La Empresa perdona un momento de locura




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(Ufanándose) Más nunca pidió que me pusiera los benditos globitos esos.
Psicóloga: Dígame una cosa señor Núñez: ¿Cómo se la lleva con sus hijos?
Orlando: Bien. Son obedientes. Julio también trabaja aquí en la fábrica, conmigo. ¿No le harán nada a él, verdad?
Psicóloga: No creo.
Orlando: Fui yo el de la cosa. El pobre muchacho estaba más sorprendido que los demás cuando me vio así, todo loco, echando espuma por la boca.
Psicóloga: ¿De dónde es usted?
Orlando: (Enderezándose) De Pejugal.
Psicóloga: Eso es en el interior ¿No?
Orlando: Bien en el interior del país. En el fondo, diría yo. Una vez escuché una leyenda sobre un pueblo perdido en el que nadie entraba ni salía. El que escribió eso era de Pejugal, seguro. (Rememorando. Con cierta ensoñación) Mucho monte... Monte, vacas, montañas. A veces pienso que los vientos se dan vuelta allí para regresar al mundo... Pejugal, mi pueblo...
Psicóloga: ¿Cómo llegó a la ciudad?
Orlando: (Recobrándose) Me trajo la recluta. Un día llegó el ejército y a planazos se llevó a todos los muchachos varones. Así, sin preguntar nada. A los coñazos a defender a la patria. Nadie se explicaba cómo llegaron. Nos recogieron como ganado y nos metieron al cuartel. Nos enseñaron a marchar, disparar fusiles, limpiarle las botas a los tenientes y capitanes y... bueno, a medio leer también. Cuando terminé el servicio intenté regresar a Pejugal, pero no encontré la ruta. Me arrejunté con una mujer aquí mismo, antes de la María Antonia. Ella tenía ya cuatro hijos y se llamaba... se llamaba Patricia. Me las vi negras. No conseguía trabajo ni de gratis. (Pausa) Si usted supiera las cosas que tuve que hacer en aquel entonces.
Psicóloga: Cuénteme.
Orlando: Estaba con la Patricia. ¿Sabe? Y por más que sea tenía que responderle por sus muchachos y por los que tuvo conmigo. Esas cosas que siempre pasan. Se nos murieron dos muchachitos. ¡De hambre! Hice de todo en aquella época: buhonero, vendedor de periódicos, loterías, quincallero, heladero, limpiacarros... bueno pues. (Pausa. Como buscando acercamiento a la Psicóloga) Señorita...
Psicóloga: ¿Ajá?
Orlando: ¿Usted sería capaz de guardarme un secreto?
Psicóloga: ¿Cuál?
Orlando: ... Uno que tengo y quiero decirle.
Psicóloga: Se lo guardo.
Orlando: ¿Lo jura?
Psicóloga: (Levanta la mano) Lo juro.
Orlando: Ajá... ¿Quiere saberlo todo, no? (Pausa) ... Yo fui ladrón.
Psicóloga: ¿Cómo?


Orlando se levanta.
Orlando: Sí. Así como usted lo oye. Ladrón. Una vez robé. Sólo una. Siempre será mi vergüenza. Pero, ¿Qué puede hacer uno? La gente no da limosna. Cuando les pedía, me miraban como a un borracho. Y la Patricia y los carajitos en el rancho. Y yo detrás de la gente, pidiendo, como un perro. Ni de compasión me daban. Uno que otro alguna vez. Un día me arreché y atraqué a uno. Cosas que pasan.
Psicóloga: (Interesada) ¿Cómo fue? ¿Qué hizo en aquella ocasión?
Orlando: Ah, no señorita, eso... eso es remover mi vergüenza, ¿Sabe?
Psicóloga: Vamos, le será muy útil. (Se levanta acercándose a Orlando) Apuesto a que nunca se lo ha contado a nadie.
Orlando: Eso es verdad. Y ahora estoy arrepentido de habérselo dicho a usted.
Psicóloga: No. No se sienta mal. Yo estoy aquí para ayudarlo. Jamás podría perjudicarlo. Vamos, cuénteme. Hágalo como una confesión. Como un desahogo.


