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Resumen

  • Utiliza la intención interior de los otros para conseguir tus objetivos.

  • La base de la intención interior es el sentido de la significación propia.

  • No hay que intentar cambiar a los otros, pero tampoco debes cambiar tú mismo.

  • Para actuar con desenvoltura, redirige tu atención de ti mismo a la gente.

  • Juega al juego de elevar la importancia de los otros.

  • Para atraer la atención, basta con mostrar el interés por los que te rodean.

  • Al comunicarse, el otro no valora lo interesante que seas tú, sino hasta qué punto le convienes para realizar su significación propia.

  • Al interesarte por la gente, hazlo con sinceridad.

  • La intención exterior puede realzarse a la intención interior de los otros.

  • Renuncia a la intención de obtener por la intención de dar.

  • Como resultado recibirás aquello a lo que has renunciado.

  • La disputa y la crítica son la lucha de la mente contra la corriente de las variantes.

  • Renuncia a cualquier acción tuya que hiere el sentido de la significa­ción propia del otro.

  • Al empezar una conversación gira junto con tu interlocutor en la misma dirección según la corriente.

  • No defiendas tus errores: reconócelos conscientemente.

  • Asume el papel de testigo del otro cuando ése tiene razón.

  • Manifestar sincera simpatía a una persona quita su pantalla protectora.

  • Pedir un pequeño favor a alguien hace que le caigas bien.

  • La visualización benéfica produce confort a nivel energético.

  • La fuerza de la influencia de una persona es proporcional a su can­tidad de energía libre.

  • El encanto es el amor mutuo entre el alma y la mente.

  • Permítete el lujo de tener defectos y no poseer cualidades necesarias.

  • El potencial excesivo de la importancia interior se disipa en la acción.


CAPÍTULO III

COORDINACIÓN

Para conseguir los objetivos no hace falta en absoluto

ser fuerte y seguro de sí mismo. Existe otra alternativa,

mucho más eficaz. La coordinación es el modo simple

de actuar de tal manera que la suerte siempre esté de

tu lado. Es lo mismo que aprender a montar en bici.

En cuanto aprendas, tu vida se convertirá

en un puro placer, yo no quiero y no confío:

yo tengo intención.

Yo no quiero y no confío: yo tengo intención.

Laberinto de la inseguridad

Nada ni nadie, salvo tú mismo, puede interponerse en tu camino hacia tu objetivo a través de la puerta adecuada. Para ser más exac­tos, lo único que puede impedirte conseguir tu objetivo es tu falta de fe y tu inseguridad. En general, la falta de fe y la inseguridad son dos cosas similares. Tanto una como la otra hacen ineficaz la inten­ción interior, y la intensión exterior prácticamente imposible.

No importa lo que hagas estando inseguro, todo estará mal he­cho. Cuanto más fuerte es la tensión del deseo de actuar bien, peor es el resultado. La falta de fe en tus propias posibilidades, junto con la sobrevaloración de la dificultad de los problemas externos, lleva a un estado de constreñimiento o estupor. La naturaleza del estupor consiste en que la cohibición se restringe a sí misma. La importan­cia exterior del objetivo provoca un ansioso deseo de conseguirlo. La importancia interior te hace dudar de tu capacidad. Todo eso se junta en la inseguridad.

La inseguridad aprieta tanto como puede el agarre de la inten­ción interior en un empeño de lograr el objetivo. Aun sin tomar en cuenta la actitud de las fuerzas equiponderantes, el efecto de tal aga­rre resulta diametralmente opuesto a la intención. La energía se des­gasta en mantener varios potenciales excesivos a la vez. Mira cuántos son: la importancia exterior e interior, el deseo ansioso, los esfuerzos por gobernarse y mantener la situación bajo control. Simplemente, no hay energía libre para mantener todo eso. le sientes inhibido, constreñido y actúas de modo torpe e inhábil. Como resultado el agarre del control se aprieta más todavía.

