La lección de la odisea 62






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Atravesar fronteras

ENTRE MITO Y POLITICA II

Primera Edición Esapañol 2008

Editorial Fondo de Cultura Economica

Jean-Pierre Vernant
(Provins, 1914 - Svres, 2007) realizó estudios de Fliosofia y a partir de 1940 fue miembro de la Resistencia francesa y estuvo al frente de las fuerzas en la región de Toulouse. Luego del fin de la guerra, en 1948, comenzó su carrera como investigador orientado al estudio de la historia y la antropología de Grecia antigua en el Centre National de la Recherche Scientifique en Paris. Desde l958 fue director de estudios en la Ecole des Hautes Etudes en Selences Sociales yen 1964 fimdó el Centro de Investigaciones Comparadas sobre las Sociedades Antiguas, hoy Centre Louis Gernet. Entre 1975 y 1984, fue profesor titular de la cátedra Estudios Comparados de las Religiones Antiguas en el ColIge de France. Recibió doctorados honoris causa de las universidades de Chicago, Bristol, Nápoles y Oxford, entre otras, y numerosas distinciones internacionales.
Entre sus obras se cuentan: Los orígenes del pensamiento griego (1962), Mito y tragedia en la Grecia antigua (con Pierre Vidal-Naquet, 1972),, Mito y sociedad en la Grecia antigua (1974), Las artimañas de la inteligencia: la met s de ¡os griegos (con Marcel Detienne, 1974), El indilduo, la muerte y el amor en la antigua Qftcfa (1989) y Mito y religión en la Grecia asligua {199o).
Eondo de Cultura Económica ha publiado En el ojo del epejo (con Françoise Front I4)ucwux I999) Érase una vez... El uníi nise los dioses y los kombres (2000) y Entre ndtoypolaica (2002).



