda y derecha, verificando cómo una parte de la hornacina se hallaba en tinieblas.» Fue como un cañonazo. Y una de las frases —nacida del epitafio— resucitó en mi memoria:

«AL IRRADIAR LOS RAYOS SOLARES EN VERANO, EL DÍA MÁGICO OSCURECE LA SEPULTURA POR EL CAMINO DEL OESTE.»

¡Oh Dios! ¿Estaba soñando?

«Aquello», ni remotamente intuido, sí tenía sentido. El sol, en efecto, «por el camino del oeste», en el ocaso, «ennegrece» u «oscurece» el sepulcro..., justamente en el «día mágico» del verano.

Salté como un gato sobre la hornacina. No había duda: la mano abierta de «Verne» proyectaba su sombra sobre el muro, oscureciendo dos de los dieciséis conceptos que integran la mencionada leyenda: ¡1828 y 1905! El resto, en cambio, aparecía iluminado por la ya débil radiación solar.

El fenómeno, naturalmente, tuvo una escasa duración. A los pocos minutos, todo volvió a la normalidad. Incrédulo y nervioso repetí las mediciones. Situé la brújula sobre la frente del «hombre» de mármol. El cálculo era correcto: oeste. Y otro tanto sucedió con la mano derecha. Ambos —rostro y mano— miran exacta e intencionadamente hacia poniente.

Entonces, si no era víctima de un alucinación, el enigma empezaba a cobrar sentido...

Roze, de acuerdo con los cálculos de Verne, había esculpido y situado el monumento de forma tal que, durante la puesta de sol de cada solsticio de verano, la mano derecha sombreara parte de la leyenda funeraria.

Ésta tenía que ser la «señal»...

Ni qué decir tiene que aquélla fue otra noche en vela. Mi lógico entusiasmo, sin embargo, se vio en entredicho cuando, al recapacitar, caí en la cuenta de una circunstancia que no encajaba en el criptograma. Aquel 18 de junio nada tenía que ver con el «día mágico». En el verano de 1988, el solsticio entró a las tres de la madrugada (tiempo universal) del 21 de junio. Por fortuna, este aparente contratiempo no lograría apartarme de la recién inaugurada investigación. (Días más tarde, a mi regreso a España, comprendería que el «error» carecía de importancia. Al visitar el Real Instituto y Observatorio de la Armada, en San Fernando (Cádiz), con el fin de comprobar una serie de datos astronómicos, fui a descubrir un curioso hecho. En aquel estío, el solsticio, en efecto, se registró el 21 de junio. Sin embargo, por esas «causa-lidades» de la vida, el auténtico «día mágico» —es decir, el de mayor tiempo de exposición solar— no fue el mencionado 21, sino el 19. En otras palabras: sin yo saberlo, a la jornada siguiente, 19 de junio, domingo, iba a asistir a la repetición del fenómeno luminoso anunciado en el criptograma ¡y en el momento justo!, ¡en el «día mágico»!)

Me costó aceptarlo. ¿Cómo era posible que el destino me hubiera «conducido» hasta el cementerio de La Madeleine... en las fechas exactas? Si hubiera visitado la tumba en otra época del año, nada de aquello habría sucedido.

Como señalé en las primeras líneas de este trabajo, la presente historia es muy extraña...

Por otra parte, la variación horaria —en lo que atañe al ocaso— apenas difiere en quince segundos, de un día para otro. Ello permitió que el oscurecimiento de parte de la leyenda funeraria pudiera ser observado sin problemas durante los tres o cuatro días anteriores y posteriores al referido «día mágico». Este 19 de junio, concretamente, el ocaso se produciría a las 18 horas y 5 minutos (siempre en tiempo universal y en base al meridiano 0 o Greenwich, muy próximo a Amiens). El 23 de ese mismo mes de junio, el ocaso del limbo superior del sol tendría lugar un minuto más tarde; es decir, a las 18 horas 6 minutos.

