El descubrimiento de la enseñanza huna max freedom long indice




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XIV
Sensacionales ideas nuevas y novedosas

de los Kahunas acerca de la naturaleza

de los complejos y de su sanación

Lo que nuestros médicos y psicólogos todavía no han distinguido claramente, es el hecho un poco sorprendente de que no solamente el subconsciente o Yo inferior puede ser invadido por ideas fijas o complejos.

Freud, Jung y Adler dirigieron su atención al subconsciente, pero no vieron que también el Yo consciente es apto para fijaciones parecidas iguales de peligrosas.

La sorprendente verdad es que casi todas las personas TIENEN CREENCIAS U OPINIONES CONSCIENTES, QUE ESTÁN IGUALMENTE FIJADAS QUE LAS DEL YO INFERIOR. Algunos ejemplos notables nos son familiares a todos nosotros. Alguien, por ejemplo, se ha establecido de una vez por todas en su posición política. No hace caso a todas las ideas y argumentos del sentido común y de la lógica, queriendo creer decididamente que solamente su partido político tiene la razón y que los demás partidos están equivocados. No escucha en absoluto argumentos que están dirigidos contra su convicción. Cada intento de hacerle ver que por lo menos una parte de su opinión tiene que ser errónea, solamente produce enojo y rencor.

Ejemplos similares – en millones de versiones – entregan personas que declaran ser de una religión y se cierran temerosamente a cualquier opinión de otra clase. Ni nuevos hechos ni nuevos conocimientos, experiencias e inventos pueden impresionar a tales personas ni en lo más mínimo. Ellas tienen una creencia tipo complejo, una convicción u opinión tipo complejo, que ESTÁ FIJADA TANTO EN EL YO INFERIOR COMO TAMBIÉN EN EL YO MEDIO. Aquí hay otro secreto de la enseñanza Kahuna: Si se quiere constatar si alguien tiene un complejo de opinión que está fijado en el Yo inferior, sólo se necesita ver si esa persona reacciona emocionalmente cuando se le dice que su opinión no puede ser totalmente correcta.

Si se le dice, por ejemplo, a un partidario de la UDI: “Yo creo que la UDI en la semana anterior cometió un gran error con el proyecto de ley”, y la persona en referencia contesta con una reacción emocional en vez de hacerlo con una explicación tranquila, entonces se puede estar seguro que detrás de la opinión política de esa persona hay un complejo.

Critique alguna vez la religión de una persona y observe qué tipo de reacción tiene ésta. Solamente el Yo inferior es responsable de las reacciones emocionales. El Yo medio reacciona con lógica y argumentos razonables, mientras no esté cautivo, tal como el Yo inferior, por opiniones tipo complejo; si es así, entonces los argumentos razonables pierden efecto en la misma medida en que aumenta la emoción.

Afortunadamente, los complejos políticos afectan rara vez el estado de salud de la persona respectiva. Las fijaciones religiosas, en cambio, ocasionan muy frecuentemente cadenas interminables de enfermedad y desgracia.

A los Kahunas les era conocido lo que el actual psicoanalista pasa por alto en una medida lamentable. Si alguien ha “pecado” y tanto el Yo inferior como también el Yo medio sabe del “pecado”, se puede formar en el Yo inferior la obsesión de que el pecado tiene que ser castigado. El Yo inferior se ajusta entonces al castigo por medio de enfermedad o accidente.

