La lección de la odisea 62




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ESCRIBÍ TEXTOS SOBRE LA MUERTE HEROICA,


sobre la “bella muerte”, es decir, sobre la concepción que los griegos tenían acerca de la muerte cuando, según la Ilíada y la Odisea, en especial la Ilíada, se valían de esos cantos poéticos para dar un rostro a eso que no lo tenía y que rio podría afrontarse sin perder el propio y desaparecer para siempre en lo invisible. La muerte ocupaba un lugar particular en su sistema de pensamiento, en sus emociones, en el sentido conferido a la vida. Cuando redacté el artículo titulado “La bella muerte y el cadáver ultrajado”,1 partí de una reflexión sobre una práctica no ritual sino, por el contrario, escandalosa: el ultraje de los cadáveres. ¿Por qué, después de su victoria sobre Héctor, Aquiles no se contenta con lo acontecido, con la muerte de su adversario, sino que se ensaña con su cadáver? Lo ata detrás de su carro, lo arrastra por el polvo hasta dejarlo irreconocible. Aquiles pretende destruir para siempre eso que, en el cuerpo de su enemigo, testimoniaba su valor guerrero: juventud, belleza, vigor, agilidad, rapidez. Son precisamente esos valores, cuyo fulgor brilla a los ojos de todos en el cuerpo del combatiente heroico, los que él intenta hacer desaparecer. No le bastó con matar a su adversario; lo esencial es infligir a sus despojos una serie tal de ultrajes que lo desfiguren y hagan que no se parezca a nada. ¿De qué modo? Arrancándole la piel, cortándole la cabeza y los miembros, dejando que su cadáver se pudra al sol, entregándolo como alimento a las bestias salvajes, a los pájaros del cielo, a los peces del río. Destruir en el hombre lo que hoy un filósofo llamaría su ser espiritual. Eso que llamo su ser social, su condición de héroe.


De ahí partí para intentar comprender el significado de esta voluntad de destruir en el enemigo la individualidad de sus rasgos y, al mismo tiempo, toda huella de humanidad. Era preciso deshumanizarlo, llevarlo al caos, a la nada. El ultraje permitía tomar conciencia, por contraste, de lo que era la muerte del guerrero en el esplendor de su belleza juvenil. Aquello que, de golpe, situaba en su iluminación exacta el ideal heroico. Volvamos a Aquiles. Se le impuso una elección, como punto de partida, entre dos formas de vida, O bien una vida honrosa, apacible, un buen casamiento, envejecer entre sus hijos y nietos, y morir en su cama al término de su edad:
la larga vida. Y después: nada. No dejar ningún recuerdo. Como si jamás hubiese existido. O bien, por el contrario, la otra opción: la vida breve, la vida totalmente truncada cuando está en la flor de su areté, de su valor, de su belleza, de su juventud. Elegir la vida breve es aceptar poner en juego sin cesar en el campo de batalla su psyché, su soplo vital. Se vive continuamente bajo la modalidad del todo o nada. Tener todo significa haber ganado el acceso a la inmortalidad, seguir estando presente en la vida de todos los hombres futuros de la misma manera que entre sus contemporáneos.
En una sociedad del cara a cara, lo que cuenta no es ni la interioridad de cada uno ni sus estados de ánimo, sino lo que se ve de él, el modo de aparecer que su presencia revela frente a los demás. Para los griegos, la única manera de escapar de la anonadación es, justamente, haber llegado a ser para siempre objeto de lo que ellos llaman kleos áphthiton: la “gloria imperecedera”. Me parecía que esos dos aspectos —bella muerte, ultraje del cadáver— eran absolutamente solidarios y reflejaban una misma actitud respecto de la vida, de la identidad, de eso que hoy se llamaría la “persona”. Me ha servido de mucha ayuda el trabajo que Nicole Loraux llevaba a cabo en la misma época sobre el elogio fúnebre en Atenas2 y sobre lo que los propios griegos llamaban kalós thánatos, la “bella muerte”: la de un hombre mientras conserva su belleza y su juud, sin que conozca la decrepitud de la edad que amenaza a ida uno de nosotros. Es tan natural ver que el propio cuerpo, la
ntidad, la persona se degradan en el curso de los años; es como nuestro destino de mortales nos llevara a experimentar poco a xo lo que, en el campo de batalla, el ultraje realiza de golpe de M1era radical.


