Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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1. El padre de Verne, Pierre Gabriel Verne, nació el 5 de marzo de 1798. Fallecería el 3 de noviembre de 1871. (N. de J. J. Benítez.)

En cuanto a su idea de Dios, jamás vi hombre más pío y absolutamente católico. Lo malo es que no veía un Dios de amor; sólo de justicia. ¿Y qué es la justicia sin amor? Yo hubiera preferido un Dios sin templos y en mi casa. Hago mía la sentencia de Rivarol, el traductor del "Infierno" de Dante: "Es mejor creer en Dios que hablar de Él." Pedro Verne —no le culpo— se llenó la boca de religión, sin comprender que caía en un lamentable contrasentido. ¿Quién es más religioso y amante de Dios? ¿Aquel que llena su vida y su hogar de incienso y golpes de pecho e ignora la palabra comprensión o el tolerante que hace suyos los problemas de los demás?

Paradójicamente, mi padre estaba seguro de amar a sus hijos. Quizá nos amó a su manera... Pero ¿quién soy yo, culo de plomo, para juzgar a los vivos o a los muertos? Y sobre todo, ¿cómo tengo la osadía de diseccionar el amor de mi padre? ¡Yo, que nunca supe conservarlo y que me vendí por un plato de lentejas!

Otro rasgo de mi padre: su monacal regularidad. Mi hogar tenía más de cuartel y monasterio que de bullicioso y acogedor refugio. Nadie podía pisar fuera de las losas o del entarimado previamente prefijados por la suprema autoridad. Ni un grito más alto que otro, ni un minuto de adelanto o de retraso en las comidas, en los cotidianos paseos o en las endomingadas misas de doce. La puntualidad y el orden le obsesionaron hasta el grado de montar un catalejo marino —regalo de mi tío Alejandro, el navegante— frente a la ventana del gran salón y enfocando el reloj de la torre. Aquel odioso reloj fue el verdadero gobernante de nuestra casa. Paul y yo planeamos más de una vez su justa y merecida destrucción. Fue algo cruel, lo reconozco, pero no pude evitarlo: mi querido Phileas Fogg no fue otra cosa que mi pequeña venganza. La enfermiza manía de la puntualidad en el héroe de La vuelta al mundo... estuvo inspirada en la fobia paterna. Pedro Verne jamás se sintió aludido.

Rigor, puntualidad, intolerancia, obediencia ciega y catolicismo viejo, todo ello generosamente regado por una burguesía con falsos aires de nobleza. Éstos fueron los tabiques de un hogar del que no tardaría en escapar...

Sophie, mi madre, fue la víctima de unos y otros. Sus delicadas manos y su voz, que jamás experimentó un tono inconveniente, me acompañaron en mis primeras e infantiles sublevaciones. Sin embargo, su consuelo y ternura no vencieron la rigidez de mi padre, que la amonestó más de una vez por "su equivocado sentido de la protección". De ella recuerdo, en especial, sus lentísimos cuentos infantiles, alterados siempre —¡a Dios gracias!— por una imaginación desmedida. Más de una vez me lo he preguntado: ¿de quién pude heredar este insaciable y loco sentido de la aventura? ¿De mi padre o de mi abuelo? Recuerdo un férreo reproche de Pierre Verne cuando, al hablarle de mis proyectos como marino y aventurero, trajo a colación una frase de Goldsmith en su obra El vicario de Wakefield: "Todas nuestras aventuras —sentenció— se desarrollan cerca del hogar." Y dio por zanjado el asunto. ¡Por el amor de Dios, culo de plomo, esas ansias de aventura corrían en la sangre de los Allotte! Los Verne, curioso y burlón destino, fueron todos "culos de plomo"...

Decía que, de haber disfrutado de un padre algo más liberal y romántico, su primogénito sería hoy un viejo y renegrido lobo de mar o quizá un resucitado Leonardo da Vinci. No hubo opción, ni tan siquiera la más leve posibilidad de regateo. Las esperanzas de hacerme a la mar se ahogaron a los diez años cuando, solemne y convencido, Pierre Verne anunció su propósito de convertirme en un preclaro abogado y defensor de la justicia. Heredaría su bufete, sus clientes, su prestigio y su dinero. A partir de entonces, el miedo iría transformándose en odio. Si la primera separación de mi madre, al internarnos en el seminario de Saint-Donatien, supuso ya un primer y peligroso brote de odio hacia el cabeza de familia, estos sagrados planes del Gran Patriarca lo desbordaron. El primogénito —por la ley del mayorazgo— fue sentenciado a renunciar a lo que más amaba: la mar y la aventura. Desde entonces, el Julio Verne dicharachero, bromista y juguetón cerró con llave la cámara de su corazón y sólo vivió para el gran plan: la fuga...»
CAPÍTULO 7

