Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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1. Posiblemente, acné juvenil. (N. de J. J. Benítez.)

Educado en un ambiente rigurosamente católico, me lo creí. Y aquello mortificó aún más mi dolorido espíritu, sumando a las penas humanas una tortura religiosa. El suceso, de lo más inocuo, dejaría en aquel adolescente temeroso e inseguro una estela de duda. ¿Dios se preocupaba de esas cosas? ¿Podía el Padre Eterno, todo bondad y misericordia, ejercer su divina cólera contra un infeliz muchacho que acababa de descubrir el sexo? Una idea tan humana no era propia de un Dios. Así que, lentamente, los férreos principios religiosos fueron enmoheciendo y la conciencia de divinidad se transmutó en un sentimiento más difuso, pero más racional y limpio. El tiempo, creo, me daría la razón. La providencia es mucho más que una Iglesia... Mis hermanos en la iniciación, años después, me ayudarían a descubrir un Dios Padre infinitamente más liberal que sus propios ministros en la Tierra. Viejo oso, ¿te atreverás a escribir sobre Dios?
estrellitas

De momento, permíteme que ponga punto final a mi adolescencia. En realidad podría simplificarse con una vieja y familiar palabra: fracaso.

Mis recuerdos son difusos. No sé muy bien si fue a los quince o dieciséis años. ¿Qué puede importar? El caso es que, obedeciendo a un instinto natural, comencé a frecuentar la trastienda de la librería de Bodin. Allí, al caer la tarde, los futuros "genios", salvadores de la patria, discutíamos sobre el bien y el mal. Era el "círculo de los externos". Y animado por mis viejos y entrañables compañeros, Ernest Génevois, Charles Maisonneuve y Couëtoux, entre otros, medio destapé la caja de Pandora que invernaba en mi corazón. Entre risas, chanzas y pastelillos secos fui escribiendo una tragedia en verso de cuyo nombre no quiero acordarme... Años atrás, a los catorce, ¡cómo no!, también caí en la cursi tentación de los versos. Unos a mi madre. Otros, los más, a Caroline.

¡Qué ingenuidad la nuestra! La tragedia en verso, infectada de ripios y muerta antes de nacer, fue mostrada al director del teatro de marionetas Riquiqui. El rechazo nos desmoralizó. Pasarían otros cinco años antes de que este oso se enfrentara de nuevo con su destino. Lo mío, evidentemente, no era escribir.

Más doloroso aún fue el segundo fracaso; esta vez, frente a mi prima. La lectura de la tragedia la dejó indiferente. Más aún, sus burlas, a mis espaldas, se tiñeron de crueldad. Marie, su hermana, sí escuchó con atención mi primera y "monumental" obra. Y me animó a continuar el noble oficio de cómico. Nunca supe si hablaba en serio o en broma...

Poco antes de los dieciocho años, mi padre bendijo pública y oficialmente la decisión de mi hermano Paul: él sí gustaría de los placeres de la mar... A pesar del profundo amor que siempre experimenté por mi hermano, aquél fue un día amargo para mí. Tímidamente lo intenté de nuevo. Razoné, argumenté y supliqué. Pierre Verne me desafió: "... o la carrera de derecho o la calle...» El miedo pudo más. Y acepté. Pero aceptar no significa renunciar. Estudiaría derecho, sí, pero ya veríamos...

Y una luminosa mañana de verano de 1846, en Chantenay, después de mil ensayos y rectificaciones, me declaré a Caroline. Fue una declaración apasionada, honesta y madurada. Ella tenía un año más que yo, eso lo sabía, pero no me importó. El rostro de mi prima pasó rápidamente de la palidez a la más demoniaca de las muecas, respondiendo a mis requerimientos con una carcajada que aún resuena en mis oídos.

Fue el principio del fin. Ella, implacable y despiadada, siguió coqueteando con su otro primo, Cormier. Y yo, malherido, fui a refugiarme en mis sueños. Un mes más tarde, ante mi sorpresa, la familia Tronçon anunciaba el noviazgo de Caroline con Cormier.
estrellitas

La noticia de mi fallido amor por Caroline no tardó en llegar a oídos de su pretenciosa madre, mi tía Lisa. La respuesta de la señora —estoy seguro— tuvo que influir poderosamente en el comportamiento de su hija. "Mi pequeña Caroline aspira a un hombre con mayores posibilidades que ese bárbaro de Julio." ¿Dinero? No, la verdad, en mi casa, entonces, no sobraba... En cuanto a mi porvenir, Lisa llevaba razón. Con mucha suerte, Julio Verne sería un mediocre abogado que no tardaría en echar barriga y que, tristemente, se vería forzado a vivir a la sombra del despacho de su padre. Además, todos lo reconocían, era un payaso incorregible, de escasa dignidad, con la imborrable "mancha" de una fuga infantil, que sólo Dios sabía si podía volver a repetirse, y un dudoso sentido religioso.
estrellitas

