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Batalla con el espantajo de arcilla

Por fin me he librado de la inútil carga de los potenciales excesivos. Para mí ya no existe la importancia interior ni la exterior. No tengo necesidad de demostrar mi superioridad u ocultar mi insuficiencia. No hay temor al presente ni al futuro. No tengo nada que defender ni nada que conquistar. Por fin estoy libre de la influencia de los péndulos y puedo ocuparme de mí mismo. Si eso hubiera sido así...

El poder de los péndulos es muy grande, sobre todo porque la gente no tiene ni idea de eso. No podemos hablar de los péndu­los como si se tratara de una sociedad clandestina que tramara un complot contra los humanos. Los péndulos son parte integrante de nuestro mundo. Influyen sobre la gente y ejercen su control con ayuda de la influencia energo-informativa. Esa influencia se reali­za en tres niveles: mental, emocional y energético. Utilizando los hilos de la importancia, los péndulos extraen l.i energía libre de las personas. Siempre ha sido así. Pero en los últimos tiempos, a ritmo acelerado, empieza a crecer la influencia puramente informativa.

La historia de la civilización cuenta con muchos milenios. Sin embargo, literalmente en las últimas décadas, la situación ha cam­biado bruscamente gracias a los avances contemporáneos en el área de la información. La cantidad de datos acumulados en los porta­dores de información de cualquier tipo crece en progresión geomé­trica. Pero el peligro no está en el volumen de la información, sino en el sistema y los medios de su difusión. Por todos lados el hombre está enredado en una telaraña de telecomunicaciones que se vuel­ve cada día más peligrosa.

El peligro no se percibe, puesto que el desarrollo de la industria informativa se realiza bajo la entretenida anestesia de diversiones nuevas y agradables comodidades.

Es absolutamente evidente que el objetivo de los péndulos no es entretener a sus partidarios, sino someterlos a su poder. El aumento y el sutil perfeccionamiento de la telaraña informativa conducen a que el péndulo se apodere al mismo tiempo de una increíble canti­dad de partidarios. Por ejemplo, cuanta más gente ve el mismo pro­grama de televisión, más energía cosecha el péndulo. Y cuanto más fuerte es el péndulo, más grande es su influencia y con más facilidad sus partidarios obedecen la regla «haz como yo».

La regla del péndulo funciona con éxito y desvía a la gente fuera del verdadero objetivo de cada uno. Pero ahora este proceso pasa a su fase final, cuando el individuo está siendo privado definitiva­mente de la libertad de elección. Un día el humano se encontrará en una situación donde él es un elemento de una monstruosa matriz energo-informativa. El hombre estará encarcelado en la funda del condicionamiento y se convertirá en la pieza de un mecanismo. La célula de la matriz va a determinar cómo deberá actuar su elemento y qué es lo que deberá desear. Como sabes, la ciencia-ficción tiene tendencia a materializarse al cabo de cierto tiempo en realidad.

Este proceso ya está en marcha, imperceptible y consecuente en su progreso. Y ya no hay nada que hacer al respecto. El someti-iniento no requiere obligatoriamente el empleo de la fuerza física. Basta con formar la concepción del mundo de uno de manera tal que el hombre no tenga conciencia alguna sobre su libertad. Pues bien, es precisamente lo que se hace ahora. Conservar la libertad en tales condiciones es muy difícil. Por ende, veamos de nuevo algunos as­pectos de la defensa contra los péndulos.

Como ya sabes, lo único por donde un péndulo te puede engan­char es la importancia. Al fin y al cabo, él puede aprovechar hasta el hecho de que estés dando demasiada significación a la necesidad misma de mantener la importancia a cero. Todo lo dicho sobre los péndulos va muy en serio. Pero he aquí una paradoja: si ahora, con toda seriedad, les declaras la guerra, estarás de antemano condenado a la derrota. La regla principal en la lucha contra el péndulo consiste en renunciar a la lucha contra él.