Ese contexto lo aclara el informe de un psicoanalista. Éste trata de un hombre que había sido criado por su tía y había recibido de ella una estricta educación religiosa. Cuando él hubo terminado la escuela, se sintió presionado a convertirse en un sacerdote, pero posteriormente abandonó esa idea y asumió un puesto en una fábrica de muebles. El vapor de la pintura y del barniz con las que él trabajaba, lo enfermaron. Por eso fue trasladado a la sección de procesamiento de madera, donde le dio asma a causa del aserrín. De ese modo, obtuvo un puesto tras el otro, pero cada vez se enfermaba de algo que tenía que ver con su trabajo. Fue una suerte para él que un día se encontró con un médico que reconoció los síntomas como señal de un complejo profundamente arraigado. El complejo se había formado cuando abandonó la idea de dedicar su vida al servicio religioso en el oficio sacerdotal. El Yo inferior, junto con el Yo medio, había derivado un profundo sentimiento de culpa de su negativa a convertirse en sacerdote. Como el recuerdo de la negativa era doloroso para el joven, él lo había reprimido, pero éste había permanecido en el Yo inferior, como parte de la fijación de culpa. Como se le había enseñado que todos los pecados y culpas son castigados por Dios, su Yo inferior esperaba con miedo el castigo. Pero como el Yo medio se negaba a reflexionar sobre la equivocada elección de profesión, el Yo inferior modificó la apariencia exterior del complejo. Por eso ocultó el deseo de hacer que el joven llegara a ser sacerdote, detrás de una aversión profundamente arraigada, la que en cualquier trabajo profesional de otro tipo conducía de inmediato a la enfermedad. Después del habitual interrogatorio detallado y de un tiempo apropiado de observación, el médico sacó a la luz la causa del problema. Pero en este caso no logró por medio de una conversación racional acerca de las causas de la idea fija, eliminar la peligrosidad de ésta. Una y otra vez se encontraba con una nueva resistencia. Cuando el joven se acordó de su negativa a llegar a ser sacerdote, seguía convencido de que ante Dios se había hecho culpable de un gran pecado de negligencia.

El doctor trataba de ayudarlo con buenos argumentos a encontrar un nuevo camino, pero chocaba con una inalterable muralla compacta. El paciente no quería escuchar argumentos razonables. Se mostraba irritado e insistía en inculparse a sí mismo. Finalmente el médico le dio el consejo que se hiciera sacerdote para recuperar su salud. Él siguió el consejo y sus enfermedades desaparecieron.

En este caso el complejo no pudo quitarse y eliminarse de manera normal. El complejo estaba arraigado en igual medida en el Yo inferior que en el Yo medio. Por eso los argumentos razonables no podían ser escuchados. La única solución en este caso era dejarlo actuar de acuerdo con el dictado de su doble fijación.

El informe del médico indica que él no había considerado el complejo como una parte de la consciencia de su paciente. Él escribió: “… aunque la fijación finalmente fue sacada a la luz y discutida de la manera habitual, no fue posible eliminarla. Después que el paciente visitó una vez más la fábrica de muebles, donde se habían manifestado los primeros síntomas de la enfermedad, el olor de la pintura y aspirar el aserrín lo enfermaron otra vez.

El mejoramiento se mostró tan sólo una vez que la fijación había sido aceptada como inevitable y el paciente inició sus estudios teológicos”.

La necesidad urgente de una mejor comprensión del complejo simple y doble y de una posibilidad para combatirlo, la tenemos clara si tenemos presente el espantoso hecho de que en promedio, de cada familia de seis personas, un miembro tiene ocasionalmente la necesidad de un tratamiento en ese sentido. Lamentablemente los métodos de tratamiento actuales son por lejos inferiores a los de los Kahunas. El método más efectivo es el “análisis profundo”. Pero su realización necesita meses, y el paciente tiene que ser muy rico para poder permitirse un tratamiento de ese tipo. Si un examen breve del caso y un pequeño tratamiento de sugestión no producen ningún mejoramiento, entonces al paciente solamente le queda la triste posibilidad de incrementar el número de aquellas personas que actualmente llenan los establecimientos para enfermedades mentales.

Si un complejo de vínculo simple o doble (es decir uno en el que participan los dos Yoes) no puede tomar su propio camino, causa divisiones internas; tales casos conducen con el tiempo, con bastante seguridad, a enfermedades mentales o a enfermedades emocionales crónicas.

