La lección de la odisea 62




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LA MUERTE HEROICA ENTRE LOS GRIEGOS
AQUILES, EL IDEAL DEL HOMBRE HEROICO


No ES FÁCIL hablar de la murte heroica en Grecia. Uno no sabe verdaderamente por qué punta comenzar, ya que son mUY nunle rosas. Lo más simple es empezar por el personaje que enca’ a nuestros ojos y también a ojos de los griegos, el ideal del hombre y la muerte heroicos: Aquiles. En los relatos que lo menciOnani no sólo en la Ilíada sino también en las historias legendarias que nos han sido transmitidas por otras fuentes, el dilema se plantea claramente a propósito de una elección casi metafísica entre dos formas de vida opuestas.
Aquiles es el hijo de un simple mortal, Peleo, y de una diosa, Tetis. Zeus y Poseidón querían desposar a Tetis o, al menO5’ unirse con ella. Cuando Prometeo les hace saber que el hijo de Tetis sera mds fuerte, más brillante, más sobresaliente que su padres ellos renuncian a ella. No quieren que hijos más poderosos que ellos reanuden, en la nueva generación, la guerra entre los dioses. Es una ley de la mortalidad que implica que cada generación debe necesariamente ocupar el lugar de la precedente, como las olas del mar. Para evitar ser destronados por sus hijos, los dioses envían a Tetis entre los humanos y la ofrecen a Peleo. La diosa nO está muy de acuerdo, y por eso adopta toda clase de formas para escapar de esta unión hasta que, finalmente, se transforma en jibia en sepia, porque al ser atrapada arroja una tinta y se vuelve visible. Pero Peleo la acorrala en una toma absolutamente ineludible y tiene un hijo con ella, Aquiles. Éste, en efecto, es más fuerte que su padte el viejo Peleo, y el más fuerte del mundo. Es una suerte de héroe maravilloso, invencible, aunque igualmente encarna eso que los dioses han querido evitar: la ley de la sucesión de las gefleI’°

nes. Los hombres nacen, crecen y mueren, y también Aquiles, en un momento dado, deberá irse para que una nueva generación aparezca. Tetis quiere conferirle a Aquiles la inmortalidad. Tomándolo del talán, sumerge al recién nacido en la aguas del Estigia. Si logra salir de esta prueba terrorífica —porque el Estigia es en cierta manera la muerte—, las partes del cuerpo que hayan sido sumergidas se convertirán en inmortales. Y esto es lo que le sucede a Aquiles. Él es, pues, un ser humano que, por su persona, su pasado y su genealogía, se sitú& en el cruce entre lo divino yio humano. Sólo una pequeña parte de su cuerpo sigue siendo mortal:
el talán —porque era preciso que Tetis lo sostuviera de alguna parte—, y por ahí es que él perecerá.
Así, este hombre es la imagen misma del guerrero y de sus virtudes: no sólo el coraje, sino también esta forma de moral aristocrática que constituye al mismo tiempo el trasfondo de la muerte heroica, donde un hombre es kalós kagathós, “bello y bueno”, como si su calidad de hombre eminente, incomparable, se leyera en su cuerpo, en su presencia, su gestualidad, su marcha, su manera de presentarse. Si un hombre como Aquiles aparece en un círculo, es como si lo hiciera un dios. Él encarna esta especie de excelencia que se manifiesta en un brillo luminoso, como la belleza en una joven semejante a una diosa. De alguna manera, es así como los griegos ven a Aquiles: sin ninguna moral del pecado, de la falta o del deber; existe la idea de que debe ser una persona de bien, no caer en bajezas, vileza, envidias; debe mantenerse en esta línea.
Aquiles se enfrenta a una elección entre dos caminos. Por un lado, una vida pacífica y dulce, una vida larga, con una mujer, hijos, su padre, y luego la muerte al fin del camino, en su lecho, como les sucede a todos los ancianos. Desaparecería en el Hades, en una suerte de mundo sombrío de cabezas vestidas de noche, donde nadie tiene nombre ni individualidad, y donde se convertiría en una sombra inconsistente; después, nada, nadie. O bien, por el contrario, lo que los griegos llamaban la vida breve y la bella muerte, kalós thána tos. No hay bella muerte si no hay vida breve. Eso significa que, en el ideal heroico, un hombre puede elegir ser

siempre y en todo el mejor, y para probarlo se pondrá continuamente —es la moral guerrera en el combate—, sin dudar, en la primera fila y se jugará cada día, en cada enfrentamiento, su psyché, él mismo, su propia vida, todo. ¿Por qué todo? Esta concepción de una forma de vida que adhiere a un sentido del honor, la timé, provoca también que todos los honores del Estado, los honores establecidos, pierdan su valor.
