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Resumen

  • La energía fisiológica se consume en la realización, propiamente di­cha, de una acción.

  • La intención se forma a cuenta de la energía libre.

  • La energía libre atraviesa el cuerpo en modo de dos flujos contrarios.

  • En estado de estrés la energía de la intención se bloquea.

  • Para librarte del estrés necesitas despertar y quitar la importancia.

  • Si te resulta imposible quitar la importancia, no debes malgastar fuerzas en intentar relajarte.

  • Al hacer los ejercicios energéticos estás fortaleciendo la capa energética.

  • No acumules energía: déjala pasar Libremente a través de tu cuerpo.

  • Un alto nivel de energía vital significa tener anchos los canales ener­géticos.

  • Los canales energéticos se entrenan muy bien con los ejercicios energé­ticos.

  • La limpieza del organismo ensancha notablemente los canales energé­ticos.

  • La intención interior es enfermarse y curarse.

  • La intención exterior es llevar un estilo de vida saludable.

  • Bajo ningún concepto aceptes los juegos de los péndulos destructivos de las enfermedades.

  • Al hacer los ejercicios físicos, presta atención a los flujos centrales.

  • La intención no es la diligencia, sino la concentración.


CAPÍTULO II

FREILING

El Freiling es uno encantadora tecnología

de relaciones humanas. ¿Quieres aprender

a ejercer influencia sobre la gente para lograr el éxito?

Es el método menos eficaz y resulta muy dudoso.

No necesitas presionar el mundo circundante

procurando conseguir tus objetivos.

Quedarás convencido de que el mundo mismo

va a tu encuentro con los brazos abiertos.

La gente empezará a sentir simpatía hacia ti

por motivos inexplicables.

Renuncia a la intención de recibir; reemplázala por la intención de dar y obtendrás aquello a lo que has renunciado.

Intención de las relaciones

Estamos acostumbrados a medir el éxito de nuestra vida, por un lado, por el nivel de nuestros logros, por el otro, por el volumen de los problemas acumulados. El Transurfing ayuda no luchar contra los problemas, e incluso no tanto a resolverlos como a no topar con ellos, simplemente. De nuevo, los objetivos se logran con un método poco trivial: con ayuda de la intención exterior. Cualquier problema o logro, de un modo u otro, nace de las relaciones con la gente, sean personales o de negocios.

Surge una pregunta: ¿sería posible utilizar la intención exterior en las relaciones interpersonales? La dificultad consiste en que es algo inalcanzable, difícil de someter a la voluntad e imposible de controlar. No obstante, hay procedimientos que permiten poner en marcha el mecanismo de la intención exterior de modo implícito. Sólo tienes que utilizar cierto truco para que la intención exterior empiece a trabajar por sí misma, independientemente de la voluntad de nadie, pero en tu beneficio.

¿Qué es lo que motiva a la gente? La intención interior. Pues bien, utiliza la intención de ellos en vez de utilizar la tuya. Renuncia a la tuya y permite a la intención exterior poner en marcha el mecanismo de la intención interior ajena. Para conseguir lo deseado del mundo exterior, a la intención exterior le basta con mover el dedo meñique, puesto que ella, por sí sola, no desea ni hace nada, Miio que permite a la inteiu ión interior trabajar sintonizada con el mundo. Utiliza la intención interior de la gente para conseguir tus objetivos.

A pesar del matiz egoísta de la frase anterior, no estás utilizan­do a la gente. Todos los problemas, de un modo u otro, nacen como resultado de un conflicto entre las intenciones interiores de diferentes personas. Uno, guiado por sus propios intereses, quie­re conseguir algo de otro. El otro, a su vez, piensa lo contrario y quiere salirse con la suya. ¿Cómo equilibrar la diferencia de inte­reses y satisfacer las necesidades de ambos? Tarea difícil, ¿verdad? En realidad la tarea es muy simple. Para resolverla sólo necesitas definir aquel objetivo común que forma la base de la intención interior de personas.