El Dr. Edward S. Cowles, que goza de prestigio en Estados Unidos por sus “clínicas del alma”, dijo hace algunos años que los conflictos mentales causados por medio de fijación, eran la causa de la peligrosa disminución permanente de la “energía nerviosa”. La permanencia de ese estado conduce a consecuencias catastróficas. Él indicó que las personas en las que la entrada de energía nerviosa o fuerza vital disminuye, aunque sea un poco bajo el valor límite normal, sienten una falta de fuerza mental, de actitud positiva y de alegría. Pero eso lleva paulatinamente a la depresión, y con otra disminución más de la fuerza vital, a la melancolía, la histeria, a sensaciones de miedo, colapsos nerviosos, manías y psicosis. Con eso se alcanza la oscura zona periférica de la enfermedad mental. Si el paciente sigue en decadencia, su agotamiento trae consigo una perturbación mental sin solución, con lo cual se extingue la razón y desaparece la memoria. En ese estado el paciente vegeta sin participar en su entorno, y tiene que ser alimentado artificialmente.

Se puede agregar que durante la fase de agotamiento en aumento, siempre existe el peligro de que un Yo inferior de la categoría de los espíritus que hacen ruidos (un ser espiritual separado de su Yo medio) tome posesión del cuerpo del paciente, expulsando a sus dos Yoes. En tales casos la energía corporal regresa, por cierto, pero ya no existe la facultad de recordar, porque el Yo inferior original está desconectado, y falta capacidad de juicio y de pensamiento, porque el Yo medio original ha abandonado el cuerpo.

Con la enorme cantidad de casos violentos de muerte que ocurrieron en las dos guerras mundiales, es inevitable que actualmente existan muchos más espíritus de la clase del Yo inferior o de espíritus que hacen ruidos, que solamente esperan su oportunidad para tomar posesión de un cuerpo. Permanentemente leemos artículos que se refieren al alarmante aumento de enfermedades mentales. Sobre la base de evaluaciones se puede contar con que si sigue aumentando la cifra de enfermos mentales de acuerdo con la actual curva de desarrollo, ya en pocos años tendremos tantos enfermos mentales, que no habrá a disposición suficiente gente sana para alimentarlos y cuidarlos.

Por eso, ya por razones de autoprotección tenemos que tratar de aprender con cuáles métodos los Kahunas lograban sus grandes éxitos en el combate del complejo simple y doble y a qué tratamiento sometían a las infelices víctimas de posesión.

Primero empezaremos con la primera parte del problema.


Caso 25
Los Kahunas trataban enfermedades causadas

por complejos simples y dobles

Comentarios preliminares:
Como la moderna psicología todavía es nueva y no está suficientemente desarrollada, me pudo ayudar poco cuando trataba de tener en claro lo que los Kahunas hacían en realidad, cuando liberaban a pacientes de sus complejos. Su éxito me indicaba por cierto, que ellos poseían un método superior, pero – incluso después de un estudio minucioso – no pude darme cuenta claramente de cuáles actividades o fuerzas mentales utilizaban. Ambos factores permanecían imperceptibles y se llevaban a cabo en silencio. En ese entonces solamente podía sacar mis conclusiones de los aspectos externos de la práctica y del ritual. Tan sólo después tuve en claro lo que en realidad ocurría.

Circunstancias:
A) En el año 1926 trabajaba en Hawai un hombre joven amable, saludable y bondadoso, como conductor de un auto de arriendo. Él había sido educado muy religioso por su padre y se había casado con una mujer muy religiosa. Él iba a la iglesia en forma concienzuda.

Algunos años después del matrimonio él se enamoró profundamente de otra mujer; sin embargo, siguió sintiendo afecto por su propia mujer. Su conciencia lo oprimía y él se hacía reproches por haber pecado. Su esposa supo de su infidelidad, pero lo perdonó después de una tormentosa escena y le hizo prometer que en el futuro no le daría más motivos para reclamar.

Pero antes de que terminara el año, él se había desviado nuevamente del camino. Esta vez no fue descubierto, pero su sentimiento de culpa era mayor que anteriormente.

En ese tiempo él se agarró un resfrío que empeoró y mostró síntomas de gripe. Pese a la excelente ayuda y atención médica especializada, no hubo ningún mejoramiento. Por el contrario, el joven se debilitó cada vez más. Perdió el interés por su entorno, no consumió ningún alimento más y giró su cara resueltamente hacia la pared.

