Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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«No puedo creerlo. Yo, Julio Verne, toda una vida sujeto a las demandas y a la tiranía de un editor y ahora, por primera vez, escribo sin amarras. ¿Lo soportarás, viejo oso? Una de las ventajas de esta navegación interior es que no hay rumbo. Y si lo hay, sólo Dios lo conoce. Allá Él.

Así que, para mi fortuna y reposo, dejaré las velas al viento...

Y bueno será empezar por uno mismo. ¿Qué sé yo de Julio Verne? Mejor dicho: ¿qué saben los demás? He leído y escuchado tanta calumnia, desatino y mala fe, que si mi adorada madre levantara la cabeza caería nuevamente muerta... La estupidez humana es así: sin límites. La gente habla y juzga sin conocimiento, buscando empañar y ensuciar la imagen de aquellos que, acertada o desacertadamente, han sido fieles a su destino. ¡Mala consejera la envidia!

Y yo, a mis setenta años, ¿qué sé de mí mismo?

No caeré en esa tentación. No proclamaré mis excelencias, ni tampoco los defectos. Acudiré a otras fuentes. Que sean otros —con datos en la mano— quienes dibujen el perfil de este viejo oso con chepa...

¿Quién mejor que Anne? Ella me abrió las puertas que permanecían cerradas. De esto hace ya más de veinte años... Esta normanda —seguro— fue empujada a París por el sutil viento de los cielos. Estaba escrito que la conociera. Paciente y amorosa, me enseñó a leer en las estrellas. El terreno estaba abonado. Otros, antes que Amadine, me iniciaron en la ciencia de la astrología. Aquí y ahora puedo decirlo: esos cretinos y burriciegos que se autoproclaman "científicos" desprecian e ignoran a su propia madre. Porque, en realidad, ¿qué son los astrónomos? Hijos de la astrología.

¡Qué prehistórica y ciega sociedad la que me ha tocado en suerte! No ve más allá de sus bolsillos. Y yo he sido un cobarde al someterme al balido de ese rebaño que jamás levanta los ojos hacia el sol que hace crecer su alimento. La ciencia y las religiones, mal entendidas, están amordazando al hombre. ¡Qué bueno y oxigenante perderse así, en disquisiciones sin lastre!

1. La información contenida en recuadro no forma parte de las «confesiones» de Julio Verne. Estos datos biográficos del escritor galo encabezan los diferentes pasajes de su «testamento espiritual», en un intento de esclarecer y complementar los temas desarrollados por él en cada uno de estos capítulos. (N. de J. J. Benítez.)


¿Decía algo de las estrellas? Sí, viejo y despistado oso: decías que Anne, la astróloga, sabía más del auténtico Verne que el propio Verne.

¿Dónde lo habré puesto?... Esta guarida empieza a preocuparme. Nada está en su sitio...

Sí, claro, sobre el camastro. Cuando uno llega a cierta edad, lo único importante... Pero veamos: ¿qué dice el estudio astrológico de Anne? Debo confesar que me impresionó. Ni yo mismo me hubiera retratado tan íntima y fielmente. Ésta sí es la "verdad" de un supuesto triunfador. Nací en Nantes un 8 de febrero de 1828, a las 13 horas y 39 minutos (tiempo de Greenwich, claro). Longitud: Io 33' W. Latitud: 47° 13' N. Siempre me gustó la precisión. Y en este caso, en el instante del nacimiento, con más motivo. Mi madre, pobrecilla, nunca supo la hora exacta. Pero mi padre, obsesionado y esclavo de la puntualidad, vino a salvar la situación. Todo el mundo debería anotar y guardar como un tesoro el momento exacto de su ingreso en este planeta. Años después, cuando fui consciente de todo esto, pensé rectificar el gravísimo lapsus del certificado de nacimiento. Alguien, con orejeras de burro, ha escrito que Julio Gabriel Verne vino a la vida "al mediodía". No lo cambié. ¡Que los embaucadores y malos astrólogos sigan creyendo necedades sobre mí!

Soy, pues, un acuariano, con el ascendente en 10 de Cáncer.

Al principio —Anne lo sabía— no concedí excesivo crédito a este lenguaje. Los resultados me harían cambiar de opinión. Y sigo leyendo:

"... el Sol en Acuario da enorme avidez intelectual. Deseo de saber y de analizarlo todo..."

