Animación, política y propaganda (III): Tiempos modernos |




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La llaga abierta: Guerra eterna en Oriente Próximo

Ya habíamos señalado como el conflicto árabe-israelí impide la estabilización de esa región del mundo, contaminando con su inestabilidad al resto del mundo, que paulatinamente deviene también zona de guerra en forma de atentados terroristas. Por otra parte, la ocupación ilegal de territorio palestino por parte de Israel y el fracaso de los regímenes laicos árabes en desalojarlo de allí, ha servido de acicate y apoyo a todo tipo de movimientos radicales de signo islámico, pronto convertidos en los únicos capaces de mantener vivo de forma efectiva el combate contra el enemigo judío. Tarea en la que se han visto ayudados, por cierto, por una izquierda occidental demasiado consciente de su deber histórico de denuncia del colonialismo y demasiado olvidadiza de su deber de apoyar a las fuerzas laicas y reformistas en el entorno islámico, primeros objetivos del radicalismo islámico. Como si la auténtica revolución verdadera, para este tipo de izquierda, se identificase con el obscurantismo religioso (40).

En Vals con Bashir (Waltz With Bashir 2008, Ari Folman) (41) se aborda el conflicto árabe-israelí centrándose en la matanza de refugiados palestinos en los campos de Sabra y Chatila, en Beirut. Estos hechos tuvieron lugar en septiembre de 1982 y los perpetradores directos fueron los falangistas cristianos de Líbano, en venganza por el asesinato de su líder Bashir Gemayel. Sin embargo, la masacre se produjo ante los ojos del ejército israelí, que tras la guerra de Líbano de ese mismo año, ocupaba las zonas aledañas de los campos. Durante un día y una noche entera, nadie hizo nada por impedir la entrada de los asesinos en los campos, ni tampoco para detener las matanzas posteriores, a pesar de los múltiples avisos que llegaron incluso hasta de Ariel Sharon, ministro de defensa israelí y máximo responsable de las operaciones militares (42).

Vals con Bashir refleja con especial precisión el clima alucinatorio de la intervención israelí en Líbano, utilizando imágenes surrealistas que no desentonarían en otra guerra, la del Vietnam, y en otra película como Apocalypse Now (1980, Francis Ford Coppola). Como en aquella, toda una generación que sólo aspiraba a divertirse fue enviada a luchar y morir en un país donde no se les había perdido nada. Sólo por defender los intereses políticos de sus gobernantes, quienes, por supuesto, no iban a perder la vida en la empresa.

Sin embargo, no es esto lo más importante en la película, ni siquiera lo es la descripción pormenorizada de los sucesos en los campos de refugiados. Su centro temático es la amnesia que afectó a todo un país, Israel, tras descubrir los hechos. Este olvido interesado se refleja en la peripecia del protagonista, incapaz de recordar qué hizo en esa guerra, a pesar de que en ella consumió su juventud, pero empeñado no obstante en encontrar una respuesta, preguntando a antiguos conocidos y viejos camaradas. Se trata de un fenómeno de autodefensa muy común y conocido, cuyo mejor ejemplo es lo sucedido en Alemania tras la derrota del Nazismo, cuando todo el país se despertó descubriendo que nadie había sido nazi y que las atrocidades descubiertas habían sido cometidas por “otros”, mientras que “nosotros” siempre fuimos opositores de una manera u otra. O simplemente no nos enteramos de nada, aunque estuviésemos en las más altas esferas del poder (43).

Este olvido inducido por un shock traumático está ausente de Persepolis (2007, Satrapi Marjani, Vincent Paronaud) (44) cuyo tema es precisamente el recuerdo, mantener viva una memoria histórica que deje de manifiesto cómo se truncó la evolución hacia la modernidad de países como Irán o el mismo Afganistán. En concreto, debido al mantenimiento por parte de Occidente de regímenes dictatoriales como el del Shah, -o la invasión militar soviética y la guerra posterior en el caso de Afganistán- que provocó que cuando esas aberraciones fueron finalmente abatidas no se constituyeran regímenes democráticos, sino teocracias que hicieron de obligado cumplimiento los preceptos del Corán.