Después que su esposa escuchó de los médicos que a él le quedaba poco tiempo de vida, le pidió ayuda – en esa avanzada fase de la enfermedad – a uno de los pocos Kahunas que todavía practicaban cerca de Honolulu.

El viejo Kahuna escuchó atento el relato de la mujer y preguntó qué había dicho el médico blanco. Hizo algunas preguntas y se hizo cargo del tratamiento. Desnudó el cuerpo del enfermo y comenzó a frotarlo lentamente. De tiempo en tiempo hacía una pausa y frotaba lentamente sus propias manos, una contra la otra, luego se las imponía al enfermo sobre la espalda, el pecho y la cabeza y le decía constantemente con voz suave, que él le estaba suministrando fuerza y que lo estaba dejando nuevamente saludable y fuerte.

Después de un momento comenzó a interrogar al hombre; le preguntó si había hecho algo con lo cual otra persona había resultado perjudicada. Le preguntó si había cometido algún pecado. Al principio el paciente se negaba tenazmente a contestar las preguntas. Pero finalmente comenzó sin pensar a hablar de sus “pecados”. Después de esa confesión el paciente pidió que lo dejaran solo, para que pudiera morir en paz.

El Kahuna lo contradijo en forma cuidadosa. Llamó a la mujer, que entretanto había preparado té de hojas de Ti autóctonas, y le dijo simplemente que su esposo había pecado contra ella y ahora quería morir, porque no quería enfrentarla más. Por un momento la mujer comenzó a enfurecerse, pero en vista del peligro de muerte que corría su esposo, decidió perdonarlo otra vez. Ella lo besó y lloró; después volvió a la cocina.

De acuerdo con un ritual muy antiguo, el Kahuna sacó cuatro pequeñas piedras blancas de un paquete que había traído. Colocó una en cada poste de la cama y a cada una le dio la orden de mantener alejados a los malos espíritus, como una muralla protectora, para que no pudieran perturbar el tratamiento. Después hundió en agua de mar un manojo de hojas verdes y roció con éstas el cuarto, mientras ordenaba otra vez que todos los espíritus no deseados tenían que abandonar el lugar.

La mujer trajo un cocimiento de hojas de Ti en agua de mar. El cocimiento fue diluido con agua fría en una cáscara de calabaza. Con un cepillo de hojas de Ti verdes en forma de espada, el Kahuna se acercó al paciente y le dijo que ahora que la mujer lo había perdonado, sus pecados serían limpiados con el agua que había en la cáscara. Describió con exactitud cómo los pecados serían disueltos y limpiados en el agua. Roció el cuerpo del paciente con el agua y lo escobilló intensamente con las hojas. Tomó nuevamente un poco del agua para lavar en la cáscara de calabaza. Después dijo que todos los pecados habían sido limpiados y que ahora se encontraban en el resto de agua que había en la cáscara. Le pidió a la mujer que levantara la cabeza del paciente, para que él pudiera ver con sus propios ojos cómo el agua cargada con los pecados era derramada delante de la puerta y exterminada para siempre. Después el paciente fue secado y levemente masajeado, junto con lo cual se le dijo que sus fuerzas regresarían rápidamente y que pronto tendría mucho apetito y querría comer y dormir. Después de la reanimación el Kahuna le aseguró al paciente que su sanación mostraba buenos avances. La fuerza del hombre efectivamente volvió en forma rápida, él comió y se quedó otra vez dormido. Cuando despertó horas después, se sentó y pidió nuevamente comida. Su esposa le trajo una sopa espesa y él se sentó derecho y hablaba feliz con su esposa, cuando el médico blanco hizo su visita. Éste estaba hacía tiempo en las islas y tenía una gran experiencia. Después de un minucioso examen del paciente, se dirigió a la esposa de éste y preguntó: “¿Tuvieron uno de los otros médicos?” Ella asintió con la cabeza. Él médico salió y sacudió asombrado su cabeza.
B) Cuando yo vivía en Honolulu, en la casa del lado vivía una joven mujer blanca que desde hacía poco tiempo estaba casada con un oficial de marina. Antes de su matrimonio ella había sido una metodista rígida, que había considerado un pecado bailar y que beber alcohol lo había considerado incluso un pecado muy grave. Su esposo la introdujo en un círculo de personas, para las cuales bailar y beber alcohol era una práctica cotidiana. También se la indujo riendo a tomar parte en la diversión, y con el correr del tiempo ella dejó su antiguo recato y comenzó a aprender a bailar y a tomar bebidas alcohólicas. Durante un baile en la casa de un amigo, ella tropezó con una alfombra y se torció un pie. Era sólo una torcedura leve y ella siguió bailando. Pero al día siguiente el pie seguía torcido. Tampoco mejoraba, sino que después de una semana aproximadamente, estaba incluso peor. Ella fue donde un médico, que examinó el tobillo y le tomó una radiografía; pero no se encontró ninguna explicación para la demora del mejoramiento. Poco tiempo después la dama apenas podía caminar. Se formó una extraña herida profunda debajo del tobillo. El médico trajo un colega. Todo parecía enigmático. Cuando todos los intentos de tratamiento fracasaron, la joven mujer vino hacia mí y preguntó si los Kahunas, de los cuales me había escuchado relatar una vez, eran capaces de ayudar. Le aconsejé que hiciera un intento y ella accedió.

