El descubrimiento de la enseñanza huna max freedom long indice




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IV
Las dos almas del ser humano y pruebas

de que no sólo existe un alma, sino dos

Antes de que podamos seguir hablando de la fuerza vital y del magnetismo, tenemos primero que dedicarnos a un elemento muy singular de la psicología Kahuna, que difiere radicalmente de nuestras ideas habituales.

De ninguna rama de la práctica Kahuna el Dr. Brigham ha obtenido tanta información como de los métodos mágicos en que se basa la “oración para matar” en Hawai. De inmediato hablaré de un caso de su área de experiencia, pero primero tengo que hacer algunos comentarios generales.

Los Kahunas no mantenían en secreto algunas de sus creencias. Le comunicaban, por ejemplo, a la amplia masa del pueblo, su conocimiento del hecho de que el ser humano no sólo tiene un alma o espíritu, sino dos. Los primeros misioneros consideraban eso como una opinión chistosa e incluso absurda “como solamente se puede encontrar en paganos y salvajes”. Para ellos el ser humano tenía solamente un alma, y era tarea de los misioneros salvar en lo posible esa alma.

Cuando ellos llegaron a Hawai en el año 1820, ni siquiera se les podía tomar a mal cuando se reían de esa opinión de los Kahunas; ya que debía demorar todavía 50 años antes de que Freud descubriera el subconsciente.

Los Kahunas ya estaban un paso más adelantados que la moderna psicología (aparte de algunos pensadores especialmente adelantados, como William McDougall, uno de los primeros consejeros del Dr. Rhine, y él mismo un pionero en esta área de la psicología). Los Kahunas sabían que el subconsciente, como lo llamamos nosotros, es un ser espiritual autónomo, tal como la consciencia. Ambos viven en nuestro cuerpo y cada alma (o cada espíritu, cada Yo o cada psiquis – como se le quiera llamar) hace su parte de trabajo en la labor general de la vida y del pensamiento.

Cada uno de esos dos seres espirituales tiene sus propias facultades mentales. El subconsciente (Unihipili) tiene la capacidad de recordar, pero sólo tiene fuerzas de reflexión y comprensión muy elementales, tal como la tiene, por ejemplo, un perro o un caballo. Pero por otro lado la consciencia (Uhane) ya no puede recordar un pensamiento si lo ha sacado del centro de la atención. Con respecto al recuerdo, la consciencia depende del subconsciente, que es el que tiene que traer de vuelta el pensamiento si es necesario. Pero a veces el subconsciente no puede conseguir de inmediato el recuerdo correcto cuando se le exige; en ese caso hay que darle a menudo algo de tiempo para buscar el hecho respectivo que se quiere recordar. A todos nosotros con seguridad ya nos ha pasado que no podemos recordar un nombre, que, sin embargo, viene después a la memoria por sí solo. Pero la consciencia posee capacidades que le son completamente propias. Una de ellas es la capacidad de aplicar voluntad de tipo hipnótico (mucho más fuerte que la voluntad elemental del subconsciente). Otra capacidad consiste en la utilización del tipo de pensamiento racional que más conocemos, es decir, la formación inductiva de conocimiento, que eleva al ser humano por encima del mundo animal más evolucionado.

El subconsciente recibe sugestiones hipnóticas (o tratamiento mesmérico) y reacciona a éstas. La consciencia no puede ser hipnotizada. Bajo la influencia de la sugestión, el mismo subconsciente – como carece por completo de lógica – recibe pensamientos e imágenes absurdas y trata de llevarlas a la realidad. En experimentos hipnóticos en espectáculos de variedades y en ferias, se puede llevar a personas de experimento a creer y a sentir de sí mismo las cosas más absurdas, y con eso desgraciadamente se entretiene el público.

Caso 8
La fuerza vital en la “oración para matar” de los Kahunas

teniendo en cuenta la creencia que el ser humano tiene dos almas

Comentario preliminar:
Cuando yo vivía en Hawai, había una obra de teatro que se llamaba “El pájaro del paraíso”. Esa obra se refería a Hawai, a su volcán y a los Kahunas junto con su “oración para matar”. La pieza teatral pasó por todo el mundo civilizado. Por eso no llegaba a Hawai casi ningún turista que no hubiera visto la obra y no hubiera oído hablar de la magia de los sacerdotes aborígenes para producir la muerte.