Movido por la curiosidad solicité también de los astrónomos las" fechas de entrada de los solsticios de verano de los años 1898 y 1905, respectivamente. Si mis suposiciones no eran erróneas, la primera de las fechas mencionadas seguía siendo decisiva. Verne pudo maquinar este enredo en 1898. Y, lógicamente, tuvo que consultar en qué día y hora arrancaba el solsticio. Pues bien, el «día mágico» del verano de 1898 se produjo el 20 de junio, a las 21 horas y 42 minutos, en Cáncer. En cuanto a 1905, año de su muerte, el solsticio del estío fue inaugurado a las 14 horas y 27 minutos —también en Cáncer— del 21 de junio. (Los datos concernientes a 1898 resultarían de gran interés, aunque obviamente no lo descubriría hasta mi retorno a España.)

Pero sigamos el curso de los acontecimientos tal y como se registraron.

En los días posteriores al decisivo hallazgo del sombreado de la sepultura, fui alternando las visitas al cementerio con una paciente y tenaz labor de investigación en torno de la leyenda funeraria. Quizá —por aquello de hablar con propiedad— debería referirme no a la totalidad de la inscripción, sino a las dos fechas sibilinamente «apuntadas» por Verne y Roze. Por cierto, nada más iniciar las pesquisas, hubo algo que me confundió y que a punto estuvo de mandar a pique el proyecto. Roze sobrevivió a Verne y supo de la fecha de su fallecimiento. Pero si el criptograma era creación del escritor, ¿cómo admitir que supiera también el año exacto de su muerte? Desde un punto de vista científico y racional, eso es improbable. Durante horas y horas no hice otra cosa que meditar sobre este espinoso obstáculo. Y las dudas, como olas gigantes, me situaron al borde del abandono. ¿Y si todo aquello sólo fuera producto de mi calenturienta imaginación? Verne no podía conocer la fecha de su muerte. ¿O sí? El sentido común se revelaba. Por otro lado, ¿a qué obedecía semejante cadena de coincidencias? ¿Pudo Verne trabajar no con una, sino con varias posibilidades? Era muy capaz... ¿Llegó a contemplar diferentes fechas, alertando al escultor sobre tan decisiva circunstancia?

El instinto (?) acudió en mi ayuda. Y medio olvidé este contratiempo, insalvable en apariencia. Todo encajaba matemáticamente. Aquel cúmulo de «causa-lidades» invitaba todo menos a la renuncia. (Semanas después, al «conocer» mejor los «secretos» de Julio Verne, comprendí que aquel hombre «especial», perfectamente introducido en el mágico mundo del esoterismo, «sí» estaba en condiciones de presentir su propia muerte..., y mucho más.)

Pero debo frenarme. Tiempo al tiempo.

La cuestión es que, confiando en la intuición, proseguí las indagaciones, haciendo oídos sordos al sentido común. La verdad es que, de haber procedido con una mente cuadriculada y sin más horizonte que la pura ortodoxia científica, jamás hubiera compartido el universo «verniano» de la ensoñación. Y este libro —quién sabe—, apenas habría aportado nada nuevo sobre la figura y los pensamientos del «más desconocido de los hombres».

«1828-1905.»

He ahí la clave. De nuevo los números. La debilidad de Verne por los guarismos era casi enfermiza.

Al principio, consciente de lo cerca que podía hallarme de la ansiada y definitiva solución del criptograma, el nerviosismo me hizo malgastar tiempo y energías. En mi corazón se agitaba aún la idea de un lugar recóndito en el que Verne pudo haber sepultado su «tesoro». Esta obsesión, lamentablemente, me limitó.

Durante varias jornadas trabajé, pues, en multitud de direcciones, todas equivocadas. Los años del nacimiento (1828) y de la muerte (1905) fueron descompuestos, alterados, divididos, sumados, multiplicados y restados hasta la locura, combinando los múltiples resultados, bien con las coordenadas geográficas de Nantes y Amiens (ciudades del nacimiento y del óbito, respectivamente), bien con la secuencia de los números de las diferentes casas habitadas por la familia Verne. Cada ensayo fue un cataclismo. Sin embargo, como es habitual en la vida, de la ruina siempre puede extraerse una lección. Y quien esto escribe terminó por aceptar que la preconcebida idea de un «testamento espiritual», material y físicamente enterrado en alguna de las viviendas o propiedades que fueron de Verne, debía ser desterrada. Era menester una nueva dosis de paciencia... y arrancar de cero.

