El descubrimiento de la enseñanza huna max freedom long indice




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Caso 2



Un mago de feria utiliza magia auténtica



Comentario preliminar:
Por cierto suena asombroso, pero es cierto que algunas exhibiciones se basan en magia auténtica en vez de basarse en trucos mecánicos, que la mayoría de las veces suponemos que tienen que ver con eso.

En el caso del que hablaremos aquí, se trata de un hombre que viajaba con un grupo de artistas de feria y que nunca hablaba acerca de la magia que utilizaba (a no ser que se tratara de personas que mostraran un interés más profundo y que estuvieran en condiciones de comprender las verdaderas realidades).

El hombre y su esposa se presentaron en Honolulu. Ellos me explicaron su magia y me contaron cómo la habían aprendido. Aquí nos interesa solamente lo que hacían, no cómo lo hacían.

La llamada magia de fuego, tal como se puede ver a menudo en ferias, es una mala imitación de lo que deseo describir aquí. En general tales presentaciones consisten en cosas como mantener un cigarrillo encendido en la lengua y meterlo dentro de la boca, donde naturalmente el lado encendido se mantiene a una distancia segura de la carne. O alguien se llena la boca con bencina y enciende el vapor de ésta mientras sopla la bencina. Pero eso es absolutamente posible, porque los gases se mezclan con el oxígeno del aire y se pueden encender, tan sólo una vez que están suficientemente lejos de los labios.

Circunstancias:
El mago del fuego del que yo hablo, hacía su presentación en una pequeña carpa. Sólo una baranda lo separaba de su público, a una distancia de uno a dos metros. Sus utensilios consistían en una mesa de madera de pino, sobre la que colocaba los objetos que utilizaba. En el único número de su presentación en el que no aplicaba magia, su pequeño perro saltaba feliz a través de un estrecho neumático empapado con aceite que se estaba quemando.

Todo sucedía directamente ante los ojos de los espectadores. Él los invitaba a convencerse del calor de cada objeto, antes de que éste tomara contacto con la carne. Cada movimiento ocurría lentamente. No se intentaba hacer trampa o disimular algo.

En cada una de las dos exhibiciones que yo presencié, el mago demostró lo siguiente:

1. Hizo hervir agua en una taza y la bebió rápidamente, mientras ésta burbujeaba de lo caliente que estaba.

2. Pedazos de madera de pino del grosor de un dedo, fueron colocados en la llama de un mechero a gas, hasta que se habían convertido en carbón ardiente. El hombre tomó seis de aquellos trozos, mordió los extremos ardientes y los masticó.

3. Calentó gruesas barras de hierro hasta que estaban al rojo en el medio y después colocó su lengua varias veces alrededor de la superficie que estaba al rojo. Al hacerlo salía vapor con un chirrido desde su lengua desnuda.

4. Encendió la llama de un soplete normal para soldar y la reguló más bajo, hasta que la llama se puso de color verde azulado, que es como se usa para cortar; con esa llama cortó algunas barras de hierro. Después les entregó barras y el soplete a algunos espectadores para que los examinaran. Sin cambiar la regulación de la llama y sin utilizar protección o apagar la llama por un momento corto, dirigió varias veces el quemador hacia dentro de la boca. Al hacerlo, la boca permanecía bien abierta; se podía ver cómo jugaba la llama en su garganta. Junto con eso él dirigía la punta del quemador a los labios.

5. Calentó una barra de hierro al rojo y la tomó con las manos desnudas; con eso cualquier otro se habría quemado terriblemente. Después tomó un pesado cincel de hierro y lo calentó al rojo en el medio. Tomó la parte candente entre los dientes, agarró los extremos del fierro con las manos y lo dobló varias veces desde el medio hacia arriba y hacia abajo.

