La historia economico-ecologica






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¿Una teoría del intercambio ecológicamente desigual?
Algunos temas de historia ecológica han sido estudiados por la geografía histórica, pero ahora se estudian con una perspectiva más crítica, con nociones como Raubwirtschaft que había perma­necido en el olvido científico a pesar de haber sido acuñada hace tiempo por geógrafos (Raumolin, 1984), y de que fue introducida por Jean Brunhes en un capítulo de su clásica Geographie humai­ne. También hay una nueva discusión de la staple theory of growth, teoría que a menudo se atribuye a los trabajos del histo­riador canadiense Harold Innis sobre las exportaciones de mate­rias primas del Canadá y la relación entre estas exportaciones y el crecimiento económico por los diversos linkages. Más tarde, se olvidó la perspectiva crítica de Harold Innis y los doctrinarios neoliberales (Watkins, 1963; Schedvin, 1990) glorificaron el creci­




miento económico basado en la extracción de recursos naturales.

Desde hace poco, dentro de los intentos de llegar a una teoría de los intercambios ecológicamente desiguales, se han dado argu­mentos contra la staple theory of growth (Bunker, 1989). Las eco­nomías extractivas producen pobreza en el ámbito local y, a la vez, falta de poder político, con la incapacidad consiguiente de frenar la extracción de recursos o poner un precio más alto. Esta es, por ejemplo, la situación de Argelia, con las exportaciones ac­tuales y previstas de recursos no renovables, como el petróleo y el gas, también es el caso de México: ¿cuáles serán los movimien­tos y las organizaciones políticas que adoptarán la perspectiva de la historia ecológica para defender estos recursos? ¿Qué lenguaje político utilizarán? Hay muchos ejemplos que dan una nueva fuerza a la teoría del subdesarrollo como consecuencia de la de­pendencia que se expresa en intercambios desiguales, no sólo por la infravaloración de la fuerza de trabajo de los pobres del mun­do, no sólo por el deterioro de la relación de intercambio en tér­minos de precios, sino también por los diferentes «tiempos de producción» intercambiados cuando se venden los «productos» extraídos, de reposición larga o imposible, a cambio de productos de fabricación rápida. En el caso de los minerales, es evidente que la exportación es más rápida que la reposición: a menudo el resul­tado es dejar únicamente un agujero físico, muy contaminado, y a la vez un agujero social en la zona minera 2. Si la exportación no es de minerales sino agrícola o forestal, puede parecer que si no se hace a un ritmo más rápido que el de reposición y los precios son razonables, sólo puede reportar beneficios económicos perdu­rables. Pero hay que tener en cuenta que, desde el punto de vista ecológico, estas exportaciones no son sólo de energía solar gratui­

2 Esta perspectiva es bastante apropiada para la historia de Andalucía. Elisa­beth Dore ha publicado una introducción a la historia ecológica de la extracción de minerales en América Latina en Ecología Política, n. 7 (1994). Naturalmente,la explotación ecológica y humana de América en la época colonial, sin comercio libre y con trabajo forzado, queda fuera de la discusión de la staple theory of growth, que es pertinente para la época del «imperialismo de libre comercio».

ta incorporada por la fotosíntesis, sino también de nutrientes del suelo. En el caso de las exportaciones pesqueras, que en principio parecen también biológicamente renovables, hay que tener en cuenta la extrema variabilidad de la formación de plancton. No es aplicable la noción de «rendimiento sostenible» desarrollada por la economía forestal alemana y, más tarde, por Gifford Pin­chot en los Estados Unidos. En la práctica vemos como una zona después de otra agotan los recursos (se han hecho ya algunas his­torias de estos desastres: por ejemplo, la de California, por McE­voy (1986) y otras esperan todavía su historiador: la de Perú, por ejemplo).