Cada atardecer me concedí una tregua. Y como un ritual, entre perplejo y emocionado, fui asistiendo al puntual oscurecimiento de la sepultura. En más de una oportunidad supliqué a los cielos, y a Verne, que tuvieran piedad y fortalecieran mi frágil entendimiento. Y uno u otro —no sé si ambos— escucharon mi lamento. Porque, en uno de aquellos crepúsculos, al ojear la miríada de anotaciones y cálculos que poblaba el cuaderno de campo, casi sin querer «volví sobre mis pasos», reconstruyendo el enigma desde sus comienzos. Poco faltó para que me abofeteara allí mismo. ¿Cómo puedo ser tan inepto y despistado? Si el criptograma había discurrido por el sendero de las equivalencias, ¿por qué no continuar de idéntica forma? Eso era lo lógico...

Y en la tibia soledad de La Madeleine, a los pies de Verne, se hizo una primera «luz».

Me introduje, pues, en el primitivo método de la conversión de letras a números y viceversa, con los siguientes y «curiosos» resultados:

Después de algunos rodeos observé que la simplificación de 1828 y 1905 arrojaba un dígito cuya reiteración resultaba sospechosa. (1 + 8 + 2 + 8 = 19, y 1 + 9 = 10 = 1. La suma de los guarismos de 1905, por su parte, equivalía a 6. Es decir: 1 +6 = 7.)

El «7» aparecía también en la adición de los 16 conceptos (1+6) que integran la leyenda funeraria.

A su vez, la resta de dichas fechas ofrecía algo que ya sabía: la edad de Verne. Dos veces «siete»...

Siempre según el alfabeto internacional, la conversión a números de la palabra AMIENS y DÉCEDÉ A AMIENS desembocaba en sendos «7». Y otro tanto sucedió con el tercer renglón de la referida leyenda fúnebre.

Aquél era el críptico estilo «verniano». La repetida «aparición» de un dígito tenía que significar algo...

Pero, como me sucede con frecuencia en esta clase de pesquisas, el afán por complicar las cosas retrasaría notablemente el definitivo esclarecimiento del enigma. En el fondo, la clave era mucho más simple de lo que imaginaba. El «7», en efecto, hacía el doble papel de «brújula» y «llave maestra». Al utilizarlo sobre las cifras sombreadas en el «día mágico» la respuesta no se hizo esperar. Al sumar este dígito a 1828 (tanto a la unidad, decena, centena como al millar) me encontré con un número que sí guardaba una estrecha relación con el planteamiento general: 1898. El año clave. La posible fecha en la que Verne maquinó el gran criptograma final...

Con 1905, por lógica, sólo cabía restar. ¡Oh sorpresa!: el único guarismo con cierto sentido era justamente ¡1898!

¿1898?

Curiosa y «causal-mente», entre ese año y el de su fallecimiento se contabilizan otros siete... ¿Qué intentaba comunicar Verne? ¿Por qué 1898? ¿Por qué el círculo que había nacido justamente en 1898 se cerraba ahora con la misma fecha? Imaginé a Verne, socarrón, divirtiéndose a mi costa desde las estrellas. (Al recibir los datos astronómicos del Observatorio de San Femando, el «7» hizo nuevo acto de presencia, fortaleciendo mi tesis. Como ya señalé, el «día mágico» o solsticio de verano de aquel 1898 se registró a las 21 horas y 42 minutos (U. T.) del 20 de junio, en Cáncer. La suma de 20-6-1898 = «7». Y la adición de este «7» a 21 horas 42 minutos repetía el mágico «7».)

El problema parecía limitado a estos dos guarismos: «7» y «1898». También cabía la posibilidad de que sólo uno de ellos condujera al final del laberinto. Quizá el primero, siguiendo la táctica «verniana», servía únicamente de «hilo conductor»... Pero ¿hacia dónde? ¿Hacia 1898? ¿Y por qué a esa fecha? ¿Cómo buscar el «testamento espiritual» en una cifra del calendario? ¿Y si estuviera equivocado? ¿Y si el supuesto «tesoro» de Verne no fuera su «testamento espiritual»?

