El descubrimiento de la enseñanza huna max freedom long indice




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XVIII
El secreto que les hizo posible a los Kahunas

el milagro de la sanación inmediata

La sanación inmediata es, desde el punto de vista religioso, un milagro. Sentimos admiración y profundo respeto y no podemos comprender cómo se lleva a cabo una sanación así y a través de qué medio ocurre. Sólo podemos decir, “Dios ha ayudado”.

La mayoría de los milagros son considerados oraciones concedidas. Se cree que para poder orar de manera eficaz hay que ser “puro”, porque de lo contrario la oración no puede ser escuchada. Pero sin embargo, personas que consideramos completamente puras y santas, la mayoría de las veces no obtienen mejores respuestas que personas normales con actitudes mundanas.

Esos hechos han dado que pensar tanto a los teólogos como a los laicos durante muchos años. Se ha descubierto, por cierto, que algo no cuadraba en la filosofía, pero no se sabía qué era. Incluso aquellas oraciones en las que se invocan santos para que intercedan ante Dios, tampoco han conducido a mejores resultados que la costumbre de los cristianos de dirigir sus oraciones a Dios en nombre de Jesús.

El descubrimiento del mesmerismo trajo los primeros rayos de luz a ese antiquísimo problema. A primera vista eso puede tal vez parecer extraño. Sin embargo, ya no es extraño si se piensa que las religiones tienden a cristalizarse en dogmas inflexibles y que rechazan incluso los más mínimos intentos de cambiar algo en sus rituales, en sus creencias o en sus teorías.

El mesmerismo era un excelente procedimiento de sanación. Pero poco después de su descubrimiento los sucesores de Mesmer se vieron obligados, debido a los muchos fracasos, a buscar métodos para mejorar el tratamiento por medio de transmisión de fuerza vital. En Europa y en América se comenzó a experimentar. El Dr. Freud descubrió finalmente el secreto del subconsciente y la naturaleza de la sugestión. Al contrario que los Kahunas, que estaban en el otro extremo del mundo, él estuvo muy lejos de comprender que el Yo inferior es un espíritu independiente y autónomo, y que la sugestión no es otra cosa que el hecho que se implantan formas de pensamiento en el Yo inferior y que éstas son recibidas y obedecidas por éste.

Es asombroso que Freud se haya acercado tanto al redescubrimiento de las antiguas enseñanzas psicológicas. Pero más asombrosa es la constatación de que algunos años antes un relojero norteamericano llamado Phineas Parkhurst Quimby descubriera a través de la aplicación del mesmerismo con fines de sanación, el Yo superior de los Kahunas, como también la alta tensión de la fuerza vital. Si los dos hombres hubieran vivido en el mismo país y hubieran combinado sus estudios, tal vez habrían redescubierto los fundamentos de la sanación milagrosa. Pero cada uno trabajó para sí mismo y sus descubrimientos no dieron en el blanco. La historia del Dr. Freud es bastante bien conocida, pero la de Quimby no. Las únicas informaciones auténticas sobre los trabajos de Quimby las entrega Horatio W. Dresser en su libro “The Quimby Manuscripts”.

Por el año 1840 Quimby aprendió el mesmerismo en Nueva Inglaterra de un viajero francés. Éste hacía presentaciones en varias partes y al mismo tiempo se dedicaba a hacer experimentos de sanación. A él le gustaba ocupar como persona de experimento a un joven llamado Lucius Burkman. Bajo influencia mesmérica Lucius solía anunciar que podía ver las causas de enfermedad de los enfermos; él recetaba entonces un antídoto que la mayoría de las veces era de tipo médico. Pero los resultados se podían designar, en el mejor de los casos, como inseguros.

Sin embargo, al adquirir más experiencia se presentaron mejores resultados, o con Lucius, con el mesmerista, o incluso con ambos. En todo caso el joven obtenía cada vez más frecuentemente peculiares estados de iluminación. Ya hacía tiempo que él podía ver cosas que ocurrían en lugares muy lejanos. Pero ahora también podía a veces ver cosas futuras. Un día que fue mesmerizado, le dijo sorprendentemente a Quimby: “Veo sus riñones. Usted tiene una disminución de la función renal. Pero si viene hacia mí, le impongo mis manos y lo sano”.

