La ética griega




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TRABAJO MONOGRÁFICO:

LA ÉTICA GRIEGA


Para comenzar, conviene citar la definición de ética del Nuevo Diccionario Enciclopédico Espasa.

ÉTICA f. 1 Filos. Parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre. 2 Conjunto de reglas morales que regulan la conducta de las personas, en general, o en un campo específico.

FILOS. Aunque en Sócrates y en Platón ya está presente una reflexión ética autónoma, es Aristóteles el fundador de esta disciplina. Las escuelas post-aristotélicas se caracterizaron por establecer una jerarquía de bienes concretos hacia los cuales aspira el hombre y por los cuales se mide la moralidad de sus actos. Tras la aparición del cristianismo se produjo una absorción de lo ético en lo religioso. En los siglos XV, XVI y XVII se desarrollaron importantes corrientes neoestoicas, con filósofos como Descartes y , sobre todo, Spinoza. Por otro lado, los nuevos problemas presentados al individuo y a la sociedad a partir del siglo XVII, condujeron a reformulaciones radicales de las teorías éticas: las fundadas en el egoísmo (Hobbes), el realismo político (maquiavélicos) o el sentido moral (Hutcheson). La ética experimentó un cambio radical con Kant, quien procuró fundamentar una ética formal, autónoma. Su influencia se extendió durante el siglo XIX junto a otras corrientes del idealismo alemán, especialmente la filosofía de Fichte. En este siglo surgieron nuevas direcciones del pensamiento ético, entre las que cabe destacar el utilitarismo, el intuicionismo inglés, el evolucionismo ético, la antimoral de Nietzsche, etc.”

La palabra ética proviene del griego ethika, de ethos, ‘comportamiento’, ‘costumbre’, y se refiere a los principios o pautas de la conducta humana. A menudo y de forma impropia se la llama moral (del latín mores, ‘costumbre’) y por extensión, el estudio de esos principios a veces llamado filosofía moral.

La ética, como una rama de la filosofía, está considerada como una ciencia normativa, porque se ocupa de las normas de la conducta humana, y para distinguirse de las ciencias formales, como las matemáticas y la lógica, y de las ciencias empíricas, como la química y la física. Las ciencias empíricas sociales, sin embargo, incluyendo la psicología, chocan en algunos puntos con los intereses de la ética ya que ambas estudian la conducta social. Por ejemplo, las ciencias sociales a menudo procuran determinar la relación entre principios éticos particulares y la conducta social, e investigar las condiciones culturales que contribuyen a la formación de esos principios.

Los filósofos han intentado determinar la bondad en la conducta de acuerdo con dos principios fundamentales y han considerado algunos tipos de conducta buenos en sí mismos o buenos porque se adaptan a un modelo moral concreto. El primero implica un valor final, deseable en sí mismo y no sólo como un medio para alcanzar un fin. En la historia de la ética hay tres modelos de conducta principales, cada uno de los cuales ha sido propuesto por varios grupos o individuos como el bien más elevado: la felicidad o placer; el deber, la virtud o la obligación y la perfección, el más completo desarrollo de las potencialidades humanas. Dependiendo del marco social, la autoridad invocada para una buena conducta es la voluntad de una deidad, el modelo de la naturaleza o el dominio de la razón. Cuando la voluntad de una deidad es la autoridad, la obediencia a los mandamientos divinos o a los textos bíblicos supone la pauta de conducta aceptada. Si el modelo de autoridad es la naturaleza, la pauta es la conformidad con las cualidades atribuidas a la naturaleza humana. Cuando rige la razón, se espera que la conducta moral resulte del pensamiento racional.

Algunas veces los principios elegidos no tienen especificado su valor último, en la creencia de que tal determinación es imposible. Esa filosofía ética iguala la satisfacción en la vida con prudencia, placer o poder, pero se deduce ante todo de la creencia en la doctrina ética de la realización natural humana como el bien último.

Una persona que carece de motivación para tener una preferencia puede resignarse a aceptar todas las costumbres y por ello puede elaborar una filosofía de la prudencia. Esa persona vive, de esta forma, de conformidad con la conducta moral de la época y de la sociedad.

El hedonismo es la filosofía que enseña que el bien más elevado es el placer. El hedonista tiene que decidir entre los placeres más duraderos y los placeres más intensos, si los placeres presentes tienen que ser negados en nombre de un bienestar global y si los placeres mentales son preferibles a los placeres físicos.

Una filosofía en la que el logro más elevado es el poder puede ser resultado de una competición. Como cada victoria tiende a elevar el nivel de la competición, el final lógico de una filosofía semejante es un poder ilimitado o absoluto. Los que buscan el poder pueden no aceptar las reglas éticas marcadas por la costumbre y, en cambio, conformar otras normas y regirse por otros criterios que les ayuden a obtener el triunfo. Pueden intentar convencer a los demás de que son morales en el sentido aceptado del término, para enmascarar sus deseos de conseguir poder y tener la recompensa habitual de la moralidad.