Debes comprender que no es un combate con un contrincante palpable, sino que la lucha con el maniquí de arcilla es un juego. O mejor dicho, tú decides qué será ese enfrentamiento. Si lo in­terpretas como una lucha, en cualquier caso te espera la derrota. Es imposible ganar al péndulo luchando contra él. Supongamos que hayas desafiado a ese idiota: «Ahora sé que sólo se trata de un espantajo de arcilla, y ¡me lo va a pagar!». Ya está, considérate derrotado. En cambio, si lo tomas todo como si fuera un juego, en el peor de los casos corres peligro de perder una partida, pero no la batalla entera.

El péndulo será un espantajo de arcilla mientras seas consciente de la esencia del juego y no obedezcas sus reglas. Los péndulos acecharán a su víctima cada vez que estés seguro de ti mismo.

Estáte preparado para que ellos intenten sacarte del equilibrio de cualquier manera: en eso consiste la esencia del juego. Te tragas el anzuelo, pierdes el equilibrio, te enfureces y le das energía al péndulo.

Hete aquí tranquilo, alegre, equilibrado, pero eso no dura mu­cho. El péndulo te provoca. Por ejemplo, te metes en una situación indeseada o recibes una mala noticia. Según el guión, debes empezar a preocuparte, asustarte, decaer de ánimo, abatirte, mostrar disgusto, irritación. Todo lo que necesitas es despertar a tiempo y recordar qué tipo de juego es el que tiene lugar, y después, quitar inmediatamente la importancia. Si todo lo has hecho consciente­mente, el péndulo se hundirá en el vacío.

Eres capaz de romper las reglas del juego sólo si no duermes despier­to. En un sueño inconsciente el hombre siempre es víctima de las circunstancias. El sueño ocurre y no eres capaz de hacer nada con eso. En la vida real todos, desde hace mucho tiempo, también se han acostumbrado a reaccionar a las influencias negativas de mane­ra igualmente automática. No hace falta que te explique cuáles son las consecuencias. Pero ¡no eres una ostra! Y eres completamente ca­paz de reaccionar de una forma inadecuada. Hazlo a propósito y los planes del péndulo fracasarán. Sólo necesitas darte cuenta a tiempo y romper las reglas del juego.

Te percatarás de lo agradable que es reconocer que te das cuenta de que el péndulo intenta provocarte con todas sus fuerzas, pero tú no cedes. La sensación agradable no surgirá sólo por estar orgulloso de ti mismo: una persona fuerte. El caso es que, al dar energía al péndulo, te vuelves más débil. Cuando el péndulo provoca y tú no cedes, la energía que el péndulo gastó para provocarte pasa a ti, hacién­dote más fuerte a ti. Pues precisamente esa fuerza complementaria se revela como agradable sensación. Ahora puedes imaginar cómo disfruta el péndulo al recibir tu energía. No le des esa oportunidad. Te importunará una y otra vez, pero no cedas. Que sea él quien gaste su energía para ti.

Al jugar a ese juego de quebrantar reglas, no caigas en la tenta­ción de enfadarte con el juego mismo. Mientras juegas consciente­mente, pero con alegría y sin preocuparte, lucháis, tú y el espantajo de arcilla, con pequeños sables de azúcar. El no podrá hacerte nada. Si rompes las reglas y conservas el equilibrio, el espantajo de arcilla se desmoronará. Pero en cuanto empiezas a perder los estribos, el pequeño sable de azúcar del péndulo se convierte en un filo muy pe­ligroso. Tal juego puede convertirse en una batalla y terminar para ti con una transición inducida.

No luches contra tu reacción a la provocación. Mírala de mane­ra diferente. Las emociones son la consecuencia, cuya causa es la actitud. Te conviene cambiar conscientemente tu reacción a los factores negativos. Mostrar una actitud inadecuada no es difícil, puesto que tú mismo te das cuenta de que es sólo un juego. Que brinca el payaso. Como si hubieras peleado con un enemigo en una habitación donde sólo hay espejos. Parece que el péndulo esté aquí, al lado. Pero en realidad lo que ves no es él, ni siquiera su reflejo. En el espejo se refleja tu importancia. Mientras para ti algo tenga una significación excesivamente importante, tienes un enemigo, y éste va y viene constantemente en los espejos. Pero si tu importancia está en cero, no tienes nada que temer, nada que defender ni a nadie a quien atacar.

