Carlos Aurelio Higgins Echeverría






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Carlos Aurelio Higgins Echeverría




Carlos Aurelio Higgins Echeverría

Más allá de

la aldea

ANTILLAS


Editorial Antillas

Abel Ávila, Director Fundador

Alfonso Ávila Pérez, Director

Adriana Ávila Pérez, Gerente
©2002, Más allá de la Aldea.

© Carlos Aurelio Higgins Echeverría
Diseño y maquetación: José David Bobadilla Barreto.
Copyright de esta edición:

© Casa Editorial Antillas Ltda.

Carrera 65 No.84 U Oficinas, (095) 3554733

Carrera 45 No.59 22 Talleres, (095) 3518150

Barranquilla, Atlántico, Colombia.

PROLEGÓMENO
Si cada hombre importante dejase que se le autografiara su acontecer vivencia I, se haría una historia real y pragmática de la sociedad, pues él, en estrecha interacción y relación social con su gleba, cauda o parientes consanguíneos y afines, envuelve toda la institucionalidad del verdadero sistema social. En cada biografía está retratado el tiempo y el espacio y todo el devenir del líder, sea cual sea su caracterización con su masa. Esto ocurre con el trabajo de Carlos Higgins Echeverría sobre la vida y obra de Cristóbal Arteta Ripoll de quien disecciona, palmo a palmo, todos los intríngulis de este guerrero de la pluma y la palabra.
Cristóbal Arteta Ripoll es un hombre forjado en el yunque de la ruralidad y trabajado con la marmórea pasión de un Praxíteles. Nace como los grandes, no en almohadones de algodón, ni en cuna de áureos biseles, sino bajo el color febril de una sociedad folk dominada por el mito y la tradición, por la leyenda y la sacralización de los conceptos. Allí, en San José de Saco, ese corral nativo da su primer grito vital y o partir de entonces, su pueblo comienza a ser importante, y sus gentes, a ser reconocidas por su cabecera municipal Juan de Acosta, sitio envuelto por embrujos y pasajes legendarios, de donde Walter Pimienta sacó sus típicas y dibujadas crónicas, Francisco José Molina y Santiago Alba sus poemas, José Luís Higgins sus cuentos y relatos, y el titán Luís Eduardo Nieto Arteta puso a pensar a todo un continente a través de sus disquisiciones filosóficas, históricas y económicas, abriendo el camino para que doctos y profanos pudiesen entender la grandiosidad de todo un mundo por explorar con herramientas propias y mano de obra brotadas de las heridas de la tierra. ¡Ah! y un Juan Coronell, quien multiplicó sus voces para que el hemisferio occidental entendiera que el pensamiento costero iba más allá de los límites del Amazonas y del Trópico de Cáncer. Cristóbal Arteta Ripoll se suma a esa pléyade, y con ellos, arma un ajedrez de sentimientos, de polémicas e ilusiones que resuenan más allá de nuestros confines.
Conocí a Cristóbal Arteta Ripoll cuando debí conocerlo. Por allá en los comienzos de la década de los 70 del siglo XX. Veía en él a un muchacho fogoso y atrevido que, como gato montes, ronroneaba al lado de los adolescentes José Gabriel Coley, Manuel Torres, Ricardo Manzur y otros jóvenes universitarios buscando componer el mundo. La furia del marxismo hacía su agosto y los líderes mundiales de los diferentes socialismos se convertían en los paradigmas del planeta azul. El no le perdía ni pie ni pisada a los pasos de Marx y Engels, de Lenin y Trosky, de Mao Tse Tung y Houchimin. Fidel Castro y el Che Guevara eran los líderes cimeros de todo un continente y sus textos escritos eran devorados apasionadamente, pero más intensamente por estos jóvenes que querían hacer una revolución socialista en las entrañas de un país conservador, fervorosamente católico y enclavado en una ruralidad ilimite que aún no entendía los mecanismos del cambio social para poder asomar su cara y mirar los avances científicos, tecnológicos y políticos que le daban cada vez mayor fuerza a los países imperiales y sus desgarradoras metrópolis.
