Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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1.«Notad bien, señor —escribe el rabino al editor de Verne—, que no tengo la intención de restringir, en un interés de campanario, la libertad de escribir y de hacer reír a expensas del vecino. Pero lo que se permite en un libro o en el teatro no puede aparecer sin inconveniente en un periódico que se dirige a la juventud... ¡Cómo queréis que haga leer a mis hijos, que son desde hace tiempo vuestros fieles abonados, el último relato de Julio Verne, tan ofensivo para todos los judíos! Diría lo mismo de los niños de nuestros diferentes establecimientos de instrucción abonados gracias a mi interés a vuestro agradable periódico y que reciben cada día una gran alegría de leerlo. Y en cuanto a la juventud de otras confesiones, ¿es prudente, señor, es justo inculcarles semejantes ideas sobre una clase tan numerosa de conciudadanos y alimentar en ella los prejuicios que se traducirán más tarde en la vida? Temo mucho que para más de un joven lector del señor Julio Verne, el judío, incluso el más honrado y el más desinteresado (¡porque existe, a Dios gracias!), siga siendo siempre una especie de Isaac Hakhabut. ¿Es esto lo que ha pretendido el célebre escritor? Temería molestarle con esta sola suposición...»

(N. de J. J. Benítez.)

CAPÍTULO 4


En el que cuento algo de mi infancia De cómo el muelle Jean-Bart despertó mi pasión por la mar Un encuentro que jamás conté Mi primera maestra, heroína entonces y después El azar, una blasfema palabra




La infancia de Julio Verne transcurre en la isla de Feydeau, un barrio burgués, a orillas del Loira, abierto al mar y a un intenso tráfico de hombres y mercancías procedentes de todos los continentes. Su frustrada vocación marinera germinaría precisamente allí, frente al bosque de mástiles y velas del muelle Jean-Bart. La señora Sambain, su primera maestra, influiría notablemente en el espíritu aventurero y marinero del pequeño Verne.




«Hablar de mi infancia es hablar del mar. En el fondo, yo fui el responsable del primer cambio de casa de mis padres. Mi nacimiento, acaecido en el domicilio de mi abuela materna, decidió a mis padres a buscar un nuevo hogar. Así fue cómo se instalaron en el número 2 del muelle Jean-Bart, muy cerca del despacho del flamante y ambicioso procurador de los tribunales Pedro Verne, hijo a su vez de un juez de Provins, Gabriel Verne. De éste, mi abuelo, heredaría el nombre. Pero jamás he firmado como Gabriel. En realidad, mis preferencias "angélicas" se inclinan por otro Superior Desconocido: Miguel.

Allí, en la isla de Feydeau y en el muelle, se abrirían mis ojos al mágico mundo de la mar; sí, mar en femenino... Marineros, armadores, comerciantes, aventureros y traficantes de mil pelajes fueron desfilando ante un niño que tuvo la desgracia de ser el primogénito. Paul, mi hermano, nacería al año siguiente, en 1829. Esa primogenitura truncaría mi más genuina vocación: la mar. Feydeau de Brou debió de estremecerse en su tumba...1

Era lógico que un acuariano como yo, con una tradición marinera en la familia y una permanente tentación frente a mi ventana, aspirase a comerciar con especias, cocos, maderas nobles, sedas o salazones de pescado.
1. Nantes, la ciudad natal de Verne, conoció su época dorada en el siglo XVIII. En especial, durante la regencia. Un siglo antes del nacimiento del escritor, la isla de Feydeau no era otra cosa que un mísero islote arenoso. Pero una nueva clase social —los terratenientes de Santo Domingo que habían amasado grandes fortunas con la trata de esclavos negros— decide comprar e instalarse en la pequeña isla del Loira. Veinticuatro de estos «plantadores de caña» adquieren el islote y Feydeau de Brou, el intendente de la Bretaña, firma el acta de compra, proporcionando su nombre al floreciente territorio. Con la abolición de la esclavitud y el fracaso de la célebre Compañía de Indias, la casta de los plantadores terminó por ceder sus propiedades, y la isla, a otra no menos pujante clase: la burguesía. Hoy, víctima del progreso que anunciara el propio Verne, esa isla ha dejado de existir.