El Kahuna era un hombre joven, que por cierto no tenía la experiencia de los sanadores mayores, pero que compensaba eso con una mayor habilidad mundana. Él supuso de inmediato que se trataba de un complejo, o, como dicen los Kahunas, “eso que devora desde adentro”. Él preguntó qué tipo de pecados había cometido, y ella nombró de inmediato bailar y consumir bebidas alcohólicas. A continuación ella le contó de su antigua posición religiosa. Con gran paciencia el Kahuna se puso manos a la obra. Le explicó a ella cómo piensan los Kahunas acerca de pecados de todo tipo. (Los Kahunas tienen una forma muy simple para establecer qué es pecado y qué no lo es. Hay que preguntarse a sí mismo, si por medio de lo que uno ha hecho ha resultado dañada otra persona o han sido heridos los sentimientos de otra persona. Si por medio de lo que se ha hecho, ninguna otra persona ha sido dañada de algún modo, entonces no ha habido pecado). Él también le explicó la profunda lógica de esa creencia Kahuna. Le dijo que Dios era demasiado superior y tan poderoso, que no podía en absoluto ser dañado por acciones del ser humano. Poco a poco él logró convencer a la dama de que bailar y tomar bebidas alcohólicas no eran pecados verdaderos. Después que había ocurrido eso, él realizó un ritual para perdonar pecados, roció sus brazos desnudos y la cara con agua salada y explicó que todos sus pecados estaban perdonados y limpiados. Después masajeó cuidadosamente el tobillo herido diciéndole a ella una y otra vez, que éste comenzaba a sanar. Vendó el tobillo con una cataplasma de yerbas autóctonas y le encargó que con la mayor frecuencia posible se dijera a sí misma en voz alta: “Yo no puedo pecar contra Dios. Yo soy demasiado pequeña para eso. Todos mis pecados me han sido perdonados. No he dañado a nadie. Mi tobillo sanará rápidamente”. En poco tiempo se evidenció el éxito del tratamiento. La herida se cerró y sanó, sin quedar casi ninguna cicatriz a la vista. El tobillo recuperó pronto toda su fuerza y agilidad. Como la joven mujer no se había dado cuenta claramente que sus dificultades se basaban en su modificada posición con respecto al baile y al alcohol, olvidó la orden del Kahuna. La autoconfirmación: “Ningún daño – ningún pecado”, cayó en el olvido. Ella volvió a bailar y también bebía un poco. Pero como las costumbres en la forma de pensar vuelven fácilmente (como por ejemplo, también la costumbre de fumar o de beber en exceso), sus dos Yoes recayeron poco a poco en la antigua creencia. De ese modo a ella le entró entonces la inquietud de que el Kahuna tal vez estuviera equivocado y que las enseñanzas religiosas de su niñez fueran correctas.

