Placer y peligro. La construcción social de la sexualidad femenina a lo largo de la historia






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Curso de verano:
PLACER Y PELIGRO. LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA SEXUALIDAD FEMENINA A LO LARGO DE LA HISTORIA.
Fuerteventura/ junio de 2004


Agradecimientos:
En primer lugar me gustaría agradecer la invitación que me han cursado desde la Asociación Universitaria para el estudio Multidisciplinar de la Sexología para participar en este curso.
Oportunidad del tema, tratamiento interdisciplinar.
A priori puede parecer que una historiadora no tiene mucho que decir en un tema como el de la sexualidad.

Bien sea porque pensemos a tenor de lo que dice el dicho “agua pasada no mueve molinos”, que efectivamente no los mueve pero condiciona su andar posterior; o por razones de índole más académica, es decir, no es un tema del que la historiografía se haya preocupado en profundidad, la cuestión de los sentimientos, emociones, relaciones entre las personas ha sido durante mucho tiempo un tema tabú para la historia, no se consideraban hechos relevantes que constituyeran objeto de estudio, sin embargo, en las últimas décadas se ha avanzado mucho en este terreno dentro de la disciplina histórica, lo que antes se consideraba cuestiones de índole privada, sin interés para la reconstrucción del pasado, ahora son incorporadas a los estudios históricos como un aspecto más a tener en cuenta en el conocimiento de nuestros ancestros, porque las generaciones actuales no sólo somos herederas de un sistema político, económico, social determinado, sino que también estamos condicionadas por las mentalidades, las emociones y los sentimientos, o mejor dicho, somos fruto de a construcción sociohistórica que de estos aspectos se ha hecho a lo largo de los tiempos.

Partiendo de este punto de vista que justifica la pertinencia de una historiadora en estas jornadas, habría que añadir otra consideración la visión que yo les puedo aportar de este asunto tiene un matiz diferente, efectivamente soy historiadora, modernista para más señas, pero mi ámbito de investigación y reflexión se centra en las relaciones de género en la historia, es decir, mis preocupaciones giran en torno a la historia de las mujeres, por lo tanto el enfoque de mi participación se centrará fundamentalmente en la construcción social de la sexualidad femenina.

Cuales han sido los discursos que a lo largo de la historia se han generado para orientar a las mujeres hacia un modelo social y un modelo sexual determinado.
Marco Contextual de nuestras reflexiones.

Así mismo, me gustaría partir de dos limitaciones que planteamos como punto de partida:

  1. Marco cronológico: a pesar de que en el título de la conferencia aparece la referencia temporal a la historia, evidentemente no nos podemos referir a toda la cronología histórica, en primer lugar, por incapacidad de la oradora y aguante del público. Pero sobre todo, creemos más efectivo centrarnos en un periodo más o menos amplio de la historia occidental, entre los siglo XII al XIX, en el que se está conformando y asentando un discurso, que dará lugar a un modelo de mujer, a un marco en el que se desarrollaran las relaciones entre los sexos atendiendo a unas reglas preestablecidas, que intentaremos mostrar.

  2. Una segunda limitación es el ámbito cultural de nuestra conferencia, partiendo del reconocimiento a la multiculturalidad, el respeto a todas las culturas, nuestro estudio se centra en el mundo occidental, los elementos que hoy vamos a barajar no podríamos aplicarlos de manera amplia al conjunto de culturas. Si partimos del hecho de la sexualidad como algo construido socialmente, evidentemente estamos hablando de una serie de elementos dinámicos que varian según el ámbito cultural y en función de los tiempos.


Nos situamos, pues, en el momento en el que los poderes que organizan la sociedad se plantean que tienen que ordenar todos los campos y la moral de la época es uno más. En este caso tanto la Iglesia como los poderes civiles, se alían para imponer un modelo de sociedad, organizada en torno a un núcleo vertebrador que será la familia, cuyo punto de partida ha de ser el matrimonio, en el cual se pueden mantener relaciones sexuales, pero siempre con un fin último que es el de la procreación.

El discurso de la iglesia tachó la sexualidad como un hecho peligroso y, por ende, pecaminoso, que había que controlar. Pero la responsabilidad sobre el control de la sexualidad no se repartió equitativamente entre los sexos, sino que cayó desproporcionadamente del lado femenino, eran ellas las acusadas de lascivas y, por tanto, a las mujeres irá dirigido el discurso del control de la carne.