En el que doy fe que no me fugué por amor «La Coralie», única respuesta posible a mi padre El ridículo, más doloroso que los azotes Caroline o la magia del primer amor




En el verano de 1839, cuando Julio Verne cuenta once años, se registra un suceso que conmueve los pilares de la rígida familia: el primogénito se fuga en un barco, rumbo a las Indias. El padre lo detiene a tiempo y le administra un castigo que, muy probablemente, marcaría su destino y su subconsciente. Por esas mismas fechas, el jovencito Verne descubre el amor.



«Durante mucho tiempo, mi familia creyó a pie juntillas en el pretexto dado por aquel todavía niño de once años. "Se fugó —repetían en los comadreos de salón— por amor..." ¡Estúpidos!

Aquella escapada, en el estío de la casa de campo de Chantenay, tuvo una única motivación: demostrar a mi señor padre, con hechos, que los tiempos habían cambiado y que mi decisión de ser marino no obedecía a un capricho pasajero. No tuve elección. La santa voluntad del Gran Patriarca había hablado: "Serás abogado." ¿Picapleitos yo? Quien haya conocido a Pierre Verne sabrá que era incorruptible en sus decisiones. Los razonamientos, lágrimas, amenazas o silencios no hubieran servido de nada. Sólo me restaba actuar, Y actué, ¡vive Dios! Los adultos imaginan que un muchacho de once años no disfruta de la capacidad de pensar y de decidir. ¡Que no se fíen!...

Una vez anunciados sus "excelsos planes", mi padre dio por concluido el asunto. Yo, no. Y mi mente no dejó de maquinar. Me fugaría a la primera ocasión. Me embarcaría y navegaría lejos, hasta los confines de la Tierra. Una vez en las tierras boreales o en África, les escribiría, reafirmando mi propósito de hacerme marino. La oportunidad llegó en la primera semana de agosto. René, uno de los hijos de la familia Clairville, antiguo compañero de juegos, era afortunado. Su padre había consentido que se enrolara como grumete en un hermoso tres palos: La Coralie. Sólo precisé un par de días y todos los ahorros de mi vida (diez francos de los de entonces) para convencerle. Me cedería su puesto y la correspondiente certificación paterna. La operación fue dibujada tan minuciosa y secretamente que ni Paul fue puesto al corriente. En el último minuto me arrepentí: la carta, escrita la noche anterior a mi partida, sería enviada desde Paimboeuf, primera escala del barco antes de proseguir su rumbo hacia las Indias. Los nervios no me permitieron dormir. Me hice con un discreto aprovisionamiento de ropa de abrigo y varios cuadernos de bitácora. Todo lo que necesitaba era valor... Y al amanecer del lunes, 5 de agosto, me distancié, al galope, del caserón de Chantenay. Tuve suerte. Todos dormían. ¡Culo de plomo, aún tiemblas de emoción! Pocas veces has vivido una aventura tan real e intensa... Crucé la ciudad como una alma en pena, pero, ¡esquiva fortuna!, madame Mathrine, la charcutera, me sorprendió en plena plaza de la iglesia. Creo que ni la saludé. El corazón me golpeaba como si caminara hacia el patíbulo. En el embarcadero de la Grenouillière esperaban René y su hermano. Ellos se encargaron de bogar. Al abordar La Coralie sentí miedo. Mis compinches se apresuraron a regresar. El buque estaba a punto de zarpar y, en el trasiego de hombres y mercancías, el contramaestre, al mostrarle mi certificación, ni siquiera la leyó. Sencillamente me ordenó que descendiera a la bodega y me pusiera a las órdenes de un tal Estopa. No rechisté. ¡Triste destino! Aquella, mi primera singladura, transcurrió entre balas de forraje y una maloliente cuadra de jamelgos, a los que tuve que lavar y cepillar... Ni siquiera acerté a ver las velas al viento. El resto fue tan precipitado como trágico. Al fondear en Paimboeuf, cuando me disponía a enviar la carta a mi familia, un Pierre Verne pálido y estirado como un trinquete, haciéndose acompañar del capitán, me atrapó por la nuca, conduciéndome en silencio a tierra. Allí concluyó mi aventura y empezaron otras penalidades. ¡Allí murió un audaz y aguerrido navegante! ¡El mundo nunca sabrá lo que perdió!