(N. de J. J. Benítez.)

Viejos lobos de mar, balleneros, carboneros y decrépitos traficantes de esclavos y contrabando discutieron, cantaron y se emborracharon a las puertas de mi casa. Ése fue mi cotidiano paisaje durante los felices años de mi infancia. ¡Cómo no enamorarme de la mar! ¡Cómo no soñar con singladuras en veleros y vapores! ¡Cómo no crear al capitán Nemo! Toda mi obra rezuma salitre; el que no pudo blanquear mi rostro ha blanqueado mis libros.

estrellitas

¡Lástima de memoria! Nunca fue buena y ahora, al final de la travesía, mucho menos. Me cuesta rememorar. Parece como si una espesa niebla cubriera aquellos años de la adolescencia. Y creo saber por qué. Contaré lo poco que intuyo.

Fue al atardecer, al abandonar las clases de la señora Sambain. Este viejo oso debía contar seis o siete años. Mi hermano Paul, enfermo, no pudo acompañarme. Y en el camino de vuelta al muelle de Jean-Bart sucedió algo singular y premonitorio. Años después, al entrar en el mundo de la iniciación, supe que aquel Superior Desconocido sería mi guía y protector hasta el final de mis días. Ante mí surgió un ser de luz, de altísima y corpulenta talla, de largo y albino cabello y rostro como tallado en piedra que me habló sin palabras. Su vestimenta no era como la nuestra, aunque calzaba altas botas doradas. Sus ojos asiáticos me impresionaron y todo mi cuerpo se estremeció por el terror. Jamás he logrado recordar sus palabras, ni tampoco su extraño nombre, aunque sé que tiene algo que ver con "Axel", "Axal" u "Oxal". ¡Qué puede importar eso! Y tan furtivamente como se presentó ante mí, así desapareció. Mi pánico fue tal que mi vientre se descompuso, llegando a casa en una más que comprometida situación. La reprimenda por ensuciar los calzones fue mayúscula... Pero yo guardé el secreto y, con el tiempo, el asunto se desmoronó en un granítico olvido. Quizá fue mi propia mente asustada la que rechazó el misterioso encuentro. Desde entonces, a pesar de la niebla que cubre el incidente, supe que no sería como los demás hombres. El destino tenía planes especiales para mí. Y así ha sido...
estrellitas

La escuela de la señora Sambain sí ha pervivido en mi memoria. Durante dos años —de 1834 a 1836— hizo las delicias de mi hermano y de este marinero en ciernes. ¡Viejo oso, qué fascinante y cruel es el destino! Mi primera escuela no fue otra cosa que un permanente "sueño marino" y un apasionado romance con la mar. El marido de la señora Sambain, un capitán de altura, había zarpado de Nantes treinta años atrás. Pero su estela seguía intacta en el alma de aquella buena mujer. Jamás volvió a saber de él. Eso poco importaba. El recuerdo del capitán Sambain llenó nuestras vidas y alimentó los sueños de aquellos niños. Yo lo imaginé mil veces en una isla desierta, consumido por la nostalgia. El azar —¡qué palabra tan blasfema!— se encargaría de sembrar en aquel Julio Verne de seis años dos semillas que, con el tiempo, crecerían entrelazadas, formando un solo árbol; un solo "Verne": el curioso del mar y el curioso de las islas. Y ese azar —maravilloso apodo de Dios—, disfrazado en esta ocasión de señora Sambain, depositaría en mi memoria una odisea que lleva por título La señora Branican, aparecida hace ahora siete años. Esta novela y su heroína nacieron gracias a mi primera y dulce maestra, la señora Sambain.
estrellitas