Y bien, la base de la intención interior de una persona es el sentimiento de la dignidad propia. Lo único que motiva al individuo y, al mismo tiempo, limita su libertad en el mundo de los péndulos es su importancia interior y exterior. El sentimiento de la signifi­cación propia pertenece a la importancia interior. Los péndulos, como entidades de energo-información, están creados por grupos de personas y empiezan a existir independientemente, sometiendo a esas personas a sus leyes. El sometimiento se realiza por medio del sentido de la importancia. Por ende la mayor parte de las mo­tivaciones del individuo está en el área de la realización del sentido de la significación propia. La parte restante pertenece al freile, es decir, a los deseos del alma.

Esa pequeña parte, como regla general, está insuficientemente desarrollada, puesto que está ahogada por la constante necesidad de mantener la significación propia en el mun­do de los péndulos.

Para poner en marcha el mecanismo de la intención exterior a la hora de relacionarnos con la gente, hemos de forzar un falso estereotipo más. A menudo puedes oír un llamamiento, al parecer, correcto: "No intentes cambiar a los demás, empieza por ti mismo". Inmediatamente eso te provoca la incomodidad del alma: significa que no soy perfecto, significa que debo cambiarme, pero, realmente ¡no tengo ninguna gana! Y haces bien en no querer cam­biarte. No hay que intentar cambiar a los demás, pero tampoco debes cambiarte a ti mismo. Hagas lo que hagas contigo mismo o con los demás, todo eso será un trabajo poco eficaz y perjudicial de tu intención interior. El problema se resuelve de otra manera. Es necesario permitir que los otros realicen su propia intención interior. Entonces la intención exterior se pondrá en marcha y tu intención interior se realizará por sí sola.

Por ejemplo, una mujer quiere que un hombre se case con ella y éste, por razones desconocidas, se limita a dar cualquier excusa. Al trabajar con la intención interior, la mujer concentra todos sus pensamientos en obligar al hombre a casarse con ella. De este modo ella no conseguirá nada, sólo creará el potencial excesivo de su deseo y de la importancia del matrimonio. Como resultado, las fuerzas equiponderantes le quitarán a su elegido. ¿Quizá el hombre sim­plemente no la amaba? Por supuesto que no es así. La ama, pero la mujer ha convertido el amor en una relación de dependencia. «Si me quieres, te casas conmigo».

Para que la intención exterior se ponga en funcionamiento, la mujer debe renunciar al deseo de hacer que el hombre se case con ella y, en cambio, plantearse la pregunta: ¿qué es lo que el hombre i|uiere encontrar en el matrimonio? Encontrará fácilmente la res­puesta a esa pregunta. Sin duda alguna, él quiere realizar su conjun­to de valores: soy amado, me aprecian, me respetan, me admiran, etcétera. Al dirigir su energía a la realización de esos valores, la mu­jer no sólo logrará su objetivo, también obtendrá la realización de semejantes valores en sí misma. ¿Y si el hombre no merece que le respeten y le amen? ¿Para qué, entonces, molestarse con él? La libertad de elección la tiene cualquiera.

Como puedes ver, no hay necesidad de cambiarte a ti mismo. El caso es que el postigo abierto está en un sitio totalmente diferente. Una persona, por regla general, está rompletamente absorbida por los pensamientos de lo que quiere conseguir de los demás, pero no intenta definir qué es lo que los otros quieren. Al dirigir tu aten­ción a los deseos y motivaciones ajenos, obtendrás muy fácilmente lo que tú mismo necesites. Para eso sólo tienes que plantearte una pregunta: ¿a qué está dirigida la intención interior de mi pareja (compañero, socio)? Eso significa alejarse volando del cristal y, por fin, ver el postigo abierto. En cuanto lo has hecho, sólo te queda redirigir tu intención interior a la realización de la intención interior de tu pareja (compañero, socio) . De esta manera, tu intención interior se trasformará en la exterior.

