La Empresa perdona un momento de locura




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Orlando arrecia los golpes.
Psicóloga: ¡Diga, soy feliz con lo que tengo!
Orlando gruñe. Se resiste. Golpea.
Psicóloga: ¡Vamos! ¡Dígalo! ¡Soy feliz con lo que tengo!
Orlando: ¡Soy!... ¡Soy!... (Cae sobre el muñeco. Llora de impotencia) Soy...
Psicóloga: ¡Soy feliz con lo que tengo! ¡Séalo! ¡Séalo!
Orlando: Soy... feliz... Soy feliz con lo que tengo.
Psicóloga: ¡Arriba! ¡Soy feliz...
Orlando: (Se levanta. Golpea. Enajenado) ¡Soy feliz con lo que tengo! ¡Soy feliz con lo que tengo! (Arrecia los golpes hasta el paroxismo) ¡Soy feliz con lo que tengo! ¡Soy feliz con lo que tengo! ¡Soy feliz con lo que tengo!
Psicóloga: ¡Ya! ¡Ya está bien!


Orlando prosigue golpeando y gritando. Aullando.
Psicóloga: (Toma a Orlando por los hombros. Lo zarandea) ¡Deténgase!

Orlando lucha. Se detiene. Se levanta, se encorva, intenta vomitar. Se arrastra. Cae boca arriba, Exhausto.

Psicóloga va en su busca. Inquieta. Toma su pulso. Lo calibra.
Psicóloga: Tranquilícese... Calma, calma. Relájese. ¡No, no se mueva!... Tranquilo... Tranquilo.


Orlando respira con dificultad. Se queja. Intenta levantarse.
Psicóloga: ¡Que no se mueva! Relájese... Ajá, muy bien... Así. ¿Cómo se siente?
Orlando: (Agresivo) ¡Mal!
Psicóloga: Bueno, entonces descanse. Respire lentamente. Todo es por su bien. Para que se sienta mejor. Y ahora... ¿Cómo se siente?
Orlando: (Sin otra alternativa) Bien, señorita... Bien.
Psicóloga: Ah, perfecto. Muy bien. (Pausa) Señor Núñez, quiero que me ponga mucha atención porque voy a preguntarle algo muy importante. Escuche: si yo salgo a la calle armada de un revólver, y mato una o dos personas... ¿Qué pensaría usted de eso?
Orlando: (Alelado) ¿Cómo es la cosa, señorita?
Psicóloga: Si salgo a la calle y mato a un montón de gente...



Pausa.
Orlando: Un ataque de locura. Histeria paranoide, ¿No?
Orlando tose.
Psicóloga: (Satisfecha) Muy bien. Ahora... otra cosa. ¿Usted sabe cuánto dinero hay en la caja fuerte de esta empresa? (Orlando no responde) Un millón. ¡Un millón!
Orlando: ¿Y?
Psicóloga: Podemos tomarlo.
Orlando: ¿Tomarlo?
Psicóloga: Robarlo.
Orlando: (Confundido) ¿Robarlo? ¡Usted sí tiene bolas!

Psicóloga: Todos confían en nosotros. Tenemos acceso a la caja.
Orlando: Mire, déjese de esas cosas...
Psicóloga: Podríamos acercarnos y ¡Paff! Usted mucho dinero y yo mucho dinero. Más del que ha ganado en toda su vida.
Orlando: ¿Se está burlando de mí?
Psicóloga: No, no. Hablo seriamente. ¿Me acompañaría?
Orlando: ¿Es una prueba? ¿Qué reacción espera de mí?, ¿Se está aprovechando suciamente de la confesión que le hice sobre mi robo hace muchos años?
Psicóloga: ¡Hagámoslo!
Orlando: ¡No soy ladrón! Dejemos eso claro. ¡Yo estoy aquí por loco! ¡Por loco! ¡No por ladrón!
Psicóloga: ¡El dinero le serviría para muchas cosas! Educaría mucho mejor a sus hijos. Bastantes vestidos para su mujer. ¡Hasta se podría comprar una casa nueva!
Orlando: El dinero mal habido no sirve para buenas intenciones. Además, señorita... ¡Usted es una ladrona imbécil! ¿Cómo se le ocurre? ¡No pasarían ni diez minutos sin que la agarraran y la llevaran presa!
Psicóloga: Si eso sucede, que no lo creo, ya que prepararíamos una buena escapatoria, podríamos excusarnos. Hemos sido honestos siempre. De modo que no nos tacharían de ladrones.
Orlando: ¡Seríamos ladrones lo mismo! ¡Lo mismo!
Psicóloga: (Incorporándose) ¿Se da cuenta? Usted lo dijo... Seríamos ladrones lo mismo.
Orlando: (Poniéndose de pie) ¿Qué pretende? (Grita) ¿Qué pretende? ¡Dígamelo! ¡Coño, dígamelo!
Psicóloga: Si usted tuviera un hijo.
Orlando: (Dolorido) ¡Si yo tuviera un hijo!
Psicóloga: ¡Estudioso! ¡Trabajador!
Orlando: (Amenaza a la psicóloga con los puños. La toma por los hombros. Fuera de sí) ¡Estudioso! ¡Trabajador!
Psicóloga: ¡Su orgullo! ¡Bondadoso con sus hermanos y su madre!