¡Fiel retrato de un oso que ha perdido los ojos en las bibliotecas! ¡Bravo por Anne!

"... pero su posición 'domal' señala que sus vuelos intelectuales serán de altura..."

¿Vuelos intelectuales? Sí, pero subterráneos. Y no por mi placer. Hetzel, mi editor, que Dios tenga en su gloria, no hubiera aceptado uno solo de mis verdaderos sueños. ¿Alquimia, iniciación, tarot, Cábala?... Ésos han sido mis vuelos intelectuales. Y todos yacen sepultados bajo el obligado disfraz de la aventura. No, en esto te equivocas, querida Anne. Nunca fui un intelectual y menos de "altos vuelos". Culo de plomo sólo ha volado en el globo de la anticipación. ¡Y bien que lo he pagado! También me referiré a ello, espero. ¡Son tantos los hilos de mi vida que quiero trenzar!

¿Debo obviar las posiciones de los planetas y de las estrellas fijas en mi carta astrológica? No lo haré, en tu honor. Además, quién sabe, quizá otro loco descubra mi último juego... Démosle entonces todas las claves.1


1. Para los avisados. Éstas fueron las posiciones de los planetas en el momento de mi nacimiento: Sol, en 18° 48' Acuario; declinación 15° sur. Luna, en 16° 00' Escorpión (14 sur, conjunta a Júpiter). Mercurio, en 22° 50' Acuario (15° sur). Venus, en 18° 27' Piscis (5 sur). Marte, en 0° 35' Sagitario (19 sur). Júpiter, en 13° 46' Escorpión (14 sur). Saturno, en 14° 26' Cáncer (22 norte). Urano, en 29» 47' Capricornio (20 sur). Neptuno, en 17° 04' Capricornio (21 sur). Plutón, en 4° 48' Aries (13 sur). Nodo Norte Lunar, en 28° 37' Libra. Posiciones de las estrellas fijas: Sirio (primera magnitud), a 2o del ascendente. Altair (p. m.), conjunta a Urano. Achernar (p.m.), conjunta al Medio Cielo. Isidis (segunda magnitud), conjunta a Marte. Deneb (tercera), conjunta a Neptuno. Ascella (tercera), conjunta a la cúspide de VII. Albireo (tercera), conjunta a Urano. Sadalsund (tercera), conjunta a Mercurio y Deneb Algedi (tercera magnitud), conjunta a Mercurio.


Dice la astrología que Acuario es un signo de Aire. ¡Cierto! He aquí un hombre de Aire, un hombre que apostó por lo irreal, por el mundo de la mente y por la metafísica. Y como ha dicho Nietzsche, "heme aquí, convertido en un albino del concepto". ¡Peor que eso! El "aire" que envuelve mi signo me ha hecho un solitario, rechazando cualquier apoyo exterior. He sido poderoso en mi soledad. Yo he creado un universo, el mío, que nada tiene que ver con el universo real. Pero ¿qué es lo real? ¿Quién puede pretender monopolizar la verdad?

"... Orgulloso espiritual, con conciencia de no poder pertenecer jamás a la masa..."

Nuevo acierto. Y no por mi voluntad, sino por destino. Así fue escrito en las estrellas, mucho antes de mi nacimiento. Por más que lo he procurado, jamás lo logré. Nunca pude hacerme plebe. Ellos me leen, pero no han descubierto aún que mis libros, bajo la epidermis, se ríen de su mediocridad.

Quizá la palabra idónea para definirte sea esa que estás pensando, viejo oso engreído: ¡elegido! ¿Y por qué no? Elegido de los dioses, no por tus méritos presentes, sino por los pasados; los que te adornaron en otro tiempo y en otra lejana "patria"... Y ahora, aquí, en este tempestuoso mundo, te ha tocado iluminar a otros. Elegido e iluminado, que no loco. Los primeros siempre son sensatos.

"... Amable y benévolo —dice mi carta astrológica—, pero con una repugnancia interior por todo lo ordinario y vulgar, que en mi caso, además, se ve multiplicada por la influencia de Júpiter..."