Por su parte los poderes públicos, íntimamente ligados a los intereses de la iglesia, también defendieron el orden social, es este caso la preocupación estribaba en el control de la procreación. Se hallaban en juego muchos intereses económicos de transmisión de patrimonios, linajes, honores y honras, que debía seguir una línea sucesoria segura y ordenada.

En ambos casos, la conclusión será la misma, hay que controlar la sexualidad femenina. Para ello se ponen en funcionamiento toda una serie de mecanismos que impiden a las mujeres actuar libremente en todos los ámbitos.
Hablar de sexo a lo largo de la historia, va indisolublemente unido a otros conceptos.

Amor, Sexo y Matrimonio, no precisamente por este orden, han sido conceptos básicos del vocabulario femenino. En la actualidad estos términos pueden funcionar por separado sin causar excesiva alarma.

A medida que nos alejamos en el tiempo la relación entre estos tres elementos es más acentuada, pero también más conflictiva. Las combinaciones que se pueden dar son variadas, puede haber sexo sin amor dentro del matrimonio, sexo con amor fuera del matrimonio (amor prohibido), amor sin sexo (amor cortés), puede haber matrimonio sin sexo y sin amor (dadas las restricciones que se establecían en algunos sectores sociales a la hora de contraer matrimonio esta era una posiblidad frecuente) y, por último, también había un porcentaje de parejas que conseguían armonizar un matrimonio donde había sexo y amor.

Pero como quiera que sea el Matrimonio era el requisito para emprender una vida en pareja en nuestra sociedad, hasta no hace muchos años.

La iglesia se encarga de establecer las características que definirían este matrimonio La concepción eclesiástica del matrimonio no llegó a definirse con precisión hasta el siglo XII, cuando este se convierte en sacramento.

Una vez llevada a cabo la reforma del cuerpo eclesiástico se imponía la creación de las normas de comportamiento de los laicos, que según los eclesiásticos agradaban a Dios, ello conducía necesariamente a la fijación de los principios que regirían la realización del matrimonio y el posterior desarrollo de la vida familiar.

En primer lugar, se abre un proceso de fijación doctrinal, cuyo punto de partida son los textos del Génesis.
“El señor se dijo: no es bueno que el hombre esté solo: voy a hacerle el auxiliar que le corresponde...entonces echó sobre el hombre un letargo, y él se durmió. Le sacó una costilla que le había y creció carne desde dentro. De la costilla que le había sacado al hombre, el señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre”

Génesis, 2, 18-22

“El Señor dijo a la mujer: ¿Qué has hecho?. Ella respondió: la serpiente me engañó y comí. El señor dijo: Mucho te haré sufrir en tu preñez, parirás hijos con dolor, tendrás ansia de tu marido y él te dominará”

Génesis, 3, 13-16
El matrimonio no está prohibido, pero se tolera como un mal menor. Se define así el estado matrimonial como remedio a la concupiscencia, como una concesión a los incontinentes. La unión matrimonial es indisoluble, y en su interior debe mantenerse la sumisión de la mujer al marido.

La moral matrimonial propugnada por los eclesiásticos se basará en tres preceptos fundamentales:
1.la monogamia

2.la exogamia

3.represión del placer
1. La exogamia: la libertad e igualdad de los contrayentes se concretaba en dos principios esenciales: la endogamia religiosa y la exogamia familiar. No contraer matrimonios con paganos y la prohibición del incesto serán las consecuencias más destacada de este punto, el propio San Agustín planteaba la conveniencia de no casarse con parientes próximos porque así se limitan los lazos sociales del clan y se impide un intercambio social más amplio.

2. La monogamia: la indisolubilidad del matrimonio, hasta que la jurisdicción eclesiástica se convirtió en la única competencia exclusiva sobre los matrimonios cristianos, este principio no adquirió carácter legal, con anterioridad la iglesia tuvo que aceptar la posibilidad del divorcio en aquellos matrimonios contraidos en contra de alguna de las prohibiciones eclesiásticas, pero válidos por derecho.

3. La represión del placer: el tercer elemento fundamental de la moral matrimonial fue la represión del placer en las relaciones entre los esposos. El cristianismo actuará como agente principal de un cambio de actitud ante la sexualidad; de una valoración positiva se pasará a una condena generalizada y a una estricta reglamentación en su ejercicio que implicaba la afirmación de la superioridad de la castidad, la limitación de la sexualidad al marco de la vida conyugal y el rechazo de cualquiera de las formas de la pasión amorosa.