En un primer momento sospeché de René. ¡Traidor! Pero no. Los niños, por lo general, son más fieles que los adultos. La "traición" había partido de la charcutera y de un marinero de la taberna de Juan María Cabidoulin, en Grenouilliére, que nos había visto alejarnos en el bote, rumbo a La Coralie. La voz de alarma la dio mi madre. Que no hiciera acto de presencia en el almuerzo fue grave, pero que violara la sagrada hora de la comida, eso desquició a la familia. Y las fuerzas del "orden establecido" se pusieron en movimiento. Sophie suplicó al coronel Goyon, nuestro vecino, que marchara a Nantes e informara a mi padre. Debo reconocer que Pierre Verne se destapó como un eficaz sabueso policial. Efectuadas las oportunas diligencias se embarcó en uno de los piroscafos y alcanzó el buque aquella misma tarde.

Esa noche, en presencia de toda la familia, fui brutalmente azotado. Los sollozos de mi madre y hermanos no debilitaron el brazo ni el corazón de mi padre. Los catorce latigazos tardaron dos semanas en cicatrizar. Después, diez días a pan y agua... Pero la auténtica herida, la del espíritu, ésa no cerraría jamás...

Asustado, muerto de dolor y de humillación, fui interrogado después por el cónclave familiar. ¿Que por qué lo había hecho? ¡Necios! ¡Hasta un ciego lo habría visto! Pero, sabedor de que la verdad sólo habría empeorado las cosas, eché mano de lo primero que me vino a las mientes: ¡Caroline, mi prima!

"¿Un collar de coral?" Pierre Verne, fuera de sí, me atrapó de nuevo por la nuca, zarandeándome.

"¡Dios me ha dado un hijo loco!"

El pretexto —"comprar un collar de coral para la hermosa Caroline"— fue admitido como bueno. Esta pueril excusa (el collar lo habría podido comprar en el mismísimo muelle de Jean-Bart) fue la comidilla y el hazmerreír de propios y extraños durante todo aquel verano de 1839. Nadie supo que el catastrófico desenlace de mi aventura y la posterior paliza harían de Julio Gabriel Verne un ser acomplejado, cerrado sobre sí mismo y con un patológico

"respeto" hacia las mujeres. La palabra "miedo" no me parece exacta y definitoria. Importante, ya lo creo. Muy importante aquel suceso de La Coralie... Mi natural timidez echó unas raíces robustas. Para un niño como yo, aquel espantoso ridículo necesitaría años para ser superado, que no olvidado. Hasta el obligado ingreso en las aulas apenas abandoné el caserón. Pasaba las horas oculto y receloso, alimentando un exacerbado odio hacia mi padre e imaginando a una Caroline burlona y despiadada. El rencor hacia el Gran Patriarca quedaría mitigado con el paso del tiempo. Años después, durante mi estancia en París, otra serie de enfrentamientos terminaría por alejarnos irremediablemente. Debo confesarlo: no tuve suerte con Pierre Verne.
estrellitas

Decía que el triste epílogo de «La Coralie» hizo germinar en aquel proyecto de hombre un respeto-miedo insuperables hacia la mujer. Los mecanismos de la mente son tan complejos que, sesenta años después del incidente, aún no comprendo por qué un oso tan bien parecido como yo y tan seguro en otras facetas de la vida se ruboriza ante la mirada del mal llamado sexo débil. (Anota el asunto: "comentar sobre el sexo débil".)

Habría que empezar explicando que, a mis once años, mi prima Caroline Tronçon era el amor de mi vida. Ella y su hermana Marie compartían nuestros juegos desde siempre. Crecimos juntos y, en un momento que no sabría precisar, descubrí que estaba enamorado. Sólo los necios pueden hacerse esa pregunta: ¿es que un niño de once años puede experimentar el amor? ¡Y hasta extremos sublimes! Estoy con Balzac: "Solamente el último amor de una mujer puede igualar el primer amor de un hombre."