Nada que objetar. Con los años, esa benevolencia instintiva y natural se ha hecho obligado y cotidiano tributo. Pero no por mi santidad, sino por una dilatada observación de la naturaleza. Y es lógico que rechace lo vulgar. Este «progressus in simile» (progreso hacia lo semejante) es la antítesis de los elegidos. Los hombres luchan por parecerse los unos a los otros, sin comprender que eso es lo vulgar. A mis setenta años no puedo ni deseo cambiar...

"Imprevisible", dice Anne en su estudio. ¡Sí! Nadie se aburre al lado de un atormentado. La Luna me hechizó. Y paso de la euforia a la melancolía, al margen de mi voluntad. Es el sino de todo nativo lunar.

"Intuitivo, original y altruista."

Dejaré que los hechos, conforme vayan apareciendo, le quiten o le otorguen la razón.

"... Julio Verne ama la libertad y el progreso..."

Sí, querida Anne: he amado la libertad, pero no supe conquistarla. Los hombres como yo deberían vivir independientes de toda atadura que no fuera su propia obra. La libertad es privilegio de los fuertes y de los audaces. Y yo, lo sabes bien, seré juzgado algún día como un cobarde, que tuvo la libertad en sus manos y la dejó escapar.1

En cuanto a esa palabra mágica y por el momento incomprendida —"progreso"—, hace tiempo que entré a su servicio. La humanidad cambiará. Y algún día, no muy lejano, el progreso será recibido como un moderno maná. La ciencia y la técnica custodian esa llave. Hoy todavía el oscurantismo eclesiástico hace dudar a los sembradores de progreso. Pero toda religión, régimen político o cultura que se opongan al signo de los tiempos serán demolidos. Soy extremista, aseguras. Lo fui. Ahora, ya no sé... Practiqué el más puro de los anarquismos, aunque muy pocos lo han sabido. En mis libros está. Pero no entremos aún en la inevitable basura de la política. Si es posible, incluso, la evitaré. Un extremista, y me disculpo con ello, del espíritu. También lo he sido en otras parcelas de la vida, pero con discreción. De algunas me arrepiento. ¿De cuáles? De mi absurda postura respecto a las mujeres. Fueron cosas de juventud... Sí, de las mujeres y del amor estoy obligado a escribir. Pero ¿por qué separar ambos conceptos? Ya veremos...
1.[Véase nota en siguiente página.]

Extremista en el trabajo. Ahí no caben excusas. Más que extremista, un tirano. Más que un tirano, un suicida. Quizá el mundo que lee mis "Viajes extraordinarios" no sepa jamás que este viejo oso cometió la gran torpeza de "suicidarse"... por el trabajo. He ahí otro interesante tema de conversación conmigo mismo. ¿Por qué mi obra es tan prolífica? ¿Por afán de notoriedad? ¿Por ambición? ¿Por dinero? ¿A causa de una imaginación desbordante? ¿Por culpa de un editor absorbente? Bueno, de todo hay. No me engañaré a estas alturas del negocio. Pero, desde hace ya unos cuantos años —a mí me parece una eternidad—, el motor, causa y razón de tan extensa producción literaría es el "suicidio". Dicho está. ¿Recordarás que debes volver sobre ello? Lo dudo, viejo oso...
(Nota de F. Lara, editor.)



Concluyo este apunte astrológico con varias características del alma que no conviene ocultar.

"...Curioso, autodidacto, privilegiada imaginación, mente clara e intuitiva..."

Sí, aunque me ha servido de poco. Esa curiosidad, esas miles de horas de estudio y lectura en las bibliotecas, esa imaginación sin fronteras y la frialdad de mente deberían haber estado al servicio de la iluminación de los hombres. Mis libros, en cambio, son recomendados a jóvenes y adolescentes y marcados como meros relatos de aventuras. La crítica no es del todo culpable. Lejos de sepultar esa "iluminación iniciática" bajo el ropaje de la aventura, debería haber escrito sin rodeos. Abiertamente, como hacen los valientes. ¿Qué importa que la sociedad no esté preparada? Ésa era mi obligación: disponerla para el gran cambio, el del espíritu. Y me acerco al final sin haberlo intentado siquiera. ¡Mal juicio me aguarda! Mi próxima reencarnación no ofrece dudas: deberé escribir sobre aquello y "aquellos" que duermen en mis archivos. ¡Mala cosa traicionarse a sí mismo! Mala cosa... De nuevo —ya ves— la falta de valor...