Comentario:
La demostración en la que el mago sostenía la barra con los dientes, me indujo a examinar minuciosamente sus dientes. Eran dientes fuertes y no eran postizos. Ese punto me interesó mucho, ya que el fierro al rojo permaneció casi diez segundos en estrecho contacto con los dientes incisivos superiores e inferiores. Aunque ese era uno de sus “trucos” corrientes, que él realizaba varias veces cada noche, el esmalte dental estaba impecable. Antes de la segunda presentación de la noche respectiva, me encontré con un dentista. Él me dijo que el contacto con un calor así, normalmente mata los nervios y destruye los dientes inevitablemente. Además, en caso de que los nervios todavía estuvieran en condiciones de trabajar, tendrían que originarse dolores insoportables. Finalmente, con el tiempo se producirían heridas ulcerosas, de manera que los dientes tendrían que ser extraídos. Poco antes de la segunda presentación raspamos cuidadosamente los cantos de los dientes con una cortaplumas. Queríamos estar seguros de que no se había aplicado ninguna substancia aislante, por muy delgada o transparente que fuera.

Por cierto la posibilidad de usar una solución aisladora de calor parecía sumamente imposible, porque la boca estaba mojada. Además, habría sido muy difícil que los bordes de los dientes sostuvieran un revestimiento así, si era tan delgado que no se podía ni ver ni raspar.


Caso 3
Un profesor de historia bíblica relata

Comentario preliminar:
El 21 de febrero de 1935 fui a una conferencia en la biblioteca municipal de Los Angeles. Habló el Dr. John G. Hill, profesor de historia bíblica en la Universidad de Sud-California. Su tema era “caminar sobre el fuego”. Él había tenido varias veces estadías largas en el Mar del Sur y en sus conferencias mostraba películas que había hecho en sus viajes.

Él relató que viajó desde Tahití a una isla vecina y que caminó más de 20 kilómetros por el campo, para ver la demostración del paseo sobre el fuego. Habían excavado una gran fosa y la habían llenado con troncos y piedras. Después habían mantenido un fuego durante muchas horas, hasta que las piedras ardían al rojo. Después de una devota invocación de “Nahine (diosa) de los cielos”, los que caminaban sobre el fuego anduvieron alrededor de la fosa y la atravesaron siete veces de ida y vuelta. En la ceremonia se utilizaron hojas de Ti, para tocar las piedras y quitarles el polvo. El Dr. Hill había utilizado mucho material para filmar. Trajo vistas de cerca de los pies y de la roca caliente, como también imágenes de los que caminaban sobre el fuego, caminando sobre las piedras, uno después del otro. Mostró a un aborigen al que lo habían obligado a caminar sobre las piedras calientes. Era una especie de prueba de fuego o juicio divino, por medio de la cual debía demostrarse su culpa o inocencia en un determinado asunto. Él se quemó terriblemente y los aborígenes lo consideraron culpable, aunque el afectado lo negaba en forma vehemente. Esa decisión se basaba en la opinión de que la persona en referencia no había merecido la protección de “Nahine de los cielos”. Cuando había terminado la ceremonia, el Dr. Hill y sus acompañantes blancos examinaron las piedras y llegaron a la siguiente conclusión: No se podía mantener las manos por más de 11 segundos sobre las piedras a una distancia de un metro. Demoró trece minutos hasta que comenzara a quemarse un manojo de ramas verdes mojadas que habían sido lanzadas sobre las piedras. Mientras se hacían esas pruebas, el mago superior invitó a los huéspedes a caminar sobre las piedras bajo su protección. Uno de los blancos se adhirió a los aborígenes que aceptaron la invitación. Él también caminó sobre las piedras. El Dr. Hill señala que en ese momento las piedras estaban casi al rojo. Los zapatos del hombre no estaban quemados; sus pies también estaban intactos. Pero es bastante extraño que el intenso calor quemó su cara hasta tal punto, que algunos días después se le despellejó.

Después de la conferencia me mezclé entre las personas que se habían agrupado alrededor del Dr. Hill para hacerle preguntas. Se le pidió, entre otras cosas, una explicación la caminata sobre el fuego. Él respondió que no conocía ninguna. Dijo que solamente podía suponer que en esto participaba un tipo superior de fuerza mental – un tipo de fuerza que era capaz de proteger a las personas de quemaduras por calor intenso. Pero indicó expresamente que esa era su opinión personal y que no pretendía calificarla como verdadera.

Se hicieron, además, las preguntas habituales, acerca de si es posible que se hayan utilizado ciertas substancias invisibles. El Dr. Hill explicó que eso era imposible, ya por la sencilla razón de que los zapatos del blanco no habían sido sometidos a ningún tratamiento previo, por lo que con seguridad se habrían arruinado con el terrible calor en condiciones normales.