La película -y el cómic- de Marjani son así obras de denuncia, en las que se señala cómo repentinamente los actos más inocentes, como escuchar ciertos tipos de música, vestir de manera que no fuera la reglamentada o asistir a fiestas juveniles, en general todo lo que no hubiera sido aprobado por las autoridades religiosas, se convertía en un acto criminal contra el estado, que como poco significaba tener que pasar una noche en comisaría. No es que Marjani abomine de su país o que se entregue sin reservas en brazos de Occidente, puesto que para ella es central a su identidad el hecho de ser iraní y no puede aceptar el hedonismo despreocupado de sus amigos occidentales, que ven como “guay” y “molona” una guerra como la que enfrentó a Irán e Irak y que sólo trajo innúmeras muertes sin sentido. Pero eso no significa que el estado de su país bajo el régimen teocrático de los ayatollahs sea más tolerable, como no lo debe ser para cualquier persona de ideas progresistas, de forma que al final no le queda otra salida que el exilio.

Exilio que debió hacerse más duro ante la actitud de amplios sectores de la izquierda europea -de esa misma izquierda marxista a la que ella claramente pertenece- capaces de mentirse intelectualmente y de admitir componendas y excepciones a los derechos humanos, si se trata de regímenes dictatoriales que luchan contra el amigo americano. Reproche que, me temo, podrían dirigir también contra mí, por no comprender y no defender la necesidad de ese combate, pero me resulta imposible apoyar en otras tierras lo que no quiero para las mías.

Se me podría hacer aún otro reproche, que la animación elegida para ilustrar la situación en Oriente Próximo no proviene de países islámicos, sino de países enemigos como Israel, o de exiliados rencorosos y amargados, refugiados en naciones occidentales. Tengo que confesarles que me hubiera gustado hablar de animadores como la Siria Sulafa Hijazi o el iraquí Faisal Al Yasiri, ambos ampliamente comentados en las páginas de Animation a World History (45) de Giannalberto Bendazzi, pero ya se pueden imaginar que la situación política catastrófica en ambos países, unido a la indiferencia del mercado de vídeo doméstico y el mismo youtube, no están por la labor.

Una especie más: Medio ambiente y ecología

De la importancia de la ecología como ideología no hay mejor muestra, aunque negativa, que el hecho que partidos de masas como el Republicano estadounidense hayan integrado en sus programas el negacionismo del cambio climático. Dejando a un lado lo irresponsable y suicida que es negar un hecho demostrado científicamente (46), como es la subida continua de las temperaturas mundiales, lo cierto es que el ecologismo y la protección de la naturaleza se han convertido en elementos centrales en el debate político, sea como requisito esencial en la supervivencia de la especie humana o por considerarlo un impedimento en el desarrollo económico de las sociedades. Todo está justificado si crea puestos de trabajo, ya saben. Incluso la esclavitud y el comercio de esclavos.

Aunque perteneciente al periodo estudiado en el artículo anterior, Frédéric Back es quizás el mayor exponente de le pensamiento ecológico en la animación. Su último corto, Le Fleuve aux Grandes Eaux (El río de corrientes poderosas, 1994) (47) es un buen resumen de su pensamiento, incluso en sus aspectos más radicales. La historia es simple, narra cómo los europeos, en el siglo XVI, descubren el río San Lorenzo, que les parece inagotable en recursos naturales, y cómo en el transcurso de unos pocos siglos casi los esquilman, convirtiendo el cauce en una inmensa cloaca de las zonas industriales de los EEUU y Canadá.