Esa idea de los distintos «tiempos de producción» junto con la de la «puesta en valor» de nuevos territorios, presiden la interpre­tación de Elmar Altvater sobre las consecuencias del contacto en­tre economías capitalistas y economías aún no incorporadas al capitalismo. En su estudio sobre la Amazonía, Altvater presentó la idea de la «puesta en valor» (la mise-en-valeur de los estudios regionales franceses) con una perspectiva crítica. El capitalismo incorpora nuevos espacios mediante nuevos medios de comunica­ción para extraer los recursos naturales; la producción en el espa­cio incorporado, ya no es regida según los valores ni según los tiempos de la reproducción de la naturaleza. Así pues, al ser mo­dificadas las relaciones espaciales, son también alteradas las rela­ciones temporales (cf. Mires, 1990, p. 109). El antagonismo entre un tiempo económico, que debe marchar según el rápido ritmo impuesto por la circulación del capital y la tasa de interés, y el tiempo biológico, que transcurre según el ritmo de la naturaleza (para producir caoba, o anchoveta, o para regenerar superficies contaminadas, o para producir petróleo), se expresa en la destruc­ción de la naturaleza y de las culturas que valoraban de otra ma­nera los recursos naturales. Al «poner en valor» nuevos espacios, modificamos los tiempos de producción, y el tiempo económico-crematístico triunfa sobre el tiempo ecológico. Esa victoria, claro está , es sólo aparente.




Historia de la contaminación atmosférica
La historia ecológica aporta otros temas totalmente nuevos, por ejemplo el estudio histórico de la contaminación (Brimble­ combe, 1987). La tendencia actual en las ciudades ricas del mun­do es el descenso de dióxido de azufre y el aumento de los óxidos de nitrógeno y el ozono superficial (la sustitución del smog deLondres por el smog de Los Angeles). La misma palabra «smog»(un neologismo inglés, combinación de smoke y fog) no es muy aplicable filológicamente a la contaminación característica de Los Angeles (y cada vez más fuerte también en Barcelona). Mientras el dióxido de azufre tenía a menudo orígenes claramente visibles y dio lugar a muchas luchas sociales en toda Europa en los siglos XIX y XX, la contaminación atmosférica producida por los auto­móviles es mucho más difusa, menos localizable desde el punto de vista social, y la responsabilidad está mucho más extendida en ciudades como Los Angeles o Barcelona, donde casi todo el mun­do es propietario o usuario de automóviles. En otras ciudades del mundo, aumentan de manera simultánea los dos tipos de conta­minación. ¿Veremos, en ciudades como por ejemplo México, mo­vimientos sociales, no sólo contra la contaminación del aire por dióxido de azufre, sino también contra los automóviles y el smog de Los Angeles, protagonizados por ciudadanos que ni tienen automóvil ni esperanzas de tenerlo? ¿Qué capas sociales son más ecologistas? ¿Hay, en la actualidad y en la historia, un ecologis­mo de los pobres?

La historia ecológico-social conoce numerosos episodios de lu­chas populares contra el dióxido de azufre producido por instala­ciones industriales, como por ejemplo fundiciones de cobre, y en Alemania hay una nueva historiografía sobre la «lluvia ácida» desde el siglo pasado, que recoge la polémica sobre las normas de emisión de azufre por metro cúbico de aire y la polémica sobre las dimensiones de las chimeneas. En la nueva historia ecológica, los «humos» de la industria no se ven como símbolos de progreso, sino como señales claras de diversas contaminaciones que las chi­meneas disimulan y esparcen más lejos. Precisamente, este tipo de