Al comienzo de la Ilíada, los reyes están reunidos, cada uno con su ejércitos los basiléis, y Agameflófl el rey de reyes, basiléutatos, goza del mayor honor en el plano social. Agamenón debe entregarle su hija al sacerdote de Apolo. En su reemplazo1 toma a la joven Briseida, que había sido concedida a Aquiles como su parte de honor. Cuando se distribuye el botín, se comienza por darle a cada uno una parte igual a la de los demás; después, la elite recibe una parte de honor, un geras especial. Briseida representaba para Aquiles la señal que todo el ejército griego le otorgaba para manifestarle que no era como los otros, sino un hombre aparte que cambiaba la cara de la guerra por completo, porque le daba un sentido particular debido a su coraje, a su ímpetu. Es este geras lo que Agamenón le arrebata. Cuando el ejército se reúne, forma un círculo, dejando libre un espacio en el centro, una suerte de ágora, donde pueden hablar todos los reyes. Aquiles acude y menosprecia a Agamenólt “Qué derecho tienes a arrebatármela? Es una gran ofensa la que me has hecho! No eres más que un cobarde. Tú, que te refugias en las últimas filas, que no sabes lo que es, en el cuerpo a cuerpo, el cara a cara con los enemigos, comprometer la psyché”. Se puede ver claramente que en esta escena se oponen por un lado, el honor ligado al mérito y a la virtud particular de un combatiente y, por el otro, los honores ordinarios, sociales. Agamenón es el rey, pero al mismo tiempo el honor que recibe es inconmensUrablemte menor que el de Aquiles. Es una verdadera inversión del nivel social, y Aquiles se lo hace comprender.
Cuando, más tarde, Agamenón intenta reconciliarse con Aquiles, que se ha retirado del combate —ahorabien, sin él, el ejército aqueo no puede enfrentarse a los troyanOS, el rey le envía una delegación. Esta delegación le explica que Agamenón reconoce sus errores: le devuelve a Briseida, a la que no ha tocado; le ofrece toda clase de riquezas, trípodes, animales, parte de sus tierras, e incluso a una de sus hijas sin exigirle dote. Pero Aquiles se rehúsa porque, en ese contexto del honor heroico que lleva a la muerte heroica, se encuentra siempre frente al “todo o nada”. Si en la vida social hay grados, se contrabalancea, se consideran los asuntos; en contraposición, la ofensa que le ha sido infligida no puede ser reparada. Aquiles explica que poco le importa el honor ordinario que los griegos le tributan, poco le importan todos los regalos que le ofrecen, porque hay dos clases de bienes: los que se intercambian, se ganan o se pierden, y que se pueden reemplazar cuando se los ha perdido; y los bienes esenciales desde el punto de vista de los valores humanos —de nuevo, el “todo o nada”—, eso que, cuando se pierde, no se recupera jamás, es decir, la vida, uno mismo. Únicamente eso, en cada momento decisivo, no es comprable ni intercambiable, sólo eso se pierde de manera definitiva. He aquí el honor heroico, que se inscribe en una categoría diferente a la del honor ordinario.