Orlando empuja a la psicóloga. Se derrumba sobre el escritorio.
Orlando: ¡El sol de María Antonia! ¡El héroe del Julio y la Sonia y los otros!
Psicóloga: ¡Y un buen día muere en el atraco a un banco!
Orlando: ¡Y un maldito día matan al Antonio con balazos a la cara!
Psicóloga: ¡Robando un banco!
Orlando: ¡Por sus ideas!
Psicóloga: ¿Cómo llamaría usted a ese acto?
Orlando: ¡Fue por política! ¡El letrero: «Antonio, tu muerte será vengada»!
Psicóloga: ¿Desde cuándo es política robar un banco?
Orlando: ¡Vinieron aquellos hombres, en la noche! (Gimotea, llora) ¡Llorando!
Psicóloga: Todas las cárceles del mundo están llenas de presos políticos. Entonces, todos los criminales y mafiosos son eminentes políticos.
Orlando: ¡Los hombres me abrazaron y me lo dijeron! (Destruido) Si no es por ellos y su consuelo la María Antonia se me muere de pena. ¡Y yo también!
Psicóloga: ¡Entienda! ... No quiero ser dura. Esos hombres condujeron a su hijo por un camino equivocado. Le enseñaron la vía más fácil para solucionar sus problemas.
Orlando: ¡Antonio!...
Psicóloga: ¡Antonio! Sí... Seguro que Antonio pensó en usted. En sus hermanos y su madre. Regalarles cosas que jamás tuvieron. Pero... ¿Es eso suficiente para validar un crimen?
Orlando: Antonio decía que esta sociedad era injusta.
Psicóloga: No se sentía satisfecho, igual que usted. Él roba un banco y lo matan. Usted rompe máquinas y grita. Él quiso, mediante el crimen, hacer una vida más justa. Igual que usted, gritando por la cabeza del señor González y rompiendo máquinas.
Orlando: No era un criminal. ¡No era criminal, puta! ¿Lo oyes? ¡No era! ¡No era!...
Psicóloga: No quiero decirle que lo repudie. En absoluto. recuérdelo trabajador, estudioso, buen muchacho. ¡Pero tenga en cuenta que cometió un delito! ¡Acéptelo!
Orlando: ¡No voy a tragarme todas esas basuras!
Psicóloga: Piénselo. Sólo piénselo. Ya hablaremos muchas veces más...


Pausa.
Orlando: ¿Muchas?


Psicóloga se dirige tras el escritorio. Se sienta, sonríe.
Psicóloga: La empresa me ha dado su caso para que lo trate con especial cariño.
Orlando: (Ríe escéptico. Neutro. La enfrenta) ¿Especial cariño? (Humillado. Cínico) Le ruego que no me quiera, señorita. Se lo suplico.
Psicóloga: (Asimilando el veneno de las palabras de Orlando) ¡Usted sí que es bromista!
Orlando: (Suave) ¿Vendré otras veces?
Psicóloga: Bastantes.
Orlando: (Liberándose. Descargando toda su ira) ¡Noooo!... (Se revuelve en sí mismo. Patea al muñeco) ¡No me interesa nada de toda esa mierda! ¡Me duele el estómago! ¡Si quieren despedirme, háganlo de una vez y no busquen más excusas! ¡Despídanme! ¡Despídanme!
Psicóloga: (Tomándolo por los hombros. Lo sienta en su silla. Le grita) ¡No lo vamos a despedir! (Orlando paraliza sus movimientos) ¡Jamás lo despediremos’ ... Claro, en cambio, haremos otras cosas...
Orlando: ¿Cosas? ¿Qué cosas?