Efectivamente Quimby había tenido problemas renales desde mucho tiempo atrás. Se puso a disposición para el experimento y dejó que Lucius impusiera sus manos sobre los riñones enfermos. Después de algún tiempo Lucius retiró las manos y explicó que la sanación se había realizado. Hasta donde Quimby pudo constatar, la enfermedad efectivamente había sido eliminada. Todos los dolores y síntomas desaparecieron desde ese momento.

La sanación inmediata de su propia dolorosa enfermedad impresionó mucho a Quimby. Él se convenció de que Lucius había pulsado una desconocida fuente invisible, y dedujo que a él mismo también tenía que serle posible valerse de la fuerza de esa fuente. De inmediato comenzó con experimentos; en éstos él mostró una gran capacidad y demostró ser un verdadero genio.

De los registros acerca de su trabajo se deduce que después de un considerable gasto de tiempo y esfuerzo, él aprendió a conectarse con el mismo “algo” que Lucius ya había conocido. De vez en cuando él logró incluso, solamente por medio de su fuerza de voluntad, inducir a ese “algo” a producir sanaciones. Él no llegó a saber qué era ese “algo”, pero a veces percibía su presencia por contacto. La presencia de ese “algo” producía sanaciones casi milagrosas. Quimby estaba profundamente impresionado y reconocía en el “algo” la verdadera personificación de la sabiduría. Como él no conocía otro nombre para eso, y como sentía que el “algo” era demasiado personal y cercano como para que pudiera ser Dios, decidió llamarlo simplemente la “sabiduría superior”.

Su método para entrar en contacto con la “sabiduría superior” se basaba en una invocación u oración silenciosa. Él había aprendido ese método después de mucho tiempo de práctica. Si se producía el contacto, éste estaba acompañado de una sensación de gran fuerza y poder, que él empleaba para sanar; a esa fuerza él la llamaba simplemente “el poder”.

Poco a poco Quimby aprendió a manejarse cada vez mejor con la “sabiduría superior” y su “poder”. Constató que bastaba con sentarse al lado de un paciente y pedirle silenciosamente a la “sabiduría superior”, que hiciera una diagnosis y que realizara la sanación. Por medio de un proceso mental interno se le hacía saber cómo transcurriría la sanación. A veces él sabía que la sanación duraría varios días, y tomaba conocimiento desde adentro, cómo se sentiría el paciente día a día. Tal vez el paciente se sentía durante los días siguientes peor que hoy, pero él sabía que la sanación comenzaría al día siguiente. Muchas veces él también percibía que un paciente no podía ser sanado, y siempre era para él un enigma que después de todo hubiera algo que estaba fuera del poder sanador de la “sabiduría superior”. Él reflexionaba acerca de las posibles causas y finalmente llegó al convencimiento de que tal vez un médico tenía que haber dado involuntariamente sugestiones mesméricas negativas al examinar al paciente.

En el esfuerzo por eliminar esos presumibles efectos de sugestión, él le informaba al paciente que su enfermedad había sido ocasionada por la sugestión de los médicos. Por muy ilógica que fuera esa medida en sí, conducía a buenos resultados y por eso se mantuvo. (Con eso él parece haberse adelantado a un desarrollo que recién comenzó después de la Segunda Guerra Mundial. En tiempos posteriores se muestra la tendencia a implantarle al paciente un complejo artificial y hacerle creer que éste es la causa de su enfermedad. El complejo artificial es entonces eliminado, y con eso se llega a menudo a una mejoría o a la sanación).

Pero el obstinado experimentador no se dio por satisfecho con eso. Él se esforzaba por recurrir a profundas creencias religiosas del paciente para la sanación. Como él constató que la mayoría de sus pacientes no esperaba explicaciones lógicas, les explicaba con toda seriedad que Dios, que era absolutamente perfecto, no podía haber creado nada imperfecto en su creación. Por eso entonces todas las enfermedades, dificultades e imperfecciones eran producto de la mente humana. Éstas eran imaginarias y de naturaleza transitoria. De ahí él dedujo a su vez que alguien que reconociera esa gran verdad y creyera en ella, necesariamente tenía que ser sanado. Se inducía a los pacientes a negar la realidad de su enfermedad, y en esos esfuerzos eran apoyados por medio de sugestiones mesméricas. (Esa era una forma realmente impresionante de luchar contra creencias fijadas del Yo inferior y medio. Él eludía los habituales complejos de culpa o de “pecado” echando en una olla la culpa y los pecados del paciente junto con los otros males y pensamientos similares. Cuando durante el tratamiento se le negaba la posibilidad de existir a todo lo imperfecto, automáticamente eran incluidos los complejos de culpa y ya no podían ocasionar enfermedades).