La conclusión de la obra es así radicalmente pesimista, ya que uno de los pocos paraísos naturales de este planeta, descrito pictóricamente por Back con arrebatadora belleza, es destruido por la codicia humana, incapaz de pensar más allá de diez minutos en el futuro. Nuestra actitud ante esos tesoros consiste en extraer el máximo beneficio en el mínimo tiempo posible, sin pensar en la herencia que podría dejarse a las generaciones posteriores, quienes tendrán que apechugar con la contaminación y el erial dejado por la sobreexplotación. En esta desolación, un tenue rayo de esperanza, el hecho de que quizás nos estemos dando cuenta, a las malas, de que así no vamos a ninguna parte y que tenemos que conservar lo poco que aún queda. Cambio que, visto lo visto, con el negacionismo como programa político de la derecha, no parece que vaya a ocurrir

Llegado este momento es inevitable hablar de Ghibli y de Hayao Miyazaki. Aunque su obra más notable en el campo del ecologismo, Nausica del valle del viento (Kaze no Tani no Naushika, 1984) cae fuera del marco temporal de este estudio, a finales del siglo XX Miyazaki nos obsequió con una nueva reflexión sobre el mismo tema, La princesa Mononoke (Mononoke Hime, 1997) (48). En ella, el mundo se encuentra escindido en campos irreconciliables, el del proteccionismo a ultranza, representado por la princesa Mononoke del título, que busca eliminar cualquier atisbo de industrialización, frente al representado por la dama Eboshi, gobernante de la ciudad del hierro, obsesionada por dominar el entorno natural y civilizarlo, aunque sea por la fuerza de las armas.

El resultado de este conflicto es un desastre sin paliativos, desencadenada cuando la dama Eboshi asesina al espíritu protector del bosque y desencadena, sin preverlo, una catástrofe ecológica que no sólo está a punto de destruir el mundo natural, sino la propia ciudad del hierro. Se trata, obviamente, de una alegoría de nuestro desarrollo industrial moderno, que hace del dominio sobre la naturaleza un requisito insoslayable de nuestro bienestar, sin tener en cuenta la existencia de límites, pasados los cuales cualquier daño al entorno redundará en la caída de nuestros niveles de vida. A pesar de lo inexorable de esta relación, Miyazaki deja abierto el camino a la esperanza, a una colaboración entre ambos partidos irreconciliables que nos permita gozar de los beneficios de ambos mundos, el natural y el industrializado.

Si hablamos de Ghibli es obligado referirse al otro componente de su equipo directivo, Isao Takahata. En Pompoko (1994) (49), él también aborda el tema ecológico al mostrar cómo el desarrollo urbano de Tokio obliga a los Tanukis, los tejones japoneses, a abandonar sus moradas, convertirse en refugiados e incluso transmutarse en seres humanos si desean seguir viviendo. Es una clara alegoría de como el desarrollo económico e industrial del Japón está acabando no sólo con el entorno natural sino con las creencias tradicionales de esa nación, que hacía de la comunión con el medio ambiente una de las virtudes capitales del sentir nacional. Esta pérdida de las tradiciones, provocada por la transformación del Japón rural en uno urbano, conecta con otro largometraje anterior del mismo director, Recuerdos del ayer (Omohide poro poro, 1991) (50), que abogaba por un abandono de la vida urbana y un retorno a la vida sencilla del campo, más humana, rica y reconfortante.

Sin embargo, ninguna de estas obras alcanza los niveles de radicalismo de una serie como Earth Girl Arjuna (Chikyū Shōjo Arjuna 2001) (51). Dirigida por Shoji Kawamori, uno de los grandes del anime, a quien se deben obras maestras como Superdimensional Fortress Macross (Chōjikū Yōsai Makurosu, 1982) y sus continuaciones, o la no menos importante Escaflowne (Tenkū no Esukafurōne, 1996), Earth Girl Arjuna propone simplemente un abandono completo de las servidumbres de nuestra sociedad tecnificada, en pos de una armonía con la naturaleza que nos libraría del hambre, las enfermedades y la ansiedad del mundo moderno. De esta manera, Kawamori no se limita a denunciar solamente industrias con mala fama, como la nuclear, sino que realiza una enmienda a la totalidad del mundo moderno, proponiendo por ejemplo que los partos se vuelvan a realizar en casa, que la agricultura sea ecológica, sin el uso de insecticidas o fertilizantes artificiales, o incluso la práctica de un sexo sin medidas anticonceptivas, consideradas como antinaturales.