La pregunta más frecuente del visitante era por eso, en qué consistía la “oración para matar” y si era verdad. Habitualmente se les decía que eso no era cierto. Pero en algunos casos la gente se explayaba en historias salvajes de asesinatos por medio de ese tipo de magia. Pero la verdad era que durante toda una serie de años, mientras yo examinaba todos los datos pertinentes con ayuda de médicos y con frecuentes visitas al Queen’s Hospital en Honolulu, no pasó ni un solo año sin que murieran varias víctimas de esa poderosa magia, pese a todo lo que se ofrecía de ayuda y contramedidas en un hospital moderno. Y los médicos antiguos confirmaban que año tras año observaban los mismos fenómenos y síntomas que tanto conocían. Antes de que los Kahunas perdieran la capacidad para comprender la antigua enseñanza transmitida, había en Hawai diferentes tipos de Kahunas. Algunos de ellos eran apenas más que médium espiritistas. Otros eran profetas; otros más se dedicaban a influenciar el viento y el tiempo atmosférico. Pero solamente muy pocos estaban todavía en condiciones de emplear casi todos los tipos de magia, ya sea para sanar o para influenciar elementos.

Entre los especialistas también había Kahunas que junto a otras diferentes capacidades mágicas, poseían la aptitud para utilizar la “oración para matar” (Anana).

La aplicación de la “oración para matar” se basa en un mecanismo de un tipo tan extraño, tan fantástico y realmente increíble, que se necesita toda la fuerza de imaginación para comprender sus contextos. Recién entonces es posible comprender todos los detalles de la tradición Kahuna.

Tal como ya dije, los Kahunas creían que el ser humano tiene dos almas, de las cuales, la inferior o subconsciente no tiene lógica y es accesible para la influencia de sugestión hipnótica.

Para poder utilizar la “oración para matar”, un Kahuna tenía que heredar o recibir de otro Kahuna uno o varios espíritus subconscientes. (Si sus fuerzas psíquicas eran suficientemente fuertes, también podía detectar él mismo aquellos espíritus o almas subconscientes, cazarlos mediante sugestión hipnótica y subordinarlos). Antiguamente, en Hawai a veces se ponía a los prisioneros de guerra o a otros desdichados bajo una influencia hipnótica muy fuerte. Con eso se buscaba lograr, que al morir esas personas su espíritu subconsciente se desprendiera de la mente consciente, para servir como espíritu protector en una piedra o templo sagrado de la forma degenerada de kahunaísmo. Muy probablemente, a muchos de aquellos desdichados también se les daba, después de su ejecución, la orden de servir a los Kahunas en la realización de la “oración para matar” y de las acciones mágicas ligadas a ésta. En todo caso, los Kahunas que practicaban la “oración para matar”, tenían a su disposición uno, dos – habitualmente incluso tres – de aquellos seres espirituales subconscientes esclavizados. Si se rezaba para producir la muerte de alguien, por una de muchas razones, el Kahuna llamaba entonces a los espíritus que estaban a su servicio y les daba la orden mesmérica de cargarse con Mana de comidas y bebidas que se colocaban sobre una alfombra y que se rodeaban con objetos ceremoniales, como piedras blancas y determinados trozos de madera.

Ese Mana no era otra cosa que la fuerza vital de la que ya hablamos. Sin duda ésta era traspasada desde el cuerpo del Kahuna a la comida, la bebida y los objetos ceremoniales, que eran llamados Papa o “lo prohibido”. Se suponía que con la extracción del Mana de la comida y la bebida, se extraía también al mismo tiempo otra substancia, especialmente alcohol de ginebra, que en un tiempo posterior era ofrecido como Papa. (Recordemos cómo el barón Ferson, con el tratamiento de un borracho, atrajo hacia sí mismo una parte del estupefaciente).

A los espíritus se les daban entonces indicaciones precisas acerca de lo que tenían que hacer con la fuerza adquirida. Se les hacía percibir el olor de un poco de cabello o de una vieja tira de ropa de la víctima elegida y perseguir su rastro, tal como se prepara a un perro para que siga una pista. Después de alcanzar a la víctima, debían esperar una buena ocasión para penetrar en su cuerpo. Pero eso era fácil para ellos, ya que con la elevada carga de fuerza vital que les había dado el maestro, podían ocasionar, en caso necesario, una conmoción paralizante. En un caso encontré una anotación de la orden para cuyo cumplimiento estaban educados los espíritus. Decía lo siguiente:

“Oh Lono,

Escucha mi voz. Este es el plan:

Cae sobre… y penetra en él;

Penetra y enróllate;

Enróllate y alisa”.

