La Empresa perdona un momento de locura






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La Empresa perdona un momento de locura

De Rodolfo Santana
A los Orlando Núñez:
Julio Calcagno, Freddy Pereira,

Ricardo Chávez, Hector Da Rosa
A los directores:
Marcelino Duffau, Jorge Chiarella,

Danilo Taveras, Norman Douglas y Vicente Castro

Escrita en 1974. Estrenada en la Sala de Conciertos de la Universidad Central de Venezuela. (1977) Participante en el III Festival Internacional de Teatro de Caracas por el Grupo G.T. (1978) Premio Nacional de la Crítica (1978) Montaje por el Grupo Telba. Lima. Perú. (1976) Montaje por el teatro Circular de Montevideo. Uruguay. (1983. 1988. 1994) Montaje por el Grupo TPO. Caracas. (1983) Montaje en San Juan de Puerto Rico. Grupo de Elia Enid Cadilla (1976) Largometraje dirigido por el director Mauricio Walerstein, sobre un guión de Rodolfo Santana. (1977) Montaje de la Universidad Do Ipe. Brasil (1978) Montaje de la Compañía de Comedias Populares. México. (1982) Montaje en Rivadavia. Argentina (1982) Montaje por la Universidad de Carabobo. Venezuela. (1982) Montaje de Naum Krass. Rosario. Argentina. (1983) Montaje en Ciudad de Guatemala. Guatemala (1983)Montaje del Portorican Traveling Theater (1983) Montaje por la Escuela de Teatro Juana Sujo. Venezuela (1984) Montaje Grupo de Norman Douglas. Ciudad de Panama. Panama (1985) Ciudad de Santiago. Grupo de Danilo Taveras (1985) Montaje en la Sala Planeta. Buenos aires. Argentina. (1985) Montaje del Grupo El Buscón. La Habana. Cuba (1986) Montaje en el Gate Theater. Londres. Inglaterra. 1986. Versión radial B.B.C.. Londres. Inglaterra. (1987) Montaje en el Urania Theater. Colonia. Alemania (1987)Montaje en el Junges Theater. Gottingen. Alemania. (1987) Montaje por Wurttembergisches Sytaatstheater. Alemania (1987) Grupo de Willy Perez. La Paz. Bolivia (1987) Montaje en el Teatro Alfil. Madrid. España. (1989) Montaje por el New World Theater Project and the Bilingual Collegiate Program. Boston. EE.UU (1989) Montaje en Nuevo Teatro. Santo Domingo. República Dominicana. (1989) Grupo Satch. Santiago de Chile. Chile. (1989) Montaje por Julio Torresoto. San Juan. Puerto Rico. (1989) Montaje en la Casa de la Cultura de Estocolmo. Suecia. (1991) Montaje por el Grips Theater. Berlín. Alemania. (1991) Versión televisiva. Televisión Española. Madrid. (1991) Theater am Neumarkt. Zurich. Alemania. (1992)Radio y Televisión Italiana RAI. Versión radial. (1993) Corral de Bustos. Argentina. (1993) Grupo de Paulo Medeiros de Albuquerque. Porto Alegre. Brasil (1993) Schnurschuhtheater. Bremen. Premio de dramaturgia en el Festival de política y Dramaturgia. Bremen. Alemania (1995) Landestheater. Dinslaken. Alemania (1996) San Juan. Puerto Rico. José Luís Ramos Escobar. (1996) Guanare. Venezuela. Dirigida por Carlos Arroyo (1996) Publicada por Revista Escena (1976) Piezas Perversas Ediciones FUNDARTE. (1978) Teatro Latinoamericano en un acto. Ediciones La Honda. Casa de las Américas. Cuba. (1986) Teatro de Rodolfo Santana. Nueve obras. Imprenta Nacional. (1986) Reedición Piezas Perversas Ediciones de FUNDARTE (1991) Rodolfo Santana. Teatro. Volumen II. Monte Avila Editores. (1998)
LA EMPRESA PERDONA UN MOMENTO DE

LOCURA

PERSONAJES:

Orlando

Psicóloga
Un consultorio de psicólogo. Pulcrísimo.

Un escritorio ejecutivo, un sillón ejecutivo.

Sentada en el sillón la psicóloga industrial, joven y bonita.

Una silla de visitante, giratoria.

Sentado en ella, Orlando. Obrero.