En sus esfuerzos por seguir aclarando el misterio, el Dr. Hill contó de otra presentación de caminata sobre el fuego, que también había visto, pero no fotografiado. En esa ocasión, un joven blanco, al que le decían “místico blanco”, había declarado públicamente que si la magia del hombre moreno lo protegía, su Dios también podía protegerlo a él. El Dr. Hill habló incluso con el amable mago, que le dijo sonriendo que caminaría sin peligro sobre las piedras. Sin tomar en cuenta las protestas de los turistas blancos, el joven se sacó los zapatos y los calcetines. Se acercó al fuego con una expresión facial de concentración - aparentemente buscaba concentrarse en su tarea y mantener abierta su fe. Él siguió al mago sobre las piedras, y todo transcurría de manera excelente, hasta que comenzó una furiosa pelea de dos perros muy cerca de la fosa donde estaba el fuego. Por un momento el joven miró hacia allá, después levantó repentinamente un pie, pero su cara estaba nuevamente serena, y él continuó la caminata sobre las piedras. Como se vio después, el pie que él había levantado, tenía una gran ampolla en la planta. El Dr. Hill garantizaba ese hecho, pero no hacia ningún tipo de referencia a su posible significado.

Comentario:
Para aquellos lectores que no han podido ver las películas acerca de caminar sobre el fuego, que desde 1934 se exhibían a menudo en los noticieros de los cines, se dan a continuación algunas indicaciones acerca de literatura e imágenes.

El libro “The Colony of Fiji”, escrito por A. A. Wright, publicado por el gobierno de Fiji, contiene algunas buenas ilustraciones de caminatas sobre fuego. El hecho de que en ese libro, que es muy bueno, sólo se encuentre un único párrafo acerca de la más extraordinaria atracción para los turistas en Fiji, indica la influencia de la opinión científica en las publicaciones oficiales. Ese párrafo trata de manera sumamente breve solamente el mero hecho de caminar sobre el fuego, sin ninguna explicación adicional.

Otro libro, fácil de conseguir en las bibliotecas, es “Seatracks of the Speejacks”. En ese diario de vida de Jeanne Gowen se encuentran tanto imágenes como descripciones completas acerca de la magia del fuego y su trabajo.

En el libro de Herbert McQuarrie “Tahiti Days” (George H. Doram Co., 1920) hay un párrafo completo dedicado a la caminata sobre el fuego, y cinco imágenes muestran a los que caminan sobre el fuego, a los espectadores, la fosa donde esta el fuego y detalles de la presentación.

Caso 4
Caminar sobre el fuego como rito religioso en Birmania

Comentario preliminar:
Durante la mayor parte de mi estadía en las islas hawaianas, yo vivía del producto de un negocio de fotos y de arte que tenía en Honolulu. En el año 1929 había entre mis clientes un inglés que hizo un viaje alrededor del mundo. Él llevaba consigo una cámara filmadora de 16 milímetros y tendía especialmente a fotografiar todo lo que de algún modo estuviera fuera de lo normal. Yo ya lo conocía desde hacía algunos días, cuando vino una mañana a la tienda y preguntó si en Hawai había algo fuera de lo común para filmar. Yo sabía, por cierto, de ciertas cosas extrañas de Hawai, pero no podía decir a quién él hubiera podido dirigirse para fotografiar a un Kahuna practicando su magia.

En el transcurso de la conversación él mencionó que había sobornado a un sacerdote de cierto templo en Birmania, y así había obtenido la posibilidad de fotografiar desde un escondite en el balcón de un templo, la misteriosa y mundialmente famosa caminata sobre el fuego de los seguidores del dios del fuego Agni.

Yo le pedí que me relatara más acerca de eso y que me mostrara sus fotos. De inmediato regresó al hotel y trajo las filmaciones. A continuación describiré con todos los detalles lo que esa vez vi y escuché en mi pequeño cuarto de proyecciones detrás del negocio.