Los espejos de significación se rompen en mil pedazos; entonces verás que este espantajo de arcilla se ha desmoronado.

No necesitas firmeza en la batalla contra el péndulo. El vacío es mucho más eficaz. Los términos «inquebrantable, nervios de acero, voluntad de hierro, firmeza, dominio de sí» y otros se refieren a la defensa, a la tensión, a estar preparado para oponer resistencia. Para mantener un campo de defensa de este tipo se requiere mucha energía. Como comprenderás, toda esa energía se va en alimentar el péndulo. Pero si estoy vacío, no tengo necesidad de mantener el campo de defensa. No consumo la energía, el espantajo de arcilla se hunde en el vacío y se deshace en pedazos. Todo lo que necesitas es recordar constantemente las reglas del juego y mantener conscien­temente la importancia en cero.

La necesidad de mantener la importancia en cero no debe trasfor-marse en una constante preparación para el combate con el fin de re­chazar cualquier ataque. En este caso, le atribuyes una significación demasiado importante al juego mismo. Relájate y permítete perder de vez en cuando. No hay que procurar alcanzar la victoria cueste lo que cueste. Mientras mantengas tu agarre el péndulo puede manejarte a su gusto. Te va a menear como a un perrito por un palo que el perrito no quiere soltar. Si el juego no te divierte, entonces muestra el máximo de indiferencia y pierde con un aire indiferente.

Si esta vez el péndulo te ha ganado, no seas terco y acepta que has perdido esta partida. Has perdido el equilibrio, te has salido de tus casillas y en eso no hay nada especial. No debes culparte por eso, el próximo partido será tuyo. Simplemente no debes decirte que ha sido la última vez, ni lanzarte un ultimátum ni hacerte trampas. No es a ti a quien pones el ultimátum, sino al péndulo. Es precisamente lo que él espera. Tal ultimátum no es más que una pared de defensa muy potente. Al colocar la defensa, conviertes el juego en una bata­lla en la que inevitablemente serás derrotado.

Estáte preparado para que los péndulos puedan provocar de forma cariñosa e insinuante. Muchas personas, agobiadas por una carga de problemas, encuentran apoyo en el tabaco, el alcohol, las dro­gas. Si una vez más estás intentando dejar alguna mala costumbre tuya y te dices: «Ya está, es la última vez», no eres tú quien lo dice. Es el péndulo, que se ha apoderado tanto de tu emisión mental que es capaz de imponerte literalmente los pensamientos. Cada vez que jures, intentando convencerte, que «una última vez más y ya está», despierta y sacúdete la alucinación. Es la voz del péndulo. Ser consciente de ese hecho te ayudará a «abandonar» con indi­ferencia tu mala costumbre. No con decisión, sino precisamente con indiferencia.

Los péndulos, para atraer partidarios, no desdeñan ningún medio. Han emasculado por completo todo lo sagrado, desde los principios éticos hasta la religión. El mundo es la manifestación del Espíritu Único, consolidación de la Unidad en la Multitud. La esencia divina atraviesa todo lo vivo y lo inanimado. El Dios está en cada uno de nosotros. Ya hemos hablado de eso, cuando comparamos el alma humana con una gota en el océano.

En cuanto Dios, con su aparición, anunció su existencia, enseguida los péndulos tomaron el control sobre la religión. Tú mismo puedes persuadirte de ello si te diriges a los diez primeros mandamientos.

