Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos




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1.A juicio de varios biógrafos, Verne, dolorido por la boda de Caroline, supo esperar años para reflejar su fracaso y venganza. Marcel Moré, entre otros, cree que sus novelas La jangada (1881), Familia sin nombre (1889) y Claudius Bombarnac (1892) contienen alusiones a este personaje de su juventud. En la primera, Carolina (Lina) fue rebajada al rango de camarera. En Familia sin nombre, los canadienses vencidos se refugian en un barco que lleva por nombre Caroline. El héroe del libro se muere en el naufragio. Verne, jugando como siempre con las palabras, escribe: «Así fueron vengadas las víctimas del horrible atentado de la Caroline.» En la tercera de las novelas citadas, Caroline Caterna se presenta como una mujer encantadora, pero comediante... (N. de J. J. Benítez.)
Así fuimos malviviendo en aquel París bullicioso, artificial y arruinado. Puede decirse que aquellas mis primeras tragedias y saínetes fueron escritos los miércoles, viernes y los sábados o domingos en que, por carecer de traje y zapatos de velada, me veía en la santa necesidad de permanecer en nuestra modesta guarida de la calle de La Antigua Comedia, en el Barrio Latino.1

¡Cosas del destino! Todo mi amor se volcó en el teatro. Cierto es que la vida se conquista por etapas... Y la mía, en aquellos años, tuvo que pasar por ese calvario. Tampoco debes engañarte, viejo gruñón. El salón de madame Barrère, en la añorada calle de Ferme-des-Mathurins, tuvo buena culpa de tu fiebre teatral. Mejor dicho, ese "veneno" entraría en tu sangre a causa de un encontronazo... y de una tortilla. Es obvio que estas "confesiones" no aspiran a narrar toda mi existencia. Sólo aquellos acontecimientos que, en mi modesta opinión, pueden albergar cierto significado para la mejor comprensión de este Julio Verne que se extingue. ¡Ah la providencia, todo lo escribe por sorpresa! Y en boca de Sterne: "Dios atempera el viento para el cordero trasquilado." Yo era un cordero, más que trasquilado, sin lana y sin estómago... Pero un buen día, un martes o un jueves, eso seguro, ocurrió "algo". En el descansillo de la escalera del salón de madame Barrère fui a topar con un oso tan fastuoso, ególatra, ingenioso y voraz como yo, aunque, también conviene reconocerlo, más negro que Verne. El "monstruo", contrariado por el topetazo, blasfemó y agitó su bastón, amenazándome. Dios me inspiró y, saltando por encima de mi timidez, le hice frente, interpelándole de esta guisa:

—¿Ha cenado usted, señor?

El oso negro bajó el bastón y, atónito ante aquella salida de cochero, replicó:

— Perfectamente, joven, y nada menos que una tortilla de tocino a la moda de Nantes...

¡Bendita providencia y bendita tortilla! Sin saber aún de quién se trataba, le espeté sin miramientos y digo yo que irritado ante el recuerdo de mis suculentas tortillas familiares:

—Las tortillas de París a la moda de Nantes no valen nada, señor. Nada, ¿me oye?... ¡Hay que echarles azafrán, para que se entere! ¡Azafrán!

Simplificando: aquella palabra —"azafrán"— cambiaría el rumbo de mi historia.

—Así pues, ¿sabe usted hacer tortillas, joven?

— ¿Que si sé hacer tortillas, señor? —La pregunta ofendió mi orgullo provinciano—. Y aún mejor comérmelas... ¿No llevará usted ahí alguna?

— ¡Qué insolente es usted! He aquí mi tarjeta...

A qué negarlo: las piernas me temblaron. ¿Un duelo con aquel oso? ¿Y por culpa de una tortilla?

—... Inútil que me dé la suya —prosiguió, arrojando fuego por los ojos—. Vendrá usted el miércoles al terreno del honor...

Creí que me desmayaba.

—... En la cocina de mi casa... a hacer una tortilla.

Cuando mis amigos, Hignard y Bonamy, leyeron en la tarjeta el nombre del oso mulato no daban crédito a mi fortuna:

— ¡Alejandro Dumas!