¡Qué amargura, Dios de los cielos! Perdí el apetito, me hice infinitamente más áspero e intratable, cayendo en silencios desafiantes. En aquellos meses se redondeó mi timidez e inseguridad, provocando el desasosiego de mis padres. Renuncié a tertulias y amigos y, como una ola imparable, fui concibiendo la idea de una segunda y definitiva huida. Esta vez tuve la sensata prudencia de advertir a mi madre de mis intenciones, a no ser que ellos mismos propiciaran mi salida de la ciudad. Pierre Verne, como siempre, se opuso. Continuaría mis estudios de derecho en Nantes. No repliqué. Y este silencio los asustó. Mi derrota moral era tan evidente que, ante el temor de una segunda y calculada "tontería", cedieron a regañadientes. La fecha de la boda de Caroline, fijada para la primavera, seguía aproximándose y, decidido, puse tierra de por medio, con la vana esperanza de olvidar.

El destino, sabio e implacable, acababa de echar sus redes sobre Julio Gabriel Verne. La huida de Nantes, de Caroline y de mí mismo me prepararía para el gran momento. Ahora, con la perspectiva del tiempo a mi favor, debo estar agradecido a Caroline. Su rechazo cambiaría mi rumbo. Gracias a ella descubriría París, la vida misma y, lo más importante, mi singular destino.

Éste es mi consejo a los más jóvenes: no forzar nunca los acontecimientos. Cada ser humano desciende a este mundo con las cartas marcadas. Es posible hacer trampas a los demás, pero nunca a la providencia.

¡Ah, París! ¡Cómo describir aquellos decisivos años!...»

CAPÍTULO 9


Lágrimas sobre el Loira París: la fascinación de las librerías * Caroline me empuja hacia mi destino Nantes no te merece La execrable boda de mi prima El retorno a París: un plan premeditado Cien francos al mes, un estómago vacío y un traje compartido «Azafrán», una palabra mágica




Primavera de 1847. Julio Verne, que acaba de cumplir diecinueve años, es enviado a París. La estancia es breve. Aprueba su examen de derecho y regresa a Nantes. La boda de Caroline no llega a celebrarse. Su incipiente vocación literaria sigue floreciendo. Se anuncia un nuevo compromiso matrimonial de Caroline para la primavera de 1848. Verne sufre otra crisis y sus padres, a pesar de la agitada situación política, ceden y le autorizan a seguir sus estudios de derecho en París. El futuro escritor de los «Viajes extraordinarios» se introduce en los ambientes y círculos literarios de la capital. En una primera época, todo su interés y esfuerzo se dirigen al teatro.




«Mi familia nunca lo supo. En abril de 1847, mientras remontaba el Loira en piroscafo, rumbo a París, este proyecto de oso lloró amargamente. Nunca fui un hombre con voluntad de llanto. Ni ahora, a mi vejez. Ni siquiera ante la muerte... La visión de mi ruina amorosa y de aquel piroscafo, que había truncado mis afanes de mar y de aventura, me hicieron derramar lo más personal de un hombre, después de su sangre: las lágrimas.

En cierto modo, la visión de la casa de mi tía-abuela Charrüel, en el número dos de la calle de Teresa —todo un pozo sin airé y sin vida—, me hizo dudar de París. Durante aquellas semanas, amén de aprobar mi examen, callejeé sin descanso. Fue por aquel entonces cuando la providencia "tocó" de nuevo mi corazón, alertándome sobre mi verdadero futuro. La prolongada soledad interior de mi adolescencia me convirtió en un observador nato. Disfrutaba descubriendo cosas. Pues bien, he aquí que en esta primera y breve estancia en París me sorprendí a mí mismo en numerosas oportunidades con los ojos y el alma cautivados por los escaparates de las librerías. Mi escaso tiempo quedó repartido entre los cuadros de los grandes maestros y los libros. ¡Sutil y decisiva batalla aquélla! ¿Pintura o literatura? "Algo" estaba naciendo en el corazón de Julio Verne. Pero si aquél era mi destino, ¿cómo hacerle frente? La profesión de marino tenía nobles antecedentes en la familia. Aun así, Pierre Verne había rechazado mi propuesta. ¿Cómo insinuarle siquiera mi cada vez más clara inclinación hacia el arte? ¿Un Verne pintor o escritor? ¡Dios Todopoderoso, eso ni pensarlo! La semilla, no obstante, estaba sembrada. Y aquellas horas muertas ante las obras de Víctor Hugo, Balzac, Dumas, Sand, Lamartine, etc., fueron todo un síntoma.