¿No debería dedicar unas líneas al azar? Hace tiempo que sé que la casualidad no existe. Mi vida, como todas, está repleta de increíbles casualidades. Para muchos de mis semejantes, quizá para la mayoría, el "acaso" y el azar son obligados e inevitables compañeros de viaje. Lo bueno, lo malo y lo mediocre lo atribuyen a esa casualidad, sin intuir que el Orden Superior jamás descuida el Orden Inferior. Si el azar existiese como tal, Dios sería cojo o tuerto... ¡Ciegos y engreídos! ¿Acaso podéis pensar que Julio Verne escogió la pluma por azar? ¿Creéis que renuncié a mi vocación marinera por culpa de la casualidad? ¿Estimáis acaso que nací en esa familia porque sí? No, todo está escrito en el Libro de las Estrellas. El gran Mazzini lo ha expresado antes y mejor que yo: "La palabra azar no encierra sentido alguno, y no fue hallada más que para expresar la ignorancia de los hombres sobre ciertas cosas. La vida, en su desarrollo progresivo, revela un designio inteligente."

Mi padre no fue una casualidad. Mi primera maestra y sus relatos no son atribuibles al azar. Mi pasión por la mar tampoco fue gratuita. Aquel encuentro con un Superior Desconocido, muchísimo menos... Y que alguien, quién sabe cuándo, pueda tener acceso a estas "confesiones", tampoco es consecuencia del azar.

Más ¿no me estaré precipitando? Estas reflexiones encajarían mejor en otro momento. ¿Será casualidad que hable ahora de ello? ¡No tienes arreglo, maldito oso! El cinismo corre por tus venas...»
estrellitas

CAPÍTULO 5


Verne, el “profeta de la ciencia» Pero si yo no inventé nada Un muelle, un cofre, una moderna Penélope y un tío pintor: no busquéis otras claves “El rey del recreo» Otro gran secreto: lo mío es pintar




Verne aprende a escribir alrededor de los seis años. De esa época (1836) data un significativo documento, escrito por un Julio Verne de ocho años, que apunta ya un especial interés por los revolucionarios inventos que surgen en Europa y América. La carta, primer testimonio autógrafo conocido, fue rescatada por Margarita Allotte de la Fuye, biógrafa y familiar de Verne. La misiva, dirigida a su tía Châteaubourg, dice literalmente (han sido respetadas las faltas de ortografía): «Madame de Châteaubourg, 3.er piso en l'Orient. Te ruego que vuelvas a vernos, porque yo te quieros con todo mi corazón. Y además quieres traerme los pequeños telégrafo que tu nos habían prometido. Paul tendrá otro también porque Paul no sabe escribir, el no hace mas que empezar, y yo estoy ya desde hace un año en pensión. Adios, mi querida Tía, no olvides los pequeños telégrafos, por fabor.»

En 1836, los hermanos Verne ingresan en el internado del seminario de Saint-Donatien. Entre 1838 y 1840 estudian en la escuela de San Estanislao. A los doce años, Julio Verne entra en el Instituto Real.



«He aquí algo que mucha gente ignora. El público lee tus libros y te señala con el dedo: "Verne, el gran profeta de la ciencia." ¡Necios! Por lo visto desconocen que han nacido, como yo, en un momento histórico. Yo jamás inventé nada. A lo sumo, basándome siempre en lo ya existente e inventado, me adelanté en el tiempo. Pero eso podría hacerlo cualquiera, con un mínimo de información. ¿O es que las veinticinco mil fichas que duermen en mi biblioteca no significan nada? Pero no era sobre esto de lo que quería hablar.