Muy a menudo la intención interior se dirige a atraer la atención y presentarse uno mismo bajo un aspecto favorable.

Supongamos que te preocupa algo que no te sale precisamente bien. Imagina que vas a una fiesta. Tan pronto como llegues, todos los invitados diri­girán su atención sólo a ti y te observarán todo el rato, pues se reu­nieron sólo para discutir cómo vas vestido, cómo te mueves, de qué hablas. Si oyes risas en un grupo de personas, significa que se ríen de ti. Y ¡cuántas miradas desdeñosas vas a recibir! Te compadezco.

Por supuesto, te has dado cuenta de que todo eso se debe in­terpretar en el sentido contrario. Pues cualquiera, antes de nada, se ocupa de sí mismo y de lo que otros piensan de él. Y en último lugar, de lo que él mismo piensa sobre los demás. Por tanto puedes relajarte, tranquilizarte y sentirte libre. No intentes portarte con na­turalidad, sino simplemente, permítete a ti mismo sentirte natural y a gusto.

Cabe señalar que, si te propones precisamente el objetivo de portarte con desenvoltura, no te dará ningún resultado. Por supuesto, puedes lograr algún efecto con ayuda de las diapositivas. Pero eso te llevará un tiempo y la fiesta está programada para hoy. Sólo es posible lograr desenvoltura en la actitud eliminando la importancia. Sin embargo, no es muy fácil quitar la importancia. No serás capaz de renunciar porque sí al deseo de presentarte bajo el mejor aspecto posible.

La salida de esta situación es muy simple. Cuando alguien se relaciona contigo se interesa, antes de nada por la atención que muestres a su persona. Puedes estar seguro de que todos se ocupan exclusivamente de sí mismos.

Ocúpate de ellos tú también. Redirige tu atención de ti mismo a otra gente. Activa tu Celador y deja de jugar al juego de aumentar tu importancia. Ahora juega al juego de aumentar la importancia de los demás. Interésate por ellos, escúchalos, obsérvalos. No tienes que adularlos, limítate a moverte a favor de la corriente. En cuanto redirijas tu atención de ti mismo a otras personas, el potencial exce­sivo de la significación propia desaparecerá por sí solo. Es entonces cuando lograrás actuar con desenvoltura.

Para atraer la atención hacia tu persona basta con expresar interés por los que te rodean. Habla con la gente no de lo que te interesa a ti, sino de lo que les interesa a ellos, inclusive sobre ellos mismos. En este caso tu intención interior se trasformará en la exterior. La gente de tu entorno se interesará enseguida por un interlocutor así; sim­plemente no sabrán escapar de tu intención exterior, puesto que ésta trabaja de un modo completamente inconcebible. Es inútil intentar hacer que los otros se interesen por tu persona: eso es la intención interior. Interesarse por los demás: eso es la intención exterior. Al renunciar a la intención interior y redirigir tu atención a los otros, sin esfuerzo alguno obtendrás de ellos el resultado deseado. La in­tención exterior hará eso por ti.

Quizá te dirás: ¿cómo es posible que interesándome por otros atraiga su atención? Bueno, vale, empezaré a mostrarles interés, pero ¿acaso por eso seré más interesante? La cosa es que aunque seas mil veces más atractivo de lo que eres, todos, en primer lugar, están siempre ocupados en su propia persona, y en último término, en los demás. Tú mismo, al intentar atraer la atención, piensas exclusiva­mente en ti.

Cuando se demuestra interés por una persona, esa persona obtiene la realización de su intención interior. ¿De dónde procede esa realización? De ti, por supuesto. Después de haber realizado su intención interior con tu ayuda. ¿por quién podrá interesarse esa persona? Sólo por ti.