Las palabras “enróllate” y “alisa” tienen con seguridad otro significado que el que se expresa con las palabras actuales. El proceso era una penetración en el cuerpo de la víctima elegida y la adhesión en la misma. Si eso ocurría, se le extraía la fuerza vital a la víctima por medio de los espíritus que habían penetrado y quedaba almacenada en sus cuerpos (al respecto hablaremos después detalladamente). Mientras la fuerza vital de la víctima era extraída de sus pies, se presentaba primero adormecimiento y completa inmovilidad en los pies, que dentro de tres días se arrastraba cada vez más arriba, pasando por las rodillas y las caderas, hasta llegar finalmente al plexo solar y al corazón, lo que ocasionaba la muerte. Después de la muerte, los espíritus abandonaban el cuerpo y regresaban donde su maestro con sus grandes cargas de fuerza vital. Si otro Kahuna lograba salvar a la víctima, enviaba a los espíritus de vuelta donde su maestro con la orden hipnótica de atacarlo a él mismo; con eso a menudo se llevaba a cabo la muerte del Kahuna respectivo. Para prevenir un peligro así, el Kahuna que enviaba a los espíritus realizaba habitualmente un ritual mágico de limpieza (Kala). En otros casos – que dicho sea de paso, eran muy frecuentes – aquel que había inducido al Kahuna a pronunciar la “oración para matar”, y que había atestiguado que la víctima elegida merecía un castigo drástico, era considerado responsable y se determinaba que él sería atacado si otro Kahuna enviara a los espíritus de regreso antes de la consumación del acto de homicidio.

Si los espíritus sirvientes regresaban después del cumplimiento del encargo, el Kahuna hacía jugar a los espíritus esclavos, hasta que se consumiera la fuerza vital que le habían extraído a la víctima. Tales juegos adoptaban habitualmente una forma como la conocemos de los “poltergeist” (fantasmas que hacen ruido). Movían objetos y los desparramaban de un lado para otro; hacían ruidos y alborotos y realizaban escenas al estilo de un manicomio. Un día el Dr. Brigham escuchó en la cabaña de un Kahuna ruidos como de un tumulto; después escuchó que espíritus que habían regresado se habían divertido de la forma mencionada.

Ninguna de las explicaciones usuales acerca de la “oración para matar” es cierta, ya sea que se piense en un efecto venenoso misterioso o en la muerte por miedo supersticioso. Casi nunca la víctima sabía que detrás de eso estaba la magia para matarla. Para aclarar eso deseo citar dos casos en los cuales queda excluido el elemento miedo como factor que produce el efecto.

Circunstancias:
A) Un joven irlandés llegó con uno de los primeros taxis modernos a Honolulu. Él era un tipo vulgar, inculto, que no se amedrentaba por nada.

Todavía no llevaba mucho tiempo en la ciudad, cuando logró que una fina muchacha hawaiana se enamorara de él, de modo que ésta deshizo su relación con un joven hawaiano. La abuela de la muchacha intentó todo para detener el asunto, porque veía que el irlandés no tramaba nada bueno. Finalmente ella expresó amenazas disimuladas, que el cielo castigaría al irlandés en caso que no dejara tranquila a la muchacha.

Naturalmente el irlandés no le tenía miedo al cielo. Él estaba más bien parado por completo sobre el suelo materialista de las realidades y también estaba acostumbrado a tales amenazas y arrebatos de ira sin sentido de madres y abuelas. Está claro que las amenazas no le influían ni en lo más mínimo.

Un día “se durmieron sus pies”. Él trató todo para ponerlos nuevamente en orden, pero la extraña y hormigueante insensibilidad y adormecimiento se arrastraron lentamente hacia arriba. En el transcurso de un día, dos médicos habían tomado su caso sin obtener resultados; finalmente fue a parar al hospital.