Medidas radicales, que en mi opinión serían imposibles de implementar en las sociedades modernas, pero que son presentadas de forma convincente -véase por ejemplo, la crítica a la deshumanización del parto en hospitales, con la separación inmediata de recién nacidos y madres-, pero sobre todo con un estilo gráfico y visual a la altura de las obras mayores de este director, lo que hace aún más injusto el olvido en que ha caído esta serie.

Barreras invisibles: Feminismo (I)

Si central es el ecologismo en la política actual no lo es menos el feminismo. Curiosamente, al contrario que con la primera de estas ideologías, nadie pretende hacer afirmación de machismo declarado -aunque siempre hay excepciones- sino que se hace hincapié en los supuestos abusos que las feministas exaltadas, insultadas con el apelativo de feminazis, pretenden cometer en nombre de sus ideas. Sin negar la posibilidad de excesos, lo cierto es que con esa postura retrógrada lo que se pretende es erigir un muro de contención a nuevos avances en el camino de la igualdad, como si no se pudiese ir más allá de lo conseguido por la primera ola, el derecho al voto, o la segunda, la igualdad jurídica que consiguió que las mujeres dejaran de ser consideradas oficialmente como menores de edad permanentes, dependientes de sus padres, esposos y hermanos.

La lucha ahora consiste en eliminar los últimos vestigios de la discriminación machista, no sólo a nivel legal, sino en la práctica social diaria y en la representación de la mujer en el arte y la cultura, sobre todo en sus vertientes Pop, que, nos guste o no, es la de mayor difusión. Un ejemplo muy ilustrativo de esta dinámica creativa es Tiempo de Aventuras (Adventure Time, 2010-hoy, Pendleton Ward, Larry Leichliter) que aunque destinada a un público infantil y juvenil, simple y directa por tanto, resulta mucho más avanzada que algunos productos comerciales de esos que hacen reventar las taquillas.

En ese sentido es ejemplar la evolución del personaje de Princess Bubblegum (o Princesa Chicle en su traducción castellana). Lo que parecía ser el mero interés romántico del protagonista masculino principal, Finn the human (Finn el humano), evolucionó a ser un personaje multidimensional, con sus luces y sus sombras, dotada de una aguda inteligencia científica a la que se contraponía un cierto ensimismamiento cínico, pero que sobre todo renunciaba a cualquier relación amorosa (52). Sin tragedias y sin deberse a un desengaño, sino porque su puesto de gobernante benévolo y humanitario, entregado a su pueblo, así lo exigía.

Algo similar ocurría con el segundo enamoramiento de Finn, Flame Princess (Princesa Llama en castellano), personaje más siniestro y de rasgos casi psicópatas, pero que no termina siendo salvada de sí misma por el protagonista, sino traicionada por él de manera irreparable. Tan definitiva es la ruptura que cuando la dicha Flame Princess lidere una revolución reformista en su reino de origen, The Fire Kingdom (o reíno de fuego), Finn no pasará de ser un espectador sin influencia alguna en los acontecimientos. Incluso un incómodo estorbo.

Por supuesto, en este ejercicio de demolición de estereotipos, la animación japonesa llevaba ya mucho recorrido a esas alturas. En la ya citada Escaflowne (53), el personaje principal es una joven de 16 años, Hitomi Kanzaki (54), arrebatada a un mundo de fantasía paralelo. Desde un principio, su retrato es el opuesto al estereotipo propagado por las series Disney, ese que nos hace creer que las jovencitas son unas descerebradas que sólo piensan en trapitos y novios. Muy al contrario, como hacía predecir su afición por el deporte, hecho decisivo en algunas escenas, se revela como una mujer resuelta y con las ideas claras, decidida a llevarlas a la práctica pese a quien pese, se oponga quien se oponga.