La gente se interesa por personas conocidas, estrellas del cine y la música. Pero es un interés de otro género. Si no eres una estre­lla, te pueden considerar como posible pareja, compañero, socio. Tomemos como ejemplo el caso extremo del interés por la gente famosa. Los fans se interesan por todos detalles de la vida de su estrella favorita, la admiran, pero, como regla general, no se les ocu­rre considerar como un posible partenaire a este/a famoso/a. En las relaciones cotidianas no importa cuan interesante seas, sino hasta qué punto congenias con determinada persona para relacionarte con ella. Eso es precisamente lo que ella valora.

Al pensar en sí misma y estando junto a ti, esa persona conscien­te e inconscientemente evalúa hasta qué punto encajas en el guión de la relación, donde ella estará satisfecha con su propia persona. El individuo recibe tal satisfacción si, de alguna manera, se reconoce su significación: yo gusto a alguien, se interesan por mí, no soy in­significante, me respetan, no soy peor que los demás, me aprecian.

Ahora piensa qué obtendrás si en un caso te impones a otra per­sona y, en otro, te interesaras por esa persona. Por supuesto enca­jarás en todos sus parámetros si le concedes la satisfacción por su significación. Al obtener esa satisfacción, esa persona cerrará los ojos a tus defectos evidentes y perdonará tus debilidades. Todo eso una persona lo considera en el último lugar. Pero tú, al estar preocupado por tus imperfecciones, intentas ocultarlos y mostrar tus virtudes. Repito, tus virtudes y tus imperfecciones a tu partenaire le interesan en el último lugar, pues en primer lugar le interesa el sentido de la significación propia que recibe él al comunicarse contigo.

Puedes ser «súper» en todos los aspectos. Pero eso no te ayudará a la hora de hacer amigos o partenaires. Al contrario, mucha gen­te famosa se siente sola. Tus excelentes parámetros pueden incluso perjudicarte en cierto grado en tu búsqueda de un partenaire. El hombre ve que eres «súper», pero lo que primero que evalúa es cómo de significante será él junto a tal perfección. Si te luces ante él con toda tu belleza, lo más probable es que él decida que sii personalidad empalidecerá a la luz de tu resplandor. Deja de lado tus parámetros y dirige toda tu atención a esa persona, hazla sentir importante al lado tuyo, entonces la conquistarás.

Al interesarte por la gente, hazlo con sinceridad. No les hagas en­tender que conoces algunos trucos de cómo ganar su simpatía, o que tu actitud esconde intereses egoístas. Si pretendes conquistar la simpatía de las personas, ellas merecen, al menos, tu participación sincera.

Mucha gente, al procurar conseguir reputación ante un interlo­cutor interesante, trata de mostrarse del mejor modo posible: soy muy inteligente, he visto y he experimentado mucho. Así actúa la intención interior. La mayoría de las personas se porta de este modo precisamente cuando quiere pasar por interesante. Apártate un paso de esta estructura homogénea y acepta otra postura.

Ponte como objetivo no mostrarte como interlocutor atractivo, sino dar la posibilidad a tu colocutor de mostrarse interesante. Sintonízate con su frecuencia y escúchale con atención, haciéndole preguntas y mos­trándole tu interés por el tema y por personalidad de tu partenaire. Podéis conversar durante varias horas de manera tal que sea él quien lleve la mayor parte del diálogo. Al final de la conversación tu par­tenaire estará absolutamente convencido de que ha encontrado un interlocutor atractivo y una persona fascinante en todo sentido.

Así actúa la intención exterior. Permite que se realice la inten­ción interior de otros. Como resultado obtendrás aquello a lo que has renunciado. Has renunciado a lucir tu personalidad y has permitido que se revele la personalidad de otro. En cuanto lo has hecho, este otro se convierte en tu admirador, puesto que le has permitido rea­lizar su intención interior. Nunca podrá recibir nada parecido de ningún famoso.