Aquel mágico nombre y nuestra común devoción por las tortillas harían el resto...»
1.En cuestión de un año (1849-1850), Julio Verne, poseído por una «fiebre» de la que jamás se verá libre, escribe tres obras: La conspiración de los polvos, una tragedia en cinco actos y en verso; Un drama bajo la regencia, tragedia en cinco actos, y una obra más ligera y subida de tono —Las pajas rotas—, en un acto y también en verso. De esa época es un sainete en dos actos: Abdallah. Las pajas rotas, en la línea de Musset, sería representada el 12 de junio de 1850, merced a la influencia de Dumas padre. (N. de J. J. Benítez.)
CAPÍTULO 10


La emoción de la primera obra impresa Donde profetizo, sin saberlo Pierre Verne muere para Julio Verne Clases de derecho, cartas para soldados analfabetos y comida caliente en los burdeles El teatro lírico y sus cien francos me salvan * Todo se lo debo al periodismo * Así nació la «novela de la ciencia»




El providencial encuentro con Dumas padre llena de optimismo a Julio Verne, que se lanza a una prolífica y mediocre producción teatral. Maisonneuve, un rico nantés, paga la impresión de Las pajas rotas, primera obra impresa de Verne. El Museo de las familias inicia la difusión de sus escritos. Se gradúa en derecho y las relaciones con su padre se deterioran. Verne, acuciado por la falta de dinero, tiene que impartir clases de derecho. En 1852 encuentra un trabajo como secretario del teatro Lírico de París. Sus muchas horas en la Biblioteca Nacional, documentándose sobre los adelantos técnico-científicos de la época, le van inclinando, lenta pero firmemente, hacia su definitiva vocación: la «novela de la ciencia».



«El tío Dumas —Dios se lo habrá tenido en cuenta— llenó mi estómago y mi corazón. A él le debo mi modesto primer éxito y, en especial, no haber sucumbido en aquella jungla infestada de fracasados. Aquel viejo vanidoso, capaz de subirse a la trasera de su coche para hacer creer que tenía un lacayo negro, supo intuir mi imaginación y, sobre todo, mi tenacidad. Para vivir de la literatura en aquellos difíciles años se necesitaba algo más que talento. Yo diría que coraje... Los genios sin voluntad y sin constancia florecen un día. Yo era "árbol" perenne...

La amistad de aquel oso glotón y pendenciero —más querido por sus defectos que por sus virtudes— me animó a seguir escribiendo. El 21 de febrero de 1849 tuve el honor de asistir en su palco al estreno de Los tres mosqueteros. Dumas, enamorado del teatro, supo contagiarme ese "veneno". Jamás he renunciado a él. Siempre que he tenido ocasión, mis novelas han experimentado esa prodigiosa metamorfosis.

¡Oh qué gran día! ¿Cómo olvidar aquel 12 de junio, miércoles? Dumas, con su excelente olfato, eligió Las pajas rotas. No voy a negar que retocó la obra "levemente"... El estreno en el teatro Histórico fue un éxito. ¡Doce representaciones! Críticas benévolas y un prometedor futuro como autor teatral. ¡Necio de mí! Pero durante algunas semanas gocé de las mieles de un triunfo que, si no llenó mi bolsa, sí colmó mi ego y mi estómago. Las invitaciones a los salones se prodigaron y, ¡oh fortuna de las fortunas!, Charles Maisonneuve, paisano y cofundador del club de "Los once sin mujer", se ofreció a pagar la impresión de la obra. ¡Acababa de entrar en la historia! Sí, añadiría, por la puerta de servicio...

Pierre Verne y los Allotte asistieron meses después a la representación, en el teatro Graslin de Nantes, de mi "gran triunfo". Las cartas de mi padre, furioso ante la dudosa moralidad del texto, no hicieron otra cosa que enrarecer nuestra relación. ¿Era éste el hombre que debía heredar su prestigioso y puritano despacho de abogado? Inútil defenderse. "... Tengo otros muchos proyectos en la cabeza —le escribí, en un afán por tranquilizarle y evitar el 'corte de suministros'—, millares de ideas que no soy todavía capaz de formular; si lo que imagino es bueno, lo verás algún día, pero me hace falta tiempo, paciencia y tenacidad."

Estaba profetizando sobre mi futura obra sin saberlo. Pierre Verne, astuto, supo esperar. El remate de la carrera de derecho y la lectura de la tesis doctoral estaban al caer. Después, según mi padre, Nantes... Pero yo también había consolidado mis planes. Si era menester dilataría los estudios cuanto fuera necesario. Necesitaba a París y París, yo lo sabía, me necesitaba.

Entre 1850 y 1852 ocurrirían algunos hechos... que no puedo pasar por alto. Mi producción literaria creció. Nada decisivo, en honor a la verdad.1 Y el temido momento: para mi desgracia, me convierto en doctor en derecho. Todo está consumado. Mi familia me reclama. ¿Volver a Nantes? ¿Abandonar París, mis amistades, la literatura? ¡Oh, no! Los enfrentamientos con Pierre Verne son épicos. Amenazas, súplicas, argumentaciones sobre mi dudoso futuro como escritor... El 21 de enero de 1851, tras no pocas meditaciones, respondo a mi padre con firmeza: "... Estoy trabajando, y si mis obras no tienen un resultado cercano, esperaré. No creáis, sobre todo, que me divierto aquí, pero hay una fatalidad que me sujeta a este lugar. Puedo ser un buen literato, pero no sería más que un mal abogado, que no vería en todo más que el lado cómico y la forma artística y tomaría en serio la realidad de los objetos... Agradezco la pensión paterna como una gracia muy especial. Si, no obstante, más adelante, por mi trabajo, se extendiese sobre la familia cierto renombre, esto no haría mal a nadie; hay que actuar, pues, en el presente y tener fe en el porvenir..."