Desde que los hombres viven en comunidad, la regulación moral de la conducta ha sido necesaria para el bienestar colectivo. Aunque los distintos sistemas morales se establecían sobre pautas arbitrarias de conducta, evolucionaron a veces de forma irracional, a partir de que se violaran los tabúes religiosos o de conductas que primero fueron hábito y luego costumbre, o asimismo de leyes impuestas por líderes para prevenir desequilibrios en el seno de la tribu. Incluso las grandes civilizaciones clásicas egipcia y sumeria desarrollaron éticas no sistematizadas, cuyas máximas y preceptos eran impuestos por líderes seculares como Ptahhotep, y estaban mezclados con una religión estricta que afectaba a la conducta de cada egipcio o cada sumerio. En la China clásica las máximas de Confucio fueron aceptadas como código moral. Los filósofos griegos, desde el siglo VI a.C. en adelante, teorizaron mucho sobre la conducta moral, lo que llevó al posterior desarrollo de la ética como una filosofía.

En el siglo VI a.C. el filósofo heleno Pitágoras desarrolló una de las primeras reflexiones morales a partir de la misteriosa religión griega del orfismo. En la creencia de que la naturaleza intelectual es superior a la naturaleza sensual y que la mejor vida es la que está dedicada a la disciplina mental, fundó una orden semirreligiosa con leyes que hacían hincapié en la sencillez en el hablar, el vestir y el comer. Sus miembros ejecutaban ritos que estaban destinados a demostrar sus creencias religiosas.

En el siglo V a.C. los filósofos griegos conocidos como sofistas, que enseñaron retórica, lógica y gestión de los asuntos públicos, se mostraron escépticos en lo relativo a sistemas morales absolutos. El sofista Protágoras enseñó que el juicio humano es subjetivo y que la percepción de cada uno sólo es válida para uno mismo. Gorgias llegó incluso al extremo de afirmar que nada existe, pues si algo existiera los seres humanos no podrían conocerlo; y que si llegaban a conocerlo no podrían comunicar ese conocimiento. Otros sofistas, como Trasímaco, creían que la fuerza hace el derecho.

Sócrates se opuso a los sofistas. Su posición filosófica, representada en los diálogos de su discípulo Platón, puede resumirse de la siguiente manera: la virtud es conocimiento; la gente será virtuosa si sabe lo que es la virtud, y el vicio, o el mal, es fruto de la ignorancia. Así, según Sócrates, la educación como aquello que constituye la virtud puede conseguir que la gente sea y actúe conforme a la moral.

La mayoría de las escuelas de filosofía moral griegas posteriores surgieron de las enseñanzas de Sócrates. Cuatro de estas escuelas fueron creadas por sus discípulos inmediatos: los cínicos, los cirenaicos, los megáricos (escuela fundada por Euclides de Megara) y los platónicos.

Los cínicos, en especial el filósofo Antístenes, afirmaban que la esencia de la virtud, el bien único, es el autocontrol, y que esto se puede inculcar. Los cínicos despreciaban el placer, que consideraban el mal si era aceptado como una guía de conducta. Juzgaban todo orgullo como un vicio, incluyendo el orgullo en la apariencia, o limpieza. Se cuenta que Sócrates dijo a Antístenes: “Puedo ver tu orgullo a través de los agujeros de tu capa”.

Los cirenaicos, sobre todo Aristipo de Cirene, eran hedonistas y creían que el placer era el bien mayor (en tanto en cuanto no dominara la vida de cada uno), que ningún tipo de placer es superior a otro y, por ello, que sólo es mensurable en grado y duración.

Los megáricos, seguidores de Euclides, propusieron que aunque el bien puede ser llamado sabiduría, Dios o razón, es ‘uno’ y que el Bien es el secreto final del Universo que sólo puede ser revelado mediante el estudio lógico.

Según Platón, el bien es un elemento esencial de la realidad. El mal no existe en sí mismo, sino como reflejo imperfecto de lo real, que es el bien. En sus Diálogos (primera mitad del siglo IV a.C.) mantiene que la virtud humana descansa en la aptitud de una persona para llevar a cabo su propia función en el mundo. El alma humana está compuesta por tres elementos —el intelecto, la voluntad y la emoción— cada uno de los cuales posee una virtud específica en la persona buena y juega un papel específico. La virtud del intelecto es la sabiduría, o el conocimiento de los fines de la vida; la de la voluntad es el valor, la capacidad de actuar, y la de las emociones es la templanza, o el autocontrol.