Circunstancias:
“Usted ve”, dijo mi amigo con el entusiasmo de un hombre que se dispone a descubrir el milagro de los milagros, “yo no solamente cuento tales cosas, sino que las fotografío. Y creo que es bueno que lo haga. Observe la película que deseo mostrarle ahora. ¡Si no hubiera hecho yo mismo la filmación, casi supondría que no había visto en absoluto todo eso! ¡Lo que vi allí es simplemente imposible! ¡Es contradictorio y va contra la naturaleza! Cualquiera con el que usted hable le dirá que algo así no puede en absoluto existir. Incluso yo tengo que decírselo - y al mismo tiempo lo he visto hace solamente tres meses con mis propios ojos”.

Mientras yo instalaba la película en la máquina proyectora, él no siguió hablando, sino que esperó hasta que yo alzara la vista hacia donde estaba él. Yo hice todo lo posible para expresar en forma convincente la esperada sorpresa.

Casi majestuosamente él dijo entonces: “¡Pues bien, comience! Pregúntese usted mismo si puede creer lo que le muestran las imágenes”.

Acerqué dos sillas e hice funcionar la proyectora. En el telón, al fondo del cuarto de proyecciones, aparecieron sombras de tamaño natural. Éstas centelleaban y se movían.

“Esa es la procesión”, explicó mi nuevo amigo. “Entró al patio del templo antes de la misa. Ahí… el grupo que está pasando… esos son los candidatos que fueron preparados desde hace años para la iniciación del fuego del culto Agni. Extrañas figuras al estilo mendigo esos muchachos morenos. Observe solamente las peculiares caras. Todos parecen reflexionar profundamente sobre algo mientras marchan. Parecen no darse cuenta de la multitud, que casi en estado de éxtasis había esperado verlos. Parece como si cada persona de la multitud esperara caminar ella misma sobre el fuego algún día… Un gran honor… Se necesita atravesar solamente una vez por el fuego y se está provisto para toda la vida. Después uno se convierte en una especie de sacerdote u hombre santo. Todos los sacerdotes del templo han caminado anteriormente sobre el fuego. De lo contrario no habrían obtenido sus puestos”.

“¿Pero cómo hacen ellos eso?”, pregunté yo, mientras observaba la larga procesión, que pasaba con toda su decoración oriental.

“Bueno, naturalmente a usted le gustaría saberlo. ¡Yo mismo también desearía saberlo!

“¿Pero qué piensa usted al respecto?”, insistí yo.

“¿Cómo puedo saberlo? Traté de averiguarlo con los sacerdotes; pero creo que ellos me engañaron. Dijeron que ellos tenían la única religión verdadera y que el hecho de caminar sobre el fuego lo demuestra. Dijeron que ninguna otra orientación de fe posibilita a sus convertidos caminar sobre el fuego. Querían tratar de convencerme de que su dios podía proteger de quemaduras los pies de las personas puras y santas. Pero aquellos que no son suficientemente puros, se quemarían”…

De pronto indicó hacia el telón. “¿Ve usted a ese tipo? Ese es el sacerdote que pude sacar a un lado mientras la procesión marchaba a través de la ciudad. Con él hablé. Es un muchacho magnífico. Bastante hábil y astuto.

“¿Qué quiere decir con eso?”, pregunté.

“Él no es tan desconfiado como los otros mendigos; no odia a los blancos. Y cuando digo astuto, me refiero a que fue suficientemente listo como para hacer como si me creyera cuando le dije que yo estudiaba su religión y que quería afiliarme a ésta. Yo pensaba que él se reiría en mi cara…, pero al decírselo hice sonar dinero en el bolsillo y entonces él hizo como si tomara en serio el asunto”.

“Tal vez él efectivamente lo tomó en serio”, repliqué yo, mientras observaba como continuaba la procesión en la pantalla.

“¡No, ese con seguridad no era tan tonto! Él había escuchado dinero. Y cuando yo dije que me afiliaría a su iglesia y que pagaría bien si me permitía ver la caminata sobre el fuego, ahí me lo había ganado. Yo insistí en darle de inmediato una buena donación para su iglesia. Él agradeció y dijo que quería encontrarse conmigo después de un momento breve en las puertas laterales del templo. Naturalmente no dije que llevaría mi cámara filmadora”.