El Gran Patriarca no lo dudó. Mi pensión fue bruscamente interrumpida. Pierre Verne lo planeó como si yo, su hijo, fuera un extraño. Ignoro si le importó mi dolor y la indigencia a que me condenaba. ¿Cómo puede hacerse esto con un ser al que, supuestamente, se ama? Yo respondí con la misma moneda. A partir de entonces, Pierre Verne murió para mí.

Sophie, conocedora de mi dramática situación, siguió enviándome ropa y, en cada paquete, algunos francos. ¡Bendito contrabando!

En justa correspondencia a mi padre, me negué a inscribirme en el registro de los abogados de París. De acuerdo con su plan, Pierre Verne prosiguió la labor de zapa.

Primeramente me invitó a simultanear la literatura y la abogacía. Dos años: ésa fue su sibilina propuesta. Podía regresar a Nantes y trabajar con él durante dos años... "El tiempo justo —repetía en sus cartas— para ver las cosas con claridad y adaptarme a la realidad." ¿Dos años? ¿Y perder así mis amistades y contactos? A pesar del hambre, me negué en redondo. El siguiente paso fue tan inútil como el primero. Pierre Verne quiso convencerme de lo que ya sabía: "La literatura es miseria... Ni Dumas, ni Hugo tienen un ochavo..." Era y no era cierto. Dumas ganaba entonces trescientos mil francos al año. También Sue y Scribe eran millonarios. En cuanto a Víctor Hugo, su renta se calculaba en veinticinco mil francos. Además, ¿quién pensaba en hacerse rico con los libros? No era ésa mi intención. Sólo deseaba ser fiel a mí mismo. Y así se lo hice saber: "... Querido papá, la literatura, ante todo, ya que solamente en ella puedo tener éxito, ya que mi espíritu está invariablemente fijado en este punto. ¿Para qué repetir todas mis ideas a este respecto? Las conoces bien y sabes igualmente que, tarde o temprano, ejerza el derecho o no, durante dos años, si las dos carreras son seguidas simultáneamente, la una acabará con la otra, y en mí la abogacía no tendrá grandes esperanzas de longevidad."

1.En esos años, en efecto, Verne escribe sin descanso. En especial, tragedias en verso, comedias y sainetes, tales como La mil y segunda noche, para su amigo, el músico Hignard; La Guimard, Quiridino, De Caribdis a Scylla o Leonardo da Vinci. El director del Museo de las Familias, Pitre-Chevalier, publica sus obras ¿os primeros navios de la marina mexicana, Un viaje en globo, Castillos en California y Martín Paz, que constituyen un premonitorio esbozo de lo que serán sus futuros «Viajes extraordinarios». (N. de J. J. Benítez)
"Querido papá." Supongo que nunca supo que aquellas cariñosas expresiones no nacían del corazón, sino del interés. Ansiaba su comprensión, sí, pero mucho más su bolsa... Los esfuerzos por convencernos mutuamente resultaron estériles. Ni él ni yo cedimos un centímetro. Y una negra racha cayó sobre aquel Julio Verne de veintitrés años. La falta de recursos me obligó a dar clases —odiosas clases— de derecho, a redactar cartas para los soldados analfabetos y a refugiarme en los burdeles de mis "amigas", a fin de comer caliente... Mi padre, aún no sé cómo, tuvo noticias de mi desolación y, por toda respuesta, escribió: "... la miseria es buena consejera. Ella logrará lo que no han conseguido mis sabios y prudentes consejos..." ¿Y este hombre se decía católico? "La miseria —le respondí herido en mi orgullo— es la piedra de toque de las almas ricas. Querido padre, lee a Bremer. 'No siempre la necesidad y la pobreza son una carga perniciosa y agobiadora; con frecuencia se parece a la presión que se hace sobre el agua de una fuente, que, cuanto más fuerte oprimimos, más salta el agua en el aire." Pierre Verne no sabía de qué madera era su hijo. Y me perdió irremisiblemente. ¡Triste destino! Años más tarde, olvidando esta lección, yo actuaría con mi hijo Michel de idéntica o peor forma... Ambos antepusimos nuestros respectivos egoísmos al amor.