De esta manera se intentaba dar un orden agradable a Dios, huyendo de la libertad de la que venían gozando hasta esos momentos por la falta de reglas dentro de la Iglesia.

El segundo momento en que se produce una especial atención, por parte de los órganos de poder de la cristiandad, hacia el matrimonio y la familia coincide con un periodo de reforma que afecta a la sociedad entera y que culminará con la celebración del Concilio de Trento.

A partir de Trento se pondrá en marcha una campaña de moralización por parte de la iglesia y del Estado, que se concretará por lo que respecta al matrimonio en la reglamentación de éste como sacramento y en la estructuración de un marco legal en el que habría de desarrollarse la vida familiar de quienes eran a la vez súbditos y fieles.

La familia, a través del matrimonio, legitimaba un sistema de relaciones ordenadas de acuerdo con las normas establecidas y que siempre había sido considerada como punto de referencia para definir las conductas desviadas y profanas, sobre todo en materia sexual.

Puede hablarse de la configuración de una moral doméstica, en la que todos los aspectos de la vida familiar, incluido el comportamiento económico, son reglamentados y codificados de acuerdo con una imagen ideal que se repite entre ellos.

Se preocupan de la fijación de una serie de normas públicas, según las cuales debía regirse la ordenación social y el poder temporal para conseguir un fin superior: la protección de la fe.

Por su parte las leyes civiles utilizaban apreciaciones morales a la hora de calificar determinadas acciones que constituyen delito, es el caso del adulterio, la bigamia, el incesto o la prostitución. De esta colaboración, ambos Iglesia y Estado, saldrán fortalecidos.

En torno a 1520-1530 se desarrolla una verdadera campaña de rehabilitación con respecto al matrimonio, Se insiste en la persecución de aquellas prácticas que contravenían al matrimonio definido por la institución religiosa

  1. Prohibición de los Matrimonios clandestinos: los que se celebraban sin la presencia de un sacerdote y dos o tres testigos y aquel en el que se omitían las amonestaciones. En 1563 se establecía en Trento de forma definitiva el matrimonio in facie eclesiae y se declaraban nulos los matrimonios clandestinos. A partir de ese momento la publicación de las amonestaciones en tres domingos sucesivos por parte de los sacerdotes, la presencia de este y de los testigos y la recepción de la bendición nupcial en la iglesia, eran condiciones imprescindibles para dar validez al matrimonio.

  2. Impedimentos que dirimían el matrimonio: la consanguinidad limitada hasta el cuarto grado. “A no ser entre príncipes y por una causa pública”.

Para evitar males mayores la iglesia renunció en parte a su tradicional defensa de la exogamia matrimonial, que chocaba con unas prácticas fuertemente arraigadas entre sus fieles, desde los campesinos a la nobleza entre los que eran frecuentes las uniones entre parientes a favor de la estabilidad de los matrimonios.

  1. Contravenciones al matrimonio: concubinato, adulterio, bigamia, amancebamientos, etc.


Para lograr los objetivos trazados y conseguir que el modelo de matrimonio impuesto por la iglesia funcionara a la perfección, se adjudicaron responsabilidades distintas a los miembros de la pareja.

Para ello se ideó un modelo de mujer a la que se atribuían una serie de valores y virtudes cuyo cumplimiento era fundamental para la buena marcha del matrimonio.

La fijación de estos modelos lo podemos comprobar a través de la numerosa literatura de carácter moral que aparece a lo largo de los siglos XVI y XVII dirigida a conformar ese arquetipo de mujer casada.

Un buen número de estas obras estaban dirigidas a la mujer, y a través de los consejos y recomendaciones que se le hacen van desarrollándose las diversas facetas de la vida familiar. Si la mujer merece esta atención especial es porque es considerada como un ser débil que necesita ser guiada y aconsejada en mayor medida que el hombre, y al mismo tiempo, porque aunque sometida al marido a la mujer le corresponderá todo lo que concierne al cuidado de la casa y de los hijos y de ella dependerá gran parte de la felicidad o desgracia de su matrimonio, es por eso que se les proponen modelos de comportamiento para llegar a convertirse en las “perfectas casadas”.

Lo que es indudable es que todos estos autores forman parte de una minoría culta que al utilizar la escritura como medio de expresión solo podrán llegar a otra minoría culta también, de tal manera que de modo directo estos mensajes solo calan en un sector restringido de la sociedad, el mensaje se puede amplificar a través de los púlpitos o el confesionario.

