Animación, política y propaganda (III): Tiempos modernos |






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Animación, política y propaganda (III): Tiempos modernos | David Flórez

Introducción (I): Bienvenidos al siglo XIX

En el artículo anterior (1), había interrumpido la narración en un momento crucial de la historia del mundo: el periodo de tres años, de 1989 a 1991, en que se asistió al final de la guerra fría, la caída del comunismo en Europa Oriental y la disolución de la propia Unión Soviética. Para los que fuimos testigos de esos acontecimientos, ese tiempo constituyó la materialización de un imposible. Desde niños habíamos sido educados en que la división de Europa y el mundo en dos bloques irreconciliables era completamente irreversible, cuya conclusión lógica sería una tercera guerra mundial termonuclear en la que seríamos convertidos en polvo radioactivo. Pueden imaginarse el alivio con que acogimos el indulto con que nos obsequiaba la historia, independientemente de nuestras ideas políticas.

La euforia llegó a tales cotas que incluso algunos geopolíticos, encabezados por Francis Fukuyama, se atrevieron a profetizar el fin de la Historia, expresado en un mundo compuesto por democracias liberales estables, donde la guerra sería un imposible y la riqueza universal estaría garantizada por un crecimiento económico perpetuo al modo capitalista. Casi treinta años más tarde, la historia ha vuelto y, como dicen en las películas de Hollywood, with a vengeance. Como sabrán por las noticias, no acabamos de salir de la peor crisis económica mundial desde la Gran Depresión de 1929. Esta Gran Recesión, como ha sido bautizada, ha tenido el efecto contrario a su predecesora, puesto que si la primera condujo al establecimiento de políticas económicas mixtas y a la construcción de los estados de bienestar europeos, la más reciente ha llevado a su desmantelamiento en aras de unas políticas de austeridad que quieren salvar el barco quemando su madera en las calderas.

Desde un punto de vista político, si bien no hemos llegado aún a una Gran Guerra General con armamento convencional, las potencias mundiales han vuelto a descubrir el aforismo de Clausewitz, utilizando la amenaza de la guerra para hacer avanzar sus designios políticos. China utiliza su renacido poder económico y militar para expandir su área de influencia política a costa de sus vecinos y al margen de los acuerdos internacionales. Rusia busca recuperar su prestigio y poder perdidos, royendo provincias separatistas a los países limítrofes, como Georgia y Ucrania. Turquía, por su parte, sueña con restaurar el Imperio Otomano y en volver a tener un papel director en el mundo islámico. Los EE.UU., por último, han intentado recobrar la independencia energética mediante la intervención directa en Mesopotamia, de forma que puedan librarse tanto del incómodo aliado Saudí como de la tentación de restaurar lazos de amistad con el régimen de los ayatollahs iraníes, piense lo que piense el estado de Israel. Un esfuerzo que, como sabrán, sólo ha conseguido desestabilizar la región hasta un grado irreparable. Y luego está Europa, sin saber qué es o si quiere algo, porque lo que es pintar, poco o nada (2).

Como telón de fondo, el conflicto eterno de Oriente Próximo entre árabes e israelíes, que envenena cualquier intento de estabilización de la región e impide, por las exigencias de militarización y movilización, el giro de las sociedades árabes hacia auténticas democracias. Ahora bien, si durante la guerra fría el protagonismo árabe en el combate contra Israel estaba monopolizado por regímenes más o menos laicos cercanos a la URSS, el hundimiento de esta potencia y los continuos fracasos de los movimientos nacionalistas árabes han llevado al surgimiento de un nuevo tipo de extremistas: el islamismo radical que propone la creación de teocracias opuestas a las ideas occidentales, sean de derechas o de izquierdas, sean liberales o conservadores.

El resultado ha sido la aparición de una serie interminable de movimientos integristas, como los ayatollahs iraníes, los hermanos musulmanes egipcios, el FIS/GIA (Frente Islámico de Salvación/Grupo Islámico Armado) argelino, el Hamas palestino, Hezbolla en Líbano, los talibanes afganos, o Boko Haram, en Nigeria. Algunos incluso con pretensiones de dominio global, como Al-Qaeda, aunque su primacía ha sido recientemente puesta en duda por el EIIL (o ISIS) que se ha hecho con el control de amplias zonas de Siria e Iraq, lanzando asimismo una campaña contra objetivos en Europa (3). Movimientos cada uno más radical que el anterior, de manera que el fanatismo renovado del último recién llegado consigue que los extremistas de antaño parezcan moderados dignos de alabanzas, únicos interlocutores válidos para la estabilización de la zona (4).