Decía que muchos desconocen mi temprana pasión por los descubrimientos técnicos y científicos. Desde muy niño, allá en los tiempos de la escuela de madame Sambain, las noticias sobre las nuevas patentes me deslumbraron. ¡Dios mío, qué siglo éste! En menos de cien años, el hombre ha saltado del carromato a la máquina de vapor, a la electricidad y al cinematógrafo... ¡Cómo no escribir sobre todo ello! Mi padre guardó mucho tiempo una ingenua carta de este viejo oso, dirigida a la tía Carolina. En ella le pedía un pequeño telégrafo que, por cierto, nunca llegó. Si la providencia me hubiera hecho nacer en plena Edad Media, ¿no habría corrido la misma suerte que mi admirado Leonardo? Sólo en este siglo se ha logrado una magnífica conjugación de técnica y ciencia. La máquina volante de Vinci jamás pudo entrar en el mundo de la realidad porque, sencillamente, los medios técnicos y de producción de entonces marchaban a la retaguardia de las geniales ideas de Leonardo. ¿Y qué decir de la "máquina matemática" de Pascal? Yo, en cambio, he sido puesto en el lugar y en el momento precisos... ¡Qué mejor ejemplo que los Estados Unidos del norte de América! ¡En lo que llevamos de siglo, las oficinas de patentes han registrado la monstruosidad de quinientos treinta y cinco mil inventos!

¿Adónde quieres ir a parar, viejo tonto? A los orígenes, como siempre. Todo está en los orígenes. Tarde o temprano, uno termina siendo aquello que le inculcaron o que le hipnotizó de niño. Hoy estoy suscrito a una veintena de periódicos y soy asiduo lector de decenas de revistas especializadas. Pero este interés mío por la geografía, astronomía, fisiología, química, etc., es prácticamente tan viejo como yo. Si la señora Sambain abrió mis ojos a la aventura y a la mar, mi tío La Celle de Châteaubourg hizo lo propio con los inventos y hallazgos científicos. ¡Cuántas horas pasamos a su lado, absortos en fantásticas correrías, a lomos de trenes, globos o sumergidos en buques submarinos en las heladas aguas boreales de América!

Aquel viejo pintor, a quien debo mi primer retrato en compañía de mi hermano Paul, era un soñador. Él me hizo creer en la voluntad del hombre para progresar. La Celle, pariente y admirador de Chateaubriand, fue un hombre culto. Gracias a su verbo fue interesándome en la obra y en la vida de genios como Walter Scott (mi favorito), Hornero, Virgilio, Montaigne, Shakespeare, Cooper, Dickens... Pero, sobre todo, el viejo avaro de La Celle me enseñaría a comprender y amar esa sagrada palabra: "progreso". Ahora comparto la opinión de Savage Landor. "Aquellos que están perfectamente satisfechos se pasan la vida con una mano sobre la otra, y no hacen nada; aquellos que no están satisfechos son los únicos bienhechores de la humanidad." Este viejo oso, más vanidoso que nunca, sabe que ha hecho todo lo posible en pro del progreso. Pero la mayoría no ha comprendido el subterráneo mensaje de mi obra. Como decía el político y escritor inglés Burke, "el progreso del espíritu humano es muy lento".

¡Qué singular y divertida me parece la providencia! Mi amor por la mar nació en un muelle y en una modesta escuela. Mi pasión por la ciencia, en las rodillas de un mediocre pintor... Bueno, tampoco debes olvidar el viejo arcón de la abuela. Paul y yo subíamos a hurtadillas hasta el desván de la casa de los Allotte y pasábamos las horas muertas, explorando los legajos de nuestros antepasados, armadores y comerciantes. Operaciones de compra y venta en el Caribe, Portugal, África y en el Mediterráneo. Cifras e inventarios, ahogados en polvo, ensancharon nuestra imaginación y multiplicaron mi sed de aventuras y de navegación. Eso es, el repaso es correcto. Un muelle, un cofre, una moderna Penélope y un tío pintor. No busquéis otras claves. Así nacería el Julio Verne marino, aventurero y fanático de la libertad y del progreso. ¡Vaya por Dios! Acabo de citar dos de mis tres grandes amores: la mar y la libertad. Falta la música... Pero no es el momento.