La virtud última, la justicia, es la relación armoniosa entre todas las demás, cuando cada parte del alma cumple su tarea apropiada y guarda el lugar que le corresponde. Platón mantenía que el intelecto ha de ser el soberano, la voluntad figuraría en segundo lugar y las emociones en el tercer estrato, sujetas al intelecto y a la voluntad. La persona justa, cuya vida está guiada por este orden, es por lo tanto una persona buena.

Pero aunque en Sócrates y en Platón ya está presente una reflexión ética autónoma, es Aristóteles el fundador de la ética como disciplina. Aristóteles, discípulo de Platón, consideraba la felicidad como la meta de la vida. En su principal obra sobre esta materia, Ética a Nicómaco (finales del siglo IV a.C.), definió la felicidad como una actividad que concuerda con la naturaleza específica de la humanidad; el placer acompaña a esta actividad pero no es su fin primordial. La felicidad resulta del único atributo humano de la razón, y funciona en armonía con las facultades humanas. Aristóteles mantenía que las virtudes son en esencia un conjunto de buenos hábitos y que para alcanzar la felicidad una persona ha de desarrollar dos tipos de hábitos: los de la actividad mental, como el del conocimiento, que conduce a la más alta actividad humana, la contemplación, y aquéllos de la emoción práctica y la emoción, como el valor. Las virtudes morales son hábitos de acción que se ajustan al término medio, el principio de moderación, y han de ser flexibles debido a las diferencias entre la gente y a otros factores condicionantes. Por ejemplo, lo que uno puede comer depende del tamaño, la edad y la ocupación. En general, Aristóteles define el término medio como el estado virtuoso entre los dos extremos de exceso e insuficiencia; así, la generosidad, una virtud, es el punto medio entre el despilfarro y la tacañería. Para Aristóteles, las virtudes intelectuales y morales son sólo medios destinados a la consecución de la felicidad, que es el resultado de la plena realización del potencial humano.

Jaime Barylko, en su obra La filosofía, una invitación para pensar, comenta que Aristóteles sostenía que en el medio está el bien. ¿Y cómo se hace para lograr ese justo medio tan preciado? Practicándolo. Pedagogía de la práctica, del training. Hay aerobismo del cuerpo y aerobismo del alma. Es necesario adquirir buenos hábitos.

La práctica produce la areté, que en latín se dice virtus, virtud, la fuerza para oponernos a las tentaciones varias. (La raíz vir significa “fuerza”, “valor”.) Aristóteles lo sabía cuando señalaba que el camino hacia la razón pasa previamente por la constitución de hábitos, es decir mores (en latín), o en griego ethos (de ahí “ética”). En la Ética a Nicómaco, dice Aristóteles:

“Obtenemos las virtudes ejercitándolas, en primer término, como ocurre también en el caso de las artes. Las cosas que es preciso aprender, las aprendemos haciéndolas; es construyendo que los hombres se vuelven constructores, y tocando la lira se convierten en ejecutantes de la lira. Del mismo modo, nos volvemos justos ejecutando actos justos; moderados, ejecutando actos moderados [...] Así pues, es muy importante que formemos hábitos de una u otra clase en nuestros jóvenes”.

La razón es posterior y se ejerce a partir de esos hábitos e incluso podría ejercerse contra esos hábitos, pero siempre gracias a ellos. Somos nuestros hábitos, la acumulación de nuestras acciones, como dice en sus Principios de psicología William James, fundador de la escuela filosófica llamada pragmatismo.

El pensamiento aristotélico se ha vuelto esencial y nunca ha cobrado tanta vigencia como hoy, en plena era de Internet y en el umbral del siglo XXI: los hábitos hacen la vida y facilitan el pensamiento que luego puede, incluso, rebelarse contra esos hábitos. Lo explica Julián Marías en Biografía de la filosofía:

“Normalmente los hombres saben lo que tienen que hacer, porque está establecido por usos que tienen fuerza de ley y ejercen un influjo automático sobre los individuos; en las épocas de crisis, en que esto no ocurre, sólo se puede vivir recta y humanamente y ser feliz averiguando lo que las cosas son y lo que ha de hacerse con ellas, descubriendo su verdad y logrando que esta filosofía restablezca un sistema de creencias con vigencia social, que haga posible la convivencia en las ciudades”.

Cuando los usos y costumbres están en crisis, cuando el suelo se requebraja, aparece la filosofía.