No se dejó nada sin intentar para determinar la enfermedad, pero todo fue en vano, y por consiguiente no se tuvo ninguna posibilidad de tratamiento. Dentro de 50 horas la sensación de hormigueo había subido hasta la cintura. Entretanto, varios médicos se habían ocupado del caso, entre ellos también uno de mis amigos. Había muchas sacudidas de cabeza y algunas sospechas. Después llamaron a un antiguo médico que practicaba hacía mucho tiempo en la isla. Con una mirada él reconoció los síntomas del efecto de la “oración para matar”.

De inmediato se hizo cargo del paciente y le hizo relatar su vida; en ésta escuchó también acerca de la historia con la muchacha. Su minucioso interrogatorio hizo recordar al paciente las amenazas de la abuela, que el joven hombre consideraba absurdas y que no las relacionaba con la diagnosis de su extraña enfermedad. El sabio médico no le dio más detalles, sino que visitó de inmediato a la abuela. Tan sólo después él dio a conocer el contenido de la conversación con ella:

“Yo sé que usted no es una Kahuna y que no tiene nada que ver con todo el asunto”, le dijo el médico a la anciana. “Pero por favor dígame, por pura amistad, si sabe qué se podría hacer para salvar al hombre”.

“Por supuesto”, dijo la abuela, “no sé nada acerca del asunto y como usted sabe, no soy ninguna Kahuna. Pero creo que el joven hombre podría mejorarse, si prometiera viajar a Norteamérica en el próximo barco y no regresar aquí ni escribir jamás.

“Eso se lo puedo garantizar”, dijo el médico.

“Está bien”, manifestó la mujer calmada.

Se le tuvo que explicar eso una y otra vez al escéptico irlandés; pero cuando por fin vio la relación, comenzó a tener miedo y aceptó todas las condiciones. Eso ocurrió en la mañana temprano. En la tarde del mismo día él ya podía caminar nuevamente y estuvo en condiciones de tomar un barco japonés “hacia la costa”.
B) El siguiente caso lo reproduzco tal como lo anoté después de pasar una tarde con el Dr. Brigham. Me esforzaré por usar en lo posible sus propias palabras.

“Poco tiempo después que fue edificado el museo”, dijo el Dr. Brigham, fui a Napoopoo, la isla grande. Yo quería escalar el Mauna Loa, para recolectar plantas que solamente crecen allí. Me había preparado para un viaje de tres semanas y llevaba guías aborígenes y una caravana de transportadores.

Estuve cinco días en Napoopoo para reunir a los hombres y a los animales de carga. Después me puse en camino con cuatro hawaianos y ocho caballos y mulas. Había muy buen tiempo, y aparte de las dificultades habituales de aquella época, cuando todavía no había buenos caminos, todo se desarrollaba bien.

Yo ya había llegado a la zona sin vegetación que estaba por encima de la selva y me disponía a escalar la cumbre del cráter del Mauna Loa, cuando uno de mis muchachos se enfermó. Era un joven fuerte de más o menos 20 años de edad. Lo dejé con un hombre que debía cuidarlo, mientras comencé la caminata hacia la cumbre. Yo creía que la altura había afectado al joven y que después de algún tiempo se recuperaría por sí mismo.

Pasamos todo el día en la boca del cráter y regresamos recién en la noche al campamento instalado abajo. El enfermo yacía estirado sobre una manta y estaba demasiado débil como para levantarse. Yo decidí llevarlo a la mañana siguiente a una altura inferior y me acababa de sentar para comer, cuando uno de los hombres mayores vino hacia mí.

‘Joven muy enfermo’, dijo él. Después de haber dicho muchas cosas, finalmente dijo que los hawaianos estaban convencidos de que se estaba efectuando una oración para matar al joven. A mí me costaba creerlo, pero fui donde el enfermo y lo interrogué.

¿Puedes imaginarte que se está efectuando una oración para matarte?, le pregunté.

¡No! ¡No!, gritó él, casi muerto de susto. Entonces le pregunté si tenía enemigos que probablemente atentaran contra su vida. No se pudo acordar de ninguno y estaba realmente temeroso de escuchar de mí que solamente le hacía mal la altura.

Me puse a hacer un examen minucioso, pero no encontré nada de importancia, aparte de los síntomas habituales de una parálisis que avanza lentamente en las extremidades inferiores y de un amenazante colapso general, que son, sin embargo, síntoma de la muerte por oración. Finalmente yo también estaba convencido de que el anciano tenía razón, y de que un Kahuna estaba detrás de esto. Cuando yo admití esto, todos mis hawaianos estaban horrorizados, ya que entonces consideraban posible que tal vez todo el grupo sería asesinado.