Este joven, que a duras penas medía 1.64 metros y debía pesar unos 50 kilos, con un cerebro desbordante y a la vez entre maquiavélico y roussoniano, comienza a hilvanar su propia urdimbre y a tejer, en telares ideológicos, el edredón de sus sueños. Concluye así sus estudios universitarios y decide no tener ni amos, ni jefes; por ello, se convierte en el dueño de sí mismo, y para eso, elige la cátedra universitaria en donde podía debatir todo ese bagaje de conocimientos y las grandes teorías del cambio social. Parte del sistema greco- latino y luego va de Gabriel Mably a Joseph Proudon, de Tommaso Campanella a Robert Owen y del Conde Henry de Saint Simón a Frederic Engels y Karl Marx, hasta llegar al presente, vital y adolorido, fresco y también sonoro. Camina así, orondo, Cristóbal Arteta por estos intríngulis, y su conocimiento de la cátedra, lo hace el maestro ideal el que a través de la buena teoría enseña la más dinámica de las praxis. Él, a secas, es un maestro y toda su vitalidad la introduce como modelo para demostrar que en todo ese acontecer la existencia es una fuente en donde se enseña y se aprende, y también se bebe para saciar el conocimiento, y luego mitigar las carencias.
Pero Cristóbal Arteta Ripoll no sólo es el profesor de cátedra abierta y libre, sino que es el dirigente magistral por excelencia. En esta materia parece tener el don de la ubicuidad, y siempre, para dirimir conflictos, plantear soluciones, viabilizar salidas urgentes y obligadas en toda ocasión y momento.
Alguna vez quiso hacer política al estilo universitario en la arena política colombiana y logró una curul de concejal en su querido Juan de Acosta. Allí, en ese recinto, deja una huella imperecedera a través de sus propuestas, de sus acuerdos municipales y sus consejos de maestro que aquí, en esta obra, testimonian el esfuerzo y la maestría del político avezado.
Amén de todo ello, el maestro es un crítico del ordenamiento social, de las instituciones motrices y simbólicas de la sociedad, y del manejo político que hoy se le da al Estado en los países testimonio; vale decir, que a través del ensayo político- histórico y literario- crítico fustiga y azota entuertos, denuncia incongruencias e investiga incoherencias que, de una u otra manera, hacen tambalear el sistema social. Es de los ensayistas que no traga entero, y ello, lo ha demostrado en sus diferentes textos, e incluso en artículos de prensa y hasta en su revista Amauta.
Esta obra de Carlos Higgins Echeverría merece todo tipo de aplausos; primero, por atreverse a biografiar a un coterráneo, y segundo, por someterse al juicio de la historia, pues, quien escribe una obra de semejante envergadura siempre está expuesto al escarnio público: unas veces por dejar algo en el tintero, y otras, por excederse en forma ditirámbica al loar al héroe de la historia. Y, esto último, si no se logra, falta la sazón del sentimiento que es la que le da sabor al personaje. En ello, nadie le discute a Stefan Zweig, y Carlos Higgins Echeverría parece haberse contagiado del sabio maestro austriaco. Vale pues, la aseveración. Dejamos en manos del lector estas páginas para que sea él, quien dirima la adecuada posición tanto del autor como del biografiado. En ambos está la complicidad para cumplirle a la historia, tanto en su tiempo preciso como en el espacio vital de los acontecimientos.
Loa al autor y bienaventurado al mundo de las letras.