Un escenario de pesadilla que parecería hacer realidad las peores previsiones de Samuel Huntington en su teoría de choque de civilizaciones y que al menos ya ha llevado en Occidente al renacimiento de las tentaciones autoritarias, racistas, xenófobas y ultranacionalistas. Tanto, que en el momento de escribir estas líneas, parece posible que alguien tan intolerante, belicoso y convencido de la superioridad originaria de la raza blanca, como el candidato republicano Donald Trump, vaya a ser elegido líder de la primera potencia mundial. Sí, la del arsenal nuclear que puede extinguirnos varas veces.

Introducción (II): No-propaganda/No-censura

Con estos antecedentes, podría pensarse que la propaganda política en forma animada volvería a tener la misma importancia y presencia que en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, tal y como conté en el primer artículo de esta serie (5). No ha ocurrido así, sin embargo. Parecería que ese tipo de propaganda estatal ha desaparecido de nuestras sociedades libres e igualitarias, que incluso ha dejado de ser practicado por los regímenes dictatoriales, preocupados por parecer lo que no son, para así granjearse respetabilidad en el concierto internacional. Desgraciadamente no es el caso, ya que lo que ha ocurrido es que las formas más burdas, más aparatosas, del adoctrinamiento han sido substituidas por otras más sutiles. Casi de espacio negativo, al utilizar el silencio y los sobreentendidos para hacer avanzar sus fines.

Un ejemplo característico puede sacarse del mundo empresarial. Debido a la crisis económica y a la reducción de los beneficios, las grandes empresas han comenzado a copiar las estrategias de supervivencia de las pequeñas. Es decir, que sea el empleado el que asuma, consciente o inconscientemente, los gastos de la empresa, como el de la formación. Para convencer al trabajador de que su puesta al día tecnológica es tarea suya, que debe ser realizada en su tiempo libre y pagándola con su dinero, los departamentos de recursos humanos empezaron a utilizar escenas de Kung-Fu Panda (Mark Osborne, John Stevenson, 2008) (6). En ellas se mostraba con humor y desenfado lo bien y rápido que se aprendía por sí sólo si estabas motivado, poniéndote sus propios retos, objetivos y plazos, en tu casa, con tu ordenador y tu tableta, fuera de la estructura caduca y rígida de los cursos tradicionales. Eso sí, que a nadie se le ocurriera formarse en alguna habilidad que no fuera de utilidad inmediata para la empresa.

Por otra parte, ese “espacio negativo” tan eficaz de la propaganda moderna se expresa en que el sistema político nunca es puesto en entredicho… o si lo es, se traslada a un mundo de fantasía, preferentemente de reyes, caballeros y magos, en lucha contra malvados sin posibilidad de reforma y monstruos desprovistos de humanidad. Por el contrario, cuando el escenario elegido es nuestro aquí y ahora, cualquier problema humano nunca es producto del sistema, sino de nosotros, que no utilizamos los recursos disponibles para hacer realidad nuestros sueños, ya que en realidad no los deseamos lo suficiente para que el universo conspire a favor nuestro (7). De ahí que todas las historias destinadas al público infantil y juvenil, incluso al adulto, se reduzcan a una misma fórmula estereotipada: sé tú mismo, persigue tus sueños, lucha sin descanso y éstos se harán realidad. Sobre todo, no eches la culpa a nadie de tus fracasos, porque claramente no estuviste a la altura de tus aspiraciones. Sigue jugando y mejor suerte la próxima vez.

Por otra parte, esta no-propaganda ha dado origen también a una no-censura. Hemos llegado a un tiempo donde no existen ya organismos de represión estatales que decidan, en vez de los individuos, qué se puede leer, qué se puede ver. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de las guerras culturales de los EEUU, lanzadas allí por los estamentos más retrógrados de esa sociedad (8), cualquier contenido, incluso el texto más inocuo, puede ser llevado a los tribunales si se considera ofende a las creencias de estos grupos. Esta estrategia, utilísima para silenciar voces disidentes o para evitar que se ejerza la necesaria crítica sobre las ideas, ha sido rápidamente aplicada por toda organización que sueñe con “reformar” la sociedad o “restaurarla” a un estado de pureza primigenio, preferentemente descrito en algún libro sagrado válido para toda la eternidad y aplicable a todo el género humano. Ni siquiera ha quedado confinada a estos grupos puritanos religiosos, sino que ha llegado a convertirse en la práctica cotidiana de algunos estados occidentales, donde hay palabras que no se pueden pronunciar en público, como el nombre de algún grupo terrorista de infausto recuerdo (9).