En ese sentido, el personaje de Kanzaki se revelará crucial en la trama, único medio, por sus acciones, convencimientos y decisiones, capaz de resolver los bloqueos a los que se ven abocados. Un marchar dentro del laberinto que será también de perfeccionamiento personal, incluyendo en este la renuncia a lo que más se deseaba, sea por descubrirlo una ilusión, sea porque la lógica de la existencia, del continuar viviendo, así lo exige.

Abundando en esta tónica de autodescubrimiento se halla Los doce reínos (Juuni Kokki, 2002, Tsuneo Kobayashi) (55), basada en las novelas de Fuyumi Ono (56), que no sólo narra el difícil camino de perfección en el que avanza su protagonista, Yoko Nakahima (57), sino que la involucra en un debate sobre la naturaleza del buen gobierno y la justicia. Como en Escaflowne, la excusa argumental es el rapto de la protagonista a un mundo paralelo de grandes concomitancias con la China Imperial. Al contrario que en la serie anterior, la protagonista deberá sobrevivir por sí sola, debiendo alcanzar por sus propias fuerzas la cordura necesaria para superar las dificultades, además de la madurez para volver a confiar en sus semejantes.

El premio será el gobierno de uno de los doce reinos a los que se refiere el título, tarea que descubrirá más compleja y peligrosa de lo que se imaginaba, plena en trampas, conspiraciones e injusticias, que bloquean toda reforma. La conversión del reino en un estado más justo se conseguirá mediante el paso de la propia reina a la clandestinidad, para liderar una revolución contra los potentados que querían perpetuar un régimen de opresión y desigualdad. Una revuelta que triunfará en el último momento y en cuya consecución victoriosa encontrará también los aliados que necesita para llevar a cabo su labor de gobierno. Otras dos mujeres, tan inteligentes y resueltas como ella.

Seirei no Moribito (El guardián del espíritu, 2007, Kenji Kamiyama) (58) basada en las novelas de Nahoki Uehashi (59), se caracteriza por una inversión completa de los papeles de género. La protagonista titular, Balsa, es una guerrera de profundo sentido del honor, que le impide, por ejemplo, ocasionar muertes hasta que no haya salvado tantas vidas como tomó al principio de su carrera; pero que asimismo, se ve impelida por una irresistible sed de aventuras que la convierte en una nómada. Su figura adquiere así un aura “masculina”, reforzada porque a medida que avanza la serie adopta el papel de educadora, para la vida y para el gobierno, del príncipe cuya protección ha tomado a su cargo. Sin contar que en una de sus paradas habituales en sus vagabundeos habita un doctor, de quien se intuye es amante, pero que nunca la acompaña en sus viajes, sino que se limita a esperarla, hasta que vuelva la próxima vez, con nuevas historias y experiencias.

Finalmente es obligado citar Utena, la chica revolucionaria (Kakumei Shoujo Utena, 1996, Kunihiko Ikuhara) (60), una serie de factura surrealista, proclive en enigmas sin aparente solución, casi caprichos visuales sin otra misión que desconcertar al espectador, pero que poco a poco se van armando en un edificio completo que cobra perfecto sentido. Uno de ellos, entre muchos, es la voladura controlada, en un ejercicio posmoderno, de los esterotipos y clichés que aún ocupan y dominan la ficción popular, como la existencia de príncipes y princesas o la necesidad de que éstos salven a aquéllas, lo quieran o no.

La primera transgresión es, por supuesto, que nuestro “príncipe” protagonista no sea tal, sino una mujer vestida con ropas de hombre, la Utena a la que se refiere el título. La segunda, casi obligada, es que su misión es romper el sistema de opresión que domina el colegio, en el que los otros “príncipes” combaten por obtener el dominio de la auténtica “princesa”, Anthy, mientras que Utena sólo quiere que Anthy pueda disfrutar de la libertad para decidir y elegir por sí misma. No entre los príncipes, que eso sería volver a caer en las servidumbres del sistema, sino, como se indica en el sorprendente final, para atreverse a dar un paso por sí misma, cruzar el umbral de la escuela donde hasta entonces estaba encerrada y atreverse a recorrer el mundo.

En libertad. Sin tener que rendir cuentas a nadie.
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