Regresé a mi comida y reflexioné sobre la situación. Entretanto una de las personas continuó interrogando al enfermo. Después de un momento vino con informaciones muy interesantes. El joven vivía en un pueblito muy apartado, en un valle angosto, en la parte de Hawai de donde viene el viento. Allí no había nada que hubiera podido atraer a los haoles (blancos) al pueblo y el viejo Kahuna del pueblo se había esforzado por mantener aislada a la población y hacerla vivir al estilo de vida antiguo. Entre otras cosas él le había puesto a su gente la condición de no tener jamás trato con los blancos, bajo la amenaza de la “oración para matar”. El joven se había ido de su tierra y vivía desde hacía muchos mese en Kona. La orden del Kahuna de su aldea la había olvidado hacía mucho tiempo. “Hasta el momento de mi llegada a Napoopoo el joven había vivido exclusivamente con amigos hawaianos y no había tenido nunca contacto con blancos, sobre todo en una relación de tipo comercial. Cuando busque en las montañas gente para mi viaje, él se había inscrito sin vacilar. No se le había ocurrido en absoluto que la orden del Kahuna podía tener validez también fuera de su pueblo.

Cuando escuché eso, me invadió una furia terrible. En ese tiempo mi temperamento no era en absoluto mejor que hoy, cuando constato que a uno de mis amigos le ocurre una injusticia. Estaba sentado allí y deseaba poder golpear al Kahuna. También tuve que tener en claro que tendría que interrumpir mi trabajo si el joven moría y tenía que llevarlo a la costa.

Mientras estaba sentado así y reflexionaba acerca de todo, vino nuevamente hacia mí el anciano como intermediario de los otros e hizo una proposición muy natural. Con toda amabilidad dijo que todos los hawaianos sabían que yo mismo era un gran Kahuna y “caminante sobre el fuego”. De ese modo, a él simplemente le parecía entonces suficiente que yo pudiera resolver la situación. Yo debía entonces orar para matar al Kahuna y salvar al joven.

Los hombres estaban expectantes; en sus rostros se reflejaba la confianza de que yo contrarrestaría la oración para matar y daría vuelta todo para bien. Ahora me encontraba en un apuro. Durante años había simulado, y ahora se invocaba a mi simulación. La situación era muy desagradable. Si me negaba a hacer lo que era obvio, la gente con seguridad habría creído que yo le temía al Kahuna y no era tan fuerte como siempre había dicho que era.

Siempre tuve un cierto grado de orgullo, y pensando que mi gente tal vez me consideraría un cobarde, decidí hacer de inmediato el intento de enviar de vuelta la oración para matar. Eso es tal vez lo más fácil que se puede pedir de un mago aficionado. La magia había comenzado, y los espíritus entrenados habían sido enviados. Yo tenía que encontrar los fuertes argumentos habituales para poner a los irreflexivos espíritus de mi parte, imponerles mi voluntad y enviarlos de vuelta, para que atacaran al Kahuna que originalmente los había enviado. Yo tenía la sensación de que eso tenía que ser bastante fácil, porque el joven prácticamente era inocente y estaba libre de pecados.

Yo estaba bastante alejado de los sectores donde crecen hojas de Ti, que normalmente se colocan sobre la víctima, como parte de la ceremonia de expulsión de espíritus. Pero yo todavía no había creído nunca que esas hojas fueran de gran utilidad. A eso se agregaba que yo estaba muy molesto e impaciente. Entonces simplemente me puse de pie y les dije a los hombres: “Todos ustedes saben que yo soy un Kahuna muy fuerte”. Entusiasmados me aprobaron. “Pues bien”, dije yo, “entonces pongan atención en lo que les voy a mostrar”. Y con eso fui donde el joven y comencé con el trabajo.

El truco en la historia es hacer comprender a los espíritus, por medio de un argumento fuerte y astuto, que el maestro que los envió para matar a una persona tan pura e inocente, tenía que ser un demonio. Yo sabía que si lograba ganarme a los espíritus, ponerlos en un estado emocional alto y prepararlos para la revuelta, entonces tendría éxito. Naturalmente no podía tener ninguna posibilidad si el Kahuna se había limpiado con Kola. Pero eso me parecía imposible, ya que él normalmente no tenía que temer que yo pudiera enviar la oración para matar de vuelta hacia él. Incluso dudaba que él, al otro lado de la isla, hubiera oído hablar de mí alguna vez.