Una mañana se horrorizó al encontrar que la herida se había abierto nuevamente. Fue otra vez donde el Kahuna y le pidió que la sanara nuevamente. Después que él la hubo interrogado otra vez, se negó con el siguiente fundamento: Una antigua costumbre en la forma de pensar que ha sido erradicada alguna vez y que aparece nuevamente, no puede ser erradicada por segunda vez. Finalmente el tobillo fue operado y fue extraído un pedazo de hueso. Es de suponer que la mujer sufrió con eso suficientes dolores, como para convencer a su Yo inferior que había corregido sus pecados. Dejó de bailar y de tomar bebidas alcohólicas y la inflamación no volvió nunca más.

Comentario:
En el caso anterior es importante recordar que el Yo medio con el Yo inferior pueden compartir un complejo.

En el caso “A” el hawaiano había “pecado” frente a su mujer por medio de infidelidad. Ninguna ceremonia de perdón lo habría podido convencer de que no había pecado. Para demostrarle a su crítico Yo medio que realmente había sido perdonado, la mujer tuvo que pronunciar el perdón. Él tuvo que ver a la mujer y escucharla decir las palabras de perdón. Eso fue para él el estimulante físico, por medio del cual el Yo inferior fue realmente impresionado, después que había traído una enfermedad sobre el hombre, como castigo por el pecado. Aunque este caso no se refiere a un complejo oculto profundamente arraigado, ya ilustra muy bien, sin embargo, cómo se pueden originar enfermedades por medio de ideas fijas intensas, que se forman en conexión con acciones y en las cuales participa tanto el Yo inferior como el Yo medio.

Los Kahunas enseñaban que nada puede ser pecado, mientras otra persona no salga dañada. Esa verdad debería gritarse a los cuatro vientos, para que por fin nos liberemos de las consecuencias de la opinión que es pecado romper tabúes dogmáticos de las diferentes religiones. Jamás sabremos cuántos miles de casos de enfermedad, trastorno mental e infelicidad, tienen su origen en complejos que fueron formados en la niñez por medio de opiniones religiosas (como por ejemplo, la convicción de la joven dama en el caso “B”, que bailar y consumir bebidas alcohólicas es pecado). El impulso sexual es tal vez la fuente más productiva de ideas complejas de culpa de pecado, con las que tenemos que luchar, desde que cuando éramos niños se nos enseñó la castidad y teníamos que contar con humillación o castigo, si tan sólo manifestábamos interés por lo sexual. Profesores religiosos nos implantaron la opinión de que sentir deseos sexuales es pecaminoso, y que por eso nuestros hijos nacieron del pecado y en pecado.

La posición de los Kahunas hacia el sexo era completamente lógica. Si la actividad sexual no perjudicaba a ninguna otra persona, entonces no era vista como pecado. Pero en ningún caso tales acciones eran pecado contra entes superiores. Pecados eran simplemente aquellas acciones, por medio de las cuales se les ocasionaba daño o dolor a otros.

El Dr. Siegmund Freud, el descubridor del subconsciente (o Yo inferior), encontró que éste, con el intento de sanar una enfermedad por medio de sugestión, muchas veces se negaba a aceptar la sugestión respectiva. En su búsqueda de la causa de ese comportamiento, Freud se encontró con el complejo, que puede estar fijado en el Yo inferior. Se constató que el sugestionable Yo inferior rechaza aquellas sugestiones que contravienen sus opiniones morales fijas o su eventual creencia tipo complejo en alguna realidad imaginaria.

Posteriormente se descubrió todavía lo siguiente. Si se le impide al Yo inferior actuar de acuerdo con su complejo, entonces éste “transforma” el complejo, es decir, lo modifica de tal modo, que después parece tener solamente poca relación con su forma original.