El primer mandamiento, en diferentes interpretaciones, se redu­ce a lo siguiente: «Yo soy tu Dios, no tendrás dioses ajenos delante de mí».2 Esa condición requiere del hombre creer en la existencia de un único Dios que dirige todo el universo. La gente de inmediato infringió este mandamiento y se crearon una multitud de religiones: los péndulos. O para ser más exactos, permitió que los péndulos de las religiones le dominaran. Los péndulos de las religiones se ocultan tras el nombre de Dios. Los ministros de la Iglesia, propia­mente dichos, tratan de predicar sinceramente la palabra y la obra del Señor. Pero al ser partidarios están bajo el poder de los péndulos, por lo tanto es poco lo que depende de ellos. ¿Acaso Dios desea que haya guerras y discordias por razones religiosas?

El segundo mandamiento: «No te harás imagen ni ninguna se­mejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás».3 Eso también se refiere a los péndulos. El péndulo somete los partidarios a su voluntad y les obliga a actuar en sus pro­pios intereses en cualquier caso, a pesar de buenas intenciones de todo tipo con las que se camufla todo eso.

Pero en general, todos los mandamientos se pueden reducir a dos. Al responder a la pregunta de su discípulo: «¿Maestro, cuál es el mandamiento más grande en la ley?». Jesús le dijo: «Ama­rás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y el más grande manda­miento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu próji­mo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas».4 Ama a Dios en ti y en los otros, sin ado­rar a los péndulos: eso es todo lo que invocan los mandamientos.

En cuanto a la cuestión de la influencia de los medios de comuni­cación masiva sobre la psíquica humana, aquí es necesaria, antes de nada, la conciencia. Haz oídos sordos a cualquier información nega­tiva. Por todos los lados intentan despertar tu interés por algo, atraer­te, imponerte algo. Detrás de cualquier grupo hay un péndulo. Los partidarios que cumplen su voluntad, la mayoría de las veces no se dan cuenta de los verdaderos objetivos del péndulo. Constantemente hazte la pregunta: ¿quién necesita eso y para qué? Y tú, ¿realmente lo necesitas? Y al mismo tiempo busca activamente y deja entrar en ti toda la información que ataña a tu objetivo. «Vale, vale —empezará a inquietarse tu impaciente mente—, eso yo ya lo sé». Pues ¿y qué, si ya lo sabe? Ella lo sabe todo, pero se queda dormida despreocupada­mente cada vez que el péndulo empieza con su juego. No permitas que los péndulos te cojan de la mano y te arrastren en pos de sí.

Resumiendo, tu tarea se reduce a romper conscientemente las reglas del juego.

Puedes hacerlo de dos modos. Ya quitando la importancia y hundiendo el péndulo en el vacío de tu indiferencia, ya extin­guiéndolo con una reacción inadecuada. Si no te sale bien con lo de quitar la importancia, entonces dale preferencia al segundo método. Cualquier reacción inadecuada a una provocación es una grave in­fracción de las reglas del juego.

Detener la batalla

La libertad de elección consiste en un hecho inconcebiblemente simple. No es preciso luchar para conseguir el objetivo. Todo lo que necesitas es la determinación de tener. Así como te permitas tener, podrás mover tranquilamente los pies en dirección de tu objetivo. Los péndulos le imponen un guión totalmente diferente. Ellos te obligan a luchar para conseguir el objetivo. Para eso debes declararte la guerra a ti mismo y al mundo I os péndulos ofrecen a cada uno empezar por sí mismo. Ellos te inculcan que eres imperfecto, por lo tanto no conseguirás el objetivo mientras no cambies. Al cambiarte, debes incorporarte a la batalla por un lugar bajo el sol. Todo ese guión persigue un único objetivo: quitar energía a la víctima. Al luchar contigo mismo estás dando energía al péndulo. Al entrar en la batalla contra el mundo haces lo mismo.

La batalla supone el estado permanente de tensión, lucha, dis­ciplina. Siempre has de estar listo para la batalla. De ese modo, precisamente, proceden los guerreros que tienen vagas sospechas de que, en alguna parte de este mundo, existe la libertad. Pero su error consiste en pensar que hay que conquistar la libertad. Toda la vida se encuentran en estado de guerra, pero su combate principal lo dejan siempre para después. A los guerreros les parece que es imposible simplemente ir y tomar la libertad. Se convencen a sí mismos y a los demás de que es algo extremadamente difícil de hacer, y para lo cual son necesarios muchos años de duro trabajo y lucha.