Y cierro con otro dato curioso. Anne aseguraba que en la carta de Julio Gabriel Verne domina el elemento AGUA. La astrología, cuando se estudia e investiga con seriedad, es una caja de Pandora. Ese elemento hace de mí un hombre romántico, sentimental y emotivo. ¡Mil veces cierto! He vivido y gozado el romanticismo del mar. Ahora sólo me quedan mis caracolas, como una burla del destino... ¿He perdido el romanticismo de antaño? No, soy yo, en mi vejez, quien se ha perdido a sí mismo. Desde el "accidente", la cojera que arrastro como una mala condena me ha envenenado. No sé dónde beber un poco de paz. Todo sobra a mi alrededor. Soy huraño. Hablo con las paredes. Me desprecio.
estrellitas
¿Sentimental y emotivo? Quizá en la mirada se adivine aún el rescoldo de lo que fui. Amé profundamente. Amé con pasión, pero fui engañado. Después he sido amado, pero, impotente, no he sabido corresponder. ¡Qué extraño juego el del amor! Hubo un tiempo en que todo lo procedente del corazón era prioritario para este devorador de sueños. Entonces era un hombre superior: podía razonar y sentir a un tiempo... La miseria me derrotaba. El canto de los vientos entre las velas era mi descanso. Mi alma se emocionaba con una sonrisa, con una bella mujer o con el indescriptible placer de la creación. Y durante esa juventud fui un hombre justo. Porque justos son los sentimientos, que no saben ni se entregan a retorcidas reflexiones. Fui un creador porque, sencillamente, creía en el amor. ¿Qué resta ahora, viejo oso? ¡Miseria! ¡Un pozo seco! ¡Insensatos todos los que estrangulan el amor! Al perderlo, perderán también la sensibilidad. Y sus almas —como la mía— se tornarán imbéciles.»
estrellitas

CAPÍTULO 2


En el que hablo de mis defectos (sólo de algunos) «El cubo vacío siempre está encima» Burgués de nacimiento y crianza Me acuso de «no haber vivido» Vanidoso y cojo: ¿puede haber peor castigo?




Para la mayoría de los biógrafos y estudiosos de Verne, Dimitri Nicolef, uno de los héroes de Un drama en Livonia (novela publicada en 1904), es el vivo autorretrato —físico y moral— del propio Julio Verne. ¿Cómo era el genial escritor a la edad de sesenta años? Él mismo nos hace el siguiente cuadro: «De estatura por encima de lo normal, la barba grisácea, la fisonomía bastante dura, la frente cruzada por arrugas como surcos donde no se puede sembrar más que ideas tristes y preocupaciones punzantes, de una constitución vigorosa, así es como se presentaba. Pero de su juventud había conservado una mirada penetrante, una voz llena y mordiente...» (Una voz, como ha escrito su nieto Jean-Jacques Verne, que suena en el corazón.) En lo concerniente a los rasgos morales, Verne, a través de la descripción de Nicolef, se autodefine así: «Desde hacía algún tiempo, parecía tener graves preocupaciones. Pero muy hermético, poco comunicativo, no se abría a nadie, ni siquiera a sus hijos ni a su fiel de siempre, Hamine. Sin duda era en el trabajo, en un trabajo obstinado, donde se refugiaba, sin duda con la esperanza de olvidar.» (Capítulo III.)



«¡Ya está bien de excelencias! ¿Qué haces tú, viejo oso, cantando tus virtudes? También la astrología señala defectos.

Y los tuyos son como los tornados: negros, temibles y arrasadores. No te engañes. Escribes para ti... y para ese "loco" que algún día te descubrirá. Soy vanidoso. Y aún lo fui más. Lo he sido con las mujeres. ¿Quién puede reprocharme una sola arruga en mis trajes? Durante años me he considerado el mejor. Y he alardeado de ello. He sido recibido, agasajado y adulado por príncipes, nobles, plebeyos y hasta por el muy santo padre de Roma. ¡Qué triunfal crucero aquel de 1884! ¡España, África del norte e Italia se postraron a mis pies! Y hasta el Papa me encumbró a la gloria, fascinado por la alta espiritualidad de mi obra. ¡Qué solemne estupidez! En las decenas de libros que llevo escritos, jamás he mencionado el Evangelio. ¡Buen asunto éste, el de Jesús de Nazaret! O mejor, viejo Julio, ¡buen fracaso! ¿En qué estaba? Sí, en la vanidad. Así era yo: pretencioso, fanfarrón e inaguantable. Tan insoportable como esas mujeres que se creen irresistibles. Pero la vanidad, como los delitos, termina por descubrirse. Y el vanidoso, éste es mi caso, es arrinconado a la corta o a la larga. Keller lo ha descrito a la perfección: "La envidia, la avaricia, la pereza y la inclinación a difamar son vicios que pueden ser domados. La vanidad, en cambio, es indomable.

