La historia economico-ecologica






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Formas de propiedad y uso de los recursos naturales
La nueva historia ecológica estudia, o debería estudiar, los con­flictos sociales como conflictos ecológicos, motivados por la desi­gualdad en el acceso a los recursos naturales y en el acceso

desigual a la capacidad asimilativa o depuradora de la naturaleza. En esta cuestión hay un considerable embrollo conceptual, al es­tudiar la repercusión de formas de propiedad sobre la conserva­ción de los recursos: acceso abierto, propiedad comunal, propiedad estatal, propiedad privada (Aguilera Klink, 1991, 1992). El famoso artículo de Garret Hardin (1968), The tragedy of the commons, explicaba los problemas de agotamiento de los recursos y de contaminación, como resultados de la contradicción entre las ganancias marginales privadas que corresponden exclusi­vamente a quien utiliza un terreno comunal (poniendo, por ejem­plo, una oveja extra) y los costes sociales marginales (de degración del pasto) que se deben repartir entre todos los usuarios (actuales y futuros). La repercusión del artículo de Hardin ha sido muy grande, hoy los problemas ecológicos globales se discuten a menudo bajo el rótulo de the global commons. Pero la atmósfera o los océanos no son bienes comunales con reglas de gestión esta­blecidas por costumbres y legislaciones ancestrales, son más bien recursos de acceso abierto a todo el mundo, como pasaba por ejemplo con la pesca de ballenas en alta mar antes de los tratados que la regulan, o pasa con el uso de la atmósfera o de las aguas para esparcir contaminantes. De hecho, en la pesca vemos a me­nudo el conflicto entre la lógica del acceso abierto y la lógica de la gestión comunal (regulada por cofradías de pescadores, por ejemplo). También encontramos conflictos ecológico-nacionales (como los que hay entre Marruecos y España, o entre Islandia y Gran Bretaña), y podemos entender los esfuerzos para evitar el acceso abierto: por ejemplo, la extensión muy temprana de los de­rechos exclusivos de pesca a 200 millas en Perú, un episodio histó­rico que consideraré en el capítulo octavo.

Dentro de la historia social, se había hablado de the tragedy of the enclosures más que de la tragedia de los bienes comunales, ya que la privatización de los comunes dejó a los pobres sin un medio de vida y los proletarizó. También desde el punto de vista ecológi­co hay una tragedy of the enclosures, más que una tragedy of the commons; quizá no en Inglaterra, pero sí en otros lugares. Por ejemplo, en la Amazonía vemos ahora, en los últimos treinta




años, un proceso de privatización de tierras de los más espectacu­lares que nunca ha habido en la historia de la humanidad, conconsecuencias ecológicas graves (motivadas en parte por los siste­mas de subsidios que hubo para la producción de carne en nuevos pastos sobre bosques quemados). La reacción popular, simboliza­da por Chico Mendes, es una reacción contra the tragedy of the enclosures por las consecuencias sociales y ecológicas. En el Esta­do español, el ecologista Mario Gaviria tuvo hace ya tiempo la osada idea (cf. entrevista en Archipiélago, 8, 1991) de interpretar el carlismo desde el punto de vista ecológico 3. Este fue un movi­miento social que, con un lenguaje político reaccionario, posible­mente era contrario a la privatización de las tierras comunales y también a la depredación de los recursos que comporta la privati­zación, por el hecho de que los propietarios privados tienen unos horizontes temporales más cortos y unas tasas subjetivas de des­cuento más altas que los gestores de propiedades comunales. En un excelente estudio comparado de diversas zonas montañosas del Mediterráneo (en algunas de las cuales, como el Rif, aumenta aún la población y la presión de la demanda exterior, en la forma de kif o marijuana), McNeill ha argumentado (1992) que en muchas de las montañas de Italia y España la desamortización del siglo XIX junto con el aumento de población de esa época y la presión de la demanda exterior (por ejemplo en la forma de carbón de le­ña para fundir metales, como en la Sierra de Gádor vecina a la


3 Desde las investigaciones de Jaume Torras, en Liberalismo y rebeldía campe­sina, 1820-1823, Ariel, Barcelona, 1976, el Carlismo se ha visto como una respues­ta campesina, manipulada si se quiere, con motivaciones propias, entre las cuales

estaba la resistencia contra el avance de la privatización de la tierra. Se puede la­mentar que los Carlistas tuviesen no sólo un lenguaje político reaccionario, sino unas aficiones tan poco ecologistas como, por ejemplo, la monarquía absoluta.