Adentro, un muñeco de goma correctamente ataviado, que la psicóloga hará aparecer en el momento en que implemente la terapia.

Orlando sentado en la silla, muy derecho. Viste un modesto traje gris, zapatones grandes. Su actitud es nerviosa, de notoria preocupación.

Pausa

La Psicóloga escribe y estudia varios papeles.

Orlando observa inquieto a la psicóloga esperando su atención.
Psicóloga: (De pronto, sin mirar a Orlando, sigue escribiendo) ¿Por qué lo hizo?
Orlando: ¿Ah?... Bueno... se refiere... ¿Se refiere a la cosa? Pues... Vaya, usted no camina por las ramas. Va directo al...

Psicóloga: ¿Por qué lo hizo?


Pausa larga. Orlando se muestra indeciso.

La psicóloga guarda plumas y lápices. Acomoda papeles.
Ve a Orlando.

Orlando: Mire, señorita, yo siempre he sido pacífico. ¿Sabe? Nunca he atacado a nadie.
Psicóloga: ¿Ha tenido peleas o discusiones con sus compañeros?
Orlando: No.

Psicóloga: ¿Nunca ha peleado?
Orlando: Nunca. (Pausa. La psicóloga lo observa con desconfianza sonriente. Orlando lo percibe) Ah, bueno, en cierta ocasión, pero eso fue hace ya muchos años. (Pausa) Me pasé de traguitos en una fiesta. ¿Sabe? (Pausa corta) Era joven y cortejé a una muchacha... digamos, un poco a la cañona.
Psicóloga: ¿Bruscamente?
Orlando: Eso. Le falté el respeto.
Psicóloga: ¿Cómo?
Orlando: No recuerdo. Tenía muchos tragos en la cabeza. Puede ser que me le haya recostado demasiado. Estaba el padre y me dio unos golpes. (Pausa) Yo no tenía miedo. Lo recuerdo. Intenté disculparme pero no me escucharon. El hombre era viejo y no pegaba muy duro. Pude haberlo tumbado de un solo manotazo y no lo hice.
Psicóloga: ¿Por qué?
Orlando: Había faltado y me quedé con mis golpes. Desde ese día controlo la bebida para no irrespetar a nadie. (Pausa) No he tenido más peleas. (Pausa) No me gusta pelear. (Pausa) Pienso las cosas.
Psicóloga: ¿Dónde vive?
Orlando: En un rancho como cualquiera. Usted sabe.
Psicóloga: No. No sé.
Orlando: Cierto. Usted no vive en un rancho. ¿Quiere visitarnos? Claro, tendrá que subir muchas escalinatas.
Psicóloga: Me gustaría que describiera el lugar.
Orlando: ¿Describiera?
Psicóloga: Sí. Que lo explicara. Me lo dibujara con sus palabras.
Orlando: (Levemente incómodo) Pues... un rancho señorita. (Agresivo) ¿Es que usted no sabe lo que es un rancho?
Psicóloga: ¿Está nervioso?