Yo estaba inclinado sobre el muchacho y comencé a manifestarles mis argumentos a los espíritus. Era más cuidadoso que un político. Alababa a los espíritus y les decía cuán buenos muchachos y cuán hábiles y serviciales que eran. Poco a poco pasé lentamente a decirles lo triste que era que ahora estuvieran siendo utilizados como esclavos por un Kahuna, en vez de disfrutar la belleza del cielo que les esperaba. Les expliqué cómo habían sido capturados y mal utilizados por el Kahuna. Después les indiqué cuán limpio, puro e inocente, cuán bueno era el joven hombre y cuán macabra e infame era el alma del Kahuna. Todavía hoy creo que el argumento fue una obra maestra. Mientras yo describía dramáticamente el estado de los espíritus, los hawaianos sollozaban de vez en cuando en forma sonora.

Finalmente yo creía haber convencido a los espíritus, y que estaban dispuestos a abalanzarse sobre el Kahuna y destruirlo parte por parte. Yo estaba a punto de ordenarles que regresaran al Kahuna y le dieran un castigo diez veces mayor que el que él se había propuesto darle al muchacho. En ese tiempo yo podía bramar como un toro. ¡Actualmente todavía puedo hacerlo! (Cuando el doctor relataba eso, gritó orgulloso que la casa estaba temblando). Entonces, en un tono más o menos así, dí mi orden. Grité tan fuerte, que afuera los animales de carga se desbocaron. Los hombres, que hasta ese momento habían estado tranquilos, se retiraron rápidamente, y el joven hombre gemía como un niño asustado.

Para mí eso era un esfuerzo inmenso, tanto mental como emocional y físico. Cada partícula de voluntad y concentración que tenía disponible, la lancé en esa orden. Cuando la había arrojado tres veces, me senté junto al joven hombre. Me temblaba todo el cuerpo, mientras me corría la transpiración a raudales.

Como en un tornillo de banco yo seguía manteniendo mis pensamientos concentrado y firme en la realización de mi propósito: que los espíritus tenían que obedecer mi orden. La luz del día desapareció y aparecieron las estrellas. El joven hombre yacía quieto esperando.

A una respetable distancia me observaban los hombres con sus rostros, que a veces expresaban expectativa, pero a veces también un miedo terrible a lo desconocido. A veces como que daba la impresión de que el aire alrededor de nosotros temblara por un combate entre poderes y fuerzas no terrenales.

La hora más larga de toda mi vida casi había transcurrido, cuando de repente tuve una singular sensación. Era como si la tensión del aire hubiera cesado de una vez. Yo respiraba profundo otra vez. Después de algunos minutos vino un murmullo desde el joven hombre: “Wawae… maikai” (piernas… bien).

Casi grité mi triunfo. Me puse a masajear las extremidades agarrotadas, que ahora comenzaban a reaccionar nuevamente, como si hubieran estado congeladas y se estuvieran descongelando lentamente. En forma lenta la circulación se puso nuevamente en marcha y los dedos de los pies comenzaron a moverse. Los hombres se acercaron y me felicitaron tímidamente. Era realmente un punto culminante en mi carrera como Kahuna. No alcanzó a demorar una hora hasta que el joven estaba nuevamente de pie y comía su poi.

Pero ese no es el final de la historia. Yo tenía la agradable convicción de que había matado algo mortal. Deseaba entonces convencerme del efecto y ver que había ocurrido con el Kahuna. Decidí por lo tanto acortar mi viaje, para poder ir a la aldea del joven hombre – la recolección de plantas había sido en todo caso menos exitosa que lo que había esperado.

En el camino hicimos buenos progresos y en un par de días estábamos en la cumbre de la montaña. Pasamos la noche al lado del lago del Mauna Kea y exploramos el cráter del Mauna Loa. Durante el día nos asábamos de calor y en la noche nos helábamos.