La palabra “telepatía” todavía no existía en aquel entonces, pero el fenómeno ya era conocido con el nombre de “Rapport”. Quimby descubrió que a un paciente con el que había estado en contacto una vez, podía tratarlo con los mismos medios con los cuales estaba conectado por medio de “Rapport” con sus sujetos mesméricos. También constató que de ese modo podía enviar sugestiones de sanación y obtener informes acerca del avance de la sanación. Es decir, parecía abrirse un canal, a través del cual podía actuar sanando el poder de la “sabiduría superior”. A ese tipo de sanación él la llamó “tratamiento a distancia”.

Al aumentar el número de sus pacientes, él comenzó a entregar por escrito sus explicaciones acerca de la perfección de Dios y de la irrealidad de todo lo imperfecto. De tiempo en tiempo él corregía esas explicaciones. Tenía diferentes copias que les entregaba a los pacientes, y les pedía que las leyeran una y otra vez, hasta que hubieran absorbido por completo las ideas allí presentadas.

Uno de los pacientes era la señora Patterson (en adelante señora Eddy). Ella ya había sido sanada una vez, pero sus antiguos disturbios nerviosos se habían presentado nuevamente, de manera que fue necesario un nuevo tratamiento. Ella se familiarizó mucho con los métodos de Quimby y con las explicaciones que él había escrito acerca de sus enseñanzas.

Quimby falleció en 1865. Cuando el padecimiento nervioso de la señora Patterson se había manifestado nuevamente en ese tiempo, ella ya no tenía ningún sanador al que hubiera podido dirigirse. En el esfuerzo por aplicar el sistema de Quimby para su propia sanación, ella tuvo éxito, y es notable que ella lo haya hecho sin sugestión mesmérica. Cuando se dio cuenta que las enseñanzas de Quimby acerca de la irrealidad del mal eran suficientes como base para resultados positivos, comenzó a elaborar minuciosamente la enseñanza, para también mostrarles a otros cómo ella podía sanar. Organizó un nuevo culto, al que llamó “Ciencia Cristiana”. A las enseñanzas originales ella les agregó la idea del “magnetismo animal enemigo”. A causa del desconocimiento de la forma de trabajar el complejo, esa idea había resultado ser necesaria para hacer comprensibles dificultades inexplicables que se presentaban en la sanación. (Entre ellas también estaban por cierto todas las dificultades ocasionadas por ataques de espíritus a personas vivas, incluso allí donde no se distinguía esa causa).

La enseñanza de Quimby de que la enfermedad es el resultado del pensamiento humano inapropiado, era correcta en parte. La no observancia de la substancia física y de su existencia que se deduce de ahí, era por cierto altamente absurda, pero no se podía evitar, si sobre la idea fundamental de Quimby se quería construir un sistema de sanación, sin conocer el complejo y los métodos para tratarlo.

La Ciencia Cristiana tuvo, por eso, que seguir siendo ilógica en ese sentido; pero la estructura básica tenía la ventaja de ser fácil de concebir, y por medio de lectura frecuente de los libros de instrucción, el Yo inferior se podía inducir a aceptar la creencia en la irrealidad de las cosas físicas.

En las manos de practicantes que sabían aplicar la “sabiduría superior” y su “poder”, el sistema funcionaba muy bien. Pero lamentablemente, a causa de la imperfección del sistema, sus errores son tan considerables como sus éxitos.

Quien quiera llegar a ser un practicante reconocido, tiene que implantarse, como una fijación de idea, la creencia inquebrantable en esa enseñanza. Pero con eso le es imposible aceptar y reflexionar nuevas ideas. A un practicante de la Ciencia Cristiana probablemente le sea imposible adoptar aunque sea lo más mínimo de la enseñanza Kahuna que es mucho más completa. Pero sin embargo – visto como totalidad – los practicantes de la Ciencia Cristiana han logrado en occidente el mayor acercamiento a la magia superior. Muchos de ellos saben ponerse en contacto con el Yo superior. Muchos de ellos han aprendido a encontrar la forma correcta de pensamiento para la oración y a mantener la “tónica” a toda costa y con una fe admirable. Sin estar conscientes de eso, muchos de ellos envían al “Yo superior” suficiente fuerza vital y con eso le posibilitan formar el futuro, ya sea para la sanación o para el mejoramiento de la situación económica del paciente. El tratamiento a distancia les ha enseñado a muchos a entrar en contacto telepático con el paciente. Si esos practicantes también pudieran aprender a inutilizar el complejo de culpa y otros complejos por medio de rituales que van acompañados de estimulantes físicos, y pudieran, además, aprender a implantar grupos de formas de pensamiento de sugestión de fuerza vital, sus resultados serían esencialmente mejores. Como última fineza quedaría entonces finalmente aprender todavía cómo hay que enfrentar la posesión y los ataques de espíritus extraños.