Orlando: ¿Nervioso?
Psicóloga: Sí. Usted está nervioso. (Se levanta y camina hacia el centro) Venga por aquí.
Orlando: ¿Adónde?
Psicóloga: (Arquea su cuerpo y coloca sus manos en las caderas, de frente al público) Venga. Colóquese así.
Orlando: (Sorprendido ante la iniciativa de la psicóloga. Ríe) ¿Y eso?
Psicóloga: (Abandona su posición y va hacia Orlando obligándolo prácticamente a adoptar la postura indicada) A ver, las manos en la cintura. Doble las rodillas. El cuerpo hacia atrás.
Orlando: (Extrañadísimo) ¿Y esto para qué es, señorita?
Psicóloga: Es un ejercicio de bioenergética.
Orlando: ¿Bioqué?
Psicóloga: Bioenergética. Le ayuda a eliminar la tensión.
Orlando: Sí. Pero me están empezando a doler los riñones.
Psicóloga: Doble más las rodillas. El cuerpo más arqueado. Bien. (Se dirige al escritorio) Ahora cuénteme cómo es su casa.
Orlando: (Permanece en la postura sugerida)Así lo que parezco es un maromero.
Psicóloga: Nada de eso. Está perfecto. Vamos... su casa.
Orlando: Señorita ... ¡Pero si casi no puedo ni hablar!
Psicóloga: Abandone la resistencia, señor Núñez. Encuéntrese con lo más profundo de usted mismo y cuénteme.
Orlando: Usted sí que tiene cosas, de verdad.
Psicóloga: Lo escucho, señor Núñez.
Orlando: (Con dificultad) Bueno... yo vivo en un rancho, como le dije. Tiene ya dos habitaciones. De ladrillo. Las hice yo mismo, poco a poco. Compraba algo de arena, el cemento, algunos ladrillos y las iba levantando. Era un poco fastidioso, porque mientras se construía no podíamos utilizar aquel espacio y nos arrinconábamos mucho. Pero por otro lado era bonito. Primero una pared, luego otra, otra y otra. (Sintiéndose mal abandona la postura y protesta) ¡Ah no! Qué va, señorita, a mí me duele mucho la espalda.
Psicóloga: Está bien, está bien. Continúe como usted quiera...
Orlando: (Con aire algo triunfante) Un cuarto con ventana y todo. El otro cuarto con su ventana también. Dos habitaciones. Pienso ponerles techo de concreto, pero más adelante. Ahora con el zinc es suficiente. Una cocina y un saloncito pequeño con paredes de madera y lata. No entra el viento ni el frío.
Psicóloga: ¿Cuántas personas componen su familia?
Orlando: Nueve. Algunas veces diez, cuando llega Humberto. Este es un hermano que yo tengo en el interior y...
Psicóloga: ¿Qué parentescos?
Orlando: ¿Parentescos? (Psicóloga hace gesto afirmativo) Ajá, parentescos... Bueno, yo soy el padre. María Antonia de Núñez es mi mujer, mi esposa. Y los siete muchachos. (Corrige) No, no, seis muchachos. Con Antonio, el primero, habrían sido siete. Julio es el segundo. Marinita la tercera. (Se sienta) Felipe el cuarto. No, que digo, Orlando, como yo, es el cuarto y Felipe el quinto. Gracielita la sexta y Sonia, la chiquita, la séptima.
Psicóloga: Esa debe ser la más linda. ¿No?
Orlando: Sí. La consentida, la bordonita.
Psicóloga: Dígame... ¿Se la lleva bien con su mujer?


Pausa.

Orlando se muestra desconfiado.
Orlando: ¿Y eso qué tiene que ver?
Psicóloga: Me gustaría saberlo.
Orlando: Apenas la conozco... A usted, digo, con todo respeto.
Psicóloga: ¿Y eso qué tiene que ver?

Orlando: ¿Tengo que contarle mis cosas?... ¿Mis cosas íntimas? Ese no es el problema. ¿No cree?
Psicóloga: Escuche, señor Núñez. Yo no soy una chismosa ni nada que se le parezca. No me interesa su vida privada. Sólo quiero determinar las causas que lo indujeron a hacer lo que hizo.
Orlando: Me volví loco. ¿Fue eso, no? Es lo que yo creo.
Psicóloga: A la compañía le interesa saber por qué se volvió loco, como dice usted. Uno no se vuelve loco así como así.
Orlando: (Intenta argumentar) No, pero...
Psicóloga: Todo influye: el hogar, la edad, la salud, las relaciones ...

Por eso, señor Núñez, le pido que responda a mis preguntas...

Pausa. Orlando se levanta. Camina por la estancia tratando de hilar su respuesta.
Orlando: Es mi mujer... Llevamos veintidós años de casados, yo y la María Antonia y nunca nos hemos disgustado seriamente...
Psicóloga: Usted no me ayuda...
Orlando: Bueno, en una o dos ocasiones se ha enterado de mis parrandas con otras mujeres, pero nunca me ha reclamado. Ha guardado su puesto de señora.
Psicóloga: ¿Pretende hacerme creer que en veintidós años de matrimonio nunca ha tenido un disgusto grave con su esposa?
Orlando: Es así. Mi familia es buena. Le doy gracias a Dios.
Psicóloga: Mire, señor Núñez, piense. Recuerde, alguna vez debe haber ocurrido algo serio. Refresque la memoria.


Pausa.

Orlando se queda de pronto como abstraído. Reacciona ante la insistencia suave de la psicóloga.
Psicóloga: ¿Entonces, señor Núñez?
Orlando: Bueno, ahora que usted lo dice. Tuvimos una agarrada grande. Pero eso fue hace ya muchos años.
Psicóloga: ¿Cuál fue la causa?