Pausa. Orlando se ha desplazado por detrás del escritorio con cierta desconfianza.
Psicóloga: ¿Me lo contará, señor Núñez?


Ante la insistencia de la psicóloga Orlando accede. Ríe.
Psicóloga: ¿Por qué se ríe?
Orlando: Es que me estoy acordando que fue un poco cómica la vaina.
Psicóloga: ¿Ah sí? Entonces con mayor razón me lo tiene que contar.
Orlando: Bueno, señorita, está bien. Yo le voy a contar cómo fue el asunto... Recuerdo que ese día estaba con una furia y un hambre de estrellitas y mareos, que para qué le cuento. Fui a la cocina y me busqué un cuchillo de esos... de esos cuchillos mataco... (Resistiéndose) ¡Ay, no señorita, a mí me da pena contarle esas cosas!
Psicóloga: ¿Por qué le da pena?
Orlando: ¡Porque sí!
Psicóloga: No tiene que darle pena. Iba muy bien. Escuche. Hagamos una cosa para que se sienta mejor. Vamos a trabajar un psicodrama.
Orlando: ¿Sicoqué?
Psicóloga: Psicodrama.
Orlando: Señorita, usted tiene cada día una labia más rara. Demasiado sabida para mí.
Psicóloga: No, no. Eso no tiene ningún misterio. Es como recrear la situación. Consiste en que usted me va a decir todos los detalles de cuándo y cómo sucedió el robo... Es decir: cómo era la calle, cómo era el hombre. Bueno, todo. Y yo voy a participar.
Orlando: ¿Cómo es la cosa? ¿Que usted va a participar en qué, señorita?
Psicóloga: Yo voy a ser la persona que usted atracó. ¿Qué le parece?
Orlando: Pues... señorita, con el perdón de usted. A mí me parece que a esto le está empezando a faltar más bien como seriedad.

Psicóloga: Sí. Es como un juego. Pero en serio. ¿O no lo cree así?

Orlando: Yo no sé nada de eso.
Psicóloga: Yo sí sé. Entonces, vamos a comenzar. (Se traslada a foro derecho) Yo me coloco aquí como si fuera el hombre y usted continúa recordando y haciendo lo que pasó aquella vez. No tengo la menor idea de que en un minuto usted me atracará. ¿Me decía que había agarrado un cuchillo... cómo?


La psicóloga anima a Orlando.
Orlando: (Sorprendido. Incrédulo. Reclama) ¡Pero, señorita! ¿Cómo me va a poner en esas monerías ahí, ah?
Psicóloga: Ningunas monerías, señor Núñez. Vamos, dígame. ¿Cómo era el cuchillo?
Orlando: Pero entienda; si de pronto viene el señor González y nos encuentra en estos jueguitos?...
Psicóloga: No va a venir ningún señor González.
Orlando: ¡Esto es una loquera!
Psicóloga: ¡Ninguna loquera!
Orlando: Francamente. Es que usted me pone a mí en un compromiso.
Psicóloga: Ningún compromiso.
Orlando: La verdad, señorita: yo no sé por qué camino me quiere conducir usted.
Psicóloga: Por el de su bien. ¿No se da cuenta?
Orlando: Además, usted no se parece al hombre que yo atraqué.
Psicóloga: Eso no importa. No tengo por qué parecerme. Simplemente hago las veces.
Orlando: (Pausa) Está bien señorita. Yo le voy a contar cómo fue la cosa. Pero no respondo.
Psicóloga: Yo respondo. ¿Entonces? Me dijo que había buscado un cuchillo... ¿Mataqué?...
Orlando: Matacochinos. Cuchillo matacochinos.