Este grado de ambigüedad y de sutileza hace difícil el estudio de la propaganda, especialmente cuando se quiere evitar el riesgo de perderse en el páramo de las especulaciones sin fundamento, como aquellos artículos de los años sesenta y setenta que convertían a Donald Duck o Mazinger Z en herramientas al servicio del imperialismo y el gran capital. Es mejor ser prudente y limitarse a los casos en que los autores -y los promotores- realmente buscan y pretenden una intencionalidad política concreta, sin entrar en la reutilización posterior que pueda hacerse de esos mismos contenidos. En esa categoría vidriosa del reaprovechamiento entraría el caso ilustrado más arriba de Kung-Fu Panda, o la presencia en la obra de elementos culturales tolerados por la sociedad de ese mismo tiempo pero tabúes en nuestro presente, como el uso constante de estereotipos racistas y sexistas en la animación americana clásica, de 1930 a 1960, independientemente de las ideas políticas de sus creadores.

Esto lleva, por tanto, a que el objeto de este estudio sean cortos, películas y series que no han sido promovidas desde el estado, ni siquiera por empresas o instituciones, sino que expresan la opinión de sus autores o la de un momento social y cultural a través de ellos. El método utilizado, por tanto, será temático, intentando ilustrar fenómenos como el ecologismo, el feminismo, la reivindicación LGBT (10), o las múltiples involuciones recientes como reacción a estos fenómenos. Evidentemente la amplitud del tema hará que me olvide de muchas obras y autores importantes, incluso que deje de lado fenómenos muy recientes -la resurgencia de la religión, los diferentes racismos y xenofobias, la multilateralidad del tablero político internacional-, mientras que mis ideas políticas y mis condicionantes biográficos y personales introducirán un sesgo imperceptible para mí (11), aunque no para los interesados.

Sin embargo, antes de continuar sí quiero señalar dos desviaciones que han sido voluntarias. Primero, la presencia creciente del anime a medida que avanza el artículo. Se debe a no sólo al inmenso catálogo de esta escuela de animación, sino a que ha sido la única capaz de incluir la reflexión social y política en obras de entretenimiento comercial (12). Por otra parte, no hallarán referencia alguna a Pixar, Disney o la animación 3D americana. Simplemente, el deseo de no ofender, incluso a los fanáticos, que caracteriza a estos dinosaurios del entretenimiento lleva a que cualquier alineamiento político se produzca sólo cuando la sociedad ya ha tomado ese camino y que incluso entonces su tratamiento sea tímido e irrelevante. Como ejemplo, basta considerar Wall-E (Andrew Stanton, 2008), aparentemente de temática ecologista, pero en realidad vehículo para que unos robots monos hagan monerías y terminen enamorándose.

Algo que, como sabemos todos, es de lo más habitual entre máquinas inteligentes.

The Fox Paradox: Subversión y comercialidad

Con este nombre, The Fox Paradox, me refiero a lo que debería ser un imposible en el mundo audiovisual. Se tienen, por un lado, unas emisoras comerciales americanas que como la Fox, sirven de caja de resonancia a un conservadurismo que busca hacer retroceder el reloj cultural y social hasta fechas anteriores a 1900. Se trata, por otro lado, de emisoras que sirven de protección a contenidos animados abiertamente contestatarios y subversivos, más liberales (13) que cualquier serie de actores reales y en clara oposición con la línea editorial de la cadena que las emite. Para que se hagan una idea, imagínense que el canal Intereconomia programase una serie en que se hiciese mofa de los creyentes católicos o se presentase a los dirigentes del PP y de las empresas del IBEX como especuladores sin compasión que sólo piensan en explotar a gobernados y empleados. Una serie que podría llamarse Los Pérez, siguiendo el ejemplo de Los Simpsons.

Los Simpsons (The Simpsons, 1989 – hoy, James L. Brooks, Matt Groening y Sam Simon) inició su andadura justo en los años de transición que indicábamos al principio del artículo, aunque su llegada a España coincidió estrictamente con la disolución de la URSS. Lo característico de esta serie es que a pesar de basarse en el formato de sitcom e inspirarse claramente en series inocuas de animación de los años sesenta como Los Picapiedra (The Flintsones, 1960-1966, William Hanna, Joseph Barbera), tuvo desde el primer instante una voluntad paródica que le llevó a convertirse en consciencia crítica de la sociedad americana, sin miedo a arremeter contra los símbolos sacrosantos de ese país, como el sistema capitalista o la religión omnipresente.

