La lección de la odisea 62




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RECUERDOS DE UN COLEGIAL



CUANDO LLEGUÉ AL BARRIO LATINO, al comienzo de los años treinta, luego de egresar del liceo Carnot, donde había cursado desde el primer grado, llamado enfantine, hasta el bachillerato, fue para ingresar en el curso preparatorio para las grandes écoles en el liceo Louis-le-Grand, situado al lado del Collge de France. Preparaba al mismo tiempo una licenciatura en Filosofía en la Sorbona, justo enfrente. Y no obstante, en mi espacio de trabajo, de vida política, de placeres, el Collége seguía siendo un lugar externo, ajeno. No formaba parte de mi universo de estudiante. Sólo fui hasta esa institución una vez, en 1932 o 1933, para escuchar a Pierre Janet. Creo que ese día presentaba, además de otros modelos de comportamiento, lo que llamaba la conducta “de la canasta”.
En relación con las enseñanzas impartidas en la Facultad de Letras para obtener el diploma de Psicología, eso era nuevo, excitante e incongruente como una incursión en un país exótico. Después de la guerra, mis puntos de anclaje en el trabajo de investigación han sido la Sorbona, la Bibliothéque Nationale de la calle d’Ulm y, en especial, antes de que enseñara allí, la École Pratique des Hautes Études.
Algunos directores de estudio, cuyos seminarios yo seguía, también se desempeñaban enfrente como profesores del Collége de France, pero yo no cruzaba la calle. Georges Dumézil era uno de esos maestros. Lo visitaba en su casa, calle Notre-Dame-desChamps, mientras él navegaba en su escritorio entre pilas de libros y revistas, hasta en su mesa de trabajo. Yo redactaba regularmente las reseñas de sus obras para el Journal de Psychologie y solía mostrarle mis recensiones antes de que fueran publicadas para recibir sus observaciones.


Un día de 1973, me había acompañado hasta la puerta, según su costumbre, y cuando yo bajaba la escalera al salir de su casa, me dijo: “Señor Vernant, señor Vernant!”. Me di vuelta, subí algunos escalones. “Señor Vernant, ¿ha pensado usted en el Collge de France?” Por un momento me sentí aturdido. “Yo?”, le respondí de inmediato. “Y sí, algunos allí han pensado en usted. Vaya a ver a Claude Lévi-Strauss.” Eso fue lo que hice. Lévi-Strauss me recibió más calurosamente de lo que podría haber soñado. Él se ocupó de presentar mi cañdidatura ante la asamblea de profesores, Me explicó también y, sobre todo, el camino a seguir, del que no tenía la menor idea: cartas de presentación; visitar a cada profesor, científico o literato; redactar un fascículo impreso con títulos y trabajos, lo que me dio ocasión de reflexionar sobre lo que había hecho y de delinear a grandes rasgos un programa de enseñanza. Para ocupar una cátedra vacante competía con Jacqueline de Romilly. El escrutinio fue reñido. Ella fue la elegida. No pensé más en el Collége de France.
Algunos meses más tarde, en una reunión, me encontré de casualidad con Anatole Abragam, quien, luego de mi visita como candidato, me había prevenido de manera leal: él votaría, no contra mí, pero por madame De Romilly. También me hizo saber que una nueva cátedra se encontraba vacante y que eran muchos los que pensaban que dos helenistas no estaban de más en el Collége, debido a que, con orientaciones diferentes, sus enseñanzas no corrían el riesgo de tepetirse. Esta vez fue André Caquot quien me puso bajo su protección y asumió la tarea de presentarme. Yo era su colega en el Departamento de Ciencias Religiosas en la École Pratique des Hautes Études. Él conocía bien mi trabajo de investigador y el impacto de mi enseñanza. Fui elegido sin competencia.
Desde el día en que comencé mis cursos, después de la lección inaugural, mi geografía interior del barrio latino se vio alterada. El Collége —ese no lugar de otro tiempo— se convirtió en el centro en torno del cual gravitaba mi existencia universitaria, O mejor dicho, el plano del barrio latino se reorganizó en función de un eje principal que enlazaba la plaza Marcelin-Berthelot con la calle Monsieur-le-Prince. Como si el Collége hubiera extendido uno de sus tentáculos hacia el Centre de recherches comparées sur les sociétés anciennes, donde yo continuaba ejerciendo la dirección, mientras que, en sentido inverso, el Centre había entrado en resonancia con el Collége.
Fue un período de trabajo feliz. Louis Gernet, mi maestro, en el momento de abandonar la presidencia anual de la Association des Études Grecques, confesaba que la École des Hautes Études, que lo había acogido después de tantos años pasados en la Facultad de Letras de Argelia, le había parecido, al final de su vida, una nueva abadía de Théléme. El Collége también, pero por otras razones. La misma libertad de espíritu, la misma disponibilidad para separar cuestiones administrativas y tareas académicas, la misma exigencia de renovación intelectual, pero la naturaleza y el estilo de enseñanza diferentes. En la École des Hautes Études, hay pocos oyentes pero asiduos, especialistas que saben tanto o más que uno sobre la mayoría de las cuestiones que se tratan. Sucede que, ciertos años, en los cursos regulares, uno se encuentra perdido en el campo que ha elegido explorar y declara su turbación. Al discutir con los oyentes que lo siguen desde hace largo tiempo, atendiendo a sus sugerencias, una vez que se reinicia la máquina, uno retorna la ruta. La regla que, en efecto, todos aceptan como una evidencia es que nadie es el “sabio” sobre ninguna cuestión. No es vergonzoso decir que algo no se sabe.
En el Collége, las reglas del juego son inversas. Presentado en el anfiteatro por el bedel que exclama: “el señor Profesor”, uno debe aparecer a los ojos de su público como el que sabe y hablar corno tal. Si al comienzo del año uno se embarca en un camino, fija un tema, no puede detenerse, dar marcha atrás o tomar un atajo. Es preciso ir hasta el final. Y como cada curso anual debe constituir un aporte original, la tensión, el esfuerzo, la angustia son la suerte cotidiana de la existencia de un profesor. La contrapartida es que uno está obligado a entregarse a fondo, a producir lo que sin duda jamás habría realizado sin ese aguijón en los riñones.