No convenía apresurarse. Durante un tiempo me centré exclusivamente en el «7». Verne, casi con seguridad, tenía que haber dejado más pistas. Procurando no desviarme del carril de las “equivalencias» —con el que había obtenido tan providenciales resultados—, repetí el juego de la conversión, pero a la inversa. Según el alfabeto internacional, el «7» es equivalente a las letras «G», «P» e «Y». No aburriré al lector con las interminables horas de búsqueda de aquellas palabras francesas cuyas iniciales coinciden con estas tres letras y que, naturalmente, podían guardar alguna coherencia con lo ya sabido y expuesto: Verne, el sepulcro, los papeles íntimos, 1898, etc.

En dos frenéticos días, las consultas a los diccionarios dieron los siguientes y asombrosos frutos:

«GAGNANT-PAIR-YUna traducción literal equivale a «GANANCIOSO (AFORTUNADO)-SEMEJANTE-EN AQUEL LUGAR». Teniendo en cuenta que «G-P-Y = 7», la frase podía interpretarse como «(El) GANANCIOSO O AFORTUNADO, EN AQUEL LUGAR, (es) SEMEJANTE O IGUAL (al) SIETE.»

La «equivalencia» resultaba muy significativa... Una segunda versión complementaba lo anterior:

«Y-GUIDE-PAIR.» Es decir: «EN AQUEL LUGAR, (el) GUÍA (es) IGUAL O SEMEJANTE (al) SIETE.»

Siguiendo con los juegos de palabras —afición practicada asiduamente por el escritor—, la modificación de otro de los vocablos me llevó a una tercera fórmula:

«GUIDE-PREPARE-YO lo que es lo mismo: «(El) GUÍA PREPARA EN AQUEL LUGAR.» En este caso, como en el anterior, el término «guía» sólo podía ser el «siete».

Pero la versión más desconcertante decía así:

«Y-PAUME-GUIDE»: «EN AQUEL LUGAR (la) PALMA DE LA MANO GUÍA O CONDUCE (al) SIETE.»

Quedé atónito. ¿Cómo era posible? ¿Cómo entender semejante «tela de araña», tan ingeniosa y minuciosamente trenzada? La «palma de la mano» del «hombro) de mármol, en efecto, «conduce» o “guía», «en aquel lugar» (la sepultura), a dos fechas que, como hemos visto, le catapultan a uno hasta el «7».

Verne, astuto y desconfiado, había confirmado y reconfirmado las pistas... «en todas direcciones»...

Ya no había duda: el «7» era un indicativo, un «hilo conductor”, una «brújula» que señalaba la posible clave final: «1898.»

Y haciendo acopio de todas mis fuerzas, me dispuse para la gran batalla.

El destino tiene estas veleidades. Y lejos de combatirlo, procuro “navegar», aprovechando al máximo sus «vientos». No tiene, pues, nada de extraño que lo que imaginé en un primer momento como la «gran batalla» quedara reducido a una simple «escaramuza». La providencia —digo yo— fue benevolente y supo «inspirarme» en el momento justo.

El repaso de aquel año (1898) en la vida de Julio Verne no sirvió de mucho. Los biógrafos hablan de la supuesta y no muy clara «quema de papeles», así como de una creciente y, al parecer, irreversible «negritud» en su estado emocional, consecuencia quizá de la reciente pérdida de su idolatrado hermano Paul (fallecido en 1897) y de las dolencias que empezaban a acorralarle. En suma, nada de nada...

Pero la intuición jamás defrauda. Aquel año encerraba algún secreto. Si Verne había sido capaz de concebir y poner en marcha un galimatías de semejante calibre tenía que ser por «algo» que, en verdad, mereciese la pena. Y, como digo, la intuición (?) me arrastraba, desde el principio, a una sólida y única idea: su «testamento espiritual». Este pensamiento jamás varió a lo largo de aquellos meses de investigación. Pero, apuradas todas las posibilidades, ¿hacia dónde dirigir mis esfuerzos?

Y de nuevo acudí ante el Verne de mármol. Era mi última tarde en Amiens. Mis reservas económicas se hallaban exhaustas y, de no producirse un milagro, el regreso a España estaba cantado.

Durante mi permanencia en el cementerio de La Madeleine procuré olvidarme de aquella impermeable fecha. Necesitaba un poco de sosiego. Y antes del ocaso —en nombre de todos los lectores de habla castellana que alguna vez han «soñado» gracias a Verne— deposité unas flores blancas a los pies del sepulcro. Y a punto ya de despedirme, tuve una feliz e ingenua idea. ¿Por qué no esconder un breve mensaje entre las flores? Aquello no era muy serio, lo sé. Pero, a fin de cuentas, ¿quién iba a saberlo? Además, ¿por qué reprimir un sencillo y hermoso impulso?