Con respecto a los estoicos, esta filosofía del estoicismo se desarrolló en torno al 300 a.C. durante los periodos helenístico y romano. En Grecia los principales filósofos estoicos fueron Zenón de Citio, Cleantes y Crisipo de Soles. En Roma el estoicismo resultó ser la más popular de las filosofías griegas y Cicerón fue, entre los romanos ilustres, uno de los que cayó bajo su influencia. Sus principales representantes durante el periodo romano fueron el filósofo griego Epicteto y el emperador y pensador romano Marco Aurelio. Según los estoicos, la naturaleza es ordenada y racional, y sólo puede ser buena una vida llevada en armonía con la naturaleza. Los filósofos estoicos, sin embargo, también se mostraban de acuerdo en que como la vida está influenciada por circunstancias materiales el individuo tendría que intentar ser todo lo independiente posible de tales condicionamientos. La práctica de algunas virtudes cardinales, como la prudencia, el valor, la templanza y la justicia, permite alcanzar la independencia conforme el espíritu del lema de los estoicos, “Aguanta y renuncia”. De ahí, que la palabra estoico haya llegado a significar fortaleza frente a la dificultad.

En los siglos IV y III a.C., el filósofo griego Epicuro desarrolló un sistema de pensamiento, más tarde llamado epicureísmo, que identificaba la bondad más elevada con el placer, sobre todo el placer intelectual y, al igual que el estoicismo, abogó por una vida moderada, incluso ascética, dedicada a la contemplación, aspectos todos en conexión con la ética. El principal exponente romano del epicureísmo fue el poeta y filósofo Lucrecio, cuyo poema De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), escrito hacia la mitad del siglo I a.C., combinaba algunas ideas derivadas de las doctrinas cosmológicas del filósofo griego Demócrito con otras derivadas de la ética de Epicuro. Los epicúreos buscaban alcanzar el placer manteniendo un estado de serenidad, es decir, eliminando todas las preocupaciones de carácter emocional. Consideraban las creencias y prácticas religiosas perniciosas porque preocupaban al individuo con pensamientos perturbadores sobre la muerte y la incertidumbre de la vida después de ese tránsito. Los epicúreos mantenían también que es mejor posponer el placer inmediato con el objeto de alcanzar una satisfacción más segura y duradera en el futuro; por lo tanto, insistieron en que la vida buena lo es en cuanto se halla regulada por la autodisciplina.

Para finalizar este trabajo, quisiera citar nuevamente a Barylko:

“Es verdadero aquello que tiene validez universal. La verdad es, precisamente, aquello que podría unirnos. Porque la opinión es el capricho de cada cual, el “me gusta”, “prefiero”, “no estoy de acuerdo”, “a mi parecer”, etc. Lo que no tiene asidero. En griego se llama doxa. La verdad es producto del estudio, es episteme.

“Ocurre hoy en día que cada cual establece que su opinión es la verdad, y por eso nos cuesta tanto comunicarnos. Considero terapéutico reinstalar en nuestras vidas esa diferencia entre doxa, opinión, capricho o gusto personal, y episteme, ciencia, algo válido para todos o para todos los que comparten un código determinado. La convivencia sería más fácil y seríamos más dichosos.

“Hay que sacudir la hojarasca de opiniones para alcanzar el saber de la ciencia, de la verdad. Cuando lo alcancemos, sabremos también cómo vivir de acuerdo con la verdad, estableceremos una ética. La ética es el lazo comunicativo entre los individuos que se han quedado sin polis, sin tradición, sin autoridades.

“Hoy es tiempo de filosofía. Hoy más que nunca. Porque no sabemos dónde está el Bien, dónde el Mal, y no toleramos que nadie nos dicte normas, porque consideramos que estamos capacitados para determinarlas por nosotros mismos.

“Hay que pensar; hay que soñar otra república, como lo hizo Platón. O revisar el sistema de la polis, como hizo Aristóteles en su obra llamada justamente Política, es decir, teoría de la ciudad y su funcionamiento. Hay que establecer una ética que determine cómo debemos comportarnos.

“Quien mira las montañas cada día no se hace planteos acerca de las montañas. Quien no conoce las montañas se pregunta cómo serán. Pero no confía en las respuestas ajenas, o no sólo en ellas.

“Es preciso llegar a la verdad por uno mismo. Y ahora, más que nunca, la verdad es indispensable, porque es el único asidero, la única ancla de supervivencia en un mundo que se siente descontento consigo mismo, des-encantado, como decía el sociólogo Max Weber a mediados de siglo”.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Barylko, Jaime: La filosofía. Una invitación para pensar, Editorial Planeta Argentina, Buenos Aires, 1998.

  • Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2000. © 1993-1999 Microsoft Corporation.

  • Espasa Siglo XXI: Nuevo Diccionario Enciclopédico Espasa, Editorial Espasa Calpe, Barcelona, 1998.

  • Ferrater Mora, José: Diccionario de Filosofía abreviado, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1998.


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