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Corriente de las relaciones

Como regla general, tú o tu empresa, a fin de cuentas, producen algo que es consumido por otras personas. ¿Cómo estimular a la gente a querer comprar precisamente ese producto? Si crees que te lo van a comprar sólo porque es un producto excelente, te equivocas. Un error típico sería la posición de la intención interior: «Creamos obras maestras, por tanto, la gente las va a comprar sin falta».

La posición de la intención interior comete un error triple. En primer lugar, la frase «creamos obras maestras» resalta la importancia interior. Consideras que tu creación es perfecta, significa que para ti es importante. Y como es así, no serás capaz de valorarlo objetivamente. Pues no eres indiferente a tu creación. En segundo lugar, la intención interiot está dirigida a venderla a la gente no querrá comprarla, puesto que desde su punto de vista, no es ninguna obra maestra, y la intención de alguien de vender no les interesa en absoluto. Y para terminar, el principal error es que la intención interior, en vez de concentrarse en las necesidades de los compradores, se concentra en el producto mismo.

La orientación limitada de la intención interior te llevará a la creación de un pro­ducto perfecto que nadie va a necesitar. Eso sucede muy a menudo.

La posición de la intención exterior consiste en determinar qué es lo que quiere la gente, qué le falta, qué necesita, qué es lo que la mueve, qué le interesa. La intención exterior se dirige según la corriente de las variantes. Al ocuparte en producir la «obra de arte», sacada de la chistera por tu propia mente, intentas moverte contra la corriente. La mente siempre tiende a idealizar sus capacidades. Se entusiasma por completo con el proceso de creación sin ver nada a su alrededor. La mente trata de someterlo todo a su control. Pero la demanda de los consumidores apenas se somete a manejo alguno y siempre sigue su propio curso, según la corriente. Para dirigir de alguna manera la corriente de la demanda se necesitan grandes recursos para la publi­cidad, pero tampoco eso funciona siempre.

La mente no es capaz de predecir las tendencias de la demanda. Pero no es necesario. Todo lo que necesitas es ir al paso de la corriente y advertir cada mínimo cambio en su trayectoria. No hay necesidad de inventar el objeto de la demanda. Casi ninguno de los inventos que se adelantan su tiempo encuentran aplicación alguna. Eso no sig­nifica que no se deba crear algo principalmente nuevo. Se trata de que si calculas beneficiarte de una obra maestra creada por ti, que adelanta la corriente de las variantes, lo más probable es que pierdas la apuesta. Por supuesto, si el descubrimiento es verdaderamente genial, es capaz de hacer que estalle el mercado. Pero eso ocurre muy rara vez.

Sólo la empresa dirigida a satisfacer la demanda corriente tiene el éxito garantizado. Y ahora volvamos de nuevo a la pregunta plan teada: ¿cómo estimular a la gente a querer comprar tu producto? La respuesta será: de ninguna manera. Es muy difícil, sino imposible, conseguirlo. Con la intención interior estarás intentando imponer tu producto. La intención exterior, al moverse por la corriente, trata de determinar qué es lo que la gente quiere y de qué está harta. La demanda se determina por la corriente de las variantes. La corriente de las variantes ya contiene todas las respuestas y sólo la corriente puede ofrecerte la garantía del éxito.

No sin razón la mayoría de los descubrimientos o inventos fun­damentales son efectuados por varias personas casi al mismo tiempo e independientemente. En eso se revela el fenómeno del movimien­to de la realización material en el espacio de las variantes. Lo que deba pasar, sucede a su tiempo. Leonardo da Vinci anticipó muchos de los inventos que sólo ahora encuentran su realización material.

Parece que todo es ya evidente por sí. Sin embargo, la mente continuamente pierde la memoria y trata de escaparse de la corrien­te y someterla a su control. Ya te he dicho que la corriente de las variantes es un regalo de lujo para la mente. Tienes que recordarlo siempre y aprovechar tal suerte. Entonces la multitud de problemas y obstáculos pasarán de largo.

Una gran parte de problemas de las relaciones humanas es conse­cuencia de la lucha de la mente contra la corriente de las variantes. La crítica es una de las revelaciones de esa lucha. La crítica es una de las revelaciones de esa lucha. La crítica es el resultado directo de la intención interior.