PRÓLOGO 2

ESCRIBÍ TEXTOS SOBRE LA MUERTE HEROICA, 6

Mi” Francia
13


CEGUERA Y LUCIDEZ 15

El acontecimiento forma un bloque
17


El documento en cuestión 24

RECUERDOS DE UN COLEGIAL 46

LA MUERTE HEROICA ENTRE LOS GRIEGOS
AQUILES, EL IDEAL DEL HOMBRE HEROICO
52



LA RESPUESTA GRIEGA AL PROBLEMA DE LA MUERTE 57


LA LECCIÓN DE LA ODISEA 62

ENTRE EXOTISMO Y FAMILIARIDAD* 68

ESPACIO Y CIUDAD
109


PENSAR LA DIFERENCIA
125


ATRAVESAR UN PUENTE* 150


PRÓLOGO



EN UNA OBRA PRECEDENTB, intenté precisar mi posición, “entre mito y política”, cuando asumía un doble compromiso, diferenciado y solidario, en mi trabajo científico, por una parte, y en mi vida de militante, por la otra. A la vez, desde un principio, al comienzo del prólogo, declaraba que, en mi caso, no se trataba de escribir una autobiografía cualquiera. La empresa me parecía hasta tal punto extraña a mis inclinaciones y a mi capacidad que, aun cuando mi idea era intentarlo, en cuanto me disponía a tomar la pluma entre mis manos, se me caía de los dedos desde las primeras líneas.1
¿Desmiento, en este nuevo libro, lo que declaraba? Pienso que no. Es verdad que, en la primera parte de la obra, me dejo llevar por confidencias personales al evocar acontecimientos que he vivido en los años cuarenta —cuando dirigía en Toulouse la Resistencia militar— de los que jamás había hablado hasta este momento. Pero los hechos que menciono son muy pequeños para despertar interés por sí mismos y, silos detallo, es sólo como punto de partida de una reflexión general que sobrepasa largamente a mi persona.
¿Por qué recuerdo hoy esos detalles? ¿Por qué vuelvo sobre ellos ahora, si desde hace tiempo estaban ocultos en el fondo del olvido? El azar ha intervenido. Al esforzarme en poner un poco de orden en la acumulación caótica de mis papeles y de mis libros, me encontré con dos cartas que creía perdidas porque databan de un período en el que, por precaución, no conservaba ningún escrito. Poco tiempo después de este descubrimiento, concurrí a un seminario en la École des Hautes Études en Sciences Sociales para responder a las preguntas que deseaban formularme dos historiadores actuales, Pierre Laborie y Laurent Douzou, sobre mis años de guerra y de Resistencia.
Me dirigía hacia allí sin mucha inquietud, con las manos en los bolsillos, pero con los dos documentos recuperados por si hacían falta. Laborie y Douzou me interrogaron sin cumplidos, y para satisfacer su curiosidad legítima de historiadores era necesario que me dispusiera a reflexionar, de un modo distinto a como lo había hecho hasta entonces, sobre mi experiencia de juventud y sobre la mirada que hoy tengo sobre los inicios y el curso de mi vida.
¿Cuál era, al margen y más allá de sus aspectos subjetivos, el verdadero objeto de ese interrogatorio? Sin ninguna duda, apuntaba a los vínculos del pasado y del presente, a las fronteras que los separan, a los modos de atravesar esos límites sin borrarlos, sin falsearlos. El problema se planteaba en varios niveles. Sobre el abordaje inicial de mi trabajo, el interrogatorio concernía a la Antigüedad, a la civilización helénica, al hombre griego antiguo. ¿Existe un lazo —se me preguntó— entre su lectura de la epopeya homérica y su acción en la Resistencia militar, con los riesgos que ésta comportaba? Ya me habían formulado esa pregunta en un debate con François Hartog. De golpe me había sorprendido e incluso, creo, escandalizado un poco, en la medida en que me parecía incongruente amalgamar eso que no competía, en principio, más que a la ciencia pura y los azares de la acción, a merced de las circunstancias. Pero, al reflexionar, esos lazos se presentaron de manera muy clara; lazos urdidos entre mi interpretación del mundo de los héroes homéricos y mi experiencia de vida aparecieron ante mí como un tejido invisible de correspondencias, orientando mi lectura “erudita” y privilegiando en el texto ciertos rasgos: la vida breve, el ideal heroico, la bella muerte, el ultraje del cadáver, el verdadero honor más allá de los honores, la gloria imperecedera, la memoria del canto poético, entre otros tantos temas que he puesto en primer plano. Silos temas de un pasado antiguo de casi tres mil años documentado en textos, de un pasado muy reciente todavía vivo en mis recuerdos y del hoy en que escribo

este libro continúan interpelándome, es porque se hacen eco, en mi interrogación actual, mezclando sus voces sin confundirse.
Como si, en mi persona, tres capas sedimentarias diferentes
—la Antigüedad, el curso de mi vida, el ahora de mi pensamiento—, cada una con su propia forma de temporalidad entraran en resonancia en el momento de responder a las preguntas difíciles que se me formulaban. Fronteras entre pasado y presente, entre diferentes pasados, entre la objetividad distante del erudito y el compromiso apasionado del militante; distancia, en fin, en cada uno de nosotros, entre sus recuerdos y su propia presencia.
Esa confrontación, que en un principio se apoyaba sobre el recuerdo de lo que había vivido durante mi rechazo al régimen de Vichy y bajo la ocupación alemana, no podía dejar de desembocar en los problemas de la memoria y, en particular, en las dificultades que enfrenta el historiador para hablar de esos años negros, de esos años que ciertamente transcurrieron pero que no han pasado, que siguen estando muy presentes en los recuerdos y cuyos desafíos todavía son demasiado actuales en la vida colectiva como para tratarlos con el desapego y la distancia propias de lo que es totalmente pasado. ¿Testimonio de sobrevivientes que cuentan eso de lo que guardan memoria? ¿Documentos escritos? ¿Archivos? ¿Sobre qué apoyarse? ¿En quiénes? ¿De quién fiarse? Era el momento de exhumar mis dos cartas, de enlazar el relato de la fabricación de un documento a la vez auténtico y falso, para mostrar que, de la misma manera que el recuerdo de testigos, un documento no prueba nada en tanto no haya sido sometido a una crítica sistemática. Como el acto de la memoria, el documento es una construcción humana de la que es preciso dilucidar el condicionamiento social y psicológico para extraer sus significados a menudo múltiples.
Era también el momento de evocar el “caso Aubrac”, que ha constituido, tanto en el debate de los historiadores entre sí como en la confrontación entre resistentes e historiadores, un punto de no retorno que evidencia el abismo que separa la investigación del erudito y la puesta en escena del periodismo.