Abel Ávila

Sociólogo y escritor

Profesor Emérito

Universidad del Atlántico

Universidad Simón Bolívar

PROLOGO
En este libro se dibuja la trayectoria académica y política de Cristóbal Arteta Ripoll. En él se señalan los momentos importantes por los cuales pasó su pensamiento, hasta lograr armonizar y concebir finalmente como profesional un proyecto de vida que, a su vez, es un proyecto de sociedad y de universidad.
Fue Carlos Higgins Echeverría quien inició la titánica tarea. A través do una prosa accesible, devela todo el tránsito desde niño hasta la edad madura. La narrativa muestra a un Arteta que, desde los primeros años en la escuela primaria, mostró su interés por los problemas sociales; su presencia en la Escuela Normal de Varones marcó el inicio de un hombre con profunda vocación ideológica y académica, la cual le permitió comprender a temprana edad la lógica que mueve la actual dinámica social. Estos referentes le permiten llegar a la Universidad del Atlántico con la solidez académica, nutriéndose asimismo de los referentes teóricos, metodológicos e ideológicos que dominaron la época del 70, para luego titularse como profesional de las Ciencias Sociales. Esta nueva etapa que iniciaba Arteta era acompañada de uno de los momentos más significativos en la historia de la Educación y de la Universidad Pública, sobre todo, porque fue una época signada de conflictos y de mucha confrontación política e ideológica del país.
Posteriormente, su experiencia como docente y luego como dirigente y líder sindical afianzaron en él su vocación de servicio en pro del desarrollo, a partir de la consolidación de un proyecto alternativo de Educación.
La misma Universidad que lo formó como estudiante, en corto tiempo, le abrió sus puertas para que iniciara una nueva etapa en su vida profesional, logrando ganar rápidamente como docente su reconocimiento en el ámbito académico y político, constituyéndose, de esta manera, en uno de los dirigentes con mayores niveles de pertenencia y compromiso.
En corto plazo, comprendió que como intelectual debía incursionar en los Estudios Avanzados para ganar otros referentes epistémicos que marcaron una nueva ruta en su vida. Interpretó que la Universidad del Atlántico tenía que dar un salto cualitativo hacia los nuevos retos que debía enfrentar. Por eso, al lado de un selecto grupo de profesionales consolidó e hizo realidad el surgimiento del Departamento de Postgrado. De esta manera, partió en dos la historia de la Universidad, pues la institución comenzó lentamente a dejar su carácter meramente profesionalizante para incursionar en la investigación y la proyección social, reafirmándose así el prestigio que hoy se le reconoce en el ámbito nacional.
Siendo Director del Departamento de Postgrado, Arteta comenzó a visionar el sueño o la utopía de un nuevo proyecto de Universidad, el cual encarnó e hizo suyo cuando se candidatizó como aspirante a la Rectoría. Esta aspiración, y los reveses que sufrió en dos oportunidades, le sirvieron para sistematizar nuevas experiencias y abrirse nuevas rutas a través de las letras. La oratoria que es su mejor arma encontró en el pensamiento escrito una pista de aterrizaje interesante que se ha expresado en la producción de textos, revistas y columnas críticas en los medios de comunicación. Desde hace más de dos años ha mantenido la edición y difusión de Página Universitaria, un documento crítico que ya cuenta con más de cincuenta ediciones y que estamos seguros va a seguir siendo el medio de expresión de quien añora o sueña ver una universidad más competitiva en el marco de la actual sociedad del conocimiento.
Creo que Carlos Aurelio Higgins comprendió que tan pocas páginas eran insuficientes para develar toda la vida y obra de Cristóbal Arteta, por ello presiento que se sacrificaron deliberadamente la interpretación de las actas que guardan su postura intelectual. Pero de cualquier manera, este trabajo es un punto de referencia obligado para quienes quieran ahondar en investigaciones de esta naturaleza.





IVÁN JAVIER VALENCIA MARTÍNEZ

Mg. Historia

Director de Postgrado Universidad del Atlántico

INTRODUCCIÓN
Vi por primera vez al profesor Cristóbal Arteta Ripoll en agosto de 1994 cuando ingresé a estudiar Derecho en la Universidad Simón Bolívar. Su pequeña figura a diario se perfilaba en el ámbito bolivariano y con celular en mano surcaba el corto trayecto entre la antigua entrada y la sala de profesores, donde se dirigía de inmediato al teléfono como atraído por un gigantesco imán.
Cuando entonces lo vi, creí que se trataba de Rafael Armando Arteta, mucho más rejuvenecido. Pensé a lo mejor que éste había cambiado a su natal San José de Saco por el ruidoso acontecer de la urbe y las horas cátedras en la Universidad Simón Bolívar. Pero no. Estaba equivocado, pues era Cristóbal, de un parecido físico impresionante al de su hermano mayor y con el que no tuve la oportunidad de cruzar siquiera ni una sola sílaba en esos momentos.
En octubre, Cristóbal Arteta salió elegido concejal de Juan de Acosta. Fue cuando supe que era el mismo que impartía sus enseñanzas en las aulas bolivarianas. Luego, en enero de 1995, tomó posesión de su curul al lado de otros ediles como Juancho Ramos, Carlos "El Ñeco" Consuegra, Bolmar Aguilar, Jeremías Higgins Arteta, Hayder Zuluaga, David "Albery" Arteta, Milena Padilla Charris y otros que escapan de mi memoria por el paso presuroso del tiempo.
En las épocas de elección de contralor y personero municipales, observé su vehemencia y su facilidad de oratoria para debatir y cuestionar con argumentos de peso las poses acomodaticias de algunos de sus compañeros de cabildo. No me quedó la menor duda de que iba a ser un concejal de lujo, como en efecto lo sería.