En un muchacho pequeño se había desarrollado una aversión tipo complejo contra ir a la iglesia. Tal vez lo habían obligado a ir a la iglesia, incluso cuando estaba enfermo, débil o indispuesto de algún modo. (Tal vez incluso lo habían castigado cuando no manifestaba satisfacción por ir a la iglesia). De ese modo se había producido entonces un complejo tipo conmoción. El joven quería a sus padres y se esforzaba por obedecerles cuando le explicaban que tenía que ir a la iglesia. El joven intentó incluso querer a la iglesia, como se le había dicho, y también parecía suficientemente convencido de que su deber religioso era participar en la misa. Pero el subconsciente, en el que se había formado como complejo la aversión contra ir a la iglesia, demostraba una perspicacia y una astucia similar a la de los animales.

Su asentada decisión de no ir a la iglesia se convirtió en una fuerte aversión contra el olor a incienso. El joven se sentía mal cada vez que había olor a incienso, y tenía que ser sacado de la iglesia lo más rápidamente posible. La situación se convirtió entonces en que el joven estaba dispuesto a ir a la iglesia, pero simplemente no podía permanecer ahí. Es decir, el subconsciente se había impuesto.

Con complejos que tienen su origen en inhibiciones y represiones sexuales, el Yo inferior a menudo modifica repetidas veces la apariencia exterior del complejo. Como consecuencia, a veces no se logra sacar a la luz el complejo original, pese a un extenso estudio psicoanalítico de los sueños y de las asociaciones de ideas libres del paciente. Pero eso es necesario, para que ese complejo pueda ser sometido a “racionalización” y hecho inofensivo o colocado bajo el control del Yo medio, como todos los pensamientos e ideas normales.

Freud aseguraba que todos los complejos provenían de frustraciones sexuales. Posteriormente, los psicólogos modificaron la rigidez y la parcialidad de esa opinión; no obstante, existe todavía actualmente una escuela de psicólogos que piensan como Freud y que tienen fuertes argumentos para apoyar su opinión.

Como el Yo inferior que tiene un complejo, rechaza aquellas sugestiones destinadas a eliminar síntomas de perturbación condicionados por el complejo, el valor de sanación de las sugestiones puede disminuir en gran medida. En el caso “B”, por ejemplo, el Yo inferior de la joven dama tendría que haber rechazado la sugestión de sanación, después que el complejo, con la segunda aparición de la inflamación, se había presentado nuevamente. Los Yoes inferiores rechazan cualquier sugestión hipnótica que atente contra la concepción moral fundamental de la persona que es hipnotizada. Por eso, un hipnotizador no puede obligar a su sujeto a hacer algo que éste considera inmoral.

Como el Yo inferior causa todas nuestras emociones, casi siempre se puede establecer la existencia de un complejo o de una fijación, examinando si se producen reacciones emocionales cuando se provoca al complejo. Todos nosotros conocemos personas que por motivos relativamente insignificantes de pronto se enfurecen. A menudo basta una sola palabra para eso. Las pequeñas cosas que causan las explosiones emocionales son en cierto sentido el “gatillo”. Basta con apretarlo una vez, para poner en movimiento la insospechada fuerza de todas las emociones relacionadas con las circunstancias que han formado el complejo.

Pero existen también complejos deseados. En conexión con el trabajo diario, toda persona desarrolla muchos tipos de complejos. Cuando, por ejemplo, suena el despertador, nuestra costumbre de levantarnos se impone incluso contra el deseo de seguir acostado. Nosotros seguimos nuestras buenas costumbres.

Uno de los trucos con el que el Yo inferior trata de imponerle sus deseos al Yo medio, es inundando al Yo medio con un gran chorro de emociones, con el que éste último habitualmente es abrumado. Olas de odio, de deseo o de aversión son igualmente conocidas que aquellas de añoranza y nostalgia. De todas las emociones, es el amor el que merece un estudio especial por parte nuestra. Éste parece ser la emoción que más puede dividir al Yo medio. A la atracción física fundamental se agregan a menudo, como otros componentes, el amor paternal o el amor infantil; y a esto se pueden agregar también el reconocimiento y la admiración que se siente por el Yo medio de la otra persona, que han nacido de la lógica y la razón. La mezcla emocional resultante es una de las fuerzas más apremiantes en todos los planos de consciencia.
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