No hace mucho tiempo, François Hartog me preguntó si, al escribir sobre la “bella muerte”, no tenía por detrás el recuerdo de mi experiencia en la Resistencia. Debí demorarme un poco en responderle y luego me di cuenta de que tenía razón. Simplemeflte yo no lo sabía. Fue preciso encarar la complejidad y la ambigüedad de los vínculos entre un trabajo de investigación científica
—que tiene su campo, sus reglas, sus lecturas obligatorias— y una experiencia personal de vida. Cuando se está sumergido en el trabajo, se piensa que hay, por un lado, el sí mismo, el sujeto, y enfrente, los textos. Lo que se olvida es que lo que llamo el “sí mismo” no es irrelevante.
Cuando lee un anciano que siempre ha vivido de manera apacible al amparo de bibliotecas, entre el olor de viejos libros, no tiene el mismo “yo” que un hombre que en su juventud ha pasado cuatro años en la Resistencia. ¿Dónde está el vínculo? ¿Por qué le he dado tanta importancia a la indicación de Hartog? Aún hoy me lo pregunto. Cuando leía la Ilíada, ¿qué es lo que tenía en la cabeza, por detrás de mi cabeza? Muchas cosas, sin duda. En primer lugar tenía, en efecto, la juventud. Hay personas que murieron en la Resistencia, que murieron en la guerra. Y la guerra, para mí, era la Resistencia. Eran jóvenes. Y cuando se sale de ella, hay siempre un sentimiento de culpabilidad: la culpa de estar todavía alli. En 1940, yo tenía 26 años. Muchos de los que había conocido entonces tenían esa edad e incluso menos. Algunos no tenían más que 17 años, antiguos alumnos, que murieron fusilados, masacrados. Uno se siente culpable: “Qué he hecho mal para haberme escapado? Y los que han caído, ¿por qué?”.
Aquiles se dirige a Agamenón en la contienda que los enfrenta. Agamenón es el rey de reyes, el mayor rey de todos. Cuando le arrebata a Briseida, esa joven con la que Aquiles está vinculado, que le ha sido entregada como prenda de honor en reconocimiento por su valor excepcional, es la dimensión heroica del hijo de Peleo la que está herida. ¿Qué replica al rey el combatiente modelo? Aunque seas rey, quizá no sepas lo quees arriesgar la vida a todo o nada de manera permanente, en el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, en primera línea. Aquí interviene algo más: cierta filosofía de la existencia. En los reproches que le dirige a Agamenón, Aquiles le dice que es bueno ser el soberano, pero que él no sabe lo que es salir de las filas para lanzarse, atacar, arriesgar todo en cada oportunidad, su vida, su existencia, a sí mismo. Uno encuentra una indicación análoga en otro pasaje de la Ilíada, cuando Sarpedón declara que hay dos clases de bienes. Por un lado, el gaado, poco o mucho, las mujeres, los esclavos, los trípodes, las tierras fértiles; todo eso se puede tener, se puede tomar, recuperar después de haberlo perdido. Son bienes de nuestro mundo, valores mundanos que se ganan o se pierden, que se intercambian. Hay un solo valor que no se intercambia: la propia vida. La vida del joven combatiente que padece en la primera fila. Cuando la psyché, la vida, ha traspuesto la barrera de los dientes, no retorna jamás.
En la conciencia heroica, para que la vida merezca ser vivida, es preciso situarla en un plano diferente al de los valores mundanos, mirar más allá de todas esas utilidades fluctuantes. Uno diría hoy —pero no en los términos en que pensaban los griegos— que el desdén apunta a los valores de mercado que se intercambian, que se mide más o menos en dinero. Ese más allá, que no se compra, que está completamente aparte, es su propia vida. Y es esta vida la que da su dimensión heroica a la existencia, la que hace que tenga más valor vivir poco y caer en pleno combate que vivir por mucho tiempo y morir en su cama sin elevarse más alto que lo ordinario.