Así es como puedes llegar al estado de estupor, en que no serás capaz de moverte ni decir algo inteligible. Puede parecer que tu intención está sujetada con una mordaza. Pero en realidad, la intención está ausente por completo. Toda la energía de la intención se ha Chistado en mantener los potenciales excesivos. La inseguridad, bajo la forma de inquietud y preocupación va directamente a alimentar a los péndulos. La inquietud es ocasionada por los pronósticos del tipo: «¿Qué pasa si...?». Cuando estás inseguro, el pronóstico, como norma general, es pesimista. Enseguida la energía se dirige a proyectar en tu mente guiones negativos y tus preocupaciones al respecto. Aquí también se gasta la energía de la intención. Pero en este caso, el hecho mismo de consumir energía de la intención no es tan aterrador como en qué se gasta. La inquietud, la preocupación y el miedo son muy potentes generadores de los peores temores, que, como sabrás, se cumplen.

La otra fuente abundante de la inseguridad es el sentimiento de culpa, que florece con un ramo de complejos de inferioridad, imperfección, indignidad. ¡Cómo puede haber alguna seguridad a esas alturas! El sentimiento de culpa y todo lo relacionado con él llevan al estrechamiento de los canales energéticos. La energía de la intención sólo alcanza para actuar de forma indolente, indecisa y mediocre. Más aún: si eres propenso a sentirte culpable, un montón de manipuladores se arremolinarán siempre a tu alrededor, como las lalenas alrededor de una lámpara.

Al sentir tu debilidad, se autoafirman a tu costa y con mucho gusto devorarán tu energía despro­tegida. Ellos juegan constantemente con tu sentimiento de culpa, mientras tú te explicas sin fin y te justificas ante ellos, fortaleciendo aún más tu inseguridad.

La inseguridad crea un círculo cerrado. Cuanto más fuertes son la importancia y el deseo, más grande es la inseguridad. Cuanto más fuerte es el agarre del control sobre ti mismo y sobre la situación, más fuerte es la cohibición. Cuanto más grande es la inquietud y la preocupación, más rápido se confirman. En general, el sentimiento de culpa convierte la vida en la miserable existencia de un desgraciado.

Al intentar escapar de este laberinto, el hombre procura obtener confianza, cueste lo que le cueste. Uno de los medios es lanzarse de inmediato al ataque contra el mundo circundante. Mediante el ataque, el hombre intenta, con su maniobra de advertencia, demos­trar la fuerza y ocultar su inseguridad. Al actuar sobre el mundo utilizando presión y decisión, el hombre trata de levantar el muro de su confianza. Tal camino requiere mucho gasto de energía; sin embargo, el muro de confianza se derrumba a cada instante. La energía de la influencia forzosa se va en crear potenciales excesivos y en resistirse a la corriente de las variantes. En cualquier caso, tarde o temprano, el hombre sufre una derrota; entonces se ve obligado de nuevo a luchar y levantar el muro de confianza.

Otro modo de obtener la confianza en sí mismo es no construir ningún fundamento para la confianza y jugarse el todo por el todo. La arrogancia es la misma timidez, pero vuelta del revés. Es, cuando en un lugar vacío surge una apariencia de algo que no debería estar allí. Si la confianza en uno mismo se basa en la nada, en este caso también surge el potencial excesivo. Pero aquí la cuestión no está sólo en el potencial mismo, sino que, al actuar de forma arrogan­te, estás lesionando los intereses de alguien. Imagínate: un hombre voceando en medio de desierto: «El mundo entero está a mis pies». Bien por él, pues sus gritos no molestan a nadie, por tanto a las fuerzas equiponderantes ese hombre no les importa nada. Pero si la arrogancia infundada se compara con las posibilidades de otros, sur­gen relaciones de dependencia. La confianza en sí mismo, fundada en la comparación de sí mismo con los demás, es potencial excesivo puro. Sobre todo si la confianza se basa en el trato desdeñoso o despreciativo hacia los demás. Tarde o temprano tal falsa confianza se castigará infaliblemente con un coscorrón o, si me disculpáis la expresión, con una patada en el culo.

También existe la confianza exaltada que surge como el estado de excitación de una persona tímida que, de repente, siente el sabor de la seguridad en sí misma. Eso también es confianza falsa, basada en la subida emocional temporal, y que no dura mucho.

¿Cómo, entonces, obtener auténtica confianza en uno mis­mo? Como comprenderás, es inútil luchar contra la inseguridad. Es imposible ocultarla detrás de una tapadera de falso coraje. En cualquier caso, no podrás ocultar la inseguridad, además la energía consumida en crear el falso coraje se volverá contra ti. Obligarte a estar seguro de ti mismo también es inútil.