Y transforma al hombre en un ser distinto al que propiamente desearía ser." Un sabio proverbio alemán me define a las mil maravillas: "El cubo vacío siempre está encima."

Anne y la astrología llevan razó: los Acuario no conocemos el término medio. Unos son tontos y otros, como yo, genios...

Pero esto no es lo peor. ¿Quién puede imaginar al célebre Julio Verne, autor internacional, forjador de héroes y de audaces y humanitarias aventuras, como un ser cobarde, neurótico y egoísta, que ha valorado a sus semejantes por lo que tenían y no por lo que eran? Ahora sí eres valiente. Aunque, como siempre, un poco tarde...

Burgués de nacimiento y de crianza, jamás tuve presente el punto de vista de los desposeídos. ¡Fatal error! Pero ya es tarde para rectificar. La miseria humana me conmueve, pero jamás hice nada por remediarla. Digo yo que en mi siguiente reencarnación deberé pagarlo. Naceré pobre. Y seré quizá un desheredado más. Y yo me pregunto: ¿será ésta la razón por la que nunca escribí sobre

el gran desposeído? Me voy de este mundo —lo confieso con humildad— con varias y agudas frustraciones. Pues bien, una de ellas tiene nombre propio: Jesucristo, el gran desheredado. Me aterra hablar de Él. Pero, tarde o temprano, deberé enfrentarme a la verdad de su vida y de su mensaje. Si no ahora, más "adelante"...

Sin embargo, el peor de mis defectos no tiene nombre. Puede describirse con tres sencillas palabras: "no haber vivido". No supe hacerlo con mi hijo Michel. Fui un padre insoportable, que descuidó lo único que merecía la pena: "vivir con y para él". Y no tardé en pagar un alto precio. Tampoco supe "vivir" el amor. Y me autoencarcelé en un matrimonio por interés. Y cuando ese amor, auténtico y sincero, llamó a mi puerta, el miedo lo acuchilló por la espalda. Ni siquiera he sabido vivir para mi obra. Editor y lectores creen lo contrario. Pero yo soy el único que lo sabe. Vivir para el trabajo no significa que ese trabajo me satisfaga. ¿Quién puede entender semejante y aparente contradicción? Únicamente los que han entrado en el camino de la iniciación. Ésos, por la "luz" que han recibido, están obligados a ser valientes y a declarar cuanto conocen. ¿He derribado yo alguno de los muchos tabúes de esta anquilosada sociedad? No. Tímidamente, eso sí, he enterrado mis "secretos" bajo las palabras. Pero no es suficiente. Pude escribir con claridad. Pude escandalizar y debí hacerlo. Pude hablar de "otros mundos"...

¡Viejo oso, estás acabado! Como los asnos, te has acostumbrado a decir siempre "sí". "Benditos los que disponen de lenguas y estómagos rebeldes y selectivos." Éstos, al contrario de los cerdos, seleccionan bien su alimento. Mi único consuelo es que, en el fondo, muy en el fondo, mis libros gritan "no". Pero para descubrir esa inconformidad de espíritu se necesitará un largo y laborioso proceso. Quizá las futuras generaciones sepan de qué estoy hablando. Pero esto no era lo pactado.

Y ahora que lo pienso, ¿debo también describirme? No le veo sentido. Mas un hombre vanidoso no puede desaprovechar tan preciosa ocasión de autoadularse.

Poco queda ya de aquel joven enjuto, de talla media alta, que hizo las delicias de las damiselas de París. La obesidad castiga ahora esa vanidad. No podía ser de otra forma. He comido y bebido sin medida. Hoy, mi sastre y mi Perímetro abdominal son encarnizados enemigos.