Otro culto que se originó como consecuencia directa de los descubrimientos de Quimby fue “New Thought” (Nuevo espíritu). Ese grupo, organizado informalmente, tenía diferentes conductores y se ramificaba en diferentes orientaciones. Ya bien al comienzo se abandonó ahí la ilógica enseñanza de la irrealidad de la materia y se tomó orientación decididamente de una idea que proviene de la India y que en su mayor parte tiene su origen en J. Troward. Esa idea se refiere a que con la retención del pensamiento en algo deseado se ejerce una especie de influencia sugestiva sobre el “inconsciente universal”, con lo cual éste es forzado a materializar la cosa o situación imaginada mentalmente. Las “aprobaciones” o las actitudes positivas hacia la “realidad de Aquí y Ahora” de los asuntos deseados, llegaron a ser habituales. Se desarrollaron solamente pocos practicantes competentes. (En general trabajaba “cada cual para sí mismo”. Pero los resultados eran sorprendentemente buenos; sobre todo si se piensa que esa enseñanza solamente ocupa un pequeño sector de la magia).

La teosofía que – en gran parte por medio de Madame Blavatzky – adoptó las teorías de la retención de pensamientos y de la forma de pensamiento de la India, adoptó también las doctrinas de karma y reencarnación y como consecuencia se dedicó solamente poco a la sanación del cuerpo y al mejoramiento de la situación económica.

Aparentemente el pensamiento religioso moderno tiende a la asimilación de los descubrimientos de la psicología; pero por otro lado demuestra una tendencia demasiado fuerte a la “cristalización”, como para que pudiera permanecer suficientemente flexible para adaptarse a los siguientes descubrimientos psicológicos. En ninguna parte se llega tan rápidamente a la arteriosclerosis como en una religión cuyos libros son escritos y sus dogmas son establecidos.

Entre las “religiones reveladas” del último siglo encontramos el mormonismo y el Oahspe. El mormonismo no contiene nada esencial en relación con la magia, ni nada que también se encuentre en el cristianismo más antiguo. El Oahspe en cambio, le trae a uno los sufrimientos de Tantalus, con sus muchas referencias a significados y mecanismos mágicos ocultos que - visto superficialmente – se encuentran en una especie de historia de todos los seres humanos y dioses – bajo un dios supremo – desde los tiempos de la creación.

En muchos sentidos concuerdan las declaraciones de la Biblia Oahspe con la antigua enseñanza Huna; y a causa de las complicadas enseñanzas que hasta ahora no han sido comprendidas completamente y que se ramifican en diferentes orientaciones de pensamiento psicológico y científico, esa opinión todavía no se ha cristalizado como dogma. Es absolutamente posible que miembros de esa religión pudieran rendir todavía un trabajo experimental fundamental para la revisión de la creencia, de las teorías y de las prácticas de la enseñanza Huna. Si se cumplen las profecías de la Biblia Oahspe, los seres humanos aprenderán a colaborar con seres superiores en sanación y otros fines y recibir su conducción en muchos asuntos de importancia personal, nacional y mundial.

La enseñanza Huna aclara el polémico tema de la fe. Los cristianos y los seguidores de otras religiones han empleado especulaciones interminables acerca de la naturaleza de la fe. Se ha enseñado que la fe es necesaria para que una oración sea escuchada. Que incluso un poquito de fe ya es suficiente para eso. Visto superficialmente la fe se puede definir como el hecho de considerar algo completamente verdadero. Pero de los Kahunas aprendemos que la fe del Yo medio no basta; ésta sola no es fe. Sólo si también el Yo inferior cree en algo, se puede hablar de fe verdadera y efectiva. Para expresarlo con otras palabras: Si el Yo inferior tiene una fijación o una idea (a la que se aferra obstinadamente) que ya tiende a formar un complejo, la cual se opone a la idea que en ese momento lleva el Yo medio, entonces el Yo inferior se negará a obedecer la orden del Yo medio. Si yo, como Yo medio, estoy convencido, por ejemplo, que la telepatía es posible, y si trato de enseñarle al Yo inferior a enviar o recibir mensajes o pensamientos telepáticos, solamente puedo esperar un resultado si el Yo inferior no ha sido anteriormente instruido en el sentido de que la telepatía es una estupidez, producto de la superstición.