(Cf. Jesús Millan, «Contrarrevolució i mobilització a PEspanya contemporània», L'Avenç, 154, die. 1991). Pero la idea es que su base popular, que desgraciada­mente no expresó su descontento con otra ideología política posible en la época (demócrata federalista, por ejemplo), tenía sin embargo unos motivos de protesta antiliberal, vinculados a la pérdida del acceso a recursos naturales como medios de subsistencia fuera de la economía crematística.

Alpujarra), llevaron a una deforestación, que es pues reciente. ¿Qué hubiera ocurrido sin desamortización, si se hubiera conser­vado la propiedad pública o comunal? ¿La presión de la pobla­ción sobre los recursos más la presión de las exportaciones eran suficientes para llevar a la deforestación, cualquiera que hubiera sido el régimen de propiedad y gestión? La sabiduría popular está indecisa acerca de qué sistema de propiedad lleva a tener más cui­dado de los recursos: existe, a buen seguro, la figura del heredero malversador al que le es indiferente la situación de las generacio­nes futuras e incluso su propia suerte cuando sea viejo, pero tam­bién hemos oído a menudo que el que es del comú, no es de ningú, un dicho que haría feliz al biólogo socialdarwinista Garrett Har­din si entendiera el catalán.

En este contexto, el tema de la gestión del agua es particular­mente interesante ya que normalmente no hay una simple «regla de captura» (excepto cuando se trata de aguas subterráneas, como ha estudiado Aguilera Klink en Canarias, es decir, un sistema de acceso abierto), sino que la sociedad civil ha creado a menudo ins­tituciones complejas precisamente para hacer frente a las contra­dicciones entre las ganancias privadas y los costes sociales. En otros aspectos de la realidad socioecológica (conservación del sue­lo por medio de terrazas, sistemas colectivos de rotación agraria), además de la regulación del uso de los pastos y de los recursos ma­rinos ya citados, la propiedad comunal es particularmente conser­vadora del medio ambiente (Berkes, 1989).

En la gestión del bosque y en el uso de la leña y el carbón de leña, el sistema de propiedad es importante. Se puede hacer una historia socioecológica que permita entender los robos y otros conflictos sociales posteriores a las desamortizaciones de los bos­ques, y que explique. el papel de estos recursos de uso comunal dentro de los ecosistemas humanos privatizados por la oleada li­beral de finales del siglo XVIII y del XIX4. En la historia ecoló­

4Véase la investigación de Manuel González de Molina y sus colaboradores, de la Universidad de Granada (1990), que empieza a publicarse. Véase también los




gica de la India, la gestión comunal de los bosques se ha contra­puesto, no a la propiedad privada, sino a la estatal (Guha y Gad­gil, 1989, 1991). La depredación del bosque no vino de los abusos de los pobres sino que tuvo por causa la estatización británica y la explotación colonial siguiendo criterios comerciales de corto plazo, en especial para vender traviesas de ferrocarriles. Aquí se enfrentan históricamente dos actores: el Estado colonial (después, el Estado republicano) y las comunidades campesinas y tribales, con sus reglas de acceso y uso del bosque. Es un caso claro de « ecologismo de los pobres», ya que estas comunidades hacen un uso menos intenso porque siguen la lógica del valor de uso y no la del valor crematístico. Por tanto, Guha y Gadgil contraponen la estatización y la explotación comercial, antiecológicas, al uso comunitario y a la «economía moral» de los pobres, utilizando ex profeso la categoría de análisis de E.P. Thompson y James Scott y analizando las diversas formas de lucha social, que en la India han sido la prehistoria del movimiento actual de mujeres y hom­bres que defienden los árboles en el Himalaya contra las empresas forestales.