conflictos sociales que se traducen a menudo en procedimientos administrativos o judiciales sobre las dimensiones de las chime­neas (más altas, más contaminación), sobre normas cuantitativas de contaminantes, sobre responsabilidades jurídicas y pago de da­ños, y también en documentación sobre alborotos y masacres (co­mo en Río Tinto en 1888), han dejado un rico material histórico muy anterior a las actuales legislaciones ambientales y a los casos actuales de procesos por infracciones administrativas o delitos ecológicos.
Urbanismo ecológico y Ecología urbana
Otro nuevo tema de la historia socioecológica es el estudio del urbanismo desde perspectivas ecológicas. Así, no sólo se elaboran nuevas historias del urbanismo haciendo una revisión favorable a las Ciudades-Jardín (Creese, 1991) y al urbanismo ecológico­ regional de Geddes y Mumford contrario a la extensión de las co­nurbaciones (Masjuan, 1992), sino que también se hacen nuevos estudios históricos empíricos de la ecología de las ciudades. Ged­des (1915) y Mumford (1934, 1938) iniciaron la historia ecológica de las tecnologías y de las ciudades, distinguieron entre tecnolo­gías « paleotécnicas» basadas en el carbón y el hierro, que habían producido pautas de urbanización feas y antiecológicas, y un nue­vo urbanismo posible basado en tecnologías «neotécnicas», de implantación potencialmente más descentralizada, por ejemplo (decían ellos) la hidroelectricidad (Guha, 1991). Más que la reco­mendación de técnicas concretas, lo que resulta sugerente de Ged­des y Mumford es la visión histórico-ecologista, no del todo pesimista pero sí crítica, del proceso de industrialización y urbani­zación. Así, la hidroelectricidad ha traicionado las expectativas de descentralización y, además, la fuente predominante de electrici­dad han sido los combustibles fósiles (y ahora lo es la energía nu­clear en algunos países como Francia). En la actualidad, el proceso de urbanización produce (piensan algunos) desastres am­bientales en los países industrializados (pérdida de tierra agrícola, concentración de desperdicios no reciclables de tratamiento peli­




groso, contaminación atmosférica) que son, sin embargo, de di­mensiones reducidas en comparación con el fenómeno nuevo en la historia de la humanidad, de ciudades de treinta o cuarenta mi­llones de habitantes en países pobres. La visión optimista de la ur­banización que ha influido sobre la forma de hacer su historia no tiene mucho sentido si pensamos qué serían las ciudades de la In­dia o de China, si se produjese un éxodo rural relativamente pare­cido al de México o Brasil.

Dentro de la historia ecológica urbana, hay que considerar la ciudad como una consumidora y excretora de energía y materia­les, y se estudian y cuantifican las entradas para el aprovisiona­miento de las ciudades (entrada de alimentos, de materias primas, de energía, de agua) y la producción de residuos, así como los sis­temas para evacuarlos. Existe material reciente (en parte produci­do dentro del programa MAB, Man and the Biosphere, de la UNESCO) sobre diversas ciudades del mundo, hay también un es­tudio sobre Madrid (uno de los trabajos pioneros de Naredo,1987) y otro sobre Barcelona (pero no sobre la conurbación ente­ra), obra de Terradas y otros (Parés/Pou/Terradas, 1985). Este es todavía un campo de estudios históricos casi inédito que permi­tiría, por ejemplo, hacer la historia del efecto de «isla de calor» en las ciudades (Carreres et al., 1990) o, por ejemplo, hacer una historia social de la Barcelona del siglo XX escribiendo la historia de las basuras, su composición, las tendencias de la producción (por persona, por barrios), su reciclaje parcial, sus efectos tóxi­cos. Los arqueólogos han reconstruido las formas de vida y las pautas sociales del pasado por medio del estudio de los desperdi­cios, en ausencia de documentación escrita. Para la historia con­temporánea hay un montón de documentación sobre desperdicios por explorar, aunque también conviene añadir un poco de ar­queología. De este modo, los «arqueólogos industriales», que ha­cen una historia reciente, no deberían interesarse sólo por máquinas y sistemas de trabajo, sino también, por ejemplo, por la historia de la contaminación del suelo con metales pesados y por la historia de la contaminación del aire y del agua. De igual modo, el estudio histórico del uso urbano del agua, doméstico e

industrial, requiere a la vez conocimientos de ciencias naturales, ya que está relacionado con cuestiones de higiene y salud pública, y conocimientos sociales porque el uso del agua depende también de la diferenciación social (la cantidad diaria de agua por habitan­te de ciudad varia actualmente entre veinte y mil litros, entre po­bres y ricos de ciudades pobres y ricas) y también está relacionado con el impacto de la ciudad sobre el territorio regional.