Estimular a alguien y centrarse en sus cualidades positivas corresponde a la intención exterior. Criticar a alguien es lo mismo que luchar contra el mundo circundante. De eso no obtendrás ningún beneficio, a no ser que consideres be­neficio el intento de fastidiar a tu adversario y volcarle toda tu bilis. El estímulo, al contrario, es la fuerza propulsora con respecto a las i daciones con la gente. Al culpar y criticar a alguien, intentas influir en él con tu intención interior. Mientras que al destacar sus méritos (a pesar de todo), no pierdes nada, pero permites que la situación se desarrolle a tu favor.

No culpes de nada a los otros. Muchas personas son propensas a reprocharse y retener el sentimiento de culpa. Pero nadie está dis­puesto a tolerar los reproches de los otros. Al culparse a sí mismo, uno es capaz de llegar hasta el sadomasoquismo. Sin embargo, las acusaciones de otros siempre resultan hirientes.

En cualquier caso el otro se sentirá ofendido, aun si no tiene razón y la acusación es justa. Bien, y ¿para qué te sirve culparlo? ¿Para des­cargar tu bilis sobre él? Pero de esa manera creas el potencial excesivo por el que sufrirás tú mismo. Si tu objetivo principal es convencer a alguien de que reconozca su error, una vez más, no lo vas a conseguir. Al escuchar tus acusaciones, es poco probable que él reconozca del todo que no tiene razón, aun si verbalmente se manifiesta de acuerdo contigo. Puedes lograr algunos resultados, al intentar autoafirmarse culpando a los otros o establecer el control usando acusaciones. Pero en este caso te conviertes en un manipulador.

Si no persigues ninguno de estos objetivos, renuncia a la crítica y a las acusaciones. Al reprobar y criticar a la gente, estás dando manotazos en el agua en el intento de ir contra la corriente. Des­preocúpate de las imperfecciones de los demás y piensa sólo en sus méritos. Es lo que significa moverte según la corriente, y es lo que te brindará un beneficio inapreciable.

Si tu Celador no duerme, él siempre te ayudará a encontrar una explicación de por qué la persona a la que intentas acusar actúa pre­cisamente de esta manera. El Celador, al ser tu observador interior, no permitirá que te entregues por completo al juego y empieces una discusión o una pelea. Mira el juego desde un lado, como especta­dor; recuerda que la crítica no te traerá nada, salvo daños, y muévete según la corriente.

Las acusaciones y la crítica no pueden jugar un papel positivo, puesto que desvían a la persona del curso, de la corriente por la que se movía. La corriente le llevaba hacia un objetivo determi nado. Pues toda la gente actúa según sus propias motivaciones y aspiraciones. Al estimular a alguien (a pesar de todo), le diriges hacia el curso beneficioso para li, sin desviarle de la comente ni contrariar sus aspiraciones. De esa manera, tus deseos y los suyos llegan a ser paralelos. No se menoscaban los derechos de nadie, ni el amor propio de nadie queda herido, pero el interés ahora es mutuo.

Y a ti ¿te gusta cuando te critican? O no soportas la crítica, o intentas convencerte de que la crítica es justa. En ambos casos no la aceptas, a no ser que, por supuesto, no hayas desarrollado nin­gún complejo de culpabilidad. La crítica puede estimular, obligar a actuar «como es debido».

No obstante, sólo es posible obligar a la mente a hacer algo. Obligar al alma es imposible. Ella siempre hace lo que le place, o bien impide a la mente hacer lo que es debido. La crítica convierte al alma en enemigo de la mente, mientras que el estímulo la convierte en su aliada.

De esa manera, el estímulo es la fuerza creativa; la crítica, en cambio, es una fuerza devastadora, destructiva. Justamente por esa razón las plantillas administrativas en las empresas se seleccionan de modo tal que los futuros directivos, en vez de orientarse hacia la crítica del trabajo mal hecho, que cualquier insensato puede ha­cer, sean capaces de organizar un ambiente de entusiasmo, donde la gente quiera trabajar bien por su iniciativa propia. Y ¿cuándo se logra eso? Cuando, haciendo el trabajo común, las personas sienten su significación propia.

Si quieres crearte enemigos, discute y, cueste lo que cueste, de­muestra que tienes razón. En el capítulo «Corriente de las variantes»1 hemos visto ya cuán perjudicial y absurda es la pretensión de de­mostrar tu razón a toda costa. Si la discusión tiene un significado principal para ti, si en verdad tus intereses no te permiten ceder, entonces sí, discute. En el resto de los casos concede a los otros el derecho de dar manotazos en el agua.