Aquél fue un amor donde la palabra "demasiado" era siempre "poco". Creció en silencio, sin prisas y con el único falso alarde del collar de coral. La espiaba cada mañana de verano desde las cortinas de todas las habitaciones. Conocía sus movimientos, sus risas y el brillo de sus ojos almendrados. En los juegos quedaba extasiado ante ella, tropezando y arruinando toda participación. Soñaba cada anochecer con las miradas del día siguiente; unas miradas de complicidad que, a la larga, resultaron engañosas. Aun así, aquellos años de adolescencia, con la ilusión intacta y el amor rebosante, compensaron en parte mis frustrados proyectos vocacionales. Nunca necesité besarla: lo hacía con los ojos. Ahora lo sé: yo, amándola, fui mucho más feliz que ella, que jamás me amó. Hablé poco, porque amé mucho. A lo sumo, unas flores de los jardines de Chantenay a través de las rejas del convento de la Adoración, donde decía que estudiaba. Pero ¿qué puede estudiar una mujer frivola, que se sabe hermosa? ¡Ah, Disraeli, cuán sabia tu sentencia! "La magia del primer amor consiste en la ignorancia de que puede tener fin." Ni a los once, ni a los quince, ni siquiera a los diecinueve años, a punto de producirse la "execrable boda" de la hija de Francisco y Lisa Tronçon, fui muy consciente de mi gran error. Ingenuamente —como escribió Maintenon— estaba haciendo depender mi felicidad de la cambiante voluntad de una mujer. La cruel burla de Caroline el día de la gran paliza fue un aviso certero. Pero yo, enamorado, no supe o no quise verlo. Y al ridículo soportado en mi casa y en la calle tuve que sumar un íntimo y más agudo bochorno: las chanzas y el desprecio de Caroline... Esa tortura marcaría mi alma para siempre, haciéndome pusilánime, tímido y receloso ante las mujeres. Aun así, buscaba cualquier pretexto para acompañarla en Chantenay, en La Guerche o en las casas del tío Prudent y de las tías-abuelas, las Rosas de Provins. En aquel tiempo, esté oso perdonaba en la medida que amaba...»
estrellitas

CAPÍTULO 8


Donde cuento mi “despertar» literario Una erupción cutánea que me hizo dudar del Dios de mi padre Mi declaración a Caroline, un fracaso decisivo A las puertas de París




Hacia los quince-dieciséis años (1843-1844) aparecen en Julio Verne las primeras manifestaciones de lo que un día será su profesión. Medio en broma, escribe una tragedia en verso, fulminantemente rechazada por el director de un teatro de marionetas y, lo que es peor, por su prima Caroline, de la que sigue enamorado.



«El ingreso en el liceo y el nuevo cambio de casa —al número seis de la calle de Jean-Jacques Rousseau— disiparon en parte los negros nubarrones de mi infancia. Pero, no puedo engañarme, la tormenta siguió anclada sobre Nantes. En contra de todo pronóstico, incluso de mi propia voluntad, el gran fracaso de La Coralie y los pequeños-grandes desaires de mi prima Caroline me hicieron reaccionar como un payaso. Me explico. Supongo que la sabia naturaleza humana dispone de estos recursos. Mi tristeza, resentimiento y timidez crecieron de tal forma que sólo cabían dos alternativas: morir o aparentar. Elegí lo segundo, claro. Y a pesar de mi desolación, de la derrota de mi vocación marinera y de la frialdad de mi gran amor, me transformé en un cínico, un bromista, a veces cruel, que tomaba la vida a título de inventario. Me hice hombre en medio de falsedades y de una peligrosa inseguridad.

Mi propia falsedad e inseguridad. De nuevo, la falta de valor...

estrellitas

Por aquel entonces sucedería algo que, a la luz del pensamiento adulto, carece de importancia. Sin embargo, para un joven, al menos para un joven como yo, vanidoso y que se consideraba guapo, fue catastrófico. Alrededor de los doce-trece años, cosa natural por otra parte, mi rostro se vio invadido por una erupción pustulosa.1 Nada pudo atajarla. Y mi corazón sangró de nuevo. Fui la burla de Caroline y del resto de las féminas de mi círculo social. La "tragedia" se encrespó de tal forma que, a pesar de las recriminaciones maternas, me negué a salir a la calle, salvo para lo estrictamente necesario. Durante años, hasta prácticamente los dieciocho, en que desapareció el irritante e inoportuno mal, me sentí incluso culpable de aquella cara deformada. El ridículo y estrecho sentido religioso de mi padre llegó a herirme mortalmente, cuando, velada y sibilinamente, atribuyó aquella erupción cutánea a una hipotética y pecaminosa masturbación.
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