El peregrino del Transurfing no participa en la lucha por libertad, puesto que sabe que ya la tiene. Nadie es capaz de obligarte a luchar. Pero si estás lleno de importancia interior y exterior no tienes otra salida. Todo lo que hay de lucha en el Transurfing es la intención de actuar impecablemente. Pero para hacerlo se requiere, no la prepa­ración para el combate ni la disciplina, sino la conciencia.

Si no te sale bien soltarte y permitirte tener, puedes dejarlo para después. Pero ¿cuánto durará ese «después»? Dar largas al asunto puede llevarte toda la vida. El aplazamiento para la próxima vez conduce a que la vida, en cada momento dado, se considere como preparación para un futuro mejor. El individuo nunca está satis­fecho con el presente y se consuela con esperanzas de que pronto su vida mejorará. Con tal actitud el futuro nunca llega y siempre se vislumbra en alguna parte por delante. Es lo mismo que intentar alcanzar el sol poniente.

El convencimiento de que aún queda mucho tiempo por delante no es más que una ilusión. En espera de un futuro mejor pasa toda la vida. De aquí es el dicho: no hay nada más permanente que algo temporal. En realidad no hay tiempo para la espera.

Por tanto no debes esperar el futuro, sino tienes que incluir una parte de él en el momento presente. Permítete tenerlo todo aquí y ahora. Eso no significa que tu objetivo vaya a realizarse de inmediato. Se trata de la determinación, es decir, de la intención de tener, en contradicción con la permanente lucha contigo mismo. La determinación de tener es mucho más poderosa que la determinación de actuar.

Toda tu vida participas en la batalla por un lugar bajo el sol. ¿Has podido lograr mucho en esa batalla? Pues ahora debes ir, abatido, al trabajo que tienes ya entre ceja y ceja, o al colegio, como si fueras a cumplir cadena perpetua. Mientras tanto, alguien disfruta esquian­do o tomando el sol en una calurosa playa. ¿Quizás ellos han ganado su batalla, y por ende ahora disfrutan de la vida?

La mayoría de los que participan en la batalla, con toda su di­ligencia no son capaces de ahorrar, incluso en toda su vida, dinero suficiente para ir a un campamento de esquí. Pero si tú personal­mente puedes en un año permitirte ahorrar para varios días de este placer, eso ya está bien. Pero llegas allí y te encuentras con que hace mal tiempo, o se ha roto el teleférico, o ha ocurrido cualquier otra desgracia. Aun si todo va bien, en tu cabeza siempre pulula cual quier pensamiento de que no puedes permitirte mucho, que de­berías ahorrar, recuerdas que estos pocos días de fiesta te costaion mucho trabajo y se están acabando ya, tan de prisa. A grandes rasgos estás contento, pero tienes que regresar a la gris vida cotidiana y a currar de nuevo.

Has ganado la batalla, has merecido la fiesta, aun así una triste sombra recorre de vez en cuando tus pensamientos. ¿Y sabes por qué? Estás seguro de que deberías trabajar duro y durante mucho tiempo para obtener un corto placer. No estás del todo preparado para permitirte tener.

En cuanto a los que se han permitido tener, no participan en la batalla. Tienen cosas mejores que hacer. Por ejemplo, la semana pasada una pareja feliz disfrutaba en una estación de esquí en Suiza. Fue una fiesta. Todas las fiestas se acaban, pero para todos de forma diferente. Ahora la pareja discute adonde ir después. El quiere ir a los Alpes austríacos, ella a la parte francesa de las montañas. Para ti eso puede recordar una telenovela caprichosa, pero para ellos todo es muy serio. Simplemente porque los niveles de disposición para te­ner son diferentes. Tú vas a currar un año más para tu fiesta, mien­tras que la fiesta de ellos empezará dentro de una semana.