Embarcado en esa vía, me fue preciso hurgar en mi pasado, en lo que concierne a los problemas de la memoria, y recordar brevemente lo que traté en un estudio más completo, que se encuentra en la segunda parte de este volumen, junto a otro texto donde desarrollo más largamente mi análisis sobre la Ilíada.
La memoria, según mi parecer, no es una ni es constante. Son múltiples las operaciones mentales que nos permiten traer a la conciencia un objeto de pensamiento que no está presente, que no es percibido por nuestros sentidos sino reconstruido por el espíritu como representación de una ausencia. Esas operaciones muchas veces utilizan procedimientos adquiridos mediante un aprendizaje difícil, y que han variado según los momentos y las civilizaciones. Desde la memoria divinizada de los griegos de la época arcaica, esta mnemosyne omnisciente que inspiraba al poeta épico y le confería, junto con el don de la videncia, la capacidad de conocer y de cantar “todo lo que ha sido”, de narrar, como era costumbre hacerlo, el tiempo remoto, el pasado de héroes legendarios, hasta nuestra memoria actual, o, mejor dicho, nuestras múltiples formas de rememoración, existen cambios, rupturas, abandonos, transformaciones profundas. Para esquematizar el estado actual de las actividades que englobamos bajo el rótulo memoria, es preciso establecer la distinción entre la memoria individual, con los recuerdos de cada uno; la memoria colectiva, aquella de grupos sociales que se fabrican un pasado común para enraizar allí su presente; y la de los historiadores, para quienes el pasado, desde el surgimiento de su disciplina, por el solo hecho de que ha tenido lugar, adquiere el estatus de un objeto de investigación científica y revela en su mismo ser el establecimiento controlado de la verdad. Estas tres formas de memoria’ al margen de sus diferencias, tienen en común el ser reconstrucciones, más o menos laboriosas, del pasado, y no su aprehensión directa e inmediata.
Por otro lado, he incluido en este volumen los textos sobre “la muerte heroica” y sobre “la historia de la memoria”, que completan de manera directa las palabras demasiado rápidas y demasiado personales de la primera parte, a.l mismo tiempo que un comentario a las páginas de mi maestro Ignace Meyerson sobre “la historia de la voluntad”, y algunos ensayos en los que explico mi aituación casi siempre entre dos dominios opuestos, ocupado en abrir una vía de pasaje entre ambos: pasado y presente, mito y razón, mundo arcaico y ciudad, uno mismo y el otro. Los títulos de los textos —“Entre exotismo y familiaridad”, “Pensar la diferencia”, “Nacimiento de lo político”— dicen claramente que en todos los casos se trata de atravesar fronteras, no para borrarlas sino para deducir más claramente, mediante la comparación los rasgos característicos de eso mismo que las separa.
Otros escritos más breves, más circunstanciales, ilustran mi recorrido: pasaje de un espacio urbano a otro; lazos sucesivos con Checoslovaquia, desde Múnich hasta la instalación del régimen comunista y al apoyo activo a la disidencia por la fundación, junto con Jacques Derrida, de la asociación Jan-Hus; cruce de la Rue des Écoles para pasar de Hautes Études al Collége de France o, para terminar, bajo el título “Atravesar un puente”, un texto que el Consejo de Europa me había encargado para representar a Francia y que figura junto a los de otras naciones sobre una de las estelas que jalonan el puente de Europa que une, a través del Rin, las riberas francesa y alemana.
Pero, antes de cerrar este prólogo, una última palabra. Es razonable decir: hay un tiempo para hablar, para escribir, y un tiempo para callarse. Que el lector me perdone el haberlos mezclado y confundido, una vez más, en este libro donde, imprudentemeflte me sucede borrar las fronteras entre las edades de la vida.
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