Tras una "cura espiritual" en Provins —así definiría mi padre el verano en casa de mis tías—, fui reclamado a Nantes. ¡Oh sorpresa! Como era de prever, mi prima Caroline había rechazado también a Cormier, el segundo "árbol".1
1.El apellido Cormier, como el de Verne, significa «árbol». Concretamente, serbal, de la familia de las rosáceas. De ahí el juego de palabras del escritor. (N. de J. J. Benítez.)

El compromiso matrimonial, definitivamente roto por la voluble Tronçon, me hizo concebir esperanzas. Me esforcé cuanto pude. Mi segunda tragedia en cinco actos, Alejandro VI, fue puesta a sus pies. Y con ella, todas las promesas de que fui capaz: un futuro tranquilo, la gloria del éxito, mi nombre en los principales teatros de Nantes y de París y su fotografía y la mía en los periódicos de medio mundo... Y mi segunda tragedia terminaría por convertirse en una segunda tragedia de verdad. Caroline, que sin duda recordará mis premonitorias promesas, se comprometería ese mismo otoño con un rico petimetre de Nantes, un tal Dezaunay, con más barriga y cuello duro que inteligencia... La boda, en una patética mueca del destino, fue anunciada, por segunda vez, para la siguiente primavera.

Caroline, sin ella saberlo, estaba siendo utilizada por el destino. Y es curioso: ¡a mi favor! El fulminante rechazo, unido a la ausencia de Paul, recién embarcado en el Lutin, un buque mercante, me empujarían hacia el único "refugio" posible y conocido: escribir. Mis pobres hermanas, mi familia toda, pagó durante meses esta nueva y ácida crisis de amor y de resentimiento. Dicen que, desde entonces, la fama de huraño, cascarrabias e insociable me ha acompañado siempre. Puede ser... No seré yo quien me justifique, pero la razón me asistía. Los fantasmas de la decepción, del fracaso vocacional, de la soledad y de un futuro sin futuro se instalaron conmigo en Nantes. ¿Cómo no reaccionar como un misántropo?

Ahora, a mis setenta años, poco importa que aquella fiebre literaria tan sólo pariera engendros, obras ligeras, dramas teatrales de tres al cuarto y más picantes y atrevidos que sensatos. Lo importante fue engancharse al tren del destino. Además, muy pronto caería en la cuenta que el remilgado círculo literario de la Cagnotte, único escenario de mis primeros escarceos con la pluma, no era continente para tan gran contenido... Mis farsas escandalizaron a la puritana sociedad de Nantes, añadiendo leña seca a las impermeables ideas de mi padre. Fui violentamente amonestado por aquella frivola afición por el teatro, tan ajena e impropia de la respetable familia Verne-Allotte. La situación, insostenible, vino a quebrarse —¡gracias a los cielos!— en el otoño. Sabio proverbio: "Nunca hay mal que por bien no venga." La familia de Caroline anunció el nuevo compromiso de mi prima para la primavera de 1848. Esta vez, más que experimentar tristeza y desesperación, mi espíritu se encabritó. Y Julio Gabriel Verne se colmó de rabia, tornándose irascible y peligrosamente violento. El tímido, herido de muerte, mostró sus garras de felino...

Fue la primera vez que sostuve la fría mirada de Pierre Verne, desafiándole. Mi padre lo percibió y, en un sabio y providencial golpe de timón, orientado únicamente a "evitar mayores y futuros males", parlamentó con Sophie. Los estudios de derecho podían reanudarse en París. Mi madre, ante el asombro de todos, se negó. Creo recordar que fue una de las escasas veces que se enfrentó abiertamente al rígido Gran Patriarca. Sus razones y argumentos se fundaban en el miedo. Francia atravesaba entonces una dura prueba y mi madre temía por mi seguridad.1
1. Miguel Salabert, en su excelente obra Julio Verne, ese desconocido, describe a la perfección la confusa situación política de Francia en aquellas fechas: «... la crisis venía incubándose desde dos años antes. La mala cosecha de 1846, las inundaciones del Loira y del Ródano, la enfermedad de la patata que se declaró ese año, causaron la escasez de alimentos y la subida de los precios. La importación de cereales, muy tardía a causa del proteccionismo reinante, ocasionó una verdadera sangría de divisas. Absorbido el poder adquisitivo del pueblo por la alimentación, la industria y el comercio cayeron en barrena. En 1847 la economía estaba paralizada. La especulación y la congelación de créditos multiplicaban las bancarrotas. El paro alcanzaba enormes proporciones. La prensa denunciaba la corrupción oficial. Visiblemente, el régimen de Luis Felipe, la monarquía burguesa, estaba condenado, y la tardía dimisión de Guizot, en febrero de 1848, no sirvió ya sino para dar pasaporte a la segunda república que, como la primera, advino como la exaltación de la libertad, con una amplia repercusión en toda Europa, tanto más cuanto que en ella germinaría y se declararía, unos meses más tarde, en junio, la primera gran batalla de la historia moderna entre la burguesía y el proletariado...»