La mente racional se indigna: «Pero cómo puede ser, pues ellos han nacido ya con todos sus millones, y yo ¡tengo que ganarlos! Si no ¿de dónde sacaría el dinero?». Por enésima vez te repito: no pienses en el dinero. Si pones fin a tu batalla y te permites tener, la intención exterior encontrará el modo de darte lo deseado. No te lo puedo de­mostrar ahora mismo. Compruébalo tú mismo. No intentes, sino hazlo. No mañana, sino ahora. Desde este momento permítete tener, absoluta y incondicionalmente. Y no una vez, sino siempre. Si no te quedas esperando resultados instantáneos y sigues permitiéndote tener, un buen día sucederá algo que para otros será un milagro.

Los que han nacido con millones, ya poseen la disposición de te­ner. Ellos no necesitan pensar en eso. Pero tú tendrás que trabajar con la diapositiva. La mente se preocupará por la realidad y los medios para conseguir el objetivo.

Pero es un camino de batalla, que no lleva a ninguna parte. Por este camino no podrás ganar suficiente dinero, siempre te faltará. Gana la determinación de tener y no el dinero.

Si te concentras en el objetivo, como si ya lo hubieras logrado, tus puertas se abrirán y los medios aparecerán por sí mismos. Eso es la libertad que, literalmente hablando, hace a la cabeza dar vueltas. Si no aceptas esa libertad, una vez más haces tu elección. No hay nada más fácil que decir que todo es una tontería y seguir tirando del ca­rro toda la vida. Cada uno hace su elección y recibe sólo aquello que esté dispuesto a tener. Tu elección es una ley irrevocable. Tú mismo formas tu realidad.

La elección en el espacio de las variantes se produce aproximadamente de la siguiente manera. La gente entra a un supermercado donde le preguntan: «¿Qué desea?. Un comprador dice: «Quiero ser estrella de espectáculo». El vendedor le responde: «No hay proble­ma. Aquí tiene un ejemplar muy bueno, especialmente para usted. ¡Fama mundial, riqueza, esplendor! ¿Se lo va a llevar?». El compra­dor se sorprende: «Pues, como le digo... Es que es demasiado fá­cil. Sólo algunos logran el éxito. Estos elegidos gozan de cualidades destacadas, mientras que yo soy un hombre normal y corriente». El vendedor se encoge de hombros: «¿Qué tienen que ver aquí sus cualidades? Aquí tiene el producto, ¡cójalo, es suyo!». El comprador: «En realidad es muy difícil abrirse camino en el mundo de espec­táculo. Es una jungla. Ya sabe, sólo es para los peces gordos...». El vendedor: «Bien, además aquí tiene un pez gordo que le va a pro­mover. Cójalo, ¡no se arrepentirá!». El hombre: «Esas estrellas tienen casas tan lujosas, coches tan caros, alta sociedad. ¿Será posible que todo eso ocurra conmigo? Me cuesta creerlo». El vendedor le con­testa: «Pues vale, es una pena. En este caso no le podemos ayudar», y vuelve a guardar la mercancía.

Del mismo modo un individuo puede preguntar cautelosamente al otro: «¿Sabes volar en un avión?». «Sin problemas -le contesta el otro,- sólo ocupo mi asiento, me abrocho el cinturón y el avión se sube al cielo». No tienes más que admitir que la consecución del objetivo es cuestión de tu elección, como enseguida sentirás lo absurdos que son los recelos del comprador en la tienda del espacio de las variantes. La cuestión sólo está en la disposición de tener; eso es todo.

Puedes caer en la tentación de entrar en la batalla contigo mismo por la determinación de tener. Nunca jamás te obligues a permitirte tener. No proyectes por la fuerza la diapositiva del objetivo. No hay que esforzarse. No lo hagas de modo tenaz ni con presión. Pues, de nuevo, ¡es una lucha! Simplemente complácete con los pensamientos festivos. Renuncia a la importancia y pon fin a tu batalla. En una ba­talla es imposible conseguir algo. Por eso, precisamente, sigues con tu batalla, poique todo lu i|tir le lodea es de importancia elevada. No podrás permitirte tener mientras luches con rabia por un lugar bajo el sol.