El caso de la pesca tradicional en Kerala

Este otro famoso conflicto ecológico-social en el otro extremo de la India, ya tiene veinte años de duración, entre los pescadores tradicionales y la pesca industrial con trawlers (bien estudiado por John Kurien). Aparece en la prensa desde 1976, cuando 19 pesca­dores perdieron vida. La tendencia es el desplazamiento de los pescadores tradicionales y el agotamiento de los recursos, debido a la presión de las exportaciones. Si antes se luchaba por los ca­marones ahora se lucha por la sepia y por los calamares. La costa del estado de Kerala tiene solamente 590 kms. pero sus pescadores tradicionales suministraban tina tercera parte de toda la pesca de

artículos de González de Molina y Sevilla Guzmán sobre el agrarismo populista ecológico.

la India. Desde los años 1950 hubo intentos de modernizar los mé­todos de pesca, proporcionando trawlers a cooperativas de pesca­dores, pero al final han sido propietarios exteriores a las comunidades de pescadores los que han irrumpido con métodos industriales. Hay dos sectores sociales con distintas perspectivas: los que pescan para ganarse la vida, y los que pescan para conse­guir ganancias.

Aparte de los casos de violencia entre ambos grupos, los pesca­dores tradicionales han recurrido también al apoyo de las autori­dades para imponer vedas temporales durante la época del monzón (julio y agosto) que es la época en que algunas especies se reproducen. Las redes de arrastre de los trawlers rascan la su­perficie bajo el mar e impiden la reproducción. Cuando los sindi­catos de pescadores consiguen imponer la veda, las autoridades (que de hecho están entusiasmadas por el aumento de las exporta­ciones) no consiguen imponerla eficazmente. Este es un caso claro de « ecologismo de los pobres».

Historia del ecologismo popular
¿Se podría encontrar en otros movimientos sociales de la histo­ria una conciencia ecológica popular similar? ¿En qué lenguaje social se expresaría esta conciencia ecológica? Seguramente, debe­ríamos entender como luchas ecologistas muchos de los conflictos sociales habidos en la industria y en la minería para defender la salud en el trabajo, contra las enfermedades «industriales», y también muchos conflictos populares urbanos, para conseguir al­quileres más baratos (contra la aglomeración, que es causa de tu­berculosis), para disponer de agua (contra enfermedades diarreicas, incluso el cólera), a favor de espacios verdes. Esto no significa que estos movimientos históricos utilicen el lenguaje de la ecología científica; utilizan lenguajes propios, populares o indí­genas, posiblemente religiosos. La nueva historia ecológica busca el contenido ecológico de los conflictos sociales rurales y urbanos, también de los conflictos internacionales. Del mismo modo que




el movimiento feminista ha conseguido hacer visible la contribu­ción no remunerada del trabajo doméstico a la economía (donde la palabra «economía» tiene el significado de aprovisionamiento material del oikos: oikonomia, pues, y no crematística), los movi­mientos sociales ecologistas hacen visibles algunas de las «exter­nalidades» ambientales causadas por la economía. Son precisamente las mujeres quienes a menudo tienen un papel so­cialmente más importante en el combate contra estas «externali­dades». Las luchas proletarias sobre salarios eran más bien un asunto de hombres, las luchas típicas del «ecologismo de los po­bres» las llevan a cabo mujeres y hombres. Por ejemplo, las muje­res en Maharashtra (India) llevan el peso de la lucha social contra el creciente uso del agua para la agricultura comercial de caña de azúcar que agota los pozos de los pueblos y las obliga a caminar más, a ellas y a sus hijos e hijas pequeñas, en busca de agua (Brin­da Rao, 1991). La especial proximidad de las mujeres a la oikono­mia y por tanto a la ecología, en oposición a la economía crematística, y por lo tanto su papel predominante en el «ecolo­gismo de los pobres» (destacado por autoras bien conocidas como Vandana Shiva) no tiene su causa en ninguna relación esencial­mente cercana entre las mujeres y la naturaleza, de raíz biológica, sino, de forma más prosaica, la causa es el papel social de trabaja­doras en la economía doméstica, adjudicado a las mujeres en la división social del trabajo. Es necesario, entonces, preguntarse sobre las razones de la falta de valoración social, por parte de los hombres, de este trabajo del cuidado doméstico, que es obvia­mente tan importante para la supervivencia humana (cocinar, la­var, buscar agua y leña, dar de mamar y tener cuidado de los hijos pequeños) y que, incluso en economías de mercado muy generali­zado, como en nuestra sociedad, es un trabajo que está fuera de la economía crematística, o que es poco valorado.