No tiene absolutamente ningún sentido forzarte a ser valiente y decidido si en realidad no lo eres. Obligarte al autodominio también es algo imposible. Como se demostró más arriba, la energía de la intención no se reprime: sólo se consume en mantener el agarre del control, por tanto no queda energía suficiente para la acción.

También es inútil tratar de desarrollar la confianza en sí mismo de cualquier otro modo. Puede parecer que se desarrolla mediante acciones decididas. En realidad, cuando el hombre deja de luchar y empieza a actuar, la energía de la intención libera su agarre y pasa de los potenciales excesivos a la realización de la acción. Así resulta una situación donde «el ojo teme mientras las manos hacen» y todo sale bien. Pero la confianza no se desarrolla mediante ninguna acción: es la energía de la intención lo que se libera. Es imposible desarrollar la confianza. Es igual que la energía: bien la tienes, o bien no.

Al igual que la fe, es imposible lograr la confianza por medio de autosugestiones. Puedes estar repitiéndote autoafirmaciones de que estás seguro de ti mismo hasta volverte loco. Una ocupación muy ingenua e inútil. Es lo mismo que intentar luchar contra las secue­las de una enfermedad sin eliminar previamente lo que la causó. Hagas lo que hagas con tu inseguridad, no desaparecerá a ningún lado. Por más que intentes conseguir confianza en ti mismo, no la conseguirás. Tampoco podrás mantener una transmisión apropiada de tus pensamientos para estar siempre en la ola de la confianza.

Hoy por la mañana puedes decirte: «Ya está, estoy seguro de mí mismo. Nada ni nadie es capaz de hacerme vacilar. Soy firme como una roca». Intenta hacerlo y verás lo que va a pasar. Por un tiempo te sentirás realmente seguro de ti mismo, y eso te inspirará alegría y más seguridad aún. Pero muy pronto algún péndulo te arreglará una provocación infame, y sin darte cuenta, caerás de la ola de la seguridad. Hete aquí, de nuevo enojado o abatido; de nuevo se te ha presentado algún disgusto, algo te oprime; de nuevo temes u odias. Te ha parecido ver la luz al final del túnel, pero otra vez te has metido en un callejón sin salida.

¿Cómo escapar de este embrollado laberinto? De ningún modo; es imposible escapar de él. Tampoco hay salida. El secreto de este la­berinto está en que sus paredes se derrumbarán cuando dejes de buscar la salida y renuncies a la importancia. La inseguridad se origina por varias causas, que se dividen en dos grupos. El primer grupo son las causas internas, a las que pertenece la preocupación excesiva por las cualidades personales. De aquí surgen emociones tales como el disgusto consigo mismo por tener ciertas imperfecciones y carecer de algunas cualidades, el sentimiento de inferioridad en compara­ción con los demás, la timidez, el miedo de fracasar, de encontrarse en una situación ridicula, etcétera. El segundo grupo son las causas externas, relacionadas con la sobrestimación inadecuada de los fac­tores externos. Como consecuencia surge una preocupación infun­dada por la incompatibilidad de las cualidades propias insuficientes con las altas exigencias exteriores; la devoción por lo exterior; la sensación de ser un pequeño hombrecillo en una ciudad grande y, finalmente, el simple miedo a la realidad.

La paradoja es la siguiente: para obtener confianza en sí mismo, hace falta renunciar a ella. Las paredes del laberinto están hechas de importancia. Andas dentro del laberinto intentando deshacerte de la inseguridad y obtene r confianza en ti mismo. Ahora bien, la seguridad es una quimera, es un invento más de los péndulos: un espejismo falso, una trampa para la importancia. La confianza en uno mismo es un juego de los péndulos, donde ellos siempre ga­nan. Donde haya fe siempre habrá lugar para la duda. De la misma manera, donde haya confianza habrá lugar para la vacilación y la in­decisión. La confianza es una especie de fe en el éxito. En cualquier guión es posible incluir una modificación negativa. Basta con una pequeña modificación para que se derrumbe la pared de confianza.

El concepto de confianza está basado en los potenciales excesi­vos y relaciones de dependencia. Cualquier variación sobre el tema tle la confianza propia tiene el siguiente aspecto aproximadamente: «Estoy totalmente decidido. Soy firme e inquebrantable como una roca. Todo me sale mejor que a los demás. Nada es capaz de parar­me. Supero cualquier obstáculo. Soy más fuerte y valiente que los otros». Y así sucesivamente.