¿Qué decir de mi rostro? Largo es, con un mentón pronunciado, unas mejillas que se derrumban de puro viejas y una frente y unas cejas altas; demasiado para mi gusto. Aquélla, cruzada de arrugas, como mi corazón. La barba nevada apenas disimula la papada. De las canas, ¡para qué hablar! Están ahí desde los veinte años... Los cabellos nacieron castaños y ondulados y despeinados. Y ahí siguen, creo, porque hace tiempo que no me hablo con el espejo.

Nariz recta, aunque malograda en su extremo. Los ojos claros, como buen bretón y, dicen, todavía vivos y penetrantes, como en mi juventud. Los más benevolentes se empeñan en considerar que los años han dulcificado esa mirada.

No tuve fortuna con la piel, frágil como la luz y moteada como la de un felino. Las manos, cortas de origen, se han vuelto torpes a causa del reuma. Los galenos han bautizado esa maldición como el "calambre del escritor". ¡Son como niños! La pluma de ave pesa ya tanto como mi conciencia. De seguir así no habrá más remedio que dictar. Si unimos a esto una irreverente aerofagia, vértigos, una puntual parálisis facial, la indigestión crónica y el lacerante dolor de huesos, el cuadro estará casi completo. De la cojera, mejor ni hablar. ¡Cuán sabia es la providencia! Te devuelve el ciento por uno de lo que has sido y de lo que no has sido. ¿Qué peor castigo para un presuntuoso que llamar la atención del mundo a golpes de su bastón? ¿He olvidado los quistes en los ojos y el reuma en el hombro y brazo derechos? Mejor no seguir con la descripción de esta piltrafa...»

CAPÍTULO 3


El origen de los Verne y de los Allotte De cómo he vencido al inmortal Hornero Un noble arquero en la familia Mi origen judío: una patraña




El padre de Julio Verne, Pierre, aunque nacido en Provins, terminaría instalándose en la ciudad de Nantes. Allí abriría su despacho de abogado. Un año más tarde, en 1827, contrae matrimonio con Sophie Allotte de la Fuye, de una acomodada familia de armadores.



«¿Cómo no hablar también de mi familia? Se han escrito y propalado tantos infundios sobre el origen de los Verne que necesitaría una vida para desmentirlos uno a uno. El asunto no puede ser más simple. Lo dije el 22 de febrero de 1891 en el discurso ante la Sociedad de Agricultores de Amiens: "Cuando remonto la escala de mis antepasados veo en ella militares, magistrados, marinos, abogados..."

Puedes sentirte orgulloso, viejo oso. Incluso —¡oh vanidad de vanidades!— has vencido al inmortal Hornero. "Siete ricas ciudades se lo disputaron muerto; pero Hornero, en vida, mendigó el pan." Hoy, en 1898, otros tantos pueblos reclaman la paternidad del origen de los Verne: provenzales, bretones, los causos, Nantes, la Isla de Francia... y hasta los judíos. Tú, a diferencia de Hornero, no has mendigado el pan. Casi todos llevan parte de razón. Con certeza, desde el siglo XVI, generaciones de "Vernes" se han encumbrado en París, Ardeche, Nantes, Suiza y en Provenza. Los Verne llevan la semilla de los celtas, y eso los hace inquietos, viajeros y puede que de sangre real. El nombre de Verne o Vergne equivale a aulne, en celta. ¿El rey de los Aulnos?

La providencia está en todo. Y fuimos bautizados con el hombre de un árbol —el verne— cuyo florecimiento se anticipa a la primavera. Este "Verne" también se ha anticipado a los tiempos. La historia lo dirá. En otros dialectos, la grandiosidad del árbol se ha visto humillada a simple "matorral"...

Sueños y especulaciones aparte, de lo que no hay duda es de que mis más próximos ancestros, tanto por vía paterna como materna, han pertenecido a la clase burguesa, con fortunas amasadas gracias a la tierra. Algunas, como la de mi tía-abuela Charrüel, con propiedades superiores a las veinticinco hectáreas. ¡Qué asombrosa familia! Labradores, navegantes, comerciantes y ahora, para sonrojo de muchos, ¡un escritor! ¿Cuántos lectores pueden imaginar que esta profesión mía ha sido íntima y permanentemente despreciada por el clan de los Verne y de los Allotte? Por cierto, mi vanidad me obliga a recordar el incuestionable y noble linaje de mi adorada madre. Por mis venas corre sangre escocesa. No mucha, supongo. Y este privilegio se debe a un tal Allott, que llegó a Francia con la guardia escocesa del rey Luis XI. Los servicios del esforzado Allott debieron de ser tan nobles que el monarca tuvo a bien concederle el "derecho de Fuye". Así nace Allotte, señor de la Fuye, cerca de Loudun. Tal privilegio real autorizaba a la construcción de un palomar. Y el arquero escocés levantó su castillo, aportando al clan una nobleza regalada. Pero, ya se sabe, "a caballo regalado..."