Esta ideología de la muerte heroica y del ultraje al cadáver revela una cierta concepción del valor. También aquí estoy obligado a decir que, sin formular las cosas de esta manera, he vivido en los años cuarenta una experiencia análoga en ciertos aspectos. Se hacía frente a una situación que a nuestros ojos excluía todo término medio, toda escapatoria. Era el todo o nada. Nada de acuerdo, de cosas a medias, de doble juego. De golpe, sin tener ni siquiera el sentimiento de hacer una elección, uno se encontraba lanzado a la primera fila.
En el curso de los acontecimie1t0s, en lo cotidiano del mundo, entra en juego cualquier cosa que se impone y nos supera. Y el sentido de la vida no puede existir más que en la medida en que hay cosas que nos sobrepasan; tal vez éstas sean ilusorias, pero no discuto sobre ello. Al volver sobre el que fue mi camino, intento comprender el momento en que, el rostro volcado sobre mis textos, reflexiono sobre la vejación de los cadáveres y la bella muerte; intento descubrir, en realidad, si abro ese camino, si intento revelarlo, cómo expresarlo con la mayor claridad posible; eso es, a la luz de los textos, con la presencia de los jóvenes que había visto caer, y el sentimiento de que no hay ninguna razón para que yo todavía esté vivo.
Más atrás todavía, hay momentos en que no se comprende que la vida no es ella misma si algo no sobrepasa eso que se llama simplemente vivir. Reflexiono sobre esto porque las cosas se sostienen, se tejen en conjunto. Cuando se habla de la vejación de los cadáveres, el tema de la tortura surge igualmente en un segundo plano. La cuestión de la tortura se consideraba durante la Ocupación, y, muy ingenuamentet yo pensaba que se trataba de una actitud típicamente nazi de no querer contentarse con matar a los judíos o a los resistentes sino desear destruir en ellos todo lo que era humano. En la ideología racista uno encuentra esta voluntad de deshumanizar radicalmente al que es otro. De la misma manera que la vida no puede ser ella misma si no hay algo que la sobre

dejado de ser un actor de la historia —esta expresión me deja escépfico—, y puesto que me he convertido en un antropólogo de la Grecia antigua, mi mirada ha cambiado. Si simplemente hubiera ingresado en la Resistencia sin estudiar luego sobre Grecia, no vería en mi rol, en mi acción, en mi compromiso de resistente lo que veo alli como historiador ahora que reflexiono sobre lo que los mismos griegos contaban en la Ilíada. Había continuas idas y venidas, dudas, de las que no era consciente al principio. Más tarde, al reflexionar y analizarme a mí mismo como intento analizar los textos o este período de la Resistencia, percibo toda una serie de relaciones que antes se me habían escapado.
Cuando se está en la acción, en la batalla, se sabe que la muerte está allí, pero se piensa en ella lo menos posible. Uno se las arregla para que no aparezca en el primer plano de su conciencia de combatiente. Quizá ésta es una de las razones de mi sentimiento de culpabilidad. Como muchos otros, siempre tuve tendencia a pensar que me libr,aría de ella. Algunos, quizá, veían las cosas de manera diferente; pero no lo creo. Cada uno de nosotros sabía que la muerte estaba allí, que podía sorprendemos, pero íbamos hasta allí y, con un poco de suerte, la esquivaríamos. Yo discutía con los compañeros tolosanos. Bromeábamos, pero cada uno la tenía en la cabeza, En este punto, para algunos, la creencia no influía. La culpabilidad de la que hablo proviene también del hecho de que, durante todo ese tiempo, cada uno se decía: “Voy a librarme de ella”. Este pensamiento nos ha ayudado a vivir y a combatir, a afrontar la muerte algunas veces. No obstante, uno siente vergüenza de haber tenido ese pensamiento cuando repara en todos los que allí quedaron; sin embargo, no se podía pensar de otra manera.

simples. pase, la hostilidad, la brutalidad y la violencia del racismo se ejercen con la idea de rebajar al otro más allá de lo que es naturalmente, de ponerlo debajo de lo humano en tanto que, de la otra parte, se intenta ubicarlo por encima.
Puedo ver claramente cómo mi trabajo científico ha sido ordenado por lo que he vivido durante esos años difíciles. Pero también puede seguirse un camino inverso. En la medida en que he

cierto modo, también Aquiles ha tenido este pensamiento.
pabfa. Sabía que su vida sería breve, pero ignoraba en qué
flento cesaría. Y, además, no podía saberlo. Las cosas nunca
Smo señalar los lazos entre dos dominios tan diferentes:
terpretaciófl de textos muy antiguos y el compromiso con
combates del presente? ¿En qué se vinculan el helenista de
r y ese joven profesor que asumió la dirección del Ejército Se-
- en la región tolosana desde su creación, en noviembre de
? Por último, las cosas se pusieron verdaderamente difíciles:
se preguntaba a cada paso que hacía si ése no era el último. avanzábamos por una calle sin la inquietud de descubrir
el enemigo estaba detrás de nosotros. Los tres últimos meses n terribles. Una terrible prueba psicológica. Al mismo tiempo uno está comprometido con los compañeros, en los preparaivos de golpes, en la puesta en marcha de acciones, en el seguide los hechos, en la huida, en cómo salvarse algunas veces. Ése es otro dominio, con proyectos planes, un futuro por
Construir. Ese tiempo tiene otra coloración distinta de la que a posteriori intenté hacer comprender al decir que había iluminado por debajo mi lectura. Pero, de igual modo, esta pequeña luz parpadeaba por debajo.

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