Y dicho y hecho. Abrí la bolsa de las cámaras y, cuando me disponía a arrancar una hoja del cuaderno de campo, mi vista tropezó con uno de los inseparables volúmenes de Verne: Viaje al centro de la Tierra. Cambié de opinión. El escueto mensaje iría plasmado en una de las páginas de este «críptico» libro. (Una obra, dicho sea de Paso, esencial para cuantos deseen descifrar el criptograma principal que contiene el presente trabajo.)

¿Qué mejor homenaje a Verne que depositar a sus pies una parte de su inmortal obra?

«¿Inmortal?»... ¿Había dicho «inmortal»?

Necesité algunos segundos para reaccionar. ¡Estúpido! Eso es lo que soy: un solemne e incorregible necio... Lo tenia ante los ojos y no supe verlo. La verdad, como siempre, se disfraza de simplicidad.

¡Inmortal! Ésa era la clave.

Si yo fuera Julio Verne, ¿dónde ocultaría mi «testamento espiritual»? ¿En un lugar condenado a la destrucción o al olvido? Evidentemente, no. Ese «lugar» existe y jamás podrá ser aniquilado porque, sencillamente, es inmortal. Verne tuvo el privilegio de saberlo y lo aprovechó. Y hasta que la humanidad —Dios mediante— habite este planeta, ese «lugar» permanecerá intacto y, paradójicamente, al alcance de todos los humanos. Pero, para descubrirlo, había que sumergirse en el alma de Verne y, en cierto modo, aceptar las reglas de su esotérico universo.

No hay duda: los caminos de la providencia son tan enigmáticos que no es rentable desafiarla. Y yo, por supuesto, me dejé llevar.

¡Sus libros! He ahí el «lugar». He ahí el «terreno» ideal donde «enterrar» su secreto. Las propiedades, enseres y casas de Verne han ido cayendo con el paso del tiempo. ¿Puede decirse lo mismo de sus inmortales “Viajes extraordinarios»? ¿Qué mejor «arcón» para un «testamento espiritual»?

Una hora después de aquella providencial «inspiración» (?), tras un loco galope sobre la prolífica bibliografía verniana, un mágico número me dejaba sin respiración: 1898.

Ese año —«causal-mente»—, el desconcertante Julio Verne remataba una novela que vería la luz pública en 1899. Una obra cuyo título resultó tan sospechoso como sugerente:

«LE TESTAMENT D'UN EXCENTRIQUE» (El testamento de un excéntrico).

¡Dios de los cielos! ¡Era increíble! La supuesta destrucción de sus cuadernos y papeles íntimos, en 1898, me había transportado, a lomos de un criptograma, ¡a 1898! Todo un diabólico y divertido «juego verniano»...

Tal y como imaginaba, la cuidadosa lectura de las 381 páginas de El testamento de un excéntrico no reportó mayor luz a mis pretensiones. Era lógico. Si Verne había depositado su «testamento espiritual» en las entrañas de aquel otro «testamento», la única fórmula para desvelarlo consistía en estudiar el texto..., al estilo o manera «vernianos». Es decir, buscando una clave que transformara las 140.588 palabras y 600.839 letras de que consta la obra, en francés, en «otra cosa»... (La meticulosidad de Julio Verne no tenía límites. He aquí un nuevo ejemplo: siguiendo el procedimiento de las «equivalencias», la conversión a dígitos del título del libro quedaba resumida al número «8». Pues bien, la suma de 1898 también arroja el mismo guarismo: «8». Y otro tanto ocurre con la adición de la totalidad de las letras y palabras que forman El testamento de un excéntrico, respectivamente.) Estaba claro que me frentaba a un coloso de los criptogramas. Pero, en mi aso, el paso del tiempo había jugado a mi favor. Yo disponía de una magnífica «herramienta» que hubiera hecho palidecer de gozo a Julio Verne: los ordenadores.

Yo sabía de la pasión del escritor galo por otro gigante: Leonardo da Vinci. Y había estudiado a fondo algunos de los crípticos manuscritos del renacentista. Leonardo, otro «iluminado», supo ocultar parte de su herencia literaria valiéndose de un ingenioso sistema: la escritura de derecha a izquierda y desde atrás hacia adelante...