Pues, ¿y si quieres despertar interés de una persona que no te con­sidera como un interlocutor para la comunicación? Por ejemplo, necesitas que acepte tu propuesta de negocio, pero ella no quiere. Sim­plemente no le interesa. En este caso más que nunca, contarás con su interés sólo si te olvidas de ti mismo y diriges toda tu atención sólo a esa persona. Muestra tu sincero interés por todo lo que le interesa, habla con ella de eso. Sólo entonces revelará interés por tu problema.

Puedes preguntar: ¿por qué debo escuchar a los demás, intere­sarme por ellos, prestarles atención, quererles, respetarles, mientras que ellos se preocupan cada uno sólo por sí mismo, y a mí no me quieren ni escuchar? Bien, pero ¿por qué ellos deben interesarse por ti, admirarte, quererte y respetarte? Todo lo que has imaginado -di­ciendo que «soy así o asá en comparación con ellos— no es más que un invento de la intención interior, vestido en el potencial excesivo de relación de dependencia e importancia. Tu intención interior es ser alguien significativo. Serás relamente significativo a los ojos de los demás sólo si renuncias a tu intención interior y permites que se realice la intención interior de otros. Tu ventaja es que utilizas tu intención exterior, mientras que ellos hacen lo contrario. Emplea tu ventaja.

En general, cuando quieres obtener algo de una persona, puedes utilizar un método universal. Básicamente la esencia de ese método se reduce a renunciar a la intención interior de obtener y reemplazar­la por la intención de dar. Se hace muy fácilmente.

¿Quieres conseguir que una persona en particular te aprecie y te respete? No exijas respeto. Respétala tú mismo, hazla sentir signi­ficativa a tus ojos. ¿Necesitas compasión y reconocimiento? No los busques. Preocúpate sinceramente por la persona y sus problemas. ¿Procuras caer simpático? No lo lograrás por tus ojos bonitos. Re­vélale tú mismo la simpatía hacia ese individuo, entonces le caerás simpático por definición. ¿Necesitas ayuda y apoyo? Ayuda tú mis mo. De este modo aumentarás tu significación y como esa persona no querrá ser menos significativa, no quedará en deuda contigo. Poi fin, ¿quieres tener un amor recíproco? Renuncia al derecho de pose­sión y a la relación de dependencia. Te resultará si te limitas a amar, sin esperar nada a cambio. Un amor así se encuentra muy rara vez y nadie será capaz de resistirse a él. En todo caso, recibirás sin falta aquello a lo que has renunciado.

Hay una pregunta más: ¿cómo estimular a una persona a hacer algo? Con la intención interior puedes obligarla, si tienes ese poder sobre ella. También puedes convencerla de la necesidad de hacerlo. Pero el método más eficaz te lo ofrece la intención exterior: organi­zar todo de tal manera que la persona quiera ayudarte por iniciativa propia. Para eso necesitas concordar tu asunto con los objetivos y aspiraciones de esa persona dada. Plantéate la pregunta: ¿Cómo relacionar lo que quiero yo con lo que necesita el otro?

Para empezar, determina las necesidades de otra persona, qué procura conseguir, qué le falta: dinero, poder, el respeto de los de­más, satisfacción por un bajo bien hecho, cuidar de los niños, pres­tigio, un puesto en el trabajo, fama, etcétera. Todas esas cosas son variaciones de un mismo tema: la significación propia.

Cada cual, al fin de cuentas, se siente mal si no significa nada en este mundo. Si uno no es nadie, si es poco lo que depende de él, entonces procura aumentar la propia importancia. Al lograr algún resultado, la persona se plantea nuevos retos, sube el listón de la significación propia. De esa manera el hombre pasa toda la vida alcanzando la importancia interior. No hay nada malo en eso. No se puede juzgar a nadie por su intención de ser significativo. Cada uno lo logra a su manera, pero intentar, intentan todos. Al contrario, si lino se detuvo en su desarrollo personal y no quiere nada, eso ya es malo. Pero eso ocurre rara vez. Normalmente, una persona siempre se esfuerza por algo; como regla general, siempre hay algo que no le convence en la situación que ocupa en el mundo que le rodea.

