La Empresa perdona un momento de locura




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(Pausa corta) Me siento... Créame...
Psicóloga: ¿Apenado?
Orlando: Sí, eso. Sé que merezco lo que viene.
Psicóloga: ¿Se siente culpable?
Orlando: Bueno... pues... ¿Cuál es el castigo? Debe existir un castigo en todo esto. ¿No es así? ¡Es posible que me despidan sin pagarme las prestaciones!
Psicóloga: Cálmese, tome las cosas con calma.
Orlando: ¡Es posible que me dejen trabajando y me recorten los daños de mi sueldo! ¿No cree? Me las voy a ver negras en el rancho, estoy seguro.
Psicóloga: ¿Alguno de sus familiares sufrió o sufre trastornos mentales?

Orlando: (Pausa. Piensa) No. No recuerdo. (Con extrañeza) ¿Locos? ¿Usted como que quiere decir eso, no?
Psicóloga: Eso mismo.
Orlando: Dicen que se hereda, pero en mi familia nunca los hubo. ¡Carajo! ¿Seré yo el primero? ¡Tronco de lotería! (Pausa) Señorita, si me recortan el sueldo, le voy a ver las chivas al diablo.
Psicóloga: ¿Qué es lo que más teme en todo esto?
Orlando: No sé... no sé... la policía. Pero ella no se meterá en todo este asunto. No le corresponde, señorita. ¿Verdad? Es un problema entre la compañía y yo.
Psicóloga: Nada de policías, de eso puede estar seguro.
Orlando: (Sin ocultar el alivio) ¡Qué bien, qué bien! Yo sabía que la policía nada tiene que ver en esto.
Psicóloga: No tiene que ver porque la compañía no lo quiere así, señor Núñez.
Orlando: Sí, claro, claro. Eso mismo fue lo que yo quise decir. No sabe cómo estoy de agradecido. Yo...
Psicóloga: ¿Cuál de sus hijos es el que usted más quiere?
Orlando: A todos los quiero igual.
Psicóloga: Pero menciona mucho a... ¿Cómo se llama? ¿Antonio?
Orlando: Ahh... sí. Antonio. Toñito. Él fue el primero. El primero que tuve con María Antonia. Me encariñé con él. Era inteligentísimo, señorita.
Psicóloga: ¿Era?
Orlando: Murió. Trabajaba como un demonio y entregaba todo el dinero a la madre. Esas cosas que rara vez pasan. Un hijo modelo. Estudiaba de noche y llegó a segundo año de Economía en la Universidad. ¿Se imagina? ¡Estábamos orgullosos de Antonio!
Psicóloga: ¿Cuándo murió?
Orlando: Hace cerca de dos años.
Psicóloga: ¿Cómo murió?
Orlando: Un accidente.
Psicóloga: ¿Qué tipo de accidente?
Orlando: Mire... No vamos a remover esas cosas tristes. Son dolorosas, ¿No cree?
Psicóloga: Me gustaría saberlo.
Orlando: Pues, la verdad... de un tiro.
Psicóloga: ¿Quién lo mató?
Orlando: (Levantándose. En actitud nerviosa. De reproche) ¡Mire, señorita, lo mató la policía! Pero no era ningún delincuente. Era un gran muchacho. Responsable y serio. Pueden atestiguarlo muchos vecinos, si usted lo desea.
Psicóloga: Sí, sí, claro... pero... ¿Existen opiniones contrarias a la suya?
Orlando: (Visiblemente afectado) Opiniones contrarias. ¡Opiniones contrarias! (Subiendo el tono) ¡Los malditos periódicos me lo sacaron retratado como un ladrón! ¡Hijos de puta! No lo iba a conocer yo al pobrecito. ¡Coño, murió por sus ideas!
Psicóloga: (En actitud tranquilizante) Cálmese, cálmese.
Orlando: Me duele mucho recordar, señorita. Me duele mucho.
Psicóloga: ¿Cuáles eran las ideas de Antonio?
Orlando: (Defendiéndolo) Las de él. ¡Muy suyas! Y ahí estaba: en la página roja, tendido en la calle, con su cabeza destrozada y una pistola en la mano. Asaltante de bancos. Mi Antonio asaltante de bancos. ¡Malditos periódicos! Ni por un minuto me lo creí. Menos la María Antonia que se volvió como loca. No comió en cinco días.