Psicóloga: Darle quince días de reposo, por ejemplo. Pagados. Y una prima especial.
Orlando: ¿Reposo? ¿Prima especial?
Psicóloga: Tres o cuatro meses de sueldo. Sí, creo que son cuatro.
Orlando: ¿Mis prestaciones?
Psicóloga: ¡Un regalo, señor Núñez! Quítese de la cabeza que lo vamos a despedir. Podrá comprarle un vestido nuevo a Doña María Antonia.
Orlando: (Recobrando el sentido de la realidad) ¿La compañía me regala? ¿A mí? ¿Después de lo que hice?
Psicóloga: ¿Y qué quiere? ¿Que lo mandemos a la cárcel?
Orlando: Bueno no, pero...
Psicóloga: Ese señor González que tantos conflictos ha creado en su cabeza, se muestra sumamente preocupado por usted. Él fue el de la idea de la prima especial.
Orlando: Y... ¿Los destrozos? ¿Se enteró él que yo deseaba matarlo?
Psicóloga: Claro que sí.
Orlando: ¿Y todavía?... Bueno, la verdad, no entiendo...
Psicóloga: ¿Me promete que va a pensar en todo lo que hemos hablado?


Pausa.
Orlando: Ajá...
Psicóloga: Especialmente lo de Antonio. (Orlando se remueve) Sí, sí, ya sé que es doloroso. Pero como usted mismo dice, “son cosas que pasan”. En los siguientes días vamos a seguir golpeando al muñeco.
Orlando: No me parece correcto.
Psicóloga: Será bueno para usted. Tiene mucha agresividad y debe descargarla. Ya verá cómo después se siente más tranquilo... Más pacífico. Sin nada de esas torturas y terrores dañinos.


Orlando se levanta. Toma su saco.
Orlando: ¿Cuándo debo venir de nuevo?
Psicóloga: Pasado mañana, pero siéntese. Aún no hemos terminado. Faltan algunas sorpresas.
Orlando: ¿Todavía más?
Psicóloga: Tiene un aumento de sueldo. ¿Qué le parece?
Orlando: (Virulento. Sintiéndose burlado) ¿Qué me van a pedir? ¿Qué me van a pedir?
Psicóloga: ¿Pedir? ¿A usted? ¡Por Dios, señor Núñez!... Nada en absoluto.
Orlando: Todas esas amabilidades son por algo, ¿No? ¿Qué más hay?
Psicóloga: Mire, señor Orlando... ¿Me permite llamarlo por su nombre?
Orlando: Bueno... sí, claro... Ya nos conocemos más que suficiente.
Psicóloga: Su caso fue tratado a nivel directivo. Ejecutivo.
Orlando: ¿Y qué pasó?
Psicóloga: Alguno que otro quería hacerlo trizas. Despedirlo. Sin prestaciones, para cobrarse los daños, pero la mayoría se opuso. La mayoría lo conoce a usted bien. Vieron su despido como algo imposible. Lo tienen en gran estima.
Orlando: (Incrédulo) Esta vida sí que es bien rara.
Psicóloga: Los dirigentes sindicales también intercedieron. Todo el mundo. Aprendices, obreros y ejecutivos están muy preocupados por usted. Dicen: “Orlando es realmente la bandera de esta fábrica”. ¡Una voz muy importante! (Pausa) Entonces se decidió testimoniar el agradecimiento a tantos años de trabajo tesonero, antes que castigar un momento de irreflexión.
Orlando: Histeria paranoide.
Psicóloga sonríe.
Psicóloga: Eso. Y me lo enviaron a mí: Para hacerlo de nuevo un hombre feliz y útil a la empresa. Que lo necesita. ¿Entiende? Que lo necesita...