Sin lugar a dudas la más conocida y difundida de estas obras será la escrita por Fray Luis de León que precisamente lleva por título “La Perfecta casada”.

Ante todo la mujer debía asumir su debilidad y malas inclinaciones naturales y esforzarse para conseguir su dignificación, cultivando todas aquellas virtudes que la harían perfecta ante Dios y el esposo.

La principal obligación y destino de la mujer en el matrimonio era someterse en todo a la voluntad del marido.

Para los hombres de la iglesia el matrimonio significaba “la relación tradicional entre hombres y mujeres y era el modo de mantener la subordinación y la obediencia de las mujeres”.

El matrimonio debía ser el reflejo del orden de Dios en la tierra, con la autoridad del marido como legítimo gobernante de la familia, suavizada por la obligación de amar y cuidar a su esposa e hijos.

En este sentido se manifestaban los escritos de Santo Tomás que planteaba:

“las casadas están sujetas a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia y el salvador de su cuerpo. Y así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo”.

Con los discursos utilizados para ratificar el papel de las mujeres en el ámbito del matrimonio, parecía perseguirse crear en la propia mujer una desconfianza de si misma, de su poco valor, para que así aceptase como única alternativa para superar tal condición, la imitación del ideal femenino materializado en la imagen de la virgen María.

Conscientes de la importancia del matrimonio los jóvenes debían guardar unas reglas para garantizar el éxito de la unión:

Ante todo la mujer debía asumir su debilidad y malas inclinaciones naturales y esforzarse para conseguir su dignificación, cultivando todas aquellas virtudes que la harían perfecta ante Dios y el esposo.

La principal obligación y destino de la mujer en el matrimonio era someterse en todo a la voluntad del marido.

Para que las mujeres puedan desempeñar “su oficio” como se esperaba de ellas, debía reunir unas cualidades personales. Entre ellas se destaca la vergüenza, la castidad, la obediencia y el silencio por ello la educación de las mujeres tenía por misión modelarlas a imagen y semejanza de los deseos masculinos apartando de ellas todos los aspectos negativos de la naturaleza femenina, de ahí que se diferenciara tajantemente el tipo de educación que debían recibir las mujeres al que disfrutaban los hombre, es en esta educación donde se institucionaliza la construcción del rol de género.

Una buena esposa, por tanto, debía preservar la paz y armonía en la casa, sin atreverse nunca a contradecir a su marido a desobedecerlo o a molestarlo, recordando siempre que “ser una mujer es ser menos que su marido”.

A finales del siglo XVI, después del concilio de trento, que supuso una verdadera censura y retroceso en lo que a la historia de las mujeres se refiere, asistimos por primera vez a la efectiva clausura de los monasterios, conventos y beaterios femeninos. El correlato del acorazamiento de las clausuras femeninas, tornos, rejas celosías, clavos, muros, velos... será el interior del hogar conyugal para las mujeres seglares.

En este siglo se están redefiniendo los espacios en su relación con cada sexo. Este tiempo tiene una expresión muy evidente en LPC:
“estándose sentada con sus mugeres, bolteando el huso en la mano y contando consejas, como la nave, que, sin parecer que se muda, va navegando y pasando un día y sucediendo otro, y viniendo las noches, y amanesciendo las mañanas y corriendo como sin menearse la obra...”.
“...¿No diximos más arriba que el fin para el que ordenó Dios a la mujer, y se la dio por compañía al marido, fue para que le guardase la casa, y para los que él ganase en los oficios y contrataciones de fuera, traydo a casa lo tuviese en guarda su mujer y fuese como su llave?...¿Por qué les dio a las mujeres Dios las fuerzas flacas y los miembros muelles, sino porque las crió no para ser postas, sino para estar en su rincón asentadas?...”
Después del tiempo, se modela el espacio,
“...los chinos en naciendo, les tuercen a las niñas los pies, porque cuando sean mujeres no os tengan para salir fuera, y porque para andar en su casa, aquellos torcidos les bastan. Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento; y como es de los hombres el hablar y el salir a la luz, así dellas el encerrarse y encubrirse....”.
Asistimos a la vieja trampa del par espacio doméstico versus espacio público. Más tarde, con el triunfo burgués, surgirá un nuevo espacio, el de la intimidad, intramuros del hogar, pero será patrimonio masculino, espacio de libertad y autonomía. Las mujeres seguirán ocupando el tradicional espacio doméstico, despersonalizado y codificado por un despreocupandose de si, como estableciera fray Luis.