Dentro de la cultura Pop han quedado grabados así personajes como Mr. Burns, el avaricioso propietario de la central nuclear, dispuesto a romper cualquier ley y a explotar a la población sin restricciones morales, si con ello conseguía ganar un dólar más; o el personaje de Flanders, incapaz de pensar si no es consultando antes la Biblia, para adoptar siempre la interpretación más intolerante y extrema. Una serie que no ha tenido miedo en denunciar la manipulación de los medios de comunicación, entre los que se halla su propia cadena madre, la manera en que contribuyen a la estulticia del pueblo americano, y que incluso se ha atrevido incluso a glorificar el derecho a la huelga (14). ¡Malditos hippies!

Sin embargo, al espectador medio de hoy, Los Simpsons le pueden parecer una serie inofensiva, incluso pacata. Esto se debe principalmente a South Park (1997 – hoy, Trey Parker, Matt Stone) (15), serie que decidió tirar por la borda todo lo que llamamos buen gusto y contención, empezando por la propia obra en la que se inspiraba. Si en los EEUU retratados por los Simpson había aún alguna esperanza de reforma, el mundo que habitaban los niños protagonistas de South Park estaba fuera de toda posibilidad de arreglo.

Se trata de una sociedad que ha hecho de la estupidez su seña de identidad y que se regodea en ello. Peor aún, que defiende el derecho a ser inculta, irreflexiva y violenta por todos los medios, sean estos el poder de los tribunales o el uso de la fuerza militar. Una forma de ser nacional que puede explicar el giro del partido republicano hacia un populismo sin otra justificación que el miedo al extraño, la abolición de las libertades civiles con la excusa de proteger esas mismas libertades, o la apelación a una edad de oro pasada que nunca existió. Un estado mental descrito a la perfección en South Park, más grande, más largo y sin cortes (South Park, Bigger, Longer and Uncut 1999, mismos autores) cuya trama argumental consiste precisamente echarle la culpa al otro de nuestros problemas (16). Canadá, en este caso (17).

¿Es posible llegar más lejos? Difícil, pero tal fue el caso de Padre de Familia (Family Guy 1999 –hoy, Seth McFarlane, David Zuckerman). Si en South Park el vitriolo estaba aún aplicado con método, atacando fenómenos contemporáneos de la sociedad americana, Family Guy se caracterizaba por su anarquía. Los guiones de la serie no parecían tener otra estructura que la de hilvanar gags y referencias pop, en un ejercicio de buscar nuevas formas de escandalizar a la audiencia semana tras semana. Tarea que a largo plazo se demostraba irrelevante e inútil, sin objetivo ni sentido, pero en la que de vez en cuando se colaban perlas subversivas como la famosa canción a favor de la legalización de la marihuana (18). Algo impensable en un país que ha hecho de la guerra contra las drogas una de sus prioridades desde los años sesenta.

Podría pensarse, dados estos ejemplos, que los EE.UU. se encuentran inmersos en un proceso de redefinición ideológica liberal, casi revolución, que fuese continuación de la acaecida en los años sesenta. Sin embargo, la existencia de un movimiento de masas como el Tea Party o el caso Trump, o sin ir tan lejos, que el conservadurismo mantenga la iniciativa en todo debate político, apuntan más bien a una derechización de la sociedad americana, o al menos de sectores decisivos a la hora de decidir su gobierno. La influencia, por tanto, de estas series subversivas ha sido más bien poca, fuera de constituir un modo más de entretenimiento, del cual se recuerdan unos pocos chistes y aciertos. Añádase además que las categorías políticas americanas no coinciden con las de Europa y que lo que se ve desde aquí como agitación de izquierdas, puede ser producto, y lo es, de movimientos de derecha. Caso, por ejemplo, de los creadores de South Park, próximos al libertarianismo y defensores a ultranza del sistema capitalista.

O quizás es que la Fox Paradox nunca existió. De hecho, cuando Los Simpson se desmadraron más de la cuenta hubo un intento claro por parte de la emisora para hacerlos volver al redil. De repente, Mr. Burns recobró una humanidad que nunca tuvo, mientras que las ideas retrógradas de Flanders se volvieron respetables. Una involución a la que sólo debió poner fin la caída en las tasas de audiencia y que marcó el principio del fin de esta serie.

Aunque no todo está perdido. La misma presencia de estas series, sea cual sea su ideología, sean cuales sean sus repercusiones en la política, constituye una victoria, sea pírrica o no. Al menos nos recuerdan, día a día, de los límites que imponemos, desde izquierda y derecha, a la libertad de expresión. Límites cuya definición básicamente se reduce a que no toleramos que se rían de nosotros o de nuestros amigos y que cuando se cruzan, para algunos incluso justifica el asesinato de los transgresores. Para otros, más moderados y tolerantes, incluso más progresistas, el menosprecio y la difamación de las víctimas (19).
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