De pronto cambió la imagen. Apareció el patio interior del templo. Era un patio grande, rodeado de altos muros. En su extremo, debajo de nosotros, había un montón alto y bastante largo de carbón ardiendo, que tenía una incandescencia clara. Era más o menos de 15 metros de largo y de un metro y medio de alto. Algunos hombres comenzaron a repartirlo, formando una larga y angosta capa de carbón ardiendo.

“¡Ahí está él!, gritó el amigo inglés. “Me encontré con mi sacerdote y se me permitió entrar en el templo con la bolsa de mi cámara, sin que él supiera lo que yo me proponía hacer. Me guió hacia un balcón y me ocultó detrás de un biombo de bambú. Le pagué nuevamente dinero para la iglesia y él se fue. Apenas un minuto después, yo había hecho en el biombo un hoyo para el lente de la cámara y otro hoyo para el visor. Mi cámara estaba completamente cargada y lista para funcionar. De ese modo comencé entonces de inmediato”.

“Filmé el comienzo y el final del desparramamiento del montón de carbón”, así explicaba todavía, cuando cambió la escena.

“¿Ve usted? Ahora han desparramado todo y aplanan el trecho. Tiene una profundidad aproximada de 15 centímetros. El carbón ha ardido durante diez horas, según me dijo el sacerdote. ¡Eso está caliente como el infierno! E incluso para mí hacía tanto calor detrás de mi biombo de bambú, que apenas podía soportarlo. Vea solamente cómo los hombres con los rastrillos mantienen sus caras siempre apartadas, y cómo de tiempo en tiempo giran sus cuerpos hacia el otro lado para no asarse vivos. ¡Hacía realmente un calor horrible!”

“Y ahora mantenga a la vista esa puerta. Yo comencé a filmar, cuando escuché ruido ahí afuera. Yo sabía que en ese momento vendría la procesión. ¡Ahí están ya!… El sacerdote adelante, y después vienen los candidatos. Todos los candidatos son hombres – a las mujeres se las considera demasiado pecadoras como para poder ser santificadas. Muchos de los hombres son de edad avanzada. Yo conté 43 candidatos. Mire sus caras… Se acercan como si vinieran a tomar té; han puesto sus caras más amables… Los tipos grandes que están ahí con uniforme son policías Sikh. Se encuentran en todas las colonias inglesas. No pertenecen al templo, pero las autoridades los envían a tales presentaciones, para mantener el orden. A propósito, usted puede ver de inmediato lo útiles que fueron ahí…”

“Mientras yo miraba, la procesión se desplazaba hacia el patio del templo. Los candidatos se juntaron en grupos silenciosos en un extremo del largo y resplandeciente camino de carbón. Detrás de ellos se juntó una gran cantidad de hombres, mujeres y niños, todos los cuales estaban completamente fuera de sí de agitación. Los policías Sikh caminaban tranquilamente entre la multitud con sus garrotes de goma en la mano.

Los sacerdotes habían caminado alrededor del lugar donde estaba el fuego y se encontraron con otro grupo de 6 sacerdotes que habían venido desde el templo, y se sentaron al otro lado del camino con el carbón ardiendo. Cada uno de los seis llevaba en las manos un látigo corto con muchas cuerdas. Entre ellos y el fuego había una fosa plana con agua, hecha en el suelo. Era más o menos de 1,80 mts. de ancho, 10 cm. de profundidad y 3 mts. de largo, y se extendía en forma diagonal delante de todo el extremo de la capa candente”.

“¿Por qué la gente tiene látigos?”, pregunté. “¿Se quiere con eso mantener alejados del agua a los que caminan sobre el fuego?”

“Eso lo verá de inmediato”, fue la rápida respuesta.

“Parece como si los sacerdotes tuvieran que impedirle a los hombres, por algunos segundos por medio de latigazos, que piensen en los pies calientes cuando salen del fuego y pisan el agua. Yo le pregunté al sacerdote, pero no pude entender lo que quiso decir… Dijo algo de una antigua costumbre…”

“¿Los candidatos no salen heridos ni por el fuego ni por los látigos?”, pregunté.

“Por el fuego no, los látigos sí los lastiman. A veces los golpean hasta que les sangra la espalda. Pero ahora ponga atención solamente en las imágenes. Vea, ahora rezan. Al hacerlo hablan una gran cantidad de incoherencias. Le rezan a Agni, que proteja a los puros y que queme a los impuros. Con eso se me puso carne de gallina en la espalda…”.