¿Por dónde iba? La miseria, sí. Derrotado, claudiqué. Acepté trabajar como escribiente subnumerario en el despacho de un abogado. Mi salud empezaba a resentirse gravemente: las neuralgias faciales eran casi crónicas y los dolores de estómago me hacían sufrir hasta el punto de mantenerme en cama días y días. No sé qué hubiera sido de mí sin los cuidados de Marcel Hignard y Bonamy. El desastre alcanzó su punto crítico cuando fui advertido de que mi oscuro trabajo como escribiente no recibiría remuneración económica durante dieciocho meses. Pierre Verne no imaginó jamás lo cerca que estuve de abandonar París y someterme a sus exigencias. Como decía Cobbet, "ser pobre e independiente es algo casi imposible".

La providencia, sin embargo, estaba ahí, atenta... Y en mitad del hambre y la desesperación surgió el pequeño milagro. El puesto de secretario del teatro Lírico se hallaba vacante. Édouard Sevestre, movido quizá por la "mano" de Dumas padre, ¡me ofreció el puesto y cien francos al mes! Aquello me hizo resurgir de entre las cenizas y Hignard y yo pudimos mudarnos al número 8 del bulevar de Bonne-Nouvelle. ¡Mi destino empezaba a cambiar!

Todo mi entusiasmo fue puesto al servicio de una nueva obra: una ópera cómica, en un acto, escrita por Michel Carré y este "resucitado", con música de Hignard. El estreno, el 20 de abril de 1853, de Collin-Maillard fue un éxito: ¡cuarenta representaciones y una crítica moderada! Sevestre, emocionado, nos encomendó una segunda obra.

Pero antes de este "peligroso" éxito, el destino, muy atento, como digo, me tenía reservada otra sorpresa. Muchos de mis lectores me interrogan sobre algo en verdad crucial en mi carrera como escritor. ¿Cómo nació en Julio Verne esta pasión por la ciencia? ¿Cómo y por qué me hice "novelista de la ciencia", tal y como a mí me gusta autocalificarme? Mi trayectoria en aquellos agitados y bohemios años de juventud no apuntaba precisamente hacia ese rumbo. De haber continuado por semejante camino, quizá hubiera llegado a ser un mediocre sainetero o un siempre remendado autor de operetas y vodeviles. Mi nombre, en tales circunstancias, habría perecido bajo el peso de la mediocridad.
estrellitas
Pues sí, debo contarlo. Estoy en deuda con el periodismo...

estrellitas
Desde 1848, la sociedad empezó a experimentar un profundo cambio. Los románticos dejaron paso a los sansimonianos. La industria y la ciencia se aliaron y favorecieron el nacimiento de unas doctrinas positivistas, donde la triste realidad de la explotación del hombre fue sustituida por la explotación de la naturaleza en favor del hombre. Las máquinas, los hallazgos técnico-científicos y los descubrimientos geográficos fueron modificando los esquemas del pueblo, incrementando el interés de la sociedad por aquellos nuevos "dioses": el vapor, la electricidad, la navegación aérea, etc. Tuve muchos amigos que compartían el idealismo de Saint-Simon. Yo mismo fui asiduo lector de las revistas Tour du Monde y Magasin pinttoresque, del sansimoniano Charton. ¡A qué negarlo! Esta nueva visión del mundo me fascinaba. Siendo muy niño, aquellos pequeños juguetes de moda en Nantes —los telégrafos— fueron mi delirio. Las teorías de mi admirado sabio nantés, el doctor Guepin,1 fueron mías desde que tuve ocasión de conocerle y leerle. "La humanidad —decía mi maestro— tiene por capital el globo entero. Si nuestro globo es una fuente inagotable de calor y de magnetismo, ¿por qué no podríamos llegar a explotarlo?" Él adelantó en sus libros lo que yo, algún tiempo después, transformaría en realidad: la literatura de la edad científica.

estrellitas
Pero no te precipites, viejo oso. Todo requiere maduración. La naturaleza soñó ciudades y éstas aparecieron... a su debido tiempo. El Julio Verne de la "novela de la ciencia" tendría que pasar primero por un decisivo filtro: el periodismo.

estrellitas
Tales ideas flotaban, se palpaban en el ambiente. El mundo hervía al calor de la pujante industria y de los continuos descubrimientos científicos. Y Pitre-Chevalier, director del Museo de las Familias, supo verlo. Su revista necesitaba hombres, periodistas, que supieran narrar y aproximar al pueblo la aparentemente complicada naturaleza de la ciencia y de la técnica. Si era. menester, esos "traductores" de la fogosa corriente del maquinismo tendrían incluso que novelar los secretos de la ciencia, a fin de hacerla asequible a las mentes más sencillas e ingenuas. Pitre me conocía de antaño y sabía de mis inquietudes y lecturas a este respecto. Y aunque este oso torpe y obstinado seguía empeñado en la creación de tragedias, comedias y demás óperas cómicas, se aventuró a proponerme una serie de trabajos, ¡oh cielos!, que me harían virar en redondo.
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