Pausa corta.
Orlando: Era... era un muchacho muy bello señorita, usted lo hubiera conocido y se habría enamorado de él. (Pausa corta) Bueno... por lo menos le habría gustado.
Psicóloga: ¿Sufrió usted mucho cuando murió?
Orlando: ¿Sufrí? Sufro, señorita. Me duele como el carajo...
Pausa corta.
Orlando: (Marcadamente adolorido) Lo velamos. Y algunos vecinos nos veían con ironía. Se burlaban de mi hijo. Modelo y ladrón, según ellos. Los eché de la casa y nos quedamos la familia y el Antonio en la urna. Muerto por sus ideas. Equivocadas, pero ideas. ¡Locas, pero ideas!
Psicóloga: ¿Qué ideas señor Núñez?
Orlando: (Muy alterado) ¡Políticas, señorita! ¡Ideas políticas! ¡Coño, usted sí pregunta! ¿No podemos terminar esta joda? ¡Me está revolviendo las tripas! (Encimándose sobre la psicóloga que se ha escudado tras el escritorio) ¡Parece un policía, con su cara de mosquita muerta! ¡Muy bonitica y decente, pero malandrosa y echadora de vaina! ¡No me joda más!


Pausa. Orlando busca la salida. Se detiene en seco ante la voz de la psicóloga.
Psicóloga: ¿Otro ataque, señor Núñez?
Orlando: (Arrepintiéndose, por lo bajo) ... Señorita... señorita.
Psicóloga: (Represiva) No creo que la compañía esté dispuesta a soportar otro de sus ataques. Queremos ayudarlo, pero si insiste en ahogarse no podemos hacer nada.
Orlando: (Mostrándose sumiso. Se sienta en la silla, se levanta. Vuelve a sentarse) Señorita... ¿Es que usted no entiende? No, usted no entiende... ¿No se da cuenta cómo mataron a Antoñito, como a un perro? Por meterse en política... en política... Antonio se metió en la política desde liceísta. Un día me lo llevaron preso por estar en manifestaciones en la embajada de los yanquis... Bueno... él era antiyanqui... pero eso. .. eso no tiene nada de particular, ¿No le parece? Yo, por ejemplo... soy antiportugués.
Psicóloga: (Ríe) ¿Antiportugués? ¿Y por qué es antiportugués?
Orlando: Los portugueses se han tomado todos los abastos, bares, restaurantes, panaderías, y juegan con los precios, además de quitamos el trabajo a los que somos de aquí. Si algún día llegaran a preparar una manifestación contra la embajada de Portugal, yo participaría. Aunque me llevaran preso.
Psicóloga: ¿Y por qué Antonio era antiyanqui?
Orlando: Decía que los yanquis eran los dueños de medio mundo, incluyendo este país. (Ríe y luego como si estuviera conversando con Antonio) ¿Pero tú eres loco muchacho? ¡Ay Antonio, no seas bruto! ¿Cómo se te ocurre? Bueno, vamos a ver, muéstrame un yanqui. ¡Enséñame un bar, una panadería o una venta de perros calientes atendida por un yanqui! ¡Una sola! ¡Anda, muéstramela! ¿Qué estás esperando? (Pausa corta) Jamás pudo hacerlo. El enemigo invisible, le decía yo. Y le jodía la paciencia al pobre Antonio. Me divertía diciéndole que los portugueses eran yanquis disfrazados de portugueses. Él se orinaba de la risa y me insistía en que los yanquis dominaban a los jefes de empresas.
Psicóloga: ¿Ah, sí?
Orlando: Ajá. De empresas como ésta. ¡Qué bolas! (Ríe. De pronto cambia. Poseído. Como si fuera a desanudar algo misterioso) O sea, déjeme que le explique. Antonio decía, que el jefe del señor González era un yanqui, que no se veía pero que estaba ahí. Y de esta manera, ellos, los yanquis, dominaban hasta al presidente de la República, a los generales, obispos, al cardenal. Bueno, a tútili mundi. Total, como si fuera una película de misterio.