No obtendrás ningún beneficio si sales ganador de la polémica. Sin embargo, puedes fácilmente hacer un enemigo. Si uno no hace más que decir disparates con seguridad y tú se lo das a entender, él nunca te dará la razón. O más bien, si esa persona fuera propensa a los autorreproches y tuviera un agudo sentimiento de culpa, podría ponerse de acuerdo contigo. Pero, ¿de veras necesitas triunfar sobre una persona semejante? Si tus intereses no salen perjudicados de ninguna manera, permite a otros expresar aquello con lo que no están conformes. De ese modo tú no creas potencial excesivo ni luchas contra la corriente.

Por lo común, la gente discutidora está entregada por completo al juego. Duermen muy profundamente. Para no dejarte involucrar en el juego, es necesario que despiertes y actives tu Celador interior. Si en una polémica participan varias personas a la vez, baja a la sala de espectáculos y observa el juego desde allí. Asume el papel de un espectador sensato y obtendrás grandes ventajas. Mientras cada uno de los participantes intente realizar su propia intención inte­rior, demostrando su punto de vista, a ti se te ocurrirá una solución que no ve ninguno de los altercadores. Sólo que no debes imponer tu solución a nadie. Aquí lo esencial es ofrecer y dejar que los otros rompan lanzas.

Si has ganado la discusión, considera que has sufrido una derrota. Aunque tus oponentes hayan reconocido formalmente que tienes razón, ten por seguro que en su mente encontrarán una gran canti­dad de argumentos informales en favor propio. En cualquier caso la significación personal del perdedor recibe un golpe. ¿Y quién causó ese golpe? El que pudo salirse con la suya.

Pues, no te gustaría darle una bofetada a esa persona, ¿verdad?. De la misma manera no debes querer herir la significación propia del otro. Muy a menudo las personas se ofenden mutuamente así. Esa ofensa siempre tiene un carácter oculto, puesto que se sufre en si- leiu ¡o. A la gente no le gusta demostrar abiertamente su propósito de fortalecer su significación. Se supone que uno ya posee significación, por tanto nadie quiere mostrar que lucha por su significación, aunque todos lo hagan a cada paso.

Si la persona ha recibido un golpe en su sentido de la significa­ción propia y se lo ha callado, no pienses que no se siente herida o que ha aceptado el golpe. El resentimiento perdurará: si no en la conciencia, pues en el subconsciente. Has ganado una discusión y te parece que, de esa manera, has elevado tu significación. Pero lo has hecho a costa de menguar la significación del oponente. El resen­timiento que surge con eso, como comprenderás, no lleva consigo nada bueno. Además, el oponente vencido por nada del mundo reconocerá tu significación.

Existe un excelente modo de poner al individuo contra ti: darle a entender cuánto mejor eres en comparación con él. No te harás escultura ni imagen, y no te harás enemigo: tal es el lema principal de las relaciones que van según la corriente. Evita, como, si fuera la peste, cualquier intento de herir el sentido de la significación propia de la gente. Que eso se convierta para ti en una especie de tabú. Así te librarás de una gran cantidad de problemas y desgracias, cuyos orígenes no podrás comprender a causa de la naturaleza oculta del golpe en la significación del otro.

¿Qué hace un individuo cuando discute contigo? Defender de una u otra manera su propia significación. Cede. Muéstrate de acuerdo con lo que él dice. Al hacerlo, le das lo que él pretendía lo­grar. Ahora puedes empezar a hablar tranquilamente sobre tu pun­to de vista. No imponer ni afirmar nada: simplemente, hablar. En tal caso no sólo te mueves por la corriente, sino que también estás utilizando la intención exterior. En total, obtendrás un resultado insuperable. No podrás lograr semejante resultado con ningún otro artificio intelectual.

Desde el mismo comienzo de una conversación con una persona necesitas adaptarte de tal modo que ambos miréis en la misma dirección. Si lo primero que esa persona responde a tu frase es un «no», consi­dera inútil seguir persuadiéndola. Se ha vuelto hacia el otro lado y no irá según la corriente junto a su partenaire, es decir, contigo. Es importante que desde el principio le hagas decir «sí». Nunca empieces una conversación por la parte espinosa. Empieza por cualquier tema, con tal de que tu interlocutor se ponga de acuerdo conti­go. Después ya podrás dirigir suavemente la conversación hacia las cuestiones discutibles. Ahora han salido muchas posibilidades más, puesto que os movéis por inercia según la corriente en una misma dirección, y la emisión de tus pensamientos no entra en disonancia con la emisión de los pensamientos de tu interlocutor.