La confianza es sólo un potencial excesivo temporal, y nada más. Con cualquier forma que le des, la confianza seguirá siendo simplemente un potencial excesivo. Hasta el dominio de sí mismo no es más que la intensificación temporaria de la tensión. Pues la confianza es la in­seguridad con el signo negativo. Ambos potenciales requieren gastos de energía. Y el potencial excesivo de la confianza será destruido ine­vitablemente por las fuerzas equiponderantes. De modo que alcanzar confianza en sí mismo es tan infructuoso como buscar la felicidad ilusoria que se vislumbra en alguna parte del futuro.

De esta forma acabamos de destruir un estereotipo falso más. Pero ¿cómo vivir sin confianza en sí mismo? El Transurfing a cam­bio te ofrece otra alternativa: la coordinación. Qué es coordinación, lo sabrás por lo que sigue más abajo.

Coordinación de la importancia

¿Para qué, en general, necesitas tener confianza en ti mismo? Para conquislai con valentía y decisión el Iugar propio bajo el sol. Los pendulos nos han impuesto un postulado inquebrantable, nada se te da porque sí, si quieres conseguir lo tuyo has de luchar, insistir, exigir, adelantarte al competidor, abrirte paso con los codos. Y para actuar con valentía y decisión es imprescindible tener confianza en sí mismo.

Como sabes, el camino de la lucha y la competencia no es el úni­co posible. Si renuncias al guión de los péndulos, puedes conseguir lo tuyo tranquilamente y sin insistir. Y para eso no es necesario en absoluto luchar, basta con obtener la determinación de tener. Para los péndulos tu libertad de elección es devastadora. Si cada uno se li­mita a coger lo suyo sin luchar, sin gastar energía en crear obstáculos que luego deberá saltar, entonces los péndulos se quedan sin nada. A pesar de que es difícil imaginar nuestro mundo sin péndulos, los falsos estereotipos establecidos por ellos no resultan tan inquebran­tables como, digamos, las leyes de la mecánica. La conciencia y la intención permiten ignorar el juego de los péndulos y conseguir cada uno lo suyo sin ningún tipo de lucha. Y cuando hay libertad sin lucha, no necesitas confianza en ti mismo.

El único origen de la inseguridad en ti mismo es la importan­cia. La confianza es el mismo potencial de la inseguridad, pero con el signo contrario. Tanto una como otra tienen raíces comunes: la dependencia de los factores externos y de las circunstancias. De modo que tenemos la siguiente imagen. El péndulo lleva al individuo por el camino, elegido por el mismo péndulo, sujetándole por los hi­los como a una marioneta. Al individuo le parece que no sólo es incapaz de elegir el camino, sino que tampoco puede andar por su propia iniciativa. Si los hilos se mantienen estables, el hombre anda seguro, como un niño cogido de la mano de su madre. En cuanto los hilos se aflojan y empiezan a sacudirse, inquietos, la persona se siente insegura y procura tensar esos hilos.

No es el péndulo quien le sostiene: es el hombre mismo quien no suelta los hilos de la importancia. Tiene miedo de soltarlos, puesto que csttí bajo el poder de la dependencia, que le crea una ilusión de apoyo y seguridad. El niño, al fin y al cabo, soltará la mano de su madre y andará poi sí solo: ella misma le animará a hacerlo. Los péndulos, por el contrario, harán todo lo posible para convencer al hombre de que no es capaz de elegir el camino por sí solo ni moverse sin ayuda de los hilos. Si el individuo se libera de la alucinación y suelta los hi­los de la importancia, podrá ir libremente a donde le plazca y elegir simplemente su objetivo, sin tener que luchar por él.

El hombre que haya obtenido la libertad ya no necesita tener con­fianza en sí, la que le crea la sensación de apoyo. Todo lo que necesita es coordinación para no caer. Estando agarrado por los hilos de la importancia, el hombre, por hábito, ve apoyo y estabilidad en el poder del péndulo. Pero de ese modo altera constantemente el equi­librio y se queda colgado, inerme, en esa pseudoseguridad, dándole energía al péndulo. Si el hombre suelta esos hilos, para mantener el equilibrio tan sólo necesitará evitar crear nuevos potenciales excesi- v< >s basados en la importancia.