(N. de J. J. Benítez.)

Para colmo de males, mi tía-abuela Charrüel, aterrorizada por los disturbios y barricadas, había escapado a sus propiedades de Chartredde. A qué ocultarlo: me alegré infinito. La severidad de aquella mujer era insoportable. Las discusiones en el seno familiar se prolongaron durante semanas. Yo, deseando huir de Nantes y del suplicio de Caroline, prometí y juré sobre la Biblia no mezclarme en la revolución. "Además —mentí—, mis simpatías estaban al lado de Thiers. El orden era mi bandera..."

Estimo que nadie en mi familia creyó a semejante "libertario". Pero estaba mi tío Paul Garcet, profesor de letras y de matemáticas. Mi padre establece el oportuno contacto con él y "ata en corto" mi futura segunda estancia en París. La solución me agradó. Las relaciones con mi primo hermano Henri, hijo de Antoinette Verne, hermana de mi padre, y de Paul Garcet, eran entrañables.

El retorno de mi hermano suavizó en parte el duro otoño. Sus experiencias en la mar fueron las mías. Mi madre sufrió lo indecible al verme preguntar y preguntar, siempre ansioso por conocer nuevos puertos, nuevos rumbos, nuevas técnicas de navegación... Pierre y Sophie cruzaron frecuentes miradas de complicidad y, aunque jamás lo manifestaron, yo supe que sintieron una afilada preocupación. Era lógico, después de la fuga en La Coralie y de mis posteriores amenazas de escapar de nuevo. Sólo es una sospecha, pero las súbitas prisas de Pierre Verne por enviarme a París pudieron estar justificadas por la inminente partida de mi hermano en un segundo buque. Acertó. Paul y yo llegamos a planear una nueva escapada, en esta ocasión a bordo de su barco. La astuta maniobra del Gran Patriarca y, a qué negarlo, las cartas de mi buen amigo Hignard, que proseguía con éxito sus estudios en el Conservatorio de París, reclamándome, abortaron un proyecto que habría demorado, casi con seguridad, mi carrera como escritor. Hignard, una y otra vez, solicitaba mi presencia en la ciudad del arte y de la cultura. "Nantes no te merece", profetizó. Poco antes de partir hacia París me hice una solemne promesa: "Les demostraría de qué clase de madera estaba hecho aquel pobre muchacho llamado Julio Verne..." El "árbol" despreciado por los constructores se convertiría en la viga maestra y angular. Nantes lloraría de rabia. Muy bien, emprendía la larga marcha y difícilmente regresaría. Así se lo hice saber a Paul y a Hignard. Al entrar de nuevo en París, poco después de las tristes "jornadas de junio", me entregué con tal pasión a los estudios que, por supuesto, aprobé sin complicaciones. Oudot y Ducourray fueron mis "cómplices". Aquel paso era vital para mis proyectos. Fue madurado con frialdad. Haría la voluntad de mi padre —me convertiría en abogado—, siempre y cuando cediera a mis pretensiones de estudiar en París. Ahora lo rememoro con emoción. Parece como si la providencia me hubiera iluminado. Estudiar derecho era la gran excusa para permanecer en el lugar y en los ambientes que necesitaba. Mis flamantes sueños, sin embargo, se tornarían oscuras pesadillas a partir de aquel 30 de julio de 1848. En tan aciaga fecha tuve puntual conocimiento de un suceso, no por esperado menos sangrante: la boda de Caroline con el petimetre... Mi primera reacción fue de cólera. La "execrable boda" se había consumado al fin. Sólo mi madre y Hignard supieron de mi amargura. Aquellas noches fueron de insomnio y tortura, imaginando a mi amor en los brazos de otro... Juré vengarme. Mataría a su gato blanco... O mejor, la raptaría... Después retaría a Dezaunay...