La cámara giró nuevamente hacia el silencioso grupo de candidatos. Ellos no participaban en la oración, sino que simplemente estaban parados esperando. Llevaban puesto solamente taparrabos. Después un anciano encorvado levantó su mano, como si quisiera saludar a alguien de la multitud que estaba atrás. Se dio vuelta y se acercó lentamente al fuego, que parecía resplandecer y danzar delante de él, en el calor centelleante de las brasas. Con las manos juntas y la cara levantada, como si enviara una plegaria al cielo, se acercó lentamente al camino de fuego. Yo contuve la respiración. Caminó con paso firme y regular sobre los carbones, en dirección al grupo de sacerdotes que lo esperaba en el otro extremo.

Apenas me atrevía a respirar, cuando vi eso… Donde sus pies habían tocado los carbones, había marcas oscuras, que sin embargo, desaparecieron al momento siguiente. El hombre siguió caminando, sin variar la regularidad de sus pasos. Cuando él caminaba de ese modo, en la ligera niebla que se había formado y a través de las temblorosas ondas de calor que lo rodeaban, parecía más bien un espectro que una persona viva. Pero mientras yo miraba fijamente la imagen, sentí que mi asombro se mezclaba con una leve duda. ¡Lo que veía ahí era realmente imposible! Pero todavía venía el final de la terrible travesía. El anciano caminó desde el camino de fuego al agua y de inmediato fue tomado de los brazos por dos sacerdotes. Los crueles látigos golpearon tres veces y dejaron moretones sangrantes en la bronceada espalda. Él hombre se retorcía de dolor. Los dos sacerdotes lo tomaron y lo llevaron rápidamente a un banco que había al lado del muro. Allí examinaron cada uno de sus pies, dieron su aprobación meneando la cabeza y se apresuraron en volver a sus puestos.

La cámara volvió a girar y captó a otro candidato, en el momento en el que éste colocaba su pie sobre el camino de carbón. Era un hombre esbelto de mediana edad. Sus ojos estaban dirigidos a los sacerdotes que esperaban, y sus manos, que estaban empuñadas, colgaban a los lados. Con largos y rápidos pasos él comenzó la prueba del fuego. Sus pasos se aceleraron. Su cabeza se levantó y sus ojos se dirigieron hacia arriba, como si quisieran alejarse del calor. Él ya había caminado la mitad del trayecto y ahora iba cada vez más rápido. De pronto interrumpió sus pasos. Se puso a trotar rápidamente. Aceleró el trote y comenzó a correr, y cuando llegó al final del camino de fuego, saltó como loco al agua. Apenas había tocado el agua y ya cayeron sobre él los latigazos. Los látigos golpeaban formando arcos silbantes y chirriantes y el candidato se retorcía, sostenido por las firmes manos de dos sacerdotes.

La cámara se dirigió al siguiente candidato.

“¿Se había quemado el segundo hombre?”, balbuceé.

“No, solamente tres de todo el grupo”, fue la fría respuesta.

“Ponga atención al que está ahora aquí”, ordenó él.

Un anciano débil muy encorvado había entrado al lugar del fuego. Sus manos estaban elevadas en actitud suplicante. Después de los dos primeros pasos comenzó a tambalearse. Él vacilaba, saltaba en el aire, se abalanzó hacia delante como loco y cayó sobre el camino donde estaba el carbón. De inmediato había guardias con largos ganchos al lado del camino con carbón. Trabajaron como salvajes, arrastraron el cuerpo humeante a través del fuego; después lo sacaron. Se habían introducido profundamente trozos de carbón en la carne ardiente. Rociaron la figura inanimada con un cántaro con agua, después la levantaron y se la llevaron rápidamente.

“Él estaba muerto antes de que lo sacaran…”, dijo una voz sonora cerca de mi codo. Yo me estremecí, porque por un momento había olvidado por completo a mi amigo. “Pero pese a eso no se interrumpió la presentación; se continuó tranquilamente con ella”.