Si en algún momento has metido la pata y esperas una acusación justa, no te pongas a la defensiva. Simplemente, reconoce tu error con anticipación. El que iba a descargar contra ti su ira justiciera, lo más probable es que enseguida tome una posición generosa y condescen­diente.

En este caso es imposible decir que la mejor defensa es el ata­que. Resulta así que de antemano estabas de acuerdo con la línea del oponente, y de esta manera diste luz verde a su intención interior. Con tu obediencia anticipada realizas su intención interior de po­nerte en tu sitio y, a la vez, incrementas su significación propia. Pero, como lo haces sin que nadie te obligue, por tu propia voluntad, tu significación propia no sufre de ningún modo. De esa manera matas dos pájaros de un tiro: incrementas la significación del oponente, por lo que él te estará agradecido, y no pierdes la tuya propia.

Al defender tus errores, estás remando contra la corriente y dan­do energía a los péndulos. El deseo de justificarte a toda costa está provocado por el nivel elevado de importancia interior. Quítate esta i arga insoportable, regálate el derecho a cometer errores y permítete hacerlos. No defiendas tus errores, sino reconócelos conscientemente. La vida enseguida se te hará mucho más fácil.

Ya te he dicho, las molestas observaciones de la gente pueden ser muy útiles. Las propuestas de otros, que en el primer impulso estás propenso a recibir de uñas, al fin y al cabo, resultarán no del todo carentes de sentido. Las observaciones y propuestas de los otros te hieren si tú mismo has elevado el nivel de tu importancia interior. Renuncia a ala importancia, deja de resistir a la corriente y reconoce que los otros pueden tener razón o al menos, tenlo en cuenta.

Dile a esa persona que realmente ella tenía razón cuando dijo esto y aquello. Verás el resultado. Aunque no sea necesario decírselo, hazlo. Pues no pierdes nada. Cualquiera comete errores, sea tonto o inteligente. Pero a diferencia del primero, el inteligente reconoce sus errores. De modo que, al aceptar que en aquel momento esa persona tenía razón, ganarás su simpatía.

La gente vive en el mundo agresivo de los péndulos, donde debe defender sus posiciones y protegerse a cada instante. Y hete aquí ofreciéndole a alguien hacer eso por él. En ese momento dado, él tiene resuelto el problema de defensa de sus posiciones con respecto a ti. Enseguida se siente aliviado. Te está agradecido por ayudarle en ese combate. Para él ya no eres un adversario potencial, sino su aliado. En un instante toda esa situación se proyecta en la mente de tu partenaire a nivel subconsciente. Tú piensas del mismo modo cuando duermes despierto. Pero si practicas el estado consciente, no te supondrá ninguna dificultad y hasta te parecerá interesante asumir el papel del testigo de la razón ajena.

Cuando resulta que uno ha tenido razón, los otros se lo callarán, pero tú, en voz alta, reconócelo. Si para ese individuo el momento dado tiene un significado principal, se convertirá en tu deudor. En cualquier caso te quedará agradecido, aunque su gratitud sea in­consciente en su mayor parte.

Imagínate en qué jungla vive la gente. Siempre necesitan estar alerta, considerar a todos como potenciales adversarios, incluso si una relación es aparentemente amistosa. Cada cual se preocupa por sí mismo y está en un estado permanente de defensa. Eso no es nin­guna exageración, simplemente desde ya hace mucho tiempo todos estamos acostumbrados a tal estado de cosas.

En un ambiente semejante serás un verdadero hallazgo para la gente cansada de luchar. ¡¿Te imaginas cuántos aliados podrías ga­nar?! Y para eso no necesitas casi nada: quitar la importancia pro­pia y no mostrarte remiso para reconocer que otro tiene razón. Tú actúas conscientemente, y ésa es tu ventaja. Pero la gente duerme y no te dará las gracias. Aunque si ellos pudieran despertar y expresar conscientemente su actitud, entonces podrías oírles decir: «Pero si este tipo es bastante inteligente. Esta persona me cae bien. Me inspira simpatía».

Nadie te lo dirá en voz alta, tampoco lo hará para sus adentros. Sin embargo, si expresáramos la sensación inconsciente, sonaría precisamente así. Las personas, preocupadas y agobiadas por la importancia, como regla general, no notan ninguna otra cosa. Tú ln lies una ventaja enorme: conciencia, ausencia de la importancia y consideración con los demás. Utiliza tu ventaja y verás oro ahí donde otros ven sólo piedras.
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