Cuando se juega de este modo al “todo o nada”, se puede estar seguro de morir un día u otro, porque ningún hombre es inmortal, ni siquiera Aquiles. Quien vive su existencia, su propia persona de este modo, que consiste en elegir poner todo en juego, a uno mismo, a fin de mostrarse, de demostrarse, de probar que justamente es en verdad un hombre sin acomodamiento, sin cobardía, es seguro que morirá joven. Y esta muerte no es como la de los otros. Así como hay un honor heroico que no es el honor ordinario, también hay una muerte heroica que no es una muerte ordinaria. ¿Por qué? Porque el joven en la flor de su edad y de su belleza que cae en el combate no verá a su cuerpo marchitarse y reblandecerse, lo que la edad provoca en todas las criaturas mortales. Así es la ley del género humano: uno nace, crece, se convierte en un efebo, en un joven, en un hombre “hecho”, y después, poco a poco, contrariamente a lo que pasa entre los dioses, se debilita, se deteriora, se degrada, se convierte en un viejo fatigado que chochea y que, por consiguiente, está a punto de marcharse, y es como si no hubiera vivido. Mientras que, si uno muere en el momento en que ha demostrado lo que puede .acer en la belleza de su luventud, su existencia escapará de la usura del tiempo, de la mortalidad ordinaria. En la Ilíada, en el momento en que Héctor, perseguido por Aquiles, va a enfrefltarse con el héroe, Príamo, desde lo alto de las murallas, le ruega a su hijo que huya, que pase la puerta de entrada para refugiarse en las murallas. Le dice más o menos esto: “Para el joven guerrero que cae en el campo de batalla, todo es bello, todo es conveniente, panta kal4, pant’epéoiken pero la muerte para un viejo como yo, Príamo, si tú sucumbes, será horrible”. Príamo añade que quedará cubierto de sangre y que los perros a los que, en otro tiempo, les daba de comer en los patios del palacios vendrán a devorarle los genitales. Tirteo, en Esparta, retomará la misma imagen afirmando que, para el joven guerrero que cae en la primera fila en la flor de su juventud al arriesgar su propia vida y su persofla “todo es hermoso, todo conviene”; los hombres lo admiran, las mujeres lo veneran y las generaciones futuras continúan admirándolo. No dejará, a través de esta muerte —que si bien él no ha elegido, al menos la ha recibido, aceptado—i de ser lo que era en vida, es decir, un hombre joven en el esplendor de su fuerza y de su belleza. Eso es lo que dirá incluso su funeral. ¿Por qué?
En la Grecia del siglo ix no existe todavía una escritura verdaderamente desarrollada. Ahora bien, toda sociedad debe tener raíces, un pasado para mantener su identidad. Para los griegos de esa época, que no tenían escritos ni archivos, cuando no existía ninguna declaración durante un matrimonio o un nacimiento, la memoria social estaba asegurada por una personas el mnerflOfl, aquel que se acuerda, el que debe almacenar en su cabeza todo el saber que permita a cada uno conocer su identidad: quién es su padre, quiénes son sus abuelos y mucho más, las genealogía5 pero también los límites de su terreno. Al mismo tiempo, es preciso que ese grupo tenga en común un cierto número de cosas conocidas, de valores, de imágenes del mundo, de concepciones de sí mismos, de tradiciones intelectuales y espirituales: son los aedos, los cantores, quien€ están a cargo de eso. Ellos están inspirados por una divinidad qi los griegos llaman Mnemosyne, Memoria. La memoria está divini zada en la medida en que no hay escritos para llevar el registro c’ lo que los antropólogos denominan el “saber compartido”.
Esta memoria es el canto de los poetas, la tradición de la Ilíad y de la Odisea, de los Cantos ciprios e incluso de muchas otras historias. Es lo que constituye las raíces del grupo y es lo que, en los 1 siglos y, xv y también en la época helenística, los niños de recja
aprenden de memoria y conocen. En ese sentido, la Ilíada, que para nosotros es un simple texto, en un momento dado ha sido ese canto tradicional que, de generación en generación, los poetas narraban, repetían y modificaban a la vez, retomando lo que se les había enseñado e improvisando para un público nuevo. Todo eso formaba el fondo común intelectual y espiritual de los griegos, que en cierta manera era más vivo, más actual que ellos mismos. En el marco de esa civilización griega, que ha cambiado mucho desde la época homérica, Aquiles es, más que ningún otro, un personaje siempre presente en cada generación; no hay griego, ya sea Platón, Jenofonte o Alcibíades, que no lo tenga a su lado.
La muerte heroica no sólo proporciona un honor incomparable, ella da cuenta también de la paradoja de una criatura humana mortal, efímera, condenada a un ciclo que caracteriza al hombre en opbsición a los dioses: el paso a través de estadios hasta la muerte lamentable. Aquiles escapa de todo esto. En ese mundo griego, no existe la idea, propia de nuestra civilización judeocristiana, de que en cada uno de nosotros habría una parte que sería el nosotros mismos, el alma, el espíritu inmortal, individualizado e incluso más que individualizado, porque, finalmente, con la resurrección de la carne, nuestros cuerpos deben volver, y por lo tanto, estamos condenados a una inmortalidad bienaventurada. Para los griegos, eso no existe. Por el contrario, somos un cuerpo; el alma está compuesta de soplos inconsistentes y, cuando morimos, pasamos al Hades, no somos nada.
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