La confianza como apoyo ya no es necesaria, porque si no tengo importancia, no tengo nada que proteger ni tengo nada que conquistar. No tengo nada que temer ni de qué preocuparme. Si no hay nada que para mí tenga un significado excesivo, la capa de mi mundo no está alterada por potenciales excesivos. Renuncio a la lucha y me muevo según la corriente. Estoy vacío, por tanto no tengo nada por donde alguien pueda engancharme. Pero eso no significa que esté suspendido en el vacío. Precisamente ahora, si así lo deseo, puedo obtener la libertad de elección. No tengo necesidad de luchar. Me limito a coger tranquilamente lo mío. Eso ya no es una confianza inestable, sino tranquila y consciente coordinación.

¿De dónde surge la tranquilidad? Si no hay importancia inte­rior, no hay necesidad de demostrar nada a nadie. Por tanto estás tranquilo. En cambio, cuando te sientes una persona importante, te surge el propósito de enseñárselo a todo el inundo y así creas el po­tencial excesivo. Entonces las fuerzas equipondi untes liarán todo lo posible para acabar con el mito de tu importancia. Constantemente se te crearán unas condiciones en las que tu confianza será puesta a prueba de resistencia.

El mínimo sentimiento de la deficiencia propia también instiga al hombre a luchar por aumentar y fortalecer la significación propia. Renuncia a la necesidad de demostrar nada a todo el mundo y a ti mismo, y acepta esa renuncia como axioma. Al elegir la lucha por la propia importancia, pasarás toda tu vida haciéndolo. Al renunciar a esa lucha, obtendrás la significación al momento.

La desconfianza en sí mismo es, ante todo, la autoestima baja. ¿Cómo aumentar la autoestima? ¿Piensas que ahora voy a exhortarte a creer que en realidad eres mejor de lo que te consideres? Muchos psicólogos, sin pensarlo dos veces, actúan de esa manera. En efecto, la valoración de otros es directamente proporcional a tu propia au- tovaloración, si ésta no raya el límite con la petulancia. En cuanto tú mismo, sin engañarte, reconozcas tu alta significación, los demás se pondrán inmediatamente de acuerdo contigo. El único problema es que no resulta tan fácil convencerse uno mismo. Puedes creerme: si tu autoestima es baja, no conseguirás convencerte de lo contra­rio. No importa lo mucho que intentes persuadirte, nunca creerás a fondo que en realidad vales mucho. ¿Dónde están esos méritos? Los defectos están aquí, a la vista.

Pues bien, no te pido creer en tus méritos y aumentar tu autoes­tima. Como resultado puedes volverte petulante o desanimarte aún más. Te propongo que renuncies a la lucha por la importancia. No necesitas creer ni persuadirte. Simplemente renuncia a la lucha y espera a ver qué pasa. Y ocurrirá lo siguiente. La gente, a tu alrede­dor, te tratará con más respeto, como si a sus ojos tu significación hubiera crecido. Así como te pongas ante ese hecho, la necesidad de creer y convencerte dejará de existir. Simplemente lo vas a saber.

Esa paradoja funciona impecablemente. La lucha por la sig­nificación quita la energía libre y la redirige a la lucha contra la corriente de las variantes y la creación de potenciales excesivos, lo que origina el viento de las fuerzas equiponderantes. Todo eso en conjunto, se lía en un mulo muy enredado de problemas con todo tipo de consecuencias perjudiciales. No serás capaz de desenredarlo.

Simplemente renuncia a la lucha por tu significación propia; siendo así sólo te quedará una cosa: sorprenderte y alegrarte por los resultados. Con tal correlación tu significación crecerá ante tus ojos por sí misma. Tu autoestima aumentará y, posteriormente, los demás también se pondrán de acuerdo con ella.

Así como es inútil sobreestimar artificialmente la autoestima, así de inútil es exprimir de sí mismo el sentimiento de culpa. Si estás predispuesto a sentirte culpable, nunca serás capaz de ahogar esa culpa, ni echarla fuera. ¿Qué debes hacer? Proceder del mismo modo que con la autoestima baja. Deja de justificarte ante los demás.