Orlando: No sé qué decirle.
Psicóloga: Usted se lo merece. No se sienta culpable por lo que hizo. Además, esas cosas ocurren a todos alguna vez. ¿No cree?
Orlando: Bueno... Sí.
Psicóloga: ¿Sabe? Me pidieron que le solicitara algo.
Orlando: (Suspicaz) ¿Qué?
Psicóloga: Me pidieron también que no insistiera. Que todo dependía de su estado de ánimo.
Orlando: (Seco) ¿Qué le pidieron?
Psicóloga: (Desatendiendo el asunto) Olvídelo. Tenemos cosas más importantes por solucionar.
Orlando: ¿Qué fue lo que le pidieron, señorita?
Psicóloga: ¿Quiere saberlo, realmente?
Orlando: (Excitado) ¡Pues claro! ¿Qué es?
Psicóloga: Bueno. Ahí le va... (Pausa. Orlando se agita) ¿Sabe que la próxima semana se celebran los veintitrés años de esta compañía?

Pausa corta.
Orlando: (Sin saber a qué atenerse. Recuerda) Bueno... Sí, tiene razón.
Psicóloga: Ellos quieren... (Orlando se consterna. Se exaspera) ...El señor González y la Junta Directiva, entregarle una medalla.
Orlando: Una... ¿Una medalla?
Psicóloga: El acto será en su honor.
Orlando: ¿Para mí?
Psicóloga: Sí señor. Será muy bello todo. Estarán sus compañeros. Debe traer a su familia. ¿Acepta, no es así? Eso es lo único que le pide la compañía.

Orlando no da crédito a lo que escucha. Estupor. Cree haber oído mal...
Orlando: Señorita... disculpe. .. Una... ¿Una medalla? (Psicóloga asiente) ¿Un acto... Un homenaje a mi persona?
Psicóloga: Y a su trabajo.
Orlando: ¿Eso es lo único que me pide la compañía?
Psicóloga: Solamente eso. (Emocionándose) ¿Qué me dice, señor Núñez? Vamos, dígame que sí. ¿Lo acepta?
Orlando: (Enderezándose. Ríe tímido. Asiente) Bueno... pues... Yo sí, acepto.
Psicóloga: (Ríe satisfecha) ¡Qué bien! Entonces todo está solucionado.
Orlando: (Enternecido) Esto es increíble. La María Antonia se me va a poner loquita cuando le cuente.
Psicóloga: Deberá preparar su discurso.
Orlando: (Desconcertado) ¿Discurso?
Psicóloga: Es la costumbre. El homenajeado dice un discurso.
Orlando: (Ríe) ¿Yo, diciendo un discurso?
Psicóloga: Habrá muchos invitados. Vendrá hasta el gato. Me imagino que los ladrones robarán la empresa esa noche.
Orlando: No. Yo no puedo.
Psicóloga: ¿No puede qué?
Orlando: Hablar en público. Me quedaría paralizado. Todos se reirían de mí.
Psicóloga: No lo creo.
Orlando: Es así. Soy muy nervioso.
Psicóloga: Pero a todos los conoce. A la mayoría, personalmente. Incluso con muchos ha bromeado.
Orlando: Ah, pero eso es por separado. No todos juntos.

Psicóloga: Rompería la tradición si no lo hace.
Orlando: No tengo nada que decir. Nunca he preparado un discurso.


Pausa.
Psicóloga: Todos quieren oírlo, Orlando.
Orlando: Ése es un paquete demasiado grande.


Pausa.
Psicóloga: Aclaremos algo, entre nosotros. (Pausa corta) Usted provocó un desorden. Una crisis. La empresa está alterada. Los obreros se preguntan en voz alta qué pasará con usted.
Orlando: Tengo buenos amigos.
Psicóloga: Sí, pero hay riñas.
Orlando: ¿Por qué?
Psicóloga: No sé.
Orlando: ¿Por lo que dije? ¿Por lo que hice?
Psicóloga: Quizás. Señalan los golpes en las troqueladoras. Murmuran. Hay problemas.
Orlando: ¿Problemas?
Psicóloga: Ha bajado la producción. Se producen accidentes innecesarios. Incluso, hay quien habla de sabotaje.
Orlando: ¿Y me quieren echar la culpa a mí?
Psicóloga: Yo no digo eso... pero hay malestar. Bueno, ya se calmarán con el tiempo, ¿No le parece? Además, esos ricachones de la Junta Directiva no pueden pretender que todo sea agua de rosas en una empresa como ésta... ¿Entonces?... Quedamos en que acepta el homenaje..
Orlando: Bueno sí...
Psicóloga: Y dirá su discurso.
Orlando: ¡Yo no sé decir discursos señorita! ¡No sé!