Pronto llegamos a las llanuras en la parte norte de la montaña. Ahí se podía conseguir agua más fácilmente, pero la tierra estaba muy partida y los bosques eran muy densos. Finalmente llegamos al océano y nos encontramos con un camino que nos guió a través de los arrecifes y nos hizo subir y bajar por valles y barrancos. Seguíamos siempre la línea de la costa.

Un día en la tarde descubrimos nuestro camino entre las matas y entramos en un claro en un hermoso valle. Una mujer y una muchacha trabajaban en un campo de taro, cuando nos acercamos. Cuando me vieron a mí y al joven hombre huyeron gritando fuerte. Las seguimos y pronto llegamos a un grupo de cabañas cubiertas de pasto. No se veía a nadie. Yo me senté fuera de la cabaña grande del Kahuna y esperé, mientras el joven hombre fue a buscar a alguien.

Por un momento lo escuché llamar; después quedó en silencio por un instante. Poco después llegó con muchas novedades. En la tarde en que yo había enviado de vuelta al Kahuna la oración para matar, éste estaba durmiendo. Había despertado con un grito, había ido a buscar hojas de Ti y las había sacudido para repeler a los espíritus. Sofocado le contó a su gente lo que había ocurrido. Había olvidado limpiarse con Kala, y de ese modo el Kahuna blanco le había tomado ventaja. En muy poco tiempo cayó al suelo y quedó tendido quejándose y gimiendo con espuma delante de la boca. Cuando llegó la mañana, él estaba muerto.

Ahora la población estaba segura de que yo había llegado para expulsar a todos del pueblo. Hice regresar al joven hombre y que les dijera que yo me había vengado del Kahuna, pero que a todos ellos los consideraba amigos si se comportaban como tal.

“No demoró mucho hasta que el jefe vino con su gente. No se veía muy contento, y la mayoría de las mujeres todavía se veían muy asustadas. Pero logré tranquilizarlos; poco después éramos grandes amigos. Incluso parecían respetarme como un hombre y Kahuna especialmente grande. Nadie me guardaba rencor porque había matado a su Kahuna. Para ellos todo eso simplemente formaba parte del asunto.

Algunos de nuestros caballos estaban totalmente agotados. Por eso aceptamos gustosos la invitación de la gente a quedarnos y a celebrar una fiesta con ellos. Nos dieron un luau, que no estaba del todo tan mal, considerando la pobreza de la aldea. Por cierto no tenían carne de cerdo, pero la carne de perro que había estaba lo más sabrosa que se pueda desear – porque los perros habían sido alimentados con poi. Nunca antes yo había querido comer carne de perro; pero como Kahuna reconocido no podía vacilar por más tiempo. Nos separamos como hermanos de sangre.

“Algo no he comprendido en esa historia. El viejo Kahuna tiene que haber sabido por vía psíquica que yo había reclutado al joven hombre, pero no había averiguado que yo había llegado a ser un Kahuna y que había enviado de vuelta hacia él la oración para matar. Sólo puedo suponer que el Kahuna llegó en la noche a su cabaña y se acostó de inmediato a dormir.

Parece ser seguro que el Kahuna pertenecía a una clase bastante poderosa, ya que sólo aquellos que han avanzado mucho en su arte, pueden mirar más allá del espacio y del tiempo. Pero por qué en este caso no pudo prever el futuro, no puedo decirlo, a menos que él todavía no hubiera logrado hacerlo.

Comentario:
Existe otro método Kahuna, mediante el cual se puede ser asesinado por medio de magia; es conocido como Guni o método de combustión, pero parece haber sido utilizado sólo pocas veces en los comienzos de la época de los Kahunas. Con ese método se quema un pelo u otra cosa del cuerpo de la víctima y se esparce la ceniza en el lago. No tengo informaciones fidedignas al respecto y menciono el método solamente como precaución, para impedir que algo de importancia que esté relacionado con esta práctica, sea tal vez pasado por alto por futuros investigadores.

Según la opinión de los Kahunas, el éxito de la oración para matar dependía esencialmente de si la persona que se quería matar tenía sentimientos de culpa arraigados, que habían sido producidos por acciones incorrectas frente a otras personas. Tal sentimiento de culpa (o complejo de culpa) sería justamente el que produce el éxito del ataque de los Unihipili o espíritus subconscientes, mientras que sin aquel sentimiento de culpa, el subconsciente de la víctima podría repeler a los espíritus atacantes.