Justifícate sólo en casos extremos, cuando realmente haya necesidad de explicar tus acciones. Recuerda: nadie tiene derecho a juzgarte por nada del mundo, si no has causado daño a nadie. No te culpes públicamente y no te defiendas. Que los manipuladores se hundan en el vacío. Sin dar portazos, en silencio, abandona la sala del tribunal donde se han reunido todos aquellos que están acostumbrados a lucrarse con la culpa ajena. Déjales sin nada. Si tu complejo de culpabilidad es bastante fuerte, entonces al principio no estaría demás estrangular un poco tu conciencia.

No entregues la valoración de tu significado al parecer ajeno. Sólo actuando de esa manera y no mediante una lucha interior, puedes librarte de la culpa. Verás tú mismo como la culpa por sí misma se evaporará, sin más.

De ese modo, al renunciar a la lucha por tu significación y al dejar de justificarte, ajustas cuentas con gran parte de tu importancia interior. El sentimiento de culpa y preocupación por tu significación propia son manifestaciones básicas de la importancia interior. Todos los di más potenciales excesivos son derivados de esas dos. Ya no necesitarás más la defensa, pues no tienes nada que defender. Tampoco necesitas atacar a los demás para prevenir su ataque. Hay un dicho bueno: «No asustes a nadie y no tendrás miedo tú mismo».

Del mismo modo, si reduces la importancia de los objetos exteriores, dejarán de dominarte por su significación. Existen dos variedades más abrumadoras de la importancia exterior: la complejidad de los problemas y la incertidumbre. Tanto la una como la otra pro­ducen el deprimente potencial del desasosiego y la preocupación. Cualquier persona, a cada momento, se preocupa por algo. Las per­sonas inseguras prefieren ceder ante el peso de sus problemas y llevar su carga a rastras. Las personas fuertes procuran vencer las dificulta­des con decisión y perseverancia. Toman a esa fortaleza por asalto, abriendo sus paredes con el potencial excesivo de su confianza.

Al igual que la inseguridad, la seguridad en sí mismo también requiere gastos de energía. En el primer caso, la energía se gasta fun­damentalmente en el desasosiego y la preocupación; en el segundo, en la superación forzada de los obstáculos. Son los modos extensi­vos de la interacción con el mundo exterior. Pero en realidad todo es mucho más sencillo. No tienes más que quitar conscientemente la importancia y dejar de luchar contra la corriente de las variantes, que los obstáculos se eliminarán por sí solos. ¿Acaso en tal situación necesi­tarás confianza en ti mismo? No, ahora sólo necesitas coordinación para moverte según la corriente y controlar conscientemente no el guión, sino el nivel de la importancia. La energía que antes se gas­taba en mantener potenciales excesivos de todo tipo, ahora sólo se usa para conservar el equilibrio y ayudar un poco a la corriente con el remo de la intención purificada.

Por supuesto, no serás capaz de renunciar sin más a la impor­tancia, de una vez por todas, por mucho que te esfuerces. No hay que luchar contra la importancia. Simplemente suelta el agarre y trasforma la energía de la preocupación en energía de acción. Em­pieza a actuar, aunque sea de algún modo, sin insistir ni esforzarte. La energía de los potenciales excesivos se disolverá en acción, la energía de la intención se liberará y los problemas difíciles se convertirán en soluciones fáciles.

En cuanto al miedo a lo desconocido, tampoco podrás dominar­lo con la autosugestión ni con la fe ciega ni con la falsa seguridad. Si haces memoria, yo recomendaba insistentemente no pensar en los medios para conseguir el objetivo. Nunca podrás obligarte a creer en el éxito absoluto y la posibilidad de lograr un objetivo de difícil aIcance. Abandona esos inútiles intentos; de cualquier modo, tu fe no te llevará a ninguna parte, y la confianza temporalmente obteni­da se extinguirá pronto.

No es fe o confianza lo que necesitas, sino coordinación. La coordinación significa: sentir el placer al pensar en tu objetivo, como si ya lo hubieras conseguido, soltar el agarre del control sobre la si­tuación y moverte según la corriente de las variantes, ayudándote con el remo de la intención purificada. Tal comportamiento no tiene ^ada que ver con la fe ciega en el éxito. Donde hay fe, aunque sea ciega, siempre habrá lugar para las dudas. Lo que te ciega es el po­tencial de la confianza, intensificado en exceso. Cuando te mueves conscientemente según la corriente, todo se pone en su sitio sin ningún esfuerzo vano.