Rápidamente, el profesor Arteta caló bien en el grupo, muy a pesar de sus continuos y severos señalamientos, y se granjeó amistades como la de juancho Ramos, un concejal liberal de un carisma arrollador y quien empezaba a sonar con firmeza como el candidato de su partido para las elecciones del futuro. De modo que juancho Ramos renunció a su curul para aspirar a la alcaldía y en su reemplazo asumió el estudiante de derecho Carlos Higgins Villanueva. Corría raudo el mes de noviembre de 1995.
Con Carlos, Cristóbal Arteta enlazó una sólida amistad en poco tiempo y fue a través de quien pude conocerlo formalmente en febrero de 1996, pero en este mismo mes dejaría su curul en el concejo para ocupar el honroso cargo de Vicerrector Académico en la Universidad del Atlántico. No obstante, continuó ligado al pueblo, y a menudo compartíamos con él jornadas de diálogo y reflexión, y debates acerca de la problemática local, regional y nacional. En compañía suya tuvimos la oportunidad de organizar foros y seminarios con importantes personalidades de la vida política y académica del Departamento del Atlántico.
En 1997, el profesor Arteta fue pieza clave para la unión de las toldas liberales en Juan de Acosta. Bajo sus sabias orientaciones, Juancho Ramos abdicó en sus aspiraciones para apoyar a Pablo Molina, quien abrumadoramente venció al candidato de la oposición. Sin embargo, éste desconocería por completo las buenas propuestas que en materia educativa y cultural quería sembrar con lujo de detalles el conspicuo hijo de Saco.

A principios de marzo de 1999, el profesor Arteta solicitó al secretario del concejo municipal de Juan de Acosta, copias de sus actuaciones al interior del cuerpo colegiado con el objeto de escribir su balance y presentárselo a la comunidad costera. Pero ahí no terminó todo, porque a punto de expirar marzo, intempestivamente me entregó unos quinientos folios y me dijo que le hiciera un serio y detallado análisis de sus planteamientos e intervenciones. Con una rara mezcla de incredulidad y temor le contesté afirmativamente moviendo mi cabeza de arriba hacia abajo, sin darme cuenta, tal vez, de la tremenda responsabilidad que se me encomendaba.
Tantos amigos escritores que tiene el profesor Arteta, pensé. ¿Por qué escogería a un pichón de las letras como yo? Bueno, tengo que trabajar duro, me dije interiormente. Y así asumí el reto.
Con suma diligencia, empecé a auscultar el mamotreto de papeles y a subrayar sus intervenciones. No era nada fácil, pues en todas había largas disquisiciones. Así fui tejiendo una madeja de conceptos y exposiciones que lentamente iba ordenando en el baúl de mi memoria, al tiempo que empezaba a leer artículos y ensayos de este docente para completar su pensamiento.
En los albores de abril de 1999, produje las primeras cuartillas del trabajo las enseñé al protagonista, quien manifestó complacencia por lo plasmado en el papel. Después, con los días, vinieron más, más y más y, por fin, el escrutinio detallado de las actas del concejo arrojó sus frutos en julio de este mismo año, tras la lectura, relectura, corrección de los textos y la conversión de las intervenciones de primera persona, alteradas por el secretario del cuerpo edilicio.
Previa a la terminación del trabajo realizado por Arteta en el concejo do Juan de Acosta, le manifesté la posibilidad de realizar un ensayo mucho más amplio que incluyera todo el trasegar de su vida, desde su nacimiento, infancia, estudios primarios y secundarios, pasando por su actividad sindical, administrativa y académica, hasta la creación de la revista Amauta y los cuatro libros escritos, ante lo que se mostró de acuerdo.
Para agilizar el proyecto me facilitó sus libros, muchas revistas Amauta y copias de sus artículos y ensayos publicados en los diarios El Heraldo, La Libertad y Diario del Caribe en las décadas de los años ochenta y noventa. También, en su momento, respondió más de ciento cincuenta interrogantes tendientes a reconstruir desde los albores su agitada y controvertida vida.
Las dos sesiones de entrevistas ocurrieron los días 18 y 24 de enero del año 2000. La primera de éstas se escenificó, curiosamente, en un viaje efectuado en su vehículo entre Barranquilla y Santa Verónica y viceversa, debido a las múltiples posposiciones del protagonista por su labor en las Universidades del Atlántico, Simón Bolívar y Libre. La restante tuvo lugar al interior de la Universidad Simón Bolívar. De manera que los sueños florecieron y se plasmaron en este libro, que propende por la difusión del pensamiento político, académico y social del profesor Arteta Ripoll, nacido de las entrañas del olvidado pueblito llamado San José de Saco. He aquí, entonces, una semblanza del docente saquero.
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