Ríe histérico. Tose. Pausa.
Psicóloga: ¿Qué opinaba usted de esas ideas?
Orlando: No las entendía. Muchas de ellas me parecían ateas y anticristianas y se lo dije. Algunas veces se puso insolente cuando se refería a mí. Miento... miento, discutíamos. El Antonio nunca se me puso insolente.
Psicóloga: ¿Qué le decía en las discusiones?
Orlando: Que... que yo era explotado. Que esta empresa me debía miles por mi sudor.
Psicóloga: ¿Y qué punto de vista mantenía usted?
La psicóloga se incorpora. Camina cerca de Orlando.
Orlando: Le decía que era obrero. Pero de obrero a explotado hay mucho trecho. ¿No le parece? Tengo conciencia de mi clase. Sé que no soy estudiado y no puedo ganar más de lo que gano. ¿Voy a pretender el mismo sueldo de un doctor? ¿Voy a envidiarle los millones al señor González? Jefe es jefe aunque tenga cochocho y burro no come sal. Tengo conciencia de lo que soy y lo que valgo.
Psicóloga: ¿Y qué opinaba Antonio de esas últimas cosas que usted me dice?
Orlando: ¿Qué iba a decir? ¡Que yo estaba equivocado!
Psicóloga: ¿Y qué más?
Orlando: Bueno, que yo era explotado, como le dije. Que conciencia obrera era conciencia de ser explotado y nada más.


Pausa.
Psicóloga: Prosiga.

Orlando: Que... que el señor González era mi enemigo irreconciliable.
Psicóloga: Continúe.
Orlando: Que un patrono y un obrero eran como gato y ratón.
Psicóloga: ¡Adelante!
Orlando: ¡Agua y aceite!
Psicóloga: ¡Dígame más!
Orlando: (Crescendo) ¡Coño! ¡Que éramos soldados y enemigos! ¡Que algún día nos tendríamos que enfrentar los dos en lucha a muerte!
Psicóloga: (Sobre Orlando) ¡Más!
Orlando: (Se levanta de la silla, iracundo) ¡Que el señor González me mataría a mí o yo a él! ¡Yo a él o él a mí! ¡Y no me joda más con sus preguntas, ya le dije! ¡Si quiere llevárselas bien conmigo, tráteme con decencia! ¡Y me voy de esta vaina lamentando que usted no sea un macho para partirle los dientes!



Orlando se dirige a lateral con intenciones de irse. Se detiene. La rabia lo asalta. Gira, alza la silla y amenaza con arrojarla. Ante la inminencia del peligro, la psicóloga se ha colocado a distancia considerable. Alerta.
Psicóloga: (Alarmada) ¡Señor Núñez! ¡Señor Núñez! ¡Tranquilo!


Orlando va aflojando lentamente la silla. La arrastra al centro y se sienta desmadejado. Agobiado.

Pausa. La psicóloga se acerca. Se sienta sobre el escritorio.
Psicóloga: (Por lo bajo) ¿Señor Núñez? (Orlando no responde) ¿Señor Núñez?


Orlando responde con un sonido corto. Despertándose.
Psicóloga: ¿Cómo era Antonio en sus estudios?
Orlando: (Lentamente) Notas... notas magníficas. Notas magníficas siempre. Los compañeros subían al rancho a pedirle sus apuntes. Si alguna vez va a visitarnos le mostraré los libros. Los compraba usados pero se esmeraba en cuidarlos. Los forraba con papel de seda y les ponía las etiquetas que decían las materias. Eran muchas materias y muchos libros. También tengo sus notas. Bellas notas. Antonio era un genio.
Psicóloga: ¿Les hablaba de política?