Si actúas de acuerdo con la coordinación, pronto, a la vuelta de la esquina de la corriente, aparecerá aquello que te asustaba por su incertidumbre y en lo que antes intentaste en vano creer. Las dudas «desaparecerán cuando la mente se ponga ante el hecho. Entonces la fe Se convertirá en conocimiento, y el miedo a lo desconocido se trasformará en la alegría de sentir la fuerza propia. Lo fundamental es que te quites la importancia y sueltes el agarre del control sobre la situación. Es importante que seas consciente de que eres tú quien decide qué grado de complejidad tendrá ese problema en particular. Y los cam­bios en el guión jugarán a tu favor, si tú mismo lo permites.

Y por último, la coordinación absoluta se conseguirá con el acuerdo mutuo entre el alma y la mente. Si a nivel consciente te sientes que quieres y que estás seguro, mientras que el gusano de la sospecha u opresión te corroe el subconsciente, en este caso la coordinación se pierde. Para conseguir la armonía entre el alma y la mente basta con escuchar los deseos de tu corazón y vivir según el propio credo. Sobre cómo y para que escuchar la voz de la propia alma ya se ha dicho más que suficiente. Vivir según el credo propio significa: me amo a mí misino; me acepto tal como soy, no me atormentan los remordimientos ni el sentimiento de culpa; sin vacilar actúo según me dictan la mente y el corazón.

El credo se desmorona cuando la autoevaluación se subestima y entre el alma y la mente surgen desacuerdos. Vivir según el credo propio es algo maravilloso, y tú lo sabes. Pero más maravilloso aún es que no haga falta crearlo, ni cambiar, ni luchar contra él. Aunque muchos intentan hacer precisamente eso: tallar su credo, literalmen­te, como si fuera una estatua de mármol. Eso no te traerá nada, salvo autoanálisis infructuoso, vacilación y tormentos del alma. El credo no se forma y no aparece como resultado de una lucha o cual­quier otro esfuerzo de tu voluntad. Tú ya tienes tu credo, sólo que él, al igual que tu alma, está sellado dentro de la funda de la impor­tancia. Tan pronto como te desprendas de la importancia interior y exterior, tu credo se liberará y lo sentirás enseguida. Cuando la importancia está en cero, no tienes nada que defender ni nada que conquistar. Simplemente vives según tu credo y tranquilamente, sin insistir coges lo tuyo.

De esa manera, tras renunciar a la lucha por la significación pro­pia, al dejar de someter al ajeno parecer y al quitar la importancia exterior, obtendrás lo que suele considerarse una verdadera confian­za. No será aquella confianza inestable, basada en potenciales exce­sivos, sino una fuerza interior serena: la coordinación.

La verdadera coordinación no se relaciona con nada del exterior, y por tanto no requiere pruebas ni confirmaciones. Es probable que hayas conocido o hayas visto en películas a cierto tipo de personas cuya confianza propia no despierta la menor duda. La verdadera, serena confianza en sí mismo se basa sólo en la integridad y auto­suficiencia interior de una persona. Eso significa que tú no te estás comparando con nadie, y simplemente estás en absoluto equilibrio con tu alma. Tal equilibrio se logra en la unidad del alma y la men­te, cuando no sientes culpa, dependencia, superioridad, obligación, miedo ni preocupación. In otras palabras, no rompes el equilibrio ion el mundo cin undante ni i mitigo mismo. Vives en armonía con el mundo que te rodea y contigo mismo. Vives según tu credo. Por su­puesto, eso es lo ideal, pero a eso hemos de aspirar: es el único modo de obtener la verdadera confianza, o sea, la coordinación. La con­fianza lograda por cualquier otro medio será falsa.

La coordinación te dará la posibilidad de ser libre de los pén­dulos y permitirá que te muevas independientemente, adonde te plazca, y lograr todo lo que te apetezca. Si por ahora te ves obligado a desempeñar ciertas obligaciones embarazosas, alquílate, imagínate que te están filmando para una película. Ten paciencia; tendrás que hacer tu papel aunque sea para terminar este capítulo, hasta que entres por tu puerta. Practica la visualización de la diapositiva del objetivo, sin pensar en los medios y espera a que la intención exte­rior abra tu puerta.
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