Después vino nuevamente un cambio. La cámara giró desde un hombre que había sido recién golpeado con los látigos y se dirigió a otro que estaba donde empieza el camino del fuego. Él recién había ingresado al fuego y sostenía a un niño en sus brazos. El niño debe haber tenido un poco más de seis años y tenía puesto solamente un taparrabo. De puro miedo casi se me olvidó respirar… ¿Por qué se llevaba al niño a un peligro así? ¿Qué ocurriría si el hombre grande y esbelto se cayera?… Nuevamente contuve la respiración… ¿No comenzaba nunca a apurarse el hombre? ¿Estaba loco entonces?

“Él lo logra”, me alentó mi amigo. Me recliné aliviado en mi silla. Entretanto el hombre avanzaba en forma continua y cuidadosa. El pequeño niño a veces se veía claramente, a veces vagamente, dependiendo de si el aire estaba tranquilo o si ondas de calor lo movían intensamente. La pequeña mano estaba tranquila y confiada sobre el hombro desnudo del hombre. El niño no demostraba ni una señal de miedo o molestia. Sin acelerar ni reducir sus pasos el hombre llegó al final del camino de fuego. Entró caminando al agua. Los látigos cayeron una vez sobre su espalda. Él levantó al niño sobre su cabeza, para protegerlo de los latigazos. Algo en ese gesto revelaba un gran amor triunfal. La cámara siguió al hombre y mostró cómo él puso al niño de pie y lo llevó al muro.

De pronto la película comenzó a cambiar de escena en escena. Hombres caminaban o corrían unos pocos pasos a través del fuego, antes de que se dejara de enfocarlos.

La voz en mi oído explicó: “El rollo de película se terminó. Entonces sólo tomé instantáneas. Pero espere, tengo todavía a uno que se quemó… ¡Ahí viene! Completamente al lado – sollozando – ahora está en el agua. No tiene objeto golpearlo. Los sacerdotes dijeron que él no podrá caminar nunca más a través del fuego. Ahora vea esto rápidamente… ¿Ve a los policías Sikh? ¿Ve lo que pasó? La multitud está fuera de sí – locura religiosa – toda la gente quería intentarlo ella misma. ¿Ve a los policías con sus garrotes? ¿Qué ocurriría si no estuvieran en ese momento ahí para retener a la multitud? ¡Toda la muchedumbre se arrojaría al fuego!”

De repente el rollo de película comenzó a hacer “clic” en el proyector, el telón destellaba en blanco y negro, la imagen había terminado.

“Pues bien, ¿cómo se siente?”, preguntó curioso el inglés. “Estoy perplejo”, contesté conforme a la verdad.

“¡Yo también lo estaba! ¡Eso lo vi con mis propios ojos! ¡Eso lo sobrecoge a uno! Durante una semana me esforcé por olvidarlo. Es como si hubiera visto a un espíritu o a un fantasma. No es posible tranquilizar los pensamientos. Uno simplemente se marea. Uno no logra restablecer el equilibrio. Uno se pregunta si todo lo que lo rodea no es tal vez falso y diferente… y no se puede reprimir la idea de que aparte de un truco, también intervenga algo más en eso”.

“¿Cree usted realmente que detrás de eso hay un truco?”, pregunté. La respuesta demoró un momento. “¿Qué otra cosa más puede ser?… ¿Cómo podrían los mendigos poner algo bajo sus pies, que no se volviera a salir al caminar descalzos durante medio día por la ciudad?”… También hay que pensar que algunos se quemaron. “¿Cómo se podría explicar eso si todos se hubieran protegido colocándose la misma substancia en sus pies?”

“Tal vez los hombres saben mejor que nosotros qué hay detrás de eso”, fue mi respuesta.

Con un lento movimiento de cabeza él confirmó eso.

“Casi me afilié al templo… Solamente para averiguar qué es…”

Comentario:
En este caso parece como si los sacerdotes no utilizaran su magia para proteger a los que caminan sobre el fuego, sino que se deja a éstos emplear sus propias fuerzas mágicas de la mejor manera. Está claro que algunos de ellos todavía no eran buenos magos, prescindiendo por completo del significado religioso del asunto.

Ya que más adelante veremos repetidamente que la “limpieza de pecados” desempeña un papel especial en relación con la capacidad de caminar sobre el fuego, quiero ahora citar un caso referente a descendientes de los cazadores de cabeza Igorot.

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