Psicóloga: Un cuchillo bien grande.
Orlando: Grandísimo señorita. Un cuchillote. Me lo metí por aquí. (Hace gesto de guardar el cuchillo dentro del pantalón) Bien escondido. Y me fui caminando. Encontré un buen lugar en el este de la ciudad. Una calle oscura y cercana a varios bares y cafés. Había un árbol bien grueso y me oculté tras él. Borracho por el hambre y el miedo. Me puse a vigilar. Pasaron unos cuantos sujetos pero yo no les vi pinta de plata. La verdad era que ya me estaba empezando a fastidiar, cuando vi salir a un hombre de uno de los bares.
Psicóloga: ¡Ajá, ese soy yo!
Orlando: (Ríe) Usted sí que tiene cosas, señorita.
Psicóloga: (Buscando adueñarse de la situación) ¿Cómo era el hombre? ¿Gordo? ¿Delgado?
Orlando: ¡Sí, era gordo señorita!
Psicóloga: ¿Cómo iba vestido? ¿Tenía barba? ¿Lentes?
Orlando: No, no, no. Nada de eso. Era gordo y bajito.
Psicóloga: (Interpreta al hombre) Gordo y bajito.
Orlando: (Ríe) Iba bien vestido. Fumaba en pipa. (Psicóloga lo interpreta) Venía echando humo el hombre. Y caminaba derechito al lugar donde yo estaba escondido.
Psicóloga: Bueno... ¡allá voy!
Orlando: (Al advertir la inmediata proximidad de la psicóloga) ¡Perdón señorita!
Psicóloga: ¿Qué pasa señor Núñez? ¿Es que no lo estoy haciendo bien?
Orlando: No, no es eso... Lo que pasa es que usted caminó demasiado rápido. (La regresa al lugar de partida) Véngase despacito.
Psicóloga: Bueno, usted me indica cómo lo tengo que hacer.
Orlando: Camine como tropezando. Ahora me acuerdo que ese gordito estaba borracho...
Psicóloga: Me lo está poniendo muy difícil.

Orlando: Usted fue la que empezó, ¿No?.. ¡Y cantaba!
Psicóloga: ¿Cantaba?
Orlando: Una canción mejicana. ¡La cama de piedra! “De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera. La mujer que a mí me quiera, me ha de querer de a de veras”. Y yo esperándolo.
Orlando ríe.

La psicóloga se adelanta.
Orlando: (Reclamando) ¡Epa!
Psicóloga: ¿Qué sucede?
Orlando: ¿No va a cantar? ¡Tiene que cantar!
Psicóloga: Ahhh... ¿También tengo que cantar?
Orlando: Pues claro que sí. Las cosas son como son y si no, no son.
Psicóloga: Claro, claro. (Canta la misma canción desaliñadamente mientras camina en dirección a Orlando. Éste ríe por lo bajo) ¡De piedra ha de ser la cama!
Orlando: (Asaltándola) ¡Manos arriba! ¡Coño, esto es un atraco! ¡Y no me veas así, carajo! ¡Y levanta bien las manos porque te saco el tripero! (Se para en seco) ¡Perdón!...


Orlando se retira avergonzado.
Psicóloga: ¿Qué pasa señor Núñez? ¡Iba muy bien!
Orlando: Pasa, señorita, que la estoy irrespetando.
Psicóloga: ¿Y por qué me está irrespetando?
Orlando: Le estoy diciendo malas palabras.
Psicóloga: Pero si yo le estoy dando permiso. Además, no es la primera vez que me dice malas palabras desde que llegó aquí al consultorio.
Orlando: ¡Sí, es la primera vez!...
Psicóloga: ¿Sí?... ¿Y ya se olvidó el cuentico ese de los preservativos?


Orlando retorna con cierta agresividad.
Orlando: ¡Bueno, póngase ahí! ¡Date vuelta! ¡Vamos, coño, voltéate! (Hace girar a la psicóloga) ¿Eres sordo? (La revisa) ¿Dónde tienes las monedas? (La psicóloga se mueve inquieta) Ah, aquí... ¡No te muevas! ¡Qué no te muevas! ¿Es que estás temblando? ¿Estás cagao?... Dame el bobo (La psicóloga no entiende el término) ¡El bobo!...
Psicóloga: ¿Qué bobo?
Orlando: (Como si le arrancara el reloj) ¡El reloj, analfabeta de mierda! ¡Y la cadena, y la sortija! (Quita supuesta sortija y la mira al trasluz) Seguro que esta vaina es un culo de botella. (Psicóloga intenta mirar hacia Orlando, tímidamente) ¡No me veas! Cierra los ojitos. Así. Bonito.


Orlando da besitos al cuello de la psicóloga.

Se retira hacia atrás.

Mira a todos lados.