Para los economistas, que el mercado no mida las «externalida­des» es obvio, es parte de la definición de «externalidades» como perjuicios (o beneficios) no medidos por los precios del mercado. El problema, para economistas convencionales o para historiado­res económicos convencidos de las virtudes explicativas de la eco­

nomía neoclásica, es qué sustitutos o complementos del mercado pueden dar precio a las «externalidades», aproximando pues los costes privados y los costes sociales (¿impuestos pigouvianos? ¿el establecimiento de derechos de propiedad sobre el ambiente y un mercado coasiano (de Coase) de «externalidades»?). Por contra, los críticos ecológicos de la economía encuentran que estos intentos de los economistas convencionales no llevan a ninguna parte. La evaluación crematística de externalidades irreversibles e inciertas, por medio de instituciones que imitan o complementan el mercado, es una quimera porque los no nacidos no pueden participar en nin­guna transacción auténtica o ficticia y las otras especies tampoco pueden acudir al mercado. Los elementos de la economía son in­conmensurables, no existe una única medida de valor (Martínez Alier y Schlüpmann, 1991, cap. 10; O'Neill, 1993).

A medida que el sistema de mercado generalizado se ha extendi­do en el mundo, el uso de recursos renovables y no renovables ha sido más intenso, y también lo ha sido la producción de «externa­lidades», es decir, de perjuicios no medidos por valores de merca­do, incluido el perjuicio que representa el agotamiento de los recursos para las generaciones futuras. El mercado crece y, para­dójicamente, utiliza o echa a perder más recursos y servicios am­bientales que están fuera del mercado y, como no están en el mercado, no les da ningún valor. Este es el trance en el que nos hemos ido metiendo. Igual que el trabajo doméstico no remunera­do se da langfe3082da gratuitamente debido a convenciones y estructuras socia­les, las condiciones de la vida y de la producción en forma de agua suficiente, fuentes de energía, atmósfera no muy cargada, terre­nos y sistemas para la evacuación de residuos, las proporciona la naturaleza desde fuera del mercado. Y si la naturaleza se degrada, se supone que es el Estado quien deberá encargarse de corregir el impacto ambiental o de buscar nuevos recursos naturales (incluso haciendo guerras por el petróleo) para proporcionar aquellas con­diciones: por lo tanto, el papel del Estado, y no sólo el del merca­do, hace que los conflictos sobre las condiciones ecológicas de la vida y de la producción pronto se politicen ya que el Estado no sólo contribuye a la degradación de la naturaleza sino que se espe­




ra que el Estado arregle, fuera del mercado, esa degradación (cf. James O'Connor, 1991).

La apropiación humana de la naturaleza nunca ha sido tan grande como ahora, y así lo señalan diversos indicadores: por ejemplo, la humanidad se apropia o echa a perder la cuarta parte de la producción neta anual de biomasa en la superficie de la tie­rra (Vitousek, cit. por Daly, 1991). Es un indicador interesante que quizá se podría reconstruir históricamente. El impacto huma­no sobre la naturaleza procede no sólo del crecimiento de la eco­nomía de mercado y del gran consumo exosomático de energía y materiales que hacen los ricos, sino también del crecimiento de la especie humana, sin embargo muy irregular en diversas zonas de la Tierra. En América, Australia y Nueva Zelanda, en Hawai y otras islas del Pacífico, el hecho más notable de su historia demo­gráfica es el colapso que sufrieron a raíz de la conquista europea, por falta de inmunidad contra algunas enfermedades euroasiáti­cas. En muchos casos, las poblaciones nativas desaparecieron o nunca se han recuperado5. La historia demográfica del mundo ha sido una historia de expansión europea, dentro y fuera de Europa, en los últimos 500 años. Por ejemplo, las densidades de muchos países europeos medidas en habitantes por hectárea culti­vada son de las más altas del mundo. La tendencia sólo ha cam­biado claramente en los últimos decenios: la población de los países pobres aumenta con mayor rapidez. Pero las diferencias de consumo exosomático y de energía y materiales por persona en el mundo son enormes y, seguramente, crecientes. Por lo tanto, el factor demográfico sólo es uno de los factores que contribuye a la carga humana sobre los ecosistemas.

Además de la demografía, el impulso principal al uso de recur­sos procede de la expansión económica que, a la vez, crea « exter­

5 Ver, por ejemplo, los artículos de
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