Psicóloga: Todo se aprende, Orlando. Yo puedo ayudarlo.
Orlando: ¿Usted?
Psicóloga: Yo sé escribir discursos.
Orlando: Pero es que no sé decirlos. Además, es mi problema. Yo no quiero molestarla.
Psicóloga: No, no, no. Usted no me molesta. En absoluto. Usted me cae muy bien, muy simpático.
Orlando: ¿Sí?
Psicóloga: Sí. Y voy a ser su ayudante. Venga por aquí. (Lo conduce al centro. Toma la silla y la lleva a su lado) A ver...
Orlando se siente cansado. Desmoronado. Como si estuviera avisado de lo que viene, se coloca las manos en la cintura y se arquea ligeramente, como en la primera posición de bioenergética.
Orlando: ¿Me pongo así?
Psicóloga: (Ríe por la ocurrencia de Orlando) No, no. Suelte los brazos. Ajá, así. Aflójelos. Respire hondo. Calma, mucha calma.
Orlando: Estoy muy nervioso, señorita.
Psicóloga: Entonces, respire hondo. (Orlando respira de cualquier manera) Hondo... muy hondo.


Orlando sigue respirando. Ríe nervioso.
Orlando: Señorita, estoy nervioso. Me da como risa...
Psicóloga: Eso es porque no está respirando bien. Suéltese. Manténgase tranquilo. Relaje el cuerpo. Muy bien. Ahora repita conmigo:... «Estimado señor González, presidente de la compañía»...
Orlando: ¿Lo digo?
Psicóloga: Por supuesto. En voz alta y clara.
Orlando: Estimado... Estimado señor Gonz... (Se enreda) No puedo.


Orlando intenta sentarse.
Psicóloga: No se me siente. (Lo ayuda a recobrarse) Iba muy, muy bien. Señor Núñez, será el mejor discurso del mundo, se lo aseguro. Todos quedarán boquiabiertos. No se ha dado cuenta que tiene una voz fuerte y bien timbrada. (Orlando carraspea) Vamos a apoyar sus palabras con el gesto. (Le toma el antebrazo y la muñeca y se lo sube como para recitar en público) “Estimado señor González, presidente de esta compañía”...
Orlando: (Visiblemente afectado. Se envara. Balbucea) Estimado señor González... (Sube tono) Presidente de esta compañía...
Psicóloga: Señores miembros de la Junta Directiva...
Orlando: Señores miembros de la Junta Directiva...


La psicóloga suelta la mano de Orlando y se sienta. Orlando queda en la misma posición. Se asemeja a una figura de cera que habla.
Psicóloga: Compañeros obreros...
Orlando: Compañeros obreros...
Psicóloga: Compañeros aprendices...
Orlando: Compañeros aprendices...
Psicóloga: En esta bella ocasión, en que la gran familia de esta empresa se reúne...
Orlando: En esta bella ocasión, en que la gran familia de esta empresa... compañeros
Psicóloga: (Arriba) ¡Estimado señor González!
Orlando: (Más arriba) ¡Estimado González aprendices!...
Elevan el tono de la voz. El discurso crece. Adquiere un relieve enajenado. Se superpone en gritos incoherentes.
Psicóloga: ¡Señores miembros de la Junta Directiva!
Orlando: ¡Señores familiares de esta junta...!
Psicóloga Y Orlando: ... Señores miembros de esta ocasión de aprendices reunidos aquí González, obreros de la Directiva. Junta de obreros grata familia que se reúne...


Repiten y repiten. Frenéticos. Hasta que la luz disminuye paulatinamente. Se deja oír música de salsa que ahoga los gritos.


Fin de “La Empresa perdona un momento de locura”
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