Las familias Verne-Allotte han sabido consolidar sus respectivos clanes. Mas no por razones económicas, políticas o de sangre, sino merced a la santa madre Iglesia católica, apostólica y romana. En nuestras respectivas casas se es primero católico; después, según corran los vientos, realista, bonapartista, legitimista, republicano... Incluso yo he "militado" en una "rabiosa tendencia ultrarroja". Me divertiré al recordar tan flagrante sacrilegio. Y por encima de evoluciones, revoluciones e involuciones sociales —aceptadas por los Verne-Allotte, siempre y cuando puedan resultar provechosas para las arcas domésticas—, lo nuestro ha sido el orden. ¡Ay del miembro familiar que desafíe el orden establecido! ¡Ay de Julio Verne, que tuvo la osadía de desafiar la sagrada autoridad paterna!

Y antes de pasar a otros asuntos, un breve apunte sobre mi cacareado origen judío. El destino, viejo oso decrépito, intentó burlarse de ti. Veremos si yo alcanzo a burlarme de él.

La patraña nació hace veintitrés años. En el otoño de 1875, un tal Olszewicz me remitía dos cartas certificadas desde Roma. Al principio lo tomé a broma. Poco después, al verlo aparecer en mi casa, en Amiens, comprendí que estaba ante un oportunista. Este judío polaco, renegado por más señas, me largó la siguiente andanada:

"Señor, lo sé todo sobre vos. Sois un judío polaco, nacido en Plock. Vuestro verdadero nombre es Olszewicz, que procede de Olszo y que significa aulne. Vos habéis afrancesado vuestro nombre, convirtiéndolo en Verne, antigua palabra que designa también al aulne. Habéis abjurado de vuestra religión en Roma, en 1861, en el convento de los padres resurreccionistas, con el fin de casaros con la princesa polaca Kryzanowska. Pero rotos los esponsales, el Vaticano consiguió para vos del gobierno francés un puesto en el Ministerio del Interior. Estáis totalmente integrado en Francia y habéis llegado a ser el gran escritor que sois renegando y ocultando cuidadosamente vuestro origen..."

No tuve que esperar mucho para comprender que aquel individuo, con un enfermizo afán de notoriedad, sólo buscaba mi dinero... En París, adoptando el nombre de Julien de Verne, este prófugo polaco intentó usurpar mi personalidad con la esperanza de que abonara sus facturas.

¿Qué fue lo que hice? Dos cosas: seguirle el juego, "añadiendo" detalles que ni el mismo Olszewicz estaba en condiciones de conocer. Por ejemplo: la princesa no se llamaba Kryzanowska, sino Cracowitz. Además no hubo boda, sino rapto. Y en una pelea de enamorados, la princesa terminó por arrojarse al lago Leman... El pobre diablo quedó tan confuso que no volví a verle.

Y puesto que me sorprendo a mí mismo hablando de judíos, ¿a qué negarlo? He sido, soy y moriré antisemita. Nadie podrá convencerme de lo contrario: la miseria del mundo tiene su raíz en la avidez de esa raza maldita.

En 1877, dos años después de la pesada broma del judío polaco, di cumplida respuesta a los que creyeron en mi supuesto origen judío. Mi novela Hector Servadac habla por sí misma... Y poco o nada me importó la airada protesta de Ladoc Kahn, el gran rabino de París. Hetzel me hizo llegar su carta,1 pero no me digné siquiera contestar. Lo siento por Shakespeare, Heine y mi no menos reverenciado Federico Nietzsche. Sí, los judíos tienen ojos, manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos y pasiones. Pero todo ello al servicio del máximo beneficio individual y colectivo. Las otras razas, los demás, sólo existen en la medida en que pueden ser "medidas, pesadas, vendidas o compradas"...»
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