Pues bien, mis sospechas resultaron más que fundadas. Tras varias semanas de paciente trabajo, la fórmula de Leonardo, unida a la secuencia matemática múltiplo de... Pero no. En esta ocasión no revelaré la totalidad del mecanismo que me condujo a la definitiva «traducción» del Testamento de un excéntrico. Sí ofreceré, naturalmente, el increíble resultado: el «testamento íntimo» de Verne, sus «confesiones», sus más profundas reflexiones en torno a una serie de sucesos y vivencias personales que, como veremos, marcaron su atormentada existencia. «Algo» de vital importancia para conocer a Verne. Al menos, para conocerle un poco mejor. Y no deseo revelar este pequeño-gran secreto por dos poderosas razones: porque entiendo que puede haber lectores con la suficiente curiosidad como para lanzarse a la fascinante aventura de descifrarlo por sí mismos (insisto en que mis libros deben ser participativos) y porque, según obra en mi poder, este oculto «mensaje» no se agota con el «testamento espiritual» de Verne... Otros «tesoros» y aventuras duermen aún, «a la sombra» del gran criptograma. Uno de sus herederos lo sabe bien.

Yo, Julio Verne
Confesiones del más desconocido

de los hombres

«Mi viejo Julio..., hoy escribo para ti. Hoy, en Amiens (martes), 8 de febrero (1898), has entrado en los setenta. ¡Pobre culo de plomo! ¿Qué queda del andarín de antaño? Hoy —hubiera dicho Anne— estrenas un nuevo ciclo vital. Habría que corregirla. Los setenta años son preludio del final. Tú sabes que ella lo sabía... Pero nunca te lo hubiera dicho. La muerte te asusta y ella —que te sigue amando— era respetuosa. Dios la habrá bendecido, mi viejo Julio.

¿Y por qué esta senil manía de escribir para mí mismo? No te engañes. ¿Quién podrá descubrir y leer estas confesiones? Puede que nadie. Puede que sólo otro loco atormentado y solitario como yo. Imagina que tampoco es así. Imagina que estás en el umbral del definitivo adiós y que te debes unas líneas. Sí, te las debes, viejo Julio. Es hora ya de desnudarte ante la providencia. Aquí no hay testigos, ni lectores, ni familia, ni editor, ni razones de estilo... Escribo entonces para nada y para todo. Escribiré a vuela pluma. ¡Qué importa el orden y el concierto! Escribo para filtrar sentimientos y para intentar encontrar la paz que yo mismo me he negado. ¡Uf, qué alivio sentarse a escribir sin las demandas y las cadenas de un editor!

Espero que esta mano reumática responda. Los vértigos e indigestiones me tienen acobardado. Ya no soy lo que fui. Arrastro la pierna como una condena y hasta me cuesta subir a la guarida. He aquí otra razón para dejar en limpio el pequeño libro de mi existencia. La salud, como esas viejas y achacosas máquinas de vapor, arroja humo Por doquier. No sé cuánto resistiré. ¡Y queda tanto por hacer!

¿Empezar? Buena pregunta. ¿Por dónde empezar a contesar que mi vida no es lo que todos creen? ¿Feliz? Ni siquiera conozco el significado de esa palabra. ¿Un hombre en paz? ¡Pobre demonio! En paz sólo viven los vencidos.

¿Quién podría suponer que este viejo burgués, a pesar de sus triunfos, muere derrotado, sin amor y, lo que es peor, solitario? Pero todo eso es el final y la consecuencia de una vida hipotecada por la falta de valor. Así que, viejo Julio, mejor será que retrocedas y hagas balance...»

CAPÍTULO 1


Donde empiezo a escribir para mí ¿Qué sé yo de Julio Verne? Un «lapsus» en el certificado de nacimiento La lectura de los astros Elegido de los dioses Mi próxima reencarnación




Jules Gabriel Verne Allotte nace en la ciudad francesa de Nantes. en la Bretaña, en el número 4 de la calle de Olivier-de-Clisson, en l'Île Feydeau. El alumbramiento se registra el 8 de febrero de 1828, «a mediodía», según reza el certificado de nacimiento.1

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