Orlando: (Ve a la psicóloga. Al piso. A la psicóloga) Se negaba a acostarse conmigo. ¿Qué le parece?
Psicóloga: ¿Por qué razón?
Orlando: Siempre estaba enferma de algo. Que si le dolía el hígado, las muelas, el pecho. Yo le preguntaba qué era lo que tenía que hacer conmigo y mi calentura. Usted me perdonará señorita, pero se me... ¿No?.. Bueno, se me paraba en todos lados. En el autobús, en la fábrica. Y ella nada que quería acostarse conmigo. Me sentía como un perro. Llegué a suponer que tenía otro hombre. Llegaba a la casa abriendo la puerta de repente y buscando debajo de la cama. Estudiando su rostro a ver si le distinguía algún asomo de traición para matarla.
Psicóloga: ¿Matarla?
Orlando: Pues claro. ¡Para matarla! Y si me hubiera volteado lo habría hecho. Yo no soy de esos cabrones de hoy en día que consideran civilizado tener cuernos. Fui criado en el monte. ¿Sabe? (Se ajusta los pantalones en gesto de bravura) Bueno, cuando le dije lo del otro hombre me respondió sencillamente: (Imitando la voz de su esposa) “Mira Orlando, yo no quiero acostarme contigo para no tener más hijos, ¿Oíste?”. (Ahora como Orlando. Enseriándose) ¿Usted se imagina esa vaina señorita? Así que yo debía cortarme las bolas. (Como si reclamara a María Antonia) ¡Mira chica! ¿Tú lo que quieres es tener un buey en la casa? ¡No joda!... (A la psicóloga) Me quiso obligar a usar esas... gomas.
Psicóloga: ¿Preservativos?
Orlando: Ajá, eso. Que es igualito como orinarse en los pantalones o comer sin sal. Tuvimos el gran lío esa vez. Intenté violarla, pero cerró tanto las piernas que ni un cerrajero. (Ríe) ¡Qué fuerte!
Psicóloga: ¿Cómo se solucionó el problema?


Pausa.
Orlando: Mire, usted es una señorita. ¿No le sonroja escuchar estas cosas? La veo tan fina, tan delicadita...
Psicóloga: No se preocupe. Cuénteme.
Orlando: ¿Con pelos y señales? (Ríe) ¡Pelos! (Se enseria) Perdón. (Pausa) Engañé a la María Antonia. Me puse la goma. Ella las había comprado. La muy desvergonzada, gastando la platica en esas vainas. Bueno, me la puse. Mire, eso es como una especie de... de globito, ¿Sabe? Alargado... Y hasta creo que no era de mi medida porque me apretaba. Olía a caucho. Vienen en unos paqueticos aceitosos.
Psicóloga: Los conozco.
Orlando: (Ve a la psicóloga con malicia) ¿Usted? (Para sí) Está bien... bueno, déjeme seguirle contando cómo fue la cosa: me quité la tal gomita antes de metérselo a la María Antonia sin que ella se diera cuenta. (Ríe) Eso fue un...
Psicóloga: ¿Sí?


Pausa corta.
Orlando: Me da pena con usted señorita... Me da pena decirle que fue un polvo increíble.
Psicóloga: No le dé pena.
Orlando: Fíjese, se me puso un poco roja. Perdóneme.
Psicóloga: (Sonriendo. Tratando de ser complaciente) No se preocupe. Yo lo escucho con mucha atención y no me avergüenza. Es mi profesión.
Orlando: (Inquisitivo) ¿Cuál, señorita?
Psicóloga: Escuchar...
Orlando: ... Ahhh escuchar...
Psicóloga: La psicología es una ciencia de escuchar. Escuchar a personas como usted y ayudarlos a solucionar sus problemas.
Orlando: Yo no tengo ningún problema. Claro, ahora sí, con lo que pasó. Y los estudios de los muchachos, la enfermedad de Sonia y, antes, las loqueras de Antonio. Ningún otro.


Se sienta.
Psicóloga: ¿Se enteró su esposa del engaño que le hizo?
Orlando: Sí. Cuando se sintió mojada. La muy tonta se puso a llorar. Salió corriendo a lavarse como si se hubiera acostado con un leproso. La mandé al carajo, me fui de la casa y regresé a los tres días.
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