Mi inevitable retorno a Nantes, a pesar del triunfo en el examen de derecho, tuvo sabor a muerte. Mis heridas se abrieron a un tiempo. ¡Yo amaba a Caroline! Y la sola imagen de aquella criatura, poseída por otro hombre, me puso al borde de la locura. Los tres meses que permanecí en Chantenay y Nantes, antes de mi definitiva vuelta a París, resultaron grotescos e impropios de un hombre de noble condición. Me negué a pasear y a frecuentar aquellos lugares donde yo sabía podía tropezarme con ella. La fortuna se apiadó de mí. Años más tarde, recién contraído matrimonio con Honorine, el destino, a veces cruel, volvió a situarla en mi camino... Y digo que fueron meses grotescos porque ¿qué puede haber más irregular que la venganza? Mi amor por Caroline tardaría mucho en extinguirse. Eso era natural. Pero ¿qué decir de mi venganza, impresa subterránea y solapadamente en mis propios libros? l Si ella cometió una vileza, yo me vengué, cometiendo otra. ¡Oso repugnante! Has leído los pensamientos de Courty y aún no has aprendido que el hombre prudente jamás trata de vengarse; de ese cometido se encarga la vida. Körner te retrató sin saberlo: "La venganza es una herencia de las almas débiles; nunca se cobija en los corazones fuertes." Cierto es que la fortuna te ayuda si tú ayudas... Este viejo oso —entonces mucho más bello, sin grasas y sin barbas— amenazó, fingió y mintió. ¡Todo por París! Y un lluvioso viernes de noviembre del providencial año de gracia de 1848, Julio Gabriel Verne Allotte partía en diligencia hacia la gloria... ¿Por qué exagerar? Tanto mi buen amigo Édouard Bonamy como yo partimos hacia el hambre... Ésta fue la única condición impuesta por el Gran Patriarca: Bonamy, que deseaba estudiar derecho, compartiría conmigo viaje, techo y universidad. ¡Perfecto, viejo Pierre! Bonamy era también un joven de veinte años, romántico y amante de la libertad. ¿Qué más podía pedir?

Con aquellos cien francos al mes, famélica e innegociable pensión de Pierre Verne, tuve que sobrevivir y acomodarme al nuevo ambiente. ¿Mis estudios de derecho? Poco importaban. Fui tirando, como quien dice...

Y las librerías ganaron la batalla. Definitivamente, los círculos de literarios se apoderaron de mi alma. Ahí empezaron los problemas para este jovenzuelo ambicioso, sediento de lectura y de relaciones..., pero sin un franco. Las cartas a mi familia solicitando dinero extra para libros fueron como clamar en el desierto. Es más: mi padre, desconfiado, confundió los "ambientes artísticos" con la política y me amonestó. A decir verdad, fui sincero en mi correspondencia: a pesar de la marejada política que agitaba entonces salones y tertulias, nunca me sentí excesivamente atraído por ese mundo putrefacto. Mi obsesión era leer, prepararme y conocer a los grandes monstruos del teatro y de la literatura del momento. Ni lo uno ni lo otro fue fácil. Para adquirir las obras completas de Shakespeare fue menester un monacal ayuno de tres días. En cuanto al resto de mis favoritos, Racine, Scribe, Molière, Clairville..., también fueron comprados con el dinero destinado a mi desmayado y paciente estómago. ¿Será en venganza de aquellos años por lo que ahora devoro como un roedor?

A Dios gracias, mi tío La Celle, el miniaturista, comprendió mis ansias de gloria y supo introducirme en los salones de moda. ¡Bendito invento! Una legión de genios, la mayoría sin futuro, pudo saciar su hambre en aquellas mesas tan bien surtidas como exquisitas. Bastaba una simple recomendación, un pellizco de ingenio y un buen traje para llenar el vientre dos o tres veces por semana. La anfitriona, la madame de turno, daba por buena la "corte de moscas", siempre y cuando, en cada reunión, su salón "brillase" con un Victor Hugo o un Dumas, por mencionar a dos de los hombres del momento. Recomendación no me faltó. Ingenio —¡oh viejo oso vanidoso!— , tampoco. En cuanto al traje, eso fue dramático. Nuestra penuria económica era tal que mi compañero de venturas y desventuras, Bonamy, se veía en la sonrojante obligación de compartir el único traje y los no menos "trabajados" zapatos de noche. Martes y jueves eran lucidos por un servidor. Los miércoles y viernes, por Bonamy. Los sábados y domingos, a sorteo.

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