Supongamos que estás decidido y muy seguro de que recibirás lo tuyo; te convences enérgicamente y con empeño de que la elec­ción es tuya. Actuar con ahínco significa crear potencial excesivo. Lo que precisas no es firmeza, sino determinación ociosa y despreocupa­da. Relájate, suelta tu agarre y simplemente ten presente que estás cogiendo lo tuyo.

Para dar un paseo hasta el quiosco para comprar un periódico no necesitas decisión ni presión. Si en ese quiosco no hay periódicos, no te entristecerás; simplemente irás a otro. Suelta tu agarre mortal.

Al intentar soltar tu agarre lo intensificarás aún más. El empeño y el esfuerzo aumentan el potencial excesivo. La razón de los esfuerzos y el agarre espasmódico es la importancia. No serás capaz de soltar tu agarre si luchas contra la importancia. Renuncia a ella y el agarre se aflojará por sí mismo.

La disminución de la importancia redirige la orientación, lleván­dola de la intención interior al área de la intención exterior. Cual­quier presión es creada por la importancia. Al actuar con ahínco, trabajas con la intención interior. Necesitas la fuerza de voluntad, cuando hay obstáculos para superar. Pero, como es sabido, los obs­táculos surgen sobre el fundamento de la importancia. En cuanto disminuyes la importancia, como los obstáculos se desmoronan y ya no necesitas más la fuerza de voluntad para superarlos. Cuando desaparece la importancia, la determinación de obtener pasa a ser la determinación de tener y entonces empieza a funcionar la intención exterior.

Ya tienes el derecho de elegir. Y no tienes necesidad de luchar por este derecho. Si estás completamente decidido a conseguir tu derecho de elegir, prepárate para sufrir una decepción. Estar completamente decidido, significa tener firmeza. De nuevo, mantienes el agarre mortal. Las fuerzas equiponderantes enfriarán rápidamente tu ardor. Y los péndulos, al percibir tu importancia, enseguida empezarán a provocarte. Tú mismo te percatarás de qué es, exacta­mente, lo que va a pasar.

Que no te preocupen ni amarguen los intentos de obtener sin éxito la impasible determinación de tener. La gente está acostum­brada a dirigir su energía, no tanto al objetivo mismo, como a ali­mentar a los péndulos. Al fin de cuentas, aprenderás a distinguir la firmeza de la determinación. Una simple determinación de tener es la impasible y rutinaria intención de coger lo que, si duda alguna, te pertenece. Acaso no te suena graciosa la frase: «¿Estoy decidido a recoger el correo de mi buzón?». Pues del mismo modo, tranquila­mente y sin insistir debes utilizar tu derecho de elegir.

En la vida la gente siempre tiene que examinarse, pasar concur­sos, hacer tests y todas las evaluaciones de aptitud posibles. Pero la determinación de tener depende sólo de ti. Tú mismo haces el papel del examinador. Cualquier valoración se reduce a que el hombre, o bien se considera incapaz o indigno, o bien determina su objeti­vo como de difícil alcance. Así se hace por inercia, porque todo el mundo está acostumbrado a eso. Todo lo que necesitas es, por enci­ma de todo, permitirte tener. No es algo a lo que estés acostumbra­do, ¿verdad? Aún así, atrévete y permítete tener. Que las manzanas de Newton y de otra gente caigan al suelo. A pesar de todo, permite a tus manzanas caer al cielo.

¿Deseas desesperadamente obtener la determinación de tener? Renuncia al deseo. Ya basta de desear: de todos modos recibirás lo necesario. Limítate a pensar que coges lo tuyo. Cógelo tranquila­mente, sin exigir ni insistir. Pues es lo que yo quiero, ¿pasa algo? Y lo voy a tener.
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