Entre los deberes principales de la perfecta casada, se encuentra la obligación de permanecer en la casa, sin salir. Lo que en realidad está proponiendo fray Luis es el aislamiento social de las mujeres, y no solo el físico. No basta con aislarlas espacialmente, sino también del entorno.

"A la mujer ventanera, tuércele el cuello si la quieres buena"

"Mujer que no para en casa, cadena en el pie y las manos en la masa".
En el mismo sentido debemos interpretar las tradicionales peticiones de silencio que fray Luis repite para todas las mujeres:
“Más, como quiera que sea, es justo que se precien de callar todas, así aquellas a quienes le conviene encubrir un poco su saber, como aquellas que pueden sin vergüenza, descubrir lo que saben; porque en todas es no solo condición agradable, sino virtud de vida, el silencio y el hablar poco...”
Ya desde los textos de la Biblia encontramos esta recomendación para las mujeres, San Pablo dice,
"Las mujeres guarden silencio en las asambleas, no les está permitido hablar; en vez de esto, que se muestren sumisas, como lo dice también la ley. Si quieren alguna explicación, que les pregunten a sus maridos en casa, porque es indecoroso que las mujeres hablen en las asambleas...".
La virtud del silencio queda reflejada también en el refranero popular:


  1. "Las mujeres jamás yerran callando, y muy pocas veces aciertan hablando"

  2. "la mujer que no ha de ser loca, andan las manos y calla la boca"

  3. "La mujer lista y callada de todos es estimada"

  4. "Palabra de mujer no vale alfiler"

  5. "El hombre de saber nunca dijo su secreto a mujer"


En definitiva, pareciera que por parte de las instituciones hubiera un intento consciente y sistemático de “conventualizar” a todas las mujeres, al margen de su estado. La asunción de los tradicionales votos religiosos se va imponiendo para las religiosas, pero también para las laicas: pobreza (el marido dispondrá, como la Orden. Ellas se encargarán de la administración de una riqueza que ni generan ni les pertenece); castidad, obediencia, clausura, silencio, etc.

Privadas de la palabra, las mujeres vuelven a quedar reducidas a expresarse a través de su cuerpo, a textualizarlo, pero ni tan siquiera eso, los maridos velaran por su decencia. También la soberanía del discurso del fraile despoja a las mujeres de su propia sexualidad y hasta de su propia materialidad, estableciendo un ideal descorporeizado que desactiva las potencialidades femeninas mediante la sublimación. El paradigma del cuerpo femenino es un cuerpo castigado:
“...vida a donde anda el ánimo y el coraçon dividido y como enagenado de sí, aduciendo agora a los hijos, agora al marido, agora a la familia y hazienda...”
A pesar de todo, el matrimonio se constituyó en uno de los acontecimientos más importantes de la sociedad de todos los tiempos, lo cual trajo aparejado la aparición de una serie de ritos que debían ser cumplidos.

Desde la antigüedad cada cultura poseía ritos y símbolos ideados para dar buen suerte y fertilidad a la unión, muchos se transfirieron de una cultura a otra. Por ejemplo, colocar un anillo en el tercer dedo de la mano izquierda de la novia, procede de Roma: se creía que desde este dedo partía el nervio que iba directamente al corazón. Aunque el matrimonio se consideraba fundamentalmente como una unión social y económica, estas primeras sociedades transmitieron a las culturas posteriores la posibilidad de que el marido y la mujer hallasen juntos afecto y placer.

A pesar de esta consideración de inferioridad de las mujeres ante la institución matrimonial, lejos de ser rechazada por ellas, el matrimonio era el acontecimiento más importante en la vida de una mujer, se convertía en una vía para alcanzar la respetabilidad. Era el estado ideal por el cual tienen que pasar las mujeres.

En una sociedad donde no se reconocía la mayoría de edad de las mujeres, estas tenían que pasar de la patria potestad del padre a la del marido, cuando esto no ocurría la otra opción digna para las mujeres de los tiempos modernos era la iglesia: “Casada con Dios o casada con el hombre”.

Si estas dos opciones no ocurrían, la posición de la mujer era anómala. Permanecía en la casa paterna, bao la tutela del padre o del hermano, en una situación de degradación, siendo equiparada a una criada.

Aquellas que se aventuraban a vivir independientes, se convertían en sujetos inquietantes, mal vistos por las sociedad, lo cual las convertía en un blanco vulnerable de la violencia masculina.
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