Para cada persona es difícil constatar si tiene una fijación de creencia de un tipo determinado en su Yo inferior. Pero como la mayoría de las veces no estamos conscientes de tales fijaciones, naturalmente suponemos que no tenemos ninguna. Cómo es en realidad, se puede simplemente examinar si observamos los resultados que obtenemos después del transcurso de un tiempo de fiel práctica diaria. Si no hay resultados, hay que buscar un complejo.

En el desarrollo de capacidades telepáticas, sea para el contacto con el Yo superior, con otra persona o con el espíritu de un fallecido, es muy útil el hecho de que el flujo de fuerza vital genera una sensación de hormigueo. Esa sensación de hormigueo nos indica que el Yo inferior obedece o ha obedecido la orden y ha logrado contacto para nosotros.

La mayoría de las personas conocen esa sensación de hormigueo, como si se pusieran los pelos de punta; se origina cuando se perciben entidades espirituales. Es de suponer que un espíritu, cuando nos toca con su cuerpo de sombra, extrae de nosotros un poco de fuerza vital y que esa corriente de fuerza vital ocasiona el hormigueo. Yo sentía frecuentemente ese hormigueo cuando comenzaba a relatarles a amigos acerca de los espíritus de personas fallecidas. Era como si el hecho de pensar en amigos fallecidos hubiera traído hacia mí sus espíritus.

Al dormir, el Yo superior toma por sí mismo contacto con nosotros y para eso se sirve - como creían los Kahunas – de la cuerda conectora de substancia de cuerpo de sombra. Los pensamientos del día con nuestros planes, esperanzas, temores, con amor y odio, son examinados y recibidos (tal vez como duplicados de formas de pensamiento; no conocemos el mecanismo exacto), y al mismo tiempo se nos extrae fuerza vital. Ésta es transformada a un estado de tensión más alta y utilizada por el Yo superior para formar un cuerpo de sombra que logra materializarse como parte de nuestro futuro. Tales formas de pensamiento eran llamadas “semillas” por los Kahunas y eran simbolizadas como semillas que, vitalizadas por el Yo superior, se desarrollan formando situaciones futuras en el transcurso del destino del individuo. (Ver comentarios de las palabras respectivas en el Apéndice).

Muchas veces nosotros mismos, cuando estamos durmiendo, percibimos el contacto con el Yo superior como un hormigueo, habitualmente en la zona del plexo sacro. Esa sensación se presenta muchas veces en el momento en que uno se queda dormido o también ya antes, cuando uno está totalmente relajado. El Yo superior no solamente nos extrae fuerza vital, sino que nos devuelve una fuerza como compensación. Acerca de esa fuerza compensatoria sabemos poco o solamente lo que es importante para nuestra salud y nuestro bienestar. A menudo me acuesto en las tardes para hacer una siesta corta y entonces siento ese hormigueo al adormecerme. Después que lo he percibido, me he sentido de inmediato reanimado y dispuesto a levantarme y a retomar mi trabajo diario. Si nuestro Yo inferior tiene un complejo de vergüenza o de culpa y rechaza el acercamiento del Yo superior cuando dormimos, entonces tenemos que contar con efectos negativos. Sin la influencia beneficiosa de la conducción superior, nos convertimos en “almas perdidas”. Perdemos nuestra vitalidad y nos enfermamos. Los Kahunas dirían que nuestro “sendero” hacia el Yo superior está bloqueado. Es una suerte para nosotros que el Yo superior pueda forzar el contacto en el momento dado. Al tener una enfermedad o dificultades, la mayoría de nosotros reza y de ese modo abre la puerta para esa ayuda. Y así regresamos al estado normal. Pero si el complejo es demasiado fuerte, la enfermedad que se deriva de éste o un accidente pueden conducir a la muerte. ¡Hay que mantener el “sendero” abierto!
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