Y puesto que hablamos de escuela, ¿por qué no repasar mi expediente? No hace mucho, creo recordar que fue en 1895, una amable señorita, periodista para más señas, visitó mi casa, interesándose por mis notas en el bachillerato. Me hizo y le hice gracia. La tal María Belloc, muy inglesa ella, pareció sorprendida cuando le dije que había sido un estudiante "normalito". ¿Dónde lo habré puesto?...

En efecto, aquí lo tengo. En séptimo, ¡oh dioses, tres accésits! Tampoco estuvo mal. Uno en geografía, otro en música vocal y el tercero en "memoria". En sexto, repito el accésit en geografía, segundo en traducción griega y primero en composición griega. En quinto, primer accésit en versión latina y segundo en música vocal... ¡Hubiera sido un magnífico cantante de ópera! El mundo se lo ha perdido... Después, en fin, un cuarto accésit en redacción francesa, un quinto en latín y otro premio en geografía.... No, no fui muy despierto en redacción francesa. ¡Otra burla del destino! En cambio, ¡qué decir de la geografía! La cabra tira al monte... Me llama la atención, ahora que lo veo, el accésit en "memoria". ¿Cómo es posible? Jamás pude recordar lo que había desayunado el día anterior.

Pero a este viejo oso lo que de verdad le atraía del colegio eran los juegos. El rey del recreo, así me llamaban. Era incansable, pendenciero, payaso, cínico y burlador. No es de extrañar que mis cualidades literarias pasaran sin ser advertidas. Pero, en verdad, ¿las tenía? Permíteme que lo dude. Lo tuyo era el mar y matar indios, como el bueno de Chateaubriand en las tierras de Canadá. Después, el destino te conduciría a París y a los salones y tertulias de Dumas padre. Y a su sombra te iniciarías en el difícil arte de la pluma. Aún recuerdo mi gran obsesión: "ser un escritor estilista". ¡Pobre iluso! Ni siquiera has aprendido a situar correctamente las comas... Pero esto nadie lo sabe. Ni yo pienso divulgarlo. ¡Si mi público supiera lo que me cuesta escribir...!
estrellitas

He aquí otro gran secreto del Julio Verne escritor. ¿Debo contarlo? ¿Y por qué no? Por otra parte, suponiendo que alguien descubra estas "confesiones", ¿quién podrá conceder el menor crédito a lo que voy a decir? Durante bastantes años, prácticamente a lo largo de toda mi juventud, otra de mis naturales inclinaciones fue el dibujo y la pintura. Mis cuadernos colegiales se llenaron de caricaturas, chistes y retratos más o menos logrados. Mi admiración por Leonardo da Vinci y Miguel Ángel me hizo concebir la ilusión de pintar. Más de una vez se lo insinué a mi padre. Y en el colegio, profesores y compañeros estaban convencidos de que ése justamente era mi camino y mi vocación. Sí, también me deleitaba escribiendo, pero ¿cómo comparar una pasión amorosa con un simple cariño? Y aún hoy, con más de sesenta libros en mi haber, continúo obsesionado con esa frustrada vocación. Lo mío era pintar... Pero ¿cómo combatir al destino? Antaño, cuando mis manos era ágiles, cualquier trazo serenaba mi espíritu. He ahí la gran diferencia con la escritura. Pintar, dibujar, relajaba mi alma y todo mi cuerpo. Escribir me tensa como un arco. ¡Bonita paradoja! ¡A Verne le cansa y cuesta escribir! Es un suplicio. Me martiriza no encontrar la palabra justa. Me angustia cada libro. Me desmoraliza saber que jamás llegaré a ser un estilista. Lo que he logrado ha sido gracias a la disciplina y al trabajo continuado. Mis obras están repletas de información técnica y científica, por la sencilla razón de que me gusta y de que así disimulo mi grave y natural carencia de vocabulario. Se nace escritor, como se nace funcionario o escultor. Y yo nací marino y pintor. Pero la providencia es así, imprevisible y caprichosa. Ella sabrá... Y cuanto afirmo es absolutamente cierto. Los correctores de pruebas de Hetzel lo saben muy bien. ¡Ah, si el público les preguntase! Hace tan sólo tres meses, con el último juego de pruebas, el corrector me alertaba sobre el incorregible vicio de las repeticiones. Los auxiliares, «ceux, dans» y los «avant», etc., se multiplican como una plaga bíblica. A Hetzel, mi editor, no le tranquilizan mis argumentos, ni la aplastante realidad de un Voltaire o de un Victor Hugo, tan descuidados como yo en las reiteradas apariciones de los «étant, ceux» y demás. Hetzel se encoge de hombros cuando le digo que lo importante es ser claro y directo y que conviene escribir sin rodeos. Pero, a estas alturas de la vida ¡cómo convencerle de que lo mío, en realidad, no es escribir, sino pintar...!»
estrellitas