Orlando: Pues... yo no soy estudiado. Cosas que pasan. Es la vida la que me ha enseñado. La María Antonia también aprendió como yo, rebuscando entre la ignorancia. El Antonio se nos acercaba un poco como maestro, pienso yo. Estudiaba mucho y creo que se consideraba con derechos de profesor. Yo me le reía en las chivas, cuando nos sentaba frente a la mesa y se ponía a explicarnos que si la... plusvalía, y la infra... estructura. ¡Ah, me volvieron loco al muchacho con todas esas divisiones del mundo!
Psicóloga: ¿Usted sabe lo que es la infraestructura?
Orlando: No, yo no entendía. Sólo me quedó la palabreja para soltarla los domingos.
Psicóloga: ¿Y la plusvalía?
Orlando: Alguna... alguna relación con mi trabajo, ¿No es eso?
Psicóloga: No sé.
Orlando: (Conmovido por el recuerdo de Antonio) Fue... fue por sus ideas que Antoñito murió, ¿No es verdad?
Psicóloga: Tendría que hablarme más del asunto para poder darle una opinión.
ORILANDO: (Atribulado) Al día siguiente del entierro, varios hombres tocaron la puerta del rancho, en la madrugada. Me saludaron con mucho respeto y me dijeron que eran amigos de Antonio. Con lágrimas en los ojos me repetían una y otra vez que Antonio era un héroe. Yo lloré. Y la María Antonia gemía como un perrito, agarrada a la puerta del rancho para no caerse, en la madrugada, frente a unos rostros serios que también lloraban y me decían que se había perdido un gran hombre. (Pausa corta) Un gran hombre. (Alzando la voz, como reclamando) Les dije de llamar a los vecinos para que les repitieran lo mismo, pero se negaron. (Bajando nuevamente el tono) Hubo muchos abrazos, muchas despedidas. Y se marcharon luego, llenos de pena. Al otro día, frente a mi rancho, y en muchas paredes del barrio, aparecieron unos letreros que decían: «Antonio Núñez, héroe de la revolución, tu muerte será vengada».


Pausa larga. Orlando ha dejado caer su cabeza con amargura. La psicóloga, que lo ha escuchado impasible, se acerca. Coloca sus manos sobre los hombros del obrero.
Psicóloga: (Muy quedo) ¿Señor Orlando? ¿Señor Núñez? (Subiendo un poco el tono) Póngase de pie... póngase de pie, señor Núñez.


Orlando se incorpora con dificultad.
Psicóloga: Vamos a retornar al día de ayer. Al momento en que ocurrió todo.
Orlando: (Apesadumbrado) No... ¿Por qué vamos a recordar esas cosas señorita?...
Psicóloga: Vamos. Está en su tarea habitual. ¿Qué hacía ayer?
Orlando: ¿Es otra comiquería de esas suyas?
Psicóloga: Psicodrama.
Orlando: Ajá. ¡Eso!
Psicóloga: Si quiere verle el aspecto cómico puede hacerlo, disfrúteselo. ¿Qué hacía ayer?
Orlando: ¿Ayer?... ayer... ayer... Controlaba las troqueladoras.
Psicóloga: Bien. ¿Cómo es el taller?
Orlando: ¡Ufff! Inmenso. Doscientos metros por cuarenta.
Psicóloga: ¿Cuántas troqueladoras?
Orlando: Veinticinco.
Psicóloga: ¿Cómo están colocadas?
Orlando: En dos filas. Es el sector más ruidoso de la fábrica. Uno sale de allí con los oídos silbando, chillando.
Psicóloga: ¿En qué estado de ánimo se encontraba?
Orlando: Bien. Estaba de buen humor. Observaba el trabajo de varios aprendices. Les indicaba errores.
Psicóloga: ¿De qué manera?
Se escucha ruido de fábrica en plena producción. Por lo bajo

Orlando: (Como si estuviese en el taller. Eleva la voz) ¡Epa! ¡No muevas esa palanca antes de tiempo, chico! ¡Pisa el pedal, animal del monte! ¡Cuidado con las manos! ¡Siempre’ cuidado con las manos! ¡Hay que gritar! ¡Uno tiene que gritar para que lo escuchen! ¡Gritas y gritas y no pasa nada!
Psicóloga: (Sobre él) ¿Qué pasó señor Núñez?
Orlando: (Que se ha desplazado hacia el proscenio, se para en seco) ¡¿Ah?! ¿,Ayer? (Para sí. Angustiado) Perdí otra vez. Perdí otra vez en el sorteo de la lotería del Carmen. ¿Ayer? Ayer el viejo González entró en el estacionamiento en un enorme carro negro de vidrios ahumados... Ayer las troqueladoras eran los dientes de una inmensa mandíbula que chasqueaba y mordía. ¡Tragaba! ¡Chasqueaba! ¡Tragaba! (Vehemente. Desesperado) ¡Agarró la mano de Miguel, el aprendiz! ¡La cabeza de Antonio! ¡Le destrozó los dedos! ¡Le reventó la cabeza!... Antonio... Toñito...
Psicóloga: ¡¿Qué hizo, señor Núñez?!
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