Se regodea.
Orlando: (Suave) Quítate los pisos... (Nuevo desconcierto de la psicóloga) ¡Los pisos! ¡Carajo, los zapatos, vamos a ver si aprendes a hablar!... La chaquetona. ¡Rápido! ¡Rápido! ¿Tú lo que quieres es que llegue la ley y me joda? ¿Me pongan preso? ¡Te corto las bolas antes! La misaca y los leones... (Ya desesperado ante la ignorancia de la psicóloga) Misaca. Leones. ¡Pantalones y camisa, burro con sueño! Anda mañana a la escuela. ¡Y apúrate que esta vaina no es un striptease! Así. De pinga. Dámelo todo y vete caminando despacito. Vamos a creer que es un préstamo. Mañana te firmo un recibito por todas estas vainas. ¿Me las prestas? ¡De pinga, loco, qué generoso eres! ¡Corre! ¡Corre o te saco el tripero, coño!...
Psicóloga: (Satisfecha) ¡Muy bien!
Orlando: Bueno, así fue. Claro, yo no hablo así. ¿No? Eso es «calé». ¿Sabe? Por el sitio donde yo vivía era un lenguaje común entre la mala gente, y consideré que para este tipo de cosas había que utilizar el hábito y la labia del monje. Se imagina usted un atraco diciendo: Doctora, por favor: ¿Sería usted tan amable de permitirme su billetera? Le romperían a uno las bembas. Bueno, con esa plata comimos durante tres meses. Después me separé de la Patricia porque se fue a otra ciudad y me saqué a la María Antonia de su casa. Vivimos arrejuntaos un tiempo. Pero después nos casamos porque los padres de ella son muy cristianos. Yo también lo soy y me gustó mucho lo de la iglesia y los anillitos... Ahora recuerdo, que fue por aquel entonces que conseguí el trabajo en esta compañía donde llevo más de veinte años.
Psicóloga: (Sentándose) ¿Qué piensa de la compañía?
Orlando: (Dubitativo) ¿La compañía? Es... es mi segunda casa. Puedo decir que...
Psicóloga: Sí, sí, pero ¿Cómo se siente en ella?
Orlando: Bien... muy bien... conozco al señor González desde que era un muchacho emprendedor y abrió esta fábrica. Comencé desde el principio, cuando sólo éramos veinte obreros. Hoy tiene ya casi ochocientos y va viento en popa. Pero yo la conocí en tiempo de vacas flacas. En algunas ocasiones trabajé sobretiempo gratis, y los jefes vieron muy bien esto. Supongo. Porque nunca me despidieron cuando hacían reducciones de personal. Pero le juro señorita, que lo del sobretiempo era sincero. Para ayudar a la compañía. ¿Sabe? Nadie lleva más de diez años aquí. Sólo yo, y el doble. Y no fue por mi cara linda, sino por mi trabajo. Además, ninguno maneja las troqueladoras mejor que yo y a bastantes aprendices he enseñado, incluyendo a Miguel, el muchacho que se echó a perder la mano.
Psicóloga: ¿Así que trabajó sobretiempo gratis?
Orlando: ¡Ajá! Y siempre he llegado con diez minutos de adelanto al trabajo.
Psicóloga: ¿Nunca ha faltado?
Orlando: ¿Quién? ¿Yo? ¡Nunca! ¡Nunca! Bueno, una vez me enfermé de los riñones, pero sólo cuando me dio un cólico frente a las máquinas, paré el trabajo y me eché en la cama. Estas cosas... estas cosas... se toman en cuenta, ¿no?
Psicóloga: Por supuesto.
Orlando: (Vehemente) Créame, me siento muy mal por lo que hice. Si tuviera dinero pagaría lo dañado. Pero no lo tengo.
Psicóloga: Eso es lo de menos en este momento.
Orlando: Todo es tan difícil. Me hago miles de preguntas. Estas son cosas que jamás me habían ocurrido. Uno cree que las tiene todas con uno y... ¡Paff!... A la mierda los pastores, se acabó la Navidad. De repente uno está loco, ¡loco! Gritando y echando espuma por la boca como un perro rabioso, frente a las gentes que le guardan consideración a uno.
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