CAPÍTULO 6


Un padre liberal y romántico habría modificado mi destino En mi casa no hubo amor, sino sumisión Un reloj «gobernó» la familia La ley del mayorazgo




El ambiente familiar ejerce una poderosa y dramática influencia en el joven Verne. Pierre, su padre, es descrito por Allotte de la Fuye como un hombre «ascético», «riguroso» y «austero». El bufete de abogado prospera y, hacia 1836, adquiere una propiedad en Chantenay, en las afueras de Nantes. Es el tercer cambio de domicilio de la familia Verne-Allotte, completa ya con las tres hijas: Anne, Mathilde y Marie. Esta casa de campo se convierte en el refugio veraniego de los Verne.



«Aún te pesa como una piedra sepulcral, no lo niegues. Rememorar tu infancia, adolescencia y juventud y no conceder un mínimo de tiempo e interés a tu padre, culo de plomo, sería como imaginar a un Julio Verne sin barbas. Algún día, si entra en los planes de Dios, los biógrafos de este oso cheposo deberán contemplar —¡y de qué forma!— la figura de Pierre Verne y su malograda relación con su primogénito. Aún me pesa, sí. Aún me corre el terror por las venas. Aún me lamento...

¡Qué increíble es el destino! De haber disfrutado de un padre comprensivo, liberal y astuto, Julio Verne no sería hoy escritor. ¡Apuesto lo que me queda de vida, que no es mucho!

De aquella infancia y juventud en el hogar quedan vivos e implacables en mi memoria dos profundos sentimientos: miedo y rencor. Fui feliz, en la medida que lo puede ser un niño normal, hasta que mi padre me dio a conocer sus "excelsos proyectos" respecto a mí. Luego supe que esos "planes" ya habían sido anunciados a la familia en el solemne momento del bautizo de Julio Gabriel Verne. Pero mi madre, sometida siempre a la tiránica potestad del cabeza de familia, guardó un mutismo total.

Antes, sí, convendría dibujar los más notables rasgos de aquel procurador de los tribunales, hijo, a su vez, de un juez. Pierre Verne nació, vivió y murió como un burgués tradicional. El orden, el dinero, la sumisión de los suyos, Dios y la familia fueron sus principios básicos e inalterables. ¡Y por ese orden!

El orden en todo: fuera y dentro de la familia.

El dinero, siempre y honradamente. La verdad es que, a fuerza de sudor y trabajo, su despacho de abogado no tardaría en convertirse en uno de los más florecientes de Nantes.

La sumisión de los suyos, indiscutible. Su poder y autoridad lo cubrían todo, convirtiendo a mi madre y hermanos en cómplices de las pequeñas y grandes faltas. Y esa tiranía viciaría el aire familiar, transformando el necesario "oxígeno" de la dulzura en miedo. ¡A qué ocultarlo! En mi casa no hubo amor, sino un reverencial temor hacia la intocable e infalible figura de un padre en permanente posesión de la verdad absoluta. Ésos fueron los principios que él recibió —¡en el siglo XVIII!— y los que trató de inculcarnos.1
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