Hace siglos se utilizaba para matar un tipo de magia que consistía en que se hacía un muñeco o una imagen de la víctima elegida y se clavaban agujas en ese símbolo, y cada día una nueva aguja. Eso se basa en la idea de que entre la víctima y su imagen existe un tipo de relación simpática, y que de ese modo se lleva a cabo una reacción mágica, que a su debido tiempo conduce a la muerte de la víctima. Aunque ese tipo de magia tal vez sólo tiene poca fuerza, no se debe dejar de prestarle atención, porque estamos en el borde más externo de un enorme campo nuevo que se está investigando, del que todavía apenas sabemos algo. Por eso tenemos que investigar en lo posible todas las fuentes de información, para que no sean pasadas por alto referencias importantes para la total comprensión de aquellas cosas como la sanación inmediata.

La fuerza vital o el Mana de los Kahunas se presenta en tres diferentes grados de intensidad. Si es de naturaleza eléctrica, como parecen dar a entender los últimos experimentos, se puede decir con seguridad, que los tres “grados de intensidad” conocidos por los Kahunas, corresponden a tres diferentes niveles de tensión. A los tres grados de intensidad los Kahunas les daban denominaciones especiales. Llamaban Mana a la tensión baja, como la que le corresponde al espíritu subconsciente, Manamana a la tensión alta, que le corresponde al espíritu consciente y que se presenta como “voluntad” o fuerza hipnótica. El nivel más alto de tensión se llamaba Manaloa o “la fuerza más intensa”. Se creía que de esa fuerza solamente puede hacer uso un espíritu supraconsciente, que junto con los dos espíritus inferiores completa la Trinidad del ser humano.

Recientemente se ha examinado la electricidad vital, colocando alambres en la piel del cuerpo como también en la piel del cráneo, determinando con instrumentos muy sensibles la corriente eléctrica que fluye a través de los alambres.

La revista “LIFE”, en su edición del 18 de octubre de 1937, ha publicado imágenes, tablas y representaciones gráficas de aquellos experimentos. Con eso se han encontrado dos áreas de tensión eléctrica, una baja en los tejidos del tronco y de las extremidades y una más alta en el cerebro. Con esos experimentos se descubrió que todos los procesos de pensamiento requieren el empleo de la tensión más alta de fuerza vital.

Los Kahunas relacionaban todos los procesos de pensamiento con Mana. La palabra Mana-o significa “pensar”, y la “o” agregada indica que el Mana es necesario para formar pensamientos.

Las explicaciones anteriores indican que los antiguos Kahunas eran buenos psicólogos. Sabían que el subconsciente y la consciencia son dos entidades mentales diferentes. También conocían los dos potenciales de la fuerza electrovital, que nosotros llamamos “ondas corporales” y “ondas cerebrales”. Además, los Kahunas conocían una mente supraconsciente y una fuerza vital reservada solamente para ésta; esa tensión es la más alta que se puede alcanzar. Los dos últimos elementos mencionados, por cierto todavía no son conocidos por la ciencia moderna, pero con seguridad algún día serán descubiertos. En todo caso, de nuestra investigación actual resultan muchas pruebas de la exactitud de la psicología de los Kahunas. (Hay que tener siempre presente que el sistema psicológico de los Kahunas – aunque todavía no sea completo y tal vez no sea verdadero hasta en los más mínimos detalles – era, después de todo, prerrequisito y base para ciertos fenómenos, como por ejemplo, la caminata sobre el fuego. Era un sistema eficaz y tenemos que esforzarnos seriamente para encontrar un sistema igual de valioso y útil).

La fuerza vital, o la fuerza magnética generada por ésta en los tejidos corporales, puede ejercer también otros efectos singulares sobre algunas cosas.

Experimentos que se han hecho en Francia con un famoso médium, han demostrado que el pescado y la carne se pueden proteger de la descomposición si se mantienen en las manos y se someten a un proceso de magnetización. Naranjas y otras frutas, como también verduras tratadas de ese modo, han permanecido sin descomponerse, aunque con el tiempo se han secado lentamente.

Otros experimentos han demostrado que la fuerza puede ser almacenada durante un tiempo en diferentes substancias, como por ejemplo, madera, papel y tela. El agua también puede recibir y conservar cargas de fuerza vital. Pero el vidrio no puede.

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