Por tanto, determina de qué manera la tarea hecha aumentará el sentido de la importancia propia de esa persona. Y luego preséntase­la a la luz del aumento de su significación. Permítele a esa persona iiimentar su significación, y ella, por iniciativa propia, querrá hacer lo que tú le pides. Una vez hecho el trabajo, sé generoso al apreciar sus virtudes.

Al guiarte por este principio, podrás lograr fácilmente que los demás actúen según tu interés. Con la intención interior pretendes que la gente, por obligación o por tus súplicas, haga lo que necesitas. Con la exterior te limitas a expresar tu deseo: que todo salga bien para ti. Para realizar la intención exterior es necesario arreglarlo todo de tal modo que la gente, pensando cada uno en lo suyo y haciendo cada uno sus cosas, actúe en tu beneficio. Para eso sólo necesitas despertar, apartarte de tus intereses y pensar en los intereses de otros.

Por ejemplo, si eres vendedor, lo más probable es que pienses en cómo vender tu producto al comprador. En cambio, él no piensa en absoluto en cómo complacerte, comprando ese producto. El com­prador no quiere que le vendan nada. Él quiere comprar. ¿Captas la diferencia? Cualquiera trata de encajarme algo, pero yo no quiero eso. Quiero elegir yo mismo lo que necesito.

No pienses en cómo vender el producto. Piensa en lo que quiere adquirir el comprador. La pretensión de vender es la intención in­terior. La intención exterior está orientada completamente hacia el lado opuesto: saber qué es lo que quiere el comprador. Ni siquiera es necesario saber qué producto quiere adquirir.

Si padece reumatismo y te interesas con sinceridad por su malestar, le sugieres un buen médico o un remedio: él te comprará tu producto. No porque tu producto sea mejor, sino porque tú, vendiendo ladrillos, hablas con el comprador de su reumatismo. Es un ejemplo simplificado, pero el método que lo respalda, funciona de manera impecable.

Cada vez que necesites conseguir lo que quieres de otra persona u obligarla hacer algo, renuncia a tu intención interior. Pregúntate en qué consiste la intención interior de esa persona. Actúa con el fin de contribuir en la realización de su intención. Sólo entonces, cuan­do ya estés ayudando a realizar a la intención de esa persona, piensa de paso qué es lo que tú quieres conseguir de ella. Al ocuparte de realizar su intención, introduce, como por casualidad, tu petición. También podría suceder que la cosa diese un giro inesperado y no tengas necesidad de mencionar tu asunto. Todo ocurrirá como por sí solo. Un eso consiste la fuerza mágica de la intención interior.

Un modo aún más eficaz de influir en la gente es tratar de indu­cirle la intención interior. Si lo analizamos, resultará que es bastante fácil de hacerlo. La intención interior casi siempre es motivada por la importancia interior. Cada persona, hasta cierto punto, de un modo u otro, procura defender, destacar y elevar su significación. Si necesitas conseguir algo de alguien sólo tienes que inventar un modo que le permita aumentar su significación. Eso se denomina desafiar.

Puedes desafiar a un grupo de personas: «A ver quién es el me­jor...». O jugar con el sentimiento del honor profesional: «¡Salga­mos con la cabeza alta!». Puedes simplemente recurrir a la impor­tancia interior: «¡Enseñaremos a todos lo que valemos!». Si uno ha aceptado el desafío en el contexto de la significación propia, cumplirá tu voluntad como si fuera suya. Así será precisamente porque has renunciado a tu intención interior y has dirigido tu atención a la intención interior de otra persona. Aprovecha la intención interior de los otros, no la tuya propia.
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