Es una lástima que el nombre de «Ecología Humana» fuese adoptado por la escuela de sociología urbana de Chicago de los años veinte, que utilizó de forma analógica algunos conceptos de la ecología de las plantas (sucesión, clímax) para describir fenó­menos sociales en las ciudades (la degradación de algunos barrios, por ejemplo), pero que no hizo realmente un análisis de la ecolo­gía urbana como el que aquí he propuesto.
Historia de la tecnología y gestión de los riesgos
Dentro de la historia ecológica, la historia de la tecnología, re­lacionada con la historia de la industria y del urbanismo, se ve de un modo más cercano a la visión crítica de Lewis Mumford que al optimismo de Bernal. Hay que hacer la historia de los descubri­mientos científicos y de su contexto social, la historia de las razo­nes socioeconómicas de las aplicaciones tecnológicas y también la historia de las repercusiones ambientales de estas tecnologías. La percepción social de estas repercusiones ambientales no es inme­diata: el conocimiento técnico y también la ignorancia se constru­yen socialmente. Es interesante estudiar los miedos hacia las nuevas tecnologías, también lo es estudiar los silencios sociales (ante el DDT, ante la energía nuclear civil) durante muchos años. Empieza ahora una nueva historiografía de la tecnología que in­cluye sus impactos ambientales (Radkau, 1989), lo que para los historiadores económicos es una novedad (comparada, por ejem­plo, con los entusiasmos industrialistas de David Landes o, en Ca­talunya, de Jordi Nadal) y para los economistas plantea, en el pasado, una cuestión de gran importancia y gran dificultad actua­les: la gestión del riesgo en una situación incierta, cuando la




apuesta es muy importante (en el caso de la energía nuclear, por ejemplo, o de la incineración masiva de residuos, o de las biotec­nologías) pero no sabemos realmente qué costes sociales y ecoló­gicos futuros tendrá la nueva tecnología (Funtowicz y Ravetz, 1991).

Es fácil ridiculizar la mentalidad « luddita» de los que se han opuesto a nuevas tecnologías por miedos irracionales o, a veces, por miedos interesados. Ahora bien, dentro de la conciencia popular oc­cidental, incluso dentro de la conciencia proletaria en estos ciento cincuenta años de industrialismo, se mantienen nostalgias ecológicas que cobran un nuevo valor. En Catalunya hay fantásticos campos de estudio sobre el vegetarianismo popular, el control de la natali­dad, el neo-malthusianismo y el feminismo populares, el excursio­nismo y el ciclismo populares. El tema es algo complicado desde el punto de vista político, porque en la derecha han existido nostalgias ruralistas, y porque los fascismos las quisieron aprovechar con la re­tórica del Blut und Boden (Bramwell, 1985, 1989). Pero la práctica general de los fascismos y particularmente del nazismo fue, clara­mente, expansión demográfica y Blut und Autobahnen.

En el siglo XX, la industrialización y la industria del automóvil han sido casi sinónimos. Pero, por razones ecológicas, el automó­vil es un «bien posicional». La historia económica habitual, fiel a su maestra la teoría económica, no se fija mucho en las repercu­siones ecológico-sociales externas al mercado de las diversas pau­tas de consumo. En la historia económica, más que una descripción de los cambios materiales en las estructuras de consu­mo y un análisis de su viabilidad y consecuencias ecológicas, se hacen series de cifras de la producción industrial o del producto nacional bruto de las diversas economías que entran en procesos de crecimiento económico.
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