La dificultad reside también en la naturaleza del público, más numeroso, más variado que en la École des Hautes Études, y cuyas expectativas son diversas. Yo hablaba en la sala 8 del Collge, que siempre está llena. Los oyentes conformaban, por lo menos, tres grupos bien distintos. En primer lugar, los mismos que habían seguido regularmente mis cursos en la École des Hautes Études: investigadores y profesores especializados en estudios antiguos, a los que se sumaban estudiosos de otras disciplinas; luego, publico en general de más edad; retirados de la enseñanza, de la admirtistración y de toda clase de profesiones, que aprovechaban su tiempo libre para iniciarse en aquello que no habían tenido la posibilidad de conocer. Por último, una pequeña proporción de extraños y semivagabundos deseosos de pasar una o dos horas al calor. Era preciso encontrar la manera de no desilusionar a los oyentes del primer grupo aportándoles cada semana un nuevo grano para moler en su propio trabajo. Pero también era preciso interesar a los demás y resultarles comprensible.
Hasta ese momento, jamás había redactado mis cursos por anticipado. Tenía notas, referencias; improvisaba. En el Collége debí escribir, si no todo lo que iba a decir, al menos lo esencial. Nada de preguntas; los riesgos eran demasiado grandes, si obraba como solía hacerlo, sin red. Otro chaleco de seguridad del que debo decir una palabra: todos aquellos que, egresados del Collége o miembros del Centre, me han acompañado a lo largo de esos años en mi investigación, ayudándome a reunir documentación, a tapar agujeros, a despejar la ruta en la que a menudo me aventuraba, sobre lo que ha constituido lo esencial de mi enseñanza, la investigación sobre la imagen. Me pregunto si habría tenido el coraje en esta abadía de Théléme sin su apoyo, sin la amistad que sentí por algunos colegas y que ha iluminado el edificio del Collége.
Dentro del pequeño equipo de colaboradores que me tendieron una mano al hacerse cargo del cuidado de mis seminarios, hay alguien con quien yo me sentí en deuda desde antes de entrar en el Collége, por todo lo que me había aportado en el plano intelectual. Todo lo que escribí sobre el sacrificio, la deuda, el conjunto de los la muerte griega no habría tenido sentido si no hubiera eschado a Charles MalamOUd.
Era él quien me hacía comprender los asuntos griegos cuando blaba sobre los indios. Experimentaba por MalamOud el mismo LtimíentO que hacia Gernet: la admiración frente a un sabio que [a mirar los textos muy de cerca y que, en lugar de detenerse 1 su lectura, deducía a partir de ellos toda una serie de reflexioes originales para ubicar las claves de inteligibilidad que perrnian comprender mejor y de otra manera. Al seguirlo a lo largo de u recorrido en tierra india, un nuevo paisaje griego ha tomado cuerpo, por contraste, y se ha dibujado más claramente a mis ojos.
No me fiaba sólo de la competencia filológica de MalamOUd. Mi acuerdo con él, en relación con la concepción del trabajo de interpretación es más profundo. Cuando trata hechos religioSO5 la precisión de sus análisis y el rigor de su abordaje responden a su preocupación por respetar la especificidad y la autonomía relativa de su campo de estudios, pero también es consciente siempre de que las sociedades humanas constituyen un todo, desde las necesidades materiales hasta los ideales del espíritu, y que en ellas debe haber al mismo tiempo discordancias y vínculos así como resonancias entre los diferentes planos de la vida colectiva. Esta doble convicción, o, mejor dicho, esta marcha naturalmente orientada en los dos sentidos, me parecía relacionada con el hecho de que él, en otro tiempo, había sido comunista había frecuentado el marxismo, pero sin anegarse.
MalamOUd tiene, como erudito, un estilo personal ejemplar. Cuando exponer es como si se asistiese directamente a un alumbramiento. Se tiene la impresión de que ya tiene todo en la cabeza como el niño que está en el vientre de su madre. Se lo ve allí, sobre el estrado, en tren de alumbrar intelectualmente, de combatir las dificultades, los bloqueos1 las dudas. Es un espectáculo maravilloso, fascinante. Frente a nuestros ojos opera el trabajo del espíritu, del pensamieflt0 y éste se desprende del lenguaje1 la lengua que da forma al duro esfuerzo de la reflexión. Uno siente físicamente esta gran tensión interior. MalarnoUd no representa el trabajo de alumbramiento mental, él mismo alumbra, que es algo muy diferente. No nos ofrece un espectáculo de las dificultades con que se encuentra expresando en nuestro lenguaje erudito las significaciones de complejos textos indios cuya lógica no nos resulta familiar; él nos hace ver los segundos planos que dan espesor al texto y que establecen un tejido de relaciones entre cosas que parecen ajenas entre sí. Él no imita esta tarea; él está dentro y la restituye por la palabra. He conocido poca gente que me haya transmitido este mismo sentiniento de gravedad, de riesgo y de felicidad.
En la pareja que forman el maestro y el discípulo, la relación a menudo me ha parecido menos jerárquica que recíproca. Cuando no se trata de que uno enseñe por un lado y el otro aprenda por otro, sino de buscar una comprensión en común, es difícil decidir quién de los dos da y recibe más.
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